El tipo que va clavado al frente del grupo ni mira atrás. El dorsal se le pega al maillot azul de tanto sudor, la visera de la gorra asoma por debajo del casco y la moto de televisión le enfoca solo de refilón, como quien pasa delante de un escaparate sin detenerse. En la esquina de un bar navarro, alguien señala la pantalla y suelta: “Mira al García Acosta, diez kilómetros lleva ya tirando solo”. A su lado, otro responde lo que se responde siempre: “Sí, pero los que hicieron historia son Induráin, Valverde, Quintana…”. Y entonces, al tercer trago, llega la rectificación inevitable: “Bueno… y ellos. Los que se dejan la vida para que los otros salgan en las fotos”. Ahí empieza cualquier tier list honesta sobre los mejores gregarios que ha conocido esta casa. Porque en la saga que va de Reynolds a Movistar, pasando por Banesto, iBanesto y Caisse d’Epargne, un gregario nunca ha sido solo alguien que se sacrifica. En cualquier equipo del WorldTour, la definición de manual habla de corredores que renuncian a su resultado por el del líder. Aquí, esa frase se queda pequeña. En Abarca, el gregario ha tenido que ser medio ciclista, medio director deportivo, un gestor de carrera que traduce el idioma de la carretera cuando el pinganillo se queda corto o cuando el viento sopla tan de costado que no hay táctica escrita que valga. Imagínate una mañana de enero en Tafalla. Nieblas bajas, tres grados, la grupeta azul saliendo a sumar cinco horas de fondo mientras el resto del país mira el parte meteorológico desde el sofá. El líder, ese que en julio se jugará un podio en París, rueda protegido, quizá charla, ajusta guantes. A su alrededor, cuatro o cinco compañeros ya están ensayando el trabajo invisible: quién se coloca a la derecha si pega viento de la izquierda, quién baja al coche cuando falten veinte kilómetros para el siguiente puerto, quién se guarda una bala por si la etapa pide arrancar una fuga. El oficio de gregario se decide mucho antes del banderazo de salida, en días grises sin cámaras ni helicópteros. En Reynolds, cuando todavía el maillot tenía sabor de equipo casi vecinal, los gregarios eran literalmente eso: vecinos. Chicos de la tierra, de carreteras conocidas, que subían puertos que ya habían sufrido de juveniles y que de repente se encontraban abriendo paso a un tal Ángel Arroyo o a un Miguel Induráin con cara de haber llegado para quedarse. No había vatios en tiempo real ni obsesión por los aerotest, pero sí olfato. El bloque se ponía al frente en la Vuelta y el ritmo, sostenido y testarudo, iba dejando rivales por el camino, uno a uno, como si fueran luces que se apagan al fondo del pasillo. En aquellos ochenta de maillot Reynolds, un gregario no leía datos: leía gestos. Si el jefe respiraba un punto más fuerte en la parte dura del puerto, tocaba aflojar. Si el director asomaba medio cuerpo por la ventanilla del coche, había mensaje urgente. La disciplina ya estaba ahí, aunque no tuviera nombre de método ni vídeos motivacionales. Era la lógica de cuadrilla: se gana todos juntos o no gana nadie. Esa frase, repetida sin necesidad de escribirla en ninguna pared, es el hilo que lleva hasta hoy. La llegada de Banesto y el estallido de Induráin bajo los focos transformaron esa intuición en algo más reconocible para el gran público. De repente, las cámaras sí enfocaban a ese tren azul que se colocaba en cabeza en los Pirineos y los Alpes. Cuatro, cinco, seis hombres marcando un paso que parecía razonable hasta que el pelotón empezaba a deshilacharse y se veía quién estaba realmente fuerte y quién solo aparentaba. Miguel, detrás, con su cadencia de metrónomo, ganaba tiempo casi por asfixia ajena, no tanto por ataques espectaculares. Los cimientos del mito se levantaron sobre muchas piernas que nunca subieron a un podio en París. En ese contexto nació una figura que en Abarca tiene rango casi de institución: el capitán de ruta. Alguien como José Vicente García Acosta, por ejemplo, ha sido mucho más que un tipo capaz de hacer esos diez kilómetros brutales al frente de un puerto. Era la voz que ordenaba el caos cuando la etapa se volvía loca, el que sabía cuándo merecía la pena perseguir una fuga y cuándo era mejor dejarla morir de inanición. El hombre que calmaba al líder cuando aparecía un abanico donde no estaba previsto, que traducía las instrucciones del coche al idioma del sudor y el dolor de piernas. Años después, sentado ya en el asiento del director, esa autoridad tenía una explicación: se la había ganado tirando del carro en la cuneta. Muchos de los gregarios de la era Banesto renunciaron a carreras que, en otro equipo, habrían tenido más brillo. Había escaladores que en cualquier otra estructura habrían aspirado a liderar vueltas de una semana y que aquí asumieron que su misión era aguantar un puerto más al ritmo del jefe, preparar el terreno, vaciarse y apartarse a un lado cuando ya no quedara nada. No lo hacían por contrato, aunque también: lo hacían porque la lealtad llevaba nombre y apellido, y porque sabían que, en esa cadena de trabajo, su eslabón era tan importante como el último golpe de pedal del líder. Cuando Banesto desapareció como patrocinador y llegaron los años de iBanesto y luego Caisse d’Epargne, el ciclismo entero entró en una tormenta perfecta de globalización, casos de dopaje y cambios económicos. La estructura navarra se encontró navegando en medio de esa marejada con algo muy frágil y muy valioso a la vez: su manera de entender el oficio. Ya no bastaba con el talento local, había que abrir la puerta a perfiles distintos, a latinoamericanos que traían la altitud en la sangre, a rodadores extranjeros que aportaban otras maneras de leer la carrera. En ese paisaje movedizo, los gregarios fueron quienes sostuvieron al equipo cuando no había un Induráin que tapara cualquier grieta. Pablo Lastras es el ejemplo perfecto. Capaz de rematar una fuga de esas que dan alegrías en días perdidos del calendario y, al mismo tiempo, de gastar el doble para que otro se lleve el premio. Se le recuerda llevándose bidones del coche bajo lluvia fina, enlazando coche y pelotón como un yo-yo incansable, haciendo de puente cuando el líder se había quedado algo atrás. También se recuerda su manera de entrar en una escapada, leerla, disciplinarla incluso, para que aquello no se convirtiera en una feria. Era oficio puro. José Luis Arrieta representa otra cara de la misma moneda: el gregario de larguísimo recorrido. No hay muchas imágenes suyas con los brazos en alto, pero sí cientos con la boca abierta, el cuello tieso y la cabeza ladeada, tirando donde tocara. Corredores así son los que hacen posible que la estructura resista años enteros de transición, temporadas en las que no hay un dominador claro, pero el maillot sigue apareciendo en las clasificaciones, séptimo, quinto, tercero, siempre cerca sin caerse del mapa. Mientras tanto, otros proyectos probaban recetas para construir grupos sólidos de otra manera. El CSC de Bjarne Riis se convirtió en referencia por su capacidad para moldear equipos poderosos, cohesionados, casi de laboratorio. Sus concentraciones incluían campos de supervivencia en bosques nórdicos, ejercicios nocturnos, baños en aguas heladas en Lanzarote a medianoche, todo en nombre de una supuesta fortaleza mental que debía diferenciarles. La “dinamita roja” de Riis, como llegó a bautizarla la prensa danesa y española, mezclaba psicología de grupo y exigencia al límite. Aquel modelo, sin embargo, llevaba escondida una cara oscura. El caso de Tyler Hamilton, con transfusiones de sangre y pagos detallados por medios internacionales, puso en evidencia cómo, detrás del discurso de sacrificio, había prácticas que cruzaban líneas. Carlos Sastre, un corredor respetado por su seriedad, terminó denunciando un boicot interno cuando decidió marcharse del CSC, convencido de que la presión se había vuelto insostenible. Incluso Iñigo Cuesta, un trabajador de montaña de la vieja escuela que pasó por esa estructura, habló en su día de un ambiente “muy caliente”, casi irrespirable, en plena Vuelta a España. De lejos, Abarca miraba, tomaba nota y sacaba su propia conclusión: la disciplina es necesaria, la camaradería también; llevar a la gente más allá de sus límites está en la naturaleza del deporte, pero romper del todo la cultura de cuadrilla tiene un precio. Ahí se entiende mejor por qué, cuando la estructura navarra se reinventó bajo la marca Movistar en 2011, el papel del gregario siguió siendo reconocible aunque el envoltorio multimedia cambiara. Las redes sociales, las cámaras en los coches, las series con acceso al autobús y a las reuniones dieron un protagonismo distinto a esos hombres que antes solo salían en las fotos borrosas del fondo. De pronto, millones de aficionados vieron desde el sofá cómo Erviti discutía con el director una decisión en plena etapa, cómo Castroviejo se sacrificaba sin reservas en el llano o cómo Andrey Amador dirigía un descenso mojado con una serenidad que, desde casa, parecía inconsciente. El tren de Valverde y Quintana se construyó alrededor de esa guardia pretoriana. Un día el rol era controlar fugas desde el kilómetro cero, al siguiente calentar el puerto decisivo hasta dejar el grupo reducido a diez unidades, y al otro inventar un abanico a la salida de un pueblo castellano porque el viento había decidido cambiar de dirección. Los nombres cambiaban, el guion no tanto. Erviti era el hombre al que se recurría cuando había que meterse en una fuga de treinta tíos y salir de allí con una opción real de victoria. Castroviejo, el metrónomo de esos llanos que parecen inocuos y se convierten en cementerios de favoritos mal colocados. Amador, el que se ponía delante en descensos y tramos nerviosos para que el jefe solo tuviera que seguir la rueda. El caso de José Joaquín Rojas resume como pocos el tipo de reconversión que exige el oficio. Llegó como sprinter, con punta de velocidad y ambición de etapas, y con los años se fue transformando en un escudero total. Tiró en montaña para Valverde, se colocó en abanicos para proteger a Quintana, se vació en puertos donde antes habría buscado simplemente sobrevivir. Su palmarés individual quizá no refleja el ciclista que podría haber sido en otra estructura, pero si uno repasa las etapas clave de las grandes vueltas de la última década, lo encuentra casi siempre en la foto, un poco desenfocado, siempre útil. Hay un día que se menciona siempre que se habla del valor real de los gregarios recientes: la emboscada de Formigal en la Vuelta a España de 2016. Salida lanzada, viento lateral, nervios. Tinkoff y Movistar detectan la oportunidad y pactan incendiar la carrera desde el kilómetro cero. Ese plan no se sostiene sobre los hombros de un líder genial, sino sobre una legión de peones dispuestos a jugarse la temporada a una carta. Por parte del equipo ruso, Ivan Rovny fue retratado por crónicas como el gregario perfecto del día, el hombre que hizo posible que la ofensiva no muriera en el primer puerto. En el lado azul, una fila de corredores se dedicó a blindar a Nairo Quintana, a forzar el corte, a mantener el ritmo que dejaría a Chris Froome aislado en una tierra de nadie impropia de un campeón como él. El líder remata, claro, pero la emboscada la escriben los que han encendido la mecha. Desde el sofá, el recuerdo es el de Quintana vestido de rojo y llegando con Chaves a meta, pero si uno rebobina con calma aparecen de nuevo los de siempre: los que han cogido el viento de cara durante treinta kilómetros, los que han cambiado de bici sin una mueca, los que han tirado hasta casi caerse a un lado para que el jefe pudiera dar el último relevo. En los últimos años, con Enric Mas como referencia para las clasificaciones generales, la pirámide de gregarios ha tenido que reajustarse. Algunos veteranos, como el propio Erviti, han seguido siendo faro en carreras de tres semanas, mientras una generación nueva iba aprendiendo a base de golpes. Verona fue durante un tiempo ese escalador solvente dispuesto a morir en el penúltimo puerto por el bien del grupo; Nelson Oliveira se convirtió en metrónomo de media montaña, en ese corredor que se pone a tirar y detiene el reloj mientras el director decide dónde se abrirá la batalla real; hombres como Jorge Arcas o Gonzalo Serrano han ido incorporando a su ambición de ganar etapas la idea de que, antes de pensar en uno mismo, hay que calcular cómo se protege al jefe. El modelo, con matices, sigue siendo el mismo desde los tiempos de aquel Reynolds de carretera secundaria. Los mejores gregarios de Movistar suelen ser corredores que conocen la casa, que han pasado años en la estructura, que han mamado la jerarquía sin necesidad de que nadie se la recite. Con el tiempo, algunos se ganan la ocasión de liderar en vueltas menores o en clásicas concretas, una París-Niza, una Itzulia, una jornada de media montaña que les viene de perlas. Pero cuando llega mayo o julio, el pacto implícito se reactiva: la prioridad es el hombre de la general. El resto son negociaciones internas, detalles que se arreglan con una mirada en la salida o con una frase rápida en el bus. La comparación con proyectos como CSC o Tinkoff ayuda a ver el perfil de Abarca con más relieve. Bjarne Riis llevó su idea de control casi obsesivo al extremo. Cuando vendió su estructura a Oleg Tinkov, el magnate ruso se convirtió en dueño único de Tinkoff Sport, colocó a Stefano Feltrin como mánager general y dejó al danés en el sillín de director deportivo, pero no cambió lo esencial: el equipo seguía dependiendo de la voluntad de un propietario con prisa por ganar y poca paciencia para los matices. La temporada 2016 resultó deslumbrante, con Peter Sagan ganando monumentos y mundiales y con Alberto Contador peleando hasta el último día. Fue también el canto del cisne. En cuanto el dueño se cansó, la estructura desapareció. Movistar, heredera de esa línea que empieza en Reynolds, lleva más de cuatro décadas reinventándose sin borrarse. No lo ha hecho gracias a un líder eterno, por mucho que nombres como Induráin o Valverde hayan durado casi lo imposible. Lo ha hecho porque año tras año ha sido capaz de formar gregarios que no solo daban vatios, sino que entendían la carrera como un idioma propio. Esa continuidad tiene su reverso, por supuesto. A veces cuesta abrir hueco a sangre nueva, hay corredores que se quedan demasiado tiempo pegados a un rol que quizá merecería una vuelta de tuerca, existe el riesgo de que una generación entera envejezca al mismo tiempo y obligue a una reconstrucción dolorosa. Frente a estructuras que cada dos años se reconstruyen a golpe de talonario, fichando bloques enteros y reciclando directores como quien cambia de mobiliario, la estrategia navarra ha apostado por la paciencia. Aquí los gregarios no son piezas desechables, sino memoria en movimiento. García Acosta que pasa de capitán de ruta a director. Lastras que, después de caerse más veces de las razonables, termina en el coche con la misma mirada de perro viejo con la que llevaba bidones. Arrieta que acaba leyendo mapas desde el asiento delantero. La cadena no se rompe, solo cambia de forma. Y entonces, sí, alguien decide jugar a las tier lists. En la barra del bar, con la etapa de fondo, empiezan a salir nombres. En la parte más alta del escalafón sentimental asoman García Acosta, Lastras, Erviti, Castroviejo, Rojas, Amador, Verona, Oliveira, los Arrieta de turno, los Arcas y Serrano que están todavía escribiendo sus líneas. En un rincón especial se reserva sitio a esos escaladores latinoamericanos que, durante años, subieron puertos imposibles a ritmo de jefe sin que su nombre apareciera en los titulares. También hay sitio, aunque sea prestado, para trabajadores como Iñigo Cuesta, que ayudaron a otros líderes en otros equipos mientras aquí se asimilaba lo que convenía copiar y lo que no. La tentación de ordenar esa lista como si fuera una clasificación UCI es fuerte, pero quizá no tiene sentido. ¿Cómo comparas los diez kilómetros a bloque de García Acosta en un puerto pirenaico lleno de nieve en las cunetas con el día que Erviti se metió en la fuga buena en Flandes para honrar el maillot en un terreno enemigo? ¿Qué pesa más, el gesto de Rojas vaciándose en un puerto donde ya no le quedaba escalada en las piernas o la sobriedad con la que Oliveira tira del grupo cuando el jefe ha tenido un mal día y toca salvar muebles? Los números dan pistas, las sensaciones completan el cuadro. Quizá la imagen más honesta no sea un ranking, sino una galería mental. Un tren azul subiendo un puerto alpino en los noventa, descolgando favoritos como si fueran adornos de un árbol demasiado cargado. Una fila perfectamente alineada en un abanico de la Meseta, con el líder escondido en cuarto lugar y cuatro compañeros haciendo de cortavientos humano. Un grupo reducido en una emboscada de la Vuelta, con el jefe protegido por tres maillots azules que ya se han vaciado y siguen apretando solo porque todavía quedan quinientos metros hasta la pancarta. Al fondo de esa galería hay algo que no sale en las estadísticas: la renuncia. Detrás del maillot amarillo de Induráin, de las victorias imposibles de Valverde, de los maillots rojos de Quintana o de las clasificaciones generales de Mas, hay siempre una docena de historias que no terminan en un podio. Corredores que han hecho cien kilómetros al frente sin cobrar más que un “gracias” bajito en el bus, que han dejado pasar oportunidad tras oportunidad porque la hoja de ruta del equipo decía otra cosa. Ahí, en ese espacio entre lo que pudieron ser y lo que decidieron ser, se han ganado los gregarios de Abarca un sitio fijo en cualquier ranking que se haga en voz baja, con la cerveza en la mano y la vista puesta en una pantalla donde, casi siempre, vuelve a aparecer un maillot azul tirando sin mirar atrás. Quizá el mejor elogio que se pueda hacerles es este: los recuerdas más por lo que hicieron por otros que por lo que hicieron por sí mismos. Y cuando el bar se vacía, la etapa termina y las luces se encienden, queda flotando la sensación de que el gregario perfecto es aquel que consigue que te olvides de él mientras está trabajando, pero que, años después, sigue apareciendo en la conversación cada vez que alguien pregunta quiénes han sido los mejores de la historia del equipo.