Movistero
Qué fue de

Qué fue de Ángel Casero

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INTRODUCCIÓN Si cierras los ojos y piensas en la Vuelta 2001, casi oyes el eco de la cabra de contrarreloj agarrando las rectas de la Casa de Campo.

El hombre que mira el mapa de la Comunitat Valenciana, un martes gris de enero, no lleva maillot ni dorsal, sino camisa y bolígrafo. En la pared, cinco etapas dibujadas con rotulador: una llegada junto al mar, otra en la sierra, una contrarreloj que serpentea entre polígonos industriales y paseos marítimos. Ángel Casero se inclina sobre el rutómetro y repite mentalmente nombres de pueblos que conoce desde adolescente. A su espalda, en una estantería, hay una foto enmarcada que pesa más que todos esos papeles: la Cibeles, un maillot oro, un helicóptero sobrevolando Madrid.

La Vuelta a España de 2001. Todo lo que vino antes y todo lo que vino después cabe en esa distancia entre la foto del campeón y el plano de una carrera que pelea por sobrevivir cada febrero. Para entender cómo llega hasta esa oficina hace falta retroceder a un lugar donde el ciclismo no entra por tradición, sino por cabezonería. Albalat dels Tarongers, primeros años setenta, un pueblo pequeño entre naranjos y la Sierra Calderona recortada en el horizonte.

No es Navarra ni Guipúzcoa, no hay mito de cantera infinita ni clubs centenarios que saquen profesionales como quien saca lotes de una cadena de montaje. Hay, en cambio, carreteras estrechas, repechos breves que se clavan en las piernas, curvas ciegas azotadas por el levante. Un chaval del pueblo empieza a dar pedales en ese laberinto de viento y asfalto rugoso. Aprende pronto que aquí no gana el más estético, sino el que aguanta mejor el sufrimiento cuando el viento pega de cara y el grupo se hace una fila interminable.

En la España ciclista de los ochenta y noventa, el fantasma de Miguel Indurain ocupa todas las paredes de los bares. A la vez que media generación sueña con los Campos Elíseos, la estructura dirigida por José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué –la que nació bajo el patrocinio de Reynolds, se hizo grande con Banesto y terminará años después llamándose Movistar– se convierte en La Masia particular de los vueltómanos españoles. Cuando Casero entra joven en esa casa, ya profesional en 1994, el cinco veces ganador del Tour está rematando su ciclo y el equipo busca futuro: corredores que se defiendan en montaña, que sean fiables contra el reloj, que sepan mantener la calma en tres semanas. Para un chaval de Albalat compartir autobús con aquel grupo es como entrar en una universidad de élite.

Se foguea de gregario en vueltas de una semana, gana terreno en pruebas donde las grandes figuras descansan, aprende códigos que no salen en televisión: cómo colocar a un líder antes de un puerto, cuándo pedir relevo, cuándo tragarse el orgullo y hacer la goma. El aprendizaje parece ir en línea recta hasta que un control antidopaje rompe la geometría. Trofeo Luis Puig, 1996: el resultado de laboratorio arroja nandrolona. El Comité Olímpico Español le cae encima con seis meses de sanción, de octubre del 96 a marzo del 97.

El argumento de la defensa habla de una pomada para un herpes, de rastros residuales que se convierten en positivo. Pero la época no está para matices. Los nombres de sustancias y médicos empiezan a sonar en los periódicos con una cadencia incómoda, casi rutinaria, y un chaval de 24 años que ya aparece en la lista de sancionados queda marcado antes de consolidarse. Dentro del equipo no le cierran la puerta, sigue siendo útil, trabajador, con margen de mejora.

Fuera, la etiqueta se le pega a la espalda como una segunda dorsal: joven, prometedor, pero con una raya en el expediente. Años después, cuando algunos medios se empeñen en presentarlo como símbolo de limpieza el mismo día de su mayor triunfo, aquel episodio seguirá actuando como sombra silenciosa. Quizá por eso tiene algo de huida y de renacimiento su paso a Vitalicio Seguros en 1998, el equipo de Javier Mínguez. Sale del paraguas histórico de Banesto y se instala en una estructura menos majestuosa, pero ferozmente competitiva.

Allí encuentra espacio para algo que en el mundo Indurain cuesta conseguir: liderar. Ese mismo año se enfunda el maillot de campeón de España en ruta y repite triunfo nacional en 1999, además de subir al podio en la contrarreloj. En las fotos del podio, el rojo y gualda sobre sus hombros contrasta con el recuerdo reciente de la sanción. Son, también, los años en los que se consolida como corredor de tres semanas: en el Tour de Francia de 1999 termina quinto, por detrás de apellidos que hoy forman parte de una crónica turbulenta, pero todavía, en aquel momento, son sinónimo de grandeza.

No es el escalador liviano que se dispara en los últimos cuatro kilómetros, sino un fondista potente, de gesto serio, que se agarra a la bicicleta en los puertos largos y parece encontrar su hábitat natural en las cronos extensas y llanas. Ese molde, el del vueltómano resistente, fiable en la cabina aerodinámica, se parece mucho al que, años más tarde, buscará con insistencia el propio Movistar Team: hombres tipo Valverde o Enric Mas, capaces de sobrevivir en la montaña y ajustar cuentas frente al reloj el último día. De algún modo, Casero anticipa esa figura a finales de los noventa. Lo confirma con su salto a Festina en el año 2000, un equipo que intenta rehacerse tras el escándalo del 98, pero mantiene estructura, material y ambición de equipo grande.

En la Vuelta a España de ese año, el valenciano pelea por la general hasta el último suspiro. Marca regularidad, responde en las cronos, se defiende en la montaña, pero termina cediendo la carrera ante Roberto Heras. Segundo puesto, podio, himno, fotos con la bandera. La sensación flotando en el ambiente es clara: con un recorrido algo más favorable o un punto más de chispa en los grandes puertos, podría haber sido maillot oro.

La vida le ofrece la oportunidad de comprobarlo apenas doce meses después. Vuelta 2001: un recorrido con mucha media montaña, un duelo generacional servido –Casero, 29 años, frente a Óscar Sevilla, el joven escalador del Kelme que irrumpe casi como un personaje de cómic, rubio y descarado– y una contrarreloj final en Madrid de esas que marcan épocas. Sevilla se planta en la capital vestido de líder, con un colchón que parece razonable. Pero al otro lado está un hombre que viene de la escuela de Indurain, que entiende la contrarreloj larga como un examen final en el que cada pedalada es una línea de texto.

Aquella tarde de septiembre, en las largas avenidas madrileñas, el valenciano hace el esfuerzo de su vida. Va comiendo segundos metro a metro mientras el helicóptero de televisión dibuja círculos sobre una ciudad que comienza a despedirse del verano. Cuando cruza la línea de meta, las cuentas le salen: ha arrancado del maillot al chico del Kelme por un margen mínimo y se ha colocado él en lo más alto del podio final. La apoteosis se consuma con olor a pólvora y confeti.

Maillot oro en Cibeles, fotos con autoridades, micrófonos, llamadas. Al día siguiente, aterrizaje en Valencia en helicóptero, visita a la Basílica de los Desamparados, recepción en el Ayuntamiento engalanado. Las crónicas lo describen como un hijo pródigo que vuelve a casa con un tesoro. En paralelo, lejos de la liturgia de besamanos y discursos, un mensaje de voz agita la calma: una grabación en el contestador, firmada por Eufemiano Fuentes, en la que se habla de tener listo “lo que tú ya sabes” para la crono final.

El propio médico, señalado desde hace años como uno de los nombres clave del dopaje sofisticado, intentará rebajar la carga explicando que sólo transmitía un recado de Luigi Cecchini sobre unas bielas especiales. El matiz, otra vez, se pierde en una época saturada de sospechas. Mientras Casero ofrece su triunfo a los valencianos desde el balcón municipal, las palabras “ciclista limpio” aparecen en las páginas de un diario nacional como si hiciera falta subrayarlo varias veces para convencer a un lector cansado de sobresaltos. Después de tocar el cielo, los caminos del ciclismo suelen ramificarse en direcciones imprevisibles.

El campeón de la Vuelta se convierte en objeto de deseo. El proyecto alemán Team Coast apuesta por él: un bloque con licencia nueva, patrocinador potente, ganas de instalarse entre los grandes. Le ofrecen liderazgo, un grupo de gregarios solventes, un discurso de ambición. Sobre el papel, parece el sitio ideal para repetir podios y quizá volver a soñar con las grandes rondas.

La realidad, sin embargo, se impone con crudeza. Los problemas económicos aparecen pronto: sueldos atrasados, cambios de nombre, tensión. La estructura muta a Team Bianchi para hacer hueco a Jan Ullrich, la estrella alemana que llega como salvavidas y acaba ocupándolo todo. El español, que debía ser eje del proyecto, pasa a un segundo plano mientras alrededor se discute sobre licencias, calendarios y cheques sin fondos.

Los resultados se resienten, las grandes vueltas terminan en abandonos, el cuerpo pierde la fiabilidad que lo había convertido en valor seguro. El círculo se cierra en 2005 con un retorno a casa que suena más a epílogo que a nueva página. Ficha por Comunidad Valenciana, el equipo dirigido por Vicente Belda, con un calendario atractivo pero finanzas frágiles. Es un bloque que vive al filo de la navaja en un tiempo en el que el dopaje sistemático se mezcla con la precariedad económica, y que terminará asomando su nombre en los sumarios de la Operación Puerto.

A esas alturas, el mejor Casero ya no está; la potencia contra el reloj se ha diluido, la regularidad en montaña se ha ido con los años de turbulencia. La retirada llega sin grandes titulares, lejos de la épica del 2001, como tantas veces sucede en este deporte: un día de otoño, un dorsal que ya no se coloca, una maleta que se queda en el armario. Un año después de colgar la bicicleta, su nombre vuelve a aparecer en papeles que no tienen nada que ver con resultados ni victorias. En 2006, la Guardia Civil detona públicamente la Operación Puerto: bolsas de sangre custodiadas en frigoríficos, alias escritos con bolígrafo en hojas arrancadas de una libreta, agendas con horarios y códigos.

Entre esos alias, los periodistas identifican el de Casero. Legalmente, el recorrido es limitado: el dopaje no está tipificado como delito en España en ese momento, la Unión Ciclista Internacional se mueve en un terreno difuso cuando se trata de corredores ya retirados. No hay sanción nueva, no se borran resultados del palmarés, no desaparece la Vuelta del 2001 de la lista oficial. Pero en la memoria del aficionado, la asociación queda fijada.

El valenciano entra a formar parte de esa nómina larga de nombres que, de una manera u otra, aparecen ligados a la red de Fuentes. Su caso se superpone con el de tantos otros corredores y estructuras, incluida la saga que va de Reynolds a Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y hasta el Movistar moderno, cuyos episodios oscuros son diseccionados en directorios que repasan con lupa aquella época en la que la frontera entre la preparación avanzada y el fraude se volvió casi invisible. ¿Cómo se reconstruye una vida cuando el maillot ya no te protege de nada? En la costa valenciana de principios de los dos mil, la respuesta más obvia tiene ladrillos y grúas.

Casero se lanza, como muchos deportistas de alto nivel, al boom inmobiliario: promoción de viviendas, urbanizaciones nuevas, parcelas que suben de precio casi de la noche a la mañana. El dinero parece fácil, las oportunidades se multiplican, los bancos abren puertas. En paralelo, abre una tienda de bicicletas en una de las calles más caras del centro de València, Conde de Salvatierra, una boutique del pedal que le permite mantener contacto con los aficionados y con un negocio que conoce bien. La reconversión no se queda ahí: en 2006 reaparece brevemente ligado a un equipo profesional, Pero ya desde el coche, como asesor deportivo del 3 Molinos Resort murciano, otro proyecto impulsado por el dinero del ladrillo.

La aventura dura un suspiro: un año, apenas una temporada, antes de desinflarse como tantas empresas que, durante aquellos años, hincharon estructuras deportivas a golpe de crédito fácil. El verdadero giro de guion llega cuando decide cambiar ladrillo por vallas publicitarias y clasificaciones generales. La Volta a la Comunitat Valenciana, una carrera con historia que llevaba años sin organizarse, busca salvación. Casero compra los derechos, hereda el trabajo previo de quienes habían intentado mantenerla con vida y se encuentra con un marrón que pocos ven porque no sale en la televisión: deudas antiguas, contratos pendientes, instituciones recelosas, patrocinadores que ya no creen en promesas.

Hay que ordenar papeles, renegociar compromisos, presentarse ante la UCI con un proyecto serio. El calendario internacional no espera a nadie y, si la carrera quiere volver al mapa, necesita demostrar que no es un castillo de naipes. El valenciano se arremanga, aprende a leer balances con la misma aplicación con la que antes estudiaba perfiles de etapa y se lanza a vender una idea: una vuelta de cinco días en febrero, con buen clima, recorridos variados y capacidad de ofrecer televisión en directo. Cuando la Volta reaparece en 2016, ocho años después del último triunfo de Rubén Plaza, lo hace con presupuesto contenido, alrededor del millón de euros, y un agujero importante para asegurar la retransmisión internacional.

Casero explica entonces que le faltan unos doscientos mil euros para garantizar la producción televisiva que exigen los grandes equipos. Su trabajo diario tiene poco de glamour: llamadas a empresas locales, reuniones en despachos institucionales, presentaciones con powerpoints donde se mezclan fotos de la Marina de València, estadísticas de impacto y un argumento que apela al orgullo regional. Paralelamente, debe lidiar con la tiranía del calendario: febrero se ha convertido en un mes saturado, con citas en Mallorca, Arabia Saudí, Australia, Argentina. Cada equipo elige dónde poner sus líderes según el interés comercial de sus patrocinadores.

La apuesta de Casero es ofrecer algo que el resto no tiene: un recorrido que combine finales para velocistas, días de media montaña, alguna llegada en alto y una contrarreloj que firme la identidad de la prueba, guiño evidente a su propia historia como especialista. La jugada, con el paso de los años, empieza a cuajar. Los mejores bloques del WorldTour incluyen cada vez más la Volta en sus programas. Movistar, heredero de aquella estructura en la que él se formó, encuentra en València un banco de pruebas perfecto para medir el estado de forma de sus líderes antes de París–Niza, Tirreno o Catalunya.

Las llegadas en lugares icónicos –el Oceanogràfic, la Marina, las plazas interiores de ciudades que se visten de azul y naranja– le dan a la carrera un aire de escaparate televisivo que seduce a patrocinadores y turismo. Los finales en puertos a 30 o 40 kilómetros de meta, con terreno quebrado hasta la llegada, permiten emboscadas y ataques tardíos. Cuando ciclistas como Rui Costa o Brandon McNulty se llevan la general imponiéndose con movimientos valientes, la sensación es que el producto funciona. Ni siquiera la pandemia frena del todo esa evolución.

La COVID-19 obliga a levantar burbujas sanitarias, multiplicar las PCR, organizar salidas sin apenas público, soportar metas casi vacías en una tierra donde la gente está acostumbrada a llenar las cunetas con banderas y neveras de playa. Para un hombre que se hizo ciclista entre gritos de ánimo en los puertos de la Calderona, montar una carrera que la gente tiene que seguir desde el sofá es un ejercicio extraño. Aun así, la Volta sobrevive, se adapta, introduce una edición femenina que va ganando peso, mantiene viva la apuesta por llegadas fotogénicas y etapas que se deciden en los instantes finales. Mientras tanto, en la cabeza de su director ya rondan planes de crecimiento: pasar de cinco a seis etapas, consolidar la meta final en València capital, asegurar que siempre haya una crono distintiva.

Falta el visto bueno de la UCI, falta cuadrar números, pero él insiste en que ése es el camino para que la prueba deje de ser sólo un lugar para coger forma y se convierta en objetivo prioritario del calendario de invierno. En este cruce de caminos reaparece con claridad la silueta de Abarca Sports. El mismo chaval que entró en la casa de Reynolds–Banesto como gregario con futuro se sienta ahora al otro lado de la mesa para negociar con el Movistar Team, heredero de aquella dinastía. Para la escuadra navarra, la Volta es un ensayo general con condiciones casi ideales: sol, carreteras buenas, variedad de perfiles, proximidad geográfica.

Para Casero, tener al equipo azul en la línea de salida es un sello de prestigio inmediato. Basta imaginar la escena en cualquier salida de etapa en febrero: el autobús de Movistar aparcado junto a los coches de equipos continentales, aficionados sacando fotos, corredores jóvenes buscando un hueco para colocarse cerca de las figuras, el director de la carrera caminando entre vallas y conos de tráfico con ese gesto de quien ya ha vivido aquello desde el otro lado de la barrera. El chico que un día compartió concentración con Indurain ahora pide a los responsables del mismo proyecto, muchos años después, que sigan apostando por su vuelta. Queda entonces la pregunta incómoda, la que ronda en las tertulias de bar cuando alguien menciona su nombre.

¿Qué hacemos con Ángel Casero? Las respuestas rara vez son simples. En una esquina de la mesa se sienta el aficionado romántico, que recuerda sólo la crono de Madrid, la mirada seria, el maillot oro arrancado en el último suspiro a un escalador de Kelme. Del otro lado se coloca el escéptico, que trae al debate el positivo de 1996, el mensaje de Fuentes, la mención en los papeles de la Operación Puerto, la sospecha extendida sobre una generación entera.

Ambos hablan a la vez, y los datos no alcanzan para silenciar a ninguno. El palmarés está ahí: una Vuelta, dos campeonatos de España, un quinto puesto en el Tour, años de regularidad en la élite. También está ahí el contexto en el que se forjaron esos resultados, una época en la que los laboratorios corrían casi siempre por delante de los controles. Quizá por eso su segunda vida como organizador adquiere una dimensión que va más allá de la anécdota local.

Un corredor que conoció de primera mano los claroscuros del ciclismo profesional intenta ahora levantar una carrera que presume de espectáculo y de modernidad: llegadas en lugares emblemáticos, carrera femenina, presencia de los grandes equipos, una imagen cuidada que se proyecta en medio mundo. Su nombre seguirá apareciendo, inevitablemente, cada vez que se repase la lista de la Operación Puerto o se hable del dopaje en los años noventa y primeros dos mil. Pero también se asocia ya a la imagen de un maillot amarillo entrando en la ciudad de València cada febrero, con el Mediterráneo al fondo y un pelotón donde ruedan chavales que no habían nacido cuando él ganó en Madrid. Qué fue de Ángel Casero, al final, no es una pregunta que admita una sola frase como respuesta.

Ya no es sólo el ganador de la Vuelta 2001, ni únicamente el nombre escrito en un sumario judicial, ni el empresario que probó fortuna en el ladrillo. Es el tipo que, cada invierno, se juega credibilidad y horas de sueño para que haya una Volta a la Comunitat Valenciana en la que los Movistar de turno y el resto del pelotón puedan seguir escribiendo historias nuevas. Y es, también, un recordatorio incómodo pero necesario de que el ciclismo, como la vida, casi nunca ofrece finales impecables, aunque de vez en cuando concede una segunda oportunidad para intentar hacer las cosas de otra manera.