Una dinastía que no se rompe aunque cambie el letrero
La primera trampa al hablar de Movistar es creerse que estamos hablando solo de Movistar. En realidad, el nombre azul es el último cartel de una nave antigua. Debajo siguen estando Reynolds, Banesto, Illes Balears y Caisse d’Épargne, como capas de pintura sobre la misma madera. Abarca Sports es eso: una continuidad rarísima en un deporte que acostumbra a devorar a sus propios proyectos. La página corporativa del equipo, actualizada para 2026, insiste en dos datos que sirven como punto de partida para cualquier discusión seria: la estructura masculina alcanza su 47ª temporada ininterrumpida en la élite y solo ha tenido cinco patrocinadores principales desde 1980 (https://movistarteam.com/sobre-nosotros). No hay muchas empresas en el ciclismo capaces de decir algo así sin sonar a departamento de marketing. En Abarca suena a acta notarial.
Ahora bien, como este texto juega en la sección de equipos ficticios, conviene ordenar la mesa antes de empezar a repartir dorsales. La propia web de la estructura mezcla a veces el palmarés agregado del ecosistema actual y el del bloque masculino histórico. La página de ‘Sobre nosotros’ habla de 1.142 victorias totales, 8 Tours, 5 Vueltas, 6 Giros, 11 Mundiales y 137 etapas en grandes vueltas, una suma que ya refleja la expansión y el crecimiento del proyecto completo (https://movistarteam.com/sobre-nosotros). Pero si queremos montar el mejor nueve masculino de la saga Abarca, la foto más limpia es la de las estadísticas del equipo masculino: 991 victorias, 158 ciclistas ganadores y una línea histórica que lleva de Reynolds a Movistar sin romper el hilo (https://movistarteam.com/historia/estadisticas). En Tour, Vuelta y Giro, las páginas oficiales de la historia masculina cifran el palmarés en 7 Tours, 4 Vueltas y 4 Giros, con 34, 64 y 25 etapas respectivamente (https://movistarteam.com/historia/tour, https://movistarteam.com/historia/vuelta, https://movistarteam.com/historia/giro). Ese es el marco. Ese es el tablero.
Qué significa escoger un ‘mejor 9’
Este tipo de ejercicios suele malograrse por una enfermedad bastante contemporánea: confundir grandeza con acumulación. El ciclismo no funciona así. Hay corredores que, aislados, son monumentales, pero dentro de una estructura producen un atasco. Y hay otros que, sin tener la vitrina más brillante, convierten un bloque en una máquina. Por eso no basta con escoger a los nueve más laureados. Hay que construir un equipo que pueda ganar de verdad una gran vuelta imaginaria, una París-Niza, una Dauphiné o una semana de locos con abanicos, crono, media montaña y una etapa reina con nieve vieja en las cunetas.
Mi criterio es doble. Primero, el pico competitivo: quiero la mejor versión de cada corredor, no la más larga ni la más simpática. Segundo, la función táctica: necesito un jefe incontestable, un segundo líder que obligue al rival a abrir dos ojos a la vez, un par de escaladores que no corran igual, un capitán de carretera, un motor para el llano, un hombre capaz de aguantar el pavé sin descomponer el sistema y al menos un corredor al que no le moleste convertir la carrera en una reyerta. Luego hay un tercer elemento menos visible, pero decisivo en una estructura como esta: la compatibilidad cultural. Abarca siempre ha corrido con una forma muy reconocible de gestionar el orden, la marca y el sacrificio. Luis Abril se lo dijo al primer Movistar Team en 2011 de forma cristalina: lo importante era honrar la marca (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). Esa frase sirve también para distinguir a quién entra y quién no entra en un nueve histórico.
Los cimientos: Reynolds, Echávarri y Unzué
La historia oficial de la casa arranca en Irurzun y tiene algo precioso: parece pequeña antes de volverse gigante. INASA, la marca Reynolds, los hermanos Legarra, el club aficionado, un ex ciclista llamado José Miguel Echávarri que llega buscando acomodo para Héctor Rondán, otro navarro llamado Eusebio Unzué al que le ponen una carpeta de director antes que una bicicleta de líder. El relato de la estructura cuenta que, ya desde el principio de los ochenta, Reynolds era un equipo con ideas más avanzadas que su presupuesto: concentraciones invernales, mejor material, autobús, presencia femenina en el staff y una ambición que chocaba con el paisaje casi artesanal del ciclismo español pos-Ocaña (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i).
Ese dato no es decoración. Explica por qué este proyecto ha sido una fábrica más que una colección. Abarca no se limitó a fichar talento; construyó un método. Y ese método necesitó pronto una obsesión mayor: el Tour. El País lo contó con la gracia y la memoria de Carlos Arribas. En 1983, el Reynolds de Arroyo y Perico se presenta en el Tour porque Echávarri, un anquetiliano con la cabeza llena de pájaros, está convencido de que Francia no puede ser un territorio vedado para siempre (https://elpais.com/deportes/2019/11/21/actualidad/1574359050_166661.html). Aquel segundo puesto de Arroyo cambia algo más que un resultado: cambia la imaginación posible de la estructura y del ciclismo español. Ya no se va al Tour a sobrevivir. Se va a perturbar el orden.
Banesto y la edad imperial
En 1989 entra Banesto y, con él, la versión más solemne de la saga. Pedro Delgado gana la Vuelta y ya había ganado el Tour en 1988, pero el gran acontecimiento es que detrás viene un muchacho de Villava que primero parece tranquilo y luego parece geológico. Indurain es la cristalización perfecta de la escuela navarra. La historia oficial resume sus cinco Tours consecutivos, sus dos Giros y ese modo de imponer autoridad desde la sobriedad, la contrarreloj y una serenidad que desarmaba incluso antes de que empezase el puerto (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). Rouleur, muchos años después, sigue encontrando la clave del personaje fuera de los trofeos: Indurain leyendo el paisaje, reconociendo cultivos, midiendo el tiempo como si midiera una fuga (https://www.rouleur.cc/blogs/the-rouleur-journal/the-man-who-can-read-landscapes). No es una anécdota literaria. Es la explicación estética de por qué fue lo que fue.
Las cifras vuelven a poner orden en la discusión. En la tabla de ganadores de la estructura, Indurain suma 97 triunfos y solo le supera Valverde, ya en el siglo XXI, con 110 (https://movistarteam.com/historia/estadisticas/ciclistas-con-victorias). En la historia del Tour de la casa, cinco de las siete victorias masculinas llevan su firma (https://movistarteam.com/historia/tour). En la del Giro, dos de cuatro (https://movistarteam.com/historia/giro). No es solo el corredor más grande de la estructura en grandes vueltas. Es el corredor que mejor define cómo quiere ganar Abarca cuando manda de verdad: con jerarquía clara, desgaste gradual, superioridad contrarreloj y una montaña que no necesita artificios si la base es suficientemente potente.
La herida, la reinvención y el rescate
La retirada de Indurain en 1997 deja un vacío deportivo y casi sentimental. La propia historia del equipo lo reconoce: hubo que reinventarse otra vez. En esa transición aparecen Abraham Olano y José María Jiménez como dos caras muy distintas del posimperio. Olano aporta orden, crono, Vuelta y una sensación de ciclista completo; Chava aporta magnetismo, desequilibrio y un modo de escalar que parecía escribir con mayúsculas cada curva (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). A finales de los noventa y comienzos de los 2000 también asoman Zülle, Aitor Osa, Menchov, Mancebo, Lastras. El equipo sigue siendo competitivo, pero ya no ordena el mundo como antes.
Y entonces llega una de las grandes escenas de la historia Abarca: 2003. Banesto se va, el patrocinio tiembla, suena Jan Ullrich como anzuelo turístico para Baleares, la operación se complica y la estructura se queda al borde del abismo. La versión oficial lo cuenta casi como una crono final de supervivencia: Echávarri pide esperar, los corredores aguantan, llega la luz verde y el equipo sigue vivo gracias a Illes Balears; luego Caisse d’Épargne ensancha la segunda vida (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). Es importante recordarlo al montar el mejor nueve, porque no solo estamos eligiendo corredores; estamos premiando a una cultura que sobrevivió dos veces a una desaparición que parecía lógica.
Valverde y la elasticidad del talento
En 2005 entra Alejandro Valverde y cambia otra vez el centro de gravedad. La historia del equipo usa una expresión muy atinada: el ciclista infinito (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). Es verdad. Valverde puede ganar al sprint, al repecho, en una clásica, en una vuelta de una semana, en una etapa de gran vuelta o aguantando tres semanas hasta acabar arriba. No fue Indurain y eso, lejos de empequeñecerle, le hace imprescindible en cualquier equipo ficticio serio: donde Miguel ofrece un modelo absoluto de control, Valverde aporta elasticidad táctica. Si el líder necesita ayuda, ayuda; si el equipo necesita un rematador, remata; si la carrera se vuelve de patas arriba, probablemente sigue teniendo opciones.
La estadística vuelve a hablar con crudeza. 110 victorias dentro de la estructura, primero en el ranking histórico de Abarca (https://movistarteam.com/historia/estadisticas/ciclistas-con-victorias). El segundo artículo histórico del equipo recuerda además que su regreso en 2012, tras el parón, supuso el salto definitivo del primer Movistar Team a la primera línea mundial (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). Y en 2018 cierra al fin el arcoíris, ese título que llevaba persiguiendo como quien sabe que le falta una última palabra para redondear la frase. Para un equipo de fantasía es imposible dejarlo fuera. Sin Valverde, el nueve sería enorme; con Valverde, el nueve es maleable.
Movistar, América y la mutación global
Telefónica entra en 2011 cuando el ciclismo español aún respira con dificultad la época más turbia del deporte. Luis Abril vende la apuesta con grandilocuencia, pero luego el año se tuerce con brutalidad: muere Xavi Tondo y Mauricio Soler sufre una caída espantosa. Aun así, el equipo resiste, gana etapas en las tres grandes y Pablo Lastras sostiene el alma del grupo (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). Ahí hay una pista central para entender por qué Lastras entra en mi nueve: porque fue una de esas figuras que, sin acumular tanta portada, explican la moral de una estructura.
La otra gran transformación de la era Movistar es latinoamericana. El artículo histórico del equipo lo subraya sin rodeos: Nairo Quintana, Andrey Amador y Richard Carapaz convierten la apuesta por América en una seña de identidad “inigualable en el pelotón” (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). Nairo gana el Giro de 2014 y la Vuelta de 2016; Carapaz se lleva el Giro de 2019; el equipo pisa podios de grandes vueltas en Italia, Francia y España y gana la clasificación por escuadras de Giro, Tour y Vuelta en 2019, un hito que solo había conseguido el KAS de los setenta (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). Movistar deja de ser solo el heredero de Reynolds-Banesto y se convierte en una multinacional sentimental del ciclismo. Eso también condiciona el mejor nueve: la vieja escuela navarra aprende a hablar colombiano y ecuatoriano sin perder acento.
El nueve titular: Miguel Indurain
El capitán es Miguel. En un equipo ficticio esto importa porque no basta con escoger al mejor corredor: hay que escoger al único que, por presencia competitiva, reduce el ruido interno. Indurain lo hace. Tiene las grandes vueltas, tiene la crono, tiene la montaña, tiene la lectura del esfuerzo y tiene además el capital simbólico del hombre que corrió siempre para la misma estructura. La historia oficial recuerda su retirada como la de un corredor de un solo equipo y subraya que dejó 97 victorias, una cifra que solo Valverde logró alcanzar después (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). En un ecosistema lleno de figuras fuertes, Miguel ordena sin gritar.
Su gran virtud táctica dentro de este nueve es que admite varios tipos de protección. Puede correr con carrera controlada, con Olano, Gutiérrez y Erviti cerrando fugas y dominando el viento. Pero también puede permitirse abrir la mano y dejar que Perico, Chava o Nairo agiten la montaña, porque él no necesita salir al primer movimiento. Su forma de liderazgo convierte la hiperactividad de otros en una ventaja, no en una amenaza.
El nueve titular: Alejandro Valverde
Valverde es el segundo sol del sistema. Si Miguel es la estructura, Alejandro es la improvisación útil. En este equipo le asigno un rol muy concreto: segundo líder y solucionador universal. No le pediría ser gregario puro porque sería desperdiciar una de las naturalezas competitivas más complejas que ha dado el ciclismo español. Le pediría otra cosa: que obligue al rival a dividir recursos. Si el día termina en un muro, Valverde es la carta. Si la jornada de montaña se queda corta para Nairo o demasiado nerviosa para Indurain, Valverde sigue estando ahí. Si hay que puntuar, bonificar o resolver una clásica de preparación, vuelve a servir.
Además, su presencia compensa una carencia clásica de los equipos demasiado montañeros: la falta de filo en finales ambiguos. Con Valverde, Abarca no necesita que todo acabe en alto para tener una opción de victoria. Eso vuelve al nueve mucho más ancho que un simple bloque para el Tour.
El nueve titular: Pedro Delgado
Perico ocupa un lugar especial porque ningún gran equipo histórico debería renunciar del todo a la electricidad. Indurain no ganaba como Perico. Valverde no corre como Perico. Nairo tampoco. Delgado trae otra cosa: el ataque que parece inoportuno hasta que deja de parecerlo. La estructura le debe el Tour de 1988 y la Vuelta de 1989, pero sobre todo le debe una pedagogía del atrevimiento. En el relato de El País aparece esa convivencia incómoda y a la vez tierna con Indurain, marcada incluso por los bocadillos que el segoviano se permitía y el navarro tenía que mirar de reojo (https://elpais.com/deportes/2019/11/21/actualidad/1574359050_166661.html). Esa escena resume maravillosamente por qué ambos pueden convivir en un equipo ficticio: porque son polos complementarios.
En carrera, Perico sería el hombre que obliga a equivocarse al rival. No le encargaría proteger nada. Le encargaría estirar, romper, anticipar y castigar indecisiones. En una gran vuelta imaginaria, hay días en los que un ataque sin obediencia aparente vale tanto como una crono perfecta. Perico es ese tipo de amenaza.
El nueve titular: Nairo Quintana
Nairo entra por dos motivos. El primero es obvio: fue ganador real de Giro y Vuelta con la casa, además de tercer hombre del ranking histórico de victorias en Abarca con 40 (https://movistarteam.com/historia/estadisticas/ciclistas-con-victorias; https://movistarteam.com/historia/giro; https://movistarteam.com/historia/vuelta). El segundo es más interesante: es el escalador que mejor complementa a Indurain. Quintana ofrece algo que Miguel no necesita para ser grande, pero sí para aplastar alternativas: la capacidad de convertir la alta montaña en un espacio de selección natural pura. Cuando la pendiente se alarga y la carrera pierde capas de maquillaje, Nairo fuerza al rival a definirse.
Dentro de este nueve sería el líder B con licencia para convertirse en líder A si la carrera entra en un terreno que le favorece. Justamente por eso resulta tan valioso. No compite contra Indurain; le amplía el margen táctico. El adversario nunca sabe si debe guardar para Miguel o responder a Nairo. Y en ciclismo, esa duda cuesta piernas.
El nueve titular: José María Jiménez
El Chava entra por aquello que no aparece completo en las clasificaciones: la capacidad de incendiar una carrera con una sola arrancada. La historia oficial lo evoca con Angliru, con el duelo frente a Olano, con una escalada que fascinó a la afición española (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). En un bloque que ya tiene control, crono y segundo líder, añadir a Jiménez es añadir un vector de desorden. No es un capricho romántico. Es una ventaja competitiva.
Si el rival ha preparado todo para resistir a Indurain y medir a Nairo, el Chava cambia el idioma del día. Sale antes, más brusco, menos previsible. Obliga a usar gregarios de más, obliga a cerrar huecos con hombres caros y aumenta la fatiga de decisiones. En un equipo ficticio que quiere ganarle al pelotón, no solo a un corredor concreto, esa función vale oro.
El nueve titular: Abraham Olano
Olano es quizá la inclusión menos sentimental y por eso una de las más necesarias. Su Vuelta de 1998, su título mundial contrarreloj y su condición de gran corredor completo le convierten en una especie de amortiguador entre eras (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-i). No tuvo el carisma expansivo de Perico ni la imperturbabilidad casi mineral de Indurain, pero justamente por eso funciona tan bien aquí: no desestabiliza el reparto de poder.
Le daría un rol de lujo: hombre puente entre el llano y la media montaña, escudero principal en jornadas de crono y falso líder en días donde conviene lanzar una amenaza creíble desde lejos. Olano es el tipo de corredor que permite a un gran equipo no enseñar todas sus cartas demasiado pronto.
El nueve titular: Pablo Lastras
Lastras está porque algunos equipos ganan carreras y otros, además, saben vivir dentro de ellas. Movistar lo definió una vez como el alma del equipo y el corazón del pelotón español (https://movistarteam.com/en/2013-11-28/to-the-top-13-oh-captain). Puede sonar a hipérbole de casa hasta que repasas lo que significó para la estructura: 18 temporadas, jerarquía natural, inteligencia en fuga, capacidad para mandar sin teatralidad y una especie de autoridad afectiva que los grandes bloques necesitan casi tanto como el VO2.
En 2011, con el equipo herido por la muerte de Tondo y la caída de Soler, fue además uno de los hombres que sostuvieron el espíritu competitivo del grupo (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). En este nueve sería el capitán de carretera visible, el hombre que traduce órdenes complejas a decisiones sencillas. Un director no corre, pero necesita alguien que piense por él a 180 pulsaciones. Lastras haría ese trabajo.
El nueve titular: Imanol Erviti
Erviti es la inclusión que separa un equipo bonito de un equipo ganador. La estructura lo ha descrito como símbolo de Abarca Sports, apoyo de valor incalculable para sus líderes y uno de los gregarios más respetados del mundo (https://movistarteam.com/2019-09-04/renovacion-imanol-erviti-2021). Sus top ten en Flandes y Roubaix, además, añaden una utilidad muy concreta: capacidad de supervivencia cuando el ciclismo se vuelve áspero, ventoso, adoquinado o directamente desagradable (https://movistarteam.com/2016-04-03/erviti-un-7-para-la-historia).
En un nueve histórico es el corredor que coloca a todos donde tienen que estar antes de que empiece la batalla de verdad. No ganará el foco, pero evita perder la carrera en esos 70 kilómetros donde todavía no se gana nada y ya se puede arruinar todo. Abarca siempre ha valorado mucho ese trabajo subterráneo. Erviti lo encarna como pocos.
El nueve titular: Iván Gutiérrez
Gutiérrez completa el bloque porque hace falta una locomotora. La estadística le concede 21 victorias, octavo en el ranking histórico de la estructura (https://movistarteam.com/historia/estadisticas/ciclistas-con-victorias). El equipo le sitúa, junto a Erviti, entre sus gregarios más apreciados, y recuerda que llegó a la madurez con más de veinte triunfos y cinco campeonatos de España entre ruta y contrarreloj (https://movistarteam.com/en/2013-09-20/two-key-domestiques-renew). Su presencia tiene una virtud muy simple: vuelve más cara la fuga equivocada.
En este nueve sería el vigilante del llano, el hombre para los días de desgaste sin gloria, el corredor al que pedirle veinte kilómetros de persecución sin que eso le desordene la cara. A veces los equipos ficticios olvidan que el ciclismo se gana mucho antes del último puerto. Gutiérrez está aquí para recordar lo contrario.
Cómo correría este equipo
La primera semana la gobernarían Erviti, Gutiérrez y Olano. El objetivo sería entrar siempre bien colocados, impedir cortes innecesarios y no regalar minutos a una fuga que después obligue a correr con ansiedad. Lastras sería el hombre bisagra entre el coche y la carretera. Valverde serviría para bonificaciones o finales explosivos. Indurain, mientras tanto, viviría escondido a plena vista: sin gastar de más, sin ceder un metro en abanicos, midiendo el reloj.
En la montaña el equipo tendría tres registros. Uno: control sobrio para Miguel. Dos: desgaste progresivo con Nairo. Tres: desorden ofensivo con Perico y Chava. Esa combinación es, en realidad, la gran razón de este nueve. Pocos bloques históricos pueden juntar en la misma alineación un jefe como Indurain, un escalador de altura como Quintana y dos revientaetapas como Delgado y Jiménez. Si a eso le sumas a Valverde para rematar etapas quebradas, la carrera deja de tener un único carril.
En la contrarreloj el equipo no solo tendría al mejor especialista de su historia, tendría además respaldo estructural. Indurain y Olano convierten la crono en una zona de renta; Gutiérrez protege el terreno; Valverde minimiza pérdidas. En un ciclismo de tres semanas, eso significa que la montaña no tendría que resolverse siempre a la desesperada.
Lo que hace superior a este nueve
Su principal virtud es la variedad de victorias posibles. Puede ganar por aplastamiento, por desgaste, por oportunismo o por doble amenaza. No depende de una única fisiología ni de un solo guion. Otro factor clave es la continuidad cultural. Casi todos estos corredores pertenecen a una escuela donde el equipo estaba por encima del gesto. No digo que no hubiese egos; digo que los egos estaban educados en una gramática común. Eso, en una plantilla histórica, es media carrera.
También hay una ventaja psicológica. Indurain y Valverde generan respeto por motivos opuestos: uno por la autoridad glacial, el otro por la elasticidad competitiva. Perico y Chava generan inquietud. Nairo genera asfixia cuando la altitud manda. Erviti y Lastras generan seguridad interna. Olano y Gutiérrez dan material de control. Es difícil imaginar al rival leyendo la composición y pensando que tiene una grieta clara por donde entrar.
Las costuras y las renuncias
Claro que tiene grietas. La primera es el sprint puro. Este equipo cerraría muchas etapas, pero no convertiría los finales llanos masivos en un jardín propio. La segunda es el equilibrio emocional en alta montaña. No porque fueran imposibles de dirigir, sino porque juntar tanto liderazgo potencial exige un director excelso. Por suerte, esta fantasía se juega dentro de Abarca, así que el coche lo llevarían Echávarri o Unzué. Ahí la estructura también compite.
La tercera grieta es generacional. Algunos de estos corredores se adaptan mejor que otros al ciclismo hipermoderno de potenciómetro, nutrición milimétrica y carreras corridas a cuchillo desde lejos. Indurain y Olano probablemente absorberían bien esa transición por motor y cabeza; Perico y Chava la harían estallar por instinto; Valverde y Nairo ya son medio contemporáneos. Aun así, un equipo ficticio también tiene que admitir sus dudas.
Y luego están los descartes. Richard Carapaz es el corte más cruel. Ganó el Giro de 2019 con la casa, atacaba con una frialdad letal y en un nueve de pura montaña tendría sitio casi automático (https://movistarteam.com/historia/giro). Pero aquí se queda fuera porque el equipo ya tiene demasiados líderes escaladores y necesita más costura en llano y rol. Rui Costa, campeón del mundo en 2013 y fantástico cazador de etapas, también duele dejarlo fuera (https://movistarteam.com/2019-11-02/40-anos-recopilatorio-ii). Julián Gorospe y José Luis Laguía, pilares de los orígenes y nombres enormes en el recuento de victorias internas, pagan el peaje de haber nacido en el fundamento del edificio: sin ellos no habría casa, pero el nueve definitivo exige piezas de otra arquitectura (https://movistarteam.com/historia/estadisticas/ciclistas-con-victorias).
La conclusión que deja el juego
Hay una frase de Cyclingnews sobre Unzué que ayuda a cerrar el círculo: cuando se vaya, el hueco será casi imposible de llenar, porque este tipo de continuidad es casi inimaginable hoy (https://www.cyclingnews.com/features/eusebio-unzu-in-it-for-the-long-haul/). Eso vale también para el equipo soñado. El mejor nueve de Abarca no es solo una suma de campeones. Es la demostración de que durante décadas esta estructura ha sabido producir estilos complementarios sin perder identidad. Desde el loco bello del Tour imposible hasta el lector de paisajes de Villava; desde el ciclista infinito hasta el escalador de Boyacá; desde el alma del grupo hasta el gregario de pavé.
Si la carrera imaginaria es una gran vuelta, mi nueve es este: Indurain, Valverde, Delgado, Quintana, José María Jiménez, Olano, Lastras, Erviti e Iván Gutiérrez. Si el calendario se desplazara hacia una primavera de clásicas y etapas de emboscada, quizá cambiaría a Nairo o al Chava por Rui Costa o incluso por Julián Gorospe. Pero para mirar al pelotón a la cara durante tres semanas y hacerle sentir que cualquier terreno pertenece a la casa navarra, no encuentro una alineación mejor.
Abarca siempre ha tenido algo que el ciclismo moderno ha ido perdiendo: paciencia para fabricar una personalidad. Eso explica que el equipo más antiguo del pelotón, como recordó El País en su cuarenta aniversario, también sea uno de los que mejor ha entendido el Tour, la Vuelta y la propia idea de permanencia (https://elpais.com/deportes/2019/11/21/actualidad/1574359050_166661.html). El mejor nueve de su historia no sale, al final, de una hoja Excel. Sale de aceptar que esta estructura no solo ha acumulado victorias. Ha creado un idioma. Y en ese idioma, el verbo principal casi siempre ha sido el mismo: correr con sentido.