Movistero
Material y estilo

Los proveedores del equipo a lo largo de los años

· 17 min · 3639 palabras

INTRODUCCIÓN: UN EQUIPO, MUCHAS PIELes Imagina que entras a un bar lleno de maillots viejos colgados en la pared.

Imagina un día de julio, puerto encadenado en los Pirineos, la televisión subida un punto más de lo normal porque el ventilador hace ruido y los comentaristas se pierden entre el zumbido. En el sofá, uno de esos amigos que todos tenemos no mira el reloj de meta ni la diferencia con el grupo perseguidor. Mira las bicis. Entorna los ojos, se acerca a la pantalla y suelta: “Han bajado un centímetro la pipa de la Aeroad.

Y ese maillot no es el del año pasado”. Tú todavía estás intentando descubrir dónde se ha escondido Pogacar en el grupo, pero él ya ha leído algo más profundo: el equipo ha cambiado de piel, de acento, de proveedores. La estructura que empezó llamándose Reynolds y hoy responde al nombre de Movistar lleva más de cuarenta años contando su historia a través del material. Porque la identidad de un equipo no solo se mide en victorias o en clasificaciones generales.

También se reconoce en la curva del tubo horizontal, en la forma de una badana, en la textura del tejido que brilla cuando el sol de febrero pega en la Vuelta a Andalucía. Del acero con manetas en el cuadro a los grupos electrónicos inalámbricos, de los maillots cosidos en un caserío de Gipuzkoa a los patrones futuristas firmados por Gobik, Abarca Sports ha ido tejiendo una biografía paralela: la de sus socios técnicos. Cada cambio de proveedor ha sido, en realidad, una declaración de intenciones. Al principio no había túneles de viento ni presentaciones en platós de televisión.

El primer Reynolds profesional de 1980 era casi un equipo de amigos con ambición desmedida, construido sobre una base navarra y con recursos contados. Eusebio Unzué y José Miguel Echávarri sabían que, si querían pelear de verdad con franceses e italianos, no bastaba con fichar buenos corredores; debían evitar el “hierro de saldo” y subirse al tren tecnológico de los grandes. De ahí aquel viaje a Vicenza, a la fábrica de Campagnolo, que acabó con un nombre apuntado en una libreta: Giovanni Pinarello. El acuerdo con el artesano de Treviso fue el primer golpe de intuición material de la casa.

A partir de 1982, los Reynolds rodaron sobre cuadros Pinarello de acero y aluminio que nada tenían que envidiar a los de los colosos transalpinos. No se hablaba aún de cocientes rigidez-peso ni de CFD, pero el mensaje estaba claro: un equipo español pequeño se atrevía a vestir bicis italianas de alta gama, las mismas con las que se paseaban por las clásicas del norte los héroes de las revistas. El maillot azul con franja blanca diagonal y el logo de Reynolds añadía una sobriedad casi británica a ese conjunto mecánico. Sobre esa tela trabajó desde 1983 otra pata esencial del relato: Etxeondo.

La marca nacida en un caserío guipuzcoano empezó a vestir al Reynolds y acompañó después al Banesto hasta 1991, justo en la era que va del Perico Delgado inquieto al Indurain que asoma tímidamente. Es fácil imaginar aquellos talleres: rollos de tejido, patrones de papel cebolla, el estampado azul y blanco repetido cientos de veces, una máquina de coser sonando mientras en la radio narraban la Vuelta. No eran maillots de catálogo, sino una especie de uniforme de oficio: gruesos, sobrios, pensados para durar. El material condicionaba la forma de correr.

Cuadros de acero, desarrollos más duros, frenos menos dóciles que los actuales: los ataques se elegían con lupa, las bajadas premiaban más las manos finas que la potencia bruta y cualquier bidón mal colocado podía convertirse en un problema serio en un descenso pirenaico. Perico, con fama de caótico pero talento natural para leer las bajadas, fue casi el símbolo de esa generación de acero y sudor. Si hoy le vemos en imágenes granulosas, manetas en el cuadro y maillot Etxeondo medio abierto, lo que vemos también es una forma de entender el material: resistente, honesto, sin florituras. En 1990 la entidad bancaria Banesto entra en escena y, de repente, un proyecto que olía a taller se coloca en primera fila.

Cambia el logo del pecho, se profesionaliza la estructura, crece la presión… pero el corazón técnico se mantiene: Pinarello sigue suministrando cuadros, Campagnolo grupos y ruedas, y Etxeondo deja paso a Nalini para combatir en un calendario cada vez más global. A partir del 93, las Banesto Line de acero Oria o Dedacciai, soldadas con TIG y con geometrías ajustadas al milímetro para Indurain, Zulle o Olano, se convierten en objeto de deseo para cualquier aficionado que se asome a un escaparate. Si cierras los ojos y piensas en aquel equipo, seguramente te viene a la mente un cuadro blanco salpicado de manchas azul, rojo y amarillo, potencia y manillar italianos, ruedas de perfil moderado y, encima, el maillot Banesto con la misma paleta cromática ondeando en el torso. Nalini fabricaba esas prendas pensando en la televisión analógica: colores planos, logos nítidos, nada de degradados caprichosos.

A veces la elegancia es tan simple como saber cuándo parar. Frente a otros equipos llenos de pequeñas pegatinas y marcas apretadas, Banesto apostaba por pocos nombres grandes y reconocibles desde el helicóptero. En aquellos años, además, el proveedor dejó de ser un mero suministrador para convertirse en coautor de las gestas. Pinarello, Campagnolo y el equipo parieron juntos criaturas como la Espada, aquella cabra futurista con la que Indurain rompió el Récord de la Hora y dinamitó cronos del Tour.

La máquina, más que una bicicleta, era un manifiesto de ingeniería italiana al servicio de un navarro silencioso. Cada vez que la silueta de la Espada cruzaba el velódromo, la historia del material del equipo sumaba un capítulo que ningún relato posterior ha conseguido borrar. Tras el apogeo llega la zona gris. Finales de los noventa, el adiós de Indurain, el nacimiento de iBanesto.com, más tarde Illes Balears.

Los nombres de los patrocinadores hablan de un mundo nuevo: internet, portales bancarios, gobiernos autonómicos aventurándose en el patrocinio deportivo. La espina dorsal técnica, sin embargo, se mantiene: cuadros Pinarello, grupos Campagnolo, la transición del aluminio avanzado al carbono. Modelos como el Pinarello Prince o las primeras versiones del Dogma señalan el paso de la estructura navarra a una era en la que la fibra dejará atrás al metal. En las fotos de Paco Mancebo, Unai Osa o Paco Lorente se ve esa ambivalencia.

Por un lado, siguen presentes las líneas suaves de los cuadros italianos, las horquillas cromadas, las ruedas que aún no parecen hélices espaciales. Por otro, aparecen negros, grises, tipografías propias de la burbuja tecnológica, el célebre “iBanesto.com” ocupando el pecho y recordando que el banco ya no es solo ventanilla y libretas de ahorro. El maillot quizá no quedara para la posteridad con la fuerza del Banesto noventero, pero explicaba bien un momento de tránsito: el equipo buscándose a sí mismo mientras el carbono se adueñaba del deporte. Cuando en 2006 el banco francés Caisse d’Epargne toma el relevo, algo se asienta.

El nombre es sencillo, la paleta cromática se reduce, el proyecto deportivo gana peso. El maillot se vuelve casi negro por completo, con pinceladas rojas y blancas que enmarcan el logo de la entidad financiera. Valverde gana con esa segunda piel clásicas, grandes vueltas, etapas sueltas; Pereiro hereda un Tour en los despachos; la escuadra se acostumbra a comportarse como uno de los equipos de referencia del ProTour. Pinarello continúa como socio de confianza, ahora con Dogma 60.1 y nuevas versiones del Prince, totalmente en carbono.

Campagnolo mantiene el mando en grupos y ruedas tope de gama. Durante esos años, Caisse d’Epargne funciona casi como laboratorio rodante para la casa italiana: cualquier novedad relevante pasa por los corredores de Unzué antes de llegar a las tiendas. La fidelidad se traduce en estabilidad técnica, en mecánicos que conocen cada tornillo de memoria y en una estética que intimida: el negro, sobre todo en días de lluvia, tiene algo de uniforme de cuerpo de élite. El cambio de década vuelve a alterar la foto, pero esta vez con un actor capaz de redefinir todo: Movistar.

En 2011 Telefónica irrumpe con un mensaje de conectividad, datos, tecnología. El maillot azul noche con una gran M verde en el pecho, desarrollado con Nalini, se sobrepone a la historia anterior y la reinterpreta. Sigue habiendo fibras italianas, sigue habiendo Pinarello en el tubo diagonal y Campagnolo en las manetas, pero la mirada ya no se dirige solo a la grupeta de Col du Galibier, sino a un usuario de smartphone que comparte en redes la foto de un podium. Las bicicletas de esa etapa son las que llevan a Valverde, Nairo Quintana y compañía a podios de Giro, Tour y Vuelta.

El Ultimate de entonces todavía no ha llegado; en su lugar, Dogma y compañía sostienen escaladores que parecen hechos para las tres semanas. El material está a la altura, pero el relato empieza a pedir algo distinto. Telefónica quiere hablar de innovación, de plataformas digitales, de prueba y error. Y ahí, en 2014, llega el volantazo que rompe treinta años de matrimonio con el mismo fabricante de cuadros: entra Canyon.

La marca alemana, nacida alrededor de un concepto tan simple como vender bicicletas de alta gama por internet, aterriza con una propuesta nítida: cuadros Ultimate y Aeroad desarrollados en túnel de viento, ligeros, rígidos, con una integración de componentes que responde a una filosofía propia. Las Speedmax de contrarreloj se personalizan para el equipo y se convierten en armas decisivas en las cronos del Giro y la Vuelta. De repente, la bici del Movistar se parece mucho a la que el aficionado puede encargar desde el salón de su casa, clickando en una página web. El cambio de camiseta es igual de profundo.

Endura, marca escocesa con fama de testar todo en condiciones extremas, firma un acuerdo para suministrar tanto la ropa de competición como la de entrenamiento. No llegan solo con catálogos; llegan con un enfoque casi científico: badanas con diferentes anchuras según la anatomía de cada corredor, pruebas en el túnel de viento de Mercedes con el aerodinamista Simon Smart, tejidos pensados para reflejar mejor el calor y mantener la temperatura corporal en días sofocantes. En el laboratorio textil de Endura, el Movistar se convierte en banco de pruebas. Los resultados se traducen en cifras: más de 180 victorias en seis años de alianza, con tres grandes vueltas –Giro 2014, Vuelta 2016, Giro 2019–, un Mundial con Valverde y varios Récords de la Hora.

Endura aprovecha la presión del WorldTour para pulir colecciones que luego pondrá en sus perchas; el equipo, exprime cada detalle permitido por la UCI para arañar vatios gratis. Hasta que el organismo regulador empieza a vetar tecnologías aero en las que los escoceses habían invertido mucho. Algunos tejidos de baja fricción, ciertas texturas que rompían el aire demasiado bien, acaban en la lista negra. Y Endura, cansada de ver sus prototipos convertidos en papel mojado, decide dar un paso atrás.

En esa misma década se gesta otro cambio que, visto desde la sala de mecánicos, fue un terremoto cultural. Durante casi cuarenta años, todas las grandes victorias de la casa se habían firmado con grupos Campagnolo: el Tour de Perico, los Tours y Giros de Indurain, las Vueltas de Zulle y Olano, la irrupción moderna de Valverde y Quintana. En 2020, Movistar comunica que montará grupos SRAM eTap AXS y ruedas Zipp en sus Canyon, para hombres y mujeres, y que lo hará con freno de disco como estándar. Para el staff técnico, el giro obligó a reaprender.

Nuevas herramientas, otra lógica electrónica, otro criterio de mantenimiento. Para los corredores, abrió un abanico de sensaciones inéditas: cambios inalámbricos que permiten limpiar el cuadro de cables externos, botones programables, discos capaces de morder el asfalto mojado en descensos italianos, una gama de ruedas Zipp que permite elegir entre perfiles bajos y ultra altos según la etapa. A nivel simbólico, romper con Campagnolo fue casi más duro que cambiar de bici. A nivel deportivo, situó al equipo junto a la corriente principal del pelotón WorldTour, en un momento en que SRAM Red AXS se consolidaba como columna vertebral de varias estructuras de referencia.

Para 2026, la combinación Canyon–SRAM–Zipp se ha convertido, prácticamente, en sinónimo de alto rendimiento, mientras Campagnolo ha desaparecido de la máxima categoría tras la retirada de Cofidis. En la piel del corredor también hubo movimientos bruscos. La salida de Endura dio paso en 2020 a Alé, marca italiana de estética más atrevida, que vistió al equipo con un azul fiel a la M pero matizado por degradados, detalles gráficos, un toque mediterráneo en la paleta. Fue un paréntesis que demostró que Movistar estaba dispuesto a salir del eje italo-escocés y experimentar con otra manera de entender el diseño: más expresiva, más cercana a la moda que a la mera prenda técnica.

La auténtica revolución, sin embargo, llegó en 2023 con Gobik. La firma murciana, nacida en 2010, asumió el reto de vestir a los equipos masculino y femenino y planteó desde el inicio un diálogo directo con la idea de conectividad de Telefónica. El azul clásico empezó a llenarse de degradados, líneas que recordaban circuitos, pequeños destellos de color que parecían píxeles escapando de una pantalla. En 2024 y 2025 el diseño se radicalizó aún más: Gobik se atrevió con tipografías superpuestas, guiños al brutalismo digital, colores vibrantes que rompían con la sobriedad histórica de la estructura sin traicionar la M ni el azul como columnas vertebrales.

El punto de inflexión llegó con el kit de 2026, presentado en Valencia: maillot mayoritariamente blanco, detalles iridiscentes que cambian con la luz, una arquitectura de paneles bautizada como Nexflow diseñada en exclusiva para el equipo con un objetivo obsesivo por la aerodinámica y la limpieza visual. No era solo una camiseta nueva; era un manifiesto sobre hacia dónde quiere mirar el equipo en los próximos años. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa apuesta tan vanguardista no la firmaba una multinacional extranjera, sino una marca española que a la vez pasaba a vestir a la selección nacional hasta 2028. El círculo se estrechaba: la estructura que nació con un maillot confeccionado por Etxeondo volvía a encontrar su segunda piel en un proveedor de casa, capaz de medirse con las grandes firmas internacionales.

Si uno consulta la lista de socios de Movistar en 2026, lo que encuentra casi parece un plano de todas las piezas que necesita un equipo de primer nivel para ponerse en marcha cada mañana. Canyon aporta las plataformas Aeroad CFR para las etapas en línea y Speedmax CFR para las contrarrelojes, montadas de serie con SRAM Red AXS y ruedas Zipp de distintos perfiles. Time firma los pedales, Continental los neumáticos, SRAM los potenciómetros. En la cabeza, los cascos ABUS AirBreaker, GameChanger y GameChanger TT se reparten según el terreno; en los pies y bajo el cuerpo, zapatillas y sillines Fizik.

Las gafas corren a cargo de 100%, los ciclocomputadores son Garmin, la línea de ropa casual la completa BORN, y los coches que escoltan al pelotón llevan el logo de Cupra. El material, en 2026, ya no es solo bici y ropa. Es una constelación de marcas que buscan algo más que visibilidad en televisión: quieren datos de uso real, información sobre desgaste de tejidos, feedback sobre geometrías en ascensos de veinte kilómetros. SRAM necesita saber cómo se comporta su electrónica en una etapa bajo la lluvia de Flandes; Canyon, qué sensaciones transmite una nueva horquilla en descensos largos; Gobik, cómo envejecen las costuras tras miles de kilómetros de entrenamientos acumulados.

A cambio, el equipo recibe prototipos antes que nadie, soporte técnico privilegiado y un relato de innovación que alimenta su imagen. Para entender dónde se sitúa Abarca en este mapa, ayuda comparar. Decathlon, por ejemplo, decidió que no le bastaba con poner su nombre en el pecho del antiguo AG2R: a partir de 2024, el equipo se rebautizó como Decathlon AG2R La Mondiale Team y pasó a rodar con bicicletas, cascos y gafas Van Rysel, la marca de alto rendimiento del gigante francés. El acuerdo a cinco años incluía algo más que material: implicaba control creciente sobre la estructura, hasta el anuncio de que Decathlon tomará el timón completo junto a CMA CGM para relanzar el proyecto con cantera propia y estructura continental.

Van Rysel, además, regresó al WorldTour como proveedor textil de Cofidis desde 2022, cerrando un círculo casi local en el norte de Francia: equipo, marca de ropa y parte de los patrocinadores operando en un radio de pocos kilómetros, con la aspiración de que la equipación de los profesionales se parezca mucho a la que cualquier aficionado puede comprar en una gran superficie. Otro camino lo representa Ineos Grenadiers, heredero del Sky que cambió muchos códigos del ciclismo moderno: relación casi simbiótica con Pinarello desde 2010, renovada hasta 2028, con Dogma F y Bolide F como buques insignia. Ineos no fabrica bicis, pero actúa como un departamento de I+D rodante para la firma italiana, igual que Banesto lo fue en los noventa. Y luego está el modelo Lidl-Trek, todavía más integrador.

El supermercado alemán ha pasado de patrocinador a accionista mayoritario desde 2025, construyendo un centro de rendimiento junto a su sede y convirtiendo al equipo en un proyecto corporativo que une bicis Trek, marca propia de alimentación, cantera, estructura femenina potente y un plantel de estrellas destinado a pelear por todo el calendario. En estos casos, el proveedor de material deja de ser un socio para convertirse casi en dueño del relato. Frente a esas fórmulas, Movistar ha optado por una posición intermedia. Telefónica no fabrica ni bicis ni ropa, pero garantiza estabilidad económica y potencia de marca; Canyon, SRAM, Gobik y el resto aportan producto y conocimiento; Abarca Sports mantiene la soberanía deportiva.

La ventaja es evidente: si el mercado se desplaza o una marca pierde el tren de la innovación, el equipo puede cambiar de socio sin derribar toda la estructura. El riesgo, por supuesto, es difuminar la coherencia que da casarse con un único fabricante durante décadas, como han hecho otros. Cada cambio implica una curva de aprendizaje, pequeñas crisis de identidad visual, ajustes internos que no se ven desde la cuneta. La importancia del material no se entiende solo arriba, en el WorldTeam.

También se palpa en la base. El filial Caja Rural–Seguros RGA, con treinta temporadas consecutivas en élite y sub-23 desde 1992, ha sido un ejemplo de proyecto formativo en el que los jóvenes han disfrutado de equipaciones dignas del máximo nivel. De esa escuela han salido 114 ciclistas que han dado el salto al profesionalismo, 35 hacia el propio ProTeam y 45 hacia estructuras WorldTour. Aprender a manejar ruedas de perfil, frenos de disco, cuadros rígidos y ropa ajustada cuando todavía sueñas con debutar en profesionales marca una diferencia silenciosa pero profunda.

Movistar, que durante años se alimentó de canteras ajenas como Lizarte, ha decidido cerrar el círculo con la creación de la Movistar Team Academy, equipo de desarrollo llamado a debutar oficialmente en 2026. La idea es que esos chicos y chicas que hoy persiguen un hueco en la élite compitan ya con Canyon, SRAM, zapatillas y sillines de gama alta, cascos ABUS y maillot Gobik blanco muy parecido al del equipo grande. Que el salto del filial al WorldTeam sea más mental y táctico que técnico. Equipar al filial con material de segunda fila transmite un mensaje; equiparlo con las mismas armas que usan Mas o Reusser transmite otro bien distinto.

Todo este viaje deja lecciones claras. La continuidad con ciertos proveedores ha dado a la estructura de Echávarri y Unzué estabilidad técnica y capacidad de cocrear producto; la apertura a socios como Canyon, SRAM o Gobik ha evitado que el equipo se quedara atrapado en nostalgias mecánicas. Las apuestas fuertes en textil han mantenido al Movistar visible en un pelotón saturado de colores, mientras el vínculo con marcas nacionales como Etxeondo y Gobik ha reforzado una complicidad con la afición española que va más allá de las victorias. También ha habido momentos complicados: desarrollos aero prohibidos tras fuertes inversiones, grupos que exigían adaptarse deprisa, cambios de proveedor que no siempre llegaron en el mejor momento deportivo.

A veces, la presión comercial empuja hacia diseños más pensados para gustar en redes que para rendir al sol de julio. El equilibrio entre estética y funcionalidad se negocia cada invierno, en reuniones de varias horas en las que se decide si el maillot tendrá más negro, menos degradado, otro patrón de costuras. Si vuelves ahora a aquella etapa de montaña en el sofá, quizá mires la retransmisión de otra manera. Perico en Reynolds con manetas en el cuadro es mucho más que una imagen ochentera: es la era del acero y del caserío guipuzcoano cosiendo maillots Etxeondo.

Indurain vestido por Nalini sobre una Banesto blanca multicolor habla de acero avanzado, ruedas bajas y cronómetros analógicos. El negro de Caisse d’Epargne anuncia el carbono moderno y la seriedad de un proyecto asentado. La M azul que Endura llevó al túnel de viento cuenta la historia de un equipo obsesionado por exprimir vatios. El blanco iridiscente de Gobik, en 2026, señala un intento de reinventarse sin dejar de ser reconocible.

Y si algún día te apetece colgarte un pedazo de esa historia del hombro, sabrás qué buscar. Una chaqueta Nalini Banesto con logos de Campagnolo encontrada en un mercadillo, un maillot Etxeondo Reynolds reeditado, un culotte Gobik Movistar recién sacado de la bolsa. No son simples recuerdos ni caprichos de coleccionista: son capítulos de una misma novela material. Cuando la tele se queda en silencio tras la etapa y el gráfico de tiempos desaparece, lo que permanece en la retina es la silueta de una bici y el color de un maillot.

Ahí, en esa imagen que se pega a la memoria sin pedir permiso, es donde los proveedores del equipo siguen contando la historia de Abarca año tras año.