Qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie
La pregunta que duele Hay equipos que pierden carreras y equipos que pierden época.
La pregunta que duele
Si esta historia se contara en un bar de carretera, empezaría con una frase de esas que hacen girarse al de la mesa de al lado: el mayor rival de Movistar en los últimos años no ha sido UAE, ni Visma, ni Ineos. Ha sido el espejo. Cada vez que la estructura navarra se mira con calma descubre algo incómodo: muchas de las piezas que hoy le faltan ya estuvieron dentro de la casa, o por lo menos pasaron cerca de su cocina, tocaron sus paredes, se probaron su maillot y aprendieron parte del oficio allí antes de hacerse mayores en otro sitio. Por eso esta pieza no va de nostalgia plana, de la que mezcla a Perico con Romeo y a Induráin con Jorgenson como si el tiempo fuese una rueda de repuesto. Va de otra cosa. Va de reconstruir una hipótesis seria: qué aspecto tendría el Movistar Team de 2026 si la estructura Abarca Sports, la misma línea histórica que va de Reynolds a Banesto, de iBanesto a Illes Balears, de Caisse d'Epargne a Movistar, hubiese retenido a las piezas que fueron saliendo cuando el ciclismo moderno apretó el acelerador.
La pregunta no es menor porque el propio proyecto 2026 se vende como una nueva etapa. El equipo presentó una estructura de 56 ciclistas repartidos entre escuadra masculina, femenina y desarrollo, estrenó un relato de identidad renovada, anunció la Academy y reforzó la plantilla masculina con nombres como Cian Uijtdebroeks, Juanpe López, Roger Adrià, Raúl García Pierna y Pavel Novák. Eso no dibuja decadencia terminal. Dibuja intención de reconstrucción. Pero una cosa es reconstruir y otra muy distinta es preguntarse qué habría sido necesario no reconstruir nunca porque no debió romperse (https://movistarteam.com/2025-12-11/movistar-team-presenta-su-proyecto-2026-con-una-identidad-renovada-y-un-compromiso-real-con-el-futuro-del-ciclismo, https://firstcycling.com/team.php?l=39654).
Cómo se hace el truco
El primer mecanismo de este ejercicio es la definición. Un contrafactual útil tiene que ponerse límites. El nuestro usa tres. El primero: no se revierten las retiradas naturales ni se congelan las edades; no estamos trayendo a Miguel Induráin a correr el Tour 2026 ni a Valverde a desordenar el calendario con piernas de 2015. El segundo: la base es la plantilla real del Movistar 2026, porque el interés del juego no está en borrar el presente, sino en ver cómo cambiaría el presente si no hubiese sufrido determinadas fugas. El tercero: solo entran pérdidas con impacto estructural. Eso incluye corredores que salieron en plena madurez o justo antes de alcanzarla, personal técnico cuya marcha vació conocimiento de la casa y ausencias de sistema como la falta de un filial propio durante demasiado tiempo.
Bajo esas reglas, la nómina de pérdidas relevantes no es pequeña. Richard Carapaz es la más obvia porque ya dio al equipo una gran vuelta y se marchó dejando la sensación de que el edificio no entendía del todo lo que tenía dentro. Matteo Jorgenson es la más simbólica porque su salida vino acompañada de una escena casi pedagógica: el corredor que mejor representaba el ciclismo híbrido del presente, entre la general, la clásica, la fuga larga y la ciencia del rendimiento, aireó que se costeaba sus propias concentraciones en altura antes de irse a una estructura mucho más afinada. Mikel Landa, Oier Lazkano, Alex Aranburu y Carlos Verona representan otras capas del problema: montaña, clásicas, profundidad, identidad española y fiabilidad competitiva. Y detrás aparece otra pérdida menos visible pero igual de seria: la de una cadena de producción suficientemente atractiva como para que el talento joven no sintiera que debía salir para crecer.
La utilidad de la hipótesis, por tanto, no consiste solo en amontonar nombres. Consiste en detectar qué partes del equipo real de 2026 se transformarían al inyectar esas piezas perdidas. La base actual ya tiene músculo. Enric Mas aporta regularidad en grandes vueltas. Iván Romeo es el gran símbolo de la nueva camada española. Pablo Castrillo, Javier Romo y Pelayo Sánchez representan esa manera más ofensiva de correr que Relevo subrayaba en 2025. Einer Rubio y Jefferson Cepeda ofrecen montaña y agresividad. Uijtdebroeks, Juanpe López y Roger Adrià añaden capas. La pregunta, en el fondo, no es si Movistar tiene hoy corredores. Claro que los tiene. La pregunta es cuántos pisos más tendría el edificio si no hubiese ido vendiendo columnas maestras mientras reformaba el tejado.
La larga casa de Abarca
La historia de Abarca Sports importa porque este equipo nunca fue simplemente un empleador de ciclistas. Fue durante mucho tiempo una institución del ciclismo europeo con acento español. Reynolds fue la fase de fundación y expansión. Banesto elevó la estructura a potencia imperial con dos momentos que aún funcionan como estampitas de religión laica: Perico Delgado conquistando el Tour de 1988 e Induráin haciéndose dueño de los cinco siguientes entre 1991 y 1995. Aquella hegemonía no solo acumuló victorias. Construyó una idea: el equipo era un sitio al que se iba a ganar las grandes carreras por etapas y a aprender a manejarlas desde dentro.
La retirada de Induráin dejó un vacío que la estructura tardó años en procesar. Relevo recuerda bien la lista de herederos que no llegaron a serlo del todo: Abraham Olano, Chava Jiménez, Francisco Mancebo, Denis Menchov. Eran buenos o muy buenos, algunos extraordinarios, pero no volvieron a levantar un orden tan claro. La estructura siguió viva, sí, pero cada vez más obligada a gestionar una memoria gigantesca. Eso pesa más de lo que parece. Los equipos con un pasado enorme a veces confunden continuidad con inercia.
La emergencia de Alejandro Valverde devolvió al equipo algo decisivo: proyección internacional sostenida. Coincidió además con el final del patrocinio Banesto y con esa zona gris en la que el ciclismo español se quedó buscando flotadores. Illes Balears y luego Caisse d'Epargne funcionaron como puentes sobre un terreno que amenazaba con abrirse bajo los pies. Relevo recuerda que ni siquiera la Vuelta de Valverde en 2009 bastó para garantizar la continuidad económica. La estructura estuvo cerca de desaparecer antes de que Telefónica, impulsada por Luis Abril y la memoria de los años grandes, decidiera levantar el proyecto Movistar. Ese detalle es importante porque explica la mentalidad defensiva que asoma después. A veces un equipo que ha mirado el abismo administra mejor el miedo que la ambición (https://www.relevo.com/ciclismo/caida-picado-transatlantico-movistar-equipo-20231112173614-nt.html).
La edad dorada y la trampa invisible
Cuando Nairo Quintana irrumpe y Valverde regresa, Movistar vuelve a parecer una potencia plena. Las victorias de Quintana en Giro y Vuelta, las Ardenas de Valverde, la acumulación de resultados de corredores muy sólidos y el liderazgo del ranking UCI entre 2013 y 2016 ofrecen la imagen de una casa que manda. El doble podio del Tour 2015, con Quintana segundo y Valverde tercero, era material de transatlántico clásico. La estructura parecía otra vez en el salón bueno.
Pero ahí aparece la trampa invisible. Mientras Movistar ganaba, el ciclismo estaba mutando a una velocidad brutal. La revolución anglosajona, anticipada por el US Postal y perfeccionada por Sky, no consistía solo en tener más presupuesto. Consistía en profesionalizar cada rincón del rendimiento hasta volverlo sistema: concentraciones en altura, nutrición extremadamente pautada, seguimiento fisiológico, calendarios diseñados con mucha antelación, personal numeroso y especialistas capaces de convertir un detalle en una ventaja de minutos al cabo del año. Relevo apunta un dato demoledor: Movistar no normalizó ese tipo de concentraciones hasta 2021. Es decir, estuvo mucho tiempo compitiendo por detrás de la tendencia mientras seguía obteniendo resultados gracias al talento diferencial de sus líderes (https://www.relevo.com/ciclismo/caida-picado-transatlantico-movistar-equipo-20231112173614-nt.html).
Ese es el origen profundo del problema. No fue una sola mala decisión. Fue una secuencia de años en los que la casa siguió siendo respetable pero dejó de marcar la pauta. Manolo Saiz lo resumía en Relevo con un latigazo: el equipo dejó de hacer al corredor. La frase importa porque distingue entre administrar talento y producirlo. Durante décadas Abarca había hecho las dos cosas. En la parte mala de su historia reciente, a menudo solo hizo la primera, y cada vez con menos margen.
Cómo empezó la fuga moderna
Las pérdidas no llegan nunca en fila india ni con un parte médico. Llegan como una suma de incomodidades que un día adquiere forma. En el caso de Movistar, esa forma fue muy reconocible. Un cuerpo técnico más corto que el de sus rivales, calendarios comunicados tarde, ausencia de una estructura filial propia cuando casi todo el WorldTour ya la entendía como inversión obligatoria, desgaste de un staff que debía cubrir muchos más días de competición que los grandes colosos y, por encima de todo, la sensación de que el corredor que quería dar el salto completo hacia el ciclismo del detalle debía buscar aire en otra parte.
La salida de Richard Carapaz fue un golpe deportivo y simbólico. Ganó el Giro de 2019 vestido de Movistar, pero el conflicto de fondo con el representante Giuseppe Acquadro ya había calentado el ambiente alrededor del ecuatoriano y de Nairo Quintana. Relevo sitúa ahí el punto más cruento de una ruptura que tuvo consecuencias muy duraderas: éxodo de talento, rotación de plantilla y la percepción de que la estructura podía ganar una grande sin convertirse por ello en el lugar natural para el ganador de esa grande (https://www.relevo.com/ciclismo/cinco-claves-nueva-dinamica-movistar-20250225194333-nt.html).
Luego llegó la escena de Jorgenson, que tiene algo de cuento moral. Mayo de 2023. Tres días para el Giro. El estadounidense, el proyecto más ilusionante de la estructura y el mejor recolector de puntos UCI de la temporada, cuenta que se pagó sus propias estancias en altura para preparar la primavera. No hace falta dramatizar mucho más. Ese gesto decía en voz alta que la modernización del equipo todavía no era un marco sólido, sino una batalla interna, desigual y por momentos improvisada. Al poco tiempo su futuro se alineó con una de las estructuras mejor organizadas del pelotón. El mensaje era cristalino: cuando un corredor moderno siente que debe modernizarse por su cuenta, el equipo ya va tarde.
El contexto pandémico terminó de emborronar la escena. En 2025, Txente García Acosta usó una expresión desarmante, casi doméstica, para explicar parte del atasco: el COVID los dejó atolondrados. En un deporte donde la claridad de calendario, método y roles decide media temporada, estar atolondrado no es una excusa menor. Es una manera de quedarse quieto mientras otros se mudan al futuro. Por eso la mejora que describe Relevo en 2025 resulta tan significativa: más confianza en un cuerpo técnico joven, nombres como Iván Velasco y Xabier Muriel empujando una nueva dinámica, corredores jóvenes creciendo con una agresividad renovada y el abandono paulatino del Movistar temeroso, ese que esperaba acontecimientos en vez de provocarlos (https://www.relevo.com/ciclismo/cinco-claves-nueva-dinamica-movistar-20250225194333-nt.html).
La base real de 2026
Antes de construir el equipo ficticio conviene mirar bien el real, porque si no el contraste pierde gracia. El Movistar presentado para 2026 no es una ruina. Tiene una base interesante y, en algunos aspectos, bastante más saludable que la de los años del susto por el descenso. Enric Mas sigue siendo el eje de la gran vuelta por regularidad. Nairo Quintana aporta experiencia, carisma y lectura de carrera. Iván Romeo representa la inversión emocional del proyecto en la nueva generación española. Javier Romo y Pablo Castrillo son perfiles que hablan de un equipo más valiente y menos encorsetado. Pelayo Sánchez y Einer Rubio añaden montaña y capacidad de etapa. Jefferson Cepeda suma agresividad. Y los fichajes de Uijtdebroeks, Juanpe López y Roger Adrià insinúan una plantilla menos plana, con variedad táctica y techo de crecimiento (https://movistarteam.com/2025-12-11/movistar-team-presenta-su-proyecto-2026-con-una-identidad-renovada-y-un-compromiso-real-con-el-futuro-del-ciclismo, https://firstcycling.com/team.php?l=39654).
Además, la aparición formal de la Movistar Team Academy es algo más que un gesto institucional bonito. Es la admisión de una carencia histórica reciente. Relevo señalaba que, durante mucho tiempo, Movistar y Cofidis eran excepciones extrañas en un pelotón que ya había asumido el valor del filial. En 2026, la Academy cierra tarde esa herida. En la versión real, llega como promesa. En la versión ficticia que nos interesa, habría llegado antes y probablemente habría ayudado a retener o acompañar mejor a varios talentos.
El Movistar imposible de 2026
Ahora sí, el equipo inventado. Si uno superpone a la base real de 2026 las pérdidas más influyentes, el resultado tiene un aire de súper equipo de segunda generación: no el súper equipo obsceno de presupuesto infinito, sino el que mezcla cabeza histórica con corredores complementarios y varias rutas de victoria.
Para grandes vueltas, el corazón del bloque sería formidable. Richard Carapaz sería el jefe de filas con instinto depredador. Tiene el tipo de pedalada competitiva que cambia el tono de una carrera: no siempre corre para quedar bien, corre para romper algo. Enric Mas, en ese entorno, dejaría de cargar con todo el peso simbólico de ser la única esperanza limpia y ordenada de la casa. Podría elegir mejor sus objetivos y ser, incluso, más peligroso. Matteo Jorgenson sería el gran comodín contemporáneo, el corredor que hoy vale para una general, una París-Niza, un Dauphiné, una jornada de pavé o una emboscada en montaña de media distancia. Mikel Landa funcionaría como segundo espada o líder alternativo según calendario, algo que muy pocos equipos pueden permitirse sin romperse. Alrededor de ellos, Einer Rubio, Pablo Castrillo y Pelayo Sánchez darían escalada, fuga y profundidad; Iván Romeo sería una pieza de transición y de futuro inmediato; Nairo Quintana aportaría lectura y fondo de armario para carreras concretas.
El detalle interesante es que este bloque no solo subiría mejor. Correría de muchas más maneras. Uno de los pecados de la etapa gris de Movistar fue parecer demasiado previsible: general, contención, montaña y cruzar dedos. Este equipo ficticio podría jugar a la general con varios acentos y a la vez lanzar etapas, tensar abanicos o endurecer el terreno desde lejos. La presencia de Jorgenson cambia particularmente esa geometría porque conecta el viejo ADN de gran vuelta con el lenguaje táctico del ciclismo presente.
En clásicas y carreras de una semana la transformación sería todavía más vistosa. Oier Lazkano le daría al equipo un cuerpo que la estructura ha echado de menos demasiados días de viento y hormigón. Alex Aranburu ofrecería remate e inteligencia en terrenos nerviosos. Roger Adrià y Jon Barrenetxea podrían jugar sin el peso de ser casi siempre la mejor carta española de media montaña. Davide Formolo aportaría espesor competitivo. Romeo tendría un entorno más rico para crecer sin responsabilidad absoluta. Carlos Verona sería ese corredor que no te gana titulares cada día pero te ordena media carrera cuando el equipo funciona de verdad. De repente Movistar podría ir a muchas más carreras sin pedir permiso. Dejaría de entrar en ellas como invitado noble para volver a hacerlo como parte del argumento.
Cronología de una pérdida acumulativa
Si se ordena la película por fechas, el diagnóstico gana claridad. Primero está el gran vacío post-Induráin, con la casa buscando herederos a un nivel imposible. Después viene el sostén de Valverde y la supervivencia económica entre cambios de patrocinio, que culmina con la entrada de Telefónica y el nacimiento de Movistar. Más tarde aparece la edad dorada de Quintana y Valverde, brillante en resultados pero menos avanzada en método que sus competidores. Luego se abre la grieta moderna: conflictos de representación, salida de Carapaz y Quintana, envejecimiento del bloque, pérdida de gregarios y perfiles de calidad, casi descenso en 2022, y finalmente la escena pública de Jorgenson como resumen de una cultura que iba por detrás de la necesidad del corredor. El giro de 2025 y 2026, con nuevos técnicos, otra forma de correr y la Academy, suena a corrección tardía. Precisamente por eso el equipo ficticio duele tanto: muestra que el capital deportivo para evitar la travesía del desierto sí existió.
Qué ganaría de verdad
El primer beneficio sería competitivo y muy concreto: puntos UCI, victorias repartidas y reducción de dependencia. Un Movistar con Carapaz, Jorgenson, Landa, Lazkano y Aranburu añadidos al núcleo de 2026 no tendría que jugarse su prestigio de temporada a un podio de Mas o a una fuga buena en agosto. Podría anotar de febrero a octubre, en carreras de una semana, clásicas, nacionales y grandes vueltas. Eso, en un sistema obsesionado con la permanencia y el ranking, es oro administrativo además de deportivo.
El segundo beneficio sería identitario. El equipo recuperaría algo que en su mejor época parecía natural y en la peor desapareció: la sensación de que podía fabricar narrativas distintas sin traicionarse. Podría seguir siendo reconocible en la montaña, pero también en el pavé, en la clásica rota, en la escapada bien armada y en la crono larga de un joven que crece. Eso es importante porque la marca Movistar-Abarca siempre vivió también de contar una historia de continuidad. La continuidad no consiste en llevar el mismo nombre cuarenta años. Consiste en que el aficionado intuya una forma de correr y una forma de producir corredores.
El tercer beneficio sería humano y estratégico. Un bloque así protegería mejor a sus propios jóvenes. Iván Romeo no tendría que parecer la respuesta a todos los problemas. Castrillo y Pelayo Sánchez podrían crecer desde la exigencia, sí, pero no desde la urgencia. Uijtdebroeks y Juanpe López podrían reubicarse mejor en el mapa de roles. La Academy, en ese contexto, dejaría de ser un proyecto bonito y se convertiría en continuidad orgánica.
Qué riesgos seguirían ahí
Ahora bien, un equipo ficticio no es un videojuego. También hereda problemas. El primero es económico. Retener al mismo tiempo a Carapaz, Jorgenson, Landa, Lazkano y Aranburu obligaría a un músculo salarial enorme, probablemente superior al que la estructura ha querido o podido sostener en varios momentos. No basta con imaginar que nadie se va. Hay que imaginar también que el equipo acierta a renovar, convencer y pagar.
El segundo riesgo es jerárquico. Movistar ya conoció el peaje de las jerarquías ambiguas. Un bloque con varios líderes fuertes puede ganar mucho, pero también puede repetir el vicio del reparto poco natural de autoridad. El problema no es tener muchos gallos. El problema es no saber en qué gallinero compite cada uno. Si el equipo no diseña calendarios con meses de antelación y no comunica con claridad quién manda, quién acompaña y quién tiene libertad, la abundancia se vuelve ruido.
El tercer riesgo es metodológico. Esta es quizá la lección central del ejercicio. No basta con no perder a los buenos. Hay que ofrecerles un ecosistema donde quedarse tenga sentido deportivo. Relevo describe que la nueva dinámica de 2025 nace precisamente de dar confianza a técnicos jóvenes y alinear mejor entrenamiento, nutrición y cultura competitiva. Si ese paso no se hubiese dado, un Movistar con más estrellas quizá habría sido solo una versión más cara de sus contradicciones. La diferencia entre potencia y colección de nombres suele estar en el método.
Qué enseña este equipo inventado
Lo más interesante del ejercicio no es discutir si este Movistar ficticio ganaría un Tour. Eso dependería, como siempre, de rivales, caídas, recorridos y ese material invisible del ciclismo que jamás cabe del todo en una hoja Excel. Lo interesante es que la hipótesis deja varias tareas clarísimas para la estructura real.
La primera: blindar el entorno del corredor antes de que el corredor tenga que blindarse solo. La historia de Jorgenson debería permanecer colgada en la pared como aviso. La segunda: consolidar de verdad la Academy y conectar el desarrollo con el WorldTour para que la fuga deje de ser casi un rito de iniciación. La tercera: sostener la confianza en el nuevo cuerpo técnico y convertir la modernización en costumbre, no en campaña de comunicación. La cuarta: cuidar la política de jerarquías y la convivencia con agentes y representantes, porque varias salidas importantes no se explican solo con vatios. La quinta: no dejar que el regreso de la ofensiva táctica sea una moda pasajera. El mejor Movistar histórico siempre pareció creer en algo cuando corría. El peor parecía esperar a que el día se arreglara solo.
Conclusión
Entonces, ¿qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie importante? Tendría, en esencia, un equipo que mezclaría el hambre del presente con la densidad de una vieja potencia. Un bloque capaz de presentar a Carapaz, Mas, Jorgenson y Landa como eje de grandes vueltas; de soltar a Lazkano, Aranburu, Adrià, Barrenetxea y Romeo en las carreras nerviosas; de proteger el crecimiento de Castrillo, Pelayo Sánchez, Uijtdebroeks o Juanpe López; y de convertir la Academy en la última pieza de una continuidad por fin coherente. No sería automáticamente el mejor del mundo, porque el mejor del mundo ya no se fabrica solo con tradición ni con orgullo. Pero sí sería otra cosa muy distinta a la que tantas veces ha sido en los últimos años: un actor principal.
Y ahí está el veneno de la historia. El equipo ficticio no suena a delirio, sino a acusación. No hace falta inventar talentos marcianos ni fichajes imposibles. Basta con cerrar unas cuantas puertas antes de que se abran hacia fuera. Movistar no ha sufrido una falta crónica de ojo. Ha sufrido, demasiadas veces, una mezcla de retraso, fricción y entorno insuficiente justo cuando el ciclismo dejó de perdonar esas tres cosas. Por eso la mejor manera de leer este juego no es pensar en un once ideal para colgar en la pared, sino en una frase de taller. La estructura que va de Reynolds a Movistar no perdió solo corredores. Perdió continuidad competitiva en el momento exacto en que el pelotón convirtió la continuidad en un arma. El día que logre retener talento, método y relato a la vez, dejará de preguntarse qué equipo habría tenido. Volverá a tenerlo.