El juego y la trampa Para responder en serio a una pregunta tramposa hay que fijar antes las reglas del bar.
Hay días en que un equipo ciclista cabe entero en una pantalla. Basta abrir una tabla de altas y bajas y dejar que los nombres desfilen como si no pesaran. Un clic, otro clic, una temporada, otra. Y de repente aparece 2019, que en la historia reciente de Movistar no es un año sino una mudanza con las puertas abiertas de par en par: Nairo Quintana a Arkéa, Mikel Landa a Bahrain, Richard Carapaz a Ineos, Andrey Amador también a Ineos.
Cuatro nombres, cuatro direcciones, varias maneras de perder. La escena tiene algo de piso vaciado a toda prisa, de casa noble a la que se le caen cuadros buenos de las paredes mientras todavía huele a café en la cocina. La pregunta de partida parece una frivolidad de sobremesa, una de esas discusiones que empiezan con una sonrisa y acaban con alguien sacando archivos. Qué equipo tendría hoy Movistar si no hubiese perdido a nadie.
Pero el juego se pone serio enseguida, porque obliga a decidir qué significa perder. No es lo mismo dejar marchar a un corredor al final de su viaje que verlo salir justo cuando estaba a punto de convertirse en otra cosa. Tampoco es igual despedir a un gregario valioso que a un líder en ciernes, ni duele del mismo modo la fuga de quien ya te había dado casi todo que la del que aún guardaba lo mejor en la guantera. Ahí está la trampa y ahí empieza lo interesante.
La saga Abarca, desde Reynolds hasta Banesto, desde iBanesto hasta Illes Balears, desde Caisse d'Epargne hasta Movistar, ha vivido varias vidas bajo un mismo pulso. Han cambiado los patrocinadores, los colores del maillot, la música de fondo de cada época, pero la estructura siempre conservó una identidad bastante reconocible: una casa española con ambición internacional, olfato para el talento y una manera muy concreta de entender el ciclismo, a medio camino entre la cantera, la intuición y una fe casi sentimental en la gran vuelta. No siempre fue la plantilla más rica ni la más moderna. Muchas veces sí fue una de las que mejor detectó dónde había un corredor importante.
El problema es que detectar no equivale a retener. Las tablas históricas de ProCyclingStats, que arrastran la cadena de entradas y salidas mucho más allá de 2023 y 2024, cuentan esa historia con una frialdad que casi ofende. No discuten, no editorializan, no levantan la voz. Solo ponen fechas y flechas.
Pero leídas de corrido se parecen a un diagnóstico. Abarca ha sido durante décadas una excelente escuela para encontrar valor. También, con una frecuencia incómoda, una escuela de la que luego se han beneficiado otros. No hay una explicación única.
A veces faltó dinero, a veces sobraron jerarquías, a veces el mercado apretó donde más dolía. Otras veces el corredor necesitó un papel distinto en la película. Lo llamativo es que, cuando las biografías se acumulan durante treinta años, dejan de parecer accidentes. Antes de imaginar el super-Movistar hay que volver al principio, a las fugas fundacionales, a esas pérdidas antiguas que hoy se contemplan con la serenidad del álbum viejo pero que en su momento eran grietas de verdad.
Denis Menchov sale de Illes Balears-Banesto en 2004 rumbo a Rabobank. La cronología lo escribe con la misma indiferencia con la que anotaría cualquier otro movimiento, pero la relevancia del caso es enorme. Menchov todavía no había firmado lo mejor de su carrera. Estaba, por decirlo así, a medio revelarse.
Lo que se marchó no fue solo un corredor sólido, sino un futuro jefe de grandes vueltas, un hombre capaz de ofrecer continuidad en la general cuando las generaciones suelen pisarse mal unas a otras. Retener a Menchov habría significado coser mejor una transición que en aquellos años tuvo más remiendos de los deseables. Cinco años después, en 2009, la estructura pierde a Joaquim Rodríguez, que se marcha a Katusha. Purito ya era un ciclista notable, claro, pero fuera terminó de convertirse en una criatura competitiva de una especie rarísima, un corredor capaz de hacer suyo cualquier final quebrado, de bailar en muros imposibles, de sostener generales y de ganar con una mezcla de mala leche y precisión que se quedó sin equivalente en casa.
Hay ciclistas que salen de un equipo y mantienen su nivel. Purito pertenece a la categoría que más irrita a cualquier aficionado con memoria: la del que se va y todavía mejora. No se pierde solo un dorsal. Se pierde la versión más afilada de ese dorsal.
Luego llega 2010 y aparece otro doble pellizco. Rigoberto Urán se va a Sky. Luis León Sánchez toma rumbo a Rabobank. Urán acabará construyendo una carrera de podios grandes, consistencia notable y ese tipo de autoridad tranquila que se aprecia más con los años.
Luis León, en cambio, representaba otro tesoro: el corredor útil para casi todo, el que sirve para las fugas de prestigio, para las vueltas de una semana, para las clásicas nerviosas, para proteger a otros sin borrarse nunca de la escena. Un equipo puede sobrevivir a la fuga de un líder si la base acompaña. Lo que cuesta más es asumir, en la misma época, la salida de un hombre para la general y la de un todoterreno de alto octanaje. Ahí ya no se escapa una solución.
Se escapan varias. Con la llegada de Movistar como patrocinador no desaparece ese patrón; solo cambia de decorado. El ciclismo se había vuelto más científico, más internacional, más desigual en el reparto del dinero y mucho más sofisticado a la hora de vender proyectos personales. Ya no bastaba con ofrecer tradición, calendario y cierta seguridad de casa grande.
Había que prometer liderazgo, método, espacio, relato. Ahí se entienden mejor ciertas salidas que, aisladas, pueden parecer comprensibles y, juntas, componen una novela bastante menos amable. Rui Costa se marcha después de 2013. Y no se iba un buen corredor más: se iba el campeón del mundo, un especialista delicioso en vueltas de una semana, finales de oficio y jornadas de clase.
Era uno de esos ciclistas que ensanchan la reputación de un equipo más allá de una gran vuelta concreta. Un campeón que hacía de puente entre la eficacia y el brillo. Lo que vino después terminó de dibujar la silueta de la pérdida. Ion Izagirre sale en 2016.
Jonathan Castroviejo y Gorka Izagirre, en 2017. Marc Soler, en 2021. Vale la pena detenerse un momento en ese grupo porque ahí está, quizá, una parte esencial de lo que Movistar dejó escapar en la última década. Ion era vueltas de una semana, contrarreloj, remate y madurez competitiva.
Castroviejo era orden, crono, colocación, el hombre que parece silencioso hasta que un equipo descubre cuánto le costará reemplazarlo. Gorka aportaba dureza y fiabilidad. Soler, más volcánico, más indomable, encarnaba la capacidad de alterar un guion cuando la carrera exige algo distinto a la obediencia. No son cuatro salidas iguales.
Juntas, precisamente por ser distintas, pesan el doble. Luego está ese 2019 que sigue brillando en rojo aunque pasen los años. Nairo Quintana ya había sido una identidad del equipo, quizá la más reconocible de su etapa junto a Valverde. En su mejor versión era el escalador puro, el hombre que convertía la alta montaña en una cuestión de jerarquía natural.
Carapaz respondía a otra lógica: más agresivo, menos lineal, con un instinto punzante para leer dónde se resquebraja una carrera. Landa era otra clase de valor, uno de esos corredores cuya importancia se mide también en el prestigio simbólico que generan, en la conversación que despiertan, en la sensación de amenaza que proyectan incluso cuando no atacan. Y Amador daba algo que las plantillas modernas persiguen con devoción: profundidad humana y táctica, un veterano capaz de sostener a los líderes sin pedir foco. Aquella estampida enseñó algo incómodo sobre Movistar.
No era solo una cuestión de presupuesto, aunque el presupuesto contara. Tampoco era únicamente un problema de egos, aunque los egos estuvieran ahí, como están en cualquier gran equipo. Lo que quedó a la vista fue la dificultad de ofrecer a varios corredores importantes un papel convincente al mismo tiempo. El ciclismo moderno no se mueve solo por dinero ni solo por resultados.
Se mueve por jerarquías creíbles. Un jefe quiere saber que el equipo es suyo cuando llegue julio. Un corredor ambicioso quiere intuir dónde acabará la línea de mando en dos temporadas. Y un proyecto que duda demasiado termina dejando huecos por donde se escapa el aire.
Si los casos antiguos pueden mirarse con distancia, las pérdidas recientes todavía suenan a taller abierto. Matteo Jorgenson salió hacia Visma-Lease a Bike. Carlos Verona se fue a Lidl-Trek. Después llegaron las marchas de Alex Aranburu a Cofidis, Oier Lazkano a Red Bull-BORA y Rémi Cavagna a Groupama-FDJ.
Aquí ya no habla la nostalgia sino la alarma. Porque Jorgenson condensa casi todo lo que el ciclismo contemporáneo considera oro: tamaño, resistencia, contrarreloj, clásicas, vueltas de una semana, inteligencia competitiva, capacidad para servir a un plan ajeno sin perder categoría propia. No es un especialista aislado. Es un corredor total.
De los que permiten competir en varios frentes sin partir la plantilla en tres. Lazkano y Aranburu, abrían una promesa especialmente sugerente. Durante años el ciclismo español miró las clásicas con una mezcla de deseo y resignación, como quien espía una fiesta ajena desde la acera de enfrente. Movistar tenía en casa la posibilidad de reunir un bloque nacional, moderno y robusto para ese terreno menos sentimental y más áspero.
Lazkano aportaba motor, presencia y gusto por el desgaste. Aranburu, habilidad, lectura y remate. Verona era otra forma de riqueza: el gregario de prestigio, el corredor que no llena portadas pero ordena proyectos. Cavagna simbolizaba una carencia más antigua, la dificultad para convertir ciertos perfiles muy específicos en apuestas de largo recorrido.
Todo eso son nombres, sí. Pero también son pistas de una identidad alternativa que no terminó de cristalizar. Al montar el Movistar que no perdió a nadie se descubre algo casi obsceno: no sale un ocho de fantasía, salen varias plantillas complementarias. Para una gran vuelta, la alineación asusta.
Enric Mas como ancla de regularidad; Nairo Quintana y Richard Carapaz como dos formas distintas de mandar en la montaña; Mikel Landa como tercera punta y como amenaza permanente; Matteo Jorgenson resolviendo medio ciclismo moderno de una tacada; Marc Soler como agitador útil; Jonathan Castroviejo para la crono, la colocación y el oficio; y una última plaza que podría discutir Ion Izagirre, Carlos Verona, Nelson Oliveira o incluso Oier Lazkano según el recorrido. Imagínate el margen táctico de un equipo así en una tercera semana. No tendría que elegir entre defender y atacar. Podría hacer las dos cosas.
La segunda plantilla sería casi igual de indecente. Para clásicas y vueltas de una semana, Movistar podría reunir a Jorgenson, Lazkano, Aranburu, Luis León Sánchez, Rui Costa, Gorka Izagirre, Oliveira y, como símbolo de lo que sí supo conservar, Alejandro Valverde. Ahí está quizá la parte más melancólica del ejercicio. Porque Valverde no pertenece a la lista de los que se escaparon; pertenece al puñado glorioso de los que se quedaron.
Su presencia en este equipo imaginario no solo suma piernas. Funciona como recordatorio de lo que la estructura podía hacer cuando alineaba talento, paciencia y jerarquía. En las Ardenas, juntar a Valverde con Rui Costa, Purito y Jorgenson rozaría la insolencia. En vueltas de una semana, combinar a Ion, Urán, Rui Costa, Jorgenson y Carapaz permitiría jugar a varias manos sin vaciar el mazo.
La tercera conclusión es todavía más brutal que la primera: ese equipo tendría banquillo de titular. Amador, los Izagirre, Verona, Oliveira, Soler, Castroviejo, Cavagna, Luis León. Unos ofrecerían control, otros experiencia, otros caos bien administrado. Esa amplitud es justo lo que tantas veces le faltó al Movistar real cuando se vio obligado a concentrar toda su energía en una sola general o en un solo liderazgo emocional.
Los equipos dominantes del ciclismo contemporáneo no siempre ganan porque tengan al mejor corredor. Muchas veces ganan porque poseen seis soluciones distintas para el mismo problema. Eso es lo que revela este juego con una claridad incómoda. Claro que la fantasía no debe volverse ingenua.
Un equipo lleno de nombres ilustres puede convertirse también en una asamblea permanente de intereses cruzados. Quintana, Carapaz, Landa, Purito, Menchov, Mas y Jorgenson juntos sobre el papel son un sueño. En el coche, camino del Tour, podrían exigir una diplomacia de cirujano. El talento no cancela la política.
A veces la complica. También hay un límite más sencillo: ese Movistar imposible seguiría sin tener un velocista de época alrededor del cual organizar una parte del calendario. Sería una estructura temible por densidad, por inteligencia táctica y por capacidad para dominar terrenos variados, no por monopolio del sprint. Hay, además, otra cautela necesaria.
No todos esos corredores habrían sido exactamente los mismos si se hubiesen quedado. Algunos crecieron fuera porque encontraron una jerarquía más limpia, un entrenamiento más afinado o una idea más precisa de su sitio. Un corredor no es una estatua que se traslada sin cambiar de forma. El contexto lo moldea.
Carapaz no habría vivido la misma historia con otro calendario. Jorgenson quizá no habría explotado igual en otro laboratorio competitivo. Castroviejo encontró fuera un reconocimiento más nítido a su perfil. Todo eso es cierto.
Pero incluso aceptando el matiz, el volumen de talento que salió de la casa sigue siendo demasiado grande para llamarlo casualidad. Lo que aparece, entonces, es un patrón con tres mecanismos bastante reconocibles. El primero es económico. Abarca ha competido demasiadas veces por debajo del músculo financiero de rivales capaces de entrar en una negociación y cerrar la puerta con un portazo de billetes.
El segundo es jerárquico. En una estructura acostumbrada a capitanes fuertes, prometer liderazgo a varios aspirantes a la vez no siempre fue creíble. El tercero es cultural. Durante mucho tiempo Movistar leyó el ciclismo, casi por naturaleza, desde la gran vuelta, la montaña y el prestigio del jefe de filas.
Mientras tanto, el mercado empezó a premiar con más decisión a rodadores poderosos, clasicómanos modernos y contrarrelojistas totales. Justo una clase de corredor que el equipo sí detectaba, pero no terminaba de convertir en columna vertebral. Por eso duelen tanto ciertas marchas recientes. Jorgenson, Lazkano, Aranburu o Castroviejo no son simplemente buenos ciclistas.
Son indicios de lo que Movistar necesitaba ser para ensancharse. Cuando se van perfiles así, no se escapa solo rendimiento. Se escapa una posible evolución del equipo. La historia de Abarca, leída a través de sus bajas, no parece la de una estructura torpe ni la de un club que nunca supo fichar.
Casi al contrario. Parece la historia de una casa que muy a menudo eligió bien, formó bien y detectó antes que otros dónde había valor, pero que no siempre pudo, quiso o supo convertir esa intuición en permanencia. Tal vez por eso este ejercicio tiene menos de fantasía caprichosa de lo que aparenta. El Movistar que no perdió a nadie no está hecho de humo ni de nostalgia sin freno.
Está hecho de nombres reales que un día vistieron esos colores, se desarrollaron bajo ese techo y después encontraron su mejor música en otra parte. La alineación impresiona, sí, pero el verdadero vértigo no está ahí. Está en el diagnóstico que deja. Si la saga Abarca quiere acercarse algún día, aunque sea de lejos, a ese espejo imposible, necesita blindar antes del pico a sus corredores más versátiles, evitar que el talento llegue al último año de contrato con demasiadas dudas y construir un relato donde el futuro no siempre parezca aplazado hasta que se desgaste el jefe del presente.
Al final, la gran paradoja de Movistar es que su herida histórica nace de una virtud. Pocos equipos pueden mirar hacia atrás y descubrir que perdieron tanto bueno sencillamente porque habían sido muy capaces de reconocerlo antes. Ahí hay un elogio y una condena. El elogio: la estructura casi siempre supo ver.
La condena: demasiadas veces ese buen ojo acabó celebrándolo otro. Y así, cuando uno vuelve a abrir la tabla de transferencias y deja pasar los años con el ratón, ya no ve solo salidas. Ve un equipo entero pedaleando lejos, como si la historia de Abarca se hubiese pasado décadas entrenando campeones para que el ruido de sus victorias lo hiciera otro maillot.