Las críticas a la táctica de carrera de Movistar
LA BROMA Y LA HERIDA Durante años, en el ciclismo europeo bastaba con que un coche azul apareciera en cabeza del pelotón para que medio internet empezara a e...
En Novi Ligure, el 21 de mayo de 2026, la escena tuvo algo de castigo antiguo. Movistar se puso a tirar con la convicción de quien ha visto una debilidad ajena antes que nadie. La carretera aún no olía a sprint puro, pero el equipo azul empezó a fabricar una carrera menos cómoda, más estrecha, más apta para un corredor como Orluis Aular que para un martillo como Jonathan Milan. El grupo se fue adelgazando, los velocistas grandes empezaron a sufrir y durante un rato pareció que la etapa estaba siendo escrita por la mano adecuada.
Luego llegó la meta, ganó otro, y Paul Magnier soltó la frase que resumía una década de ironías: es difícil entender la táctica de Movistar. En el ciclismo moderno hay derrotas que se olvidan con el autobús ya en marcha. Esta no. Esta activó otra vez esa memoria colectiva hecha de chistes, capturas de pantalla y sobremesas largas en las que Movistar ya no corre solo contra los demás, sino también contra su propia reputación.
La crueldad del asunto está ahí. A los equipos que se esconden se les acusa de no comparecer. A Movistar, demasiadas veces, se le ha acusado de algo más humillante para una estructura histórica: comparecer mucho y explicarse mal. No porque no ataque.
Más bien al revés. Buena parte de la relevancia sentimental de la vieja casa navarra, desde Reynolds hasta hoy, viene de su negativa a ser un decorado en el fondo del plano. Lo que exaspera a críticos y rivales no es que mueva la carrera, sino que a menudo la mueva sin dejar del todo claro para quién la mueve. Y cuando un equipo con cuatro décadas de oficio gasta corredores, endurece la etapa, hace visible su apuesta y aun así el triunfo se va a otro maillot, el error queda expuesto durante cien kilómetros.
No es una avería discreta. Es una herida pública. Por eso las críticas a la táctica de carrera de Movistar no se entienden de verdad si se miran solo como una colección de días torcidos. Aquí pesa una biografía entera.
La estructura que hoy corre con Telefónica en el pecho nació en Navarra a comienzos de los ochenta, pasó por Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y desembocó en Movistar sin cambiar del todo de alma. Cyclingnews ha recordado varias veces esa continuidad casi anómala en el WorldTour, con Eusebio Unzué como presencia estructural desde el origen, primero junto a José Miguel Echavarri y luego como rostro central del proyecto. No es un detalle administrativo. Es una cultura.
Es una manera de entender la carrera. Y también es una cadena, porque cada movimiento de hoy se juzga bajo la luz de cuarenta años de memoria. El Banesto de Indurain convirtió a la casa en una fábrica de orden. Aquellos equipos podían gustar más o menos, podían parecer asfixiantes, podían ser acusados de poco románticos, pero se entendían a la primera mirada.
El líder era el líder. Los gregarios tenían una función concreta. La etapa se organizaba alrededor de una jerarquía sin bruma. El ciclismo ha cambiado, claro.
Hoy los equipos necesitan planes alternativos, flexibilidad, corredores con perfiles híbridos y respuestas rápidas a una carrera mucho más nerviosa. El problema de Movistar no nace de haber dejado atrás el Banesto de Indurain. Nace de no haber encontrado todavía una forma igual de legible de correr en este siglo. Cuando se habla de mala táctica en Movistar casi nunca se está describiendo una simple torpeza, una mala tarde, un director con fiebre.
Se está señalando un patrón. El primer rasgo de ese patrón es el liderazgo difuso. En abstracto, la teoría de los dos jefes es defendible. Unzué lo dijo antes del Tour de 2019: en el ciclismo actual, con caídas, nervios y jornadas imprevisibles, tener dos líderes es una necesidad.
La frase suena razonable. Lo problemático llega cuando el plan B no espera a la muerte del plan A y se mete en el mismo coche desde la salida. Entonces el equipo empieza a gastar sin que quede claro qué carta vale más cuando llega la hora de quemar gregarios. El segundo rasgo es el gasto mal cobrado.
Movistar lleva años tensando carreras que luego rematan otros. A veces esa inversión estaba perfectamente justificada: un corredor menos explosivo necesita selección, un aspirante a la general requiere rivales aislados, una etapa llana puede convertirse en otra cosa si se agita a tiempo. El ciclismo no es una ciencia exacta y endurecer una carrera no garantiza nada. Pero cuando esa lógica se repite y la devolución no llega, la lectura pública cambia.
Lo que un día se interpreta como valentía, al tercero empieza a parecer despilfarro. Hay un tercer elemento, quizá el más delicado: el cruce de objetivos. Movistar ha dado a menudo la impresión de correr al mismo tiempo por la general, por la etapa, por una clasificación secundaria y por la necesidad abstracta de hacerse notar. El ciclismo admite muchas contradicciones mientras la carretera no obligue a resolverlas.
El problema es que las grandes vueltas siempre obligan. Y cuando la resolución llega, a veces se ha visto a Movistar pedaleando para dos relatos a la vez, como si el equipo quisiera ser prudente y temerario, clásico y moderno, jerárquico y horizontal en una misma tarde. Esa ambigüedad resulta más chocante precisamente porque el pasado de la casa era otra cosa. Basta recordar la etapa de Mende en 1995, cuando ONCE encontró la manera de incomodar a Miguel Indurain.
Cyclingnews evocó aquella jornada como una radiografía del viejo orden: Banesto llevaba días controlando la carrera, sus hombres estaban fatigados, y Manolo Saiz entendió que la mejor forma de derrotar a Indurain era aislarlo y obligarlo a perseguir fuera de su zona de comodidad. El líder sabía lo que le tocaba y el equipo sabía lo que debía restablecer. Podían perder, claro. Pero la distribución de papeles no se discutía.
Aquel Banesto era a veces demasiado rígido, pero rara vez borroso. El contraste con el Movistar reciente nace de ahí: no de una comparación sentimental, sino de una diferencia profunda en la legibilidad de la carrera. Y sin embargo sería injusto reducir la historia a una decadencia lineal, porque esta misma estructura ha firmado algunas de las maniobras más finas del ciclismo contemporáneo. Formigal, en la Vuelta de 2016, sigue siendo la gran coartada contra la caricatura.
Allí no hubo ruido ni contradicción, sino lectura de contexto, sentido de la oportunidad y un beneficiario nítido. Cyclingnews contó aquella jornada como el día en que Nairo Quintana y Alberto Contador reventaron el guion de la carrera. Lo decisivo no fue solo atacar. Lo decisivo fue entender que el puerto empezaba mucho antes de donde decía el perfil, en el viento, en el caos, en la tensión de una salida lanzada como una emboscada.
Movistar leyó la fragilidad de Froome y apuntó todos los recursos a un solo desenlace. Esa etapa todavía pesa porque demuestra que la casa sabe morder cuando decide morder con una sola boca. Por eso el Tour de 2019 dolió tanto. No fue la primera vez que Movistar acudía a una grande con varios gallos, pero sí el momento en que el problema dejó de ser una discusión de cafetería para convertirse en cultura popular.
Quintana quería espacio. Landa quería espacio. Valverde seguía siendo Valverde, con su peso natural incluso cuando el dorsal dijera otra cosa. Unzué defendía en público la necesidad de compartir liderazgo, pero en la carretera la teoría empezó a oler a fórmula más que a plan.
Cyclingnews fue durísimo al analizar aquel Tour y habló de un equipo atravesado por problemas de liderazgo, comunicación y trabajo colectivo. La metáfora era feroz y certera: una flota dividida que por momentos parecía intentar hundirse a sí misma. La etapa 18 sintetizó el malentendido. Quintana marchaba por delante, metido en la escapada.
Detrás, el propio Movistar agitó el grupo de favoritos. La lectura amable sostenía que el equipo podía cazar dos pájaros a la vez: la etapa para uno y tiempo en la general para otro. La lectura despiadada, que fue la que prendió en la conversación pública, decía que nadie sabía ya cuánto valía cada objetivo ni para quién se estaba trabajando en realidad. Mikel Landa dejó luego frases de incomodidad que alimentaron esa sensación.
Deportivamente no fue un desastre terminal. Narrativamente sí. La gente no recuerda solo que Movistar compitió; recuerda que compitió dejando un hueco perfecto para la burla. Luego llegó El día menos pensado y el debate se hizo doméstico.
Otros equipos habrán tenido discusiones parecidas dentro del autobús, pero casi ninguno ha permitido que el gran público entre en la cocina y vea el vapor pegado a los cristales. La serie convirtió una duda táctica en dramaturgia. Cyclingnews la presentó como la crónica interna de una temporada rusa y subrayó el caos estratégico que atravesó aquel Tour. Desde entonces, cada movimiento extraño de Movistar ya no se ve solo como un movimiento extraño: se ve como el siguiente capítulo de una historia que el equipo ayudó a fijar con su propia cámara.
El periodo posterior tampoco trajo una limpieza inmediata. Tras las salidas de Quintana, Landa y Carapaz, la estructura entró en una transición rara, a medio camino entre la renovación y la nostalgia. En 2020, Cyclingnews hablaba de un equipo obligado a reorganizar su jerarquía alrededor de Alejandro Valverde, Enric Mas y un bloque distinto. En 2022, la descripción era más frontal: la formación más veterana del pelotón estaba inmersa en una reestructuración deportiva y de gestión.
Ese territorio suele ser el más peligroso. Ya no tienes la autoridad automática del campeón indiscutido y todavía no has consolidado la fe ciega en el siguiente. El resultado puede ser una plantilla moderna sobre el papel y dubitativa en la toma de decisiones. La Vuelta de 2021 fue la estación más áspera de ese trayecto.
Miguel Ángel López estaba peleando el podio cuando la carrera se partió y él quedó descolgado. Entonces apareció la versión de que desde el coche se le había pedido que dejara de perseguir. El desenlace fue un abandono en plena etapa 20, una de esas escenas que un equipo grande preferiría no ver jamás. Lo peor no fue solo el gesto.
Fue lo que dejó al descubierto. Meses más tarde, el propio López cargó contra la gestión vivida en Movistar y resumió el fondo del conflicto con una frase demoledora: los roles no estaban claros. No hay meme posible que mejore una acusación así. Cuando un corredor de ese nivel dice que dentro del equipo no estaba definido quién debía sacrificarse y por quién, el problema deja de ser una percepción externa y se convierte en una grieta interna.
Patxi Vila habló aquel otoño de un proceso de cambio, de una estructura más internacional, más diversa en perfiles, más contemporánea en su composición. Todo eso suena lógico en un deporte que ya no admite plantillas monocordes. Pero la modernidad no se obtiene cambiando pasaportes o tipologías de corredor. La modernidad táctica exige otra cosa: que la diversidad de cartas no convierta cada jornada en una partida jugada con dos barajas mezcladas.
Ahí es donde Movistar se ha pasado años buscando equilibrio y dejando, a ratos, la impresión de que aún no lo ha encontrado del todo. El Giro de 2026 devolvió ese debate al primer plano con una pequeña crueldad añadida: esta vez la maniobra tenía sentido. Matt White explicó en Cyclingnews que el equipo había identificado etapas concretas para someter el sprint a una selección favorable a Aular, un corredor menos dominante en una llegada pura pero muy competitivo cuando la etapa llega sucia, nerviosa y con piernas vacías. También recordó que, con Enric Mas ya fuera de la pelea por la general, el equipo tenía margen para abrir más el libro y cazar victorias de otro modo.
No era una idea absurda. Ni siquiera era nueva: en Cosenza ya habían intentado algo parecido. Había doctrina. Había lógica.
Lo que faltó, otra vez, fue el cobro. Y ahí aparece la paradoja central de Movistar, que también dice mucho de la injusticia del ciclismo. A este equipo se le reprocha a menudo lo contrario de lo que se le exige. Si no ataca, se le llama conservador.
Si ataca y no remata, se le ridiculiza. Un bloque como UAE o Visma puede endurecer una jornada y salir de ella sin premio; muchas veces la lectura será que domina, que impone, que obliga a reaccionar. Movistar hace una operación parecida y el público sale a buscar el pliegue, la rareza, la sospecha de que se ha movido para nada. Ese sesgo existe.
Lo alimenta la reputación acumulada desde 2019 y lo consolidan episodios que fueron añadiendo capas de desconfianza. Pero el sesgo no invalida la crítica. Solo la vuelve más compleja. Hay que admitir que muchas decisiones de Movistar sí tienen fundamento.
Un equipo que no posee al mejor escalador del mundo ni al mejor sprinter del mundo necesita manipular el terreno. Tiene que inventarse un lugar incómodo para los demás. Un Aular necesita filtros. Un Enric Mas fuera de la general necesita emboscadas, no un guion académico.
Desde ese punto de vista, buena parte de las polémicas no son el producto de la vanidad, sino el precio de competir sin superioridad material. Si la trampa sale bien, el director parece un zorro antiguo. Si no sale, parece un hombre enamorado de una idea que no llega a destino. Lo que convierte una buena idea en reproche público casi siempre es lo mismo.
La táctica no se explica sola cuando contiene dos historias al mismo tiempo. El gasto se magnifica porque Movistar gasta delante, a la vista de todos, y el error visible pesa más que el error oculto. La historia de la casa empuja el juicio: del Banesto de Indurain se esperaba control; del Movistar posterior a El día menos pensado se espera enredo. Y los rivales ya han aprendido a leerlo.
Que Magnier pudiera interpretar el plan de Novi Ligure en tiempo real y permitirse la ironía fue casi más doloroso que la derrota. Cuando el adversario entiende tu jugada antes de que la cobres, el golpe es doble: deportivo y reputacional. Por eso estas polémicas cuestan más que una etapa. Cuestan autoridad.
Un equipo histórico vive también de la confianza que inspira dentro del pelotón y dentro de sí mismo. Si la sensación de jerarquía movediza se instala, el gregario duda un segundo antes de vaciarse. El líder escucha la radio con un matiz de sospecha. El rival percibe que quizá no necesite ser mucho más fuerte, solo esperar el momento en que Movistar invierta primero y resuelva después.
También cuesta relato. El equipo sigue siendo uno de los más visibles del ciclismo incluso cuando no manda. Eso es excelente para el patrocinador y brutal para la indulgencia pública. Cada gesto se amplifica.
Cada éxito parcial parece pequeño. Cada ataque fallido deja una fotografía hermosa y una pregunta desagradable. La salida no pasa por correr menos. Sería incluso un error, una traición al nervio competitivo que mantiene viva a esta estructura desde hace décadas.
La salida pasa por ordenar mejor el riesgo. Que cada etapa tenga un beneficiario nítido antes de que el primer gregario se ponga al frente. Que el plan B entre cuando el plan A ya está muerto, no cuando aún respira. Que el coche y los líderes compartan la misma ficción útil.
En una gran vuelta nadie puede improvisar la jerarquía en el kilómetro ciento ochenta sin pagar peaje. Tal vez por eso el juicio sobre Movistar es tan duro y, en el fondo, tan sentimental. Nadie se enfada así con un equipo irrelevante. Nadie gasta tanta ironía con una estructura que no considera importante.
A Movistar se le exige porque representa una memoria rara en el ciclismo de hoy, una continuidad que va de Reynolds a Banesto, de Banesto a Caisse d’Epargne, de Caisse d’Epargne a esta versión que todavía busca la manera de ser moderna sin dejar de ser ella misma. Se le ridiculiza porque se le supone más listo de lo que a veces parece en carrera. Y ahí está el nudo de toda la historia, la razón por la que cada tirón azul en un puerto inesperado despierta media biblioteca de sospechas: el gran problema de Movistar no es que no sepa correr, sino que demasiadas veces corre como si quisiera tener razón dos veces en la misma etapa.