Movistero
Historia

Indurain: los cinco Tours consecutivos

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INTRODUCCIÓN: CINCO JULIOS DE AMARILLO Hablar de Miguel Induráin es hablar de cinco veranos seguidos en los que, a la hora de la siesta, en millones de casas...

A la hora de la comida, en muchas casas españolas de principios de los noventa el sonido de fondo no eran dibujos animados ni concursos, sino un helicóptero sobrevolando campos franceses y la cadencia monótona de una retransmisión ciclista. En el salón, cortinas medio corridas por el sol de julio, la mesa puesta y el ventilador girando, siempre aparecía la misma silueta: grande, compacta, ligeramente adelantada al resto, con un maillot amarillo que parecía uniforme de funcionario del esfuerzo más que trofeo de un día. Cinco veranos seguidos, de 1991 a 1995, la escena se repetía con una puntualidad casi litúrgica. Cambiaba el menú, crecían los niños, se alteraba el mapa político del país, pero en la televisión seguía mandando Miguel Induráin.

Lo curioso es que aquellos julios no solo ordenan la memoria de una generación de aficionados; también marcan la madurez de una estructura deportiva nacida en Navarra, la misma que hoy responde al nombre de Movistar Team. Lo que empezó como Reynolds, se vistió de Banesto y atravesó etapas como Illes Balears y Caisse d’Epargne mantiene, en la sala de reuniones y en el coche de equipo, muchas de las cabezas que acompañaron al navarro en su ascenso. En la sede, uno puede encontrar fotos amarillentas de un joven alto y serio con el maillot del Club Ciclista Villavés, colgadas a unos metros de las pantallas donde se siguen los vatios de los neoprofesionales de la Movistar Academy. Es el mismo tronco genealógico, del taller de barrio a la analítica de datos, con un punto álgido incontestable: cinco Tours de Francia consecutivos, algo que nadie ha vuelto a lograr.

Para entender de dónde sale esa dominación silenciosa hay que alejarse un momento de los Alpes y los Campos Elíseos y volver a Villava, localidad pegada a Pamplona donde el deporte es más costumbre que postal. A mediados de los setenta, el Club Ciclista Villavés era una escuela de vida: bicis sencillas, carreras comarcales, coches familiares cargados de ruedas y bocadillos los domingos a primera hora. En una de esas filas de niños con maillot a rayas apareció un chaval desgarbado, alto para su edad, que hablaba poco y pedaleaba mucho. Los recortes antiguos sitúan a Miguel compitiendo ya en 1975 con esa camiseta, ganando más de lo que un adolescente tímido suele saber gestionar.

Lo que viene después es casi un manual de formación que el propio equipo intenta recrear hoy con su filial. De Villavés pasa a las categorías inferiores de Reynolds, y de ahí al profesionalismo en 1984, sin cambiar de casa. La idea era sencilla: trabajar con la misma gente desde juvenil hasta la élite, que el chaval conociera los rostros del coche y el coche supiera cómo reacciona el chaval cuando se le cruza un abanico. Esa cadena se convirtió en seña de identidad.

Décadas más tarde, cuando Movistar anuncia la creación de la Movistar Academy para evitar que los talentos españoles emigren demasiado pronto, el discurso vuelve a esa raíz: todo esto empezó con un niño de Villava al que se cuidó a largo plazo. Cuando Induráin entra en Reynolds, el foco no apunta a él. El brillo lo acaparan Ángel Arroyo primero y, sobre todo, Pedro Delgado después. Arroyo gana una Vuelta antes de perderla por un positivo de una época turbia y desordenada; Delgado se convierte en héroe nacional con el Tour de 1988 y la Vuelta del año siguiente.

Miguel aparece en las clasificaciones, sí, pero en otra función. Aprende a ser gregario de lujo en las grandes vueltas: tirar durante kilómetros en la base de los puertos, controlar fugas en el llano, cerrar huecos cuando el líder sufre. Su nombre se escucha en la radio interna bastante antes de que lo aprendan los espectadores. De esos años queda una anécdota que explica tanto como cualquier resultado.

Durante un tiempo comparte habitación con Delgado. Perico, corredor de impulsos, llega al hotel y se asegura una reserva generosa de comida para el asalto nocturno al hambre postetapa: pan, embutido, galletas. Miguel, obsesionado con la disciplina y el peso, sufre solo de ver aquel arsenal a su lado. Termina pidiendo cambio de compañero para no tener la tentación delante de la cara.

Lo que parece un capricho alimentario es, en realidad, un choque de mentalidades: uno entiende el ciclismo como un juego permanente con el límite, el otro lo afronta como un proyecto de perfección sostenida. El gregario silencioso empieza a ser, en su cabeza, un líder en proceso de fabricación. Mientras tanto, en la parte alta de la estructura se cocina otro cambio. A finales de los ochenta, Banesto entra como patrocinador principal.

El banco busca visibilidad asociada al éxito deportivo; el equipo gana presupuesto, logística, capacidad para rodear mejor a su jefe de filas. Cambia el maillot, se profesionaliza la gestión, crece el calendario internacional. Lo que no se toca es el núcleo navarro: José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué siguen al volante, mezclando intuición de técnico de pueblo con una manera casi científica de leer las carreras. Es en ese contexto donde Induráin va dejando de ser «el joven que tira de Perico» para convertirse, poco a poco, en el plan A de las vueltas por etapas.

Los resultados empiezan a contar esa transformación. En 1990, Miguel acaba décimo en el Tour, a base de cronos y regularidad. Un año más tarde, se queda a las puertas de ganar la Vuelta, segundo en la general, en un duelo que demuestra que su motor está listo para otra cosa. El vestuario lo percibe antes que el gran público: el líder carismático y mediático da paso, sin dramatismos, al líder silencioso que reparte seguridad.

El coche ya no piensa tanto en diseñar ataques sorpresivos para Delgado como en construir una muralla alrededor de Induráin. La escena que lo cambia todo para la audiencia general llega en 1991, en una etapa de esas que se quedan grabadas a fuego en la memoria del Tour. Greg LeMond parte como gran favorito, con tres Tours ya en el palmarés y una historia personal poderosa tras aquel accidente de caza. Índice de audiencia garantizado.

Frente a él, el navarro sigue siendo, para muchos, un aspirante respetable, pero no un tirano anunciado. El día de Val Louron, Claudio Chiappucci decide convertir la carrera en una batalla de usura a la antigua usanza: ataque tempranero, ofensiva en los puertos, ruido y gestos. Desde el coche de Banesto dudan: lo prudente sería dejar hacer, controlar el tiempo y esperar el momento. Miguel, sin embargo, siente que ahí hay una puerta que no conviene cerrar.

Decide seguir al italiano. La televisión muestra a un hombre grande, poco dado al teatro, respondiendo a un corredor espigado que gesticula y mira hacia atrás constantemente. LeMond, detrás, empieza a perder contacto en el Tourmalet. No hay explosión cinematográfica, sino algo más cruel: la lenta constatación de que las piernas ya no obedecen al palmarés.

Chiappucci se vacía, paga el exceso. Induráin, en cambio, se mantiene firme, sin ataques desmedidos, pero sin mostrar un solo kilómetro de duda. Al llegar a París con el maillot amarillo, Francia descubre un nuevo patrón, y Banesto se encuentra de golpe con el rey de la carrera que mejor vende la marca de un equipo. Ese primer Tour tiene algo de acto fundacional.

No solo porque el equipo gana también la clasificación por escuadras, sino porque refuerza un modelo: controlar la carrera desde la serenidad, golpear con fuerza en las cronos, no regalar días malos. La imagen del navarro, hombros anchos y mirada baja, pasando como un tren por las carreteras francesas termina de fijar un arquetipo que marcará los cuatro veranos siguientes. Mientras en España se reparten banderas en las cunetas y los bares detienen la sobremesa para ver los últimos kilómetros, en la oficina navarra se consolida la idea de que el Tour no es una aventura, sino un plan de trabajo anual. El año siguiente, 1992, el plan se vuelve aún más ambicioso.

Banesto decide mandar a su líder al Giro de Italia antes del Tour. Hacer el doblete siempre ha tenido algo de desafío a la lógica del cuerpo, pero en el coche confían en que la máquina navarra está preparada. En Italia, Induráin aplica la misma receta con la que luego repetirá éxito en Francia: controlar los puertos sin histeria, golpear sin compasión en las contrarrelojes, vigilar cada detalle de alimentación y descanso. Gana la general y, de paso, dos etapas, incluida la crono final, dejando a Chiappucci a más de cinco minutos.

Los tifosi, acostumbrados a escaladores teatrales, miran con extrañeza a ese gigante tímido que baja del podio con la misma expresión con la que sube al rodillo. Ese Giro sirve, además, como banco de pruebas de un mecanismo que el equipo explotará dos años seguidos. Si el cuerpo responde a la tercera semana italiana, el Tour está bien encaminado. El riesgo está en el desgaste acumulado; la ventaja, en llegar a Francia con un rodaje competitivo de primer nivel.

En 1992 el balance se decanta claramente a favor del riesgo: Miguel se lleva Giro y Tour, primer español en lograrlo, sexto hombre en la historia en unir las dos grandes en una misma temporada. En España, el reconocimiento se amplifica con la concesión del Premio Príncipe de Asturias del Deporte, que encaja a la perfección con el clima de autoestima de aquel año de Juegos Olímpicos en Barcelona. En 1993, la apuesta se repite: Giro y Tour en el mismo calendario, la misma coreografía de control en montaña y devastación en las cronos. Vuelve a salir bien.

Otro doblete, otra exhibición de regularidad, otro verano en el que el amarillo parece una prenda reservada. Por poco, además, no se completa una especie de triple corona: en el Mundial de fondo en carretera de Oslo, Induráin se queda a un suspiro del oro, segundo tras Lance Armstrong. Los titulares hablan de la hazaña que rozó, pero en el fondo refuerzan la sensación de que, si quisiera, podría ganarlo todo. Su estilo, sin embargo, se mantiene fiel a una lógica muy particular.

No es un corredor dado a los ataques lejanos sin beneficio claro. Su ciclismo tiene algo de clínica: medir, dosificar, ejecutar cuando toca. Las grandes cabalgadas quedan, casi siempre, para otros nombres. Hay quien le reprocha, con el tiempo, cierta falta de poesía ofensiva, una ausencia de gestos teatrales que entusiasmen a los románticos.

Él, cuando se le pregunta, responde siempre lo mismo: su responsabilidad era ganar, no entretener al precio de comprometer la carrera. Ese pragmatismo, discutible para algunos, explica en buena medida que pudiera sostener un dominio tan prolongado en la prueba más exigente del calendario. A mediados de los noventa, el Tour de Induráin se convierte en una especie de ritual previsible y, por eso mismo, impresionante. En 1994, la secuencia parece escrita de antemano: prólogo fuerte, contrarrelojes arrasadas, defensa sólida en Pirineos y Alpes, un equipo entero trabajando en torno al líder.

Ese mismo año, el navarro bate el récord de la hora en Burdeos, un ejercicio de crueldad con el propio cuerpo: sesenta minutos exactos al límite, sin rueda que seguir, sin público que te empuje en los puertos, solo la pista, el reloj y el ruido de la respiración. Para muchos, esa tarde consagra definitivamente la imagen de hombre máquina: el corredor alto y pesado para los cánones del escalador tradicional se revela como el rodador moderno perfecto. En la estructura dirigida por Echávarri y Unzué, 1994 confirma que el modelo funciona con precisión de relojero. No hay necesidad de acumular estrellas caprichosas; hacen falta soldados fiables capaces de entender cuándo tirar, cuándo tapar el viento, cuándo hacerse a un lado justo antes de que el líder arranque su ritmo.

Nombres como Jean-François Bernard, Armand de las Cuevas o el propio Delgado reconvertido en apoyo aportan esa base invisible que sostiene el maillot amarillo. La victoria es colectiva, pero tiene un rostro indiscutible. El quinto Tour, en 1995, tiene un aire especial, quizá porque todos intuyen que no se puede sostener un reino así eternamente. La etapa de Seraing, con sus carreteras estrechas y reviradas que recuerdan a las clásicas de las Ardenas, muestra a un Induráin distinto, más agresivo de lo habitual.

Ataca en terreno nervioso, juega con los cortes, remata al día siguiente en la contrarreloj como si estuviera firmando un contrato de renovación con la historia. Ya no es solo el robot de las cronos largas; es un jefe de filas que demuestra dominar cada matiz de la carrera. Y, sin embargo, incluso en plena coronación, el cuerpo y el entorno mandan señales de que el ciclo tiene fecha de caducidad. Los rivales empiezan a organizarse mejor, asoma una nueva generación de escaladores y contrarrelojistas, el calendario se hace más intenso.

Sobre todo, el propio organismo acumula años de entrenamiento casi monacal. En la oficina navarra, más de uno se pregunta en voz baja qué ocurrirá cuando el navarro baje un día del Tour sin amarillo. Cómo se gestiona el relevo cuando todo el edificio deportivo se ha levantado alrededor de un solo hombre. La respuesta llega antes de lo esperado.

En 1996, el Tour arranca como tantos otros: Induráin favorito, Banesto preparado, la prensa internacional preguntando si llegará el sexto. La montaña, sin embargo, se encarga de recordar que el ciclismo tiene una crueldad que no entiende de palmarés. En la subida a Les Arcs, por primera vez, se ve a Miguel descolgarse sin remedio, sufrir sin encontrar una marcha más. No hay caída, no hay enfermedad espectacular.

Simplemente, las piernas dicen basta. Ese mismo año corre la Vuelta, con final en casa, en una especie de intento de reconciliación con su terreno natural. Tampoco termina. La retirada se anuncia poco después.

El adiós coincide con una etapa incómoda para el deporte: se multiplican las historias sobre dopaje sistémico, la sombra de la EPO se alarga, las investigaciones salpican a equipos enteros. Induráin nunca da positivo ni aparece en los sumarios más sonados, pero el clima general enrarece la percepción de toda una época. En España, su figura resiste mejor que cualquier sospecha genérica: el campeón tranquilo, humilde en las formas, sigue pesando más que los rumores. Mientras el navarro baja de la bicicleta, la estructura a la que ha dado sentido no se detiene.

Banesto abandona el patrocinio en 2003, llegan los colores de Illes Balears, luego la franja roja de Caisse d’Epargne, más tarde el azul reconocible de Movistar. Cambian las camisetas, se moderniza el material, se incorporan nuevos líderes. Alejandro Valverde se convierte en símbolo de longevidad y talento multidisciplinar. Nairo Quintana roza varias veces el sueño de ganar el Tour que un día fue terreno natural para Miguel.

Más tarde, Enric Mas y una hornada de jóvenes tratan de sostener el nivel en un ciclismo globalizado, lleno de potenciómetros y corredores que debutan ganando grandes vueltas con veintipocos años. Por debajo de los nombres propios, el mecanismo interno mantiene muchas constantes de la era Induráin. Se sigue valorando la regularidad en las grandes vueltas, el peso del bloque por encima de lucimientos individuales aislados, la figura del líder claro alrededor del cual se organizan los esfuerzos. La historia de los cinco Tours actúa a la vez como manual de estilo y como espejo exigente.

Cada vez que un corredor del Movistar se queda cerca pero no remata, el recuerdo del Banesto de los noventa aparece en tertulias, columnas y sobremesas. No hace falta que nadie diga «no es Induráin»; la comparación flota en el aire. Quizá por eso el anuncio de la Movistar Academy en 2025 tiene algo de regreso al origen. La dirección admite que durante años ha visto marcharse a demasiados talentos jóvenes rumbo a proyectos extranjeros y se propone recuperar la cadena de formación que unió Villava con los Campos Elíseos.

La idea es simple y ambiciosa: equipo de base, conjunto filial, paso al WorldTour para los más preparados. En las notas de prensa se mencionan nombres como Delgado, Induráin o Valverde como ejemplos de lo que se puede conseguir cuando se acompaña a un corredor desde la adolescencia. Es una manera de recordar a los chavales de hoy que el gigante de los noventa también fue un niño que madrugaba los domingos para subirse a una furgoneta. Si uno despieza el estilo de Induráin, aparecen varios engranajes perfectamente coordinados.

Físicamente, un rodador descomunal, capaz de mantener potencias que a otros les quemaban las piernas durante más tiempo del que aconseja la prudencia. Tácticamente, la comprensión de que la contrarreloj era su territorio natural y que la montaña debía ser escenario de control, no de exhibiciones innecesarias. Mentalmente, una serenidad que desarmaba tanto a rivales como a aficionados: pocas declaraciones, aún menos gestos, casi nunca una frase fuera de lugar. Ese conjunto de rasgos generaba ventajas evidentes para el equipo.

Permitía construir planes claros: señalar en rojo las cronos como días decisivos, convertir los grandes puertos en jornadas de resistencia medida, proteger al líder en las etapas de transición de viento, caídas y pájaras. Reducía al mínimo las guerras de desgaste sin recompensa. Gracias a ello, el navarro podía presentarse ultracompetitivo cinco veranos seguidos en la carrera más exigente del calendario sin agotar del todo su depósito de confianza. Pero nada es gratis.

Un dominio tan calculador también tenía sus aristas. Parte del público, acostumbrado a gestas imprevisibles, percibía aquellos Tours como una especie de liturgia inevitable: se imponía el cronómetro, se gestionaban las diferencias, los ataques lejanos eran excepción. Los días de locura los ponían los Pantani, los Chiappucci o los Bugno; Miguel se reservaba para el momento exacto. Desde la perspectiva del equipo, el peligro principal era otro: la dependencia casi absoluta de un hombre.

Cuando ese hombre se retira, el vacío deportivo y emocional es gigantesco. Banesto lo comprobó en los años posteriores a 1996, intentando reconstruir un liderazgo a la altura de aquel patrón silencioso. Treinta años después, la figura de Induráin conserva un magnetismo difícil de explicar con números. Cuando aparece en una llegada de la Vuelta en Navarra, los corredores se giran a mirarle como quien ve entrar en el vestuario a un mito de otra era.

Los aficionados se acercan con la timidez de quien quiere tocar, por un segundo, una parte de su propia infancia. Los más jóvenes, que no le vieron competir, le conocen por vídeos en el móvil, por relatos de sus padres, por las imágenes en blanco y amarillo que aparecen cada verano cuando se repasan las grandes gestas del Tour. En la memoria colectiva española, su figura está pegada a un momento de país que miraba hacia afuera con renovada confianza: la Expo, los Juegos del 92, la sensación de que el deporte servía para sentirse grande. Ver a un navarro dominar Francia encajaba a la perfección con esa narrativa.

Aún hoy, en las hemerotecas, la imagen del ciclista recibiendo el Premio Príncipe de Asturias resume algo más que un palmarés: habla de un modo de estar en el éxito, sobrio y sin estridencias. Si uno visita el bus del Movistar antes de una gran vuelta, puede imaginar sin esfuerzo la escena de un neoprofesional subiendo las escaleras y deteniéndose un segundo en el pasillo donde cuelgan las fotos antiguas. Entre ellas, inevitablemente, aparece un Induráin joven con el amarillo abrochado hasta arriba, rodeado de compañeros con maillots de Banesto que hoy parecen sacados de otra película. Aquel chaval, que quizá nació cuando Miguel ya se había retirado, sabe que su historia, la que está a punto de escribir en la carretera, se medirá siempre, aunque nadie lo diga en voz alta, con esos cinco julios en los que España paraba la sobremesa para ver cómo el mismo hombre cruzaba París vestido de amarillo.

Tal vez ese sea el legado más profundo de Induráin para la estructura que hoy se llama Movistar: recordar cada día que la grandeza no se construye solo con números, sino también con la manera de habitarlos. Con la calma de quien gana sin humillar, con la discreción de quien vuelve a las carreras actuales sin reclamar foco, con la naturalidad casi pueblerina con la que resta importancia a haber dominado el Tour como pocos. Para un equipo que se reconoce heredero directo de aquel Banesto, tener ese espejo es a la vez una carga y un privilegio. Porque, mientras los padres siguen contando a sus hijos que hubo un tiempo en que julio tenía un dueño navarro, en las carreteras del presente se sigue buscando, quizá sin quererlo, a alguien capaz de llevar un maillot diferente pero la misma manera de mandar en silencio.