Quintana y el tramadol: la polémica del Tour 2022
La herida que no parecía dopaje A Nairo Quintana le cayó la desgracia más rara de su carrera cuando ya había cruzado París, cuando el Tour de Francia de 2022...
París ya estaba recogiendo la fiesta cuando a Nairo Quintana le empezaron a desmontar otra cosa. Las vallas se iban, el champán se había secado en la cuneta, los camiones del Tour volvían a parecer camiones y no escenografía, y en ese momento en que la carrera deja de rugir y se convierte en archivo la UCI abrió un expediente con la frialdad de quien saca una ficha de un cajón. No hizo falta una redada al amanecer ni una confesión rota ni una imagen de televisión perseguida por el morbo. Bastaron dos pinchazos diminutos en un dedo, dos fechas de julio y una palabra con sonido de hospital: tramadol.
A Quintana, que había salido de Francia con un sexto puesto digno, sufrido, casi melancólico, le borraron el resultado semanas después. No le suspendieron. No le apartaron del pelotón. Le hicieron algo más extraño: le quitaron el Tour sin expulsarle del ciclismo.
Por eso la historia prendió tan rápido. Porque el aficionado al ciclismo escucha la palabra sanción y no oye un tecnicismo: oye un eco. El deporte lleva demasiados años viviendo con las paredes llenas de nombres, sospechas y absoluciones a medias como para pensar con calma en el primer golpe. Una sustancia detectada.
Una descalificación. Una nota oficial. A partir de ahí, casi todo el mundo activa el reflejo condicionado. Ya está otra vez la vieja casa.
Luego llega la letra pequeña, que en este caso era decisiva y, al mismo tiempo, insuficiente. Lo de Quintana no fue una violación antidopaje en el sentido estricto del código. No entraba por el carril clásico del dopaje. Entraba por un pasillo lateral, uno que la propia UCI había construido con su Reglamento Médico para prohibir en competición el uso del tramadol desde el 1 de marzo de 2019 por razones de salud y seguridad.
El matiz es real. El incendio también. El dato desnudo, dicho así, tiene algo de ironía histórica. Durante décadas el ciclismo fue el laboratorio más trágico del rendimiento, el lugar donde la química se mezcló con la gloria, la mentira y la supervivencia.
Y, sin embargo, una de las grandes polémicas de 2022 no estalló por una sustancia situada en la Lista Prohibida de la Agencia Mundial Antidopaje. La AMA dejó fuera el tramadol en su lista de 2022. La UCI, en cambio, decidió ir por su cuenta. Ahí está el núcleo del caso y también su dificultad pública: el organismo rector del ciclismo estaba castigando una sustancia que, a ojos del marco mundial antidopaje de aquel año, no pertenecía todavía al territorio de lo prohibido.
Para un jurista deportivo, eso exige precisión. Para un titular, eso es dinamita. Quintana quedó atrapado justo en ese hueco. El 8 y el 13 de julio de 2022, durante el Tour, se le tomaron dos muestras de sangre seca.
No era el rito clásico del tarro de orina ni la imaginería de siempre. Era el sistema DBS, Dried Blood Spots, una pequeña extracción en la yema del dedo. Entre esas dos fechas y el anuncio oficial del 17 de agosto caben muchas cosas: hoteles, traslados, una general que se estabiliza, días de montaña, una llegada a París y la rutina burocrática de un deporte que se vigila a sí mismo incluso cuando parece sólo estar fatigado. Cuando la UCI comunicó el hallazgo, precisó que en ambas muestras aparecían tramadol y sus dos metabolitos principales.
Añadió que era la primera infracción, que por eso no procedía declarar al corredor inelegible y que, en consecuencia, podía seguir compitiendo. La sanción era quirúrgica: descalificación del Tour de Francia 2022. Nada más. Nada menos.
Hay castigos que por su forma ya cuentan una época. Este lo hacía. No era la narrativa del villano que revienta la competición con una trampa sistemática. Tampoco la del inocente perseguido por una minucia estadística.
Era otra cosa, más moderna y más incómoda: un deporte que intenta gobernar no sólo lo que mejora artificialmente el rendimiento, sino también lo que altera la relación entre dolor, riesgo y trabajo. Porque el tramadol, antes que un símbolo, es un analgésico opioide usado contra el dolor moderado o intenso. En una bicicleta eso significa mucho. El ciclismo no es un deporte donde el sufrimiento aparezca de vez en cuando; es un oficio en el que el dolor forma parte del paisaje, igual que el viento, la lluvia o una rueda mal cambiada.
La tentación de gestionar ese dolor por la vía farmacológica no necesita demasiada imaginación. La UCI llevaba años diciendo que ahí había un problema concreto. No hablaba sólo de pureza deportiva. Hablaba de seguridad.
Los efectos secundarios del tramadol son conocidos: somnolencia, náuseas, vértigo, alteraciones de la atención, reflejos menos finos. Todo eso, en una sala de espera, es una advertencia. Todo eso, bajando un puerto a noventa por hora con sesenta hombres peleando por la misma línea, es otra clase de amenaza. El ciclismo entendió que permitir ese analgésico en carrera implicaba aceptar un riesgo colectivo.
En un sprint no sólo te juegas la clavícula propia. También la del que va a tu lado. Medio segundo de torpeza puede ser una ambulancia. Desde esa lógica, la prohibición no era un gesto moralista, sino casi una norma de salud laboral aplicada al deporte más extraño del calendario: uno en el que los empleados trabajan al filo del accidente y con el cuerpo al límite de la avería.
Eso explica que la UCI preparara el terreno mucho antes del caso Quintana. En 2019 ya había publicitado controles específicos y balances sobre el mal uso del tramadol en competición. No parecía un capricho ad hoc ni una ocurrencia burocrática para cazar a un nombre célebre. Parecía una campaña sostenida.
Durante el Tour de 2022, según explicó la propia UCI, se recogieron 120 muestras dentro de ese programa. Las analizó el Laboratorio de Farmacología Clínica y Toxicología de la Universidad de Ginebra. Después hubo una revisión independiente en el Centro de Investigación y Pericia en Ciencias Antidopaje de la Universidad de Lausana. El resultado, traducido a lenguaje de calle, era incómodo para Quintana: no bastaba con negar o irritarse.
Había que impugnar el procedimiento entero o demostrar un error concreto en una cadena analítica montada precisamente para resistir un tribunal. Y, mientras tanto, estaba el Tour que ya habíamos visto. El Tour de Nairo no fue el de sus años más feroces, cuando se ponía de pie en la montaña con esa mezcla de ligereza y gravedad que parecía escrita para que el ciclismo latinoamericano soñara en voz alta. Pero sí fue una actuación con valor.
Acabó sexto en la general, a 16 minutos y 33 segundos de Jonas Vingegaard. Sobre el papel no era un resultado capaz de cambiar la historia grande de la carrera. En un corredor de 32 años, tras temporadas menos luminosas, era otra cosa: una pequeña revancha, una reivindicación sin trompetas, el tipo de clasificación que no llena portadas pero recompone una reputación. Para Movistar también valía mucho.
El equipo no iba a conquistar París, pero seguía demostrando que podía sobrevivir entre bloques más nuevos, más poderosos y más homogéneos. Ahí entra la segunda capa de la polémica, la sentimental, la que explica por qué en España y en América Latina esta historia sonó con una reverberación particular. Nairo Quintana no era un corredor suelto. Corría con uno de esos maillots que cargan una genealogía.
Movistar Team no nació de un patrocinio reciente ni de una ocurrencia de marketing con autobús azul y redes sociales pulidas. Es la última encarnación de Abarca Sports, una de las estructuras más resistentes del ciclismo europeo. Reynolds fue el punto de partida. Banesto la convirtió en un imperio emocional durante los noventa, cuando Miguel Indurain pedaleaba el Tour como si el país entero midiera su respiración en cadencias.
Luego llegaron iBanesto, Illes Balears, Caisse d'Epargne y, desde 2011, Movistar. Cambiaron las bicicletas, los cascos, las métricas, la dieta, la fisiología y hasta la forma de sufrir, pero la casa siguió en pie. En esa casa, Quintana fue algo más que un buen fichaje. Fue la gran apuesta de una época.
Ganó el Giro de 2014, la Vuelta de 2016, subió al podio del Tour y convirtió al equipo en una marca de verdad transatlántica. Durante años sostuvo la idea de que Abarca Sports no estaba condenada a vivir sólo del álbum de Indurain ni de la elasticidad competitiva de Alejandro Valverde. Nairo era el escalador que le daba a la estructura una continuidad ambiciosa. También, con el tiempo, una relación más áspera, con desgaste, expectativas deformadas y esa sensación tan ciclista de que los matrimonios largos acaban mezclando gratitud y cansancio.
Por eso, cuando la UCI anunció el hallazgo de tramadol, la noticia no cayó sobre un individuo aislado. Cayó sobre una casa llena de retratos. La descalificación del 17 de agosto tuvo además un problema de lenguaje. La nota oficial era seca, casi administrativa.
Informaba del resultado, invocaba el reglamento médico, precisaba la ausencia de suspensión y se cerraba con un no habrá más comentarios. Era una forma de comunicar impecable para un departamento jurídico y bastante torpe para una conversación pública que pedía otra cosa. Porque el caso necesitaba pedagogía. No era dopaje, pero se parecía demasiado para el oído común.
No activaba una suspensión, pero sí el borrado de una gran vuelta ya disputada. No entraba en la lista AMA, pero sí generaba una sanción oficial. Era una criatura híbrida, y las criaturas híbridas exigen explicaciones largas en un tiempo que sólo concede frases cortas. Quintana defendió su posición, negó haber consumido conscientemente esa sustancia y recurrió al Tribunal Arbitral del Deporte.
Allí se acabó la zona romántica. Quedaron el reglamento, el método, la solidez formal del programa y la interpretación jurídica de la UCI. El TAS confirmó la descalificación. El organismo lo celebró con otra nota mínima, casi telegráfica, subrayando que el laudo reforzaba la validez de la prohibición del tramadol en su Reglamento Médico.
Para la UCI fue una victoria de legitimidad. Para Quintana, el golpe reputacional ya estaba hecho. Y eso es quizá lo más áspero de toda esta historia: el derecho puede afinar categorías, distinguir entre infracción médica y violación antidopaje, separar seguridad de trampa, pero la opinión pública no siempre acompaña con ese mismo bisturí. Muchas veces lee el titular como se lee una campana.
Oye el golpe y rellena el resto con memoria. El ciclismo arrastra una memoria especialmente hostil para estos matices. Cualquier sanción activa la sospecha retrospectiva, la relectura de resultados, el ajuste moral de la hemeroteca. Por eso el castigo a Quintana resultó, para según quién, demasiado blando y demasiado duro a la vez.
Blando para quienes entienden que un analgésico opioide usado en competición altera la integridad de la carrera y merece el repertorio completo del castigo. Duro para quienes no aceptan que una sustancia ajena a la lista prohibida de la AMA en 2022 pueda costar una descalificación tan severa. Cuando una norma logra enfadar por ambos costados suele ser porque ha tocado un nervio verdadero, aunque no haya conseguido explicarse con la claridad necesaria. Movistar, recibió la sacudida que reciben los equipos con mucha biografía: cualquier zona gris parece más grande cuando detrás hay décadas de archivo.
Un conjunto joven puede vender un incidente como una contingencia del presente. Una estructura histórica carga con otra cosa. Carga con el peso de la continuidad. Reynolds no era Banesto y Banesto no era Caisse d'Epargne y Caisse d'Epargne no era Movistar, pero para el imaginario del aficionado todo eso sigue siendo la misma casa, con sus liturgias, su orgullo, sus rarezas tácticas y sus retratos en la escalera.
Cada capítulo nuevo dialoga con todos los anteriores. Cada sombra encuentra enseguida una pared donde proyectarse. El caso Quintana enseñó algo importante sobre el ciclismo contemporáneo, quizá más importante que la propia suerte del corredor. Enseñó que el deporte ya no discute sólo qué sustancias fabrican una ventaja ilegítima, sino qué medicinas son compatibles con la idea misma de competir en un grupo lanzado.
La pregunta no es únicamente cuánto más fuerte te hace algo. También es qué hace con tus reflejos, con tu juicio, con la seguridad del otro. En esa discusión la UCI decidió no esperar a la AMA. Reclamó una soberanía concreta: la de un deporte que conoce sus riesgos y se reserva el derecho de legislarlos.
Eso le dio autonomía. También le impuso una carga comunicativa enorme. Porque cuando dos legitimidades no coinciden del todo, el corredor queda en medio y el público se extravía. Al final, lo que perdió Nairo no fue un podio ni un maillot amarillo ni un capítulo majestuoso en la historia del Tour.
Perdió algo más sutil y quizá por eso más triste: uno de sus últimos grandes resultados en una grande, una actuación de oficio que le devolvía un poco de conversación, una plaza que no cambiaba el palmarés pero sí el tono de su final de carrera. Había llegado a París con esa dignidad discreta que tienen algunos sextos puestos. Salió del verano con la actuación borrada y con su nombre colocado en un debate que mezclaba reglamentos, opioides, reputación y la vieja ansiedad del ciclismo ante cualquier palabra parecida a culpa. No fue una novela criminal.
Fue una novela amarga, que se parece más a esta época. La de un deporte que intenta disciplinar la medicina del sufrimiento sin lograr que todo el mundo entienda su gramática. La de un corredor que no fue suspendido como un tramposo clásico pero quedó marcado como si la distinción importara poco. La de una estructura histórica, de Reynolds a Banesto, de Banesto a Movistar, que vio caer la noticia sobre sus retratos como cae el polvo fino en una casa antigua.
Y la de un Tour que para Quintana terminó dos veces: primero en la carretera, con un sexto puesto trabajado; después en un despacho, donde le dijeron que aquel esfuerzo seguía existiendo en las piernas, pero ya no en la clasificación.