Movistar y la Operación Puerto
**Polémicas | Movistar y la Operación Puerto: la sombra que aprendió a pedalear al lado del coche** **La foto que nunca sale sola** Para entender la relación...
La víspera de un Tour siempre huele a linimento, a café malo de hotel y a nervios de mecánico con las manos negras. En 2006 olía también a juzgado. Había bicicletas apoyadas en camiones, dorsales preparados, directores hablando por teléfono en voz baja y corredores que habían llegado a Estrasburgo para disputar la carrera más grande del año y descubrieron que la primera etapa no iba a empezar en la carretera, sino en los papeles de la Guardia Civil. Jan Ullrich, Ivan Basso y Francisco Mancebo quedaron fuera antes de que el pelotón pisara el primer kilómetro.
El Tour arrancó con una clasificación general amputada. Nadie sabía todavía cuánto iba a durar aquella sacudida. Lo que sí se sabía era que el ciclismo acababa de encontrar otra palabra para su miedo: Puerto. Movistar no se llamaba Movistar cuando explotó la Operación Puerto.
Ese matiz importa, porque la precisión es la única defensa decente cuando se escribe sobre dopaje. En mayo de 2006, la vieja estructura de Eusebio Unzué corría como Caisse d’Epargne-Illes Balears, después de haber sido Reynolds, Banesto, iBanesto.com e Illes Balears. Abarca Sports ya cargaba entonces con una biografía larga, demasiado larga para elegir solo los capítulos luminosos. Había aprendido a ganar con Perico Delgado, se había hecho imperio con Miguel Indurain y había sobrevivido al cambio de siglo como sobreviven los equipos grandes: mudando de maillot sin cambiar del todo de piel.
Cinco años más tarde, Telefónica pondría el azul de Movistar sobre esa misma casa. El patrocinador llegaba nuevo. La historia no. La Operación Puerto empezó oficialmente con una escena casi de novela negra madrileña: Manolo Saiz, director del Liberty Seguros, detenido el 23 de mayo de 2006 cerca de una clínica, con dinero encima, mientras la Guardia Civil tiraba del hilo de Eufemiano Fuentes.
La cronología de Cyclingnews fijó aquel día como el primer fogonazo. Después aparecieron las bolsas, los alias, los calendarios, los medicamentos, las neveras y las frases escritas para que parecieran otra cosa. Velo/Outside publicó meses después que la policía había incautado esteroides, hormonas, EPO, casi cien bolsas de sangre congelada y material para tratar sangre en una clínica madrileña. Los informes hablaban de hasta 56 ciclistas vinculados a la trama.
Era mucho más que una lista de nombres. Era una manera de competir. El dopaje sanguíneo se puede explicar con bata blanca, pero se entiende mejor con una imagen doméstica y terrible. Un corredor llega a su punto alto de forma, se le extrae sangre, esa sangre se guarda como se guarda una promesa en frío y, antes de la gran carrera, vuelve al cuerpo para que el oxígeno circule con una eficacia que no pertenece al entrenamiento.
La bicicleta no pesa menos. El puerto no se acorta. La mentira está dentro del organismo, en la capacidad de sufrir un poco más tarde que los demás. Puerto enseñó que el dopaje ya no era solo el pinchazo furtivo de un corredor asustado en el baño de un hotel.
Había médicos, claves, pagos, citas, material de conservación y una contabilidad paralela en la que las bolsas valían más que los recibos. Para Abarca Sports, la sacudida no llegó como una redada en la puerta del autobús. Caisse d’Epargne no fue señalado como el núcleo operativo de Fuentes ni recibió el golpe principal de la investigación. Esa distinción también importa.
La polémica que une a Movistar con Puerto no nace de una imputación colectiva contra la estructura, sino de algo más lento y más incómodo: la continuidad. El equipo atravesó aquellos años, siguió compitiendo y acabó construyendo buena parte de su relato moderno alrededor de Alejandro Valverde, el corredor que mejor encarna la línea que une Puerto con el Movistar de la década siguiente. En esa línea hay derecho deportivo, memoria, rendimiento y una pregunta que nunca se deja responder del todo: ¿cuánto pesa una sanción cumplida cuando el caso que la produjo nunca cerró bien? Valverde no fue un nombre lateral en la historia de Movistar.
Fue su cara. El murciano corría con esa mezcla de instinto, colmillo y elasticidad competitiva que permite ganar una clásica en las Ardenas, una etapa nerviosa, una general de una semana o un sprint reducido después de seis horas de castigo. Parecía hecho para el remate. Para el repecho exacto.
Para esa curva final en la que un corredor no piensa, recuerda. Pero su nombre también quedó atado al alias “Valv. Piti”, una de las marcas más conocidas de Puerto. En enero de 2007, la prensa española ya apuntaba vínculos entre Valverde y Fuentes, como recogió Cyclingnews.
Más tarde llegó la pieza que terminó de cerrar el cerco: una muestra tomada al corredor durante el Tour de 2008 en Italia fue comparada con una bolsa incautada en la operación. La cadena probatoria tardó años en consolidarse, pero terminó en sanción. Primero fue Italia, en 2009, con una suspensión de dos años en su territorio. Después llegó el alcance mundial, confirmado en 2010.
Valverde quedó fuera de la competición hasta finales de 2011. No cayó por una confesión larga ante las cámaras ni por una detención espectacular. Cayó por una prueba que viajó despacio entre jurisdicciones, laboratorios y tribunales. Esa lentitud creó un clima raro, casi viscoso.
Para muchos aficionados, la sanción llegó tarde y dejó la impresión de que el deporte había ido detrás de la evidencia con los cordones desatados. Para otros, la norma había hablado y el corredor tenía derecho a regresar cuando el castigo terminara. El ciclismo, que a menudo exige pureza con la boca y resultados con los ojos, se encontró otra vez frente a su contradicción favorita. Cuando Valverde volvió, volvió a casa.
Movistar ya había tomado el relevo como patrocinador principal y Unzué lo recibió sin esconder la apuesta. Velo/Outside contó en noviembre de 2011 que el director confiaba en que el corredor recuperara su nivel y que Valverde había seguido entrenando durante la sanción. La escena se puede imaginar sin cargarla demasiado: el corredor entrando de nuevo en la concentración, los auxiliares saludando con naturalidad, los compañeros midiendo el peso real del regreso, las cámaras esperando una frase que no resolviera nada. Había un maillot nuevo, un patrocinador grande y una estructura histórica dispuesta a competir.
También había una mochila. Movistar no fichaba solo piernas. Recuperaba un talento enorme con un pasado que nunca iba a quedarse en el garaje. El regreso fue, deportivamente, un éxito rotundo.
Valverde volvió en 2012 y no regresó como una reliquia sentimental ni como un veterano agradecido por la última oportunidad. Volvió para ganar. Ganó etapas, clásicas, vueltas, podios, puntos, autoridad. Ganó tanto que la conversación empezó a desplazarse.
Al principio cada triunfo llevaba pegada la sombra de Puerto; luego esa sombra se fue acostumbrando a pedalear a su lado, como el coche del director en una subida larga. En 2018, cuando se proclamó campeón del mundo en Innsbruck, el arco deportivo parecía perfecto: el talento castigado, el regreso, la resistencia, la gloria tardía con el arcoíris sobre los hombros. Era una historia magnífica para el deporte y dificilísima para la memoria. La justicia española tampoco ayudó a cerrar la herida.
Puerto se investigó, en su origen, como un asunto de salud pública, no como un procedimiento antidopaje pensado para limpiar resultados y sancionar deportistas. Esa diferencia, que en una mesa de café parece una filigrana legal, cambió el destino del caso. Las federaciones querían pruebas para actuar. Los jueces trabajaban con otros plazos, otros delitos y otros límites.
En octubre de 2006, la Real Federación Española de Ciclismo cerró expedientes disciplinarios contra ciclistas implicados porque una resolución judicial impedía utilizar documentos de la investigación con fines deportivos. Cyclingnews lo recogió entonces: los corredores quedaban libres para competir, aunque se dejaba abierta la opción de reabrir casos. Aquello no sonó a absolución. Sonó a atasco.
El aficionado veía nombres filtrados, bolsas numeradas, claves casi infantiles, exclusiones del Tour, informes policiales y titulares de medio mundo, pero no veía una respuesta proporcional. Velo/Outside lo condensó seis meses después con una fórmula amarga: mucho humo y poco fuego. La Agencia Mundial Antidopaje se desesperó durante años con los tribunales españoles. En 2009, su presidente, John Fahey, criticó la negativa de un juzgado a entregar las bolsas incautadas, porque ese material podía servir para identificar a más deportistas.
El deporte quería abrir la nevera. La justicia discutía si podía hacerlo. Mientras tanto, el calendario avanzaba con la indiferencia cruel de los calendarios: carreras corridas, contratos firmados, corredores retirados, memoria cada vez más difícil de ordenar. El juicio llegó en 2013, siete años después de las detenciones.
Fuentes fue condenado a un año de prisión suspendida por delito contra la salud pública y recibió cuatro años de inhabilitación médica. Ignacio Labarta recibió una condena menor. Yolanda Fuentes, Vicente Belda y Manolo Saiz fueron absueltos. Pero la imagen que dejó helado al ciclismo no fue solo la sentencia, sino la decisión de no entregar entonces las 211 bolsas de sangre de 35 personas a las autoridades antidopaje para identificar a los deportistas.
La prueba estaba allí, tangible, fría, con ADN y posibles nombres. Era la caja negra del avión en una sala cerrada mientras fuera se discutía quién tenía derecho a escucharla. En 2016, otra resolución impidió la destrucción de las bolsas y ordenó entregarlas a autoridades como la UCI y la WADA. Ya era tarde para casi todo.
Cyclingnews apuntó que las sanciones resultaban muy improbables por los plazos de prescripción. El caso había sobrevivido a sus propias consecuencias. Esa es una de las razones por las que Puerto sigue apareciendo en cualquier conversación seria sobre el ciclismo español de los dos mil. No porque todo quedara probado, sino porque mucho quedó suspendido.
No porque todos los nombres fueran publicados, sino porque demasiados no lo fueron. Una verdad parcial puede ser más corrosiva que una mentira completa. Eufemiano Fuentes terminó convertido en un personaje casi literario, el médico que parecía saber más de lo que decía y que hablaba con la tranquilidad de quien había vivido durante años en un sótano conocido por demasiada gente. En 2021, antes de una entrevista televisiva con Jordi Évole, Cyclingnews recogió algunas frases del avance.
Fuentes decía que había empezado a dopar deportistas incluso antes de los Juegos de Barcelona 1992 y que le habían pedido resultados sin positivos. También soltó una respuesta que sonaba a ganzúa: “Defina dopaje”. Esa frase no era una ocurrencia. Era el retrato de una época en la que el rendimiento, el silencio y la limpieza estadística parecían formar parte del mismo encargo.
Cyclingnews recordó además que, con el tiempo, 36 atletas fueron vinculados a Fuentes mediante pruebas de ADN, aunque muchos nunca serían nombrados ni castigados. Ahí está la parte incómoda para cualquier estructura que atravesara aquellos años. Puerto no fue solo la historia de un médico clandestino y varios clientes imprudentes. Fue el síntoma de una cultura donde los resultados pedían atajos y los atajos buscaban cobertura técnica.
Movistar, como marca, llegó después de la explosión inicial. Abarca Sports, como casa deportiva, ya estaba en el paisaje. Esa diferencia protege de la acusación fácil, pero no borra la responsabilidad de contar bien la propia biografía. Cuando una estructura presume con razón de continuidad, de raíces y de una historia que va de Reynolds a Banesto y de Indurain al presente, también debe aceptar que la continuidad no solo conserva vitrinas.
Conserva sombras. El argumento más sólido a favor de la decisión de Movistar con Valverde es sencillo: el deporte tiene reglas finitas. Si un corredor cumple una sanción y puede volver, un equipo puede contratarlo o recuperarlo sin vulnerar la norma. Convertir cada castigo en una inhabilitación social perpetua sería sustituir el reglamento por una asamblea emocional, y el deporte profesional no puede vivir solo de estados de ánimo.
También hay un argumento humano: Valverde perdió dos años de competición, regresó expuesto a controles más modernos y sostuvo durante una década un nivel extraordinario. Para una parte de la afición, esa segunda carrera fue una prueba de talento y resistencia. Para Movistar, fue una columna competitiva en el momento exacto en que necesitaba construir una identidad reconocible. El argumento contrario también es fuerte.
Cuando el corredor bandera de un equipo vuelve de una sanción ligada al mayor escándalo de dopaje del deporte español, la marca hereda la conversación aunque no haya financiado la época de los hechos. Movistar compró victorias, presencia y carisma, pero también aceptó que cada repaso a Puerto pronunciara otra vez el nombre de Valverde. El riesgo no era solo reputacional. Era cultural.
Un equipo que abraza sin demasiada fricción a un sancionado importante puede transmitir que el talento acaba pesando más que el daño causado a la confianza pública. No hace falta decirlo en una rueda de prensa. A veces basta con entregarle el liderazgo, el calendario y el dorsal. La dificultad está en que Valverde fue, al mismo tiempo, problema y solución.
Pocos corredores han dado tanto al Movistar moderno. Pocos han generado una relación tan intensa con el aficionado español, que en él veía oficio, ambición, veteranía y una manera casi artesanal de leer las carreras. El ciclismo necesita personajes así, corredores que sepan ganar cuando la carrera se estrecha y todo depende de un gesto mínimo. Pero la memoria también exige nombrar el precio.
La admiración no obliga a la amnesia. Se puede reconocer la grandeza deportiva de Valverde y aceptar que su regreso dejó una pregunta abierta sobre cómo se reconstruye la credibilidad después de una sanción. Las dos cosas caben en la misma frase, aunque incomoden. Puerto mordió durante años a nombres enormes.
Basso fue apartado del Tour de 2006, admitió su implicación y recibió sanción. Michele Scarponi confesó y también fue castigado. Ullrich quedó vinculado por pruebas y procedimientos posteriores, con una sanción del TAS en 2012. Valverde cumplió la suya hasta finales de 2011.
Cada caso tuvo matices, defensas, tiempos y expedientes distintos, pero todos explican el tamaño del caso. Puerto no fue un rumor de verano ni una conspiración de pasillo. Fue un archivo que siguió abriéndose cuando muchos ya querían cerrar la puerta. La carrera seguía.
La hemeroteca también. Por eso la relación entre Movistar y la Operación Puerto no puede escribirse con brocha gorda. Movistar no fue Puerto. Decirlo así sería injusto, perezoso y falso.
Pero Movistar, como heredero de Abarca Sports, no puede contar su historia moderna sin pasar por esa puerta estrecha. El patrocinador llegó después, pero la estructura venía de antes. Valverde cumplió su sanción y volvió legalmente, pero su caso nació de aquella investigación. La justicia española resolvió tarde, las bolsas tardaron una década en salir del cajón y el deporte recibió la verdad cuando muchas consecuencias ya se habían evaporado.
En medio de todo eso, el equipo eligió competir. Y compitió bien. Quizá esa sea la enseñanza más incómoda. El ciclismo nunca se detiene del todo para hacer memoria.
Repara, promete, firma códigos, cambia controles, estrena maillots, presenta jóvenes, gana carreras y deja que el pasado viaje en el coche de atrás. A veces se acerca en una subida. A veces se queda a unos metros. Con Movistar y Puerto ocurrió exactamente eso: una sombra vieja aprendió a pedalear junto a una estructura nueva, sin impedirle ganar, sin permitirle olvidar.
En el reverso de aquel maillot azul, cosida con hilo fino, seguía apareciendo una palabra que no se borraba con detergente ni con victorias: Puerto.