Dream Team para las clásicas con ciclistas de todas las eras
La herejía bonita Montar un Dream Team de clásicas con la saga Abarca Sports es, de entrada, una pequeña herejía.
Hay una sobremesa que no sale en la televisión y explica mejor el ciclismo que muchas retransmisiones enteras. La mesa ya está limpia, los cafés se han quedado fríos, alguien ha pedido una copa corta para empujar la tarde y, en ese punto exacto en que la conversación se vuelve más sincera porque nadie tiene nada que demostrar, aparece la pregunta que desordena a los veteranos: si la vieja saga de Abarca Sports, la que fue Reynolds, luego Banesto, más tarde iBanesto, Caisse d’Epargne y ahora Movistar Team, hubiera querido juntar a sus mejores hombres para asaltar las clásicas de primavera y de otoño, ¿a quién le das dorsal y a quién lo dejas en el coche? La pregunta tiene algo de travesura y algo de sacrilegio. También una belleza indudable.
Porque esa casa construyó su prestigio hablando otro idioma. Abarca nunca fue una estructura educada para vivir entre cerveza derramada, cunetas flamencas y adoquines que levantan la bicicleta como si quisieran expulsarte de ella. Su acento siempre fue otro. La gran vuelta, la jerarquía, el líder protegido, el oficio de tres semanas, la montaña como embudo, la crono como veredicto.
En su genealogía hay puertos más que muros, regularidad más que estampida, administración del esfuerzo más que violencia ritual. Por eso el ejercicio tiene gracia: obliga a llevar una dinastía de fondistas y capitanes de julio al territorio áspero donde las carreras no se ganan solo con talento, sino con memoria corporal, codazos bien dados, paciencia para sufrir feo y una relación casi religiosa con el desorden. Rouleur lo resumía muy bien al describir el Tour de Flandes como un santuario centenario, un lugar donde nombres como Kwaremont, Kapelmuur, Koppenberg o Taaienberg suenan menos a geografía que a liturgia. Allí no basta con tener piernas.
Hay que saber entrar, esperar, no ponerse nervioso, gastar al rival sin delatarse, sobrevivir a la carrera antes de correrla de verdad. El detalle importa más que en ninguna otra parte. Un segundo de duda te manda veinte puestos atrás. Un compañero mal colocado te obliga a una persecución que nadie recordará en el resumen, pero que puede costarte la carrera mucho antes de que la realización decida prestar atención.
España, además, nunca acabó de colocar las clásicas en el altar principal de su relato ciclista. En una conversación recuperada también por Rouleur, Pascual Momparler y Xavier Florencio explicaban con una honestidad infrecuente lo difícil que ha sido levantar una cultura de clásicas en un país que tiende a enamorarse de los hombres de julio. Hasta Óscar Freire, que era una anomalía maravillosa y probablemente irrepetible, vivió a veces una especie de malentendido nacional: demasiado fino para el tópico del héroe de montaña, demasiado grande para ser reducido a la etiqueta de velocista. Esa desproporción cultural también rozó a Abarca Sports.
No por desprecio. Más bien por educación sentimental. Su obsesión histórica pasaba por otro lado. Eso obliga a hacer el equipo con un criterio menos ingenuo que la simple suma de nombres ilustres.
No sirve juntar a los más famosos y dejar que la nostalgia haga el resto. Las clásicas castigan justo esa pereza mental. Un bloque ganador necesita jerarquía, sí, pero también dramaturgia: un líder de verdad para que todos sepan a quién están construyendo, una amenaza alternativa que fuerce decisiones incómodas en los rivales, un motor capaz de sujetar la carrera sin prenderle fuego al propio equipo, dos o tres especialistas en colocación y supervivencia, y una pieza imprevisible que convierta la carrera en algo más incómodo para los demás que para los tuyos. Tampoco conviene engañarse con el material histórico de la casa.
Abarca produjo campeones inmensos, pero no fabricó un emperador del pavé. No tuvo un Boonen vestido de azul, ni un Cancellara tirando del plato como quien arrastra una cosecha, ni un Museeuw con esa forma tan flamenca de mandar incluso cuando calla. Esa ausencia no se resuelve con retórica. Hay que aceptarla.
Este Dream Team, por tanto, no puede construirse como un imperio del norte. Tiene que ser otra cosa: una banda versátil, fiera en las clásicas quebradas, peligrosísima en Ardenas, muy seria en San Sebastián y lo bastante competente en adoquines como para no parecer una excursión exótica. Con esa idea, la alineación empieza a tomar forma sola, como si los nombres se sentaran en la mesa por orden de necesidad. El ocho titular sería Alejandro Valverde, Joaquim Rodríguez, Abraham Olano, Luis León Sánchez, Imanol Erviti, José Joaquín Rojas, Iván García Cortina y Xabier Florencio.
Como comodines de lujo, Rui Costa y Alex Aranburu. Hay menos fuegos artificiales de los que pediría una fantasía adolescente y bastante más verdad ciclista de la que suele admitir la nostalgia. La puerta de entrada la abre Valverde. No hay discusión seria posible.
Dentro de esta saga nadie dominó las clásicas de colinas con una autoridad comparable, ni mezcló durante tantos años el remate, la lectura y la elasticidad competitiva. Valverde no solo ganaba: entendía la carrera como quien llega al examen sabiendo también lo que va a caer en la repesca. En Flecha Valona daba la sensación de conocer de memoria el instante exacto en que el Mur dejaba de ser subida para convertirse en tribunal. En Lieja tenía ese aire de veterano que distingue entre el dolor que asusta y el dolor que selecciona.
En San Sebastián, donde la carretera siempre parece pedir un punto de intuición vasca aunque no hayas nacido allí, corría con una naturalidad insultante. Su función en este equipo no se limita al papel de rematador supremo. Valverde ordena la psicología del grupo. Con él en carrera, todos saben que llegar bien a los últimos kilómetros ya es media victoria.
Esa certeza modifica la jornada de los demás. Erviti puede gastar con más sentido. Rojas puede vaciarse en la colocación sin sentir que trabaja para una lotería. Olano puede endurecer desde lejos porque detrás hay un jefe que no necesita diez oportunidades para acertar una.
Luisle puede jugar a ser puente o amenaza intermedia. Y Purito, sobre todo, puede ser lo que mejor fue: una navaja que obliga al rival a elegir mal. Porque Joaquim Rodríguez entra aquí por contraste, no por redundancia. Si Valverde era continuidad y precisión, Purito era la dentellada.
Sus mejores aceleraciones no parecían ataques, sino correcciones del guion. Allí donde otros tanteaban, él decidía. En Amstel, en Flecha, en Lombardía, incluso en una Lieja nerviosa y de cálculo roto, su sola presencia obligaba al resto a correr con un grado más de ansiedad. Tácticamente es el socio perfecto de Valverde porque amenaza por una puerta distinta.
Si sales detrás de Purito, quizá le regalas el ritmo a Valverde. Si te quedas esperando a Valverde, Purito ya te ha arrancado la carrera de las manos. Los dos juntos componen una crueldad muy fina para cualquier clásica de colinas. Luego aparece Abraham Olano, que es uno de esos corredores a los que la memoria pública ha tratado con un desdén extraño, tal vez porque compitió en una época muy ruidosa o porque nunca explotó el carisma como argumento.
Pero un director que quiera ganar clásicas lo pone en la alineación casi sin mirar. Campeón del mundo, contrarrelojista mayor, fondista con lectura, corredor de esos que agrandan la carrera cuando todavía no se ven las cámaras buenas. Olano sirve para sostener la parte larga del día, esa que decide si llegas a la selección final con opciones o con un rosario de esfuerzos inútiles colgando de las piernas. Puede cerrar un hueco serio sin hipotecar el futuro del equipo, puede tensar desde lejos y puede sobrevivir hasta el grupo bueno sin pedir perdón por ello.
En Flandes sería el pegamento ideal entre el caos del adoquín y la carretera abierta. En San Sebastián parece directamente una figura escrita para el paisaje. Luis León Sánchez aporta una virtud que el ciclismo siempre agradece y casi nunca sabe medir del todo: el olfato. Hay corredores fortísimos que leen la carrera como quien hojea un prospecto.
Y hay otros que la huelen. Luisle pertenece a los segundos con piernas de sobra para no quedarse en intuición romántica. Sabe distinguir cuándo una fuga es teatro y cuándo merece hipotecar unos cuantos vatios para meterse. Sabe bajar.
Sabe moverse cuando la carretera estrecha o el viento convierten el grupo en una trampa. Sus dos victorias en la Clásica de San Sebastián no fueron un capricho estadístico. Fueron una afinidad profunda entre un tipo de corredor y una carrera que exige cabeza rápida cuando todos ya van medio vacíos. En este equipo sería el hombre que vuelve rentable el caos.
Luego están los obreros nobles, que en las clásicas no son menos importantes que los jefes, solo menos fotografiados. Imanol Erviti representa como pocos esa grandeza áspera del trabajo invisible. Un equipo de clásicas vive de entrar delante, de no perderse en los cortes tontos, de no llegar a cada muro veinte puestos más atrás de lo que permite la dignidad. Ese trabajo, que parece accesorio hasta que la carrera te lo cobra, Erviti lo convirtió en una especialidad.
En este Dream Team sería mucho más que un gregario: sería el ministro del interior. El hombre que da forma material a una ambición histórica que, de otro modo, podría quedarse en literatura. Sin un tirano natural del adoquín, Abarca necesita presencia, continuidad, densidad táctica. Erviti ofrece exactamente eso.
José Joaquín Rojas, tiene algo muy valioso en carreras largas: sabe coser. Es rápido, se coloca bien, entiende la zona gris entre el trabajo sucio y la amenaza real. No necesita ser favorito para ser decisivo. En Sanremo, por ejemplo, es el corredor que te evita un desastre antes de Cipressa y Poggio.
En Flandes ayuda a que el equipo no se parta donde no debe. En jornadas de viento o clásicas menores puede hasta convertirse en solución si la lógica ha embarrado a los nombres mayores. Tiene, además, una cualidad que le sienta muy bien a esta selección: oficio de carretera vieja, sin disfraz de especialista de catálogo ni pose de reconvertido. La pieza moderna es Iván García Cortina.
Entra porque encarna el perfil que la rama más reciente de la estructura habría querido coleccionar con mayor perseverancia si el norte hubiera dejado de ser una obligación secundaria para convertirse en proyecto. Cortina llega educado en la gramática contemporánea de las clásicas: menos complejo ante belgas y neerlandeses, más agresivo de salida, más dispuesto a ocupar espacio sin pedir permiso al apellido del rival. Su presencia evita que el equipo suene a museo bien conservado. Le da un presente.
Le da una rueda que meter en E3, en Gante-Wevelgem, en Flandes o en una Roubaix de ritmo salvaje. No es un soberano del pavé, pero sí un corredor con el que se puede hablar en serio antes de que empiece el reparto habitual de coronas. Y luego está Xabier Florencio, que es quizá la elección más bonita porque recuerda una verdad elemental de las clásicas: no siempre las gana el nombre que mejor suena en la firma. A veces las gana el descaro.
Su triunfo en la Clásica de San Sebastián de 2006 permanece en esa zona donde los buenos relatos envejecen mejor que los palmarés. Tiene sorpresa, tiene audacia, tiene esa mezcla de osadía y resistencia que convierte a ciertos vencedores en personajes. En una plantilla así, Florencio sería la bala lateral, el corredor que se cuela en el movimiento que el grupo grande subestima durante cuarenta segundos y lamenta durante cuarenta kilómetros. Todo equipo serio necesita un imprevisible útil, no uno decorativo.
Rui Costa y Alex Aranburu redondean la foto desde lugares distintos. Rui aporta la inteligencia cínica del corredor que sabe ganar sin parecer el más fuerte en la mitad del metraje. Su lectura de finales quebrados abre opciones más cerebrales, menos épicas y quizá por eso más eficaces. Aranburu ofrece otra clase de modernidad: explosividad, conocimiento del terreno vasco, instinto para carreras que castigan al distraído y premian al que entra en la curva adecuada una décima antes.
No cambian el ADN del equipo. Lo afinan. Lo interesante llega al imaginar cómo respiraría esta alineación según la carrera. En Milán-Sanremo no se comportaría como un ejército imperial, pero sí como una banda listísima.
Rojas colocaría, Luisle olería el movimiento bueno, Olano sostendría lo que hubiera que sostener y Valverde sería una amenaza magnífica si el Poggio desemboca en un grupo corto, cansado y desconfiado. Aranburu podría entrar en la ecuación si el plan exigiera más agresividad antes de la bajada. No sería el bloque que intimida desde la salida, pero sí el que te obliga a no cometer ni un error. En Flandes la cosa cambia.
Ahí el equipo tendría que correr con humildad feroz. Erviti y Cortina deberían existir delante de cada muro, no detrás. Olano haría de cemento entre cortes. Rojas preservaría la continuidad.
Valverde no sería el favorito central, pero en un día lo bastante duro como para premiar la supervivencia más que la brutalidad podría convertirse en una amenaza incómoda. No es la carrera natural de esta plantilla, pero tampoco un decorado hostil sin salida. Roubaix sería el examen más honesto. Allí se acaban las metáforas bonitas.
Sin un dominador puro del adoquín, no quedaría otra que correr con agresividad sobria: estar siempre, no entrar en pánico, asumir que las averías, el barro y el desgaste también permiten victorias menos obvias. Ganar seguiría siendo muy complicado. Competir de verdad, bastante menos. Y en las Ardenas el equipo se transformaría casi en una obscenidad táctica.
Valverde y Purito juntos, con Olano por detrás, Rui como tercer filo y Luisle rondando la maniobra oportuna, forman un bloque con vocación de mando. Allí ya no se trataría de resistir. Se trataría de imponer. San Sebastián merece párrafo aparte porque ahí la historia se vuelve casi doméstica.
Valverde, Luisle, Olano, Florencio y Aranburu componen una alineación que parece salida del propio paisaje. Hay geografía, descenso, intuición, fondo, gusto por la curva que llega después del esfuerzo largo. Esa clásica siempre ha tenido algo de examen sentimental para el ciclismo español, y esta casa la entiende especialmente bien. En Lombardía, mientras tanto, el tándem Valverde-Purito recupera todo su filo y Rui Costa encaja como un guante en esa mezcla de colinas, cálculo y belleza cansada que tiene la carrera de las hojas secas.
Hay una verdad profunda en todo esto: el Dream Team de clásicas de Abarca Sports no sería temible porque traiciona su historia, sino porque la estira sin romperla. Sigue habiendo líderes de motor largo, corredores de orden, hombres que saben sufrir en varios registros, jefes capaces de resolver de más de una manera. No parece un disfraz belga puesto a toda prisa para salir bien en la foto. Parece una evolución creíble de una estructura que siempre compitió mejor de lo que necesitaba aparentar.
La grieta, claro, sigue ahí. Falta el monarca del norte. No existe ese nombre que obligue al resto a correr a la contra desde la presentación de firmas. En Roubaix, y algo menos en Flandes, esa ausencia pesa.
Los grandes bloques del adoquín ganan muchas veces antes de atacar, solo por autoridad heredada. Este equipo no tendría ese privilegio. Tendría que fabricarse la carrera cada vez. Y quizá ahí reside su encanto.
Sería menos dinastía que cuadrilla, menos imperio que conspiración bien organizada. Tal vez por eso el ejercicio funciona tan bien en la sobremesa. Porque no dibuja una fantasía infantil de cromos pegados al azar, sino una herejía verosímil. Un equipo capaz de gobernar las Ardenas, de mirar de frente a San Sebastián y Lombardía, de molestar mucho más de lo previsto en Flandes y de entrar en Roubaix sabiendo que el adoquín no regala apellidos.
La saga Abarca nunca necesitó parecer flamenca para hacerse respetar. Bastaba con que, cuando la carrera se ponía seria, siempre hubiera uno de los suyos en el sitio donde empiezan las victorias.