Movistero
Equipos ficticios

Qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie

· 14 min · 2993 palabras

# La tesis: el Movistar que no soltó el manillar La fantasía tiene truco, pero conviene ponerle reglas antes de pedir otra ronda.

La pregunta cae sobre la barra como caen las cosas peligrosas: sin ruido y con una media sonrisa. ¿Qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie? Al principio parece una broma de noche larga, de esas que se dicen con un Tour viejo en la televisión y una servilleta húmeda haciendo de pizarra. Luego empiezan los nombres.

Richard Carapaz. Mikel Landa. Marc Soler. Matteo Jorgenson.

Carlos Verona. Oier Lazkano. Alex Aranburu. Y el chiste deja de hacer gracia porque, de pronto, sobre la mesa aparece un equipo que no existe, que nunca pudo existir del todo, pero que tendría el aire amenazante de las plantillas que obligan al resto a mirar dos veces la lista de dorsales.

La fantasía necesita una verja, porque si se deja abierta acaba entrando Miguel Indurain con el casco de la crono de Luxemburgo, Perico Delgado con su sonrisa de domingo y Alejandro Valverde ganando un repecho con la edad que le apetezca. Este juego no va de resucitar santos. Va de imaginar el Movistar masculino de 2026 si Abarca Sports hubiera retenido a sus mejores corredores activos o todavía aprovechables de su era reciente, sin convertir la nostalgia en espiritismo. Los retirados quedan donde deben: en la pared, en la memoria, en la forma que tiene la casa de contar su propia historia.

Los que nunca fueron profesionales del equipo, como Juan Ayuso o Carlos Rodríguez, sirven para explicar otra cosa: la prisa con la que el talento español se escapa hoy de cualquier mano que no cierre pronto el puño. Lo curioso es que el punto de partida real no es pequeño. Movistar cuenta en su propia web que en 2026 alcanza su temporada número 47 consecutiva en la élite, con 27 corredores en el equipo masculino, 17 corredoras en el femenino y una Academy de 12 ciclistas. La misma casa presume de más de mil victorias masculinas, más de cien femeninas, seis números uno mundiales por equipos y una línea de patrocinadores sorprendentemente corta para casi medio siglo: Reynolds, Banesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y Telefónica.

Pocos equipos han cambiado tanto de bicicleta, de país, de idioma y de manera de competir sin dejar de ser reconocibles. Esa continuidad es la que vuelve cruel la pregunta. No se fantasea igual con un edificio levantado ayer que con una casa donde todavía huele a taller, a banco, a hotel de concentración y a café de coche de equipo. Abarca nació con un nombre que parecía de aluminio, Reynolds, y llegó a Movistar con un nombre de fibra óptica, datos y presentaciones iluminadas.

Entre medias estuvo Banesto, que para muchos españoles no fue solo un patrocinador sino una forma de mirar julio. En 1989 ya se veía el guion en miniatura: Perico ganó la Vuelta, Indurain asomó en el Tour con su primera victoria pirenaica y Banesto apareció en escena como quien entra en una habitación que pronto va a ser suya. Dos años después, Indurain ganó su primer Tour. En 1995 cerró el quinto y añadió el Mundial contrarreloj de Colombia, como si el poder necesitara también una firma notarial contra el reloj.

El equipo no solo ganaba. Fabricaba autoridad. Después vinieron los años menos rectos, que también forman parte de cualquier biografía larga. Illes Balears.

Caisse d’Epargne. Óscar Pereiro con el Tour más extraño que ha conocido la sobremesa española. Valverde convertido en una costumbre de abril, de agosto, de octubre. Y luego Telefónica, con otro azul y otra genealogía.

Nairo Quintana ganó el Giro de 2014 y logró que Boyacá, Colombia y media América Latina sintieran aquella camiseta como algo íntimo. Movistar lo llamó entonces el sueño cumplido de su proyecto. Cuatro años después, Valverde ganó el Mundial de Innsbruck tras una vida persiguiendo el arcoíris, Soler levantó la París-Niza y Carapaz empezó a dejar de parecer un gregario de lujo para convertirse en otra cosa. En 2019, el ecuatoriano ganó el Giro y Movistar se llevó la clasificación por equipos en las tres grandes.

Leído ahora, ese dato tiene la rareza de una postal enviada desde un país que ya no existe. La lista de los que se fueron duele porque no es abstracta. Tiene nombres, años y camisetas nuevas. Carapaz salió hacia Ineos en 2020 después de ganar el Giro vestido de Movistar.

Landa se fue a Bahrain ese mismo año. Miguel Ángel López abandonó la casa tras aquel 2021 que acabó con el desconcierto pegado a las paredes. Soler tomó rumbo UAE en 2022. Jorgenson se marchó a Visma en 2024.

Verona firmó por Lidl-Trek ese mismo año. Lazkano pasó a Red Bull-Bora en 2025. Aranburu acabó en Cofidis también en 2025. AS reunió esa enumeración al contar el fichaje de Lazkano por el equipo alemán, y vista seguida parece menos una tabla de mercado que una radiografía de época.

En cada salida hay una explicación distinta, pero juntas dibujan el mismo problema: una estructura puede ver el talento, formarlo, pulirlo y aun así no llegar a retenerlo cuando el precio sube o el proyecto de otro promete más sitio, más dinero o más futuro. Carapaz fue la pérdida del ganador grande. En el Giro de 2019, Movistar contaba cómo Landa trabajaba para él en los Dolomitas mientras el equipo defendía una renta de 1:54 antes de la etapa decisiva. Aquello tenía una belleza rara: dos líderes posibles, una carretera enorme y un ecuatoriano que había encontrado el punto exacto entre paciencia y cuchillo.

Landa fue otra clase de pérdida, más emocional. Es el corredor que enciende una carrera incluso cuando no la gana. No siempre remata, no siempre ordena su propio talento, pero cambia la temperatura del día. Soler fue el ciclista indócil que en UAE se convirtió en soldado de lujo y francotirador ocasional, un hombre capaz de parecer descolocado hasta que la etapa se rompe y se entiende que quizá la había estado rompiendo él.

Verona fue la salida silenciosa, la que no llena portadas pero vacía pasillos. Un gregario así no se echa de menos en enero, cuando se presenta la plantilla, sino en la tercera semana de una grande, cuando el líder necesita una rueda conocida y el resto mira hacia otro lado. Aranburu se llevó una presencia que Movistar necesitaba en carreras de un día, allí donde el equipo ha parecido demasiadas veces visitante. Lazkano fue la pérdida de la fuerza bruta, aunque su caso obliga a escribir con cuidado: El País recogió su suspensión provisional por anomalías en el pasaporte biológico, una circunstancia que impide tratar su nombre como una pieza limpia de mercado hasta que la vía reglamentaria termine.

La ficción puede exagerar presupuestos, calendarios y egos. No puede saltarse la elegibilidad. Y está Jorgenson, que quizá es el nombre que más escuece porque se fue antes de ser lo que ahora parece. En Movistar ya se veía el tamaño del corredor, pero en Visma encontró una arquitectura para su talento.

Ganó la París-Niza de 2024, repitió en 2025 y se llevó la Dwars door Vlaanderen de 2024. Eso no lo hace cualquiera. Ese palmarés dice que puede disputar una general de una semana, correr sobre adoquines, entender una clásica nerviosa y no perder la compostura cuando la carrera se convierte en una discusión a gritos. Visma no lo inventó, pero le dio forma.

Esa es la herida: no haber perdido a un campeón hecho, sino a un corredor en el momento exacto en que empezaba a saber quién era. Si el presupuesto, el reglamento y la convivencia permitieran una plantilla de treinta, el Movistar que no perdió a nadie tendría una pinta casi indecente. Estarían Carapaz, Enric Mas, Cian Uijtdebroeks, Landa, Nairo Quintana, Soler, Jorgenson, Einer Rubio, Juanpe López, Javier Romo, Jefferson Cepeda, Pablo Castrillo, Verona, Davide Formolo, Iván Romeo, Aranburu, Iván García Cortina, Orluis Aular, Natnael Tesfatsion, Carlos Canal, Roger Adrià, Gonzalo Serrano, Raúl García Pierna, Nelson Oliveira, Filip Maciejuk, Lorenzo Milesi, Albert Torres, Jorge Arcas, Pelayo Sánchez y Lazkano solo si su situación reglamentaria lo permitiera. Si no pudiera competir, el hueco pediría a Jon Barrenetxea o a Diego Pescador, según la dirección quisiera más golpe inmediato o más paciencia.

La columna de grandes vueltas asustaría. Carapaz tendría el Giro como territorio natural, porque allí ya ganó y porque sus mejores días nacen cuando la carrera parece ordenada solo para que alguien la desordene. Enric Mas seguiría siendo el hombre de Tour y Vuelta, no por brillo teatral sino por una virtud menos vistosa y más difícil: sabe vivir tres semanas al borde del precipicio sin caerse del todo. Cian Uijtdebroeks sería el contrato con el mañana.

Movistar lo fichó hasta 2029 después de su Tour de l’Avenir de 2022, de vestir el blanco en el Giro de 2024 y de ganar el Tour de l’Ain en 2025. No se ficha eso para decorar una sala. Se ficha para cambiar el centro de gravedad de los próximos cuatro años. Nairo ocuparía otro papel, más delicado que estadístico.

En marzo de 2026 se informó de que este sería su último año como profesional, con la Vuelta como despedida prevista. En este equipo imaginario no sería tanto un jefe de filas como una memoria viva, un escalador de apoyo con autoridad moral, el hombre que todavía podría decir algo en un puerto cuando los jóvenes ya no escuchan a nadie. Landa habitaría esa penumbra donde siempre ha sido más peligroso: libre si la carrera se abre, útil si hay que atacar lejos, amenazante si nadie lo mira durante diez kilómetros. Soler sería la bisagra.

Demasiado bueno para reducirlo a gregario, demasiado irregular para construirle una temporada entera, perfecto para prender fuego a una etapa que parecía escrita por un funcionario. La servilleta del bar repartiría el calendario con una mezcla de ambición y pecado. El Giro saldría con Carapaz, Nairo, Rubio, Formolo, Verona, Oliveira, Milesi y Pelayo Sánchez. Montaña, experiencia, un punto italiano, oficio contra el viento y suficiente instinto de fuga para no vivir encadenados a una sola clasificación general.

Si Carapaz llega bien, se corre para ganar. Si no, se corre para que nadie duerma tranquilo. El Tour llevaría a Mas, Uijtdebroeks, Jorgenson, Soler, García Cortina, Romeo, Raúl García Pierna y Arcas. Es un ocho moderno, casi raro: Mas aporta jerarquía, Cian aprende sin esconderse, Jorgenson permite competir como compiten los equipos que tienen varias llaves, Soler rompe etapas, Romeo y Raúl protegen contra el reloj y en el llano, Cortina pelea colocación y Arcas pone cemento navarro donde haga falta.

La Vuelta sería el exceso sentimental. Mas o Cian, según el desgaste del año. Landa si llega con hambre. Nairo para despedirse.

Pablo Castrillo, Javier Romo, Juanpe López, Cepeda, Serrano y Canal para convertir cada media montaña en un juicio pequeño. Movistar siempre ha tenido con la Vuelta una relación de familia: a veces entra por la puerta grande, a veces discute en la cocina, pero nunca parece un invitado. Allí el equipo no necesita fingir pertenencia. La tiene.

Las clásicas, por una vez, tendrían dientes. Jorgenson para Flandes, E3, Dwars, Amstel y Lieja. Aranburu para San Sebastián, Plouay, Canadá y los finales donde se gana con piernas, sí, pero también con la sangre fría de no arrancar tres segundos antes. García Cortina para el adoquín y los sprints recortados.

Aular y Tesfatsion para días rápidos con repecho. Lazkano, si pudiera estar, para ese ciclismo de irse cuando falta demasiado y dejar al pelotón mirándose con la sospecha de que alguien acaba de romper una norma no escrita. Movistar no ganaría todas esas carreras, claro. Nadie lo hace.

Pero dejaría de entrar en muchas de ellas con cara de pedir permiso. El primer cambio sería el reparto de liderazgo. El equipo no dependería de un solo Enric Mas para justificar julio ni de un solo fichaje para vender futuro. Tendría una cartera de líderes, y eso en el ciclismo actual vale casi tanto como el mejor escalador.

Una caída, una gastroenteritis, una mala crono o un virus no tirarían la temporada al suelo. El segundo cambio estaría en los puntos UCI. La UCI registró 18 WorldTeams masculinos para 2025 y recordó que aquel ciclo de licencias terminaba antes de reasignar plazas para 2026-2028. En ese marco, una etapa menor, un top ten escondido o una clásica francesa ganada en marzo pesan más de lo que admite la épica.

Un Movistar con Jorgenson, Carapaz, Aranburu, Soler y, si correspondiera, Lazkano habría sumado en carreteras donde a menudo ha tenido que sobrevivir. El tercer cambio sería cultural. Durante años, Movistar ha sido una estructura de continuidad, oficio y relaciones largas. El ciclismo actual premia una agresividad distinta: detectar antes, firmar antes, pagar antes, acompañar antes y decidir antes.

La Academy de 2026 nace precisamente ahí, como respuesta a la sensación de que el mercado estaba llevándose a los chicos antes de que Pamplona pudiera llamarles a la puerta. La presentación oficial habló de 12 corredores de entre 17 y 21 años, seis países y un puente hacia el WorldTour. La palabra puente se usa mucho y a veces no significa nada. Aquí sí.

Un equipo que ha visto marcharse a tanto talento necesita acercarse al origen de la corriente, no lamentarse cuando el río ya desemboca en otro sitio. La plantilla ficticia tendría ventajas evidentes. Carapaz ya demostró que puede ganar una grande. Mas sabe rondar podios aunque sufra con la etiqueta de salvador permanente.

Cian compra futuro con contrato largo. Landa y Nairo añaden experiencia, cicatrices y esa clase de respeto que no se entrena. Jorgenson abre una puerta contemporánea, la del corredor total que puede pelear una general corta, una clásica y una etapa torcida sin cambiar de idioma competitivo. En carreras de un día, Aranburu, García Cortina, Aular, Tesfatsion, Canal y Adrià darían una densidad que el equipo ha necesitado muchas primaveras.

Para Telefónica, además, el mapa sería magnífico: Ecuador con Carapaz, Colombia con Nairo y Rubio, Venezuela con Aular, Eritrea con Tesfatsion, Estados Unidos con Jorgenson, Bélgica con Cian y España con Mas, Romeo, Cortina, Aranburu, Lazkano y compañía. Un patrocinador global no mira eso como una postal. Lo mira como alcance. Pero el equipo también sería un problema caro, delicado y lleno de esquinas.

Retener a Carapaz después del Giro de 2019, a Jorgenson después de su explosión, a Landa en plena madurez, a Soler con UAE llamando y a Lazkano con Red Bull-Bora en escena habría exigido un presupuesto de otra liga. En el WorldTour, el romanticismo no paga las nóminas ni alarga contratos cuando otros llegan con más ceros y más promesas. Luego está el calendario. Tres grandes, cinco monumentos, vueltas de una semana, carreras españolas, compromisos del patrocinador, puntos UCI.

Todos quieren días buenos. Nadie sueña de niño con llegar al Tour para llevar bidones si cree que puede ser top ten. La convivencia sería el otro campo de minas. Movistar ya vivió años con Nairo, Valverde y Landa, y aquella experiencia enseñó que juntar líderes no siempre suma.

A veces multiplica silencios, tácticas dobles, gestos en el autobús y frases que parecen inocentes hasta que alguien las escucha dos veces. Un equipo con Carapaz, Mas, Cian, Landa, Nairo, Jorgenson y Soler necesitaría una dirección deportiva con pulso de cirujano. También habría límites reputacionales. Miguel Ángel López no puede entrar en esta alineación pese a su valor deportivo de entonces, porque la UCI le impuso una suspensión de cuatro años hasta el 24 de julio de 2027 por uso y posesión de una sustancia prohibida.

Lazkano solo puede figurar con asterisco mientras su situación siga abierta. La ficción admite plantillas imposibles. La credibilidad no. La moraleja no es que Movistar haya sido torpe por no quedarse con todos.

Sería una lectura cómoda y bastante injusta. La lección es más incómoda: Abarca ha tenido buen ojo muchas veces, pero el ciclismo ya no premia solo el buen ojo. Premia la velocidad para cerrar contratos, la capacidad de crear un camino de desarrollo, la ciencia diaria del rendimiento, los bloques especializados, los calendarios hechos a medida y una gestión del talento mucho más agresiva que la de otra época. Ineos compró a Carapaz cuando ya era campeón del Giro.

UAE no inventó a Soler, pero lo metió en una maquinaria donde su energía encontró sentido. Visma no hizo bueno a Jorgenson de la nada, pero le dio un molde donde dejó de parecer una promesa grande para parecer un corredor grande. Por eso la Academy importa más que cualquier sueño de bar. No garantiza que Movistar vaya a retener al próximo fenómeno ni que cada chico de 18 años acabe subiendo un puerto con la serenidad de un veterano.

Garantiza otra cosa: que la casa intenta llegar antes, hablar antes, formar antes, estar presente antes de que otros ofrezcan una vida entera envuelta en un contrato. Para una estructura con 47 temporadas consecutivas en la élite, la nostalgia puede ser una tentación peligrosa. La memoria sirve si empuja hacia delante. Si solo sirve para contar pérdidas, acaba convirtiendo cada fichaje ajeno en una pequeña derrota propia.

El Movistar que no hubiese perdido a nadie sería uno de los equipos más completos del pelotón: Carapaz para ganar o dinamitar grandes vueltas; Mas y Cian para sostener el presente y el futuro; Jorgenson para modernizarlo todo; Landa y Nairo para darle alma; Soler, Aranburu, Rubio, Verona, Romeo, Cortina y Castrillo para que cada carrera tuviera argumento. También sería demasiado caro, demasiado complejo, demasiado lleno de corredores que merecen libertad. Precisamente por eso la fantasía funciona. Enseña que la historia reciente de Movistar no es una ruina de talento perdido, sino la de una casa vieja que ha producido más ciclistas de los que podía retener.

La pregunta no es solo qué equipo tendría si no hubiese perdido a nadie. La pregunta que queda sobre la barra, cuando se apaga la televisión y el Tour antiguo vuelve a ser una mancha de luz, es si dentro de diez años estaremos diciendo lo mismo con otros nombres.