INTRODUCCIÓN: UN EQUIPO IMPOSIBLE QUE DICE MUCHO Pensar el equipo ideal de la Vuelta con solo ciclistas Abarca es jugar con la historia reciente del ciclismo...
El zumbido de la máquina tragaperras se mezcla con una repetición granulada de Lagos de Covadonga en la tele del fondo. En la barra, un par de maillots antiguos amarillean dentro de sus marcos: uno blanco y azul de Reynolds, otro con aquel arco iris de Banesto que parecía diseñado para ganar contrarrelojes. Sobre la madera, pegajosa de cerveza seca, un posavasos con el logotipo de Movistar sostiene un café que se enfría. En la esquina, alguien suelta la pregunta que lo desordena todo: «Con todos los ciclistas que han pasado por la casa Abarca, desde Reynolds hasta el Movistar de ahora… ¿qué ocho harías para ganar la Vuelta?».
Hay bares que viven de las tragaperras y otros que sobreviven gracias a las discusiones. Este pertenece a la segunda categoría. Un camionero que apenas mira la televisión responde de carrerilla que habría que llamar a Pogacar. Otro, con una gorra de Burgos-BH, menciona a Evenepoel.
El tipo del café, que lleva en el móvil una foto con Valverde en una salida neutralizada, niega con la cabeza. No vale, dice. Solo valen los de casa: Reynolds, Banesto, iBanesto.com, Caisse d’Epargne, Movistar Team. Todo lo que haya pasado en estos más de cuarenta años por el autobús navarro.
Nada de estrellas prestadas. La condición estrecha el juego y lo hace más divertido. Porque detrás de ese nombre actual, Movistar, hay una estructura que ha cambiado de color, de patrocinador y de logo, pero ha mantenido una obsesión casi infantil: las vueltas de tres semanas, y en especial la ronda española. Cuando en 2023 el equipo anunciaba su bloque para La Vuelta —Enric Mas, Oier Lazkano, Einer Rubio, Nelson Oliveira, Rubén Guerreiro, Iván García Cortina, Jorge Arcas, Carlos Verona— recordaba de paso que llegaba a su participación número 44 consecutiva en la carrera, la decimotercera bajo el paraguas de Telefónica.
La Vuelta como tradición familiar, como cita obligatoria al final del verano. En la pantalla del bar, mientras los tertulianos improvisados discuten nombres, aparece un plano corto de Mas en una llegada en alto reciente. Da igual cuál. Podría ser Manzaneda, Ancares o Cuitu Negru.
Importa más lo que representa que el lugar exacto: el último eslabón de una cadena que arranca a principios de los ochenta, cuando un equipo navarro con patrocinio de una marca de aluminio, Reynolds, se inventó la idea de que desde Pamplona también se podía discutir la general de una gran vuelta. Entonces el ciclismo español miraba a Francia con complejo y a la Vuelta como a una carrera que se disputaba con más corazón que estructura. Aquel Reynolds fue el laboratorio. Por allí se asomó Ángel Arroyo, escalador de curvas de herradura y tardes de transistor; un corredor que parecía hecho para llegar solo a estaciones de esquí todavía en obras.
También un Miguel Indurain joven, desgarbado en los descensos mojados y enorme en las cronos largas, que tuvo que aprender su oficio dando vueltas a España antes de encadenar Tours con el maillot de Banesto. La Vuelta le dio algún revolcón y más de una etapa bajo la lluvia. Le enseñó, sobre todo, a sufrir cuando las piernas no respondían al rango previsto del potenciómetro que todavía no existía. La llegada del patrocinio de Banesto elevó el experimento a institución.
Misma base navarra, más medios, más presión. Indurain, con ese aire de funcionario aplicado, jamás llegó a inscribir su nombre en el palmarés de la ronda española, pero dejó dos segundos puestos, en 1991 y 1992, que definieron el modo Abarca de entender una general: controlar los ritmos, ningún gesto de más, todo al servicio del líder. A su vera creció Abraham Olano, que en 1998 completó la faena que se le escapó al gigante de Villava: ganó la Vuelta con una receta muy de casa, resistencia en la montaña, equipo disciplinado y remate quirúrgico en la contrarreloj final. Más tarde, la piel cambió de nuevo.
De los tonos azules de iBanesto.com se pasó al negro y rojo de Caisse d’Epargne, el paso previo a la era Movistar. El concepto, sin embargo, seguía siendo reconocible. Alejandro Valverde apareció en escena como líder absoluto para las tres semanas, rodeado de gregarios que ya no eran solo españoles y de un calendario que mezclaba Ardenas, Tour y Vuelta con naturalidad. En 2009, vestido con aquellos colores sombríos, el murciano se llevó por fin la general española a fuerza de regularidad, de cuidar cada bonificación, de ganar donde tocaba y de perder lo mínimo cuando tocaba aguantar.
Movistar heredó esa base y le añadió una capa de modernidad: nutricionistas, científicos de datos, directores que viajaban con ordenador portátil y un gusto especial por los líderes latinoamericanos. Allí encontró su lugar Nairo Quintana, que en 2016 devolvió la Vuelta al zurrón de la casa con aquella emboscada camino de Formigal que todavía se recita en las tertulias nocturnas como manual de cómo desmontar un tren del Sky en un día de media montaña. Un ataque lejano, varios gregarios por delante, la decisión de jugarse la carrera entera antes de llegar al puerto final. Mientras tanto, la propia carrera también se transformaba.
La Vuelta de hoy es una criatura compacta, intensa, diseñada para que casi todos los días pase algo. La edición de 2024, descrita con entusiasmo por el propio Movistar en su previa, resume bien la idea. Cronos individuales cortas pero decisivas —una en Lisboa para abrir fuego, otra en Madrid con salida en el Distrito Telefónica y final en Gran Vía—, una ración muy limitada de llegadas para velocistas puros y una acumulación casi obscena de media montaña, finales en alto, repechos urbanos de esos que convierten cualquier esquina en un muro. La primera semana, portuguesa, está pensada para el calor, los abanicos y los sprinters que suben mejor de lo que parecen.
Ourém, Castelo Branco, la larga recta hacia Sevilla. Después llega un bloque extremeño donde nombres discretos esconden rampas que dejan huella: Cabezabellosa, Piornal, Miravete, Villuercas. Terreno ideal para cebar fugas o lanzar ataques desde lejos. Galicia aporta sus trampas: Mougás camino de Baiona, el repecho de Cruxeiras antes de Padrón, los finales en Manzaneda o en las laderas de Ancares.
Asturias, mantiene su condición de parque temático del sufrimiento con Leitariegos, Cuitu Negru y Lagos de Covadonga encadenados como una letanía. Y la etapa reina, con Estacas de Trueba, Lunada, La Sía, Tornos y Picón Blanco, se guarda pudorosamente para el último fin de semana, como una emboscada masiva. Un recorrido así obliga a pensar el equipo de otra manera. No basta con un escalador sublime y dos gregarios dóciles.
Hace falta gente que sufra con eficiencia, que se coloque con instinto, que sepa leer el viento, gestionar el estrés de las llegadas nerviosas y soportar la presión de tres semanas en rojo o cerca del rojo. Hace falta variedad. Perfiles complementarios. Gente capaz de asumir que, a veces, la victoria consiste en no cometer un error.
En la barra del bar, alguien pide otra ronda y saca un bolígrafo. La servilleta hace de pizarra. Ocho casillas, como manda la normativa actual de la UCI para las grandes vueltas, lejos ya de los trenes de nueve ciclistas que se veían en los noventa. La primera regla del juego es esa: solo ocho nombres.
La segunda, que todos tienen que haber vestido alguna vez los colores de la estructura navarra, da igual si fue con el logo de Reynolds, con el arco iris de Banesto, con el negro de Caisse d’Epargne o con el azul de Movistar. La tercera, menos evidente, marca la diferencia: hay que elegir a cada uno en su versión más adecuada para la Vuelta, no en su pico absoluto en otras carreras. Y la cuarta norma, quizá la más delicada, prohíbe las alineaciones de fantasía con ocho jefes de fila. Se busca una estructura creíble para tres semanas, con jerarquías claras y tareas definidas.
Las primeras discusiones duran poco. Si este bar estuviera en una calle cualquiera de Pamplona, no habría demasiadas voces en contra de que Alejandro Valverde lleve el dorsal uno. Su Vuelta 2009 concentra lo que fue durante casi dos décadas: siempre delante, siempre atento a las migajas que son las bonificaciones, capaz de rematar en sitios como Xorret de Catí, La Pandera o cualquier cima explosiva que se le pusiera por delante. En la montaña larga sufría lo justo, sin gestos teatrales, y en las cronos se defendía con sobriedad.
Además, tenía un talento poco valorado: sabía sobrevivir a un mal día. Ceder lo necesario, nunca más. Volver a aparecer cuando la carrera se ponía boca abajo. Nairo Quintana ocuparía un lugar cercano en la jerarquía emocional del equipo.
Aporta algo que Valverde no tuvo nunca en la misma medida: la sensación permanente de amenaza desde muy lejos de meta. Su triunfo en 2016 no se entiende sin el trabajo colectivo de Movistar, pero tampoco sin ese instinto para detectar que el Sky de Froome estaba mal colocado aquel día camino de Formigal, ni sin la frialdad de decidir que la única forma de ganar la Vuelta era arriesgarlo todo a una emboscada. Llevar a Quintana en un bloque pensado para una Vuelta como la de 2024 significa obligar al resto de favoritos a mirar de reojo en cada cambio de rasante, en cada carretera secundaria de media montaña. El tercer vértice lo ocupa Abraham Olano, un corredor que parece menos fotogénico que los otros dos pero aporta algo fundamental en un recorrido con dos cronos individuales: seguridad.
Su victoria de 1998 llegó en un contexto en el que las grandes vueltas todavía se decidían en esfuerzos largos contra el reloj y en puertos donde el ritmo continuo contaba más que la explosividad. En este ejercicio imaginario, Olano actúa como respaldo de lujo en la alta montaña, capaz de subir cerca de los mejores, y como seguro de vida en las contrarrelojes de Lisboa y Madrid. Si la carrera llega a la última semana con diferencias pequeñas, su presencia permite imaginar un golpe final que cambie el color del maillot rojo. Y luego está Miguel Indurain, que flota sobre la servilleta como una sombra inevitable.
No ganó la Vuelta, se recuerda una y otra vez, pero su talento para arrasar cronos, para aplacar nervios, para marcar ritmos que ahogan ataques sin necesidad de cambiar de gesto, convierte su nombre en un imán. El debate en la barra gira en torno a si compensa incluirlo como cuarto líder, sacrificando un gregario, o si resulta más creíble reservarlo para otro papel. El pacto suele llegar por una vía que tiene algo de justicia poética: se le imagina sentado en el asiento delantero del coche, auricular en mano, como director deportivo silencioso. La voz que ordena el caos de tener a Valverde, Quintana y Olano en el mismo ocho.
Tres capos exigen una escolta a la altura. El primer nombre que aparece en la servilleta es Imanol Erviti, esa figura larga que se reconoce desde el helicóptero, tanto en los adoquines de Flandes y Roubaix como en las rectas castellanas de un día de abanicos. Su alianza con la fuga, que tantos días ha dado contenido a etapas aparentemente anodinas, es oro en carreras modernas. En la Vuelta, su papel sería doble: cerrar huecos cuando el viento o un acelerón malintencionado pretenda descoser el grupo de favoritos y colarse en escapadas controladas que obliguen a otros equipos a trabajar.
A su lado, Pablo Lastras encaja como si este ejercicio se hubiera inventado pensando en él. Pasó prácticamente toda su vida deportiva dentro de la estructura navarra, ganó etapas en las tres grandes vueltas y aprendió a hablar con jueces, rivales y directores con la misma soltura. Es de esos ciclistas que entienden cuándo una fuga es peligrosa de verdad y cuándo conviene dejarla marchar. En un bloque tan cargado de talento individual, su misión no sería ganar, sino ordenar: indicar cuándo acelerar, cuándo poner la carrera en manos de los rivales, cuándo sujetar el ímpetu de un líder que se siente sobrado a cien kilómetros de meta.
El comodín perfecto para completar ese núcleo duro tiene nombre centroamericano y acento navarro: Andrey Amador. Acostumbrado a enlazar Giro, Tour y Vuelta en una misma temporada, el costarricense ha construido su prestigio a base de fiabilidad. Sube, baja sin miedo, llanea con una soltura que desespera a los que se enganchan a su rueda. En una Vuelta con tantos días de media montaña, su capacidad para colocarse por delante, para ejercer de lanzadera o de ancla según dicte la táctica, se vuelve casi tan importante como los vatios de los líderes.
Queda por definir el frente rápido. José Joaquín Rojas encarna mejor que nadie la evolución del velocista moderno. Debutó como sprinter puro, capaz de disputar llegadas masivas, y con los años se convirtió en uno de los gregarios más respetados de Movistar en montaña y llano. Aprendió a ahorrar energía, a subir a buen ritmo puertos de segunda sin descolgarse, a llevar a sus líderes a la base de la ascensión en la posición correcta.
En un equipo ideal para una Vuelta con pocas oportunidades de sprint, su valor reside en esa doble condición: puede pelear triunfos en grupos reducidos y, en el resto de jornadas, trabajar como un gregario más en el tren de montaña. A su lado, la servilleta reserva un hueco para un sprinter de corte clásico, de esos que huelen la línea de meta desde el último kilómetro: un Ventoso, un Lobato. El bar no se pone de acuerdo. Los argumentos se cruzan: uno tiene más oficio, otro más punta de velocidad.
Ambos comparten un mismo destino en este juego: aprovechar las escasas etapas realmente llanas, gestionar los abanicos de la primera semana y, de paso, permitir que los líderes se escondan unos metros más atrás mientras el tren azul pelea por la posición. Con los nombres fijados, la conversación se desplaza hacia el cómo. Cómo correría este equipo una Vuelta como la de 2024. La primera respuesta surge en Lisboa, en esa contrarreloj inaugural que dibuja un prólogo largo entre calles turísticas y avenidas abiertas al viento.
Allí, el objetivo del bloque Abarca sería perder lo mínimo posible con los especialistas que llegan de brillar en el Tour. Olano marca un tiempo de referencia, frío, eficiente. Valverde y Quintana se limitan a administrar daños: ni héroes ni dramas. Los gregarios, conscientes de que lo suyo empieza de verdad al día siguiente, se preocupan más de afinar sensaciones que de rascar segundos.
Las jornadas portuguesas hacia Ourém y Castelo Branco y la llegada a Sevilla son territorio de velocistas resistentes. Rojas y el sprinter puro se reparten liderazgos según el perfil: cuando haya repecho en los últimos kilómetros, manda el murciano; cuando la llegada sea más limpia, se apuesta por el especialista. El objetivo no es convertir la carrera en un monólogo azul, sino aprovechar la capacidad de colocación para evitar sustos, recoger algunas bonificaciones y, si el viento se levanta camino de la Meseta, provocar abanicos que dejen a algún rival directo en fuera de juego. Cuando el pelotón entra en Extremadura y en la sierra andaluza, el guion cambia de tono.
Días como el de Villuercas, con una ascensión final dura pero no decisiva por sí sola, invitan a la creatividad. Amador y Erviti pueden filtrarse en escapadas largas que obliguen a los equipos de otros favoritos a gastar fuerzas. Lastras calibra desde atrás hasta dónde hay que dejarles jugar. Valverde se guarda para rematar en los finales explosivos, esos donde quince o veinte segundos más una bonificación valen medio puesto en la general.
Quintana, mientras tanto, toma notas mentales de las bajadas técnicas y de las carreteras rugosas que más tarde le permitirán arriesgar. La entrada en Galicia y el tránsito hacia Ancares son el territorio ideal para que el colombiano deje de apuntar y empiece a subrayar. Media montaña encadenada, carreteras estrechas, cambios de ritmo constantes. El equipo puede lanzar por delante a un gregario, obligar a los rivales a decidir entre perseguir o dejarles ir, abrir la puerta a un ataque lejano que, sin decidir la Vuelta, marque una primera frontera entre aspirantes y aspirantes de papel.
Ancares, con su dureza irregular, sirve como termómetro de piernas y de lealtades. Si Quintana se siente fuerte, se le da libertad. Si Valverde aparece más entero, se prioriza su regularidad. Si la carrera huele a crono final igualada, Olano se guarda un punto.
Asturias y la etapa reina con Picón Blanco son el examen final. Leitariegos afina las piernas. Cuitu Negru y Lagos de Covadonga separan a los que aspiran al podio de quienes se conforman con una etapa. Allí las decisiones tácticas pesan tanto como las reservas de glucógeno.
¿Se sacrifica el podio de uno de los líderes para hundir al rival más peligroso? ¿Se arriesga un ataque lejano en una jornada con tantos puertos que la fatiga se vuelve un personaje más? En el encadenado de Estacas de Trueba, Lunada, La Sía, Tornos y Picón Blanco, el equipo ideal juega con su profundidad: manda a Amador por delante, usa a Erviti para endurecer el ritmo desde lejos, pide a Lastras que lea los gestos de los rivales, deja que la propia carretera decida quién merece vestir el rojo a dos días de la crono madrileña. Todo suena hermoso sobre la servilleta, pero no está exento de riesgos.
Juntar a tres ganadores o aspirantes claros a la Vuelta bajo el mismo techo implica gestionar egos que alguna vez llenaron titulares. Valverde está acostumbrado a mandar en la carretera y en el autobús. Quintana vivió años de debate interno sobre quién mandaba en la montaña, sobre si el equipo apostaba más por él o por otros compañeros. Olano representa otra generación, otro modo de entender el liderazgo, más jerárquico, menos permeable a la negociación.
Si las jerarquías no se establecen con precisión de relojero, la carrera puede derivar en una sucesión de ataques cruzados que hagan felices a los rivales. También hay un choque de épocas que no se resuelve con un simple café. El ciclismo de los noventa, con cronos kilométricas y diferencias en minutos, tenía sus propias reglas no escritas. El de la década de 2010, con equipos alineados a vatios constantes y directores consultando pantallas en el coche, responde a otros códigos.
Mezclar escuelas no siempre garantiza una síntesis perfecta. El propio Movistar ha sufrido en carne propia los problemas del doble o triple liderazgo tanto en el Tour como en la Vuelta: aquella sensación de tener varias cartas fuertes en la mano y, sin embargo, no ser capaz de ganar la baza. A todo esto se le suma un elemento que atraviesa cualquier conversación de bar: la nostalgia. Un equipo formado por nombres legendarios tiende a parecer invencible sobre el papel, pero cada uno vivió sus éxitos en contextos muy concretos: recorridos distintos, rivales distintos, tecnologías de entrenamiento y control muy diferentes.
Algo parecido ocurre cuando en fútbol se confeccionan onces ideales de temporadas pasadas y aparece, por ejemplo, Pablo Armero en el equipo del año de la Serie A 2010-2011 gracias a un curso especialmente brillante. El recuerdo selecciona, exagera, lima defectos. Con todo, el juego dice mucho de la cultura de la casa. Pocas estructuras han mantenido durante tanto tiempo una línea reconocible.
Obsesión por las grandes vueltas. Predilección por los escaladores con fondo, esos que no deslumbran pero aparecen en las clasificaciones generales año tras año. Debilidad por los clasicómanos generosos, capaces de ganar en una etapa de media montaña y, al día siguiente, tirar del líder en un puerto interminable. Y una relación casi sentimental con la Vuelta, que se ha convertido en gran objetivo doméstico y espejo donde evaluarse cada temporada.
El hecho de que, en las listas de equipos WorldTeam para las ediciones de 2025 y 2026, el conjunto Movistar aparezca de manera automática, como único representante español de la máxima categoría, mientras el resto de plazas se reparten entre ProTeams e invitados como Burgos-BH o Caja Rural, es la confirmación burocrática de esa relación. Igual que el hecho de que, año tras año, las alineaciones que anuncia el equipo para la Vuelta —con bloques jóvenes como los de 2023, 2024 o 2025, donde se mezclan Arcas, Orluis Aular, Carlos Canal, Pablo Castrillo, Jefferson Cepeda, Michel Hessmann, Javier Romo— se analicen siempre bajo la misma pregunta: ¿hasta qué punto este ocho está pensado para sobrevivir a la tercera semana? Imaginar a Valverde, Quintana, Olano, Erviti, Lastras, Amador, Rojas y un sprinter puro condensados en una misma alineación sirve, en el fondo, para valorar lo que esta estructura ha producido en cuatro décadas largas. No solo trofeos, maillots rojos y tardes de gloria, sino una manera de correr.
Un estilo que mezcla el control casi funcionarial heredado de Banesto, la agresividad táctica vista en Formigal, la capacidad de inventarse una etapa reina en cualquier cordillera secundaria de la geografía española y la convicción de que la Vuelta siempre ofrece una segunda oportunidad. En el bar de carretera, la discusión se apaga cuando el camarero anuncia que va a cerrar. La servilleta, manchada de café, descansa junto a la caja. En ella siguen escritos los ocho nombres, rodeados de flechas, interrogantes y tachones.
Antes de marcharse, alguien bromea con cambiar a Olano por Perico, con meter a Carapaz en lugar de uno de los gregarios, con imaginar a Indurain lanzando a Valverde en un repecho camino de Picón Blanco. Nadie se pone del todo de acuerdo, claro. Tampoco hace falta. Porque, al final, la Vuelta también se corre así: entre recuerdos, discusiones y equipos imposibles trazados sobre una servilleta que, quién sabe, quizá algún día alguien vuelva a desplegar sobre otra barra distinta.