Movistar y la Operación Puerto
POLÉMICAS: LA MANCHA QUE NUNCA SE SECÓ La relación entre Movistar y la Operación Puerto no cabe en un titular limpio, y quizá por eso sigue dando tanto juego...
La puerta se abrió el 23 de mayo de 2006 y, al otro lado, no había una metáfora sino una nevera. Bolsas de sangre. Más de doscientas. Material para congelar y descongelar glóbulos rojos.
Teléfonos, claves, agendas, nombres a medio esconder y ese olor tan español de los escándalos que llegan tarde: el de una verdad que todo el mundo sospechaba y casi nadie quería mirar de frente. Aquel día, mientras la Guardia Civil registraba pisos y consultas en Madrid y Zaragoza, el ciclismo dejó de poder contarse como una fábula de héroes con hematocrito sospechosamente robusto. De pronto apareció el plano general. Ya no era un tramposo solitario con una jeringuilla en el neceser.
Era una industria. Un programa. Un método. Y años después, cuando el viejo tronco de Abarca Sports ya lucía el azul de Movistar y vendía modernidad entre vatios, fibra y redes sociales, aquella puerta seguía abierta en la memoria colectiva.
Por eso hablar de Movistar y la Operación Puerto exige una precisión incómoda. El equipo que hoy se reconoce como Movistar Team no nació en aquel sumario ni fue su centro policial. No hubo agentes entrando en el salón principal de Reynolds, ni un registro legendario en el viejo Banesto que lo contaminara todo desde la raíz. La estructura no fabricó el caso.
Lo que heredó fue algo más difícil de gestionar: la obligación de convivir con él sin poder negarlo. En el ciclismo las herencias no son solo deportivas, ni económicas, ni sentimentales. También son morales. Abarca heredó victorias, una manera de dirigir, una capacidad rarísima para sobrevivir a cada cambio de patrocinador y seguir de pie cuando media clase dirigente del pelotón se iba por la cuneta.
Heredó Reynolds, Banesto, iBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Epargne y, al final, Movistar. Pero heredó también el derecho a cargar con las preguntas que deja el pasado cuando uno de sus símbolos competitivos termina unido al mayor escándalo del deporte español moderno. La secuencia importa. Antes de que la marca telefónica entrara en escena, Abarca ya era casi una dinastía.
Reynolds había representado una idea de seriedad industrial en un deporte demasiado acostumbrado al tahúr elegante y al milagro fisiológico. Banesto convirtió ese hilo en liturgia nacional. Estaban Pedro Delgado, Miguel Indurain, las tardes de Tour digeridas como si fueran asunto de Estado, la sensación de que aquel maillot ordenaba una parte muy íntima del orgullo español. Luego vinieron iBanesto.com, aquella rareza con nombre de resaca tecnológica; Illes Balears; Caisse d’Epargne.
Cambiaban los patrocinadores, cambiaban los colores, cambiaba la música del negocio, pero debajo persistía la misma estructura, el mismo esqueleto, la misma voluntad de no desaparecer. Eso tiene mucho mérito, aunque el ciclismo rara vez concede méritos sin factura. La Operación Puerto, cuando llegó, no se limitó a atrapar a unos cuantos ciclistas o a exhibir a un médico célebre como si fuera un villano de novela barata. Lo que mostró, como recordó El País al cumplirse veinte años del caso, fue una arquitectura.
No un pecado improvisado, sino una cadena logística. Extracción, conservación, calendario competitivo, reinfusión, gestión del riesgo. Un sistema. La palabra la dijo años después el responsable operativo de la investigación, Bastida, con una lucidez casi brutal: aquello no era un comportamiento individual.
Era una forma de organización. El dopaje dejó de parecer una trampa episódica y empezó a entenderse como lo que muchas veces había sido: un departamento paralelo del rendimiento. Esa es la parte que todavía escuece, porque desmonta la coartada romántica del ciclismo. El aficionado puede tolerar la idea infantil del descarriado.
Le cuesta más admitir la normalidad de la rutina. La anécdota de Manolo Saiz moviendo francos suizos tiene precisamente esa fuerza. Rebaja la leyenda a una escena pedestre, casi cutre: dinero, prisas, recados, miedo. No hay aquí ciencia ficción médica.
Hay costumbre. Hay mercado. Hay un oficio clandestino que se parece demasiado a cualquier otro oficio cuando ya ha perdido la vergüenza. Tampoco fue una investigación nacida de la nada, como si a alguien le hubiera dado un pronto moral una mañana de primavera.
Venía de otra pesquisa, la Operación Mamut, ligada al tráfico y la falsificación de sustancias para gimnasios. Tirando de ese hilo aparecieron nombres, círculos, contactos, periféricos de laboratorio que conducían al centro del deporte de élite. Ahí asomó José Luis Merino Batres. Ahí reapareció la zona gris en la que llevaban tiempo viviendo entrenadores, médicos y corredores.
Ahí resonó otra vez el testimonio de Jesús Manzano, que en 2004 había contado en AS prácticas oscuras del pelotón cuando casi todos preferían tratarlo como a un apestado. Puerto no fue un meteorito. Fue la habitación que se abrió después de años oyendo ruidos detrás de la pared. Y, sin embargo, cuando se repasa ese sumario con la genealogía de Abarca al lado, la relación con Movistar no entra por la puerta principal sino por una lateral, que a veces es peor.
Los focos más directos apuntaron a la órbita de Liberty Seguros, al entorno de Saiz, al Kelme-Comunidad Valenciana, a la red médica articulada por Eufemiano Fuentes y Merino Batres. La conexión con Abarca no era institucional en ese primer plano. Era personal, simbólica y por ello devastadora. Alejandro Valverde había fichado por la estructura en 2005, cuando el equipo vivía la transición de Illes Balears a Caisse d’Epargne.
Cuando la redada estalló en mayo de 2006, él ya era presente y futuro del proyecto. Y el famoso código “Valv-Piti” lo dejó unido para siempre al relato del caso. Ahí está el núcleo de la incomodidad. Porque una cosa es sostener que Abarca Sports fue el cerebro de la Operación Puerto, algo que no se sostiene con rigor, y otra muy distinta fingir que el asunto no afectó al corazón competitivo de la casa.
Afectó, y mucho. Valverde no era un gregario de paso ni un fichaje menor. Era el corredor alrededor del cual la estructura aspiraba a construir una nueva edad de oro. Su talento era demasiado obvio para esconderlo detrás del eufemismo.
Tenía clase, regularidad, ambición y esa mezcla de colmillo y finura que hace escuela en Murcia y en media España. Era, además, el ciclista que mejor podía garantizar la continuidad emocional entre el viejo relato de Abarca y su versión contemporánea. Cuando ese corredor aparece soldado a Puerto, el equipo entero entra en una penumbra histórica aunque el sumario no se haya escrito contra él. La paradoja española fue especialmente cruel.
España destapó la trama, pero las consecuencias deportivas más rotundas llegaron desde fuera. AS lo resumió con una frase que todavía suena a bofetada institucional: solo cinco ciclistas fueron suspendidos, y todos fuera de España. Jan Ullrich y Jörg Jaksche en Alemania. Ivan Basso, Michele Scarponi y Alejandro Valverde en Italia.
El caso más grande del dopaje español terminó encontrando su brazo ejecutor en otras jurisdicciones. El mensaje hacia afuera era demoledor. España era capaz de abrir el pozo, sacar las bolsas y exhibir las evidencias, pero no de cerrar la historia con claridad. Valverde quedó atrapado justo en ese cruce de impotencia jurídica y contundencia simbólica.
El Comité Olímpico Italiano, el CONI, fue decisivo en su sanción. Eso también explica por qué su nombre resultó tan abrasivo para la imagen exterior del ciclismo español. Desde fuera se veía algo muy sencillo: un corredor identificado en la trama seguía orbitando la élite mientras el sistema español avanzaba con la torpeza de una administración que siempre llega a la sala cuando el incendio ya ha mordido las cortinas. Y desde dentro se activaba otra lógica, más antigua y más cínica: el ciclismo castiga, sí, pero sabe reincorporar con una naturalidad extraordinaria a quien conserva las piernas.
Cuando Movistar Team nace como tal en 2011, ya lo hace con esa sombra encima. No es una sombra abstracta, ni la culpa difusa de época con la que el pelotón ha aprendido a justificarse. Tiene nombre, rostro y palmarés. Y la decisión de la estructura es inequívoca: reconstruir una parte esencial de su proyecto alrededor de Valverde.
La apuesta salió bien en términos deportivos. Salió incluso demasiado bien para quienes prefieren historias morales sencillas. Llegaron victorias, podios, longevidad, una segunda juventud casi insultante y, con el tiempo, la medalla rara de las leyendas que no se evaporan al cumplir treinta y cinco. Valverde se convirtió en un monumento competitivo y al mismo tiempo en una objeción moral permanente.
Las dos cosas a la vez. Ese es el tipo de contradicción que el ciclismo no resuelve: la administra. El juicio ayudó poco. O, mejor dicho, llegó cuando ya casi no podía ayudar.
La vista oral no arrancó hasta febrero de 2013 y la sentencia de abril de aquel año dejó la sensación de una oportunidad desperdiciada. Eufemiano Fuentes e Ignacio Labarta fueron condenados, pero el andamiaje legal era tan frágil que el gran caso español acabó procesado como un presunto delito contra la salud pública, no como la demolición deportiva que todo el mundo tenía delante. La sangre no se consideró medicamento. El daño no encajó como debía en el tipo penal.
El país había asistido a una redada histórica para acabar contemplando un cierre desvaído, administrativo, casi tristemente burocrático. Hubo momentos que rozaron el absurdo. Durante años se discutió qué hacer con las bolsas, si conservarlas, entregarlas, destruirlas, dejar que siguieran envejeciendo en el limbo judicial. Bastida llegó a resumir el disparate con una frase perfecta: no puede ser que las bolsas no sean de nadie.
Pero durante demasiado tiempo fueron justo eso, pruebas huérfanas en el centro de un escándalo supuestamente decisivo. Más tarde, en 2018, la Real Federación Española de Ciclismo archivó expedientes sin sanciones porque los implicados ya no tenían licencia o porque el caso debía juzgarse con un marco normativo de otro tiempo. Parecía una justicia moviéndose a oscuras por un pasillo lleno de cuchillos. Mientras tanto, la sospecha se expandía hacia otros deportes y alimentaba una segunda novela, quizá menos concreta pero igual de tóxica.
Lance Armstrong, ya en su retorno al pelotón, dijo que aquello no era solo un escándalo ciclista, que había tenistas y futbolistas en la niebla. Había interés, desde luego, en repartir el barro. Pero la frase encontró eco porque se apoyaba en una intuición muy extendida: que Puerto era una fotografía parcial de una cultura más amplia. El problema no fue tanto que esa sospecha existiera como que la instrucción nunca consiguiera desactivarla con verdad completa.
El juez Antonio Serrano no permitió analizar a tiempo el contenido de los ordenadores requisados, recordó El País. Tampoco se registró a tiempo un despacho de Fuentes donde podía haber más documentación. Ahí se perdió una parte fundamental de la capacidad explicativa del caso. Y cuando la verdad se queda a medias, lo que ocupa el hueco no es la prudencia.
Es el rumor. Ese rumor dañó a todo el deporte español y, por contagio ambiental, a Abarca Sports. Aunque la estructura no fuera el epicentro del sumario, competía bajo el mismo cielo nacional, con la misma bandera simbólica en la espalda. Cada victoria de Caisse d’Epargne primero y de Movistar después convivía con la misma pregunta que se hacía medio pelotón extranjero en voz baja y alguna prensa internacional en voz bastante más alta: ¿de verdad se ha aprendido algo?
Para una organización que siempre quiso representar estabilidad, profesionalidad y continuidad noble, la sospecha difusa era casi peor que una acusación concreta. Contra una acusación se puede litigar. Contra un clima moral apenas cabe seguir compitiendo y esperar que el tiempo haga su trabajo, que fue exactamente lo que hizo Abarca. Y el tiempo, en efecto, hizo de abogado defensor para casi todos.
Cuando la Agencia Mundial Antidopaje logró analizar por fin las bolsas, ya era tarde incluso para la revelación. En 2018, El País publicó que la AMA había aislado veintisiete ADN distintos y solo había podido identificar a siete deportistas. Cuatro seguían en activo, tres ya se habían retirado, y ni siquiera así era viable hacer públicos todos los nombres o sancionarles con garantías. El caso seguía siendo gigantesco como lección histórica y decepcionante como instrumento de justicia.
Se sabía muchísimo más de cómo funcionaba aquel mundo, pero no lo suficiente para cerrarle la puerta en la cara a sus protagonistas con una limpieza que resistiera el paso de los años. Eso explica por qué la historia de Movistar y Puerto no admite frases de barra de bar. Decir que Movistar no tiene nada que ver con la Operación Puerto es falso por simplificación. Decir que toda la saga Reynolds-Banesto-Caisse-Movistar es, sin más, el equipo de Puerto también es falso, y además perezoso.
La verdad es menos limpia y más interesante. La estructura Abarca no fue el acta de nacimiento de aquella trama ni su centro operativo, pero sí quedó obligada a releer su propia continuidad a través de ella. No por un comunicado, ni por un registro, ni por una sentencia directa, sino por algo mucho más persistente: el hecho de que su gran jefe de filas del cambio de era, el hombre sobre el que se edificó parte de su proyecto contemporáneo, quedó unido al caso para siempre. Hay en esa supervivencia algo admirable y algo perturbador.
Admirable porque Abarca ha hecho lo que casi nadie consigue en el ciclismo español: durar. Ha cambiado de patrocinadores, de contextos económicos, de generaciones, de modas tácticas, y aun así sigue ahí, reconocible, profesional, competitiva. Perturbador porque el deporte al que pertenece tiene una capacidad extraordinaria para absorber escándalos sin reformularse del todo. Basta con seguir ganando, basta con administrar mejor la comunicación, basta con dejar que pase el tiempo y que los nuevos colores tapen parcialmente los viejos fantasmas.
Movistar heredó una sombra que no fabricó, pero tampoco podía expulsar del salón. Se limitó a convivir con ella, que a veces es la forma más eficaz y más ambigua de la resistencia. Tal vez por eso Puerto continúa molestando veinte años después. No solo cambió la comprensión del dopaje.
Cambió la manera de leer las gestas. Nos obligó a mirar aquellas victorias con menos ingenuidad y con menos necesidad de cuento nacional. En el caso de la saga Abarca, la grieta no invalida todo lo anterior ni cancela el mérito de todo lo posterior, pero impide la lectura cómoda. Obliga a separar capas.
La de la investigación policial. La del vacío judicial. La del prestigio histórico de una estructura única. La de la responsabilidad directa y la herencia moral.
La del talento descomunal de Valverde y la marca indeleble de su nombre en el expediente. Nada encaja del todo. Nada queda limpio. Y quizá sea mejor así, aunque incomode.
El ciclismo español ha vivido demasiados años protegido por relatos excesivamente sencillos, ya fueran hagiografías o linchamientos. La historia de Movistar y la Operación Puerto no cabe en ninguna de esas dos vitrinas. Se parece más a una carretera con niebla: sabes que el asfalto sigue ahí, reconoces la silueta de los árboles, incluso puedes distinguir al fondo el jersey azul avanzando con una cadencia familiar, pero nunca ves del todo dónde termina la admiración y dónde empieza la duda. En un deporte que durante tanto tiempo confundió heroísmo con opacidad, tal vez esa incomodidad sea la única forma honesta de memoria.