Movistero
Historia

Reynolds: los orígenes del equipo en los años 80

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Definiciones y punto de partida Reynolds no fue un equipo caído del cielo ni una ocurrencia publicitaria de una temporada.

Primero se veía el color. Antes que el nombre, antes que la jerarquía, antes incluso que la sospecha de estar asistiendo al nacimiento de algo duradero, lo que aparecía en la carretera era aquel salmón improbable, casi insolente, avanzando por una España ciclista acostumbrada a tonos más serios, a uniformes que pedían permiso antes de entrar en escena. El Reynolds de 1980 no tenía un pasado glorioso al que agarrarse ni una colección de figuras consagradas para imponer respeto de salida. Tenía doce corredores, diez de ellos recién ascendidos del campo amateur, un director con hambre de método y una idea que hoy parece sencilla porque salió bien: convertir una estructura joven de Navarra en un equipo profesional de verdad.

Lo demás vino después. La leyenda, Banesto, Indurain, el amarillo de París, la continuidad que ha llegado hasta Movistar. Pero antes de todo eso hubo un maillot raro, una empresa industrial detrás y un puñado de chicos que entraron en el oficio con la osadía de quien aún no sabe del todo dónde están los límites. Conviene mirar ahí porque la historia del actual Movistar Team se entiende mal cuando se cuenta como una sucesión de marcas.

Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne, Movistar. Parece una mudanza perpetua. No lo es. Lo que cambia es el rótulo en la fachada; lo que permanece es la casa.

La misma cultura deportiva, la misma manera de reclutar, de educar, de dirigir y de pensar el largo plazo. La historia oficial del equipo lo resume con una precisión casi involuntaria cuando recuerda que, tras cuatro años de andadura amateur y con el impulso de José Miguel Echávarri y el apoyo de Juan García Barberena en INASA, Reynolds dio el salto al profesionalismo en 1980 con doce corredores, diez de ellos aficionados. Ahí ya estaba casi todo: la raíz navarra, la continuidad del proyecto, la confianza en la cantera y una ambición sin estridencias. Aquel primer Reynolds profesional parecía frágil y atrevido a la vez.

Frágil porque apenas tenía red. Atrevido porque no quiso comportarse como un recién llegado agradecido. Se dejó ver pronto en la Vuelta. Dominique Arnaud ganó en León la primera etapa del equipo en la carrera, Juan Martín Ocaña se llevó el Trofeo Masferrer y José Luis Laguía añadió otra victoria en los Valles Mineros.

No era una cosecha monstruosa, pero a veces la historia de un equipo no arranca con una avalancha, sino con una certeza íntima: podemos ganar aquí, contra éstos, en esta velocidad. La Vuelta se convirtió desde el principio en algo más que un calendario doméstico. Fue un laboratorio sentimental. Allí Reynolds aprendió a medirse, a construir reputación y a descubrir que el público español podía ser refugio y exigencia al mismo tiempo.

Los segundos años suelen ser crueles con los proyectos jóvenes. El estreno todavía conserva cierta indulgencia; el curso siguiente ya obliga a justificarse. En 1981 Reynolds tuvo que hacerse respetar. Y se hizo respetar, sobre todo, a través de José Luis Laguía, un ciclista con esa mezcla de resistencia y tozudez que sirve para construir identidad.

Ganó la clasificación de la Montaña de la Vuelta desde la primera etapa, vestido de negro, imponiendo la presencia de un equipo que quizá aún no mandaba las carreras grandes, pero que ya las agitaba. No era poca cosa. El Reynolds todavía no tenía una gran estrella popular, pero empezaba a ser reconocible por el modo de correr: ofensivo, insistente, dispuesto a ocupar terreno antes de poseerlo. Mientras tanto, en el campo aficionado, un muchacho de Segovia daba sus últimas pedaladas antes de subir al profesionalismo.

Viéndolo desde hoy, 1981 tiene algo de antesala teatral. El escenario estaba levantado, el decorado listo, la compañía en su sitio. Faltaba el actor que iba a encarnar la gran novela deportiva de la década. Pedro Delgado llegó en 1982, y con él entró también Julián Gorospe; junto a ellos, Ángel Arroyo aportó el peso jerárquico de un corredor que ya no era promesa, sino amenaza real.

Reynolds hizo entonces lo que hacen los equipos que creen de verdad en su porvenir: reunir talento antes de que el mercado lo convierta en lujo. El resultado fue feroz. Treinta victorias, cinco etapas en la Vuelta, la Itzulia para Gorospe con aquella contrarreloj final memorable frente a Francesco Moser, un campeón del mundo contrarreloj antes de que el aficionado llamara así a la especie. De pronto el equipo del maillot salmón dejó de ser una nota pintoresca.

Pasó a ser un problema serio para los demás. Laguía ganó el Campeonato de España en línea. Delgado sumó la Zaragoza-Sabiñánigo, su primera clásica importante como profesional. Arroyo dio jerarquía a la estructura.

Todo parecía encajar con una velocidad casi sospechosa. Y sin embargo el dato más revelador de aquel año no está solo en los triunfos, sino en el peaje que exigía el oficio. Delgado lo recordaría después en su propia web con una sinceridad muy útil para entender aquel ciclismo: en profesionales, lo que uno llamaba sufrimiento en amateurs era apenas un ensayo. Había que ir pegado a la espalda del de delante, vivir al borde del corte, aceptar que cuando la carrera se desataba empezaba un sálvese quien pueda.

Reynolds creció ahí, en esa intemperie. No en un cuento amable de progreso, sino en un territorio donde el talento sin dureza no servía de gran cosa. La Vuelta del 82 le enseñó al equipo dos lecciones al precio de una herida. Arroyo fue líder.

Reynolds controló la carrera. Laguía volvió a llevarse la Montaña. Durante unas horas, quizá unos días, pareció que la estructura navarra estaba lista para abrazar su primera gran vuelta. Luego cayó la persiana.

Dos días después del final se supo el positivo por metilfenidato de Arroyo, confirmado en el contraanálisis, y el triunfo pasó a Marino Lejarreta. Hay golpes que destruyen un proyecto y golpes que lo obligan a madurar de prisa. A Reynolds le ocurrió lo segundo. Comprendió que estaba preparado para ganar y comprendió también que la reputación puede quebrarse con la misma facilidad con la que se descorcha una botella.

Ese aprendizaje, doloroso y prematuro, formó parte del carácter del equipo tanto como las victorias. El siguiente salto fue geográfico y mental. Francia había sido durante demasiado tiempo una aduana para el ciclismo español, un lugar donde se iba con respeto excesivo, casi con complejo de visitante. En 1983 Reynolds se presentó en el Tour con esa mezcla de audacia y prevención que acompaña a los equipos que no quieren hacer el ridículo en el escenario mayor.

Delgado contó después que en España se les decía que estaban locos, que el Tour era terreno maldito para equipos y corredores españoles, una carrera en la que terminar ya parecía decoroso. No querían ser el hazmerreír de nadie. Lo notable es que acabaron siendo exactamente lo contrario. Aquel Tour de 1983 cambió la escala del equipo.

Ángel Arroyo terminó segundo en París. Reynolds logró su primera victoria de etapa en la Grande Boucle. En la cronoescalada del Puy de Dôme firmó un doblete inolvidable, Arroyo por delante de Delgado, una imagen que todavía parece una declaración de intenciones: ya no venimos a sobrevivir, venimos a ocupar sitio. Perico, que había perdido más de nueve minutos en la jornada con tramos de adoquín tipo París-Roubaix, esperó su terreno, volvió en la montaña, fue segundo en la décima etapa, escaló hasta el octavo puesto y llegó a colocarse segundo.

En los Pirineos se convirtió en una figura fascinante, medio desatada, bajando como si no existiera mañana. Luego una comida en mal estado le destrozó el estómago y le hizo perder más de veinticinco minutos en Morzine. La clasificación final quedó marcada por ese accidente biológico, pero la revelación ya estaba hecha: Reynolds tenía un corredor para julio y tenía una estructura capaz de comportarse en el Tour como algo más que un invitado simpático. A la sombra de esos focos crecía otro cuerpo, más largo, más silencioso, todavía lejos de la dimensión que alcanzaría.

En 1983 Miguel Indurain, todavía en amateurs, fue campeón de España. Leído a posteriori, parece una señal lanzada por un guionista demasiado evidente. En el momento era apenas una promesa más dentro de una estructura que se estaba acostumbrando a producir corredores de élite casi con naturalidad. Esa fue una de las grandes virtudes del Reynolds: mientras peleaba el presente, iba sembrando el relevo.

El año 1984 tuvo algo de romance popular y algo de castigo clásico. El equipo ya conectaba con la gente. En las cunetas había expectación verdadera. Reynolds era una escuadra querida, identificable, capaz de movilizar afectos más allá del resultado.

Y cuando un equipo entra en esa categoría, la gloria y la desgracia se vuelven más ruidosas. Delgado se puso líder de la Vuelta en Rasos de Peguera. Olía a consagración. Luego la carrera fue limando su ventaja, día a día, hasta llevarlo a una contrarreloj bajo la lluvia donde una rotonda se cruzó en su camino y el podio se evaporó con la misma facilidad con la que patina una rueda sobre el asfalto mojado.

En el Tour, cuando marchaba quinto, otra caída, esta vez rumbo a Morzine, le rompió la clavícula y el impulso. Parece una colección de desgracias, y lo fue. También fue una educación acelerada. Reynolds aprendió que tener piernas para disputar una grande no basta cuando todavía te faltan algunos centímetros de experiencia, un poco de serenidad y esa fortuna mínima sin la cual el ciclismo castiga incluso a los mejores.

Hay derrotas que no afean un proyecto, sino que lo afinan. La de 1984 pertenece a esa categoría. Además, mientras la atención se concentraba en las curvas de Perico, otro relevo entraba por la puerta lateral: tras los Juegos de Los Ángeles, Miguel Indurain debutó en profesionales. Las grandes casas suelen presentar a sus herederos así, casi sin ceremonia, como quien deja una llave sobre la mesa y sigue trabajando.

En 1985 llegó una prueba mucho más estructural que deportiva. Se marcharon Delgado y Arroyo, atraídos por ofertas mejores. En muchos equipos eso habría significado regresar a la intemperie. Reynolds resistió.

No tenía un sustituto inmediato para el magnetismo de Perico ni para el rango competitivo de Arroyo, pero había construido algo más resistente que una colección de nombres: una cultura de corredor. Ese año Miguel Indurain se convirtió en el líder más joven de la historia de la Vuelta durante cuatro días. El dato, más que un logro cerrado, era un fogonazo sobre el futuro. Eduardo Chozas, ganó en Aurillac una etapa del Tour tras una fuga larga, de las que piden piernas y convicción.

Reynolds demostraba así una verdad que luego sería esencial en toda la saga Abarca: podía perder estrellas y seguir siendo escuela, podía formar mientras competía, podía mirar al escaparate sin dejar de trabajar en el taller. El cambio de guardia siguió cocinándose en 1986. Indurain ganó el Tour del Porvenir, aquel laboratorio para futuros dominadores de vueltas largas, y la sensación fue la de estar viendo una maquinaria interna que no se había detenido pese a las pérdidas. Julián Gorospe, además, ganó en Saint-Étienne una etapa del Tour después de una cabalgada en solitario que confirmó otra constante del Reynolds: incluso cuando no tocaba el trofeo mayor, seguía enviando señales hacia julio.

Todo parecía orbitando alrededor del Tour. No hacía falta proclamarlo en voz alta. Bastaba con mirar cómo se diseñaban las temporadas, cómo se seleccionaban los corredores, cómo se medía el crecimiento de los líderes. En 1987 la propia historia oficial habla de transición, y el término no le queda mal, aunque quizá se quede corto.

Las transiciones suelen imaginarse como un pasillo estrecho y algo triste. La de Reynolds fue fértil. Indurain logró nueve victorias y terminó su primer Tour. Aquello, visto entonces, era una noticia excelente; visto ahora, parece una fotografía de prehistoria donde todavía no se distingue con nitidez al gigante.

Y a final de temporada volvió Delgado. El ídolo regresaba a una casa que había aguantado sin él, que había criado al heredero y que se disponía a juntar experiencia, carisma y futuro bajo el mismo techo. No abundan las transiciones que terminan sonando así, como una amenaza elegante. Para 1988 Reynolds ya sabía exactamente qué quería ser.

Fue al Giro por primera vez para preparar el Tour, una decisión de equipo grande, de estructura que piensa la campaña en términos de arquitectura y no de supervivencia. La imagen del Gavia, con nieve y barro, se quedó para siempre en la memoria sentimental de aquel ciclismo, pero quizá lo decisivo de aquella aventura italiana fue otra cosa: comprobar que el cuerpo de Delgado podía afilarse en esa dureza sin romperse. Perico lo contó después: el equipo se jugaba la temporada a una sola carta. Llegó julio y no había margen para el adorno.

Ese Tour del 88 se ganó también desde la comprensión exacta de lo que Reynolds había aprendido durante toda la década. Indurain y Omar Hernández endurecieron la carrera antes del ataque decisivo de Delgado camino del Alpe d’Huez. No fue una inspiración aislada, sino una obra de conjunto. Perico se vistió de amarillo, ganó la cronoescalada de Villard-de-Lans y resistió incluso el absurdo episodio del control antidopaje mal gestionado que amenazó con romperle más por dentro que por fuera.

Cuando Reynolds aterrizó en París con el Tour en la maleta, no solo había conquistado la carrera más grande. Había demostrado que una estructura nacida del amateurismo navarro, levantada con paciencia y sostenida en la promoción de jóvenes, era capaz de tocar el techo del ciclismo mundial. Aquel triunfo tuvo algo más que valor deportivo. España llevaba catorce años sin ganar el Tour.

Echávarri, Unzué, Delgado, los auxiliares, los corredores que habían empujado el proyecto desde el principio, todos vieron en ese amarillo la confirmación de una intuición antigua. El equipo del maillot salmón se había convertido en el del maillot amarillo. Hay mutaciones que no necesitan demasiada literatura. Ésa se explica sola.

El color de los orígenes seguía debajo, como una primera capa de pintura que no se borra del todo aunque la pared cambie muchas veces. Y entonces llegó 1989, quizá la prueba definitiva de que Reynolds ya era algo más sólido que un patrocinio. Banesto entró como nuevo nombre principal. Podría haber sido una ruptura.

No lo fue. Fue continuidad. Delgado ganó la Vuelta. Indurain se llevó la París-Niza y su primera etapa en el Tour.

El equipo cambiaba de piel sin perder la columna vertebral. Ahí reside la clave de toda esta historia, la que lleva desde Reynolds hasta Movistar sin necesidad de forzar la genealogía. Las grandes estructuras deportivas no sobreviven porque consigan retener una marca para siempre, sino porque convierten cada relevo comercial en continuidad competitiva y cultural. Eso fue Reynolds en los años ochenta: una casa que aprendió a sostenerse mientras el viento soplaba desde todas partes.

Hubo el golpe reputacional del 82, las caídas crueles del 84, la marcha de líderes importantes, la amenaza constante de que los mejores se fueran allí donde había más dinero, la dureza de un Tour que durante décadas había funcionado para los españoles como una mezcla de altar y frontera. Y sin embargo la estructura navarra aguantó, se corrigió, siguió produciendo talento, siguió mirando a julio como un norte íntimo. Sacó de la misma década a Laguía, Arroyo, Delgado e Indurain. No es normal.

No debería parecérnoslo. Importa todavía por eso. Porque en los ochenta no nació solo un equipo competitivo. Nació una manera de estar en el ciclismo: pensar a largo plazo, ascender talento propio, usar la Vuelta como escuela sin renunciar al Tour como medida suprema, aceptar los golpes sin perder la línea.

La saga Abarca no arranca con una campaña publicitaria ni con una gran operación financiera. Arranca con una idea bien dirigida y con el coraje de sostenerla cuando aún no garantizaba nada. Arranca con chavales promovidos al profesionalismo, con un director obstinado, con carreteras españolas donde la gente empezó a memorizar un color extraño y un nombre industrial. Por eso, cuando hoy se habla de continuidad en el Movistar Team, no se está apelando a una reliquia decorativa ni a un álbum de cromos para nostálgicos.

Se está hablando de una tradición construida a base de método, paciencia y ambición. Reynolds fue el borrador y fue la obra terminada al mismo tiempo. Allí se dibujó la caligrafía que luego escribirían Banesto, Caisse d’Epargne y Movistar. Allí se entendió que desde Navarra también se podía ir al Tour no para desfilar, sino para desordenarlo.

Y allí, en una carretera donde primero se veía aquel salmón imposible, empezó una historia que aún sigue pedaleando.