El Giro y el equipo: la relación con la corsa rosa
Introducción: la corsa rosa en clave telefónica Si te sientas en un bar con un navarro de los de toda la vida y le preguntas por el Giro, lo más probable es...
Una tarde de mayo cualquiera en los Dolomitas suele tener banda sonora propia: hélices de helicóptero picando las nubes, el rumor sordo de las motos de televisión buscando hueco en una carretera demasiado estrecha y un murmullo tenue, casi de misa, cuando aparece en la curva el maillot rosa. A veces es un gigante con las piernas afeitadas. Otras, un tipo más bien pequeño que parece llevar la prenda una talla grande, como prestada. En el arcén, en un coche azul con matrícula española y acento navarro en la radio, alguien mira el dorsal y piensa en todas las veces que esa escena se ha repetido con otros nombres: Indurain, Arroyo, Quintana, Carapaz.
Distintos apellidos, misma estructura. El Giro, para Abarca Sports, se parece mucho a esa foto que se repite en el álbum familiar con diferentes generaciones. Lo curioso es que no empezó siendo un amor vocacional. Durante años, el equipo miró a Italia como un territorio algo exótico, útil para llegar fino al Tour y a la Vuelta, pero poco más.
La ronda de mayo era una estación de paso, no un destino. Con el tiempo, sin embargo, la corsa rosa se fue colando por las rendijas: primero como un desafío paralelo, luego como un laboratorio estratégico y, casi sin hacer ruido, como una especie de ritual íntimo que se repite cada primavera. Basta repasar los números que el propio Movistar muestra con cierto orgullo en su web histórica: cuatro victorias finales, veinticinco etapas, cinco podios en la general y dos triunfos por equipos. Frío sobre el papel.
Historia caliente en la memoria. Para entender por qué el vínculo es tan particular conviene mirar primero a la propia carrera, al escenario antes que a los actores. El Giro nace en 1909 como consecuencia de una guerra de tinta. La Gazzetta dello Sport y el Corriere della Sera se disputan lectores y prestigio; uno de los directores de La Gazzetta recibe un telegrama en mitad de sus vacaciones: el diario rival planea una gran vuelta ciclista, hay que reaccionar ya.
De aquella urgencia sale una primera edición montada casi sobre la marcha, con etapas interminables, bicicletas rudimentarias y un reglamento copiado a medias del Tour francés. La clasificación ni siquiera se hace por tiempos, sino por puntos, porque nadie se fía demasiado de los cronómetros ni de las carreteras. Desde entonces, el Giro se ha empeñado en ser distinto. Cuando en 1931 la organización decide vestir al líder con un maillot rosa, no lo hace por capricho estético: replica el color del papel del periódico que sostiene la carrera.
De ahí en adelante, la identidad se desborda. Donde el Tour presume de orden, el Giro abraza el barroco: puertos como el Stelvio, el Gavia o el Mortirolo, descensos que parecen sacados de una carrera de pueblo, cruces con perros sueltos, etapas que acaban entre nieve, barro y discusiones entre corredores y organizadores sobre si se puede seguir o no. Las clasificaciones se multiplican —maglia rosa, ciclamino, verde, bianca, Intergiro, Trofeo Fuga y una retahíla de premios intermedios— hasta el punto de que medios internacionales han tenido que dedicar artículos enteros a explicarlas. Hay algo deliberadamente exagerado en todo ello, una teatralidad que, paradójicamente, encaja muy bien con la sobriedad navarra de la estructura Abarca.
Porque si algo define a Abarca Sports es precisamente la palabra estructura. Más que un equipo, es una empresa familiar en el sentido ciclista del término: oficinas en Navarra, apellidos que se repiten en los organigramas desde finales de los setenta, una manera de entender el oficio que ha sobrevivido a todos los patrocinadores. Reynolds primero, con una marca de aluminio estampada en el pecho; Banesto en los años de los grandes titulares; después iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y, desde 2011, Movistar. Los colores cambian, el logo también, pero el despacho donde se decide el calendario suele tener los mismos muebles y las mismas voces: Echávarri al principio, Unzué siempre, una tropa de auxiliares y directores que aparecen en las fotos de equipo como si fueran una cuadrilla reunida año tras año.
En aquella primera etapa, la brújula señalaba dos destinos claros: la Vuelta, carrera de casa en todos los sentidos, y un Tour de Francia que pronto se convirtió en obsesión nacional. Italia quedaba un poco en la periferia, como una pariente lejana que se visita de vez en cuando. Se corría el Giro, sí, se pescaba alguna etapa, pero el equipo no viajaba con la sensación de tener una cuenta pendiente con el Trofeo Senza Fine. Eso cambió cuando el maillot pasó a ser blanco, azul y rojo, y un chaval de Villava empezó a volar en las contrarrelojes.
Miguel Indurain ya había enseñado parte de su repertorio cuando Banesto decidió que 1992 podía ser el año del doblete Giro–Tour. La apuesta era descomunal: la historia apenas guardaba unos pocos nombres capaces de ganar en Italia en mayo y repetir en julio en los Campos Elíseos. El equipo desembarcó en Génova con un bloque compacto, pesado, hecho de rodadores que parecían sacados de una fábrica de acero, con la idea de controlar la carrera desde el primer día. Indurain se vistió de rosa apoyado en dos exhibiciones contra el reloj que aún se recuerdan, y convirtió la montaña en un ejercicio de contención serena: donde otros se retorcían, él subía sentado, midiendo cada gesto.
El guion funcionó tan bien que en 1993 repitieron jugada. Misma filosofía, mismo líder, otra maglia rosa al final. Aquel par de Giros consecutivos hicieron algo más que engordar la estadística: demostraron que el modelo de equipo que Abarca había ido puliendo —jerarquías claras, disciplina casi militar, culto a la contrarreloj como esencia de las grandes vueltas— también servía al sur de los Alpes. Italia dejó de ser una excursión para convertirse en un espejo donde mirarse.
Para la afición española, más pendiente del Tour, aquellos triunfos tuvieron un eco más discreto del que merecían; para el pasillo del autobús, fueron fundacionales. Luego llegó el día en que Miguel bajó la persiana y todo se volvió más difuso. La estructura entró en una larga década de transición, con fichas pesadas como Zülle u Olano, con la irrupción de Valverde, con Pereiro ganando un Tour inesperado. El Giro seguía en el calendario, pero ya no había un tótem alrededor del cual construir tres semanas perfectas.
Italia se convirtió en un campo de pruebas continuo, a veces ingrato, a veces revelador. En 2001, por ejemplo, Unai Osa se subió al tercer cajón del podio en Milán. El resultado pasó casi de puntillas en España, pero en el interior del equipo tuvo sabor de confirmación: aun sin un capo indiscutible, aquello seguía siendo capaz de aguantar tres semanas lejos de casa. El auténtico punto de inflexión llegó en 2010, ya bajo patrocinio de Caisse d’Epargne, con un Giro dibujado a tiralíneas para la épica.
David Arroyo llevaba años acostumbrado a ponerse al frente del pelotón cuando tocaba tirar por un compañero, escalador sobrio, eficaz, de esos a los que las cámaras enfocan poco. En la etapa de L’Aquila, entre lluvia persistente y carreteras secundarias, se metió en una escapada larguísima que el grupo de favoritos dejó hacer con una mezcla de desdén y mala lectura. Diez minutos de ventaja, doce, quince. Cuando al día siguiente los líderes se dieron cuenta del desastre, la clasificación general parecía la lista de participantes al revés.
Arroyo heredó la maglia rosa más adelante, la defendió con uñas, dientes y un equipo construido para otro objetivo hasta que el Mortirolo y Aprica dictaron sentencia a favor de Ivan Basso. Terminó segundo, a menos de dos minutos, sin un bloque completamente a su servicio, sin el aura de estrella, casi sin ruido mediático. Dentro de la estructura, aquel Giro dejó dos lecciones profundas: primero, que en Italia la carrera se puede romper en sitios que no estaban marcados en rojo; segundo, que un equipo con oficio, acostumbrado a leer etapas de Vuelta ventosa o de País Vasco retorcido, tiene herramientas para sobrevivir a ese caos. Un año más tarde, la pegatina del coche cambió.
Movistar se convirtió en nuevo patrocinador principal, pero lo que había bajo la chapa seguía siendo, en esencia, Abarca Sports. La teleco llegaba con un discurso global, con el objetivo de ganar en Europa y al mismo tiempo tener un pie firme en América Latina. Para entonces, el ciclismo colombiano ya vivía una segunda primavera y en Boyacá crecía un escalador diminuto que subía como si la gravedad fuese un rumor. Nairo Quintana apareció en la plantilla en 2012, casi en silencio, y no tardó en convertirse en el símbolo perfecto de esa doble ambición: raíces campesinas, acento americano, victorias en la alta montaña europea.
De cara a 2014, el equipo tomó una decisión que hoy parece natural y entonces fue, cuando menos, arriesgada. Quintana iría al Giro como líder único, Valverde guardaría sus balas para el Tour y ambos se cruzarían de nuevo en la Vuelta. Un reparto de galones que definía una nueva forma de entender el calendario: ya no se sacrificaba una gran vuelta para ganar otra; se intentaba competir en las tres. El Giro de aquel año fue un compendio de todo lo que hace diferente a la carrera: nieve en el Gavia y el Stelvio, etapas recortadas, dudas sobre la seguridad, discusiones por radio, ataques en bajadas envueltas en niebla.
Mermado por caídas y enfermedades, Quintana pareció durante días un actor secundario del reparto. Hasta que la carrera se desató en una de esas jornadas invernales que parecen inventadas por un guionista italiano. Entre la cumbre del Stelvio y la llegada en Val Martello, en medio de banderas rojas, motos confundidas y medio pelotón sin saber si se podía atacar o no, Nairo se lanzó cuesta abajo, enlazó con la fuga y terminó el día vestido de rosa. No volvió a soltar el liderato.
Ganó con autoridad, se convirtió en el primer colombiano en conquistar la corsa rosa y devolvió a la estructura navarra a lo más alto de una gran vuelta casi una década después de la Vuelta de Valverde. Aquel podio de Trieste tuvo algo de ajuste de cuentas con la historia. Para Movistar, fue la prueba de que el puente entre Europa y América funcionaba en ambos sentidos: el rosa de Quintana casaba de forma casi simbólica con el azul y verde del maillot, y las imágenes del boyacense alzando los brazos se vieron tanto en Navarra como en Bogotá. También consolidó una idea que en Unzué y los suyos siempre había estado presente: el Giro es el escenario ideal para dejar crecer a líderes que en el Tour cargarían con una presión desmesurada.
Cinco años más tarde, la corsa rosa volvió a colocar a Movistar en el centro del relato. El protagonista, esta vez, fue un ecuatoriano silencioso con pasado de agricultor: Richard Carapaz. Llegaba al Giro 2019 armado con un cuarto puesto y una etapa el año anterior, pero el foco de los micrófonos se dirigía a Mikel Landa, fichaje de relumbrón, aspirante al podio. El plan sobre el papel distribuía roles: el alavés como jefe de filas, Carapaz como lugarteniente con libertad condicionada.
La carretera decidió otra cosa. En Frascati, una caída masiva destrozó el pelotón en el último kilómetro; mientras los favoritos contaban magulladuras y segundos perdidos, Carapaz, que había esquivado el caos por instinto y reflejos, ganó la etapa y se metió de lleno en la pelea por la general. Días después, camino de Courmayeur, lanzó el ataque que cambió el Giro mientras Roglic y Nibali se miraban de reojo. Tomó la maglia rosa, la defendió sin estridencias y se convirtió en el primer ecuatoriano en ganar una gran vuelta.
Ese año, la estructura sumó algo más que un trofeo nuevo en la vitrina. En 2019, Movistar se llevó la clasificación por equipos en las tres grandes vueltas, algo que solo el KAS había logrado décadas antes. Y, casi sin buscarlo, vio cómo el Giro se convertía en serie documental. “El día menos pensado”, estrenado poco después, enseñó al público general discusiones de coche, dudas sobre quién debía mandar realmente, tensiones entre líderes que normalmente se habrían quedado encerradas en el autobús.
Carapaz y Landa compartiendo carretera y silencios, directores con el pinganillo en la mano, periodistas afilando titulares. Muchos interpretaron aquella victoria como la recompensa al único que se atrevió a encender la mecha mientras los demás calculaban. El Giro, otra vez, premiando al que se lanza cuando el resto mira. Si uno toma distancia, el papel del Giro como laboratorio azul aparece nítido.
Italia ha sido el terreno donde Abarca ha ensayado repartos de liderazgo —Quintana y Valverde, Landa y Carapaz— sin renunciar a la competitividad. También el lugar donde gregarios de lujo han dado un salto de categoría: Andrey Amador, Imanol Erviti, José Joaquín Rojas y tantos otros se han curtido en aquellas carreteras imposibles, acumulando horas de televisión y una experiencia que luego han puesto al servicio de otros líderes. Al mismo tiempo, la propia lista de triunfos de etapa cuenta mucho sobre la identidad del equipo: croners de época como Indurain o Alex Dowsett, escaladores puros como Quintana, Carapaz o Einer Rubio, corredores todoterreno como Valverde o Gorka Izagirre. Casi no hay fotos de velocistas puros con el maillot azul alzando los brazos en Italia; sobran, en cambio, imágenes de llegadas en alto, cronos y finales de media montaña donde manda el oficio.
Tampoco hay que olvidar las clasificaciones por equipos, ese territorio donde Abarca se siente como en casa. Ganar el premio al mejor conjunto en una gran vuelta exige algo muy poco glamuroso: que casi todos tus corredores acaben la carrera y lo hagan relativamente arriba. Es un elogio a la profundidad y a la constancia, quizá el trofeo que mejor representa la mentalidad navarra. En el Giro, ese galardón ha servido a menudo para recordar que, incluso en años sin opciones reales de general, el coche azul seguía presente en todos los escenarios.
En la última década, ya sin un capo incontestable para la general, Movistar ha mantenido una relación de fidelidad con la corsa rosa que no es tan frecuente en tiempos de calendarios milimetrados. Las bases de datos sitúan a la estructura entre las más asiduas de la carrera, solo por detrás de formaciones italianas que tienen al Giro casi como una obligación patriótica. El enfoque ha cambiado: menos obsesión por el podio, más flexibilidad. Un líder de top diez si el recorrido cuadra, una o dos etapas como objetivo claro, presencia obligada en la montaña, alguna escapada de largo aliento en la media montaña.
Los ejemplos recientes son elocuentes. En 2023, Einer Rubio alzó los brazos en Crans-Montana al término de una etapa recortada por la nieve, recordando inevitablemente a aquellas tardes heladas del Giro de Quintana. En 2024, Pelayo Sánchez ganó en Rapolano Terme, entre polvo de sterrato toscano y repechos empinados, con el maillot azul manchado de tierra. Dos victorias que hablan de un modelo claro: jóvenes escaladores, sin el foco mediático de un Nairo en plenitud, pero con margen para convertir un día de montaña en un trozo de historia personal y colectiva.
Para el espectador, hay un hilo que une a Pelayo con Arroyo: Italia como lugar donde los secundarios se atreven a reclamar, por unas horas, el papel principal. La relación entre Abarca y el Giro no se ha quedado en el ciclismo masculino. El Giro Donne, versión femenina de la corsa rosa, ha vivido décadas de cambios de nombre, problemas de organización y, pese a todo, se ha consolidado como la gran vuelta por etapas del calendario femenino. Movistar, que ha ido reforzando su apuesta por el equipo de mujeres, ha encontrado también ahí un escaparate perfecto: el mismo decorado alpino, otras protagonistas, un público que empieza a aprenderse de memoria nombres distintos a los de siempre.
Hablar del Giro y de mujeres obliga a remontarse a la figura de Alfonsina Strada, la única ciclista que se ha alineado en la versión masculina de la carrera. En 1924, se inscribió como “Alfonsin Strada”, omitiendo la última letra, y solo con la carrera en marcha se supo que el dorsal 72 pertenecía a una mujer. Aquella edición fue durísima, con etapas interminables y carreteras que hoy serían impracticables. Alfonsina llegó fuera de control en una jornada entre L’Aquila y Perugia, pero los organizadores la dejaron seguir por el impacto que generaba su simple presencia.
Cruzó la meta de Milán con un retraso sideral, pero también con un aura de leyenda que aún hoy surca los relatos sobre la corsa rosa. Su historia sirve de telón de fondo para entender el peso simbólico del Giro en clave femenina. Que, casi un siglo después, un equipo como Movistar se juegue parte de su prestigio también en el Giro Donne cierra un círculo curioso: de una campesina emiliana que se escapaba de casa para ir a correr, a un bloque profesional que viaja con dos estructuras —masculina y femenina— para afrontar las montañas italianas. Por supuesto, todo idilio tiene sus riesgos.
Desde el punto de vista deportivo, apostar fuerte por el Giro significa asumir que mayo es un mes caprichoso: lluvia, nieve en altura, carreteras en obras, logística compleja. Significa, sobre todo, acercar demasiado ese esfuerzo de tres semanas a un Tour que sigue siendo el gran escaparate mundial. Quintana lo vivió en carne propia: su Giro imperial de 2014 tuvo un peaje en Tours posteriores donde, aunque se subió varias veces al podio, nunca terminó de trasladar aquella sensación de superioridad italiana a las carreteras francesas. Hay también una exposición pública distinta.
El Giro es una carrera con memoria larga y lengua afilada. Las decisiones tácticas se discuten en bares, tertulias, foros; los errores se recuerdan durante años. El documental de Netflix mostró al mundo conversaciones que antes quedaban protegidas por la puerta del autobús, y esa mirada permanente obliga a gestionar algo más que vatios y pulsaciones. Pero forma parte del pacto: si quieres que la corsa rosa te regale días de gloria, tienes que aceptar que te desnude cuando la táctica falla o el líder duda.
Y, sin embargo, la estructura navarra sigue volviendo. Año tras año, coche azul, acentos mezclados —navarro, colombiano, ecuatoriano, asturiano— y esa mezcla extraña de rigor y romanticismo. Italia les ofrece un terreno menos controlado que el Tour, más permeable a la sorpresa. Ellos ponen la capacidad de sufrir en silencio, de no regalar titulares cuando las cosas no salen, de convertir un segundo puesto como el de Arroyo en 2010 en un pequeño orgullo interno.
Si uno mira hacia atrás, el hilo que une todas estas escenas es evidente. Sin el Giro, la historia de Abarca Sports sería más corta, pero sobre todo sería más plana. Italia fue el lugar donde Banesto aprendió que una gran vuelta se podía ganar como quien resuelve una ecuación; el país que vio nacer al Quintana campeón de grandes vueltas y al Carapaz que llevó a Ecuador a lo más alto; el escenario donde gregarios discretos se transformaron, por un día, en héroes de portada. A cambio, el equipo navarro ha aceptado cada año el peaje de la corsa rosa: meteorología cruel, traslados interminables, horarios imposibles, polémicas inevitables.
Hoy, con un pelotón globalizado y un Movistar que mezcla veteranos curtidos y chavales que aún miran las cunetas con ojos de niño, la relación con el Giro sigue siendo de ida y vuelta. Tal vez ya no haya un Indurain destinado a aplastar contrarrelojes ni un Quintana en versión intratable, pero sí hay un montón de corredores que sueñan con escuchar su nombre pronunciado en italiano al cruzar una meta cuesta arriba. Mientras exista esa ambición, en alguna curva perdida de los Dolomitas aparecerá un coche azul, una lunaresox lumbar con dorsal español o latinoamericano y un director arrugando el parte de etapa en las manos. Porque, al final, el Giro ha hecho con Abarca lo que hace con todos sus amantes: los ha empapado de lluvia, los ha puesto a temblar en bajadas imposibles, los ha zarandeado con polémicas y, cuando menos lo esperaban, les ha entregado momentos que justifican toda una vida de carretera.
Y mientras haya una maglia rosa asomada a la ventanilla de un coche navarro, dudando entre mirar al cielo o al contador de vatios, la historia entre el equipo y la corsa rosa seguirá escribiéndose, una primavera más, en esas carreteras donde el rosa se refleja, testarudo, sobre el azul que sube hacia la nieve.