Movistero
Historia

La era Delgado: el primer Tour de Banesto

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La trampa del título Hay una pequeña mentira útil en el enunciado, y conviene abrir por ahí porque en esa grieta está media historia del ciclismo español.

El primer Tour de Banesto se ganó con un maillot que todavía decía Reynolds y con una frase áspera en un hotel francés. “Ha costado cojones”, le soltó Luis Puig a Pedro Delgado cuando por fin quedó claro que seguiría en carrera después del enredo de la probenecida. La escena sirve porque contiene casi todo lo que fue aquel verano de 1988: gloria, barro, reglamentos escritos a medias y una victoria española que media España iba a recordar durante años con un nombre equivocado. Llamarlo el primer Tour de Banesto es una pequeña trampa, pero las buenas historias del ciclismo suelen nacer ahí, en el lugar donde un detalle no encaja del todo y obliga a mirar mejor.

Banesto no estaba todavía en el pecho de Delgado cuando ganó en París. Llegaría dos años después. Lo que sí estaba ya en pie era la casa. La misma estructura deportiva y empresarial que había aprendido a crecer como Reynolds, que luego se haría inmensa como Banesto, que más tarde pasaría por iBanesto y Caisse d’Epargne y que hoy responde al nombre de Movistar Team.

En esa continuidad está la verdad útil. El Tour de Perico no fue el primero del patrocinador Banesto, pero sí el primero del linaje que Banesto convirtió después en emblema nacional. Eso cambia bastante las cosas. Si uno borra la palabra Reynolds, borra también el trabajo de una estructura que ya sabía muy bien lo que hacía antes de que llegara el dinero grande.

Si uno se queda solo con Reynolds, pierde la otra mitad del cuadro: aquella victoria levantó la autoridad simbólica con la que el futuro Banesto se presentaría en Francia y en España como una potencia legítima. El propio Delgado dejó la pista años después, al recordar 1990, cuando explicó que el nombre del patrocinador había cambiado, pero la casa seguía siendo la misma. No hubo refundación. Hubo continuidad con esteroides financieros.

Abarca Sports ya estaba hecha. Antes del banco, antes de la gran iconografía noventera y antes de Indurain vestido de amarillo con cara de notario del dolor ajeno, aquella estructura ya tenía método. José Miguel Echávarri había levantado un equipo con una idea precisa de la carrera. No se trataba solo de juntar buenos escaladores y esperar inspiración.

Había una forma de leer los días largos, de proteger jerarquías, de tensar la montaña hasta que los rivales empezaban a ceder por capas. El daño no se improvisaba. Se organizaba. En ese molde, Pedro Delgado fue mucho más que un campeón.

Fue la cara humana de una ambición que todavía no se había hecho costumbre. Perico, además, encajaba en ese papel como encajan los personajes que no parecen fabricados. No corría como una máquina sin grietas. Corría con nervio, con intuición y con un punto de desorden que lo acercaba a la gente incluso cuando estaba destrozando una grande.

Tenía días de una brillantez casi insolente y otros en los que parecía discutir con la propia carrera mientras la corría. Por eso conectó tanto. Parecía un héroe que sudaba de verdad. Y a una estructura como la de Echávarri le daba algo muy valioso: no solo piernas, también la capacidad de convertir una etapa en una escena que el público no olvidara.

El Tour de 1988 empezó, por supuesto, con ruido. Con Delgado casi nunca podía ser de otra forma. Antes de que llegaran los Alpes, ya había cortes, una caída, una clasificación mal tomada y una protesta del Reynolds para recuperar 36 segundos que el equipo consideraba perdidos por un error de cronometraje después del cambio de bicicleta con Luquin. El Tour todavía no había mostrado sus cumbres y ya estaba sacudiendo al español por todos los lados.

Ese arranque retrata bien al corredor y a su entorno. No hubo encogimiento. No hubo autocompasión. Hubo pelea.

La primera respuesta seria llegó en la contrarreloj individual. Ahí cambió la temperatura del Tour. Delgado no solo se defendió: compitió como un aspirante completo. Entre los hombres llamados a pelear la general, solo Charly Mottet no estaba todavía en ese foco; el referente era Bernard y Bernard fue el único que le aventajó con verdadera claridad.

Kelly, Breukink, Fignon, Zimmermann, Hampsten, nombres de mucho peso entonces, cedieron más que él. El dato valía por dos. Le daba tiempo en la clasificación y, sobre todo, rompía el cliché del escalador condenado a perder Francia en el reloj. Aquel Reynolds estaba aprendiendo algo decisivo: el romanticismo no basta si antes regalas minutos en la crono.

Por eso el Tour de Perico no puede contarse solo como una novela de arrebatos. En 1988 llegó con una preparación más completa, con un margen nuevo en la disciplina que solía castigarle y con un equipo que empezaba a pensar la ambición con herramientas más finas. Esa mezcla de impulso y cálculo es la que vuelve tan importante aquel verano para la saga Abarca. La montaña seguía siendo su teatro favorito, sí, pero ya no era el único lugar donde podía sostener una candidatura.

Luego aparecieron los Alpes y el Tour cambió de idioma. La etapa hacia Alpe d’Huez se recuerda por la foto del maillot amarillo, pero la carrera se abrió de verdad antes, en el Glandon, que es donde una montaña empieza a seleccionar piernas y también obediencias. El relato de El País fue muy bueno porque no redujo todo a un ataque individual. Contó la maniobra como lo que fue: un trabajo de demolición por turnos.

Indurain marcó el ritmo, Pino ayudó a tensar, Omar Hernández hizo ese trabajo oscuro que deja maduros a los rivales. Cuando el terreno quedó listo, Delgado hizo lo que mejor sabía hacer: leer el gesto ajeno antes que nadie. Vio a Herrera flojear, notó la fatiga en el grupo y atacó cerca de la cima, en la zona más dura, con esa mezcla suya de instinto y atrevimiento que nunca pareció académica. Hay corredores que detectan el instante demasiado tarde.

Delgado lo olió cuando la costura ya estaba a punto de romperse. Y ahí partió el Tour. Bernard se hundió, Kelly y Breukink quedaron atrás, Zimmermann empezó a vaciarse, Hampsten sufrió. En el descenso y al pie de Alpe d’Huez, Delgado y Rooks se entendieron bien; el holandés acabó llevándose la etapa, pero el propietario moral de la jornada era el español.

Aquello no fue solo una ganancia de tiempo. Fue una toma de mando. Desde ese momento los demás ya no corrían solo contra el reloj. Corrían contra la impresión de que Delgado había encontrado su sitio exacto dentro de la carrera.

Al día siguiente remató la obra en la cronoescalada. Ganar una contrarreloj con final en alto tenía entonces un peso tremendo. Era una credencial. Una manera de decir que el líder no era solo un escalador feroz, sino un corredor con autoridad general.

Delgado la ganó y, para colmo, era la primera contrarreloj de su vida. También ahí aparecen detalles que cuentan cómo estaba cambiando el oficio. Había reconocimiento previo del recorrido, un gregario por delante del coche avisando sobre los desarrollos, una bicicleta de carbono más ligera, una rueda lenticular detrás cuando casi nadie se atrevía con ese material en una subida cronometrada. Visto desde hoy puede parecer rudimentario y sofisticado a la vez, pero aquel Reynolds ya no dependía solo del coraje.

Pensaba el escenario. Preparaba el gesto. Ese día Francia entendió que Delgado iba muy en serio. Los colombianos Parra y Herrera, tan temibles cuando la carretera se empinaba, quedaron a una distancia importante.

El español cumplía varias de las leyes no escritas del Tour: aguantar en el llano, mandar en la montaña y refrendarlo en la crono. Cuando un líder reúne esas tres piezas, la carrera empieza a encogerse a su alrededor. Entonces llegó el laboratorio. El ciclismo casi siempre mete barro en el mejor cuadro, y aquella edición no iba a ser distinta.

En el control antidopaje apareció probenecida en la orina de Delgado. El problema era la sustancia y, todavía más, el reglamento. El COI la consideraba dopante, pero la UCI no la había incluido en la lista aplicable a esa carrera. El Tour quería sanción.

Luis Puig, al frente de la UCI, se plantó porque el texto vigente no permitía castigar al corredor. Durante horas, la escena fue puro teatro administrativo: periodistas apilados, llamadas cruzadas, comisarios, presión política, papeles y un líder del Tour esperando a que otros decidieran qué significaba la ley. Delgado salió absuelto porque el reglamento que regía aquel Tour no lo convertía en culpable. Jurídicamente, no había caso.

Deportivamente, seguía siendo el mejor de la carrera. Pero el ciclismo de finales de los ochenta no regalaba victorias limpias ni siquiera a sus campeones más populares. Siempre dejaba una sombra, una sospecha, un matiz incómodo. Aquello ensució el marco, no la superioridad que Delgado había mostrado antes en la carretera.

Su Tour no fue una lotería sostenida por segundos miserables. Lo ganó atacando en la montaña, resistiendo donde otras veces se desfondaba y certificando el mando en la crono. Por eso aquel triunfo cambió de tamaño con el tiempo. No solo porque fuese el tercer Tour ganado por un español, sino porque le dio a Abarca Sports una certeza íntima.

Francia ya no era un lugar al que ir a ver qué pasaba. Se podía ir a mandar. Cuando Banesto entró como patrocinador en 1990, no aterrizó sobre una promesa. Encontró una estructura con prestigio, un campeón de Tour y otra figura creciendo a su lado, Miguel Indurain, que todavía no había conquistado París pero ya empezaba a proyectar esa autoridad silenciosa que luego parecería inagotable.

La transición de 1990 tiene mucho interés porque aún gira alrededor de Delgado y, al mismo tiempo, deja ver cómo se estaba moviendo el suelo bajo sus pies. El propio Perico contaría luego que el cambio de Reynolds a Banesto fue, en lo esencial, un cambio de nombre y de músculo financiero, no de casa. El equipo seguía siendo el mismo. Lo que llegaba era una amplificación.

Pero el ciclismo no se detiene para respetar biografías. En la Vuelta de ese año, una lectura táctica demasiado generosa con la escapada de Gorospe y Giovannetti dejó a Delgado obligado a reaccionar tarde, con Indurain enfermo y con la carrera ya condicionada. Acabó segundo. No fue un desastre.

Sí una señal: incluso las estructuras más inteligentes cometen errores cuando creen que todavía tienen tiempo. En el Tour de 1990, Delgado siguió compitiendo a gran altura. Todavía atacó en Alpe d’Huez, todavía resistió en la cronoescalada de Villard de Lans, todavía miró a los Pirineos con la confianza de quien ya había ganado aquello una vez. Pero la gastroenteritis lo vació en la parte decisiva y el cuarto puesto dejó una sensación muy concreta: el antiguo caudillo seguía siendo uno de los mejores, aunque empezaba a perder margen.

No era una caída brusca. Era un crujido. El ciclismo tiene esos momentos en los que el cuerpo aún responde, pero ya no concede la alegría extra que antes aparecía cuando había que rematar. La bisagra de verdad fue 1991.

Si se quiere entender cómo el Tour de Perico se convirtió en el Tour de Banesto sin matices sentimentales, hay que mirar ahí. Delgado enfocó la temporada pensando de nuevo en Francia, renunció a la Vuelta, corrió el Giro y buscó una preparación parecida a la de sus grandes años. Le salió mal. Mucha competición, mal tiempo, fatiga temprana, menos hambre.

Él mismo lo admitió después con una honestidad poco común entre campeones: llegó cansado, sin esa chispa que hace soportable el oficio cuando julio aprieta. El equipo, además, ya no vivía bajo una sola jefatura. Indurain había dejado de ser el heredero para convertirse en una realidad. Banesto decidió presentarse con dos líderes.

Sobre el papel sonaba diplomático. En la carretera casi siempre significa otra cosa: que una era se está despidiendo mientras la siguiente golpea la puerta. La contrarreloj larga de 73 kilómetros fue el certificado. Indurain la ganó.

Delgado acabó octavo y se quedó lejos de LeMond. En la montaña nunca apareció el mejor Perico. En el Tourmalet, dentro de la segunda gran jornada pirenaica, entendió que no tenía piernas para discutir la carrera. Lo contó sin maquillaje: no iba.

Ahí hay una escena profundamente humana, porque un campeón no solo sufre cuando pierde; sufre cuando reconoce en directo que el lugar central ya no le pertenece. Desde ese momento, Delgado se convirtió en un gregario de lujo para Indurain, y también ahí estuvo a la altura. Acabó noveno. Miguel entró de amarillo en París.

La casa no se rompió. Un año después, en 1992, el relevo ya era irreversible, pero Perico todavía guardaba dientes. Banesto lo dejó como jefe en la Vuelta y respondió con una carrera llena de ataques, orgullo y oficio. Incendió la etapa de Beret, obligó a los demás a vigilarlo con ansiedad, sufrió la marcación del maillot amarillo y vio crecer a Rominger como nuevo dominador.

Terminó tercero y siempre sostuvo que aquella fue una de las Vueltas de las que más orgulloso se sentía. Hay una belleza especial en esos resultados que no mejoran la leyenda estadística, pero sí explican el carácter de un corredor. En el Tour de ese mismo año fue sexto, ya al servicio de Indurain, todavía útil, todavía respetado, todavía capaz de ordenar una carrera con su sola presencia. Lo que deja la era Delgado no cabe en una clasificación.

Dejó una identidad. Dejó magnetismo. Dejó una manera de entender el Tour desde España sin complejo de invitado. La gran catedral de la casa, por tamaño y por duración, sería Indurain.

Pero las catedrales no aparecen en un solar vacío. Antes hay que abrir el terreno, levantar los primeros muros y convencer a todos de que ese edificio puede existir. Eso hizo Perico. Ganó el Tour que todavía llevaba Reynolds en el pecho y, al hacerlo, entregó a la futura era Banesto una fe competitiva que ya no se perdería.

También dejó huellas menos cómodas: una dependencia enorme del líder, una preparación que a veces seguía demasiado fiada al olfato del corredor y el desgaste de un tiempo en el que el ciclismo convivía con reglamentos borrosos y sospechas permanentes. La propia autocrítica de Delgado sobre 1991 habla de eso mejor que cualquier análisis externo. Los años pesan, el calendario castiga y el ciclismo se estaba profesionalizando hacia una exactitud nueva. Abarca Sports supo adaptarse.

Por eso sobrevivió a todos sus patrocinadores. Pero el precio del aprendizaje se ve mejor cuando uno vuelve a la cara sudada de Perico, no a las vitrinas. Hoy, cuando el Movistar Team mira su árbol genealógico, lo más fácil es empezar por Indurain, porque ahí están los cinco Tours y la imagen de dominio que petrifica cualquier discusión. Lo más justo es ir un poco más atrás.

Volver a 1988. Volver al Glandon, a la cronoescalada, al hotel del escándalo, a ese líder que corría con un punto de desorden y una enorme valentía, y a esa estructura que todavía no se llamaba Banesto pero ya estaba aprendiendo a ganarle Francia a todo el mundo. Antes de que el banco pusiera el nombre, Perico ya había puesto el Tour.