Detrás de las cortinillas del autobús, en aquel verano de 1990, Banesto todavía sonaba a nombre nuevo y Pedro Delgado seguía sonando a verdad conocida. Afuera estaba el ruido habitual del Tour, esa mezcla de coches oficiales, auxiliares con prisas y curiosos que se asoman para ver si dentro del maillot hay hombres o personajes. Dentro viajaban las dos cosas. Perico seguía siendo el campeón que cualquier aficionado español nombraba sin pensarlo dos veces, el corredor que había enseñado a un país a mirar julio con ambición en lugar de con resignación. A unos metros, a veces casi en silencio, Miguel Indurain empezaba a ocupar el paisaje con esa presencia enorme, todavía contenida, de campanario en construcción. Entre uno y otro, José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué manejaban una transición que podía haber reventado un equipo y acabó convirtiéndose en el cimiento de una dinastía. Por eso el primer Tour de Banesto importa más de lo que dice su resultado. No fue la simple entrada de un patrocinador poderoso en la carrera más grande del mundo. Fue una prueba de identidad para una estructura que venía del Reynolds y que ya intuía que su futuro no cabía en una sola biografía. El maillot cambiaba de nombre, pero el verdadero examen estaba en otra parte: cómo sostener a un líder venerado mientras otro, más joven y cada vez más incontestable, empezaba a pedir sitio sin pedir permiso. La historia venía cocinándose desde antes. Reynolds no había levantado una escuadra a base de fogonazos, sino con método, paciencia y una idea bastante clara de cómo debía correr un equipo serio. Abarca Sports todavía no era la larga continuidad que hoy se recuerda al recitar la secuencia Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne y Movistar Team, pero ya tenía algo más valioso que una etiqueta: una cultura. En 1989, bajo la fórmula Reynolds-Banesto, esa casa estaba en plena combustión. Delgado ganó la Vuelta y fue tercero en el Tour de Francia, detrás de Greg LeMond y Laurent Fignon, en aquella edición marcada para siempre por el prólogo de Luxemburgo, el despiste de Perico, los casi tres minutos perdidos y la persecución feroz que después le dejó a las puertas de otro milagro. A veces las derrotas dejan más arquitectura que ciertas victorias, y aquel Tour dejó una estructura convencida de que todavía podía discutirle Francia a cualquiera. Aquel 1989 dejó, además, dos noticias de fondo. La primera era visible en el pecho: Banesto se convertía en patrocinador principal y abría una etapa nueva. La segunda no cabía tan bien en una fotografía porque estaba ocurriendo dentro del rendimiento: Miguel Indurain ya no era un proyecto interesante, sino un corredor hecho. Había ganado la París-Niza y una etapa del Tour. Ya no se hablaba de él como del gigante que podía llegar a ser, sino como de un ciclista que empezaba a producir resultados de jefe aunque todavía viviera bajo la sombra prestigiosa de Perico. Si uno quiere entender qué significa de verdad la era Delgado en la genealogía del actual Movistar Team, quizá baste con esta imagen: el tiempo en que Perico sigue siendo el alma visible de la casa, pero ya comparte escenario con el hombre que pronto convertirá esa casa en un imperio. El propio Delgado lo contó después con una sencillez que vale por una tesis. Empezaba el año con un nombre nuevo en el maillot, Banesto, aunque en realidad no cambiaba tanto porque la estructura seguía siendo la misma que en Reynolds. Ahí está la clave. Banesto no nació de la nada. Heredó una organización, una forma de seleccionar corredores, una relación muy precisa entre disciplina y libertad, y una manera de repartir liderazgos que no era frecuente en un ciclismo todavía muy gobernado por la intuición del campeón y por la épica improvisada del director desde la ventanilla. El Banesto de 1990 fue un equipo ancho, no una panda de héroes aislados. Veinte corredores. Veinte victorias. Españoles, franceses y un colombiano, Abelardo Rondón, como recordatorio de que la escalada también se podía leer con otro acento. Echávarri y Unzué seguían al mando. Eso importa mucho porque desmonta la tentación de contar 1990 como un reinicio. No hubo mudanza de alma. Hubo una ampliación de escala. El dinero y la potencia mediática del banco ofrecían otra dimensión, sí, pero la inteligencia competitiva ya venía de atrás. Banesto puso una fachada nueva a una casa que ya estaba bien construida. La planificación del año enseñó desde el principio que aquella abundancia debía administrarse con bisturí. Echávarri repartió papeles con lógica precisa: Gorospe e Indurain para las vueltas de una semana y para la Vuelta; Delgado reservado para el Tour. No era un reparto sentimental. Perico tenía treinta años, conocía como pocos el arte de llegar a julio con el cuerpo afilado y el ánimo encendido. Indurain era otra cosa: un motor colosal, una contrarreloj ya de élite, una resistencia física que asombraba a cualquiera que lo viera de cerca, pero todavía sin la investidura absoluta del patrón de tres semanas. Julián Gorospe ofrecía fiabilidad, lectura de carrera y la clase suficiente como para gobernar una prueba nerviosa si el guion le favorecía. Los resultados del arranque parecieron confirmar que el reparto era correcto. Gorospe ganó la Itzulia. Indurain se llevó la París-Niza por segundo año consecutivo. El equipo sumó triunfos y etapas en distintas carreras, como si cada pieza supiera exactamente dónde debía sonar. Durante unas semanas, Banesto pareció una orquesta de afinación impecable. El problema del ciclismo, o su maravilla, es que enseguida obliga a decidir quién manda de verdad cuando la música se rompe. La Vuelta de 1990 fue el primer laboratorio del asunto. Camino de Ubrique, en la sexta etapa, una escapada enorme colocó a Julián Gorospe con 4 minutos y 8 segundos de ventaja y metió también en la pelea a Marco Giovannetti. Banesto hizo lo razonable: confiar en el hombre que vestía el liderato y lo había ganado con legitimidad de carrera. A toro pasado todo resulta más fácil, pero en aquel momento no había nada absurdo en la apuesta. El equipo estaba premiando al corredor que iba delante. El problema apareció en San Isidro, y apareció con esa brutalidad con que un puerto de verdad separa los planes de los cuerpos. Gorospe se hundió nada más empezar la subida. Los compañeros esperaron una reacción que no llegó. Giovannetti enseñó signos de debilidad a cuatro kilómetros de meta, pero Banesto ya estaba atrapado en esa indecisión que tantas carreras decide: el miedo a gastar hombres demasiado pronto, la esperanza de que el líder reviva, la dificultad de leer a tiempo la verdad del sufrimiento ajeno. Desde el sofá, décadas después, cualquiera prende fuego a la etapa en el instante exacto. Dentro de la carrera todo es más turbio. Cuando Banesto quiso redefinir su jerarquía interna, la carrera ya se había ido medio palmo. Para colmo, Indurain estaba enfermo. Y entonces apareció Delgado, que era justamente eso: el hombre al que uno miraba cuando el plan se deshacía. Empezó a recortar segundos en el Naranco, en Valdezcaray, en la contrarreloj de Zaragoza. Se puso tercero. Llegó a la sierra madrileña con opciones reales. Su autopsia posterior fue limpia y casi cruel por su claridad: Julián había fallado, Indurain corría con gripe y él tuvo que asumir la responsabilidad quizá demasiado tarde, mientras Giovannetti administraba la ventaja con oficio y pasaba sus peores dificultades cuando Gorospe aún vestía de líder. Aquella frase contenía algo más que el resumen de una Vuelta perdida. Contenía una advertencia. Un equipo con tanta riqueza necesitaba una jerarquía nítida cuando la carrera llegaba al límite. La abundancia es una bendición hasta que obliga a decidir. Con ese aprendizaje aún caliente, Banesto llegó al Tour de Francia. Y el primer Tour con ese nombre empezó de una manera tan absurda que todavía hoy parece una broma pesada del ciclismo. En el sector matinal de la primera etapa se marcharon cuatro corredores: Ronan Pensec, Claudio Chiappucci, Steve Bauer y Frans Maassen. El pelotón se miró. Los equipos grandes se midieron las ganas y el miedo. Nadie quiso asumir el coste de perseguir tan pronto. La escapada abrió un agujero de más de diez minutos y de ese hueco salió una carrera entera. Hay Tours que se deciden en la última contrarreloj y otros que se deforman para siempre por un momento de cobardía compartida. El de 1990 pertenece a la segunda especie. Banesto reaccionó por la tarde con una contrarreloj por equipos espléndida, casi un minuto mejor que LeMond y Fignon. Era la prueba de que la estructura tenía potencia, piernas y oficio. También era la prueba de que ciertas heridas no se suturan por completo aunque reacciones bien. La fuga inicial había cambiado el eje del Tour. Desde ese momento no se trataba solo de correr mejor que los demás, sino de reparar un incendio heredado. El Tour de Delgado, a partir de ahí, fue un relato muy suyo: coraje, instinto, una lectura emocional de la carrera y ese punto de exceso que formaba parte de su magnetismo y también de su castigo. En la primera contrarreloj individual, entre Vittel y Épinal, fue cuarto, por detrás de Raúl Alcalá, Miguel Indurain y Gianni Bugno. Le recuperó seis segundos a LeMond. No parecía mucho, pero era la señal de que Perico seguía dentro de la pelea seria, no como un nombre ilustre al que se respeta por el pasado, sino como un aspirante verdadero. La montaña del Mont Blanc le devolvió ambición. Luego llegó Alpe d’Huez, donde el Tour se pone teatral aunque nadie quiera. Banesto preparó una jugada de equipo notable: lanzar a Indurain por delante para que sirviera de enlace a un ataque posterior de Delgado. El plan, en lo táctico, funcionó. Perico arrancó con violencia. Solo LeMond y Bugno soportaron la rueda. Pero ahí apareció el límite seco del cuerpo. Delgado lo contaría después con una sinceridad que solo tienen los corredores que no necesitan fingirse invulnerables: se puso a tope para dejarlos atrás en la última subida, apostó fuerte y perdió cuarenta segundos porque las fuerzas no respondieron. En esa secuencia está comprimido todo su personaje. El ciclista que no sabe administrar cuando huele una rendija. El campeón que corre como si un puerto fuera una discusión personal. El hombre que sigue creyendo que una gran vuelta debe decidirse atacando, incluso cuando el depósito ya no es el de otros veranos. Aun así, Perico seguía ahí. La cronoescalada de Villard de Lans pudo cambiar otra vez el tono del Tour. Sufrió una avería a dos kilómetros de la meta, cambió de bicicleta y aun así terminó segundo detrás de Breukink. Chiappucci tomó el liderato. LeMond seguía cerca. Delgado miró hacia los Pirineos como quien mira hacia un territorio íntimo. Él mismo decía que allí siempre había encontrado más suerte, y no era solo una superstición de corredor. Las grandes vueltas también se corren con memorias privadas. Hay montañas que un ciclista sube con las piernas. Otras las sube además con recuerdos. Pero el Tour de 1990 le tenía reservado a Delgado un enemigo mucho menos romántico. Camino de Millau, en la etapa 14, llegaron los retortijones, la urgencia de parar, la deshidratación, esa miseria física que no admite épica porque ni siquiera permite mantener el gesto. Delgado contó luego que atacó en los últimos kilómetros más por llegar antes a meta que por hacer daño, mientras LeMond se pegaba a su rueda cada vez que la carretera levantaba. A partir de ahí, escribió él mismo, todo fue un calvario. No hace falta adornarlo más. El cuerpo del aspirante empezó a vaciarse por dentro y la grandeza de julio quedó reducida a una lucha gris contra el propio estómago. Lo cruel es que todavía alcanzó el tercer puesto de la general. Y precisamente por eso la caída final dejó un sabor más áspero. Acabó cuarto, agotado. Pensaba que no había tenido suerte, que a LeMond le salía todo de cara y que Chiappucci habría ganado el Tour sin la etapa de Saint Étienne. Es una frase muy de Delgado: competitiva, orgullosa, todavía ofensiva incluso en la derrota. También explica muy bien aquella edición. Fue un Tour roto por la fuga inicial, por los vaivenes del liderato, por la inteligencia defensiva de LeMond y por la enfermedad de un corredor español que seguía mordiendo aunque ya no pudiera sostener el bocado hasta el final. Y mientras Perico libraba ese combate contra el cuerpo y contra el tiempo, al otro lado del mismo maillot estaba naciendo otra cosa. El Tour de 1990 fue también el año en que Indurain dejó de ser promesa y pasó a convertirse en certeza. La historia oficial del equipo habla del relevo generacional materializado en el Tour, y la palabra no está mal elegida. El relevo venía insinuándose desde hacía meses, pero fue en Francia donde se hizo visible de una manera imposible de discutir. Indurain no solo estaba fuerte. Ya era útil en todos los registros que convierten a un corredor en jefe de filas de una gran vuelta. Contrarrelojeaba como un gigante. Escalaba cada vez mejor. Trabajaba tácticamente para otro sin descomponerse. Y ganó en Luz Ardiden, que no es cualquier lugar para presentarse al mundo. Lo interesante es que ese nacimiento no ocurrió contra Delgado, sino delante de él. En Alpe d’Huez hizo de puente para su líder. En la general y en las etapas dejó señales de autoridad. En Luz Ardiden levantó la mano como quien no reclama aún el trono, pero ya enseña la llave. Ahí reside una de las grandes singularidades de Banesto en aquellos años. El relevo no se construyó a partir de una guerra pública ni de una humillación del campeón veterano. Se construyó en convivencia, con dureza interna y bastante inteligencia emocional. Echávarri y Unzué pudieron precipitar la caída simbólica de Perico para acelerar a Miguel. También pudieron frenar a Miguel por nostalgia y lealtad sentimental. No hicieron ni una cosa ni la otra. Dejaron que hablara la carretera, que en el ciclismo es la forma más limpia de ordenar una casa. Por eso 1991 parece luego tan natural. Delgado preparó el Tour como otras veces, aunque llegó más gastado tras un Giro que le dejó malas sensaciones. Banesto se presentó con dos líderes. La carrera acabó consagrando a Indurain y empujando a Perico hacia el papel de gregario de lujo, un lugar que aceptó con elegancia impropia de muchas leyendas. Pero la semilla de ese desenlace ya estaba plantada en el verano anterior. El primer Tour de Banesto no coronó a Indurain y tampoco devolvió a Delgado al amarillo de París. Hizo algo más delicado y más duradero: puso en orden el porvenir. Mirado desde hoy, cuando la historia larga de Abarca Sports ya puede leerse como una continuidad rara en el deporte profesional, 1990 funciona como una bisagra perfecta. Perico representa la parte más romántica y desobediente de la casa, el corredor que corría a pecho descubierto y parecía convertir cada puerto en un asunto personal. Indurain inaugura la fase imperial, la del método llevado a su expresión más devastadora, la de ganar sin ruido y sin dejar hueco a la réplica. Entre uno y otro, Banesto dejó de ser solamente un patrocinador nuevo y empezó a parecerse a una institución. Eso explica que aquel Tour perdido siga pesando tanto en la memoria de la estructura que hoy corre como Movistar Team. Hay años con más brillo, con más amarillo, con más fotografía de campeón. Pero pocos cuentan mejor lo que era aquella casa por dentro. Un equipo capaz de ganar veinte veces en una temporada, de sostener varios liderazgos sin volverse loco, de equivocarse en la jerarquía durante una Vuelta y aprender en marcha, de poner a su viejo campeón a pelear contra LeMond mientras su heredero se iba volviendo inevitable en el mismo paisaje. Delgado terminó cuarto en París, enfermo y exhausto. Indurain ganó en Luz Ardiden y dejó la sensación de que lo suyo ya no era una promesa sino una inminencia. Echávarri y Unzué evitaron que el cambio de guardia pareciera una ruptura. Y Banesto descubrió que podía perder el Tour y, al mismo tiempo, ganar algo que a veces vale más que una edición concreta: la certeza de que el futuro ya estaba dentro del autobús. Allí seguía sonando la voz de Perico, caliente, valiente, impaciente. Y al fondo, ocupando cada vez más espacio sin levantar el tono, avanzaba Indurain. Entre esas dos respiraciones se escribió la verdadera historia del primer Tour de Banesto.