Polémica en el bar...
El bar huele a café recalentado y a fritura vieja. Es julio, la persiana a medio bajar para engañar al sol, y en la televisión del fondo el Tour trepa en silencio por un puerto alpino. El camarero seca vasos sin mirar mucho la pantalla, hasta que en la mesa de la esquina alguien dispara la frase que lo cambia todo: «Con tres líderes no se gana un Tour». No hace falta subir el volumen.
La discusión arranca sola. El de la camiseta de Colombia apoya el codo en la barra y se aferra a Nairo como otros se aferran a un santo: habla de la Vuelta, de aquellas tardes en que el colombiano atacaba en la sierra y en casa se dejaba el mando a distancia quieto. Frente a él, un tipo con acento del norte se declara landista sin matices, y recuerda con rencor cada vez que vio a Mikel mirar hacia atrás en Sky, esperando órdenes, cuando parecía que las piernas le pedían otra cosa. Más atrás, casi susurrando pero con una convicción de viejo aficionado, otro levanta la taza y sentencia que lo más grande que ha dado este país se llama Alejandro Valverde, y que si alguna vez le hubieran dado un Tour entero para él, sin medias tintas, otro gallo habría cantado.
La escena podría estar grabada en blanco y negro, con humo de tabaco y camarero de chaleco, y sería un guiño directo a aquel «Polémica en el bar» argentino que se convirtió en programa, en sketch y en espejo de un país. En los sesenta, contaba un artículo de época, cinco hombres discutían cada noche alrededor de una mesa sobre una realidad que prometía mucho y cumplía poco. Cambia la inflación por el maillot amarillo, la devaluación por los vatios, Buenos Aires por Navarra, y el mecanismo es idéntico: una realidad que ilusiona y frustra a partes iguales y un grupo de fieles que necesita hablarla hasta que el camarero eche el cierre. En el Movistar de la era Landa-Quintana-Valverde hay mucho de esa tertulia eterna.
Un equipo gigantesco, heredero de una de las estructuras más largas del ciclismo moderno, que parecía siempre a una decisión perfecta de hacer historia y que, una y otra vez, se quedaba a medio camino. El bar, las redes, los foros, todos funcionaron durante unos años como una extensión del autobús azul. Cada etapa no terminaba en meta, sino en una discusión sobre quién mandaba de verdad. Para entender por qué el asunto del doble —o triple— liderazgo encendió tanto a la gente conviene viajar hacia atrás, cuando el nombre Movistar aún no estaba en los maillots.
La raíz es Abarca Sports, la empresa de Eusebio Unzué, y una serie que se recita casi de memoria: Reynolds, Banesto, iBanesto.com, Caisse d’Epargne, Movistar Team. Más de tres décadas construyendo bloques en torno a un jefe claro. En los ochenta, con Ángel Arroyo primero y con Perico Delgado después, la narración era sencilla: un líder, un equipo, una misión. En los noventa, Miguel Indurain convirtió ese modelo en dogma: cinco Tours seguidos y un tren celeste que apenas dejaba espacio a la improvisación reforzaron la idea de que la forma más eficaz de ganar en julio era apostar por una sola carta y rodearla de hombres que supieran, ante todo, a quién debían mirar.
Luego, con iBanesto.com y el paso a Caisse d’Epargne, el ciclismo se empezó a desordenar. Llegaron las plantillas internacionales, los calendarios más amplios, los corredores capaces de ganar tanto una gran vuelta como una Lieja. Alejandro Valverde encarnó mejor que nadie ese tiempo nuevo: un murciano capaz de pelear podios en la general, ganar clásicas, brillar en la Vuelta y salir en todos los telediarios. El equipo empezó a convivir con varias estrellas a la vez, pero el orden seguía siendo más o menos legible: Valverde en el centro del relato, los demás orbitando, bien como escuderos de lujo, bien como co-líderes en contadas ocasiones.
La irrupción de Movistar como patrocinador coincidió con otra sacudida: la llegada de Sky y su dominio casi científico del Tour, la explosión de jóvenes escaladores latinoamericanos, el uso masivo de datos y vatios. En ese contexto aterrizó Nairo Quintana, un colombiano menudo y tímido, que hablaba poco pero subía como si el aire pesara menos para él. En cuestión de meses se plantó en el podio del Tour y se llevó un Giro y una Vuelta. Unzué vio ahí algo parecido a un nuevo filón de grandes vueltas.
Y más adelante, desde Astana y luego desde Sky, apareció Mikel Landa, el vasco que incendió el Giro de 2015 y que en los años siguientes dejó la sensación recurrente de haber corrido muchas veces con el freno echado por la radio. La vieja cultura del líder único se encontró de pronto con una plantilla en la que varios podían sentarse delante de los micrófonos y decir que podían ganar el Tour sin que pareciera una fantasía. Si quisieras ser generoso, podrías llamarlo riqueza. Si mirabas el Tour con la cicatriz de tantas derrotas pequeñas, lo percibías como una fuente permanente de conflicto.
Antes de que Landa se subiera al autobús azul, la convivencia entre Nairo y Valverde ya tenía su propia liturgia. Quintana entró con un perfil casi invisible fuera de la carretera, pero con prestaciones que obligaban a reorganizar prioridades. El murciano, en cambio, representaba la estrella total: carisma, victorias, peso específico en el vestuario y una conexión sentimental enorme con la afición española. Durante el Tour 2013 se escenificó algo parecido a un ensayo general de relevo generacional.
El jefe teórico era Alejandro, pero el colombiano acabó acaparando la pantalla, desafiando a Froome en la montaña y subiendo al podio de París. En esos años, el discurso oficial era impecable. Valverde repetía que no tenía problema en trabajar para el colombiano cuando la carrera lo pidiera; Quintana aseguraba sentirse protegido y querido por el veterano. En la carretera, como casi siempre, los matices eran más finos: alguna etapa en la que el murciano atacaba quizá demasiado pronto para los intereses del colombiano, alguna decisión táctica que encendía a la parroquia en las sobremesas.
Pero la estructura se entendía sin demasiados esfuerzos: un capitán consumado, un heredero con piernas de futuro. Dos líderes, sí, aunque con una jerarquía bastante asumida. La Vuelta 2016 fue el laboratorio perfecto de ese modelo. Nairo llegaba con un Tour frustrante reciente clavado en la memoria y con la sensación de que la ronda española le debía algo.
La Vuelta, con su calor, sus carreteras quebradas y su público entregado, era territorio Quintana. Valverde afrontaba el enésimo final de temporada convertido en costumbre, repartiendo piernas entre la general, las etapas y los Mundiales que asomaban en el calendario. En La Camperona, aquella pared corta y despiadada, el plan salió casi como de vídeo promocional. Primero, el ritmo durísimo del equipo para limpiar la carrera.
Después, Froome con uno de sus cambios medidos. Y entonces, Nairo respondiendo con la seguridad de quien sabe que ese terreno es suyo. Valverde aguantó y aseguró la segunda plaza en la general. El colombiano se vistió de rojo y, ante los micrófonos, habló de la deuda que sentía con la Vuelta y, sobre todo, dejó una frase sencilla que Ciclismo a Fondo recogió casi con alivio: había llegado como líder, y Alejandro le ayudaría.
La foto era nítida. El doble liderazgo funcionaba porque las jerarquías estaban marcadas desde el primer kilómetro: Quintana por delante en la general, Valverde como sombra cualificada, siempre cerca, a veces incluso más expuesto a la cámara, pero subordinado en el objetivo final. La Vuelta acabó con victoria holgada del colombiano y con munición para quienes defendían que compartir galones podía ser, bien llevado, una ventaja competitiva. La llegada de Landa a Movistar, anunciada como una operación estratégica, cambió la escala de la apuesta.
Mikel traía en la maleta un catálogo de imágenes poderosas: aquellos ataques largos en el Giro, un día épico bajo la lluvia en el Mortirolo, sus puertos en Sky con el gesto contenido de quien mira atrás buscando permiso. El landismo se había alimentado de esa sensación de talento contenido, de casi. Movistar se presentaba como el lugar en el que, por fin, le tocaría correr sin cadenas. En la rueda de prensa previa al Tour 2018, en Cholet, la teoría tomó forma de foto.
Unzué se sentó ante los periodistas y habló de una oportunidad única gracias a tres líderes fuertes, de una plantilla mejorada respecto a años anteriores. Alejandro, con esa media sonrisa que tantas veces ha servido para desactivar tensiones, admitió que su ocasión dorada para ganar el Tour quedaba ya en el retrovisor y que llegaba dispuesto a trabajar lo que hiciera falta. Landa celebró compartir responsabilidad con dos corredores de ese nivel y habló de madurez, de elegir bien los momentos para hacer su carrera. Nairo insistió en que el equipo ya había convivido con varios jefes de filas y que no veía problema.
El comunicado del equipo, en castellano y en inglés, repetía un mensaje sencillo: ambición colectiva, buena armonía, confianza en que la carretera decidiría quién debía ser la referencia en la montaña. Sobre la pizarra, el plan brillaba: tres cartas para responder al dominio de Sky, tres perfiles distintos, tres formas de hacer daño. El sueño era casi cinematográfico: un Movistar capaz de atacar por todos los flancos, obligando a Thomas, Froome y compañía a multiplicarse. La primera semana del Tour pareció dar la razón a ese optimismo medido.
El equipo sobrevivió a los abanicos, al pavé, a las llegadas nerviosas sin grandes pérdidas. La foto de los tres líderes llegando juntos, escoltados por gregarios, alimentaba titulares y debates. En los bares y en las redes se jugaba a detectar pequeños indicios: quién hablaba más con el coche, quién parecía más sobrado en cada repecho, quién sufría más en los abanicos. La sensación general era que el plan seguía en pie.
Hasta que llegó La Rosière. Aquel día, Movistar decidió no esperar a que Sky impusiera el ritmo anestesiante que había convertido tantos puertos en procesiones de alta velocidad. Tomó la iniciativa con una apuesta arriesgada: mandó a Valverde hacia delante, acompañado por Marc Soler, a más de cincuenta kilómetros de meta. El murciano, que en cualquier otro equipo habría sido un candidato legítimo al podio, se dejó el alma al frente de la escapada, tirando sin ahorrar un gramo de energía.
Desde la televisión, los aficionados sentían esa mezcla de vértigo y esperanza que solo provocan los ataques a larga distancia. El Tour, sin embargo, castiga los gestos románticos cuando no hay piernas para completarlos. En la subida final, cuando tocaba rematar la jugada, todo se torció. Quintana, algo tocado, cedió alrededor de un minuto con Geraint Thomas, ganador y nuevo líder.
Landa, aún magullado por una caída anterior, perdió más. Valverde, vacío por el esfuerzo inicial, se dejó caer lejos de los favoritos. Ciclismo a Fondo recogió la frase resignada de Nairo en meta: no se habían encontrado como querían. La escena se convirtió en símbolo involuntario de las limitaciones del triple liderazgo.
Un equipo valiente, protagonista del día, que al final terminaba con todos sus jefes debilitados y Sky saliendo reforzado, casi sin despeinarse. A partir de ahí, la pregunta empezó a repetirse con una insistencia incómoda: ¿no estaba Movistar intentando sostener demasiadas ambiciones a la vez, sin apostar del todo por ninguna? Para algunos, la respuesta era un sí rotundo. Para otros, la etapa era simplemente un peaje lógico para un equipo que se negaba a vivir instalado en el cálculo frío.
Un año después, el proyecto se reajustó pero no se abandonó. La etiqueta de «tridente» se desdibujó, pero la esencia del doble liderazgo seguía ahí. Landa y Quintana serían los jefes de filas para la general. Valverde, ya vestido con el arcoíris conquistado en Innsbruck, se presentaba con un papel más humilde en lo teórico: sin aspiraciones de amarillo, dispuesto a ayudar.
En la previa del Tour 2019 lo dijo con una claridad desarmante: llegaba sin presión, sobre todo para trabajar por Nairo y Mikel, sin obsesionarse con la clasificación. El contexto deportivo invitaba al optimismo. Movistar venía de ganar el Giro con un Richard Carapaz impecable, Landa había sido cuarto en esa misma carrera y demostraba que seguía perteneciendo al grupo de los grandes escaladores. Quintana, había apuntado toda la preparación hacia el Tour, más fino que en temporadas anteriores, con la ronda francesa como objetivo único.
A la vez, la ausencia de Chris Froome y de Tom Dumoulin abría un hueco tentador en la constelación de favoritos. La etapa del Tourmalet condensó, en apenas dos horas de televisión, lo mejor y lo peor de aquella apuesta. El equipo se volcó en la subida al Soulor, subiendo el ritmo con Andrey Amador y Marc Soler hasta dejar el grupo de favoritos reducido a una treintena de corredores. Desde la moto se veía el tren azul imponiendo su ley y era imposible no pensar en Banesto, en Indurain, en aquellos días en los que los demás equipos miraban el maillot del líder para preguntar a cuánto se podía subir.
El Tourmalet, sin embargo, no entendió de nostalgia. Al inicio de la subida final, Nairo empezó a perder contacto con los mejores. Primero unos metros, luego una brecha, después un abismo. Llegó a meta con más de tres minutos y medio de retraso respecto al ganador.
Landa, en cambio, aguantó con los favoritos y cruzó sexto. Valverde, jugando a equilibrar la lealtad con el orgullo, cedió menos de un minuto y se acercó discretamente al top ten. Pocos días más tarde, Quintana se desquitó a lo grande con una victoria de etapa mayúscula, lanzado desde lejos y rematando en la cima como en sus mejores tiempos. Fue una explosión de orgullo y talento, un recordatorio de que su clase seguía ahí.
Pero la general ya estaba fuera de su alcance. Al terminar la carrera, Unzué hizo balance en declaraciones recogidas por Ciclismo a Fondo. Destacó que Landa había estado casi siempre con los mejores y que su puesto final no hacía justicia a su nivel real. Sobre Quintana, admitió que le había faltado esa chispa que antes le convertía en un depredador en montaña.
En boca de un director que había protegido a Nairo como columna vertebral del proyecto durante años, aquellas palabras sonaron casi a cierre de capítulo. Poco después, tanto el colombiano como el vasco saldrían de la estructura. El experimento de varios líderes, al menos con esos nombres y en ese escenario, parecía agotado. Más allá de los tiempos y de las clasificaciones, las frases de los protagonistas ayudan a leer la trama con otra profundidad.
En la Vuelta 2016, Quintana hablaba del maillot rojo como una revancha íntima con la carrera y reivindicaba su condición de líder desde el primer día, mientras Valverde repetía que estaba feliz simplemente por seguir disputándolo todo y que, si Nairo lo necesitaba, trabajaría para él. En 2018, Landa insistía en la idea de compartir galones, Quintana recordaba que ya se habían visto situaciones de varios jefes en el pasado y Unzué subrayaba que un Tour es capaz de destruir ilusiones, pero también de ofrecer oportunidades inesperadas, y que convenía esperar a que pasara la primera semana para ver quién llegaba más entero a la montaña. En 2019, el mensaje de Valverde fue todavía más explícito en su renuncia a la general: se presentó casi como un gregario de lujo, aunque su historial dijera otra cosa. El contraste entre ese discurso conciliador y lo que se veía en la televisión alimentó la polémica.
Muchos aficionados colombianos sintieron que el equipo nunca había construido un Tour absolutamente centrado en Quintana durante sus mejores años. Los landistas siguieron viendo en cada orden por radio la sombra del freno, la sospecha de que, de haber corrido sin ataduras, el vasco habría subido algún peldaño más en París. Valverde, entre tanto, se movía con naturalidad entre los papeles: líder cuando tocaba, escudero cuando se lo pedían, símbolo inamovible del equipo incluso cuando el debate lo señalaba a él como parte del problema. Para comprender de verdad la polémica del doble liderazgo hay que asomarse a los mecanismos internos de un conjunto de grandes vueltas.
Las jerarquías no se fijan solo en una reunión de enero ni en una nota de prensa. Se renegocian cada tarde en el hotel, en conversaciones a puerta cerrada entre directores y corredores, en gestos mínimos que no salen por televisión: quién se sienta al lado de quién en la mesa, quién toma la palabra en la charla previa a la etapa, qué tono tiene la voz que llega por el pinganillo cuando la carretera se empina. Unzué ha defendido siempre una manera de entender el Tour basada en la prudencia estratégica: proteger a varios corredores en la primera semana, guardar fuerzas, y dejar que la carrera vaya señalando al que está más fuerte para la recta final. De ahí las declaraciones sobre esperar nueve días antes de fijar un único jefe.
Sobre el papel, la idea es razonable. En la práctica, tiene un precio: mientras no hay una jerarquía clara, cada gregario duda un segundo antes de tirar, cada ataque se interpreta como una apuesta por uno u otro, cada gesto puede leerse como un agravio. También entra en juego algo menos tangible, pero igual de importante: el orgullo. Un líder necesita sentir que todo gira alrededor de él, que el equipo está dispuesto a vaciarse por su sueño.
Cuando el mensaje constante es que la carretera decidirá, pero la carretera manda señales confusas, el corredor puede llegar a la conclusión de que corre con la silla coja. Si a eso le sumas el carácter de un vasco que ha crecido soñando con levantar puertos a hachazos, la presión de un colombiano convertido en símbolo nacional y el peso simbólico de un murciano que lleva toda la vida sosteniendo al equipo, la mezcla resulta explosiva. Desde un punto de vista táctico, compartir liderazgo tiene virtudes evidentes. Permite repartir la presión mediática y la responsabilidad del resultado.
Protege al equipo frente a caídas o enfermedades: si uno se hunde, otro puede recoger el testigo. Abre la puerta a estrategias agresivas, con ataques alternos que desgasten al rival. Basta recordar la Vuelta 2016 para comprobarlo: un líder sólido, otro muy alto en la general, la posibilidad de jugar al despiste con los rivales. El reverso aparece cuando la definición de roles se aplaza demasiado o nunca termina de llegar.
La ambigüedad jerárquica se traduce en dudas en plena carrera: ¿quién debe responder al ataque? ¿Quién se guarda para mañana? ¿A quién se protege en un abanico? La jornada de La Rosière mostró la cara más cruel de ese problema: Valverde sacrificándose desde lejos en una jugada que no acabó de beneficiar a nadie, Quintana y Landa perdiendo tiempo, el rival directo observando y golpeando en el momento justo.
El Tourmalet, un año después, dejó una sensación parecida: un trabajo colectivo enorme que terminó sirviendo más a la reivindicación individual de Landa que a un objetivo común verdaderamente compartido. El riesgo más profundo, quizá, sea el desgaste psicológico, silencioso pero acumulativo. Cuando un corredor siente que su oportunidad se difumina porque el equipo intenta contentar a varios jefes, empieza a buscar objetivos paralelos: una etapa, un premio de la montaña, una fuga. Cuando la afición percibe esa tensión, se alinea instintivamente.
Entra el landista contra el nairista, el valverdista contra los dos, y la polémica se alimenta sola. Durante todo este ciclo, la marca Movistar quedó pegada a esa apuesta arriesgada. Para una parte del público, el equipo representó la resistencia romántica frente al cálculo casi empresarial de estructuras como Sky o Ineos: un conjunto dispuesto a atacar de lejos, a dejar estampas valientes aunque la hoja de tiempos no siempre les favoreciera. Para otros, simbolizó el proyecto que prometía más de lo que entregaba, siempre a un paso de hacer algo grande, atrapado en sus propias contradicciones.
En la trayectoria de los tres protagonistas, esta etapa dejó cicatrices visibles y también certezas. Quintana salió de la estructura con un palmarés enorme, con una Vuelta y un Giro bajo el brazo, pero con la sensación, compartida por muchos de sus compatriotas, de que el Tour se le había escapado entre los dedos en parte por no haber tenido nunca un equipo enteramente construido en torno a él en sus años de máxima brillantez. Landa abandonó la casa azul con su aureola de talento perseguido: por las caídas, por las decisiones tácticas, por una sucesión de casi que alimentaron delirio y frustración a partes iguales. Valverde, pese a las críticas puntuales, reforzó su condición de tótem: líder cuando tocaba, gregario de lujo cuando se lo pedían, campeón del mundo en plena efervescencia de la polémica.
Tal vez por todo eso, la escena del bar de barrio sigue vigente aunque hayan pasado ya unos cuantos julios. El camarero ha cambiado la máquina tragaperras por una pantalla más grande, los debates de sobremesa se han multiplicado en forma de hilos infinitos en redes sociales, pero basta con que alguien suelte de nuevo aquello de «con tres líderes no se gana un Tour» para que el ruido vuelva a subirse. La polémica del doble liderazgo Landa-Quintana-Valverde resiste porque, en el fondo, habla de algo más que de táctica. Habla de cómo se gestiona la ambición de tres campeones en un mismo espacio reducido, de hasta qué punto compensa sacrificar claridad por talento acumulado, de qué se le exige a un equipo con tanta historia detrás.
Habla también de nosotros, de los que miramos desde la barra o desde el sofá y proyectamos en un ataque tardío, en un relevo mal dado o en una rueda de prensa tibia todas nuestras propias manías. Quizá por eso su final no es un punto, sino una pausa. Como en aquel viejo programa argentino, lo importante no era cerrar el debate, sino volver cada cierto tiempo a la misma mesa, pedir otro café y retomarlo como si nada. El Tour avanza en la televisión del bar, cambian los líderes, cambian los maillots, cambian los nombres.
Pero mientras haya alguien dispuesto a recordar a Nairo, a Landa y a Valverde compartiendo autobús, habrá también quien levante la vista, sonría con un punto de resignación y repita la frase que lo enciende todo. Y la conversación, igual que la carrera, volverá a empezar.