APUNTES PREVIOS Una tier list seria sobre la saga Abarca no puede hacerse como se hacen las discusiones de sobremesa cuando alguien tira de memoria selectiva...
Hay un momento, en cualquier sobremesa ciclista, en que alguien pronuncia un nombre y la conversación deja de ser una charla para convertirse en un juicio. Miguel Induráin, dice uno. Alejandro Valverde, responde otro. Y de repente ya no se discute solo quién ganó más, sino qué demonios significa haber sido el mejor en una casa que lleva viva desde 1980, que cambió de maillot tantas veces como mudó el patrocinador, y que aun así siguió oliendo a la misma mezcla de gasoil, ambición y oficio.
Reynolds, Banesto, iBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar Team. El maquillaje fue variando. La casa, no tanto. Hacer una tier list de la saga Abarca parece un pasatiempo de verano.
En realidad es una autopsia con música de fondo. Porque aquí hay una trampa. Si uno se limita a juntar palmarés, la clasificación se convierte en un escaparate desordenado de campeones. Si uno premia solo la emoción, entonces la memoria se venga del rigor y acaba sentando a un héroe romántico por encima de un tirano estadístico.
Y si uno confunde al mejor corredor que pasó por ahí con el mejor corredor dentro de esa historia, el debate se contamina enseguida. No es lo mismo un pasajero ilustre que una columna maestra. No es lo mismo dejar una foto que dejar una época. La única manera decente de ordenar semejante linaje es aceptar cuatro preguntas incómodas y no moverse de ahí: qué ganó cada uno con esta estructura, hasta qué altura llegó dentro de ella, cuánto tiempo sostuvo su influencia y qué peso tuvo en la identidad sentimental del equipo.
La propia evolución del ciclismo ayuda a poner los pies en el suelo. Hoy la UCI separa ranking individual, clasificación por equipos, clásicas y carreras por etapas, como si quisiera recordarnos que el deporte lleva años intentando domesticar comparaciones imposibles. Un vueltómano no se mide igual que un devorador de monumentos. Un patrón de tres semanas no se parece a un acumulador de domingos brillantes.
Comparar a Induráin con Valverde sin explicar el criterio sería como comparar un faro con una central eléctrica: los dos dan luz, pero de manera distinta y sobre territorios distintos. El asunto, en la saga Abarca, se vuelve todavía más delicado porque no se trata solo de campeones, sino de herencias. Abarca no es una etiqueta administrativa ni una simple continuidad empresarial. Es una línea de sangre competitiva.
La historia del equipo, contada muchas veces por el propio club y por las cronologías ya asentadas, atraviesa más de cuatro décadas sin romper del todo su forma de entender el oficio: cierta disciplina táctica, una fe antigua en la jerarquía, una manera de preparar las grandes vueltas y una relación casi moral con la regularidad. Han pasado más de doscientos corredores por esa estructura. Dos centenares largos de piernas, acentos, derrotas, estaciones de servicio, hoteles de paso y podios. La inmensa mayoría solo estuvo.
Muy pocos pertenecen de verdad. En la cima de la lista, allí donde ya no cabe la cortesía y solo queda elegir, aparecen dos nombres. El primero es Miguel Induráin, y discutir su trono exige ganas de llevar la contraria más que argumentos sólidos. Banesto quedó unido para siempre a sus cinco Tours consecutivos entre 1991 y 1995, a sus dos Giros de 1992 y 1993, a aquellas temporadas en las que el equipo fue además referencia mundial.
Pero ni siquiera esa enumeración, impecable y fría como un archivo notarial, alcanza a explicar lo que supuso. Induráin no fue solo un campeón extraordinario con ese maillot. Fue el momento en que la estructura dejó de aspirar al poder y pasó a administrarlo. A su alrededor, el ciclismo parecía obedecer una lógica casi hidráulica.
Llegaba la contrarreloj y el tiempo se ordenaba. Llegaba la montaña y Banesto ponía un tren que no necesitaba estridencias. Induráin tenía algo que no suele aparecer en las fichas: producía inevitabilidad. Sus victorias no parecían golpes de fortuna, sino resoluciones de una oficina gigantesca.
Cada Tour suyo reforzó la sensación de que aquella escuadra había encontrado una fórmula para gobernar el deporte desde la serenidad, sin aspavientos, como si la superioridad fuera una forma avanzada de la educación. Por eso encabeza la tier list. No solo por siete grandes vueltas ganadas dentro de la casa. También porque convirtió a Abarca en dinastía.
La otra silla del tier S es para Alejandro Valverde, que llega a la misma cumbre por el camino opuesto. Si Induráin fue una pirámide, Valverde fue una avenida. No levantó una era imperial de cinco Tours, pero sostuvo durante casi dos décadas la sensación de que esta estructura siempre tendría a alguien capaz de ganar en abril, en septiembre, en un repecho infernal, en una clásica, en una vuelta de una semana o en una tarde de pura mala leche competitiva. Fue Caisse d’Epargne y fue Movistar.
Fue la promesa resistente, el regreso después de la sanción, el capitán indiscutible y el veterano que seguía corriendo con el colmillo de un debutante espabilado. Su sitio ahí arriba tiene algo de justicia histórica. Induráin dio a la casa una monarquía. Valverde le evitó la melancolía.
Mientras el ciclismo mutaba, mientras cambiaban los recorridos, los rivales, la televisión y hasta la velocidad con la que se consumen los héroes, él siguió siendo reconocible. Su palmarés es tan ancho que casi intimida: una Vuelta, un Mundial tardío y por eso precioso, Liejas, Flechas, vueltas menores, podios de toda especie y una cantidad de victorias que lo convierten en enciclopedia ambulante. Pero lo decisivo, para esta lista, es otra cosa. Su grandeza no fue tangencial a Abarca.
Fue orgánica. Si Induráin hizo del equipo un imperio, Valverde lo mantuvo respirando cuando ya era fácil convertir la historia en museo. Un escalón por debajo, no muy lejos pero sí claramente detrás, se sientan Pedro Delgado y Nairo Quintana. Perico entra en cualquier relato sobre el ciclismo español como entra un personaje inolvidable en una novela larga: a través de la voz.
Se le recuerda por lo que ganó y por cómo hacía sentir lo que podía ganar. En la genealogía Abarca fue el puente crucial entre la ambición fundacional de Reynolds y la brutal eficacia posterior de Banesto. Su Tour de 1988 y su Vuelta de 1989, ya de regreso en la estructura, no bastan para discutir el trono a Induráin ni la continuidad a Valverde, pero sí para darle al equipo algo que no tenía del todo antes de él: un sentido de destino. Perico hizo que Reynolds pareciera un lugar donde podía pasar algo gigantesco.
Y cuando un equipo aprende eso, ya no vuelve a pensarse pequeño. Su leyenda, claro, tiene bordes menos compactos que la de los dos hombres del tier S. Parte de su biografía grande ocurre fuera de la estructura. Parte de su atractivo reside en una mezcla de genio, vulnerabilidad y desorden que nunca construyó una continuidad comparable.
Pero la historia de Abarca perdería temperatura si se le rebajara a simple campeón de transición. Delgado fue el gran héroe romántico de la casa, el hombre que abrió una puerta mítica y dejó encendida la luz para el que venía detrás. Nairo Quintana ocupa el otro sillón del tier A porque devolvió a la estructura el viejo perfume de las generales cuando el mundo ya era otro. Ganó el Giro de 2014, ganó la Vuelta de 2016 y rozó el Tour en una época donde rozar el Tour significaba convivir con monstruos.
Su relación con el equipo fue menos lineal que la de Valverde y menos monumental que la de Induráin, pero tuvo una intensidad rara. Nairo no recordaba a los jefes anteriores. Era un escalador nervioso, capaz de volver liviano un puerto imposible, de incendiar la carrera en alta montaña y de hacer que Movistar recuperara una vieja costumbre: mirar el mapa del recorrido buscando el lugar exacto donde destrozar una general. También ahí hubo tensión.
Repartos de liderazgo, decisiones tácticas discutidas, la sensación persistente de que el techo podía haber sido aún más alto. Todo eso cuenta. Pero cuenta al lado de dos grandes vueltas con ese maillot y de varias temporadas en el corazón del ciclismo de tres semanas. Quintana reabrió para Abarca una conversación que parecía reservada a la nostalgia.
Le devolvió el derecho a pensar en rosa, en rojo, en amarillo. Y esa restitución pesa mucho. Más abajo empieza la zona quizá más interesante del ranking, porque es donde la memoria popular suele simplificar demasiado. Abraham Olano aparece ahí como un nombre menos luminoso de lo que merece.
Le tocó una tarea ingrata: demostrar que la estructura seguía viva cuando Induráin ya no estaba. Y esa clase de trabajo casi nunca da poster. Su Vuelta de 1998, con Banesto, vale más de lo que a veces se le concede porque no fue solo una victoria personal. Fue una prueba de continuidad.
Una manera de decir que después del emperador aún quedaba Estado. José María Jiménez, el Chava, obliga a aceptar que una tier list no puede ser una calculadora con bidón. Su palmarés no le alcanza para escalar a lo más alto, pero reducirlo a cifras sería falsear la historia. Hay corredores que ganan carreras y corredores que alteran la atmósfera de una carrera.
El Chava perteneció a la segunda especie. Cada puerto suyo traía la promesa de un guion. Representó el lado menos administrativo de Banesto, la electricidad que convivía con la jerarquía. Fue un ídolo de montaña en un equipo que, por momentos, parecía construido por contables del esfuerzo.
Eso no lo convierte en un gigante absoluto, pero sí en una figura imprescindible del relato. Rui Costa entra en esa misma franja por un motivo sencillo: muy pocos pueden decir que fueron campeones del mundo vistiendo este maillot. Su 2013 fue una temporada espléndida, con dos etapas en el Tour y aquel arcoíris que todavía hoy ilumina su paso por el equipo. No dejó un arraigo sentimental comparable al de Valverde o Quintana.
Uno no piensa primero en Rui cuando evoca la identidad profunda de Movistar. Pero una tier list seria debe saber distinguir entre pertenecer mucho tiempo y dejar un año de una calidad descomunal. Lo suyo fue eso: un pico altísimo, breve y perfectamente legítimo. Julián Gorospe pertenece a otra clase de nobleza, una que suele pagar el peaje de no haber tenido una coronación icónica.
Fue uno de los nombres fuertes del Reynolds primitivo, cuando la estructura todavía aprendía a convertirse en tradición. No hay una imagen única que lo resuma para el gran público, ningún relámpago que se haya quedado fijado en la pared del salón colectivo, pero su lugar en la formación del equipo es demasiado importante para dejarlo fuera del cuadro. En una lista hecha solo con cimas espectaculares saldría perdiendo. En una lista que entienda cómo se construye una casa durante años, entra sin pedir disculpas.
Y luego está la frontera de los nombres necesarios, los corredores que no gobiernan la cima del canon pero ayudan a que el canon exista. José Luis Laguía, tantas veces castigado por el sesgo del fogonazo, fue uno de esos especialistas que sostienen prestigio sin acaparar portada. Ángel Arroyo encarna la parte incómoda de toda genealogía respetable: importancia fundacional y herida histórica en la misma fotografía, con aquella Vuelta del 82 atravesada por la descalificación posterior. Francisco Mancebo representa la constancia sin gran remate, útil para entender los años de transición.
Alex Zülle sirve como recordatorio de una regla básica de este juego: la reputación general de un ciclista no siempre coincide con su huella concreta en una estructura. Premiarlo demasiado alto sería valorar más al nombre europeo que al nombre Abarca. Conviene detenerse un segundo en los cameos de lujo, que en una saga tan larga funcionan como espejos deformantes. Juan Antonio Flecha pasó por iBanesto.com antes de convertirse lejos de allí en referencia del adoquín.
Rigoberto Urán estuvo en Caisse d’Epargne antes de su consagración mundial. Vasil Kiryienka dejó victorias y ese aspecto de motor que nunca se recalienta. Andrew Hampsten apareció como apoyo distinguido para Induráin cuando ya transitaba su crepúsculo. Hay muchos casos así, recogidos incluso por el propio club en una de esas piezas deliciosas de memoria interna: corredores que hoy parecen ajenos a la leyenda principal y que, sin embargo, tocaron durante un rato esa puerta.
Sirven para no confundirse. No todo nombre brillante ocupa un lugar alto en la historia de la casa. A veces fue solo una visita elegante. El problema más delicado de cualquier ranking así es el de las sombras.
Están ahí y no aceptan maquillaje. Arroyo no puede leerse sin la descalificación del 82. Valverde no puede separarse del paréntesis de la sanción antes de regresar y seguir ganando. Perico vivió sus propias tormentas.
Ignorar esos episodios sería convertir la historia en propaganda. Usarlos como maza moral para anular todo lo demás sería otra forma de pereza. Lo adulto consiste en dejar que la luz y la mancha convivan, porque el ciclismo lleva décadas escribiéndose precisamente así, con grandeza y barro en la misma libreta. Si uno mira la novela completa, la estructura Abarca casi se ordena sola en actos.
Reynolds fue el prólogo áspero, con pioneros, ciclistas de oficio duro y la irrupción de un Perico que enseñó a soñar a lo grande. Banesto fue el apogeo imperial, primero con Delgado abriendo el camino y luego con Induráin administrando la edad de oro como si hubiera nacido para eso. Después llegó la resaca: iBanesto.com y los años de reconstrucción, donde sostener la dignidad ya era una tarea considerable. Caisse d’Epargne recompuso músculo competitivo.
Movistar convirtió toda esa continuidad en marca global y vivió una segunda edad dorada menos monárquica, más coral, con Valverde como patriarca y Quintana como gran martillo de la alta montaña. Al final, cuando se barre la nostalgia de la mesa y solo quedan los hechos respirando, la imagen es bastante nítida. Induráin es el mejor ciclista de la saga Abarca porque llevó a la estructura a una altura que nadie más alcanzó y porque la convirtió en una potencia histórica de las grandes vueltas. Valverde es el más continuo, el más identitario, el hombre que unió épocas y evitó que el pasado se comiera al presente.
Perico fue el héroe que volvió verosímil la grandeza. Nairo, el último gran conquistador de generales. Detrás se ordenan Olano, el Chava, Rui Costa, Gorospe y una galería de nombres que sostienen matices, puentes y respiraciones distintas de la misma casa. Tal vez por eso esta tier list importa más de lo que aparenta.
No ordena solo corredores. Ordena maneras de entender la gloria. La del dominio helado de Induráin. La de la persistencia feroz de Valverde.
La del romanticismo inquieto de Perico. La de la montaña afilada de Nairo. Y en ese reparto, que es también una disputa sobre qué recordamos cuando recordamos, la saga Abarca confirma algo extraño y hermoso: ha tenido tantos rostros que no cabe en una sola nostalgia, pero sí un puñado de nombres sin los que el ciclismo español sería bastante menos grande y bastante menos humano.