Movistero
Historia

La era Delgado: el primer Tour de Banesto

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Historia Hay historias que empiezan con una foto y otras que arrancan con un malentendido.

Luis Puig entró en el hotel Terminus de París después de horas de llamadas, presiones y reglamentos abiertos sobre la mesa, miró a Pedro Delgado y soltó una frase que hoy suena a portazo después de una tormenta: “Ha costado cojones”. El Tour de 1988 todavía no había llegado a los Campos Elíseos y ya parecía haber vivido una guerra entera. Aquel corredor español de gesto afilado y sonrisa torcida seguía vestido de amarillo, pero el amarillo ya no era sólo una prenda. Era una discusión jurídica, una batalla política y, sobre todo, la prueba de que la estructura que hoy conocemos como Movistar Team había aprendido por fin a mandar en Francia.

No a sobrevivir. A mandar. La memoria, que es una gran novelista y una pésima notaria, ha hecho una trampa muy cómoda con aquella historia. Ha pintado ese Tour con los colores de Banesto, como si la dinastía hubiera nacido ya con el banco estampado en el pecho y con todo el aparato de los noventa montado desde el primer día.

No fue así. El primer Tour de esta saga llegó en julio de 1988 y llegó con Reynolds, todavía sin Banesto en el frontal. El propio relato histórico del equipo sitúa la entrada del nuevo patrocinador en 1989 y la define como “una nueva era”. La precisión no es un capricho para archiveros.

Cambia la película entera. Porque obliga a mirar el origen antes del imperio, el laboratorio antes de la fábrica, el momento en que Abarca Sports dejó de soñar con el Tour y empezó a considerarlo una propiedad posible. Hay una tentación muy española de contar a Perico Delgado como un campeón de inspiración, un ciclista de arrebato, casi un artista de la fuga hacia delante al que luego sucedió la ciencia de Indurain. Sirve para el café rápido, no para una historia seria.

Delgado era carisma, desde luego. Tenía esa manera de estar en carrera que parecía convivir con el borde del desastre. Pero en 1988 también era otra cosa: un líder más completo, más preciso, más trabajado de lo que a menudo se recuerda. Y alrededor de él ya se había construido una estructura que no vivía del capricho ni de la improvisación.

José Miguel Echávarri dirigía como quien coloca cargas en los sitios exactos de una pared vieja. Sus equipos sabían dónde apretar para que la etapa se les hiciera eterna a los demás. El Reynolds de aquellos años tenía una continuidad que hoy parece un lujo antiguo. Cambian los patrocinadores, cambian los tejidos, cambian las bicicletas y las televisiones, pero muy pocas casas consiguen que sobreviva una forma reconocible de correr.

Abarca Sports lo logró. No a base de un golpe milagroso, sino de una cultura. Antes de ser una marca poderosa fue una manera de mirar la carrera: dureza, lectura de situación, jerarquía interna muy clara, gusto por las ofensivas que no nacen de un fogonazo sino de un desgaste cuidadosamente administrado. En ese molde encajó Delgado con una lógica que a primera vista parecía contradictoria.

El corredor más popular, el más querido, el más expuesto al relato del genio indómito, era también el hombre que mejor olía el instante en que la carrera dejaba de ser una suma de piernas y empezaba a ser una suma de miedos. El Tour de 1987 había dejado la cuenta abierta. Segundo en París, ya sin el aire de aventurero simpático, Delgado había demostrado que podía aguantar tres semanas arriba del todo. Lo que faltaba era el salto de mando.

No bastaba con estar. Había que imponer condiciones. El Tour de 1988 empieza a contar eso casi desde el desorden, que es como suelen arrancar las historias memorables. El 8 de julio hubo caída, hubo corte, hubo lío con una bicicleta cambiada con Luquin y hubo tiempo perdido en medio de una confusión reglamentaria.

El País lo narró al día siguiente con el detalle de quien aún tiene polvo de cuneta en los zapatos. Reynolds protestó y los jueces acabaron devolviendo 36 segundos a Delgado. Aquello enseñaba ya una lección de casa grande: la estructura sabía correr, pero también sabía pelear cada resquicio de la carrera cuando intuía una injusticia absurda. El Tour no se ganaba sólo con piernas.

Ese mismo 9 de julio llegaba una contrarreloj de 52 kilómetros que iba a decir mucho más de lo que pareció en aquel momento. La vieja narración sobre Perico lo presentaba como un escalador sentimental que debía pagar peaje cada vez que aparecía el reloj. Aquel día corrió de otra manera, y quizá de otra cabeza. Hubo mejor meteorología para los que salieron antes y luego la tormenta castigó a otros rivales, cierto, pero reducir la etapa a una lotería del cielo sería hacer trampa.

Delgado salió concentrado, movió un 53-13 en los primeros kilómetros, eligió bien en las curvas, administró la fuerza y paró el crono en 1.04.40. Entre los favoritos, sólo Jean-François Bernard le sacó cuatro segundos. Sean Kelly cedió 38. Laurent Fignon, 47.

Urs Zimmermann, 1.02. Andy Hampsten, 1.20. A veces una gran victoria empieza por un pequeño cambio de percepción. Ese día, Delgado dejó de ser un candidato que debía arreglar la carrera en la montaña y pasó a parecer un aspirante capaz de gobernarla entera.

Es una diferencia inmensa. Cuando un líder obliga a los escaladores a temerle cuesta arriba y a los rodadores a dejar de verlo como una presa segura, la general se transforma. Ya no se trata de limitar daños aquí para compensarlos allá. Se trata de obligar a todos los demás a correr bajo tus condiciones.

La montaña dio el golpe emocional. L’Alpe d’Huez tiene demasiadas leyendas encima y, aun así, la jornada del 14 de julio de 1988 sigue resistiendo sin necesidad de maquillaje. Ganó Steven Rooks, sí, pero el dueño del día fue Delgado. El titular de El País fue una sentencia más que una licencia: “Delgado destroza el Tour”.

Cuesta encontrar un verbo mejor. Reynolds había preparado la etapa para reventarla. Miguel Indurain, entonces aún en el papel de gregario de lujo y promesa enorme, puso un ritmo salvaje en las primeras rampas del Glandon. Anselmo Fuerte no estaba allí; quien colaboró en aquella demolición fue un equipo cosido a la idea de vaciar a los demás.

Julián Gorospe no figuraba como hombre de montaña decisivo; el que sí terminó de madurar la selección fue Omar Hernández, el colombiano fichado para ayudar a Delgado en los puertos. Cuando delante quedaron una docena de hombres y la etapa empezó a oler a derrumbe, Perico eligió el instante exacto. Vio aflojar a Lucho Herrera, esperó la curva más dura y arrancó. Sólo Rooks pudo agarrarse.

Lo que quedó detrás fue una escena de hegemonía. Hampsten se dejó cuatro minutos. Charly Mottet, ocho. Zimmermann, diecisiete.

Breukink, diecinueve. Bernard, veintidós. Kelly, veintitrés. Las diferencias no parecían de una etapa normal, sino de un hundimiento colectivo.

Y lo decisivo no fue sólo la magnitud del castigo, sino la forma de fabricarlo. Abarca Sports enseñó ese día un patrón que luego aparecería una y otra vez en la larga genealogía del equipo: endurecer, seleccionar, aislar al líder rival, dejar al propio jefe solo cuando el trabajo ya está medio hecho y el miedo del otro corre más rápido que sus piernas. Antes de que Indurain convirtiera la administración del poder en una obra de ingeniería, esta casa ya sabía cómo construir superioridad desde el grupo. También Delgado se dejó ver de otra manera en aquel puerto.

Durante años fue cómodo retratarlo como un corredor que atacaba porque sí, porque la carretera le llamaba, porque el genio tenía esas cosas. L’Alpe d’Huez desmiente esa caricatura. Aquel ataque no nació de una inspiración vacía, sino de una lectura perfecta. No arrancó antes.

No buscó la foto. Esperó a que Herrera flaqueara y eligió el punto sin vuelta atrás. Ese detalle importa mucho. Un gran escalador puede abrir hueco.

Un gran líder sabe cuándo el rival ya no va a cerrarlo. Al día siguiente llegó Villard-de-Lans, una cronoescalada y una pequeña revolución íntima. Delgado ganó la etapa y lo hizo firmando la primera contrarreloj de su vida. No era un adorno estadístico.

Era un mensaje. El Tour tiene una liturgia propia y una de sus reglas más crueles consiste en exigir autoridad contra el reloj incluso a quienes nacieron para otra música. Delgado la asumió justo cuando más necesitaba blindar el mando. Reconoció el recorrido, eligió desarrollos con la ayuda de Díaz Zabala, reguló esfuerzos antes de salir y se apoyó en una tecnología que entonces parecía casi de ciencia ficción doméstica: una bicicleta de carbono, 700 gramos más ligera que la anterior, llegada de Italia y valorada en 350.000 pesetas, además de una rueda lenticular trasera que muchos evitaron por el viento y el cansancio acumulado.

La imagen tenía algo hermoso: un corredor al que España había abrazado por su temperamento tradicional ganando también desde la modernidad material. Mejor tiempo en los parciales, Bernard batido, los colombianos definitivamente fuera de la pelea por la general y una impresión nítida de jerarquía. En dos días, Delgado había hecho dos cosas que en el Tour valen más que cualquier gesto teatral. Primero lo rompió.

Luego lo legitimó. A partir de ahí la carrera empezó a correrse bajo una hipótesis nueva: la de que el español ya no estaba arriba por una combinación feliz de montaña y coraje, sino porque era el hombre que mejor reunía piernas, equipo, cabeza y contexto. Luego llegó la probenecida y el relato se abrió por una grieta que nunca terminó de cerrarse del todo. El 22 de julio, cuando El País contó aquella jornada de teléfonos cruzados, laboratorios insistiendo, organizadores empujando y dirigentes de la UCI tratando de sostener la legalidad en medio del escándalo, el Tour pareció dispuesto a decidir en un despacho lo que la carretera ya había concedido casi por completo.

El contraanálisis confirmó la presencia de probenecida en la orina de Delgado. El problema era tan serio como incómodo: el Comité Olímpico Internacional consideraba dopante esa sustancia, pero la UCI aún no la había incorporado a la lista aplicable entonces. Ahí entró Puig, ahí entraron los reglamentos y ahí quedó fijada una absolución legal que nunca pudo ser también sentimental. Conviene mirar ese episodio sin santoral y sin escoba.

La victoria de Delgado quedó tocada en su limpieza percibida, eso es evidente. La sombra ha seguido caminando a su lado cada vez que se recuerda aquel Tour. Pero también sería una falsificación dejar que la sombra se coma la carretera. En términos estrictamente deportivos, Delgado había conquistado la carrera a fuerza de montaña y contrarreloj, de equipo y cálculo, de hegemonía visible.

El caso no borra eso. Lo complica. Y quizá ahí resida una parte de la verdad adulta del deporte, que casi nunca cabe en los relatos puros. La reacción del propio Delgado dijo bastante sobre el personaje.

No apareció como un hombre salvado por el sistema, sino como un corredor irritado porque un laboratorio amenazaba con arrebatarle lo que ya sentía suyo en la carretera. Se mostró frío primero, luego durísimo con la falta de seriedad del control y con varias cuestiones de organización del Tour, incluidas esas motos que tantas veces convertían el aire en un muro y alteraban el modo de atacar. El carisma, en su caso, no estaba reñido con una conciencia muy nítida de lo que había hecho durante esas tres semanas. Por eso la era Delgado merece una lectura más ambiciosa que la del puente pintoresco entre Reynolds y el gran Banesto de Indurain.

Delgado no fue una antesala. Fue un fundador. Lo fue en el terreno cultural, porque convirtió el Tour en una meta conquistable para una estructura española que dejó de mirar Francia como una catedral ajena. Lo fue en el terreno táctico, porque el Reynolds del 88 ya contenía la matriz que Banesto perfeccionaría después: jerarquía fuerte, montaña trabajada en bloque, líder protegido hasta el instante del hachazo y una dirección sin sentimentalismo cuando tocaba endurecer.

Y lo fue en el terreno simbólico, porque enseñó que un equipo podía tener alma popular sin renunciar a la sofisticación deportiva. Esa mezcla no es frecuente. La mayoría de las grandes estructuras sacrifican una de las dos cosas. En 1989 llegó el cambio de escaparate.

Banesto sustituyó a Reynolds como patrocinador principal y la propia historia oficial del equipo lo presenta como el inicio de una época nueva. La etiqueta es correcta, pero sólo si se entiende de dónde venía esa novedad. No nacía sobre un solar vacío. Nacía sobre un Tour ganado el año anterior, sobre una forma de correr ya probada y sobre un liderazgo que todavía seguía entre los mejores.

El Tour del 89 dejó otra de esas estampas imposibles de despegar de Delgado: la llegada tarde al prólogo de Luxemburgo, casi tres minutos evaporados antes de empezar de verdad, y aun así un podio final detrás de Greg LeMond y Laurent Fignon. Tan Perico que parece un guion escrito después. Catástrofe absurda primero, persecución formidable después. Mientras eso ocurría, Miguel Indurain iba enseñando la punta del porvenir.

Ganó su primera etapa en el Tour y llegaba respaldado por una temporada en la que ya había conquistado la París-Niza. Banesto, en realidad, se presentó en público entre dos corrientes simultáneas: el magnetismo todavía vigente de Delgado y la aparición silenciosa de Indurain como dueño del futuro. Aquello fue una fortuna histórica para Abarca Sports. No hubo una guerra de sucesión al uso, con jerarquías quebradas y egos desatados, sino una superposición casi elegante.

Echávarri, con Eusebio Unzué cerca, administró ese relevo con una inteligencia rarísima en el ciclismo, un deporte que suele manejar muy mal sus cambios de corona. En 1990 el relevo empezó a verse con claridad. Delgado se cayó por primera vez en cuatro años del podio de París e Indurain, ya con triunfo de etapa, quedó señalado como jefe inminente. Dos años después, en 1992, la estructura alcanzó la forma imperial: Giro y Tour para Indurain, una autoridad casi burocrática sobre la carrera y la consolidación de Banesto como referencia total del ciclismo.

Pero el imperio no brota de la nada. Necesita un acto fundacional, un ensayo general exitoso, una certeza íntima. La de esta casa nació con Perico. Esa es la razón por la que el título de “primer Tour de Banesto” necesita siempre una pequeña explicación al margen, como esos viejos retratos familiares donde alguien señala con el dedo y aclara quién era quién antes de que cambiara el apellido del negocio.

Banesto no ganó el Tour del 88 porque todavía no había llegado al maillot. Lo ganó la misma estructura que un año después se llamaría Banesto, la misma que más tarde sería iBanesto, luego Caisse d’Epargne y al fin Movistar Team. La precisión no resta grandeza. Al contrario.

La multiplica. Porque permite entender que la cultura ganadora no nació del patrocinador más famoso, sino de una continuidad de ideas, de una forma de trabajar y de un líder que puso la primera piedra de verdad. La era Delgado dejó también un aviso contra las simplificaciones perezosas. No fue sólo romanticismo, porque hubo método.

No fue sólo método, porque hubo una épica popular que todavía late en la memoria. No fue una historia limpia, porque la probenecida la ensució para siempre. Pero tampoco fue una leyenda inflada por la nostalgia, porque la carretera de 1988 ofrece pruebas demasiado contundentes. Ahí están los 52 kilómetros de crono en 1.04.40, ahí están los cuatro segundos cedidos a Bernard y el minuto veinte a Hampsten, ahí está la demolición de L’Alpe d’Huez, ahí está la cronoescalada ganada en Villard-de-Lans, ahí están los gregarios vaciando la carrera antes del ataque decisivo.

Hay demasiado hormigón en esa victoria como para reducirla a un gesto simpático de otro tiempo. De modo que la historia buena, la que merece una sobremesa larga, no empieza con el azul moderno ni con la estatua inevitable de Indurain. Empieza antes, en un julio exacto de 1988, cuando Reynolds aún no era Banesto y Perico Delgado le enseñó a esta casa que Francia podía dejar de ser una visita y convertirse en una posesión moral. Lo que vino después fue inmenso, claro.

Cinco Tours de Indurain, una edad dorada, la consolidación de un linaje que llega hasta el Movistar Team de hoy. Pero el origen no estuvo en la abundancia. Estuvo en aquella mezcla de riesgo, precisión, desgaste y carácter que convirtió a Delgado en algo más que un campeón querido. Lo convirtió en el hombre que abrió la puerta y dejó la luz encendida.