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Qué fue de

Qué fue de Imanol Erviti

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La respuesta corta Imanol Erviti no se fue del ciclismo: se cambió de sitio.

En el segundo coche del INEOS Grenadiers, en pleno Tour de Francia de 2026, Imanol Erviti ya no aprieta el manillar ni se levanta sobre los pedales para cerrar un hueco. Ahora cuenta bidones, ordena el día, mide los avituallamientos y afina ese tipo de detalles que no salen en la foto pero terminan decidiendo una tarde. La escena tiene algo de ironía hermosa. Durante casi dos décadas fue el hombre que gastaba piernas para que otros llegaran con las suyas intactas.

Hoy sigue haciendo lo mismo, solo que con una radio en la mano y otro paisaje en el retrovisor. Si alguien pregunta qué fue de Imanol Erviti, la respuesta correcta no es que se retiró. La respuesta correcta es que cambió de sitio sin cambiar de oficio. Hay corredores a los que la retirada los lanza a una vida nueva, casi a una segunda biografía.

A Erviti le ocurrió otra cosa. Bajó de la bicicleta profesional al final de 2023, después de diecinueve temporadas enteras dentro de la misma estructura, y apenas tardó lo justo en cruzar la puerta de al lado. En 2024 ya trabajaba en el staff del INEOS. Para julio de 2026, AS lo situaba entre los directores presentes en el Tour, con funciones concretas desde el segundo coche, pendiente del plan diario y de la logística de carrera.

No parece un salto espectacular. En realidad lo es. Porque el ciclista que parecía nacido para obedecer y sostener se estaba convirtiendo, poco a poco, en uno de esos hombres que ordenan el caos cuando la etapa se pone seria. La historia gana espesor cuando se mira el lugar del que venía.

Erviti no fue un corredor nómada, ni un profesional de mudanza perpetua, ni uno de esos gregarios que acaban aprendiendo a decir lo mismo en cuatro idiomas y tres hoteles de aeropuerto. Fue, casi de manera obstinada, un hombre de una sola casa. Debutó como profesional en 2005 con el Illes Balears-Caisse d’Epargne y se retiró al final de 2023 bajo el paraguas del Movistar Team. Entre una fecha y otra cambiaron patrocinadores, maillots, bicicletas, jefes, líderes, métodos de trabajo y hasta la economía de este deporte tan dado a la precariedad elegante.

Él siguió ahí. Esa continuidad, en ciclismo, vale más de lo que parece. La estructura de la que salió Erviti no es solo el equipo que Netflix convirtió en materia de sobremesa, ni la marca telefónica que ha vivido años de victorias, radios cruzadas y algún sainete táctico. Es Abarca Sports, la vieja casa navarra que en 2026 se presenta con orgullo como la formación más longeva y más exitosa del UCI WorldTour, con cuarenta y siete temporadas seguidas en la élite.

Reynolds primero, Banesto después, luego iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y finalmente Movistar. Un corredor puede pasar por muchos equipos. Erviti pasó, en realidad, por muchas edades del mismo equipo. Eso lo convierte en algo más raro que un simple veterano: en una pieza vivida de una dinastía.

Hay algo casi literario en esa idea. Mientras el ciclismo español iba perdiendo certezas, mientras las grandes estructuras se encogían o desaparecían, mientras el país dejaba atrás la arrogancia de los años de bonanza y empezaba a convivir con sus ruinas deportivas y económicas, Erviti seguía pedaleando dentro del mismo linaje. No como un caudillo. Ni falta que hacía.

Lo suyo consistía en sostener. En llegar al coche, pedir un bidón, escuchar media orden, colocar a un compañero, limar un susto y volver a ponerse de cara al viento. Eso también construye una institución. De hecho, la construye más de lo que se admite.

Movistar lo llamó en 2020 el eterno capitán de ruta. La expresión podía sonar a homenaje de aniversario, pero tenía bastante de definición laboral. El capitán de ruta no siempre es el más fuerte ni el más visible. Suele ser el que entiende la textura de la carrera antes que los demás.

El que sabe cuándo un líder está gastando energía de más, cuándo un joven aún no se ha dado cuenta del lío en el que se ha metido, cuándo una fuga no merece la persecución y cuándo, al contrario, ha empezado el incendio de verdad. Son ciclistas que desarrollan una autoridad casi física. No mandan por jerarquía, sino por credibilidad. Si hablan, alguien escucha.

Si se mueven, alguien sigue. Erviti pertenecía a esa especie. Grande, diésel, resistente, más hecho para durar que para estallar, más fiable en el sexto día malo que brillante en el primero bueno. En el palmarés eso engaña.

Dos etapas de la Vuelta a España y una Vuelta a La Rioja pueden parecer una cosecha modesta si uno solo mira la vitrina. Pero hay corredores que valen mucho más de lo que ganan, del mismo modo que hay otros que ganan mucho más de lo que sostienen. Erviti era de los primeros. En un deporte que adora la victoria como adora las tormentas de verano, él representaba otra verdad: la de los hombres a los que los líderes reconocen antes que los aficionados.

Su entrevista con el equipo antes de la salida de Burgos, en aquel verano extraño de 2020, decía mucho sin necesidad de levantar la voz. Contaba que había pedido correr bastante porque, por su físico, la competición le venía bien y le daba ritmo. Parece una frase menor hasta que uno se detiene en la psicología que encierra. Hay ciclistas que buscan el laboratorio, el escondite del entrenamiento perfecto, el calendario acolchado para llegar limpios al día señalado.

Erviti parecía necesitar lo contrario: uso, fricción, jornadas largas, sufrimiento real. Como si su mejor versión solo pudiera aflorar después de una cierta cantidad de intemperie. En esa misma conversación soltó una frase magnífica sobre la jerarquía del calendario: el Tour es la rueda que hace girar todo el mundo del ciclismo. Ahí hablaba un hombre de la sala de máquinas, no del escaparate.

Luego estaban las victorias. Las suyas, cuando llegaban, no parecían fuegos artificiales sino demostraciones de oficio. En la Vuelta de 2008 cazó una etapa a base de lectura y resistencia. Repitió en 2010.

En 2011 se llevó la general de la Vuelta a La Rioja. No fue un cazador compulsivo de días propios, pero tampoco el mártir obediente que a veces se fabrica alrededor de ciertos gregarios. Tenía piernas para ganar cuando la carrera se desordenaba del modo adecuado y tenía cabeza para interpretar ese tipo de escenarios que otros desprecian por indecisos. Erviti no era un improvisador.

Era un lector. Por eso su primavera de 2016 sigue teniendo algo de revelación tardía. Séptimo en el Tour de Flandes. Noveno en París-Roubaix.

Dos resultados que, puestos sobre la mesa, obligan a mirarlo de otra manera. No fue la escapada simpática de un corredor liberado ni un accidente táctico de los favoritos. Fue un top ten en dos monumentos de adoquines, uno de ellos el mejor resultado histórico de la estructura en Flandes. Durante unos días se vio al Erviti que el trabajo cotidiano solía esconder: un rodador feroz, curtido para el castigo, capaz de aguantar delante cuando la carrera se convierte en un examen de selección natural.

Hay algo hermoso en esos domingos de abril en los que un corredor acostumbrado a ser soporte enseña que también llevaba dentro una versión principal, aunque solo apareciera de vez en cuando y casi con pudor. Aquella semana sirve, además, para entender por qué el INEOS vio en él algo más que un ex empleado valioso. El equipo británico no fichaba solo a un antiguo capitán de ruta del Movistar. Fichaba a alguien que había conocido desde el sillín el lenguaje más duro de las clásicas, ese idioma de barro, piedras y miedo en el que la teoría sirve poco si no va acompañada de memoria corporal.

Se dirá que los grandes equipos modernos lo miden todo. Es verdad. También es verdad que hay cosas que ningún dato enseña por sí solo. Dónde empieza a cundir el pánico en un abanico.

Qué tono conviene usar por radio cuando un líder entra mal colocado en un pueblo estrecho. Cuánto vale la calma de un hombre que ha vivido mil veces la misma situación. Erviti puede ofrecer eso. Su carrera, por lo demás, no fue un paseo higiénico por los años buenos.

En aquella charla de 2020 relató una lesión que empezó con un golpe bajando un puerto, un bache, una mala colocación sobre la bici, un hematoma en la zona de apoyo sobre el sillín y una cadena de decisiones equivocadas por seguir entrenando sin calibrar del todo la gravedad. El resultado fue una avería empecinada que obligó a buscar tratamientos con ondas de choque para evitar el quirófano. Luego llegó el confinamiento, el calendario suspendido en el aire y esa sensación absurda de estar afinando el cuerpo para ninguna parte. Es un pasaje revelador porque enseña el reverso del oficio.

La vida del gregario veterano rara vez se cuenta con adjetivos heroicos, pero está hecha de eso: dolor discreto, adaptación constante y la obligación de seguir siendo útil incluso cuando el cuerpo empieza a pedir otra cosa. Quizá por eso su retirada tuvo tan poco de corte brusco. El final de 2023 pareció más una mudanza prevista que una despedida sentimental. Cuando AS contó su incorporación al staff del INEOS, añadió un dato precioso: antes de ese anuncio, Erviti ya había dejado caer que se veía en la estructura técnica de algún equipo y había realizado en Suiza el curso y el examen necesarios para obtener la licencia.

Es decir, estaba preparando la segunda vida antes de cerrar la primera. No abandonó la bicicleta y luego se puso a improvisar futuro. Fue construyendo el relevo del mismo modo en que había sostenido su carrera: con paciencia, método y esa austeridad casi navarra que convierte cualquier gesto en trabajo antes que en relato. También ahí se nota el peso de la casa en la que se hizo adulto.

La saga Reynolds-Banesto-Movistar no solo fabricó vencedores. Fabricó una manera de entender la profesión. A ratos mejor, a ratos peor, con contradicciones que cualquiera que haya seguido al equipo conoce de sobra, pero siempre con una idea bastante clara de la continuidad. Erviti absorbió esa cultura de permanencia hasta tal punto que su historia parece, en parte, la historia de la propia estructura narrada desde la fila de atrás.

Él pedaleó en la posdata emocional del Banesto, atravesó la reinvención bajo Illes Balears, creció con la etapa francesa de Caisse d’Epargne y maduró durante la era Movistar. Si uno quisiera contar estas dos últimas décadas desde el trabajo invisible y no desde las portadas, probablemente acabaría sentándose a escucharle. El salto al INEOS tenía un punto de contraste interesante. De un lado, una casa navarra de memoria larguísima, con poso artesanal y una relación casi familiar con su propia tradición.

Del otro, la maquinaria anglosajona, corporativa, tecnificada, a veces quirúrgica, que durante años marcó el paso del ciclismo de grandes vueltas. Parecía un cruce improbable. En el fondo era bastante lógico. El INEOS ganaba experiencia de carrera sin filtro, conocimiento profundo del trabajo de equipo, sensibilidad para las clásicas y una autoridad tranquila, poco inclinada al teatro.

No todos los directores necesitan deslumbrar. Algunos deben, simplemente, equivocarse menos que el resto cuando el margen se estrecha. Erviti encaja bien en esa clase de mando. Y al otro lado hay una pérdida que Movistar quizá no puede medir solo en nostalgia.

Cuando un equipo deja marchar a un hombre así, no pierde únicamente a un ex corredor de confianza. Pierde memoria vivida. Pierde un traductor entre generaciones. Pierde a alguien que sabe cómo se construye la disciplina cotidiana cuando no hay cámaras ni épica, apenas un párking mojado, un desayuno temprano y veinte decisiones pequeñas que, sumadas, sostienen una temporada.

El mercado suele hablar de fichajes como si todo consistiera en vatios, resultados o proyección. A veces lo que viaja es otra cosa: un archivo oral, una forma de estar, un saber que no entra del todo en una hoja de cálculo. Por eso la pregunta sobre qué fue de Imanol Erviti está mal planteada si busca una necrológica deportiva. Lo suyo no fue un desvanecimiento ni una jubilación ilustrada.

Fue una continuidad bajo otra herramienta. Antes abría paso con el cuerpo largo, la cara cerrada y el viento golpeándole el pecho. Ahora lo hace desde un coche, entre mapas, horarios, radios y bolsas de avituallamiento. La función profunda apenas ha cambiado.

Sigue ordenando la carrera de otros para que no se rompa antes de tiempo. Hay algo casi justo en ese destino. Muchos de los ciclistas que viven para el foco sufren cuando el foco se apaga porque, en el fondo, no habían aprendido a habitar otra luz. Erviti, en cambio, llevaba toda la vida entrenándose para una clase de importancia que rara vez se ve desde lejos.

Su prestigio nacía de la seriedad, de la utilidad y de la resistencia. No del genio. No del personaje. No del ruido.

Se dirá que eso no llena vitrinas. Puede ser. Pero llena equipos, que a la larga es bastante más difícil. También cuenta otra cosa su historia, y acaso ahí está su interés para un lugar como Movistero.

La vieja Abarca Sports ha sobrevivido cuarenta y siete temporadas porque, además de acertar con líderes y patrocinadores, ha sabido producir un tipo humano reconocible. No solo campeones. También obreros de lujo, corredores de confianza, hombres que entienden la profesión como una tarea compartida. Que uno de los más representativos acabe convertido en capital técnico exportable hacia una gran potencia extranjera no es una anécdota menor.

Es casi una certificación de origen. El ADN de aquella casa, con todos sus claroscuros, sigue teniendo valor fuera de casa. Imanol Erviti nació en Pamplona el 15 de noviembre de 1983. Debutó como profesional en 2005.

Ganó en la Vuelta, ganó en La Rioja, se asomó al adoquín de los elegidos en 2016, resistió diecinueve temporadas en el mismo linaje y cambió el dorsal por el coche al terminar 2023. Son los hechos. Lo que importa de verdad está un poco más abajo. Importa que fue uno de esos corredores a los que casi nunca se mira primero y, sin embargo, ayudan a explicar un equipo mejor que muchos líderes.

Importa que encontró una manera de seguir dentro sin traicionarse. Importa que, mientras el ciclismo se llena de gurús, metodólogos y vendedores de precisión, todavía haya sitio para la experiencia humilde del hombre que aprendió todo pedaleando. Quizá por eso la imagen final no necesita adornos. Basta pensar en él en una carretera francesa, ya no delante del grupo sino detrás, sentado en el coche, escuchando la radio, calculando tiempos, mirando hacia una carrera que sigue corriendo un poco con sus piernas aunque ya no estén en los pedales.

Algunos desaparecen cuando se bajan de la bici. Erviti solo cambió de ventana. Y desde esa ventana, al cabo, sigue haciendo lo mismo que hizo siempre: poner orden en medio del ruido para que otros lleguen al sitio donde se decide la gloria.