Introducción Imagina un bar de carretera, un anochecer de tercera semana de gran vuelta y la tele repitiendo por enésima vez una crono vieja de Miguel Indurain.
La cerveza está a medio terminar, el camarero ya ha bajado un poco las luces y en la tele del fondo suena un zumbido que no parece de este siglo. No es un sprint, no es una fuga en directo: es una vieja cinta rescatada del archivo, una crono de principios de los noventa. Maillot Banesto, casco blanco que hoy sería pieza de museo, el cuerpo enorme de un navarro encajado en una postura que ahora parecería casi ingenua. En la barra alguien levanta el dedo, señala la pantalla y sentencia: “Ese día Miguel ganó el Tour antes de ganarlo”.
Nadie discute demasiado. Todos saben que habla del momento en que una carrera se decide en un circuito sin puertos míticos ni público desatado, a base de pedaladas iguales, sin fuegos artificiales. Ahí, entre vaso y vaso, nace la idea de poner orden a cuarenta años de historia con una tier list, una clasificación por niveles de todos los contrarrelojistas que han vestido, de Reynolds a Movistar, los colores de esta misma estructura. El juego empieza como empiezan todas las discusiones ciclistas: a medias entre la nostalgia y el presente.
Uno recuerda el prólogo de no sé qué Tour, otro se aferra a una crono bajo la lluvia, otro defiende que la tradición contra el reloj es lo que ha dado carácter al equipo desde que un chaval de Villava empezó a tirar en las cronos por equipos. Pero hay un detalle nuevo en la mesa. Un aficionado joven, móvil en mano, abre una plantilla de Tiermaker y se pone a arrastrar fotos de ciclistas en filas de colores. S-tier, A-tier, B-tier.
Un lenguaje importado de videojuegos de lucha y de Overwatch que, de pronto, encaja sin esfuerzo en las sobremesas ciclistas. Lo curioso es que esa letra S, bien reluciente arriba del todo, viene de muy lejos del asfalto. Nació en sistemas de calificación japoneses que necesitaban algo por encima de la nota A para distinguir lo realmente extraordinario. De ahí saltó a los foros de jugadores, a esos artículos que ordenaban héroes digitales del peor al mejor, como hizo en su día una web como Kotaku con la plantilla de Overwatch, y después se coló en plataformas como Tiermaker, donde cualquiera puede jugar a ser seleccionador.
S de super, de superb, de sugoi, diría el amigo otaku de la cuadrilla, encantado de explicar que ese nivel está reservado a lo que rompe el juego. El salto a otros mundos ha sido tan silencioso que casi no nos hemos dado cuenta. En ingeniería de redes se habla de operadores de Nivel 1, esos gigantes que intercambian tráfico sin pagarse peajes y que sostienen, en la práctica, la columna vertebral de Internet. Hay centros de investigación como CAIDA que llevan años dibujando mapas de conexiones, distinguiendo quién ocupa las posiciones centrales y quién orbita más lejos, con herramientas como AS Rank que asignan puntuaciones y ponen a cada uno en su lugar.
Es, al final, la misma obsesión: ordenar un caos enorme en capas y admitir que, arriba del todo, hay un grupo pequeño que condiciona la vida de todos los demás. Trasladar esa lógica al ciclismo, y en concreto a la contrarreloj dentro de la saga Abarca, sale casi solo. Porque si algo ha definido la historia de Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne y Movistar es precisamente la capacidad de fabricar especialistas contra el reloj. Desde los tiempos en blanco y azul, cuando el patrocinador aún era una marca de papel de aluminio y los prólogos se corrían con bicis que hoy parecerían pesadas, la estructura entendió que el reloj no era una amenaza, sino un arma.
Antes de que el mundo se detuviera a verlo ganar Tours, Miguel Indurain ya era ese gregario descomunal que hacía de ancla en las cronos por equipos. En los primeros años ochenta, con el nombre de Reynolds en el pecho, se convertía en seguro de vida cada vez que el cronómetro mandaba. Calma, planta, potencia que se adivinaba infinita. Lo que al principio era un lujo para colocar al líder fue, con el cambio a Banesto, el centro mismo del plan de conquista.
En una época en la que las grandes vueltas aún se permitían etapas contra el reloj kilométricas, el navarro convirtió esos días en su coto privado. Ahí no hablamos sólo de resultados, que también. Hablamos de estética. La imagen de Indurain encajado en aquella bicicleta, casi inmóvil, el gesto imperturbable mientras el reloj de los rivales se hacía trizas al otro lado de la realización, construyó una idea de contrarrelojista que todavía hoy pesa.
Para muchos aficionados, el molde del S-tier nace ahí: si un día se diseñase un videojuego sobre la saga Abarca, el personaje que aparecería sin necesidad de desbloquear nada sería él. Su dominio no consistía únicamente en ganar, sino en vaciar la carrera en un par de tardes de reloj y dejar el resto en manos de la defensa. El bar se queda unos segundos en silencio cuando la imagen salta varios años hacia delante y la pantalla muestra un azul distinto, más saturado, y una silueta que no encaja con los recuerdos noventeros. Ya no es un casco blanco alargado, sino una mujer de gesto feroz acoplada sobre una bici que parece una nave espacial.
Annemiek van Vleuten, con el maillot de Movistar, remacha una crono con la misma mezcla de potencia y frialdad que ayer se asociaba sólo a los hombres. Su llegada al equipo azul no sólo llenó vitrinas en el calendario femenino: también devolvió a la estructura la sensación de tener una dominadora absoluta contra el reloj. Van Vleuten había construido su reputación antes de aterrizar en Navarra, pero fue con estos colores cuando la S de su nombre empezó a resonar en las conversaciones internas como sinónimo de inevitabilidad. Mundiales, títulos olímpicos, exhibiciones en que destrozaba la clasificación general a base de vatios y acoplamiento.
En ella se condensa una versión actualizada de la tradición: obsesión por la postura, relación casi científica con los datos, entrenamientos metódicos y una capacidad brutal para sostener el esfuerzo en solitario. De repente, el linaje contrarrelojista de la casa dejaba de ser una historia de hombres de los noventa para incluir capítulos igual de dominantes en el pelotón femenino. Entre el mito fundacional y la campeona holandesa aparece otro nombre que, en cualquier tier list honesta, ocupa la parte más alta: Jonathan Castroviejo. No arrastra la épica global de un cinco veces ganador del Tour ni la aureola mediática que rodeó a Van Vleuten en sus últimos años, pero durante más de una década fue la definición de fiabilidad.
Campeonatos de España en serie, medallas internacionales, cronos por equipos en las que hacía de metrónomo humano, tirando del grupo azul con la precisión de un reloj suizo. Imagina la escena previa a una de esas jornadas: Castroviejo, sobre el rodillo en el bus del equipo, gesto serio, camiseta empapada, un auxiliar marcando tiempos con un cronómetro que parece de otra época y un director deportivo memorizando parciales. No hace falta ningún discurso épico; todos saben lo que va a pasar. Saldrá, se acoplará, clavará el plan de pacing y dejará un tiempo que, como mínimo, mantendrá al líder en la pelea.
Si la S-tier premia la excelencia sostenida, el perfil silencioso de Castroviejo encaja a la perfección. A partir de esos tres, la conversación se anima. En la barra hay quien levanta la voz para reclamar que Abraham Olano merece sentarse en la misma mesa, con su título de campeón del mundo contra el reloj en 1998 y su capacidad para mantener un ritmo devastador en las cronos largas. Otro saca del baúl a Alex Zülle, que pasó por la estructura con esa mezcla de talento y fragilidad que marcó a toda una generación.
Y siempre aparece alguien que reivindica a Nelson Oliveira, ese rodador portugués que ha sido durante años garantía de un mínimo alto en cualquier crono llana o quebrada. La gracia de una tier list bien trabajada es que no se queda sólo en la cúpula. Hay una A-tier, una B-tier, capas intermedias donde viven perfiles menos ruidosos pero casi igual de decisivos. Piensa en José Iván Gutiérrez, por ejemplo.
Años y años siendo referencia en campeonatos de España, ganando contrarrelojes con lluvia, con viento, en circuitos urbanos plagados de rotondas. Nunca tuvo un Tour que poner en la estantería, pero cada vez que el reloj mandaba su nombre aparecía en las quinielas. Su figura, empapada bajo un cielo de plomo, representa ese tipo de excelencia doméstica que sostiene una tradición sin necesidad de grandes titulares. La historia de Adriano Malori duele más.
Fichado como especialista, con el perfil perfecto para, con tiempo, escalar posiciones en cualquier ranking de croners internacionales, vio su carrera destrozada por una caída brutal. Un impacto, una ambulancia, meses de rehabilitación. La contrarreloj, que desde fuera parece fría y controlada, tiene ese reverso feroz: un corredor solo, a toda velocidad, inclinado sobre el manillar, con margen de error mínimo. Un bache mal leído, una ráfaga de viento lateral, y el sueño de una vida puede quedar en suspenso.
Incluso en una tier list imaginaria, hay que dejar hueco para estas historias interrumpidas. Al otro lado del espectro están los líderes que aprendieron a convivir con la contrarreloj sin haber nacido para ella. Alejandro Valverde, por ejemplo, nunca fue un puro especialista, pero transformó su relación con el reloj a base de trabajo. De perder minutos dolorosos en sus primeros años pasó a salir de las cronos largas aún con opciones de ganar grandes vueltas.
No deslumbraba en el esfuerzo individual, pero lo gestionaba con oficio, consciente de que cada segundo salvado era munición para la montaña. En otra dimensión se mueven Nairo Quintana o Enric Mas, escaladores que se han pasado media vida afinando la postura, buscando casco, cuadro y posición que minimicen daños en un terreno que gobiernan otros cuerpos. Más abajo, casi fuera de foco, viven los obreros de las cronos por equipos. Nombres como Imanol Erviti, inconfundible tirando en cabeza durante kilómetros, son los que convierten una idea en una imagen poderosa: nueve ciclistas azules alineados en una recta de autovía, relevos milimetrados, el último corredor sufriendo para no perder la rueda.
Es un espectáculo que mezcla coreografía y dolor y que rara vez se traduce en gloria individual. En cualquier clasificación por niveles corren el riesgo de quedarse en una letra discreta, pero sin su trabajo la identidad contrarrelojista del equipo quedaría coja. Todo esto no se sostiene sólo con nombres y recuerdos. Dentro de la estructura, la contrarreloj se ha convertido desde hace años en un laboratorio en marcha.
En los tiempos de Reynolds y Banesto se trabajaba con lo que había: intuición, tubular aquel día, un par de referencias de desarrollo y una báscula para controlar el peso de la bici. Hoy, el bus y el camión taller parecen una mezcla de consulta médica y centro de datos. Túneles de viento, estudios de posición, software que cruza vatios, velocidad y coeficientes aerodinámicos, pruebas infinitas con cascos, cremas, monos de competición. Los preparadores se obsesionan con detalles que el espectador nunca verá.
Un centímetro menos de altura en el manillar puede suponer una mejora en coeficiente aerodinámico, pero también poner en jaque la espalda del corredor. Cada cambio se debate entre médicos, biomecánicos y técnicos. Los entrenamientos específicos incluyen sesiones de core para aguantar la postura, series kilométricas en rutas escogidas para simular el tipo de crono que llegará en el calendario. El objetivo es sencillo y cruel: que llegado el día, el ciclista sólo tenga que mirar un número de potencia en la pantalla, seguir la línea de la carretera y confiar en que todo lo demás se ha hecho bien.
En el bar, mientras tanto, la conversación vuelve a la tier list como si fuera un juego cualquiera. Poner a Indurain, Van Vleuten y Castroviejo en la fila superior parece fácil. La discusión real se desata cuando alguien propone bajar a Olano un escalón, o cuando otro exige un lugar preferente para Malori por lo que pudo ser. Allí se cruzan argumentos de todo tipo: palmarés, emoción, recuerdos personales de tardes ante la tele, contextos que cambian.
No es lo mismo ganar cronos kilométricas en los noventa, con un pelotón sumido en una cultura de dopaje generalizado, que imponerse hoy en esfuerzos más cortos y más controlados. No se pueden medir con la misma vara los recorridos de antes, con dos cronos largas y una por equipos, y los actuales, donde cada segundo es producto de una ingeniería puntillosa. Ese es uno de los riesgos de pensar sólo en clave de clasificación. La simplificación extrema borra matices: la irrupción del equipo femenino, que compite en contextos distintos y ha aportado especialistas de talla mundial; los cambios tecnológicos que han acortado diferencias; las decisiones estratégicas de un equipo que, durante años, ha proyectado hacia fuera una imagen centrada en la montaña mientras por dentro cuidaba con mimo el trabajo contra el reloj.
A veces la etiqueta de escalador o rodador tapa demasiadas cosas. Al mismo tiempo, la lógica de los niveles tiene su lado útil. Obriga a preguntarse qué perfiles faltan, dónde está el hueco entre los mejores y los gregarios, cuánto peso se debe dar a la contrarreloj en la planificación de una plantilla. De alguna manera, la estructura Abarca ha jugado siempre a eso sin llamarlo así: en la época Banesto, todo giraba en torno al S-tier absoluto de Indurain; en la etapa Movistar, se ha buscado un reparto de responsabilidades más coral, potenciando especialistas puros como Castroviejo, rodadores fiables para las cronos por equipos y líderes capaces de defenderse.
La integración del equipo femenino ha añadido una capa más a ese razonamiento. Van Vleuten situó de golpe al bloque azul en lo más alto de las cronos mundiales en esa vertiente, y el desafío ahora es encontrar quién ocupará su lugar en los próximos años. Identificar y acompañar a nuevas especialistas, darles tiempo en el túnel de viento, diseñar calendarios donde puedan explotar su talento, es tan estratégico como fichar al escalador que sube medio minuto más rápido un puerto de veinte kilómetros. Se hace tarde.
El camarero ya ha anunciado que es la última ronda y la tele ha saltado de archivo en archivo hasta llegar a una imagen reciente: un ciclista de Movistar, acoplado sobre una cabra azul, bajando por la rampa de salida de una gran vuelta. No es Indurain, no es Van Vleuten, no es Castroviejo. Es alguien que todavía pelea por su sitio en esa tier list imaginaria que flota sobre la barra. Quizá algún día su nombre se escriba en la fila de arriba, quizá se quede en un escalón intermedio, quizá sólo sea recordado por una tarde de viento cruzado en la que salvó lo insalvable.
Lo que permanece, por encima de modas, patrocinios y colores, es esa línea blanca que se escurre bajo las ruedas de una bicicleta mientras el corredor pedalea solo contra el tiempo. Ahí, en esa franja de asfalto anónimo donde se decide si una carrera se gana o se pierde en unos minutos, la saga Abarca ha encontrado siempre una parte esencial de sí misma. Y mientras haya alguien vestido de azul dispuesto a lanzarse a esa recta sin coartadas, la tier list seguirá abierta, esperando al siguiente nombre que se atreva a discutirle el S-tier a los dioses del reloj.