Tier list: las mejores victorias de etapa del equipo En la pantalla del bar, la imagen tiembla como si aún dependiera de una antena torcida en el tejado. Niebla, una carretera estrecha en los Pirineos, un maillot azul celeste que parece demasiado limpio para ese paisaje gris. Pedro Delgado emerge de la nada, levanta la cabeza, mira de reojo el muro de gente y aprieta los dientes hacia la meta de Luz Ardiden. A su lado, en la mesa, un chaval de veintipocos años enseña a sus amigos una tier list en el móvil: cuadritos de colores, letras gigantes. En la fila de arriba, la S, ha colocado precisamente esa etapa grabada décadas antes en VHS. Un clic en la pantalla, otro trago de cerveza. Y la sensación, compartida entre generaciones, de que algunos días valen más que un trofeo. Si hay una estructura del ciclismo moderno que ha aprendido a vivir de jornadas así, de tardes sueltas convertidas en mito, es la que hoy responde al nombre de Movistar Team y que antes fue Reynolds, Banesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne. Desde 1980, la empresa de José Miguel Echávarri primero y de Eusebio Unzué después ha resistido quiebras, cambios de patrocinador, revoluciones tecnológicas y crisis deportivas. Suma ocho Tour de Francia, cinco Vueltas, seis Giros, once títulos mundiales y alrededor de 137 victorias de etapa solo en grandes vueltas, según los datos del propio equipo. Pero cuando alguien recuerda por qué se enganchó a esos colores, rara vez cita un número. Habla de una subida, de una crono, de una fuga. Habla de un día concreto. Tal vez por eso encaja tan bien la idea de hacer una tier list con las mejores victorias de etapa de esta saga navarra. Tomar prestado un invento de los videojuegos para ordenar una memoria que viene de los tiempos en que Delgado todavía compartía espacio con las retransmisiones de pelota. Imagínate a un aficionado que ha crecido con streaming, redes sociales y clips de treinta segundos leyendo en la misma fila a Indurain, Quintana, Carapaz o Valverde. No deja de ser un juego, sí, pero como todos los juegos importantes, dice mucho de lo que valoramos. La S dibujada en la parte de arriba de la tabla nació lejos del ciclismo. En los recreativos japoneses de los años noventa, algunos videojuegos de carreras empezaron a premiar la partida perfecta con una calificación que iba más allá del sobresaliente: por encima del A+ apareció una S de superb, de super, de sugoi, ese adjetivo que los japoneses emplean para las cosas que de verdad impresionan. Luego llegaron los foros, las guías de TierMaker, los debates eternos sobre si tal personaje está roto o si tal otro merece bajar a la fila A. La lógica es sencilla: la S-tier es para lo que no necesita discusión. Lo que entra ahí ya no se cuestiona. Trasladar ese esquema a un equipo como Movistar obliga a mezclar números fríos con una buena dosis de subjetividad. ¿Qué se mira primero al elegir una etapa para la fila más alta? El impacto deportivo cuenta: una crono que pone patas arriba el Tour tiene más peso que una escapada de tercera semana en la que nadie de la general se mueve. También el contexto histórico: no es lo mismo romper el guion en los años ochenta, con retransmisiones a medio gas y un ciclismo todavía en transición, que ganar en una época en la que cada ataque se mide al segundo, con helicóptero, potenciómetro y redes sociales. Hay otro componente imposible de medir con vatios: la narrativa. Algunos días parecen escritos por un novelista. La niebla espesa del Luz Ardiden, el reloj gigante de Luxemburgo, la maglia rosa sobre los hombros de un ecuatoriano silencioso, la redención de un colombiano en el Galibier, la carretera húmeda y brutal del Gamoniteiru. A veces es una frase del propio equipo la que fija ese recuerdo: el «Nunca subestimes el corazón de un campeón» que Movistar eligió para titular la victoria de Quintana camino de Valloire funciona como una forma resumida de decir: esto va a quedar para siempre. Y después están las sombras, que también forman parte de la historia. La estructura ha atravesado de pleno la era del dopaje: años difíciles con Banesto, sospechas sobre todo un deporte, la sanción de dos temporadas a Valverde por su implicación en la Operación Puerto antes de regresar para vestir el arcoíris de Innsbruck. Fingir que nada de eso existió sería falsear la foto; reducir toda una trayectoria a ese capítulo, otra simplificación. La gracia de la tier list consiste en integrar esa complejidad, no en ocultarla. Si hay un punto de arranque casi unánime para la S-tier de Abarca, es aquella jornada de 1985 en Luz Ardiden. Tour de Francia, Pirineos, maillot Reynolds. España ya ha celebrado una Vuelta con Delgado, pero el Tour sigue pareciendo un territorio reservado a franceses y a alguna estrella extranjera. El equipo aún es modesto, más voluntarioso que poderoso. Esa mañana, el pelotón se lanza hacia el Tourmalet y la carrera se rompe entre la niebla. Cabestany trabaja, otros compañeros se filtran en movimientos previos, el plan no está escrito en tablets sino en miradas rápidas y órdenes por la ventanilla del coche. Cuando la carretera se empina camino de la estación de esquí, Delgado aparece, literalmente, de la nube. Gana la etapa y, aunque no se lleva la general, provoca un pequeño seísmo: de pronto, el maillot de aluminio de Reynolds deja de ser un curioso extranjero y pasa a ser candidato a cosas grandes en la ronda francesa. Siete años más tarde, la camiseta ya es blanca y azul, con el logo de Banesto cruzando el pecho, y el jefe se llama Miguel Indurain. El 11 de julio de 1992, en Luxemburgo, se disputa una contrarreloj de más de 60 kilómetros que, sobre el papel, debería aclarar la general del Tour pero no decidirla del todo. Llega Pascal Lino de amarillo, gracias a una fuga. Bugno y LeMond se miran como grandes favoritos. Indurain todavía no ha construido su leyenda completa. Lo que ocurre en esa hora larga de esfuerzo individual reescribe el manual: más de 49 km/h de media, 1h19 y poco para cubrir el recorrido, tres minutos de ventaja sobre De las Cuevas, casi cuatro sobre Bugno, más de cuatro sobre LeMond. A partir de ahí, el navarro se limita a administrar la renta en la montaña. Aquella etapa no solo entra en la S-tier por su brutalidad deportiva; marca una forma de entender las grandes vueltas. De las sorpresas de inspiración a una maquinaria que programa dónde y cómo va a ganar. Durante años, ese fue el modelo. Control, cálculo, un líder sólido, gregarios disciplinados. Pero la historia de Abarca también tiene momentos en que decide salirse del guion. Mayo de 2019, Giro de Italia, etapa 14 entre Saint-Vincent y Courmayeur: 131 kilómetros con cinco puertos encadenados, un perfil que parece dibujado por alguien que disfruta viendo cómo la carrera explota desde lejos. En las apuestas mandan Roglic y Nibali; Richard Carapaz aparece como outsider respetado, un tipo que ya ha ganado una etapa en el Giro pero que pocos señalan como candidato real al rosa. Movistar llega con dos bazas: Carapaz y Landa. Durante días se especula sobre jerarquías internas, sobre quién trabaja para quién. En el Colle San Carlo, a más de 25 kilómetros de meta, Carapaz lanza un ataque seco y, sobre todo, no duda. No mira atrás, no espera, no pregunta. Abre hueco, agarra el manillar de abajo y se va. Gana en Courmayeur con más de minuto y medio sobre Yates, casi dos sobre Nibali, suma bonificación y se viste de rosa. Lo que parecía una apuesta a medio plazo se convierte en un golpe maestro. Esa tarde no solo nace el primer campeón de gran vuelta ecuatoriano; se abre también una puerta para la marca Movistar en Ecuador y en buena parte de Latinoamérica. Muchos aficionados de esa región señalan aún hoy esa etapa como el día en que, por fin, sintieron el maillot azul como algo propio. Pocos meses después, en julio, el Tour 2019 ofrece otra jornada con aroma a emboscada. Etapa larguísima entre Embrun y Valloire, Vars, Izoard y Galibier en el menú, casi 5.000 metros de desnivel acumulado. Nairo Quintana llega tocado en lo anímico, lejos de la general, con rumores constantes sobre cambios de equipo y dudas sobre su papel dentro de Movistar. En la salida se habla más de polémicas de autobús que de táctica. La estrategia, sin embargo, es tan simple como valiente: meter a Nairo en la fuga, darle libertad y ver hasta dónde llegan las piernas. En el tramo final del Galibier, cuando la altitud empieza a cobrar su peaje y los favoritos se miran sin atreverse a romper, Quintana se levanta del sillín y cambia el ritmo. Primero se marcha del grupo de fugados, luego mantiene la distancia con los líderes de la general, que nunca consiguen recortar de verdad. Corona con una renta que roza los dos minutos y se lanza en solitario hacia Valloire. Tercera victoria de etapa en el Tour para él, más de cinco minutos recuperados respecto a los hombres del podio, una reivindicación personal y colectiva. En la web del equipo aparece ese «Nunca subestimes el corazón de un campeón» que, por una vez, no suena a eslogan vacío sino a síntesis perfecta de lo ocurrido. La Vuelta a España de 2021 añade otra pieza a la fila S con un puerto que hasta entonces no existía para la mayoría del gran público: el Altu d’El Gamoniteiru. Asfalto reciente, rampas salvajes que superan el 15%, niebla fina pegada a las cunetas, sensación de carretera que se acaba en el cielo asturiano. La etapa 18 llega con Roglic como líder sólido, Enric Mas segundo, Miguel Ángel López tercero; el maillot azul es ubicuo, protagonista absoluto. Tras tres puertos previos, ya con todos tocados, López decide que ese repecho infinito es su territorio. Ataca a falta de unos cuatro kilómetros, recoge al último superviviente de la fuga y se va también de los favoritos. El plano cenital lo muestra recortado contra la nada, apenas un punto azul entre el gris del paisaje. Llega en solitario, abre los brazos, cae casi doblado al cruzar la línea. Es la primera victoria de gran vuelta de Movistar esa temporada y tiene algo de exorcismo: un puerto nuevo que nace con aura legendaria y un corredor que, esa tarde, hace honor a su apodo más allá de chistes. Hay victorias que, aun sin disputarse con el maillot del patrocinador, forman parte del mismo relato. Innsbruck 2018 es una de ellas. Durante años, Alejandro Valverde había coleccionado medallas en el Mundial de fondo en carretera: platas, bronces, una colección entera que alimentaba la teoría de la maldición. En Austria le espera un circuito durísimo, con el muro de Höttinger Höll como juez final, perfecto para un escalador explosivo con treinta y ocho años y un historial de golpes y regresos que daría para varias biografías. Tras casi siete horas de carrera, Valverde corona el último muro en un grupo de cuatro junto a Bardet, Woods y Dumoulin. En la recta final, sentado, con esa cadencia que parece no buscar el máximo gesto sino la máxima eficacia, lanza el sprint. Gana, por fin, y levanta los brazos con el maillot rojo y amarillo antes de enfundarse el arcoíris. Fuera de plano, el abrazo con su fisio de confianza, Juan Carlos Escámez, condensa dieciocho años de altibajos, lesiones, sanciones y resurrecciones. El triunfo oficial es para la selección española, pero la mitad del staff que llora detrás de las vallas trabaja el resto del año con Movistar. Para la estructura navarra, aquel oro mundial funciona como una especie de etapa extendida: la culminación de una apuesta a largo plazo por un líder al que acompañaron en los días buenos y en los que no convenía dar la cara. Si bajamos un escalón, a la fila A, se amontonan victorias que sostienen épocas enteras. Courchevel 2005, por ejemplo. Un Valverde joven, todavía con el maillot de Illes Balears, resiste el ritmo inhumano de Armstrong y le remata en la llegada en alto. Ese día no se gana el Tour, pero se envía un mensaje contundente: la estructura que heredó a Banesto ha encontrado un nuevo jefe de filas capaz de mirar a los ojos al hombre que domina la carrera. O Peyragudes 2012, donde el mismo Valverde corona primero tras una fuga de las de antes, en una edición monopolizada por Sky. No cambia la general, pero rescata el orgullo de un equipo que se negaba a resignarse al papel de figurante. En esta misma categoría encajan muchas de las etapas de Nairo en Giro y Vuelta, los triunfos de Rui Costa en fugas inteligentes, los días en que Flecha olió el momento exacto para anticiparse, las victorias de Lastras que parecían sacadas de un manual de oficio. No son jornadas que reescriban la historia del ciclismo, pero sí construyen la identidad de un equipo. Sin ellas, los títulos grandes flotarían en el vacío, como trofeos prestados. Más abajo, en una B-tier imaginaria y en las filas siguientes, vive lo que nunca sale en los vídeos de highlights pero mantiene a una estructura en pie: las etapas de vueltas de una semana en las que un gregario aprovecha libertad para levantar los brazos, los sprints ganados por colocación más que por velocidad pura, las cronos por equipos en las que se rasca un segundo que nadie recordará cuando pase el tiempo pero que ayuda a conservar la licencia WorldTour, los días en los que un joven debuta con victoria y convence a patrocinadores y directores de que el futuro merece paciencia. Desde fuera parecen páginas menores; desde dentro son la prueba de que el grupo funciona. La gracia y el peligro de armar una tier list están en la misma decisión de ordenar. Ventaja evidente: obliga a preguntarse qué pesa más en una victoria. ¿El rival al que se vence? ¿La dureza del recorrido? ¿El gesto que queda en la retina? ¿El contexto social, económico, incluso político en el que se corre? De pronto, alguien que solo había visto a Carapaz en clips de YouTube descubre que en la fila S hay un tal Ángel Arroyo, o que la etapa de Delgado en Luz Ardiden ocupa el mismo cajón emocional que Gamoniteiru. El formato, heredado de las discusiones de personajes en juegos de lucha, se lleva bien con la cultura del clip y del meme, pero también puede servir para abrir puertas al pasado. El riesgo aparece cuando se confunde esa tabla de colores con una verdad grabada en piedra. Reducir casi medio siglo de historia a una lista cerrada de S, A, B y compañía puede resultar injusto. No es lo mismo ganar una crono de 65 kilómetros en 1992, en pleno ciclismo de EPO y controles todavía incipientes, que imponerse en una subida inédita en 2021 con pasaporte biológico, potenciómetro y cámaras en cada esquina. Tampoco puede compararse el impacto económico de una victoria en tiempos de Banesto, con televisión en abierto y pocas marcas globales, con el de una etapa moderna que dispara búsquedas en Google en Quito o Bogotá. Si algo enseña la trayectoria de Abarca es que cada triunfo pertenece a su época. El debate, por suerte, es inacabable. Igual que en los foros de videojuegos los usuarios discuten durante meses si tal personaje merece subir de fila o ser nerfeado, en una grupeta o en un bar se puede pasar horas decidiendo si Gamoniteiru está al nivel de Alpe d’Huez, si Courmayeur supera a Luz Ardiden en épica, si el mundial de Innsbruck no debería ocupar un lugar todavía más alto en la memoria del equipo. Cada uno lleva su tier list interna en la cabeza, influida por la edad, por la primera carrera que vio, por el corredor al que idolatraba de niño. Quizá ahí resida el verdadero valor de organizar las mejores victorias de etapa de la saga Abarca como si fueran personajes seleccionables en una pantalla. Obliga a cruzar épocas, a volver a mirar con calma esas imágenes que a veces creemos gastadas de tanto verlas. A revisar la crono de Luxemburgo con ojos nuevos, sabiendo que ese día no solo ganó Indurain, sino que se definió un estilo de ciclismo que marcaría toda una década. A entender Courmayeur como algo más que un ataque valiente: la tarde en que un país entero descubrió que también podía tener un campeón de grandes vueltas vestido de azul. A ver Valloire y Gamoniteiru como respuestas orgullosas en momentos de crítica, más que como simples triunfos aislados. Al final, cuando se apaga la televisión y el bar recupera su ruido normal, quedan unas pocas imágenes que se resisten a desaparecer. Delgado saliendo de la niebla pirenaica. Indurain adelantando motos en una autopista luxemburguesa. Carapaz levantando los brazos rodeado de tifosi con banderas ecuatorianas. Quintana entrando en Valloire con la serenidad de quien se ha reconciliado consigo mismo. López recortado en la niebla asturiana como si hubiera llegado al borde del mundo. Valverde, por fin, con el arcoíris sobre los hombros. A todo eso le damos ahora un nombre nuevo, S-tier, pero en el fondo hablamos de lo de siempre: días que se quedan. Y quizá ese sea el secreto mejor guardado de este ejercicio. Detrás de cada casilla de colores aparecen mecánicos que no salen en plano, fisios que han visto lágrimas en habitaciones de hotel, cocineros que afinan menús al milímetro, directores que dudan en el coche, jóvenes que sueñan con ascender de categoría. Gente que lleva más de cuatro décadas empujando para que, de vez en cuando, una tarde cualquiera de verano o de otoño se convierta en algo distinto. En una victoria que, años después, alguien colocará sin dudar en la fila de arriba de su propia pantalla.