Introducción La historia del doble liderazgo Landa-Quintana-Valverde tiene algo de sobremesa larga de Tour, de esas en las que alguien pide otra ronda y suel...
El Tourmalet tiene una manera muy cruel de ordenar las cosas. La carretera se empina, el aire se afila y ya no hay rueda de prensa, ni argumentario, ni esa cortesía profesional con la que los equipos visten las dudas para que parezcan matices. En julio de 2019, cuando el puerto empezó a escoger cadáveres deportivos y a dejar a cada cual con su verdad en la cara, Movistar volvió a parecer lo que llevaba tiempo siendo: un equipo con tres nombres enormes y una sola certeza pequeña. Nairo Quintana se quedaba.
Mikel Landa esperaba. Alejandro Valverde orbitaba. Y en casa, delante del televisor, media España hacía lo que hace siempre con esta estructura cuando julio se pone serio: discutir la táctica como si discutiera de familia, de herencia y de quién manda de verdad cuando llega el momento de apretar los dientes. La polémica del doble liderazgo Landa-Quintana-Valverde se contó muchas veces como una rareza moderna, una apuesta sofisticada para tiempos imprevisibles.
Sonaba incluso elegante. Si el Tour es una trampa llena de caídas, abanicos, pavés, nervios y jornadas que se arruinan por un bordillo mal tomado, tener más de una bala parece sensato. El problema es que las ideas limpias se ensucian en cuanto entran en un autobús. Allí no conviven conceptos; conviven egos, trayectorias, silencios, contratos, países, patrocinadores y memorias.
Quintana no era un aspirante cualquiera. Llevaba años siendo la gran esperanza amarilla de la casa. Landa no acababa de llegar a cualquier sitio. Venía buscando un mando que sentía escamoteado en Sky y antes condicionado en Astana.
Y Valverde, aunque ya no se presentara como dueño natural del Tour, seguía siendo Valverde: el hombre al que se mira cuando hay ruido, el campeón que ocupa una habitación antes incluso de entrar en ella. Por eso aquello fue llamado doble liderazgo cuando en realidad tuvo durante mucho tiempo una atmósfera de trilogía. En el papel, el pulso serio por la general estaba entre Quintana y Landa. En la vida interna del equipo, el murciano alteraba la densidad de cada decisión.
Eso ocurre en todas las organizaciones longevas. Los cargos oficiales importan, sí, pero hay figuras que han acumulado tanta autoridad con los años que convierten cualquier organigrama en un borrador. Y Movistar, o mejor dicho la vieja casa Abarca, llevaba demasiadas décadas funcionando con códigos de mando muy reconocibles como para fingir que todo se reducía a una tabla de objetivos colgada en una pared. Conviene volver un momento a ese linaje porque ahí se entiende casi todo.
Abarca Sports nació en 1980 bajo el nombre de Reynolds, fue Banesto, después iBanesto.com, más tarde Caisse d’Epargne y desde 2011 compite como Movistar Team. Cambió el patrocinador, cambiaron los maillots, cambiaron las bicicletas y hasta el ciclismo cambió de idioma, pero la estructura fue manteniendo una biografía continua, muy navarra, muy consciente de sí misma. En tiempos de Perico Delgado y luego de Miguel Indurain, la figura del jefe no exigía traducción simultánea. La carretera podía arruinar un Tour, pero no abría debates filosóficos sobre a quién había que proteger.
Esa memoria institucional no te gana una etapa, pero pesa. Pesa en cómo se ordena un coche, en cómo trabaja un gregario, en cómo entiende el aficionado lo que está viendo. Por eso el experimento de repartir galones no fue una simple elección táctica. Fue casi una herejía íntima en una casa acostumbrada a rendir mejor cuando había un sol claro y satélites disciplinados.
Landa aterrizó en ese paisaje con un relato muy reconocible y muy potente. Era el escalador de talento feroz al que siempre parecía faltarle un metro de autonomía. En Sky había aprendido lo que significa trabajar al servicio de una maquinaria que casi nunca confunde méritos con jerarquías. Tenía piernas para discutir puestos de honor, pero la jefatura le quedaba un poco más allá, como un premio expuesto en una vitrina cerrada.
En Astana ya había vivido algo parecido, con el añadido de esa mezcla de caos y genio que acompaña a ciertos equipos y que puede hacerte sentir libre un día y secundario al siguiente. Llegó a Movistar buscando otra cosa. No una mejora de condiciones, ni un decorado más amable, sino un espacio donde la palabra líder no fuera una cortesía de presentación. El problema es que la casa ya tenía propietario para esa ilusión.
Quintana era un corredor con una legitimidad construida por resultados y por geografía emocional. No solo había subido al podio del Tour y ganado grandes vueltas; también representaba un mercado crucial para Telefónica. Cuando en 2017 concedió aquella entrevista a El País que luego recogió Cyclingnews, habló con la calma de quien clava una estaca sin necesidad de levantar la voz. Landa, vino a decir, era bienvenido.
Aportaría calidad. Sumaría mucho. Pero la jefatura del Tour seguía siendo suya. El matiz latinoamericano no era un adorno.
Era la manera de recordar que en el ciclismo de élite el liderazgo nunca depende solo de vatios y de pulsaciones. También depende de la historia acumulada y de lo que un corredor significa para quien firma los cheques. Ahí empezó una tensión que no tenía villanos puros. Quintana defendía un territorio ganado a golpes de podio y desgaste.
Landa reclamaba un territorio que consideraba pendiente. Los dos tenían razones. Justo por eso el problema no podía resolverse con una consigna ingeniosa. Hacía falta una jerarquía dolorosa, una decisión que dejara a uno satisfecho y al otro herido, o al menos resignado.
Movistar prefirió probar una tercera vía, que es algo muy tentador cuando uno dispone de talento de sobra: convertir el conflicto en argumento estratégico. El Tour de 2018 fue la gran puesta en escena. Quintana, Landa y Valverde aparecieron como una suerte de tridente capaz de desafiar el bloque de Sky por saturación de amenazas. La idea, vista desde fuera, seducía.
Frente al método de acero de un rival con recursos casi imperiales, Movistar ofrecía variedad, improvisación, riqueza de cartas. En la promoción sonaba bien. En las fotos, mejor. Los tres llegaron a reconocer juntos los adoquines de Roubaix previstos para la novena etapa.
José Luis Arrieta explicó entonces que querían sentir el terreno, ajustar el material y llegar sin miedo a un día tramposo. Todo eso era impecable desde el punto de vista técnico. También tenía algo de metáfora involuntaria. Imagínate a tres alumnos excelentes preparando con minuciosidad el mismo examen mientras saben que, al salir del aula, se pelearán por la atención del profesor.
En la presentación previa al Tour, Eusebio Unzué habló de misión cumplida por haber llevado a Francia a los tres en gran forma. La frase retrataba bien la ambición y también la ambigüedad. La forma estaba. El talento, también.
Lo que no terminaba de definirse era la línea de mando real. Unzué dejaba la decisión en manos del recorrido y de la primera semana, confiando en que la carrera iría aclarando aquello que el despacho no quería imponer antes de tiempo. Es una tentación comprensible: nadie quiere privarse de una baza demasiado pronto. El asunto es que el Tour no siempre te regala la nitidez que esperas.
A veces se limita a dejarte dudas más cansadas que al principio. Aquel Tour de 2018 terminó con Landa séptimo, Quintana décimo y Valverde decimocuarto. Nadie estuvo cerca del amarillo. El experimento salió herido.
No muerto, que es peor, porque lo muerto al menos obliga a cambiar de método. Lo herido admite defensas. Unzué sostuvo después que se había malinterpretado lo de los tres líderes, que Valverde no estaba realmente enfocado en la general y que la mala suerte había condicionado a Quintana y a Landa. Había algo de verdad ahí.
El ciclismo se decide demasiadas veces por detalles absurdos como para creer que todo cabe en un esquema de pizarra. Pero también había una coartada involuntaria: cuando una estrategia necesita tanta explicación posterior, es que la carrera no la ha entendido o no la ha respetado. El invierno de 2019 pareció traer algo parecido a una rectificación. En la presentación del equipo, Unzué anunció que no repetirían aquel planteamiento en el Tour.
Quintana y Landa irían a Francia; Valverde se centraría en Giro y Vuelta. Sonaba a aprendizaje institucional, a esa clase de corrección que un equipo veterano sabe ejecutar sin necesidad de montar un drama público. La idea tenía lógica. Quintana seguiría teniendo el Tour como obsesión central.
Landa dispondría de su ventana francesa después de pasar por el Giro. Valverde, ya en una fase distinta de su carrera, distribuiría su peso competitivo en otras grandes citas. Era, sobre el papel, el tipo de reparto que evita el atasco en el mismo pasillo. Pero julio tiene mucha facilidad para reírse de los planes de enero.
Caídas, lesiones, azares de calendario, decisiones que se mueven medio grado y cambian un paisaje entero: el Tour de 2019 acabó reuniendo otra vez a los tres. La corrección se convirtió en reincidencia. La vieja duda regresó con otro traje, y la víspera en Bruselas dejó una de esas escenas diminutas que luego se recuerdan más que muchas etapas. Cyclingnews la contó con ojo fino: sala amplia, sonrisas educadas, preguntas inevitables y un detalle casi imperceptible, la falta de contacto visual entre Quintana y Landa mientras respondían.
No hubo insultos, ni gestos teatrales, ni una frase gruesa de esas que facilitan titulares. Hubo algo más incómodo: una diplomacia demasiado pulida. Cuando dos líderes intentan demostrar serenidad con ese cuidado, el público suele oler la tensión antes que la colonia. Unzué volvió a defender el sistema con argumentos que, aislados, eran perfectamente razonables.
Las grandes vueltas modernas castigan muchísimo la rigidez. Un mal día, una montonera, una etapa de viento mal leída y tu jefe único se va a la cuneta con él. Tener dos hombres para la general aumenta tus opciones, te da margen táctico, obliga al rival a repartir atención. La frase clásica apareció otra vez: la carretera decide.
Y es verdad, hasta cierto punto. La carretera decide quién va más fuerte. Lo que no decide por sí sola es cuándo un equipo debe dejar de fingir simetrías para ponerse enteramente al servicio de uno. Ese paso no es geográfico.
Es psicológico, casi político. Quintana llegó a aquel Tour con el discurso del hombre que siente suyo el gran objetivo. Toda su temporada estaba orientada a Francia. No se consideraba depositario temporal de nada.
Landa llegaba cuarto del Giro, con esa mezcla tan peligrosa de forma y convicción que vuelve insoportable cualquier papel secundario. Ninguno había viajado a Bruselas para ser figurante. Y luego estaba Valverde, que públicamente aceptaba un rol más utilitario mientras su sola presencia desmentía la neutralidad de ese papel. Era el campeón del mundo.
Había afinado el peso para julio. Venía de ganar la Route d’Occitanie. Podía presentarse como ayudante, sí, pero un campeón así no se vuelve transparente porque lo ponga en un comunicado. Valverde fue, seguramente, la pieza más fascinante de aquel rompecabezas.
No porque quisiera incendiar nada, sino porque su existencia deportiva alteraba cualquier ecuación simple. Si el equipo tiraba en un puerto, siempre cabía preguntarse a quién favorecía más el ritmo. Si él estaba delante en una llegada quebrada, su estado de forma se convertía en noticia aunque el plan escrito alabara a otros. Si había que mediar entre Quintana y Landa, su voz importaba más que la de casi nadie.
Por eso el famoso doble liderazgo nunca fue del todo doble. El murciano quizá ya no pretendía gobernar la general, pero seguía siendo un centro de gravedad. Y alrededor de un centro de gravedad nadie se mueve igual. Hasta entonces, buena parte del debate se había construido desde fuera, a base de intuiciones, declaraciones a medias y lecturas tácticas a menudo exageradas.
El 27 de marzo de 2020, Netflix estrenó El día menos pensado y el autobús quedó de repente expuesto al espectador. Ese detalle cambió la historia. El documental no inventó nada, pero volvió imborrable una percepción. Las cámaras mostraban tensiones, caras largas, conversaciones atravesadas por el recelo y, sobre todo, la sensación de que Movistar seguía vendiendo una estrategia múltiple cuando en realidad convivía con una pregunta sin resolver: quién debía sacrificarse por quién, y a partir de qué instante.
La frase de Valverde, recordando que si Quintana y Landa no arreglaban sus diferencias el equipo tenía un problema, sonó menos a confidencia que a acta notarial. La etapa del Tourmalet funcionó como escena madre de ese relato. Movistar endurecía la carrera mientras Quintana perdía comba. Desde el sofá, la sospecha se disparó con una facilidad casi brutal.
¿Se estaba trabajando para un líder o contra otro? ¿Era una maniobra diseñada para fortalecer a Landa? ¿Era simplemente el automatismo competitivo de un bloque que había decidido correr y luego ya vería? El documental, como todos los documentales, monta y ordena; no equivale a una sentencia judicial.
Pero fijó en la memoria del aficionado una imagen muy difícil de desmontar: la de un equipo al que le costaba muchísimo distinguir entre la flexibilidad táctica y la indecisión. Esa es la palabra que mejor explica por qué el doble liderazgo de Movistar acabó siendo un asunto de interés casi nacional para el aficionado español. No fue solo una cuestión de resultados, aunque los resultados quedaran por debajo de lo esperado. Fue una cuestión de carácter.
A un equipo como Abarca se le perdona una pájara, una caída, hasta un Tour fallido. Lo que cuesta más perdonarle es la duda sostenida, la impresión de que su mayor riqueza puede convertirse en un estorbo porque nadie se atreve a herir a tiempo a uno de los elegidos. Los gregarios lo notan, porque proteger a dos jefes a la vez casi siempre significa no proteger por completo a ninguno. El coche lo nota, porque cada orden suena revisable.
El aficionado también, porque el ciclismo tiene una pedagogía muy clara: cuando todos mandan un poco, alguien deja de obedecer del todo. Y, sin embargo, sería injusto despachar aquella apuesta como una locura. No lo fue. El doble liderazgo tiene ventajas reales.
Te cubre frente a la mala fortuna, abre escenarios ofensivos, obliga al rival a pensar dos veces a quién neutraliza. Unzué no deliraba cuando defendía esa fórmula; estaba intentando adaptar una estructura histórica a un ciclismo más caótico que el de los años noventa. Además, la casa venía de ganar el Giro de 2019 con Richard Carapaz, prueba de que seguía sabiendo conquistar una gran vuelta cuando el talento coincidía con una jerarquía limpia. El problema no era la herejía de pensar distinto.
El problema fue ejecutar la duda como si también pudiera organizarse. El desenlace lo puso el mercado, que en el ciclismo suele actuar como un notario frío cuando la convivencia ya no encuentra una forma estable. Al final de 2019, Landa se marchó a Bahrain-McLaren. Quintana puso rumbo a Arkéa-Samsic.
Valverde permaneció como ese hilo de continuidad que une a tantas versiones de la misma casa. La estructura siguió. Siempre sigue. Reynolds, Banesto, iBanesto.com, Caisse d’Epargne, Movistar: distintos nombres para una biografía que se empeña en sobrevivir incluso a sus propias contradicciones.
Pero aquel capítulo dejó una enseñanza menos vistosa que un maillot amarillo y quizá más valiosa para quien se tome en serio el oficio de mandar un equipo. En una gran vuelta puedes compartir bazas durante unos días. Puedes incluso vender la ambigüedad como inteligencia táctica. Lo que no puedes hacer demasiado tiempo es confundir acumulación de talento con claridad.
Porque el liderazgo compartido, cuando funciona, deja de ser compartido muy pronto. Y cuando no se atreve a hacerlo, empieza a devorar al equipo por dentro, sin ruido al principio, casi con educación, hasta que un puerto como el Tourmalet aparta el telón y enseña que la duda también pesa. A veces pesa más que las piernas. Y entonces no se descuelga solo un corredor.
Se descuelga todo un maillot.