TIER LIST: LOS MOMENTOS MAS EPICOS DE VALVERDE Que es una tier list en ciclismo Una tier list no es una clasificacion matematica pura, sino una forma de orde...
A los 38 años, cuando el ciclismo ya había empezado a mirarlo con esa ternura algo traicionera con la que se despide a los veteranos ilustres, Alejandro Valverde se metió en un esprint de cuatro hombres en Innsbruck y salió vestido con el único maillot que le faltaba para dejar de ser discutido en voz alta y convertirse en icono sin asterisco deportivo. El arcoíris le cayó encima tarde, que es una forma más noble de decir que le cayó cuando nadie estaba obligado a esperarlo. Y por eso aquel Mundial de 2018 no fue solo una victoria: fue una corrección sentimental. Como si la carrera, tan larga, tan llena, tan insistente, encontrara por fin una imagen capaz de resumirla sin simplificarla.
Ahí empieza de verdad cualquier tier list seria sobre Valverde. No en el palmarés, que ya lo conoce cualquiera con un buscador y un rato libre, sino en la memoria corporal del aficionado. En esa zona donde los números ayudan, claro, pero no mandan del todo. Porque una tier list no ordena únicamente trofeos: ordena la manera en que un corredor se te queda pegado.
Y Valverde fue, precisamente, el tipo de campeón al que no se agota con una tarde perfecta. Hubo monstruos que levantaron su monumento en un solo día, con una hazaña tan grande que el resto casi sobra. Él no. Él fue otra cosa, más rara y más difícil de narrar.
Una combustión lenta. Una acumulación de domingos. El ciclista al que, pasaran los años que pasaran, seguías encontrando cuando la carretera empezaba a pedir explicaciones. Eso tiene mucho que ver con el lugar donde echó raíces.
La casa de Abarca Sports, ese organismo mutante que fue Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y finalmente Movistar Team, no fabrica corredores ligeros de historia. Allí el maillot siempre pesa un poco más. Allí el líder no solo gana etapas: conversa con fantasmas. En esa estructura, tan española y tan consciente de sí misma, Valverde encajó como heredero y como anomalía.
Heredero porque recogió una tradición central del ciclismo de este país. Anomalía porque en su cuerpo convivían demasiadas especies a la vez. Era clasicómano, escalador de muchísimo nivel, corredor de vueltas de una semana, hombre de gran vuelta bastante mejor de lo que a veces se recuerda y rematador feroz en grupos reducidos. No parecía construido para ser una cosa concreta.
Parecía hecho para desordenar categorías. Los datos, cuando se ponen encima de la mesa, asustan por su limpieza. Cyclingnews resumía su trayectoria con una frialdad casi ofensiva: 133 victorias y 348 podios en 21 años de carrera, además de un sexto puesto histórico en la clasificación all time de ProCyclingStats. Son cifras de corredor oceánico.
Pero si uno se queda ahí, si reduce a Valverde a un libro contable, comete una injusticia bastante seria. Lo singular no fue solo cuánto ganó, sino durante cuánto tiempo siguió siendo legible en carreras muy distintas, contra rivales de edades distintas y en un ciclismo que fue cambiando de idioma. Él mismo lo explicó años después en Rouleur: antes bastaba con entrenar bien, cuidarte y poco más; luego llegaron el post esfuerzo medido al detalle, la alimentación pesada al gramo, los equipos convertidos en estructuras de más de ciento veinte personas. Valverde fue bueno en la era del instinto y siguió siéndolo cuando el método se volvió religión.
Por eso la cima de su memoria no puede ser otra que Innsbruck. No necesariamente porque fuera su carrera más bella, ni porque aquella resolución en el esprint final se parezca al Valverde más puro, ese que muchos asociaron siempre a una violencia seca y quirúrgica, sino porque ningún otro momento cambió tanto el tono de su biografía. Antes de ese día ya tenía monumentos, una gran vuelta, podios en las tres grandes y un arsenal de tardes inolvidables. Ya era enorme.
Pero el ciclismo es un deporte fetichista y el maillot arcoíris funciona como una credencial poética. Da igual que no sea racional. Importa porque importa. Valverde había vivido durante años en la sala de espera del Mundial: siempre estaba en las quinielas, siempre parecía reunir el repertorio adecuado, siempre daba la impresión de que aquella vez sí, y sin embargo pasaban los campeonatos y el premio seguía aplazado.
Ganarlo con 38 años, cuando la nostalgia ya rondaba su nombre, agrandó el asunto de una manera que ninguna estadística puede expresar del todo. Aquella victoria tenía, además, una épica hecha por capas. La capa deportiva, por supuesto: un Mundial duro, nervioso, cargado de favoritos, en el que había que resistir sin el menor despiste. La capa narrativa: la persecución de una obsesión que venía de muy atrás.
Y la capa histórica: devolver a la casa de Abarca Sports un triunfo universal en un momento en que el ciclismo español ya no ocupaba el centro sentimental que había ocupado una década antes. Hay victorias que añaden una línea al currículo y hay otras que reescriben la foto de portada. Innsbruck hizo eso. Justo por debajo, o casi a la misma altura si uno prefiere al Valverde más reconocible, aparece Lieja-Bastoña-Lieja, el lugar donde fabricó su personaje definitivo.
Hay corredores a los que una clásica les cae bien. A él Lieja le obedecía. Cuatro victorias en un monumento, en 2006, 2008, 2015 y 2017, no son un capricho del calendario ni una buena racha. Son la firma de un modo de correr.
Lieja castiga al ciclista incompleto porque le exige pasar un día entero siendo muchas cosas a la vez: resistente, inteligente, bien colocado, sobrio cuando toca y despiadado cuando la tarde se encoge. Valverde entendió esa carrera como si hubiera nacido en ella. Sabía esperar. Sabía ahorrar.
Sabía llegar a los últimos kilómetros con esa serenidad insultante que obligaba a los demás a correr también contra la idea de su esprint. Eso fue quizá lo más valverdeano de todo: la manera en que reorganizaba la conducta ajena. Con él vivo en carrera, el problema ya no era solo ser el más fuerte. El problema era evitar llegar con él.
Ese matiz cambia todo. Obliga a atacar antes, a gastar donde no conviene, a endurecer para no dejarle el final deseado. Un campeón importante no solo vence: altera el pensamiento del resto. Y en Lieja, más que en casi ningún otro sitio, se vio esa facultad.
No era un esprínter puro, ni un escalador explosivo al uso, ni un puncheur de manual. Era una mezcla incómoda de varias familias. Una cosa molesta de encontrar cuando llevabas doscientos kilómetros de desgaste encima y aún debías resolver la carrera. Con Flecha Valona ocurrió algo parecido, aunque con un matiz todavía más cruel.
Si Lieja fue el retrato completo, Huy fue el despacho donde firmaba sentencias en apenas unos minutos. Cinco victorias en el Muro no son tanto una colección como una ocupación del territorio. La Flecha tiene una brutalidad casi burocrática. Todo se reduce a una rampa final donde la colocación, el ahorro y el instante exacto lo son todo.
Llegar un metro atrás es perder. Gastar una pulsación de más, perder. Lanzar dos segundos antes, perder. Y aun así, con el guion perfectamente conocido por todos, Valverde seguía saliendo por el mismo sitio.
Ahí reside parte de la grandeza. Cuando un truco funciona porque nadie sabe que va a pasar, el mérito es evidente. Cuando funciona después de haber sido visto cien veces, el mérito cambia de categoría. Hay una paradoja injusta en ese dominio de Huy.
La repetición adormece el asombro. Lo extraordinario corre el riesgo de parecer rutinario solo porque se repite. Como si la costumbre pudiera rebajar la magnitud. Con Valverde pasó un poco eso.
Ganar tantas veces la misma carrera acabó volviendo burocrático lo milagroso. Visto a distancia, impresiona bastante más de lo que impresionaba en caliente, quizá porque ahora se aprecia mejor lo difícil que era mantener intacta una fórmula que el resto del pelotón conocía de memoria. Luego está la Vuelta de 2009, que en la memoria popular vive algo tapada, como si la literatura de Valverde hubiera preferido siempre la electricidad de un final de clásica al espesor de tres semanas. Y sin embargo aquella Vuelta probablemente sea el resultado que más lo completa.
Durante años existió sobre él una sospecha amable: demasiado bueno en demasiadas cosas, quizá no lo bastante definitivo para mandar en una gran vuelta. Ganaba etapas, resistía en montaña, remataba, bajaba con oficio, se defendía en la crono. Todo eso podía leerse como riqueza o como dispersión. La Vuelta puso orden en ese malentendido.
Porque ganar tres semanas exige otra narración del cuerpo. No basta con el golpe brillante. Hay que convivir con la monotonía, con la administración del cansancio, con la inteligencia para perder poco cuando no toca ganar nada. En aquella carrera Valverde apareció como un ciclista de espesor completo, un jefe de filas capaz de pensar a largo plazo sin dejar de ser él mismo.
Para la dinastía de Abarca Sports tenía, además, una resonancia muy concreta: la vieja casa de las generales encontraba en él no solo al hombre de abril, no solo al rematador supremo de las Ardenas, sino también al líder que podía sostener septiembre sobre los hombros. Fue una victoria menos fotogénica que otras, sí, pero acaso más importante para redondear el personaje. La vida de Valverde, claro, no se deja contar como una fábula sin grietas. Cualquier retrato honesto tiene que mirar de frente la Operación Puerto y la sanción de dos años que, como recuerda su propia biografía en Cyclingnews, terminó el 1 de enero de 2012.
Ese es el punto incómodo, el centro áspero de su leyenda. No un detalle lateral. No una nota al pie que pueda despacharse deprisa para no estropear el homenaje. La grandeza deportiva no borra la sombra, y la sombra tampoco anula la magnitud deportiva.
En su caso, ambas cosas conviven y exigen una lectura adulta, algo menos cómoda, bastante más honesta. Aun así, incluso dentro de esa incomodidad, la idea del regreso pesa en su relato. Volver de una sanción significa negociar con la desconfianza, con la memoria ajena, con un desgaste público que no desaparece por acumular resultados. Valverde volvió y siguió ganando.
Eso no limpia nada, pero ayuda a entender por qué fue un personaje imposible de reducir a un juicio sencillo. Y luego está el otro regreso, el que sí pertenece de lleno a la épica deportiva: el que nace de la caída salvaje del Tour de 2017. A los 37 años, con una fractura seria y una carrera que ya parecía demasiado larga, reconstruyó su nivel hasta coronarse campeón del mundo al año siguiente. Ese trayecto, del cuerpo roto al arcoíris, tiene una dureza especial.
Menos ornamental, más pedregosa. No es la épica del remate. Es la de la reconstrucción. Su despedida en Lombardía, en 2022, encaja también en esa parte alta de la memoria, aunque no por la forma aparatosa con que suelen recordarse los adioses.
Más bien al contrario. Casi todas las retiradas del deporte tienen algo de humillación diferida: un segundo de menos en las piernas, un nombre demasiado grande para el cuerpo que ya lo sostiene mal. Valverde se fue sin pasar por ahí. Rouleur recogió una frase reveladora suya: dejó la carretera en buen momento, a gran nivel, y en su última carrera terminó entre los cinco primeros.
Hay orgullo, desde luego, pero también una inteligencia fría. Retirarse antes de que la decadencia devore el personaje es una manera de conservarlo entero. Y no fue casual que esa última estación fuera Lombardía, la clásica de otoño, la de las hojas secas, la que siempre le gustó y en la que fue segundo dos veces. Hay algo literario en que el gran dominador de tantas primaveras eligiera cerrar el telón allí, sin victoria y sin derrota moral, todavía competitivo, todavía reconocible.
Pudo haber seguido un año más, quizá dos, estirando el aplauso, persiguiendo un último gran día que tal vez no hubiera llegado. Eligió el orden. Y el orden, en un deporte adicto al dramatismo, también puede ser épico. Hay otra hazaña menos vendible, menos iconográfica, pero quizá igual de rara: su continuidad.
A veces la épica no cabe en una foto. Está dispersa en calendarios, en podios que ya no recuerdas bien, en la sensación de que Valverde estaba siempre. Esa permanencia es uno de los argumentos centrales de su grandeza. No sobrevivió únicamente al paso del tiempo biológico.
Sobrevivió al cambio de sistema. Siguió siendo relevante cuando el ciclismo se llenó de datos, de nutricionistas, de cocinas portátiles, de laboratorios itinerantes, de bloques científicos para todo. Cuando otros desaparecieron al cambiar el idioma del deporte, él siguió entendiendo la conversación. Eso también merece un lugar en la clasificación sentimental, aunque no exista una sola tarde para contarlo.
El epílogo del gravel, por extravagante que pudiera parecer al principio, añadió además una textura humana inesperada. Se retiró de la carretera en 2022, sí, pero no supo irse del todo. Rouleur contó cómo en La Indomable de 2023, ya con la sección gravel de Movistar, salió a competir y ganó prácticamente en solitario desde el inicio. Más que una anécdota, aquello sonó a confesión.
Valverde explicó después que el gravel le calmó muchísimo el gusanillo competitivo, que incluso llegó a plantearse volver a la carretera y que fue Eusebio quien lo aterrizó con una frase perfecta: “Alejandro, ¿dónde vas? No tienes necesidad”. Hay deportistas que dejan una profesión. Otros intentan dejar una identidad y descubren que cuesta bastante más.
Ese rodeo por el gravel no agranda el palmarés canónico, pero sí completa el retrato del hombre que llevaba toda la vida midiéndose y que, al quedarse sin esa medida, necesitó una prórroga emocional. Si todo esto se ordena como una tier list, la cima casi se escribe sola. Innsbruck 2018 por encima de todo, porque arregla la biografía y le pone un símbolo total a una carrera ya inmensa. A su lado, Lieja como el territorio donde fabricó su personaje definitivo y la Vuelta de 2009 como la prueba de que también podía sostener tres semanas sin perderse a sí mismo.
Un escalón apenas más abajo, la Flecha repetida hasta volver inverosímil lo previsible, los dos regresos leídos con la prudencia moral que exigen y esa despedida de Lombardía donde no hubo humillación, que ya es muchísimo pedirle al deporte. Después llega la continuidad, esa proeza secreta que no cabe en una portada, y el gravel como una nota final que, lejos de estropear nada, humaniza al campeón. Queda la grieta, claro. Queda siempre.
La sanción ligada a la Operación Puerto modifica el tono del elogio, obliga a no entregarse del todo, impide la santificación sin matices. Está bien que sea así. Los deportistas más importantes no siempre admiten lecturas limpias. A veces hay que sostener dos ideas a la vez: la reserva moral y la admiración competitiva.
Con Valverde ocurre exactamente eso. Y quizá por eso sigue siendo tan interesante contarlo. Porque no cabe en la propaganda ni en el ajuste de cuentas. Porque fue demasiado bueno para despacharlo con facilidad y demasiado complejo para convertirlo en una estampita.
Si hubiera que resumir su leyenda en una escena, muchos elegirían el arcoíris de Innsbruck. Si hubiera que resumirla en un hábito, bastaría con otra imagen menos espectacular: la de mirar una carrera rota, ver que la carretera se pone seria y comprobar, casi por costumbre, que Alejandro Valverde sigue ahí. Esa fue su verdadera épica. No la llamarada única, sino la persistencia de lujo.
El corredor que convirtió la repetición en mito, la longevidad en amenaza y la presencia en una forma de dominio. Cuando por fin se fue, el hueco no lo dejó un campeón cualquiera. Lo dejó una costumbre.