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Historia

Zülle y los gregarios suizos de Banesto

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La casa después del rey Para entender a Alex Zülle en Banesto hay que entrar primero en la cocina vieja de Abarca Sports, la estructura que fue Reynolds, lue...

París siempre ha tenido una manera muy elegante de humillar la nostalgia. En julio de 1999, mientras el Tour cerraba otro círculo en los Campos Elíseos, Banesto volvió a mirar el podio desde arriba, que era el único sitio desde el que había aprendido a mirar durante los años de Miguel Induráin. Solo que esta vez no había un navarro imperturbable vestido de amarillo ni una continuidad doméstica que permitiera al aficionado reconocerse sin esfuerzo. Había un suizo.

Alex Zülle, segundo de aquel Tour, devolvía al equipo al lugar del que se había caído y, al mismo tiempo, obligaba a aceptar una verdad incómoda: la casa seguía en pie, pero ya no podía vivir de los mismos muebles. Conviene detenerse ahí, en esa imagen extraña y precisa. Un corredor de Ginebra sosteniendo la credibilidad de una estructura navarra que había nacido con Reynolds, se había hecho monumento con Banesto, luego tantearía la fiebre de iBanesto.com, más tarde sobreviviría como Caisse d’Epargne y acabaría convertida en Movistar Team. Cambiaban los patrocinadores, cambiaba el color del maillot, cambiaba hasta la gramática comercial de cada época, pero la costumbre profunda no se movía: Abarca Sports quería seguir siendo un equipo de grandes vueltas, un lugar donde el oficio importara tanto como el talento y donde el final de un rey no significara la clausura del reino.

La herencia de Reynolds había dejado algo más duradero que unas cuantas victorias. Había dejado un método. Corredores hechos sin prisa, dirección técnica muy marcada, jerarquías claras, una forma casi religiosa de entender la montaña y una disciplina que parecía escrita con tinta de sacristía. Banesto recibió todo eso y lo elevó con Induráin hasta convertirlo en un fenómeno nacional.

Durante cinco veranos, el Tour no fue solo una carrera francesa ganada por un español; fue un hábito doméstico. Se veía desde la playa, desde el bar, desde el salón con la persiana a medio bajar. El equipo no parecía una empresa patrocinando bicicletas, sino una extensión sentimental del país. Por eso el final de Induráin fue mucho más que un relevo deportivo.

Fue un desalojo. Los gigantes suelen descubrir tarde que el problema no es conquistar un imperio, sino aprender a vivir después del emperador. Banesto lo descubrió a la intemperie. Abraham Olano, corredor magnífico, poderoso y cerebral, podía parecer la transición lógica hacia otra manera de mandar, pero aquel puente se rompió antes de consolidarse y Olano se fue al ONCE.

El vacío no quedó solo abierto: quedó expuesto. Y al otro lado aparecía José María Jiménez, que era justo lo contrario a una transición ordenada. Chava no administraba la expectativa: la incendiaba. Donde otros levantan una carrera como quien redacta un expediente, él levantaba una tormenta.

Su Vuelta de 1998 lo había convertido en una promesa enorme, casi desbordada, aunque dentro del equipo se intuía algo esencial: su mejor versión emergía cuando podía correr con el cuchillo entre los dientes, no cuando debía cargar él solo con la contabilidad moral de una gran estructura. Ahí entra Zülle. No como un capricho de mercado ni como una extravagancia cosmopolita, sino como una decisión de pura supervivencia competitiva. El 24 de octubre de 1998, El País contó la escena decisiva: Eusebio Unzué avisó a Chava del fichaje antes de cerrarlo y el acuerdo terminó de concretarse en Torrejón con Tony Rominger como pieza de la negociación.

Hay operaciones que se anuncian con fanfarria y luego se vacían. Esta, en cambio, parecía casi administrativa y escondía un cambio de época. Rominger, uno de los grandes hombres de la década, aparecía como figura de tránsito entre familias del ciclismo de grandes vueltas. Banesto no estaba comprando una aventura rara; estaba importando un liderazgo ya certificado para el único examen que de verdad le importaba.

La reacción oficial de Unzué al informar a Jiménez fue reveladora. Dijo que Chava estaba encantado y dispuesto a asumir lo que le tocara. Son palabras limpias, breves, casi austeras, y debajo de ellas se adivina toda la ingeniería del proyecto. Banesto no quería escoger entre el escalador sentimental y el patrón de tres semanas.

Quería repartirse el calendario de sus ambiciones. Zülle para el Tour. Chava para la Vuelta, o al menos para esa versión de la Vuelta en la que el equipo pudiera soltarse la corbata. La idea tenía bastante lógica: no quemar a Jiménez con un liderazgo excesivo y, al mismo tiempo, no renunciar a julio, que para Banesto seguía siendo la unidad de medida de todas las cosas.

Había una sombra sobre la operación, claro. Zülle estaba sancionado y no podría volver a competir hasta el 1 de mayo de 1999. El Giro quedaba fuera de su radar. Eso vuelve todavía más interesante el fichaje, porque lo convierte en una apuesta escrita casi con un solo nombre propio: Tour de Francia.

No se contrataba al suizo para colonizar toda la temporada ni para sumar puntos desde febrero. Se le contrataba para volver a hacer creíble a Banesto en la carrera que había construido su leyenda reciente. Aceptar varios meses de espera a cambio de un posible julio grande era una declaración de intenciones. El equipo estaba diciendo que seguía dispuesto a vivir peligrosamente con tal de no resignarse.

Olano, ya con un pie fuera, miró la maniobra con suspicacia y la llamó extraña en otra información de El País. Su objeción era sencilla y por eso dolía. ¿Cómo puede una estructura dejar marchar a un corredor de características parecidas para fichar a otro extranjero? Y, de paso, ¿qué pasaba con la posición de Chava dentro de la casa?

El reproche iba más allá de los celos lógicos del oficio. Tocaba una fibra identitaria. Banesto había sido durante años el refugio del gran jefe español de las grandes vueltas. Al traer a Zülle, aceptaba que la continuidad sentimental no bastaba.

La nostalgia no sube puertos ni gana cronos. Había que volver a parecer capaz de ganar el Tour, aunque para ello tocara romper un pequeño tabú doméstico. Por eso la llegada de Zülle tiene tanta carga simbólica. Fue el primer gran líder extranjero del Banesto moderno, pero no convirtió al equipo en otra cosa.

Ahí está el matiz que a veces se pierde cuando se resume la historia con prisa. Las plantillas oficiales de 1999 y 2000, publicadas hoy por Movistar Team, lo dejan nítido: el único suizo de aquellos Banesto era Alex Zülle. A su alrededor seguía habiendo una mayoría española muy marcada y, junto a ella, un puñado de corredores de procedencias diversas. Arrieta, Beltrán, Chava Jiménez, Eladio Jiménez, Lastras, Chente García Acosta, los hermanos Osa, Mancebo, Odriozola, Solaun, Navas, Peña.

También Baranowski, Barbosa, Bruseghin, Piepoli, Rodrigues, Jeremy Hunt. En 2000 el esqueleto siguió una lógica parecida y entraron nombres como Brożyna, Benito o Menchov. El equipo no se suizó. Lo que hizo fue aceptar un centro de gravedad suizo.

Por eso la expresión “los gregarios suizos de Banesto” solo funciona de verdad como imagen. Lo suizo no estaba en los pasaportes de los peones, sino en el tipo de liderazgo al que servían. Zülle representaba una idea muy concreta de jefe de filas: regularidad, resistencia, jerarquía táctica, sentido del cálculo, Tour por encima de todo. No era un cazador de un día, ni un escalador de arrebato, ni un artista del desorden.

Era un corredor hecho para soportar tres semanas sin romperse por dentro. Tenía contrarreloj, tenía oficio, tenía esa capacidad de ordenar a un equipo con su sola presencia. Y eso cambia la naturaleza del trabajo alrededor. Un líder explosivo pide una escolta que le salve hasta el instante de la puñalada.

Un hombre de general necesita un andamiaje continuo: colocación, control del ritmo, protección en el llano, desgaste del rival, compañía en los puertos, relojería moral. Esa era una de las razones por las que Banesto creía que Chava podía salir beneficiado. Liberarlo del deber de representar la estabilidad institucional del proyecto era dejarlo correr donde mejor respiraba: la emoción, la montaña, el zarpazo que no pide permiso. Sobre el papel, la convivencia de ambos tenía sentido.

Uno sostenía el edificio. El otro le daba electricidad. Luego la vida real casi nunca respeta del todo lo que prometen las pizarras, pero en 1999 aquella mezcla encontró momentos de armonía muy raros en un deporte que suele castigar los liderazgos compartidos. Cuando llegó el Tour, Zülle justificó la apuesta en el escenario donde Banesto se jugaba algo más que una clasificación.

La propia historia oficial del equipo lo resume con una frase severa y exacta: devolvió al conjunto al podio de París con su segundo puesto. El dato no viaja solo. Aquel Banesto ganó además la clasificación por equipos en Francia. Y eso cambia el retrato.

No fue un verano sostenido únicamente por un jefe de filas brillante. Fue una estructura entera funcionando en la carrera más importante del mundo con la vieja precisión de la casa. Ahí aparecen los rostros de ese servicio colectivo: Beltrán, Solaun, Arrieta, Peña, Navas, Mancebo, el propio Zülle, Odriozola y Chente. No había gregarios suizos, pero sí un ejército español y europeo trabajando para una idea helvética del mando.

El resultado legitimó de golpe todo lo que había parecido incómodo en octubre. Banesto había asumido el coste emocional de presentar un líder extranjero porque necesitaba volver a sentarse entre los grandes del Tour. Lo consiguió. Y al conseguirlo, evitó un riesgo mayor: convertirse en una reliquia melancólica que viviera contando hazañas pasadas.

La diferencia entre ser historia y ser museo es que la historia todavía compite. Lo hermoso de aquel año es que el equipo no se quedó encerrado en la solemnidad francesa. Mientras Zülle cumplía con la tarea institucional en julio, Chava seguía escribiendo la parte más novelesca del guion. En la Vuelta de 1999 ganó una etapa que el propio relato histórico de Movistar Team asocia al nacimiento popular del Angliru, esa pared donde su leyenda empezó a adquirir la textura de las fábulas.

Zülle también levantó los brazos en aquella carrera. Y Banesto ganó la clasificación por equipos. Durante unos meses, la convivencia de las dos almas funcionó. El equipo podía presentarse en París con un corredor serio, completo, fiable, y después ir a la Vuelta con el corazón en la boca detrás de Jiménez.

Pocas veces una estructura ha logrado vivir a la vez en el cálculo y en la combustión. Tal vez por eso 1999 sigue pareciendo un año más rico de lo que dicen las cifras, aunque las cifras ya sean buenas. El segundo puesto en el Tour y la victoria por equipos son resultados grandes, medibles, fríos. Lo que les da espesor es que resolvían un problema histórico: el vacío posterior a Induráin no equivalía a la irrelevancia.

Banesto seguía teniendo pulso. Seguía sabiendo mandar una carrera. Seguía inspirando esa vieja sensación de que, si el terreno se ponía serio, la casa navarra siempre tendría algo que decir. La temporada 2000 confirmó la fortaleza del proyecto, aunque ya no con el mismo resplandor.

La web oficial atribuye a aquel Banesto veintisiete victorias, el maillot blanco de Mancebo como mejor joven del Tour, la primera victoria de Chente García Acosta en la Grande Boucle, éxitos en vueltas de prestigio menor y un papel visible de Zülle, vencedor en el Algarve y líder de la Vuelta durante ocho días. Es un balance sólido, incluso notable. Un equipo profundo, bien dirigido, con muchos corredores útiles y varios nombres capaces de aparecer en los titulares. Pero había cambiado algo en la temperatura del relato.

Ya no se intuía el nacimiento de otra dinastía. Se intuía, más bien, la buena salud de una estructura que competía mucho y ganaba bastante, aunque sin ese temblor de época que distingue a los equipos que dominan de los equipos que simplemente están muy vivos. Mancebo crecía, Chente daba un paso, Piepoli sumaba, Zülle seguía siendo un corredor importante, pero la restauración soñada tenía techo. Banesto había regresado al salón principal del Tour; otra cosa era adueñarse de la casa.

La salida de Zülle en septiembre de 2000 terminó de darle forma a esa sensación. Se marchó al Team Coast Wattenscheid, una escuadra alemana modesta que entonces aparecía en el puesto 39 de la clasificación UCI, como contó El País. Banesto le había ofrecido un año más y el suizo no aceptó. Tenía 32 años.

Parecía razonable pensar en una relación más larga, quizá no gloriosa pero sí estable. Sin embargo, la alianza se cerró ahí. José Miguel Echávarri lo resumió con una frase que mezcla gratitud y melancolía: Zülle no había podido mostrar en Banesto toda la clase que llevaba dentro. Esa frase es muy buena porque no niega lo conseguido.

Lo que hace es señalar la frontera. Hubo rendimiento, hubo podio, hubo orden, hubo prestigio recuperado. También quedó la sensación de una posibilidad solo parcialmente cumplida. ¿Qué ganó Banesto con Zülle?

Ganó algo inmediato y perfectamente contable: el podio del Tour de 1999, la clasificación por equipos en Francia y la prueba de que el posindurainismo no era una condena automática a la medianía. Ganó además una lección de modernidad. Descubrió que su identidad no dependía de que el jefe de filas tuviera el mismo pasaporte que su mito. La estructura podía seguir siendo reconocible aunque el rostro de su ambición hablara con otro acento.

Y eso, visto desde hoy, importa mucho más de lo que parecía entonces. Porque Abarca Sports acabaría convirtiéndose en una casa acostumbrada a navegar entre generaciones, países, patrocinadores y liderazgos muy distintos sin disolverse. Reynolds fue la forja. Banesto, la catedral.

IBanesto.com sería una estación extraña, casi un cartel de la fiebre puntocom colgado sobre una fachada antigua. Caisse d’Epargne normalizaría una apertura internacional más natural. Movistar Team terminaría de hacer cotidiano algo que a finales de los noventa todavía sonaba levemente herético: que la identidad de una estructura no está en congelar el pasado, sino en traducirlo sin romperlo. Zülle cae justo en ese puente.

No fue un parche cualquiera ni un nuevo Induráin, y quizá ahí reside su interés. Llegó para restaurar la credibilidad del equipo en el Tour y lo logró, pero también dejó claro que la restauración no podía ser una copia. Banesto podía seguir siendo grande, sí, aunque ya no del mismo modo. Necesitaba un suizo para seguir hablando el idioma que más le obsesionaba cada julio.

Necesitaba a un hombre de orden para liberar al genio desordenado que llevaba dentro. Necesitaba, en el fondo, traicionarse un poco en la forma para salvarse en el fondo. Por eso la historia de Zülle en Banesto sigue teniendo una belleza rara. Es la historia de una gran casa que se negó a convertirse en mausoleo.

La de unos gregarios que no eran suizos, pero trabajaron para una disciplina suiza del liderazgo. La de un equipo profundamente español que entendió a tiempo que su alma no estaba en la pureza de los apellidos, sino en la terquedad de sus costumbres. Y la de un corredor que no fundó una nueva edad dorada, pero dejó algo igual de útil: una manera de sobrevivir al fin de los héroes. A veces la tradición no se conserva repitiéndose, sino aceptando una voz ajena para seguir reconociendo la música.