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Movistar y la Operación Puerto

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Movistar y la Operación Puerto La herencia que no cabe en un maillot Cuando se habla de Movistar y la Operación Puerto conviene empezar mucho antes de que Te...

El 23 de mayo de 2006 el ciclismo español amaneció con olor a nevera abierta en una sala de urgencias. Había bolsas de sangre, nombres en clave, agendas, teléfonos, hoteles, cifras escritas a mano, y de pronto las gestas que hasta el día anterior se recitaban con el pecho fuera empezaron a sonar como una coartada. Aquel día no cayó un equipo. Cayó una manera de mirar.

Desde entonces, cada vez que un corredor levantaba los brazos, alguien buscaba debajo de la foto el pie de página que faltaba. La estructura que hoy se llama Movistar Team todavía no se llamaba así. Ni siquiera estaba en el centro de la redada. Y, sin embargo, acabó viviendo durante años dentro de la sombra más larga de la Operación Puerto.

Ahí está la extrañeza de esta historia y también su interés. Porque no se trata del relato simple de un culpable al que atrapan con las manos en la masa, sino de algo bastante más retorcido: una dinastía del ciclismo español que cambió de nombre muchas veces, que sobrevivió a bancos, crisis y patrocinadores caprichosos, y que terminó cargando con un escándalo que no nació bajo su marca más famosa, pero sí encontró en ella su rostro más persistente. Hay equipos que mudan de piel y parecen otra cosa. Este nunca fue uno de esos.

Nació en 1980 como Reynolds, pasó a Banesto cuando el banco tomó el mando del escaparate a finales de los ochenta, se dejó caer por aquel iBanesto.com de burbuja y modem, respiró bajo Illes Balears, siguió bajo Caisse d’Epargne y desde 2011 compite como Movistar. Si uno repasa la colección de maillots, cree estar viendo una cadena de empresas. Si uno se fija en la trastienda, en la gente que ha sostenido el tinglado, en la manera de administrar el oficio, aparece otra cosa mucho menos vistosa y mucho más determinante: Echávarri, Unzué, Navarra, la contabilidad de supervivencia, la paciencia, la idea casi moral de que el equipo está por encima del sponsor y de que cada patrocinador es apenas un inquilino de paso en una casa más vieja que su cartel. Esa continuidad es la raíz de casi todo lo bueno que se dice de la saga Abarca y también de buena parte de lo incómodo.

Los legados no vienen solos. Traen vitrinas y traen facturas. Reynolds arrastra a Perico, Banesto a Induráin, y la costumbre de asociar una estructura a un puñado de gigantes vuelve casi imposible separar las épocas con un bisturí limpio cuando llegan los años turbios. En el caso de la Operación Puerto, la pregunta no es sólo quién hizo qué.

La pregunta es quién heredó qué memoria. Aquí entra un matiz que suele perderse porque la polémica prefiere la brocha gorda. La continuidad deportiva entre Reynolds y Movistar existe de forma nítida, pero Abarca Sports, la sociedad que sostiene el proyecto moderno, aparece en 2004, cuando la piel del viejo Banesto ya daba sus últimos chasquidos y el equipo necesitaba otra carcasa legal para seguir respirando. Parece un detalle administrativo, y no lo es.

Años después, cuando tocó defenderse por el caso Valverde, el entorno de Eusebio Unzué se agarró precisamente a esa línea de demarcación: una cosa es la continuidad sentimental y deportiva entre camisetas; otra, la responsabilidad concreta sobre unos hechos fechados, probados y sancionados. El argumento no borraba la mancha, pero intentaba dibujar su perímetro. La Operación Puerto estalló oficialmente aquel 23 de mayo de 2006 como estallan las cosas que llevaban demasiado tiempo fermentando. La Guardia Civil desarticuló la red de Eufemiano Fuentes y el ciclismo entró en un cuarto nuevo, más frío, peor iluminado, donde las victorias pesaban menos que los números de las bolsas.

No era ya el viejo rumor viscoso del dopaje, ese murmullo resignado que acompaña al deporte desde hace décadas. Era otra cosa. Era una trama con material de sumario, con objetos, con claves, con logística y dinero. El dopaje dejaba de parecer la debilidad de un individuo para parecer la rutina de un método.

Por eso Puerto resultó tan tóxica. Un positivo puede leerse como pecado privado, como trampa de un hombre solo o de un entorno inmediato. El dopaje sanguíneo sugiere algo más industrial. Extracciones.

Conservación. Reinfusión. Calendarios. Códigos.

Un trabajo de taller. En la imaginación del aficionado, eso sonaba a laboratorio clandestino, a ciencia aplicada con la frialdad de quien rellena una hoja de ruta. La fe del espectador, que ya venía magullada de años anteriores, se encontró de golpe ante la sospecha de que el ciclismo no estaba siendo traicionado por impulsos aislados, sino gestionado desde una técnica. Aquel verano se vio una escena que explica mejor que muchos tratados la magnitud del terremoto.

Después de que El País publicara detalles de la investigación, con 58 ciclistas identificados y un sistema que podía costar hasta 40.000 euros al año, el pelotón español decidió no correr la prueba en ruta del Campeonato de España de 2006. Es una imagen extraña incluso hoy: los corredores en la salida, quietos, plantados, como si la carretera ya no fuera el lugar donde se decidían las cosas. El espectáculo estaba en otra parte. En el juzgado.

En los despachos. En los periódicos. En la confusión. El ciclismo, deporte de piernas y fuga, había quedado inmóvil.

Los grandes damnificados del primer fogonazo fueron Liberty Seguros y Comunitat Valenciana. Ahí apuntaban con más claridad los documentos incautados. La vieja estructura de Unzué, entonces Caisse d’Epargne, no era el corazón visible de la redada. Conviene retener ese punto porque las simplificaciones posteriores lo han borrado demasiadas veces.

El viejo Banesto reconvertido no fue el emblema directo del 23 de mayo. Su herida llegó por otro camino, uno más sinuoso y quizá por eso mismo más duradero: el del corredor que estaba llamado a encarnar el futuro del proyecto. Alejandro Valverde había aterrizado en 2005 procedente de Kelme-Comunitat Valenciana. Para el equipo navarro era mucho más que un fichaje brillante.

Era una apuesta de época. España llevaba años buscando figuras capaces de ocupar, no el hueco imposible de Induráin, pero sí una jefatura nueva. Valverde ofrecía una mezcla muy rara: talento para las clásicas, capacidad en vueltas de una semana, competitividad en grandes vueltas, un instinto voraz para rematar carreras y un carisma deportivo de esos que no necesitan presentación. No entró en la casa como un obrero de lujo.

Entró como bandera. Y cuando conviertes a alguien en bandera, aceptas que su biografía acabará mezclándose con la tuya. Ése fue el centro del problema. La pieza que terminó uniendo a Valverde con la Operación Puerto fue la famosa bolsa 18, identificada como Valv.Piti.

El nombre, leído hoy, tiene algo de ironía macabra, como si el expediente se hubiera escrito con un exceso de confianza en que nada terminaría saliendo del cajón. La reconstrucción del caso remitía esa bolsa a una extracción de 2004, cuando Valverde todavía no corría en la estructura navarra. El detalle es decisivo. El hecho investigado pertenecía a un tiempo anterior, a otro contexto, a otra camiseta.

Pero la bomba estalló cuando ya era el hombre fuerte del Caisse d’Epargne. El CONI italiano encontró en 2009 la vía que España no había recorrido con la misma eficacia. Comparó el ADN de la bolsa con una muestra tomada a Valverde durante el Tour de 2008, en el día que la carrera pisó territorio italiano. Ese cotejo abrió la puerta disciplinaria con una claridad que el caso no había tenido hasta entonces.

La niebla de filtraciones, sospechas y discusiones procesales se condensó de repente en una prueba con consecuencias deportivas. A partir de ahí ya no se hablaba sólo de rumores adheridos a un nombre brillante, sino de un expediente que caminaba hacia una sanción. Puerto fue también una guerra de relatos. El jurista Martin Hardie lo explicó con agudeza al estudiar cómo aquella crisis desbordó el terreno de la prueba y la ley para instalarse en el espectáculo del castigo y en la disputa por la legitimidad pública.

Traducido al castellano del aficionado: no bastaba con saber qué había ocurrido; había que decidir quién estaba autorizado a contarlo, quién pagaba, quién escapaba y por qué durante tanto tiempo parecía posible seguir ganando mientras el barro aún no se había secado. El ciclismo español salió de ahí descosido porque nunca recibió una verdad cerrada, sino un collage de autos judiciales, competencias cruzadas, sanciones parciales y silencios cada vez menos elegantes. La lentitud del castigo agravó todo. No es lo mismo que un corredor caiga antes de convertirse en símbolo que verlo ganar, mandar y ordenar la vida deportiva de un equipo durante años para después recibir la condena.

El 31 de mayo de 2010 el Tribunal de Arbitraje Deportivo extendió la suspensión a dos años, retroactiva al 1 de enero de aquel mismo año, y anuló sus resultados de 2010. El ciclismo tiene una forma particularmente cruel de castigar: a veces no sólo te expulsa del presente, también te reescribe el pasado reciente. Una goma de borrar pasa por las clasificaciones, por los rankings, por los balances internos de prestigio, y lo que ayer valía para construir un relato hoy queda tachado con fecha posterior. Para Caisse d’Epargne el golpe fue seco porque Valverde no era un corredor satélite.

Era el eje. Su sanción no se leyó como una avería marginal, sino como una amputación. Los resultados borrados no eran una estadística más. Eran parte de la inversión emocional y deportiva de una estructura que había apostado por él como por pocos corredores antes.

De pronto, la distinción entre hecho individual y daño colectivo se volvió casi inútil para quien miraba desde fuera. La defensa pública de Unzué fue coherente con esa frontera que el equipo trataba de levantar. Se acató la sentencia, se consideró injusta e incoherente, y se insistió en que los hechos sancionados eran anteriores a la llegada de Valverde en 2005. Unzué habló de “un golpe bajo”.

La expresión servía para casi todo: herida deportiva, malestar moral, cansancio ante un caso arrastrado durante demasiados años. Desde una lógica garantista, el argumento tenía sentido. No puedes atribuir sin más a una estructura la responsabilidad de unos actos que la propia sanción sitúa antes de la relación contractual con el corredor. Pero el deporte de élite casi nunca vive sólo en la lógica garantista.

Los aficionados recuerdan por símbolos, no por pies de página. Los patrocinadores miden el riesgo con la misma mezcla de números y percepciones. Los rivales no distinguen entre matices jurídicos cuando lo que ven es a un campeón abrazado a un coche de equipo, a una radio, a una historia. Valverde ganó, envejeció, regresó, se reinventó y siguió levantando los brazos bajo aquella estructura.

Cuando una relación se prolonga así, el público deja de diferenciar entre la fecha exacta del expediente y el color del maillot en el que ese corredor quedó fijado para siempre. Ahí nace la paradoja más cruel para Movistar. El patrocinio principal no entró hasta 2011. En términos literales, la Operación Puerto no pertenece al Movistar Team porque la marca ni siquiera estaba en la puerta cuando la Guardia Civil abrió la nevera de Eufemiano.

Pero el deporte no funciona con literalidades notariales. Funciona con continuidad simbólica. Movistar heredó la estructura, heredó a Unzué, heredó la cultura y heredó a Valverde, que regresó tras la sanción y siguió siendo durante años la cara más reconocible del proyecto. La marca llegó tarde al crimen y a tiempo al recuerdo.

Eso es lo que la condenó ante la memoria popular. Es casi una ironía histórica. Reynolds no quedó fijado por Puerto, sino por Perico. Banesto sigue oliendo a Induráin, a Tour y a siestas de julio delante del televisor.

Movistar, en cambio, ha cargado muchas veces con un apellido añadido: Valverde. Y detrás de Valverde, Puerto. No porque el equipo actual inventara el caso, ni porque fuera su foco principal al estallar, sino porque alojó durante más tiempo que nadie una de sus consecuencias más célebres. Los escándalos no se pegan sólo al momento en que nacen.

Se pegan al momento en que encuentran un rostro duradero y una plataforma suficientemente visible para no marcharse jamás. La interpretación más dura dice que si Movistar es la continuidad de Reynolds y Banesto, entonces debe cargar íntegra con la herencia de Puerto. Tiene a su favor una evidencia incómoda: los equipos ciclistas no son sólo logotipos en un maillot, son estructuras humanas que fichan, protegen, construyen discursos y administran reputaciones. Si una estructura convierte durante años a un corredor en su emblema, pedir luego una separación quirúrgica entre expediente y camiseta roza la ingenuidad.

Pero esa lectura, tan útil para la sobremesa y tan seductora para el juicio rápido, también aplana una realidad más compleja. La prueba que hunde a Valverde remite a 2004. El estallido inicial de la Operación Puerto golpeó con mucha más violencia a otros equipos. La historia del ciclismo español de aquellos años muestra una crisis extendida, no un único villano con oficina y sello.

Del otro lado, la tesis exculpatoria de que Abarca no tuvo nada que ver y que todo fue un problema estrictamente privado del corredor también se queda corta. La estructura no es responsable del origen temporal de los hechos sancionados, pero convivió con su gestión pública, defendió a su campeón y absorbió durante años la sedimentación simbólica del caso. La verdad está justo en ese punto incómodo donde nadie sale del todo limpio y nadie encaja del todo en el papel de monstruo principal. Por eso la Operación Puerto dañó a la saga Abarca de una forma distinta a como dañó a otros equipos más pasajeros.

Un conjunto efímero puede desaparecer, cambiar de licencia, dejar que el escándalo se hunda con la madera del barco. Una estructura histórica no dispone de ese lujo. Acumula décadas, héroes, cicatrices, patrocinadores, directores, mecánicos, auxiliares y un archivo emocional que no se puede enviar a la trituradora cada vez que cambia el nombre comercial. Cada mancha nueva obliga a releer las anteriores, y cada triunfo posterior arrastra la sospecha de si será celebrado a palo seco o con un asterisco al lado.

También hay una dimensión material, menos romántica y más brutal. El dopaje no sólo hiere el orgullo de un deporte; amenaza la caja. Los patrocinadores no compran únicamente minutos de televisión. Compran legitimidad, una promesa de prestigio transferible, la posibilidad de que su logo se asocie a una épica razonable.

En el ciclismo, donde la supervivencia suele depender de convencer cada pocos años a una empresa de que siga pagando la fiesta, una crisis como Puerto ensucia el activo principal de cualquier estructura longeva. No destruye sólo resultados. Daña la capacidad de seguir existiendo sin pedir perdón a cada firma nueva. Abarca sobrevivió porque sabía sobrevivir.

Porque había oficio. Porque la dirección era estable. Porque Valverde, una vez cumplida la sanción, regresó con la suficiente fuerza como para seguir ganando y sostener buena parte del prestigio deportivo del proyecto. Pero la factura reputacional no desapareció jamás del todo.

Cada éxito posterior arrastraba la coletilla. Cada perfil biográfico incluía la parada obligatoria en el caso. Cada discusión sobre la moral del ciclismo español acababa regresando a la misma estación, como si el tren no pudiera evitar ese apeadero incluso después de muchos años. Por eso, cuando alguien pregunta hoy por Movistar y la Operación Puerto, no está haciendo una consulta de archivo.

Está preguntando cómo sobrevive una institución deportiva a una verdad que llegó tarde, a una condena que no coincidió con el momento del hecho y a una memoria pública incapaz de separar del todo al corredor de la casa que lo convirtió en símbolo. Está preguntando por la extraña manera en que el tiempo trabaja en el ciclismo: cómo un pasado con otra camiseta puede estallar en el pecho de la siguiente, cómo una marca que no estuvo en el origen puede quedarse con buena parte de la resaca. La historia completa de Reynolds, Banesto, Caisse d’Epargne y Movistar no cabe dentro de Puerto. Antes están Perico mordiendo etapas, Induráin subiendo sin que el cuerpo parezca alterarse, Olano, los coches de equipo atravesando media Europa, las metamorfosis del patrocinio y esa ingeniería silenciosa de Unzué para seguir vivo cuando otros proyectos caían cada invierno.

Pero Puerto sí dejó una verdad severa sobre la casa de las muchas camisetas: en el ciclismo moderno se puede cambiar de color, de nombre y de empresa en la pechera, y aun así seguir oliendo igual al abrir la puerta del coche. La gloria tarda mucho en evaporarse. La sombra, bastante más.