Qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie
INTRODUCCIÓN Imagínate que estamos apoyados en la barra de un bar de meta, la tele en silencio con un resumen de la Vuelta y una pregunta encima de la mesa:...
El bar huele a café recalentado y a lluvia recién caída. En la pantalla, una y otra vez, se repite el mismo plano: Alejandro Valverde saltando en la cota de Saint-Nicolas, manos bajas, ese pedalear que parece sobrado cuando todos alrededor se descomponen. Es una tarde de invierno cualquiera, fuera anochece pronto, y sobre la barra hay una servilleta arrugada donde alguien ha empezado a escribir nombres. Indurain.
Quintana. Valverde. Carapaz. Van Vleuten.
Reusser. No es la típica porra de julio, ni un siete para el Tour. Es una pregunta mucho más ambiciosa, casi obscena: qué equipo tendría Movistar si no hubiese perdido a nadie. Imagínate que en esa servilleta no hubiese límite de presupuesto ni de época.
Que el Indurain de 1993 pudiera compartir autobús con el Quintana de 2013 y el Carapaz del Giro 2019. Que la Van Vleuten del Tour de 2022 se diera relevos con la Reusser actual en una crono por equipos. Que el chaval de veinte años que hoy sueña con ser Ayuso vistiera de azul desde juvenil y nunca se marchara a otro lado. Una estructura única, ininterrumpida, que durante más de cuarenta años ha ido recogiendo talento sin soltarlo jamás.
Un autobús convertido en máquina del tiempo, aparcado a las afueras de Pamplona, con la puerta abierta para cualquiera que alguna vez haya llevado ese maillot… y para unos cuantos que, en la realidad, se escaparon antes de tiempo. Para que ese juego tenga sentido hay que aceptar una premisa que no siempre se recuerda: Movistar Team no nació en 2011. Es solo la última piel de una criatura mucho más antigua. Todo arranca en 1980, con el Reynolds de aluminio patrocinando un equipo que aún se mueve en coches discretos y hoteles modestos.
Luego llega Banesto, los noventa, la burbuja del ciclismo español, los hoteles de lujo y las cunetas abarrotadas al paso de Indurain. Después, Illes Balears y Caisse d’Epargne, años de transición donde la estructura busca un nuevo relato. Finalmente, el azul telefónico. Cambian los colores, los logotipos, las tipografías, pero la empresa que mueve los hilos es la misma: Abarca Sports, desde una nave en Egüés, Navarra, con Eusebio Unzué al frente desde que la mayoría de los ciclistas actuales no habían ni nacido.
Cuarenta y siete temporadas consecutivas en la élite, solo cinco grandes patrocinadores en todo ese tiempo, más de mil cien victorias entre hombres y mujeres, ocho Tours de Francia, seis Giros, cinco Vueltas, una colección de maillots arcoíris y nacionales que llenarían por sí solos un museo. No son los números de una moda pasajera. Es la espina dorsal de la historia reciente del ciclismo español, un proyecto que ha sobrevivido a crisis económicas, sacudidas de dopaje, cambios de calendario y revoluciones tácticas. Y que hoy, en su versión más reciente, sigue rodando con normalidad: veintisiete corredores en el equipo masculino de 2026, con Enric Mas como ceñidor de la general, el fichaje de Cian Uijtdebroeks como apuesta generacional, veteranos como Nelson Oliveira dando oficio y un velocista como Orluis Aular sumando triunfos en carreras de una semana.
En el lado femenino, diecisiete ciclistas y nombres de peso como Marlen Reusser o Liane Lippert sostienen las generales y las clásicas. Por debajo, una Academy con doce chavales de entre diecisiete y veintiún años completa una pirámide que el propio equipo vende como símbolo de reconstrucción, con el patrocinio de Telefónica garantizando continuidad al menos hasta 2029. Ese es el presente real. Pero en la servilleta del bar jugamos a otra cosa.
Primera regla implícita: entra cualquiera que haya formado parte de la estructura en alguna de sus vidas anteriores, sea Reynolds, Banesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne o Movistar. Eso coloca en la misma plantilla a Miguel Indurain y Pedro Delgado, a Abraham Olano y Óscar Pereiro, a Valverde y Purito Rodríguez, a Quintana, Landa, Carapaz, Mas y una infinidad de gregarios de lujo. Segunda regla, menos ortodoxa: también tienen sitio los corredores que crecieron en el entorno navarro y español que tradicionalmente alimentó a Abarca, incluso si nunca llegaron a lucir el maillot en el WorldTour. Durante años, la ausencia de un filial propio provocó que chavales como Juan Ayuso o Carlos Rodríguez, formados en la escena nacional, saltaran directamente a estructuras extranjeras.
En el juego de la tarde lluviosa, ese agujero jamás se abre. Y la tercera regla, la que convierte la fantasía en algo casi indecoroso: solo vale la mejor versión de cada uno. No el Indurain pesado de su último Tour, sino el que sube la Croix de Fer sin levantarse del sillín mientras el pelotón se queda sin aire. No el Quintana desorientado por el cambio de ciclismo, sino el chaval que explotó en el Galibier.
No el Carapaz disperso, sino el que gana el Giro con dorsal de outsider. Subamos al hotel de concentración de este equipo imposible. En la planta de los vueltómanos, la habitación de las leyendas está escrita en letras mayúsculas. Dentro, Miguel Indurain y Pedro Delgado reviven una escena que Perico ha contado mil veces entre bromas: aquella época en la que compartían cuarto hasta que Miguel pidió cambiar porque no soportaba ver cómo su compañero cenaba con alegría mientras él contaba calorías una a una.
Hay platos imaginarios sobre la mesa, una bandeja con pasta blanca para el navarro, algo más generoso para el segoviano, y al fondo el murmullo de una televisión de tubo dando las clasificaciones de la jornada. Esa convivencia casi doméstica, entre el asceta que dominó cinco Tours seguidos y el talento díscolo que abrió el camino, explica mejor que cualquier estadística lo que significaba mandar en aquel equipo. Unos pasillos más allá, ya en otra época, se cruzan dos siluetas reconocibles: Alejandro Valverde y Joaquim Purito Rodríguez. Comparten origen en la vieja casa, pero sus caminos se bifurcan en un momento clave.
Valverde se queda, Purito se va. En esta ficción, no. El murciano, que nació clasicómano y acabó subiendo al podio del Tour, sigue siendo el corredor total que gana cuatro Liejas, se reserva para las Ardenas y, cuando la carrera lo permite, asoma de amarillo o de rojo en las grandes vueltas. Rodríguez, representa ese escalador explosivo que en la realidad voló en Katusha.
Aquí, su maillot sigue siendo azul y sus ataques en los últimos tres kilómetros de cada puerto siguen siendo la pesadilla de cualquier favorito rival. La planta se completa con nombres que construyeron los años de transición: Abraham Olano, campeón del mundo contra el crono y en ruta, reconvertido en gregario de lujo en la alta montaña; Óscar Pereiro, que heredó un Tour en uno de los capítulos más incómodos de la historia de la carrera, pero que en este universo comparte liderazgo y responsabilidades sin necesidad de debates interminables. La estructura no solo retiene a los ganadores puros, también a ese perfil intermedio que en la vida real muchas veces salió por la puerta de atrás buscando aire. Cuando las puertas del ascensor se abren hacia la era Movistar, el pasillo se vuelve más estrecho porque hay demasiados capos.
Nairo Quintana, con el recuerdo del maillot blanco de mejor joven y un aura de mesías latinoamericano, sigue siendo el símbolo de aquella primera gran apuesta por la general en el siglo XXI. A su lado camina Mikel Landa, siempre a medio camino entre líder absoluto y lugarteniente con licencia. Más atrás, Richard Carapaz, ganador del Giro de 2019, que en la historia real se fue a probar fortuna con otro escudo en el pecho. Aquí, el ecuatoriano sigue ocupando un asiento en primera fila del autobús.
Cerrando la fila, Enric Mas, heredero de una época menos propicia para los escaladores puros, pero encargado de sostener el relato de las grandes vueltas cuando el resto ya acumula kilómetros en las piernas. Y aún falta una generación entera por añadir. En la vida real, Juan Ayuso se formó en España pero terminó explotando como líder en UAE. Carlos Rodríguez, granadino, modeló su carrera juvenil hasta convertirse en pilar de Ineos.
Ninguno pasó por el WorldTour de Abarca. En nuestro juego, ambos son productos naturales del sistema: detectados pronto, integrados en el filial, promocionados al primer equipo. A ellos se suma Cian Uijtdebroeks, fichaje ya confirmado para la temporada 2026, presentado como símbolo del relevo generacional. Imagina una reunión de planificación del Tour en esa sala de directores.
Indurain, Quintana, Carapaz, Ayuso, Rodríguez, Mas, Uijtdebroeks. Siete nombres, tres semanas de carrera, un solo maillot amarillo al final. La riqueza táctica es tan grande como el riesgo de conflicto. Sobre la carretera, el resultado sería un tren de montaña difícil siquiera de dibujar.
En la primera semana, un bloque de rodadores y escaladores de segunda fila marcan el ritmo, todos ellos hombres que en otros equipos serían jefes de filas. En la segunda, empiezan las escaramuzas: un ataque lejano de Carapaz en el Stelvio mientras Quintana se guarda, un demarraje de Ayuso en el Aubisque con Indurain controlando con rostro imperturbable, un día en que Landa pide libertad y el resto asiente porque sobra calidad. En la tercera, Mas y Rodríguez recogen los restos, defienden el podio, rematan los movimientos iniciados días atrás. Lo anómalo no sería ver al Movistar azul en cabeza, sino que el rival que se atreva a responder no haya vestido alguna vez ese mismo maillot.
Sin embargo, limitar este ejercicio a las grandes vueltas sería traicionar parte de la historia. La narrativa oficial de la estructura siempre se ha inclinado hacia las tres semanas, pero si uno repasa la lista de corredores que han pasado por sus filas aparece un rastro claro de cazadores de un día. El Valverde que se pasea por las Ardenas es el ejemplo evidente, pero no está solo. En la última década, el equipo ha dado espacio a ciclistas como Iván García Cortina, Gonzalo Serrano, Álex Aranburu o Matteo Jorgenson, capaces de ganar en finales nerviosos, bajo la lluvia, con viento lateral y trampas encadenadas.
En el Movistar que no pierde a nadie, el bloque de clásicas sería una mezcla fascinante. Valverde seguiría siendo el rey de los muros, ese corredor que reconoce cada bache de la Redoute, pero compartiría galones con un Jorgenson más maduro, candidato real a Flandes, y con un Aranburu al que por fin le salen todas las jugadas que en la realidad se quedaron a medias. Serrano y García Cortina aportarían ese punto de agresividad en terrenos de media montaña, capaces de abrir carrera en la primera cota del día y rematar en la última. Por detrás, una tropa de hombres rápidos y listos como José Joaquín Rojas, siempre bien colocado, dispuesto a convertir un esprint reducido en una oportunidad inesperada.
En las llegadas masivas, el nombre propio sería Fernando Gaviria. Movistar lo incorporó ya veterano, buscando un último resplandor en una trayectoria marcada por las lesiones y los cambios de equipo. En esta ficción, Gaviria habría llegado antes, con más margen para trabajar su confianza y rodeado de un tren de lanzadores con años de oficio: Ventoso, el propio Rojas, ese tipo de gregarios que conocen al dedillo los últimos cinco kilómetros de cada ciudad del calendario. Un equipo así podría permitirse encadenar victorias en el Tour Down Under, el UAE Tour, Tirreno-Adriático o cualquier vuelta de una semana donde los sprints pesen tanto como los puertos.
Y entonces está el otro lado del autobús, el que hoy luce el azul con más descaro: el bloque femenino. Desde 2018, el equipo de mujeres ha ido creciendo hasta convertirse en una referencia del WorldTour. Primero llegó Annemiek van Vleuten, que convirtió el maillot en sinónimo de ataques desde lejos, subidas interminables y generales ganadas a base de fe en su propio potenciómetro. Más tarde se incorporaron piezas como Liane Lippert, Emma Norsgaard o Arlenis Sierra, aportando velocidad, versatilidad, inteligencia táctica.
En los últimos años, la llegada de Marlen Reusser, probablemente la mejor contrarrelojista del mundo en la actualidad y ya candidata a generales en carreras por etapas, ha terminado de completar el cuadro. Imagina un siete ideal femenino para una gran vuelta donde nadie se haya marchado. Van Vleuten como jefa indiscutible en la alta montaña, Reusser combinando cronos y trabajo de control en llano, Lippert para las etapas quebradas, Norsgaard y Sierra para los sprints y los abanicos, escaladoras como Paula Patiño o Sara Martín actuando de puente entre las favoritas y el llano. Todo eso en la misma estructura, con los mismos coches, las mismas reuniones técnicas, las mismas concentraciones en altura.
En las clásicas, Mackaij y Norsgaard repartiendo galones en Flandes o Gent-Wevelgem, mientras Reusser apunta a Strade Bianche y a cualquier carrera donde la crono tenga peso específico. Lo que en el mundo real ya ha producido una cascada de triunfos y podios, en este universo sin fugas se convierte en una selección mundial vestida de azul. Para entender cómo se llega a esa abundancia hay que bajar un peldaño. Durante los años de Reynolds y el primer Banesto, la estructura contaba con equipos aficionados potentes, auténticas canteras de las que salían talentos como Delgado o Indurain.
Con el tiempo, esa red se fue deshilachando hasta quedar en una constelación de clubes navarros y vascos que alimentaba no solo a la casa, sino a medio pelotón internacional. Movistar, centrado en sostener su plaza en la élite, renunció durante años a un filial propio. Apostó por fichar a los mejores cuando ya se habían hecho visibles. La factura llegó más tarde: en un contexto donde casi todos los grandes WorldTeams fabricaban sus propias hornadas de jóvenes, los talentos españoles empezaron a mirar hacia fuera.
Ayuso firmó por UAE, Carlos Rodríguez por Ineos, otros muchos tomaron rutas similares. La reacción ha sido reciente. La creación de la Movistar Team Academy, con doce jóvenes de seis países distintos, varios procedentes de estructuras como Baqué o Finisher–Kern Pharma, es una forma de admitir que algo se estaba perdiendo por el camino y de intentar corregirlo. En paralelo, el Equipo Kern Pharma se ha consolidado como un ProTeam navarro con fuerte afinidad cultural con Movistar, una especie de escalón intermedio donde se curten rodadores y escaladores antes de dar el salto definitivo.
En la realidad, esa relación es fluida pero no exclusiva. En el universo alternativo de la servilleta, todo ese entramado estaría integrado bajo el paraguas de Abarca: la Academy como equipo sub-23, Kern Pharma como escalón profesional inmediato, Movistar como techo natural. La fuga de talento se reduciría de forma drástica; el riesgo sería otro, más silencioso: que tanta calidad se amontonara en un embudo con muy pocas salidas. Porque, sí, un Movistar que no pierde a nadie dominaría el calendario con una facilidad casi abusiva.
Podría mandar bloques distintos a Giro, Tour y Vuelta sin repetir líderes, reservar una columna vertebral de clasicómanos y sprinters para primavera y otoño y aún así mantener un equipo competitivo en vueltas de una semana, en carreras menores, en todo lo que hoy entra en el saco del calendario secundario. El bloque femenino podría aspirar a la general y a las clásicas en la misma temporada sin depender de una sola gran estrella, repartiendo responsabilidades con una naturalidad que otros equipos solo pueden soñar. Desde la perspectiva de la marca, convertirse en el lugar donde están, estuvieron o estarán todas las grandes figuras del ciclismo español y buena parte del latinoamericano sería un filón. La serie documental, el club de fans, las campañas publicitarias, todo se alimentaría de una narrativa de selección permanente con acento navarro, colombiano, costarricense, danés o británico según quién aparezca en pantalla.
Pero debajo de la fantasía hay una letra pequeña que nunca saldría en la nota de prensa. Un vestuario con tantos líderes sería una bomba de relojería. Demasiados capitanes reclamando su gran vuelta, demasiados jóvenes pidiendo oportunidades, demasiadas carreras de primera categoría y no tantas plazas en la alineación. La frontera entre la necesidad de sacar resultados y la obligación moral de desarrollar talento propio se volvería difusa.
¿A quién le niegas un Tour? ¿A quién le cambias la Vuelta por una Itzulia? ¿Cuánto tiempo puede esperar un Ayuso, un Rodríguez o un Uijtdebroeks a que el calendario se despeje si delante tiene a Indurain, Quintana o Carapaz? Luego está el dinero.
Por mucho que Telefónica haya renovado hasta 2029 y garantice estabilidad, el presupuesto de Movistar no compite con el de estructuras respaldadas por petroestados o grandes conglomerados sin techo conocido. Retener a Indurain, Quintana, Carapaz, Landa, Mas, Ayuso y compañía en sus mejores años implicaría asumir una masa salarial que difícilmente encajaría en una empresa con raíces navarras y cultura de austeridad relativa. El sueño de no soltar a nadie chocaría de frente con los balances de finales de año. Y queda la cuestión de la identidad, quizá la más delicada.
Parte del carácter del Movistar real, el que se ha dejado ver sin filtros en El día menos pensado, se ha forjado precisamente en la tensión con los que se fueron. La marcha de Carapaz, las dudas de Landa, los fichajes que no terminaron de cuajar, las apuestas por jóvenes que se quedaron a medio camino… todo eso forma parte del relato. Sin esas fugas, sin esas heridas, el equipo sería distinto. Tal vez más exitoso en términos puros, pero menos humano.
Un conjunto blindado contra la pérdida de talento sería también un conjunto con menos historias de ruptura, de reconciliación, de segundas oportunidades. Y, a la larga, quizá también con menos margen para mirarse al espejo y preguntarse qué se hizo mal. Al final, este juego de bar dice tanto del Movistar que podría existir como del que realmente tenemos. Imagina por un momento que todas esas líneas de la servilleta se hicieran carne: un bloque masculino inabarcable, un bloque femenino que parece una selección mundial, un sistema de formación cerrado sobre sí mismo donde ningún talento nacional se escapa.
Es tentador. Pero también hace evidente algo más sutil: para que ese sueño tenga sentido necesitamos una estructura que haya sido capaz de pasar por muchas vidas sin desaparecer. Eso es, precisamente, lo que ya existe. Una misma columna vertebral desde 1980, capaz de ganar con Indurain, reinventarse con Valverde, soportar la exposición de Netflix, apostar por una Academy y convertir a las mujeres en motor deportivo de la casa.
El televisor del bar sigue escupiendo imágenes en bucle. Valverde ya no salta en Saint-Nicolas, ahora es Van Vleuten atacando a cuarenta kilómetros de meta, o Uijtdebroeks posando con el maillot nuevo en la presentación de temporada. La servilleta sobre la barra está llena de nombres hasta el borde. Indurain, Delgado, Olano, Pereiro, Valverde, Purito, Quintana, Landa, Carapaz, Mas, Ayuso, Rodríguez, Uijtdebroeks, Gaviria, Jorgenson, Van Vleuten, Reusser, Lippert, Norsgaard, Sierra… La doblas, la guardas en el bolsillo del abrigo antes de salir a la calle.
Fuera sigue lloviendo. Sabes que ese equipo no existirá nunca. Que el deporte necesita que los corredores se vayan, que los equipos se equivoquen, que los proyectos cambien de piel para seguir vivos. Quizá la grandeza de Movistar no esté en el conjunto perfecto que podría alinear en un universo paralelo, sino en haber sido capaz de seguir donde otros desaparecieron, de reinventarse con cada fuga y cada fichaje fallido.
En que dentro de unos años, en otro bar cualquiera, alguien vuelva a sacar una servilleta, escriba Indurain, Quintana, Valverde o Van Vleuten, añada un par de nombres nuevos y siga dibujando alrededor el mismo maillot azul.