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Material y estilo

Las bicis de Movistar: de Pinarello a Canyon

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Material y estilo La historia que se cuenta mirando un cuadro La mudanza de Movistar Team de Pinarello a Canyon no fue un simple cambio de pegatinas en el tu...

La bicicleta nueva siempre llega antes que la costumbre. Primero aparece apoyada contra el lateral del autobús, demasiado limpia todavía, con el brillo del carbono que no ha aprendido la lengua del barro ni el olor de los frenos calientes. Después llega el corredor, la mira de reojo, pasa la mano por el manillar como quien reconoce una herramienta ajena y pregunta por la talla, por la tija, por el sillín, por esa distancia mínima que separa la comodidad del fastidio. En enero de 2014, en el azul de Movistar, esa escena tenía un peso especial.

No era una bicicleta más en un almacén. Era una Canyon. Y eso quería decir que una de las estructuras más antiguas del ciclismo europeo dejaba atrás un apellido que había entrado en la memoria sentimental de varias generaciones: Pinarello. El comunicado salió el 2 de enero, cuando el año ciclista todavía huele a concentración, a maletas abiertas y a calendarios recién impresos.

Movistar Team anunció que correría con tres modelos de Canyon: la Ultimate CF SLX 9.0 TEAM MOV y la Aeroad CF 9.0 TEAM MOV para las carreras en línea, y la Speedmax CF 9.0 TEAM MOV para la contrarreloj. Los corredores ya entrenaban con ellas antes de viajar al Tour Down Under y al Tour de San Luis. La noticia podía parecer un asunto de catálogo, pero en el ciclismo pocas cosas son solo de catálogo. Una bicicleta de equipo no es un proveedor.

Es una silueta. Es la forma que adopta un recuerdo cuando alguien lo busca años después en una foto. La gracia del cambio estaba en el choque de acentos. Una escuadra navarra, heredera de Reynolds y Banesto, con sede de gestión en Egüés y una historia que atraviesa la España ciclista desde 1980, se subía a una marca alemana nacida en Koblenz con una mentalidad muy distinta a la de la vieja nobleza italiana del cuadro de carreras.

Pinarello arrastraba una música de taller, de linaje, de curvas reconocibles y victorias acumuladas. Canyon llegaba con otro idioma: venta directa, desarrollo, túnel, datos, transferencia rápida entre la carrera profesional y la bicicleta que un aficionado podía mirar en la web después de cenar. El azul seguía siendo azul, pero el acento había cambiado. Para entender por qué importaba tanto, hay que mirar la casa completa, no solo la bicicleta.

Movistar Team no apareció de la nada con un patrocinador moderno y un manual de identidad. La estructura de Abarca Sports viene de Reynolds, siguió con Banesto, pasó por Illes Balears, se vistió de Caisse d’Epargne y desde 2011 corre bajo la marca de Telefónica. La propia web del equipo presume de ser el bloque más longevo del UCI WorldTour, y esa frase, que en otro sitio podría sonar administrativa, aquí tiene cuerpo. Quiere decir que por la misma línea familiar han pasado José Luis Laguía, Ángel Arroyo, Julián Gorospe, Pedro Delgado, Miguel Indurain, Alejandro Valverde, Nairo Quintana, Annemiek van Vleuten, Emma Norsgaard, Enric Mas, Liane Lippert o Marlen Reusser.

No todos con la misma bicicleta, no todos con el mismo ciclismo. Esa es precisamente la historia. En los primeros años de Reynolds, el material todavía no tenía la liturgia tecnológica de ahora. Había menos carbono, menos obsesión por el cable oculto y más arte de aguantar la carretera con lo que había.

La historia oficial del equipo conserva incluso la imagen del autobús Reynolds de 1981 como una pequeña diversión de aquellos tiempos, un detalle humilde y perfecto: antes de que las bicicletas fuesen objetos globales de deseo, el equipo ya viajaba con su circo azul, rojo y blanco de carreras, averías, bidones y nombres propios. La bicicleta importaba, claro, pero de otra forma. Era una máquina de oficio antes que una declaración de ingeniería. Luego entró Banesto y se abrió una puerta que cambió el aire de la casa.

En 1989 Pedro Delgado ganó la Vuelta, Indurain ganó París-Niza y una etapa del Tour en Cauterets, y el equipo se preparó para la década en la que el ciclismo español dejó de mirar al Tour como quien mira una fiesta ajena desde la acera. En los años de Indurain, la bicicleta dejó de ser un objeto entre otros y empezó a formar parte de una imagen mental casi religiosa: el maillot de Banesto, el cuerpo enorme y silencioso, la contrarreloj como ceremonia de demolición, Campagnolo, Pinarello, el gesto bajo, la carretera larga y una superioridad que no necesitaba teatro. Muchas marcas ganan carreras. Algunas acaban pareciendo responsables de una época.

Pinarello ocupó ahí un lugar que no se explica solo por la técnica. Para un aficionado español, una Pinarello de Banesto puede funcionar como una estampita pagana. No hace falta que esté en movimiento. Puede estar apoyada contra una pared y aun así parece que viene de ganar.

Las formas italianas de la marca, sus horquillas con personalidad, sus cuadros de presencia casi escénica, se mezclaron con el recuerdo de Indurain hasta el punto de que el material y el mito quedaron soldados. Cyclingnews publicó en septiembre de 2013 que Movistar no seguiría con Pinarello y que se cerraba una colaboración de unos treinta años entre el fabricante italiano y el equipo español. Treinta años. En ciclismo, eso no es un contrato.

Es una vida adulta. El cierre tuvo, además, un punto narrativo magnífico porque no llegó después de una temporada apagada. Movistar cerró 2013 como número uno del mundo. Sumó 32 victorias, diez corredores diferentes ganaron, Rui Costa se vistió de campeón del mundo, Valverde fue tercero en la Vuelta y Quintana sacudió el Tour con una naturalidad que parecía insolente: segundo en la general, vencedor en Semnoz y dueño del maillot de la montaña.

La última temporada de Pinarello no fue una despedida en voz baja, sino una salida por la puerta grande. Eso hace que la transición pese más. Se cambia de bicicleta después de ganar, no para disimular una derrota. La Pinarello Dogma 65.1 Think 2 de Quintana en aquel Tour de 2013 parece hoy una cápsula del tiempo.

Cyclingnews la fotografió con 6,89 kilos, Campagnolo Record 11 EPS y ruedas Bora Ultra 35. Vista desde ahora, con discos generalizados, transmisiones electrónicas extendidas y cockpits convertidos en piezas de arquitectura, aquella bici guarda algo de última gran elegancia de los frenos de zapata en el imaginario WorldTour. Quintana la llevaba por los Pirineos y los Alpes con esa cara de muchacho serio que parecía no entender del todo el escándalo que estaba montando. La bici subía con él como si hubiese encontrado una escalera secreta en la montaña.

Y al invierno siguiente, Canyon. Roman Arnold, fundador y director ejecutivo de Canyon, dejó en la nota oficial del equipo una frase hecha para vivir en titulares: querían construir la mejor bicicleta del mundo. La frase tenía ambición, pero lo más revelador estaba en el método. Canyon ponía a disposición de Movistar sus modelos de gama más alta y hablaba de un trabajo intenso desde su departamento de desarrollo en Koblenz, con contacto directo con los corredores para mejorar la eficiencia.

Ahí asomaba el cambio de época. La bicicleta ya no se presentaba solo como una pieza bella y ganadora, sino como una ecuación en revisión permanente. La Ultimate, la Aeroad y la Speedmax formaban un vocabulario completo. La Ultimate era la bicicleta que uno imagina cuando piensa en respuesta, ligereza, rigidez y montaña, aunque las bicicletas modernas ya no acepten etiquetas estrechas.

La Aeroad representaba la entrada definitiva de la aerodinámica en el día a día de la carretera. Antes el aire parecía una obsesión reservada a las cabras de contrarreloj, a los cascos extraños y a las posiciones que convertían al corredor en un animal plegado sobre sí mismo. Ahora el viento cobraba peaje en todas partes. También en una etapa de media montaña.

También en una persecución que no sale en el resumen televisivo. La Speedmax era la herramienta específica para la crono, el lugar donde un corredor puede perder una general por respirar demasiado ancho o por dejar un centímetro mal negociado entre el pecho y el manillar. El encaje deportivo fue inmediato en los resultados, aunque conviene no confundir una bicicleta con una varita. En 2014 Quintana ganó el Giro y Movistar repitió como número uno del ranking WorldTour con 34 victorias.

La Canyon no ganó sola, como tampoco la Pinarello había ganado sola con Indurain. Ganaron corredores, directores, mecánicos, auxiliares, calendarios bien elegidos, piernas extraordinarias y una organización que llevaba décadas afinando el oficio. Pero la bicicleta apareció en el momento exacto para representar algo que el equipo necesitaba contar: la continuidad también podía tener forma de ruptura. Cambiar de marca no es tan sencillo como cambiar una pegatina.

Hay biomecánicas que rehacer, sensaciones que aprender, repuestos que ordenar, mecánicos que se acostumbran a nuevas tolerancias, corredores que preguntan por la rigidez de una talla concreta, por el comportamiento en bajada, por la posición en la crono, por la manera en que la bici entra en una curva cuando el asfalto está frío. Un ciclista puede aceptar que una bicicleta es magnífica y aun así necesitar semanas para sentirse en casa. A 90 por hora en un descenso, nadie piensa en la nota de prensa. La rueda delantera tiene que obedecer.

La confianza no se firma; se acumula. Canyon tenía a su favor una idea muy potente para una estructura como Movistar: la gama completa. Montaña, llano, contrarreloj. La Ultimate para los días en los que el peso y el tacto siguen mandando.

La Aeroad para aceptar que la aerodinámica ya no es una excentricidad, sino una forma de ahorrar energía desde el kilómetro cero. La Speedmax para ese teatro exacto de la crono, donde la bicicleta se parece más a una posición corporal que a una máquina independiente. La propia Canyon ha explicado que los equipos profesionales usan la Speedmax TT para las contrarreloj y que está optimizada para cortar el aire. Lo interesante es que también rechaza una norma fija para la montaña: Aeroad y Ultimate pueden aparecer en carreteras de puertos, con geometrías casi idénticas y elección según la preferencia del corredor.

Esa frase retrata mejor el ciclismo actual que muchos catálogos. Ya no hay una bicicleta buena para cada terreno. Hay una negociación entre vatios, confianza, peso, viento, postura y gusto. El salto de 2020 enseñó la nueva normalidad con una claridad casi clínica.

Movistar presentó sus Canyon Ultimate y Aeroad CF SLX Team MOV con frenos de disco y una constelación de socios que definía la bicicleta profesional contemporánea: SRAM, Zipp, Quarq, Fizik, Elite, Look, Continental, Lizard Skins y Garmin. Los discos no son solo otra manera de frenar. Cambian la arquitectura de la bici, permiten pensar en neumáticos más anchos, ofrecen una frenada más constante en mojado y dan otra tranquilidad en las bajadas largas. También traen purgados, roces, tolerancias finas y esa guerra minúscula que todo mecánico conoce cuando un disco decide cantar en el peor momento.

El grupo electrónico añadió precisión y limpieza, pero también baterías, cargadores, protocolos y la obligación de que todo esté despierto cuando empieza la carrera. El potenciómetro dejó de ser un aparato pegado a la bicicleta para convertirse en el idioma común del entrenamiento y de la competición. La bicicleta moderna habla en datos, y el corredor aprende a convivir con ellos sin dejar que le roben del todo el instinto. El viejo gesto de mirar a un rival a la cara no ha desaparecido, pero ahora convive con el número exacto en la pantalla del Garmin.

La transición de Campagnolo a SRAM en el relato visible del equipo también tiene algo de desplazamiento cultural. Banesto y Pinarello sonaban a Italia, a una tradición europea de taller, estética y linaje. Canyon, SRAM, Zipp y Quarq suenan a globalización técnica, a banco de pruebas, a una bicicleta entendida como plataforma completa. El cuadro ya no monopoliza el relato.

Las ruedas, el cockpit, los neumáticos, los discos, el potenciómetro y el ciclocomputador forman parte de la misma frase. El mecánico ya no solo limpia, engrasa y ajusta. Diagnostica. Comprueba pares de apriete.

Vigila baterías. Lee estándares. Sabe que una pieza pequeña puede convertir una bicicleta carísima en una estatua apoyada en el camión. La Canyon Aeroad CFR de Emma Norsgaard, mostrada por el equipo en enero de 2022, resume bien esa nueva manera de contar una bicicleta profesional.

El inventario parecía una ficha médica: grupo SRAM RED eTap AXS HRD, ruedas Zipp 303 NSW, tubulares Continental Competition ProLTD de 25 milímetros, pedales Look Kéo Blade Carbon, sillín Fizik, cinta Lizard Skins, bidón Elite Fly, portabidón Elite Vico Carbon, potenciómetro Quarq y Garmin Edge. La bicicleta ya no aparecía como una sola cosa, sino como un organismo compuesto. Una Aeroad CFR no es solo una aero. Es una postura, una anchura de apoyo, una huella contra el asfalto, un dato en pantalla y una lista de compatibilidades que alguien tiene que dominar antes de que la corredora llegue al desayuno.

También cambió el sujeto de la historia. La saga Reynolds-Banesto nació en un ciclismo masculino, contado con códigos masculinos y televisado de otra manera. La etapa Canyon coincide con una ampliación real de identidad: el equipo femenino de Movistar nació en 2018 y la marca alemana ha recordado que estuvo asociada al bloque desde su creación. Con Annemiek van Vleuten, el proyecto alcanzó otra dimensión.

Llegaron la plata olímpica, la primera victoria de Movistar en el Tour de Flandes, triunfos de Emma Norsgaard y una presencia constante entre las mejores. La bicicleta azul dejó de pertenecer solo a la línea sentimental que va de Delgado a Indurain, de Valverde a Quintana o de Mas a los nuevos líderes. También pertenece a Van Vleuten, Norsgaard, Lippert, Reusser y las corredoras que han ensanchado la memoria de la casa. Ese detalle no es menor.

Para una estructura tan antigua, la continuidad no puede consistir en repetir siempre la misma fotografía. Hay que ampliar el álbum. La Canyon de Movistar ya no es solo la bicicleta de un pasado masculino actualizado con discos y cables ocultos. Es la herramienta de una plantilla doble, de dos calendarios, de dos maneras de pelear por visibilidad y de una marca que encuentra en esa amplitud una historia comercial mucho más fuerte.

La tradición que no se mueve acaba pareciendo decoración. La tradición que se mueve conserva el pulso. Ahí entra otro rasgo muy Canyon: la cercanía entre la bicicleta profesional y la bicicleta que se puede comprar. La marca recuerda que las normas de la UCI obligan a que las bicicletas usadas en el pelotón estén disponibles para el público, aunque las especificaciones exactas de cada corredor puedan variar por acuerdos de patrocinio.

Esa norma abre un puente delicioso entre el autobús del WorldTour y el ciclista que una noche mira tallas, compara geometrías y se imagina con una máquina quizá demasiado buena para sus piernas, pero no para su fantasía. El ciclismo vive de esa mentira noble. Nadie compra los pulmones de Valverde ni el motor de Van Vleuten, pero durante un instante puede comprar algo que se les parece por fuera. Las páginas de outlet de Canyon con bicicletas usadas del Team Movistar ponen números y piezas a ese deseo.

Una Ultimate CF SLX Team Movistar puede aparecer con cuadro Ultimate CF SLX, horquilla F38 CF, SRAM RED AXS de 12 velocidades, frenos SRAM RED, discos de 160 y 140 milímetros, cassette Force 10-30, bielas RED AXS Powermeter 52/39, ruedas Zipp 454 NSW y tubulares Continental Sprinter de 25 milímetros. Una Aeroad CFR Team Movistar puede traer cuadro Aeroad CFR R065, Zipp 303 Firecrest, cockpit CP0018, Fizik Antares CF y pedales Look KEO Blade. Otra Aeroad CFR usada, montada con Zipp 454 NSW, Continental Podium TT de 25 milímetros y cassette 10-28, ya te está diciendo sin hablar que ha vivido en el territorio de la velocidad. Comprar una ex Movistar tiene una belleza obvia y una letra pequeña.

La belleza está en el acceso a una plataforma muy cercana a la que se ve en carrera, con componentes de primer nivel y una historia real pegada al carbono. La letra pequeña está en los tubulares, en las medidas agresivas, en los desarrollos pensados para piernas de oficio, en las piezas integradas que no se cambian con la alegría de una bicicleta de domingo. Una bici profesional usada no es una postal. Puede exigir mantenimiento, criterio y cierta humildad.

Hay sueños que vienen con par de apriete. El riesgo de la era integrada está ahí, en esa mezcla de velocidad y dependencia. Cuanto más rápida parece una bicicleta, más cerrada puede volverse. Cockpits integrados, cables ocultos, tijas propietarias, discos, anchos internos de llanta, tubeless o tubular, potenciómetros, cambios electrónicos: cada avance suma rendimiento y reduce margen para el apaño.

En el ciclismo antiguo, un mecánico con manos buenas podía salvar una tarde con recursos de taller y memoria. El mecánico actual necesita esas manos, pero también cargadores, piezas exactas, software, paciencia y una calma casi quirúrgica cuando el autobús está lleno de corredores nerviosos. La bicicleta de un profesional no puede ser rápida solo en el túnel. Tiene que ser reparable en un hotel mediocre, ajustable después de una caída y fiable bajo la lluvia, con calor, en una clásica sucia o tras un traslado imposible.

La diferencia estética entre Pinarello y Canyon cuenta la misma historia desde otro ángulo. Pinarello, sobre todo en la época Dogma, tenía una presencia reconocible al instante: curvas, horquilla Onda, asimetrías, una teatralidad italiana que parecía diseñada para ganar incluso quieta. Canyon eligió otra gramática: líneas limpias, integración progresiva, precisión menos barroca, una imagen más industrial y menos nostálgica. En el azul de Movistar, ese cambio alteró el lenguaje visual del equipo.

La bici dejó de mirar tanto hacia la memoria de Indurain y empezó a parecer una herramienta del siglo XXI, una máquina pensada para que el deseo del aficionado viajara de la televisión a una ficha técnica y de la ficha técnica a una cesta de compra. No se trata de decidir cuál era más bonita. Esa discusión puede durar una sobremesa entera y acabar sin vencedores. Pinarello y Canyon cuentan historias distintas.

Pinarello lleva a Indurain aunque uno intente resistirse. Canyon lleva al dato, al túnel, al canal directo, al retorno de los profesionales, a la bicicleta como producto global. Una habla de linaje. La otra habla de método.

Movistar ha tenido la rara suerte de vivir las dos sin que ninguna parezca impostada. Por eso el paso de Pinarello a Canyon funciona tan bien como relato de Abarca Sports. En 2013, el equipo cerró la etapa italiana como número uno del mundo, con Quintana volando en el Tour y Rui Costa vestido de arcoíris. En 2014 abrió la etapa alemana con una gama completa, ganó el Giro con Nairo y repitió liderato mundial.

No fue una mudanza triste. Fue una sucesión con ruido de cadena nueva. Las Pinarello fueron la memoria de lo que la casa había sido. Las Canyon, la herramienta de lo que Movistar quería parecer en el siglo XXI.

Entre una y otra cabe casi todo lo que hace grande a este deporte: la industria y la emoción, el dato y la superstición, el catálogo y la épica, el mecánico que aprieta en silencio y el aficionado que sigue creyendo que una bicicleta nunca es solo una bicicleta cuando alguien ha ganado, sufrido o envejecido mirándola.