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Los mejores gregarios de la historia del equipo

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La faena invisible Hay equipos que se explican por sus campeones y equipos que se explican por la gente que les sostuvo las piernas cuando el campeón aún pod...

El autobús ya estaba allí, con ese silencio raro que dejan las tardes de gran vuelta cuando un líder ha salvado el día y media docena de hombres lo han perdido para él. El jefe de filas entraba relativamente fresco, más o menos entero, todavía con cara de poder pensar en mañana. Los otros llegaban de uno en uno, vacíos, con sal en la cara, las manos negras de carretera y esa manera de sentarse que tienen los ciclistas cuando por fin pueden dejar de fingir que no les duele nada. La televisión, si había sido generosa, había enseñado al ganador o al aspirante.

Casi nunca al hombre que había echado el cierre a una fuga a cincuenta kilómetros de meta, ni al que había subido dos veces al coche por bidones, ni al que había gastado sus últimas fuerzas en la curva correcta para evitar un corte. Y, sin embargo, la historia de Abarca Sports se escribió muchas veces justo ahí, en esa fatiga sin aplauso. Hay trampas que entran solas por la puerta cuando uno intenta ordenar a los mejores gregarios de Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y Movistar. La más cómoda consiste en agarrar un nombre grande, recordar dos tardes en las que trabajó para otro y colarlo en la conversación por prestigio.

Sería fácil hacerlo con media docena de corredores ilustres de esta casa. También sería una forma bastante pobre de contarla. Porque la saga Abarca, que empezó en 1980 y ha cambiado de piel sin dejar de reconocerse, no aprendió a ganar solo porque tuviera campeones extraordinarios. Aprendió a ganar porque antes aprendió a organizar el sacrificio, a darle método al esfuerzo ajeno, a convertir la obediencia táctica en una forma de inteligencia.

George Bennett dijo en Rouleur una frase que sirve para abrir este asunto como quien suelta el cierre de una caja de herramientas: la diferencia entre dos grandes jefes de filas suele estar en la solidez de los gregarios que los acompañan. Geraint Thomas, en otra conversación, afinó la idea al recordar que ningún dominador parece tan invulnerable cuando el bloque de enfrente consigue apretarle donde más molesta. No hablaban del viejo Banesto ni de la fauna de los noventa, pero da igual. La ley es la misma.

El ciclismo sigue siendo ese deporte individual que se decide en plural, una paradoja con barro en los calcetines. Abarca Sports entendió pronto esa paradoja. Desde Reynolds, cuando todavía se aprendía a servir antes de mandar, hasta el Movistar de los vatios, las jerarquías sofisticadas y las plantillas globales, la estructura fue reuniendo una estirpe de corredores cuya gloria consistió en gastar la carrera de otro modo. No se trataba solo de tirar.

Tirar tira cualquiera durante diez kilómetros si tiene piernas. El gran gregario es otra cosa. Es el que sabe pasar tres semanas en guardia para que el líder gaste una cerilla menos antes del puerto decisivo. Es el que coloca, tapa, lee, frena, persigue, engaña, acompaña y, cuando hace falta, se deja caer del mapa para que otro conserve un puesto en la general.

Por eso conviene poner una condición severa antes de empezar el ranking. Aquí no vale medir únicamente el talento ni el palmarés. Tampoco basta con una temporada brillante de servicio. Para entrar entre los mejores gregarios de esta historia hace falta utilidad sostenida, elasticidad táctica, continuidad y algo más difícil de nombrar: encarnar una época del equipo.

Hay corredores que ayudaron de maravilla durante un rato y siguieron siendo, por encima de todo, dueños de su propia biografía. Pedro Delgado, por ejemplo, empezó como gregario de Ángel Arroyo en los primeros tiempos de Reynolds, y el dato dice mucho sobre la escuela de la casa. Pero Perico pertenece a otra estantería. Lo mismo ocurre con Alejandro Valverde, que fue lugarteniente de lujo en momentos concretos sin dejar jamás de ser Alejandro Valverde.

Si se acepta ese filtro, el grupo de élite queda bastante nítido. Hay un trío por encima del resto: José Luis Arrieta, José Vicente García Acosta e Imanol Erviti. Detrás, muy cerca, aparecen Pablo Lastras, Andrey Amador y José Iván Gutiérrez. Y un escalón más abajo, aunque en muchas estructuras serían patrimonio histórico de primera línea, asoman José Joaquín Rojas, Jonathan Castroviejo y Nélson Oliveira.

La crueldad del ejercicio deja fuera a corredores magníficos, desde Rubén Plaza hasta Xavier Zandio, desde Winner Anacona hasta José Herrada o Carlos Verona. Pero los gregarios viven de eso, de merecer más de lo que les da la cámara. Arrieta es, quizá, la forma más pura de Banesto. Trece temporadas en la estructura.

Años y años pegado a la zona muda de la carrera. Cuando se evocan los cinco Tours consecutivos de Miguel Induráin entre 1991 y 1995, lo que suele sobrevivir en la memoria es la majestuosidad del líder: el casco aerodinámico, las cronos descomunales, aquella sensación de que el Tour era una obra de ingeniería y el navarro el único que conocía el plano. Pero nadie domina de esa manera durante tanto tiempo si antes no hay un ejército empeñado en alejarle el ruido. Arrieta fue una de esas piezas que no generan iconografía, y tal vez por eso mismo explican mejor el mecanismo.

No dejó una colección de gestas fáciles de editar, no vivió de la teatralidad, no pidió sitio en la leyenda por la vía del gesto. Su prestigio fue más serio. En una estructura tan jerárquica y tan obsesionada con la función como Banesto, permanecer durante tanto tiempo en el corazón del trabajo equivale a una sentencia de enorme peso: este hombre no se discute, este hombre sostiene. Hay algo casi mecánico en la forma en que Arrieta encaja en los años de Induráin.

Banesto necesitaba corredores capaces de domesticar la carrera antes de que la carrera intentara tocar al líder. Tipos que entendieran cuándo dejar marchar una fuga inocua, cómo templar un puerto para que nadie se excitara antes de tiempo, cómo proteger al jefe en un día incómodo, cómo reducir la cuota de improvisación al mínimo. La palabra clave, con Arrieta, es ahorro. Hizo ahorrar energía, nervios y sobresaltos.

En un deporte tan caro en desgaste, eso es casi una moneda. Chente García Acosta representa otra textura del oficio. Más rugosa, más de barro, más de etapa torcida. Corrió siempre en la misma casa, del 95 al 2011, mientras cambiaban los patrocinadores, los líderes, los colores y hasta el idioma del ciclismo.

Completó catorce Vueltas, ganó una etapa en el Tour y dos en la Vuelta, y aun así su leyenda no se apoya tanto en los triunfos como en la clase de utilidad que prestó durante década y media. Hay una frase suya que resume una carrera y también una manera de habitar el pelotón: “O eres ganador o currela, yo me hice imprescindible”. La frase tiene el encanto de lo áspero y la exactitud de un parte médico. Chente entendió pronto que en este oficio había hombres destinados a reclamar la foto y hombres destinados a fabricar el terreno donde esa foto pudiera ocurrir.

Eligió lo segundo. Y no como resignación, sino como especialidad. Lo fascinante en su caso es la continuidad. Sirvió al final del ciclo Induráin, atravesó años menos imperiales, acompañó la mutación del equipo hacia otro tipo de liderazgo y siguió siendo necesario cuando la estructura dejó de parecer un castillo para parecer una empresa moderna.

Esa capacidad de resultar útil en paisajes tan distintos dice mucho de él y mucho de la casa. No fue solo un gregario de fuerza. Fue una manera de leer la carrera. No extraña que después siguiera dentro, ya desde el coche, como si la estructura hubiera decidido que su instinto debía seguir viajando con el dorsal aunque ya no llevara uno prendido a la espalda.

El tercer nombre del escalón supremo es Imanol Erviti, que viene a ser la traducción contemporánea del cargo. También él hizo toda su vida profesional en la estructura, desde 2005 hasta 2023, una fidelidad casi anacrónica en un deporte que hace tiempo convirtió los contratos en estaciones de paso. Pero la grandeza de Erviti no está solo en la duración. Está en la metamorfosis.

Fue rodador, capitán de ruta, guardaespaldas en días de viento, pieza táctica para fugas útiles, voz de calma en grupos tensos. Y cuando hizo falta recordó que un gregario total no es el que menos talento tiene, sino el que acepta entregar su talento allí donde más lo necesita el sistema. Su primavera de 2016 lo retrata mejor que cualquier elogio abstracto. Séptimo en Flandes, noveno en Roubaix, con ese séptimo puesto convertido todavía en el mejor resultado de la historia del equipo en el Tour de Flandes.

No fue una excursión exótica fuera de su puesto de trabajo. Fue la demostración de que Erviti poseía calidad para construir un relato más individual y, aun así, prefirió ser estructura. En el Movistar de los equilibrios delicados, de las estrategias a veces discutidas y de los líderes múltiples, fue muchas veces la rueda que ordenaba el miedo de los demás. Detrás de ese trío aparece Pablo Lastras, quizá el caso más novelesco de todos.

Ganó etapas en Giro, Tour y Vuelta, algo al alcance de muy pocos, y pasó toda su carrera en la misma casa. Lastras engrandece la conversación porque obliga a discutir qué es exactamente un gregario. No vivió solo para otro. También supo escoger sus días, filtrarse en fugas, leer el viento narrativo de una etapa y rematar.

Pero por eso mismo fue tan valioso. Servía y amenazaba. Era útil en los planes del líder y peligroso en los planes propios. Un corredor así ensancha el equipo porque obliga al rival a mirar en dos direcciones.

Yo no lo pondría en el primer escalón porque su biografía desborda la pureza del oficio subordinado, pero cuesta entender los años de Illes Balears y Caisse d’Epargne sin su capacidad para convertir cualquier etapa en una historia con salida lateral. Andrey Amador añade otra dimensión: la del talento que podía reclamar más para sí mismo y, sin embargo, eligió dar mucho a la estructura. Su cuarto puesto en el Giro de 2015 y aquella maglia rosa de 2016, la primera para un costarricense en una gran vuelta, bastarían para presentarlo como algo más que un peón de lujo. Y, sin embargo, buena parte de su valor estuvo en la entrega.

Ayudó a Valverde, sostuvo a Nairo Quintana, resolvió transiciones entre llano y montaña, tensó puertos, enlazó momentos delicados. En el Movistar de las bicefalias, de los calendarios cruzados y de los planes donde a veces parecía haber dos líderes para una sola partitura, Amador fue una forma de serenidad. Tener delante a un corredor así no solo alivia el esfuerzo. También calma la cabeza.

José Iván Gutiérrez completa ese segundo grupo con una clase de autoridad menos sentimental y más técnica. El mejor Caisse d’Epargne de finales de los 2000 no se entiende sin su motor. Venía de la contrarreloj, dominaba el llano, tensaba etapas quebradas y daba al equipo una solidez fundamental en esos días donde la carrera todavía no ha llegado a la alta montaña pero ya puede empezar a escaparse por una cuneta, un abanico o una mala colocación. No será el nombre que primero recite la nostalgia cuando se habla de la casa, pero cualquier director sabe el precio de un hombre capaz de convertir una jornada nerviosa en un problema administrable.

Gutiérrez fue eso: una garantía de orden. Luego están los sostenes del ciclismo reciente, que en otro contexto merecerían un altar más grande. José Joaquín Rojas fue durante años uno de los hombres decisivos para colocar y proteger a los líderes en jornadas rápidas, maleducadas, llenas de rotondas y latigazos. Ese trabajo casi nunca deja una imagen memorable, pero las generales se ganan y se pierden mucho antes del puerto final.

Rojas entendió esa violencia previa y se hizo indispensable ahí, donde el ciclista importante parece todavía invisible para el espectador y ya está salvando medio Tour de una avería o un mal corte. Jonathan Castroviejo respondió a otra escuela, la del ciclismo cada vez más calculado, más científico, más obsesionado con convertir cada relevo en una pequeña pieza de laboratorio. Campeón europeo de contrarreloj en 2016, fino, poderoso, con una capacidad extraordinaria para imponer orden en el bloque, fue la versión moderna del obrero de lujo. Su trabajo no tenía la épica áspera del gregario de puerto interminable ni la ternura clásica del aguador.

Tenía otra belleza, más fría, más contemporánea: la del corredor que sabe sostener potencias descomunales y traducirlas en control. Nélson Oliveira, por último, encarna la parte más silenciosa del oficio. Siempre pareció menos simbólico que Erviti y menos celebrado que Castroviejo. Pero durante años sostuvo al equipo en tramos de desgaste continuo, en esas horas donde la carrera no ofrece glamour y sí toneladas de trabajo.

Su especialidad fue la fiabilidad. Y la fiabilidad, en ciclismo, es una forma muy seria de talento. Mirar esta genealogía permite ver también cómo cambió el cargo. En el Reynolds de los ochenta aún había más mezcla de papeles, más aprendizaje interno, más sensación de escuela.

El hecho de que Delgado empezara como gregario de Arroyo en la Vuelta del 82 explica bastante bien aquella pedagogía: antes de mandar, servías. Con Banesto llegó la profesionalización plena del servicio. El equipo de Induráin no tenía solo al mejor corredor de vueltas por etapas; tenía un mecanismo diseñado para que su campeón llegara limpio al momento de decidir. Arrieta y, algo después, Chente, fueron maneras distintas de sostener esa arquitectura.

Con Illes Balears y Caisse d’Epargne cambió el paisaje. La estructura dejó de concentrarse alrededor de un solo dominador absoluto y pasó a repartir responsabilidades entre líderes diversos, calendarios más amplios y objetivos múltiples. Ahí crecieron figuras como Lastras y Gutiérrez, útiles porque podían hacer varias cosas bien y porque entendían que el nuevo equipo ya no corría únicamente para blindar un maillot amarillo. Corría para existir en más sitios a la vez.

Movistar, finalmente, entró en la era de la hiperprofesionalización global. Más datos, más presupuesto ajeno, más rivales capaces de comprar casi cualquier solución. En ese contexto, la calidad del gregario volvió a separar a los aspirantes de los dominadores. Bennett y Thomas, hablando desde el presente, no hacen otra cosa que poner palabras modernas a una verdad antigua.

Abarca sobrevivió a esa transformación porque supo seguir fabricando ayudantes de enorme fiabilidad: Erviti como brújula moral y táctica, Amador como talento generoso, Rojas como escudo en el desorden, Castroviejo y Oliveira como músculo inteligente. Ordenarlos es útil y a la vez un poco injusto. El ranking obliga a mirar la historia sin el reflejo automático de arrodillarse solo ante el campeón. Pero también castiga oficios enteros.

La televisión suele pagar mejor la montaña que el llano, la imagen heroica que la eficacia sin épica, el gesto recortable que la perfección diaria. Por eso tantos grandes gregarios acaban habitando una fama menor que su importancia real. Nadie levanta una estatua por colocar bien a tu líder en una rotonda. Nadie recuerda durante décadas quién cerró un hueco a cuarenta por hora para evitar un disgusto.

Y, sin embargo, esas minucias cambian la historia mucho más de lo que admiten los resúmenes. Si hubiera que dejar una tesis limpia sobre la mesa, sería esta. José Luis Arrieta es el gran gregario de la era Banesto porque su oficio ayuda a sostener la arquitectura del dominio de Induráin. Chente García Acosta es el corazón de la continuidad porque convierte el trabajo duro en identidad y atraviesa como nadie los cambios de siglo sin perder peso dentro de la misma casa.

Imanol Erviti es la versión total y moderna del cargo porque logra ser escudo, capitán y ejemplo al mismo tiempo. Los tres forman el techo de esta historia no solo porque ayudaron a ganar, sino porque explican qué tipo de equipo fue Abarca Sports cuando mejor se reconoció a sí mismo. Luego llegan Lastras, Amador y Gutiérrez para demostrar que un gran bloque también necesita imaginación, generosidad y motor. Y después aparecen Rojas, Castroviejo y Oliveira para recordar que el ciclismo moderno, con toda su ciencia y su ruido, sigue dependiendo de un gesto antiquísimo: confiar tu destino a la rueda de otro.

Quizá ahí esté el secreto más duradero de Reynolds, Banesto, Caisse d’Epargne y Movistar. No tanto haber tenido tantos campeones, sino haber enseñado durante décadas a sus mejores ayudantes que ayudar no era una humillación provisional, sino una forma de prestigio. Hay equipos donde el gregario parece un peón. En esta casa, cuando funcionó de verdad, fue muchas veces la gramática entera de la victoria.