De Pamplona al mundo: la base navarra del equipo La persiana gris se levanta despacio en un polígono de Egüés. Fuera hace frío, el típico frío húmedo que se mete en los huesos a ocho kilómetros de Pamplona, pero dentro el aire huele a goma nueva, a grasa fina y a café recién hecho. A la izquierda se alinean bicicletas Canyon con las pegatinas aún sin arañazos, en columnas que parecen diseñadas con escuadra y cartabón; a la derecha, maletas con nombres escritos a rotulador que remiten a media Europa y a media América Latina. En el fondo, una pared de maillots: azul celeste de Banesto, verde casi fosforito de Caisse d’Epargne, blanco y azul eléctrico de Movistar. El sitio se llama Abarca Sports, pero los que mandan aquí lo llaman simplemente La Nave, o La Bajera, como si hablaran del local de una peña. Desde este almacén de sueños con vistas al valle se organiza la vida del equipo más veterano del WorldTour. Lo llamativo no es tanto lo que se ve como lo que no se ve. No hay rascacielos con logo corporativo, ni recepciones de mármol, ni un ejército de consultores entrando y saliendo con acreditaciones. Lo que hay es una empresa navarra registrada en el polígono de Egüés, heredera de una historia que arranca cuando todavía se fumaba en las reuniones técnicas, y que ha resistido a bancos, gobiernos autonómicos, cajas de ahorros francesas y multinacionales telefónicas sin cambiar de acento. Otros proyectos han cruzado fronteras, han mudado de dueño, de país y hasta de idioma. Aquí, en cambio, se ha mantenido una idea sencilla: ser un equipo de Navarra que compite por todo el mundo, no una estructura global que, por casualidad, tiene el buzón en Navarra. Para encontrar el origen hay que rebobinar hasta 1980, cuando la empresa de aluminio INASA decide poner su marca en un maillot y bautizarlo Reynolds. El ciclismo español intenta profesionalizarse, pero la escena aún se parece más a una cooperativa que a una industria. En la parte técnica aparecen dos nombres que acabarán inscritos en el mobiliario fijo de este deporte: José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué. Los resultados llegan despacio, sin fuegos artificiales, pero se va construyendo algo que, visto con perspectiva, vale más que unas cuantas victorias aisladas: un modo de trabajar casi artesanal, pegado a la tierra, con corredores que duermen cerca de donde entrenan y auxiliares que conocen cada repecho por su nombre. El relato cambia de tono cuando irrumpe un segoviano con aspecto de vecino de peña sanferminera: Pedro Delgado. Con el maillot de Reynolds gana el Tour de 1988 y la Vuelta de 1989. De repente, la furgoneta navarra, acostumbrada a moverse por carreteras de casa, aparece aparcada cerca del podio de París. Imaginemos la escena: el mismo staff que días antes recogía vallas en la Vuelta a Navarra empuja ahora una bici hacia la rampa de salida del Tour. La estructura, que hasta entonces se pensaba en clave local, descubre que puede gobernar carreras lejanas sin renunciar a su manera de hacer. A finales de aquella década entra Banesto, primero compartiendo espacio con Reynolds y después ocupando por completo el maillot. Cambian los colores, llegan patrocinadores que hablan en términos de cuotas de mercado y planes quinquenales, pero muchos detalles siguen oliendo a casa. El corredor franquicia ya no es Delgado, sino Miguel Indurain, un tipo que habla poco y pedalea como si el tiempo pesara más para los rivales que para él. Sus cinco Tours y sus dos Giros consolidan una manera sobria de ganar, casi fría. Durante un periodo, la sede administrativa se desplaza a Madrid, el banco quiere tener al equipo cerca de los despachos, pero la raíz técnica continúa en el norte. Se sigue concentrando en la zona, se siguen mimando carreras como la Clásica de Estella, se mantiene una nómina de mecánicos, masajistas y directores que apenas rota. Después del banco vendrán los dominios de internet, el gobierno de las Illes Balears, la caja de ahorros francesa, y finalmente el azul corporativo de Telefónica. IBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar. La lista parece un viaje por las distintas etapas de la economía ibérica de los últimos cuarenta años. Debajo de cada una de esas camisetas, sin embargo, permanece una misma estructura jurídica: Abarca Sports, S. L. Constituida en Navarra en 2003 y asentada en Egüés. La razón social no cambia mientras cambian los logos en el pecho de los corredores. Es como si la empresa, discreta en el registro mercantil y en los polígonos industriales, fuera el ancla que impide que el equipo se desplace demasiado lejos de su punto de partida. En 2025, esa discreción se ve sacudida por un nombre que suena a alta finanza: Quantum Pacific. El grupo inversor entra en el accionariado de Abarca Sports con un 43 % de participación. Los titulares hablan de músculo económico, de opciones para crecer, de proyectos nuevos que van más allá del calendario tradicional. Pero el detalle importante, contado con calma por Diario de Navarra, es que el control sigue siendo navarro. La sede continúa en Egüés, los Unzué y compañía mantienen la mayoría y la toma de decisiones permanece cerca de las carreteras por donde se entrenan los corredores. El equipo se sofistica, se abre a capital internacional, pero la llave del candado de la nave sigue en manos de gente de la zona. Volvamos a esa nave. Quien entra por primera vez siente que ha abierto la puerta de un museo que aún está en uso. En un estante, un cuadro de aluminio Reynolds, pesado y con las soldaduras visibles. Un poco más allá, un montaje de carbono de última generación que apenas se puede levantar con dos dedos. En la pared, los maillots celestes de Banesto al lado de los verdes de Caisse d’Epargne y de los blancos y azules de Movistar. No son solo recuerdos: son capas de una misma piel. Aquí se planifica una estructura que acumula cuarenta y siete temporadas, más de mil victorias, ocho Tours, cinco Vueltas y seis Giros, como le gusta recordar a la propia web del equipo. Pero la escala del día a día es otra. Taller, oficina, almacén. Un gran taller, eso sí, donde todo el mundo se conoce. En pretemporada, los corredores convierten La Nave en una especie de campus. Pasan por las manos del biomecánico, escuchan a los nutricionistas hablar de gramos de arroz y mililitros de bidón, atienden a los directores que dibujan etapas con rotuladores sobre mapas plastificados. Muchos viven su primera visita como un rito de paso: se cambian en un vestuario donde todavía quedan taquillas con nombres de cuando Indurain estaba en activo, salen a entrenar por carreteras que han visto en televisión desde niños y regresan para cruzarse en el pasillo con auxiliares que llevan más años en la furgoneta de los que ellos tienen de vida. El ciclismo global, con sus aeropuertos, sus hoteles impersonales y sus ruedas de prensa, se traduce aquí en llaves Allen, pastas de té y conversaciones en voz baja. El entorno ayuda. A quince minutos está Pamplona, con su bullicio de capital pequeña y su aire de ciudad universitaria. A media hora, Estella, territorio sagrado para el equipo desde los tiempos de Reynolds y Banesto, donde las victorias se guardan casi como si fueran títulos de propiedad. Una hora de coche basta para plantarse en los valles pirenaicos. Para exigirle al cuerpo, no hay que inventarse simulacros de altitud; bastan Urbasa, Belagua, los altos de Sakana o las rampas duras de San Miguel de Aralar. Cada salida desde la nave puede convertirse en un examen, y eso marca tanto a juveniles como a profesionales. Ésa es quizá la clave para entender lo que se ha montado en torno a Pamplona y Navarra. Movistar es el vértice más visible, el que aparece en el Tour, la Vuelta o el Giro, pero el tejido es mucho más amplio. Redes de clubes que organizan marchas cicloturistas, escuelas que llevan décadas sacando chavales en bicicleta un sábado tras otro, estructuras amateur que pelean por hacerse un hueco en el calendario. Clásicas como Estella, rondas como la Vuelta a Navarra o pruebas de la zona de Sakana se han convertido en puntos de encuentro donde se cruzan colores azules, verdes y blancos de proyectos que han nacido a pocos kilómetros de distancia y que comparten algo más que las carreteras. Durante años, la antesala natural de la nave de Egüés se vistió de rosa. El equipo Lizarte, con sede también en Navarra, funcionó como la universidad no oficial de Abarca. Sobre su maillot han crecido corredores como Andrey Amador, Enrique Sanz, Dayer Quintana, Marc Soler, Richard Carapaz, Antonio Pedrero o Héctor Carretero, por citar solo algunos. Casi todos pasaron por calendarios duros, con montaña abundante y carreras nerviosas, donde se fomentaba el ataque y se entendía el error como parte del aprendizaje. Cuando uno de esos jóvenes aparecía luego en La Nave para firmar su contrato profesional, el equipo ya sabía quién era, qué tipo de corredor tenía delante y qué ciclista podía llegar a ser. Lo había visto guerrear en Estella, sufrir en el Bidasoa, aprender a moverse en la Vuelta a Navarra. Ese modelo basado en alianzas se ha ido completando con una estructura más propia: el Movistar Team Academy, el equipo de desarrollo que Abarca ha colocado oficialmente bajo su paraguas. Una docena de corredores, nacionales e internacionales, con maillot azul y un calendario pensado para enseñarles tanto a competir como a vivir en un pelotón profesional. La idea no es romper los puentes con Lizarte ni con otros conjuntos de la zona, sino sumar un peldaño intermedio que permita controlar más de cerca la transición de juvenil a profesional. En la práctica significa que un chaval puede pasar del club de barrio a la escuela asociada, de ahí a un conjunto como Lizarte o a la Academy, y desde ahí a la nave de Egüés sin haber dejado nunca de moverse por las mismas carreteras. Un escalón más abajo, en categoría júnior, aparece otro nombre cargado de historia: Cafés Baqué. En 2023, Movistar anuncia un acuerdo con la estructura júnior de Baqué y con la escuela Elkar Kirolak para apoyar sus equipos masculino y femenino. No se trata de poner un parche azul en el maillot y salir en la foto. La alianza se concreta en bicicletas, material técnico, asesoramiento, y, sobre todo, en que la M de Movistar acompaña a chavales y chavalas de 16 a 18 años que empiezan a asomarse a calendarios serios. Si el crecimiento es el adecuado, ese grupo se convierte en la base misma del embudo: quienes destaquen pueden llamar a la puerta de la Academy, de Lizarte o de cualquier otra estructura de referencia sin salir de casa. Mientras todo eso sucede bajo el paraguas de Abarca, al otro lado de la ciudad un verde distinto traza su propia ruta. Caja Rural-Seguros RGA utiliza Pamplona como centro de operaciones para su equipo profesional y para su filial élite y sub-23, Caja Rural-Alea. La imagen de la presentación de la Vuelta a Navarra es muy ilustrativa: el filial se presenta con corredores jóvenes como Alex Díaz, Javier Ibáñez, Ilia Shchegolkov o Mikel Uncilla en un escenario poco glamuroso pero muy reconocible, el concesionario Toyota Tauro Motor, patrocinador tanto de la prueba como del equipo. Un pie en la calle, otro en la competición de alto nivel. Esa misma semana, mientras un bloque se deja la piel en Navarra, otro viaja a la Volta a Portugal do Futuro y un tercero disputa clásicas en Valladolid. Un mismo punto geográfico, varias líneas de trabajo abiertas. En el ámbito profesional, Caja Rural-Seguros RGA dibuja su temporada desde un hotel de las afueras de Pamplona, el Bed4U, convertido en cuartel general invernal. Allí se mezclan charlas tácticas, reuniones con patrocinadores, sesiones de biomecánica y nutrición, y una visita obligada a la sede de Alea, la marca de avena que alimenta al equipo y que forma parte de la identidad del proyecto. En alguna de sus últimas temporadas, once de los veintiún ciclistas profesionales procedían del filial. Muchos han aprendido a manejarse en los mismos puertos donde, décadas atrás, Reynolds o Banesto cincelaban la forma de sus líderes. El círculo se cierra: las carreteras que sirvieron de campo de pruebas a Indurain son ahora el laboratorio de un ProTeam que aspira a colocar corredores en grandes vueltas. El tercer vértice de esta constelación navarra lleva el nombre de una farmacéutica: Equipo Kern Pharma. También con base en Pamplona, lleva cinco temporadas en el profesionalismo y ha ganado fama de conjunto joven, valiente, con una apuesta decidida por su cantera. Su escenario preferido para presentarse ante la gente es el Hotel Tres Reyes, en pleno centro de la ciudad. Cada enero, el hall se llena de aficionados, autoridades y patrocinadores; más de quinientas personas han llegado a abarrotar la sala para escuchar a directores y ciclistas hablar de sueños y objetivos. Detrás del micrófono, casi todos comparten un mismo camino: han pasado por el Equipo Finisher, el filial élite y sub-23 que actúa como auténtica fábrica de talento. Los números hablan por sí solos. En 2024, Kern Pharma presenta una plantilla de 24 corredores, de los cuales ocho son nuevas incorporaciones y cuatro llegan directamente desde Finisher. Hasta dieciocho han pasado por una categoría inferior de la misma estructura. El caso de Ibai Azanza es paradigmático: pamplonés de 2004, campeón navarro de contrarreloj sub-23, se pasa dos años creciendo en el filial, aprendiendo a competir lejos de casa y a sufrir cerca de ella, hasta lograr un contrato profesional hasta 2026. Él mismo lo resume con sencillez en la web del equipo: buen material, preparación cuidada, compañerismo fuerte. Otro ejemplo es el de Pablo Carrascosa, nacido en Santa Amalia (Extremadura) en 2002, cuatro años en Finisher, victorias en vueltas como Extremadura o Bidasoa, y un contrato profesional que le abre las puertas a experiencias como la Volta a Portugal o la Arctic Race. Dos acentos distintos, un mismo hilo conductor que pasa por Pamplona. Si se pone todo junto sobre un mapa, aparece un patrón nítido. Tres estructuras fuertes —Movistar/Abarca, Caja Rural-Seguros RGA y Kern Pharma— asentadas en la misma provincia. Tres modelos que comparten rasgos: empresas sólidas pero muy vinculadas al territorio, una apuesta casi obsesiva por la cantera, un uso intensivo de las carreras navarras como banco de pruebas y una relación directa con la afición. No hay presentaciones en centros de convenciones anónimos, sino actos en hoteles céntricos, concesionarios de coches, sedes de patrocinadores o plazas de pueblo. Corredores, dirigentes, patrocinadores y vecinos se saludan de tú a tú. Los fichajes se anuncian con notas de prensa, pero también con corrillos de bar. Ese arraigo tiene ventajas evidentes. Da identidad, fideliza a empresas y entidades locales, crea una narrativa fácil de contar: chicos de la zona que se hacen mayores en casa y acaban midiéndose en el Tour, la Vuelta o el Giro. Al mismo tiempo, obliga a mantener un equilibrio delicado. Cuando la base económica depende en buena parte de empresas vinculadas a la región —una cooperativa de crédito, una farmacéutica con sede cercana, un grupo de inversores que apuesta por la estructura navarra— cualquier cambio de estrategia puede tambalear la construcción. Basta recordar los finales de ciclos con Banesto o con el Gobierno balear para comprender hasta qué punto un patrocinador puede alterar la vida de un equipo. Otro desafío es el riesgo de mirarse demasiado al ombligo. Con tanto talento circulando por las mismas carreteras, la tentación de pensar que todo se resuelve dentro de casa es grande. La entrada de Quantum Pacific en Abarca, la internacionalización creciente del calendario de Caja Rural o la expansión de Kern Pharma hacia pruebas en el norte de Europa responden en parte a esa necesidad de abrir ventanas. Mantener la base navarra, sí, pero sin perder de vista que el ciclismo profesional se juega también en escenarios, culturas y mercados que no hablan con acento de la Cuenca de Pamplona. La gestión del talento añade una última capa de complejidad. En un territorio donde varias estructuras fuertes comparten espacio, la competencia por los mejores jóvenes se agudiza. Un junior prometedor puede elegir entre el rosa de Lizarte, el verde de Caja Rural-Alea o el blanco del Equipo Finisher, por citar tres opciones evidentes. La decisión no se reduce a una cuestión deportiva; intervienen sensaciones personales, la confianza en los técnicos, la promesa de un calendario concreto, incluso detalles tan sencillos como la proximidad de casa o la facilidad para compaginar estudios. Movistar, con su presencia en el WorldTour, ejerce una atracción obvia, pero sabe que no todos los talentos navarros pasarán por su embudo. Caja Rural y Kern asumen, a su vez, que el escaparate de las grandes vueltas que ofrece el equipo azul puede llevarse a medio plazo a algunas de sus mejores piezas. Aun así, la fotografía que queda es poderosa. Visto desde fuera, Movistar es un bloque azul que aparece cada julio en el Tour, cada otoño en la Vuelta, con un patrocinador global como Telefónica y un palmarés que impresiona. Visto desde dentro, es una empresa navarra instalada en una nave de Egüés, rodeada de vecinos que se llaman Caja Rural o Kern Pharma y que comparten carreteras, bares y preparadores físicos. Las furgonetas de unos y otros se cruzan cada semana en las rotondas de salida hacia Estella o hacia el norte, camino del Pirineo. En una mañana de enero, si te sientas en un bar de Pamplona que quede cerca de la estación de autobuses, verás entrar a grupos de ciclistas con ropa de entrenamiento. Algunos llevan el azul de Movistar, otros el verde de Caja Rural, otros el blanco con detalles verdes de Finisher, otros el rosa de Lizarte. Puede que compartan mesa, que coincidan en la cola para pagar el café, que se conozcan de haber compartido habitación en una Vuelta a Navarra o en una concentración de juveniles. No sabes cuál de ellos acabará alzando los brazos en el Tour, cuál hará top diez en una Vuelta a Portugal y cuál volverá a trabajar en la empresa familiar dentro de unos años. Lo que sí sabes es que, de una forma u otra, todos forman parte de la misma corriente. Ese es, al final, el secreto de la base navarra del equipo. Un corazón que late en una nave de Egüés, una red de clubes, escuelas y estructuras que se cruzan entre Pamplona y Estella, y una convicción casi obstinada de que para viajar lejos hay que tener una buena casa a la que regresar. Desde los primeros cuadros de aluminio de Reynolds hasta las máquinas de carbono que hoy salen a la carretera con la M de Movistar, desde las tardes de gloria de Banesto hasta los proyectos que imagina Quantum Pacific, todo pasa por ese mismo pasillo donde se secan los chubasqueros tras un día de lluvia. El ciclismo, aquí, sigue siendo eso: gente de barrio que ha aprendido a ganar el Tour sin dejar de saludar por su nombre al vecino del quinto.