Qué fue de Soler tras dejar Movistar
### Introducción La pregunta de qué fue de Marc Soler después de dejar Movistar tiene trampa: no estamos hablando de un retirado prematuro ni de una promesa...
La escena sigue escondida en muchos móviles de aficionado. Una sobremesa, un par de cañas, alguien propone poner “lo de Andorra” y, de repente, la pantalla del teléfono se llena de granizo, de tierra, de curvas en bajada. Marc Soler solo delante, el maillot azul pegado al cuerpo, los coches detrás intentando no patinar. Y luego, casi a la vez, el gesto.
Las manos al aire, la cabeza negando, la incredulidad pura cuando por la radio le ordenan que levante, que gire la cabeza, que espere a Nairo Quintana. El chico que está a punto de ganar la etapa de su vida tiene que frenar para convertirse en puente hacia el maillot rojo de otro. El bar se calla un segundo, alguien resopla y al final siempre llega la misma frase: “¿Y este, qué fue de él después de Movistar?” La respuesta obliga a salir de ese fotograma congelado. Porque Marc Soler no quedó atrapado para siempre en aquel momento de rabia retransmitida en directo ni en el meme que más tarde amplificaría la serie de Netflix sobre el equipo navarro.
No es la historia del juguete roto que se perdió entre tridentes fallidos y ruedas de prensa de disculpa. Es algo diferente: la de un corredor que creció en la fábrica de líderes de Abarca Sports, chocó contra el techo de cristal de la estructura y, ya entrada la treintena, encontró un lugar incómodo y feliz a la vez en un bloque extranjero articulado alrededor de un genio llamado Tadej Pogacar. De heredero presumible a gregario de lujo y cazador de días grandes. Para entender por qué aquello significaba tanto hay que mirar bastante más atrás que Andorra 2019.
El maillot con el que Soler debuta como profesional no es solo azul: es la última piel de una columna vertebral que lleva desde 1980 pedaleando en la élite. Primero Reynolds, después Banesto en los años en que Miguel Indurain convirtió julio en un mes nacional, más tarde Illes Balears, Caisse d’Epargne y, desde 2011, Movistar Team bajo el paraguas de Telefónica. Detrás de todos esos nombres, casi siempre los mismos apellidos y la misma geografía: los Unzué, Echávarri, Navarra como kilómetro cero. En esa casa se ganaron Tours con Perico y con Indurain, Giros con el propio Miguel y con Carapaz, Vueltas con Quintana y Valverde.
Ser señalado ahí como “el siguiente” no era un simple elogio de pasillo; era una mochila. Soler se la cuelga muy pronto. Nacido en Vilanova i la Geltrú pero ciclista hecho en la órbita navarra, su itinerario juvenil parece calcado del manual interno de Abarca. Pasa por Lizarte, el equipo de formación que durante años alimenta sin descanso al conjunto profesional.
En 2015 se asoma al primer Movistar mientras en su palmarés aparece un trofeo que funciona como oráculo de futuros vueltómanos: el Tour del Porvenir. Ese mismo año en el que gana la carrera francesa, la oficina del equipo empieza a proyectar sobre él lo que antes proyectó sobre otros: aquí puede haber un hombre para tres semanas, un relevo cuando la generación de Quintana y Valverde empiece a mirar de reojo al calendario. Los resultados acompañan. Una etapa en la Route du Sud, la general de la París–Niza 2018 con aquella remontada final que muchos todavía buscan en YouTube, una victoria en la Vuelta a España 2020, otra en el Tour de Romandía 2021.
Si uno mira solo la ficha, todo encaja con el dibujo de un líder en construcción: sube bien, se defiende razonablemente en la crono, no se arruga en las pruebas de una semana. Dentro del autobús, la etiqueta de “futuro de Movistar” empieza a pegarse a su nombre casi con la misma naturalidad con la que se pega el dorsal a la espalda. Y entonces llega Cortals d’Encamp. Un día de esos que parecen diseñados para un corredor como él: lluvia, frío, carretera estrecha, la Vuelta atravesando Andorra convertida en un ejercicio de supervivencia.
Soler se mete en la escapada buena, abre hueco, ve que la etapa se le pone de cara. A falta de pocos kilómetros, el maillot azul se destaca solo en pantalla y cualquiera que haya soñado con ganar una jornada de montaña en una grande puede imaginar la mezcla de excitación y dolor de piernas que debe sentir en ese instante. Hasta que chirría el pinganillo. Las cámaras recogen el diálogo mudo: brazos abiertos, mirada que busca el coche, cabeceo de frustración.
El mensaje es claro: no se corre para la etapa, se corre para el rojo. Quintana viene por detrás metido en la pelea por el liderato de la general y hace falta alguien que le acerque, que le recorte segundos, que sacrifique la gloria del día por una camiseta que quizá dure dos jornadas. Soler acata, frena, hace de puente obediente y entra quinto, completamente vaciado y con la rabia asomando por cada gesto. Después llegará la escena de disculpa, los directores recordando en voz alta que antes de liderar hay que aprender a ser gregario, la explicación histórica sobre cómo Indurain tiró para Perico y Perico para Indurain, la idea de que en esa estructura el maillot importa más que el nombre del que lo viste.
Aquel día deja algo más que un enfado captado por televisión. Señala un desajuste profundo entre lo que el ciclista siente que está preparado para intentar y lo que el equipo está dispuesto a permitirle. El documental “El día menos pensado”, producido junto a Netflix, convierte la escena en icono pop: aficionados citando la secuencia de memoria, gifs, bromas en redes. Detrás de la caricatura pública hay un teléfono particular que no deja de sonar.
A Soler empiezan a verle fuera del equipo como un corredor con genio, con ambición, con tendencia a chocarse con las paredes del guion preestablecido. Los años siguientes no terminan de cerrar la grieta. Soler acumula días de trabajo duro en Tour y Vuelta, sube puertos tirando a bloque para otros, hace de enlace en fugas que acaban decidiendo carreras, se cuela en top‑10 de cronos. Cada vez que el calendario le reserva un papel de líder único en una grande, algo se tuerce: una enfermedad inoportuna en el Giro 2020, una caída, una sucesión de malas jornadas que le expulsan de la pelea por la general.
Al mismo tiempo, el propio Movistar entra en una crisis de identidad compleja. Se marchan nombres importantes, se fichan otros que no terminan de encajar, los tridentes se anuncian con fanfarria y se estrellan en la carretera, las cámaras siguen cada bronca de coche. La narrativa empieza a ser despiadada: el equipo más longevo es también una fuente inagotable de memes. Y en esa tormenta, Soler aparece a menudo como símbolo de algo que no acaba de cuajar: para unos, el talento desaprovechado; para otros, el chico que se enfada demasiado cuando le ordenan levantar el pie.
Mientras en Navarra se discute si hay que darle las llaves de una grande o seguir pidiéndole que empuje para otros, en Emiratos alguien repasa las mismas imágenes con un prisma distinto. Joxean Fernández Matxin, director deportivo del UAE Team Emirates, lleva años rastreando corredores que encajen en un estilo de ciclismo ofensivo, agresivo, poco amigo de guardar fuerzas. En más de una entrevista, incluida alguna conversación con medios españoles, deja caer una frase que acompaña a Soler desde entonces: “Es el corredor que siempre quise tener”. Lo que él ve en el catalán no es un líder frustrado, sino un perfil muy concreto: escalador alto, buen motor para endurecer la carrera desde lejos, capaz de vaciarse por un jefe de filas y, a la vez, de rematar una fuga cuando se le da margen.
El mercado hace el resto. Tras siete temporadas vestido de azul, Marc Soler firma para 2022 un contrato de dos años con UAE, con opción de prolongarlo. No cambia solo de maillot, cambia de idioma táctico. En Movistar, el libreto más repetido durante décadas había sido controlar la carrera, cuidar la general, manejar tiempos.
En el equipo de Pogacar, la filosofía se parece más a la de esas etapas de montaña en las que el esloveno ataca a más de cincuenta kilómetros de meta: anticipar, arriesgar, reventar el grupo principal desde muy lejos. Para un corredor que venía de vivir Andorra 2019 como una traición a su instinto, la propuesta tiene algo de reconciliación con su propia manera de entender la bici. La adaptación no es inmediata, pero se nota rápido que el encaje es natural. El nuevo Soler reparte sus semanas entre vueltas de una semana —Volta a la Comunitat Valenciana, pruebas francesas, clásicas españolas— y grandes vueltas en las que su trabajo principal pasa por proteger a Pogacar o apoyar a otros líderes de la casa como João Almeida o Juan Ayuso.
La diferencia es que, cuando el guion lo permite, el catalán tiene licencia para colarse en fugas buenas. En la Vuelta 2022, en la que ya compite como corredor de UAE en su carrera fetiche, inaugura su palmarés con el nuevo equipo ganando una etapa a la antigua usanza: relevos largos en una escapada selecta, ataque medido en el momento justo, llegada en solitario. Sobre el papel es solo una victoria más; en la memoria del aficionado, su figura empieza a desengancharse del maillot azul y asociarse al blanco, negro y rojo de los Emiratos. Con los años, ese patrón se acentúa.
En lugar de obsesionarse con la general de tres semanas, Soler se consagra como lo que muchos directores llaman un “hombre de días”. Un corredor de jornadas marcadas en rojo en el calendario: etapas de alta montaña, recorridos con lluvia, frío, puertos encadenados, terreno en el que la mayoría piensa en sobrevivir y unos pocos piensan en ganar. Matxin lo valora quizá más por su carácter que por sus números de laboratorio. Habla de su talante, de su manera de tomar decisiones en la carretera, de una personalidad fuerte que, bien encauzada, sirve para encender mechas tácticas que otros no se atreven a encender.
Lagos de Covadonga, en 2024, es una buena prueba de ese cambio. El puerto asturiano, santuario histórico de la Vuelta donde dejaron su firma Lucho Herrera o el propio Quintana, recibe al Soler de UAE en un día cerrado, de lluvia fina y niebla baja. Desde la escapada, en un grupo en el que se mezclan nombres de general y cazadores de etapas, va cribando rivales a base de ritmo constante. No hay un ataque brutal, sino un desgaste metódico.
Cuando la carretera se empina de verdad ya solo quedan unos pocos ciclistas a rueda y, uno a uno, van cediendo. Soler corona en solitario y cruza la meta entre paredes de aficionados que llevan décadas soñando con esas imágenes. Es una etapa que podría haber ganado con el maillot de Movistar; el hecho de que la conquiste con UAE dice bastante sobre el lugar que ha encontrado en su nueva casa. Un año más tarde, 2025, Asturias vuelve a convertirse en territorio propicio.
Esta vez en la Vuelta a Asturias, una carrera de tres días con sabor clásico y puertos que castigan más de lo que parece en el perfil. El catalán se viste de líder tras una exhibición en la segunda etapa y remata la general en la última jornada, camino de Oviedo, con un ataque lejano y llegada en solitario. General y etapa en el mismo día, la imagen de un ciclista que domina una vuelta de una semana sin tener que justificarse como jefe de filas absoluto en una grande. Mientras, su equipo cierra el año con cifras de victorias que asustan y él se asienta definitivamente como pieza clave de ese engranaje ofensivo.
Quizá la estampa que mejor condensa a este Soler ya veterano llega también en 2025, en la Vuelta a España, cuando la carrera afronta la etapa de La Farrapona. El guion técnico es sofisticado: por detrás, UAE ha preparado una emboscada táctica para desgastar al bloque de Jonas Vingegaard a través de Almeida. Por delante, Soler se cuela en la fuga del día y la va seleccionando puerto a puerto, consciente de que su propia escuadra endurece la persecución. En los últimos kilómetros, la paradoja es perfecta: el catalán se defiende del grupo de favoritos mientras lleva en la espalda el mismo patrocinador que viene lanzando ataques desde atrás.
Aguanta, se zafa de la presión y levanta los brazos en aquella cima asturiana donde años atrás ya había sido segundo. Con ese triunfo se convierte en el español en activo con más victorias de etapa en la Vuelta, cuatro, y firma otra página que desmiente cualquier relato de decadencia. Cuando parecía que el relato de su madurez iba a girar solo en torno a grandes puertos, apareció la Vuelta a la Región de Murcia 2026 para demostrar que a veces el ciclismo lo escribe la meteorología tanto como las piernas. La prueba, reconvertida ese año en una suerte de mini vuelta de dos días, arrancaba con un diseño caprichoso: puertos cortos, carreteras sinuosas, tramos expuestos al viento entre Cartagena, Fortuna y Santomera.
Terreno para lío, pensaría cualquiera que conozca a Soler. La primera etapa empieza ya torcida por el parte: recorrido recortado, salida neutralizada, lluvia y viento cruzado que invitan a mirar al cielo casi tanto como al cuentakilómetros. En cuanto se abre la veda, UAE hace lo que mejor sabe: acelerar. Tim Wellens estira el grupo en los abanicos, se destroza el pelotón y se forma un corte con nueve corredores, representación de varios equipos, entre ellos Movistar y la propia formación emiratí.
A unos cuarenta kilómetros de meta, en los alrededores de Fortuna, se van hacia delante Soler y el danés Julius Johansen. Trabajo de dos, relevos organizados, el resto de la escapada que se deshilacha. En el Alto de la Virgen del Castillo, una subida corta pero exigente, el catalán elige el momento: aumenta el ritmo, suelta a su compañero de fuga y corona solo. La bajada le lleva directo a una victoria que remata una exhibición colectiva de UAE y le viste con el maillot de líder en Santomera.
Johansen entra segundo, Tom Pidcock, que había quedado cortado en los abanicos, consolida un tercer puesto que sabe a poco para su ambición. En la sala de prensa, las preguntas miran ya al día siguiente: ¿aguantará Soler el liderato en la supuesta etapa reina? La respuesta, de nuevo, la da el cielo. La segunda jornada arranca con media hora de retraso, ráfagas de viento capaces de tirar ciclistas al suelo incluso en marcha neutralizada y caras de miedo en el pelotón.
Directores y corredores hablan con los comisarios, mueven la cabeza, miran las ráfagas que doblan las ramas de los árboles. Se toma una decisión salomónica: la carrera queda neutralizada, se improvisa un circuito urbano en Santomera para salvar al menos algo de espectáculo, pero sin tiempos oficiales. A efectos deportivos, la general se congela tal y como estaba al final del día anterior. Sobre el podio, Marc Soler se proclama ganador de la Vuelta a Murcia 2026 tras apenas 83 kilómetros realmente competitivos.
Los micrófonos de Eurosport recogen una sensación extraña. El propio ciclista admite que la victoria le sabe rara, como incompleta, porque la etapa que debía decidir la vuelta no ha podido disputarse en condiciones. Aun así, la foto con el trofeo y el maillot de campeón sube a las redes, los medios lo incluyen en su palmarés, la organización celebra la jugada táctica de UAE. Semanas más tarde, sin embargo, la UCI revisa el caso y aplica una interpretación estricta del reglamento: en una vuelta por etapas, si solo se disputa una jornada con tiempos oficiales, no puede considerarse que haya clasificación general.
La conclusión burocrática es fría: Soler mantiene la etapa, pero pierde la general que ya había celebrado. No hay dopaje, ni sanción deportiva, ni polémica moral: solo un ajuste contable que borra una línea de su historial y deja otra vez la sensación de que la realidad del corredor y lo que refleja el papel no siempre coinciden. Ahí, en esa suma de días poderosos y líneas tachadas, se entiende bien qué tipo de ciclista es hoy Marc Soler. No es el ganador potencial de grandes vueltas que algunos imaginaron cuando levantó el trofeo del Tour del Porvenir o cuando se subió al podio de París–Niza, pero tampoco un simple peón al que se concede libertad en etapas secundarias.
Es, sobre todo, un especialista en jornadas en las que pocos quieren asumir riesgos. Un “hombre de días” en el sentido más literal: de Lagos de Covadonga con niebla, de Farrapona con su propio equipo persiguiéndole desde atrás, de murciana destrozada por el viento, de vueltas de una semana que se deciden con un ataque a cuarenta de meta. Su físico acompaña ese rol. Alto, muy delgado, escalador que se mueve con soltura en puertos largos, pero con motor suficiente para rodar fuerte en el llano y para aguantar los cambios de ritmo que exigen los abanicos.
Su relación con el mal tiempo también suma: cuando el termómetro baja y el asfalto brilla, muchos ojos miran al coche buscando instrucciones conservadoras; él suele mirar hacia delante buscando movimientos. Matxin insiste a menudo en que más allá de los vatios le interesa su personalidad, esa mezcla de testarudez y intuición que, bien dirigida, puede decidir una etapa tanto como un plan de director desde el coche. En UAE, esa combinación se traduce en un doble papel claro. En los grandes objetivos, Tour y Vuelta, su nombre aparece en la pizarra al lado de Pogacar o de Almeida como uno de los hombres encargados de endurecer la carrera en los momentos clave: tirar en los puertos antes de que ataque el líder, infiltrarse en fugas que luego sirvan de plataforma para una ofensiva lejana, ofrecerse como referencia más adelante en la carretera para que el jefe de filas tenga donde aterrizar tras un demarraje.
En otras carreras, en cambio, el reloj gira hacia él: ahí donde el calendario ofrece vueltas de una semana o etapas de media montaña con perfil juguetón, el catalán disfruta de más libertad para probar fortuna en la general o para seleccionar a sus víctimas de un día. Su palmarés cuenta ya una historia distinta a la que dibujaba cuando vestía de azul. A las victorias de París–Niza, Vuelta 2020 y Romandía 2021 se suman etapas en la Vuelta 2022 y 2024, la general de la Vuelta a Asturias 2025, una nueva etapa en la Vuelta de ese mismo año, el triunfo parcial y la general fugaz de Murcia 2026. Más allá de cifras, su presencia se ha convertido en una constante en la ronda española, donde, tras la retirada de Valverde y el adiós a los mejores años de Purito Rodríguez, faltaban nombres nacionales capaces de ganar en los grandes puertos con cierta regularidad.
Queda entonces la pregunta inevitable: ¿salió ganando o perdiendo al dejar Movistar? Visto desde la distancia, cuesta encontrar argumentos sólidos para hablar de derrota. Con UAE ha ampliado su colección de victorias de calidad, ha encontrado un encaje táctico que le permite correr de una forma más acorde a su carácter y, quizá lo más importante, ha esquivado la presión asfixiante de ser “el nuevo líder español del equipo navarro” en un momento en el que esa etiqueta quemaba a cualquiera que se la colgara. En los años de transición de la estructura de Abarca, con cambios accionariales, salida de referentes y focos constantes sobre las decisiones de los directores, seguir allí significaba vivir en una permanente auditoría pública.
Al mismo tiempo, resulta inevitable imaginar el contrafactual. Una Vuelta diseñada específicamente alrededor de sus características, sin tridentes imposibles, sin cámaras internas registrando cada bronca, con un bloque construido para protegerle en abanicos y colocarle en la base de los puertos como jefe único. Ese escenario nunca llegó a materializarse. Cuando Movistar trató de recomponerse, otros corredores ocupaban el centro del proyecto y el propio Soler arrastraba ya el desgaste de años marcados por caídas, dudas físicas y una exposición mediática incómoda.
Para cuando llegó la posibilidad de resetear esa relación, el tren de UAE ya llevaba tiempo esperándole en el andén. Lo que sí está claro es que en su equipo actual el papel que le toca es más sencillo de explicar. Hay un líder indiscutible para casi todo —Pogacar—, algún co‑líder para determinadas carreras —Almeida, Ayuso— y un grupo de corredores, entre ellos Soler, que saben dónde se sitúan. Pueden aspirar a ganar vueltas de una semana, pueden buscar etapas de gran repercusión, pueden convertirse en dinamita táctica en las etapas reinas.
No necesitan discursos grandilocuentes sobre liderazgos compartidos para comprender su importancia dentro del conjunto. El futuro inmediato invita a pensar en más de lo mismo, en el mejor sentido posible. Con contrato asegurado hasta 2025, todavía en una edad en la que el cuerpo de un escalador suele responder bien a la carga, el catalán tiene por delante varias temporadas para seguir acumulando esos días que definen trayectorias. La Vuelta seguirá siendo su terreno más natural para afinar la puntería en busca de nuevas etapas o incluso algún top‑10 de general si el equipo decide darle margen.
Itzulia, Romandía, Dauphiné o las propias vueltas españolas de una semana se presentan como escenarios ideales para ese ciclismo de ataques largos que parece ir contra la tendencia al control y sin embargo, cada cierto tiempo, se revela como la única manera de romper el guion. Queda la duda de si volverá a plantearse seriamente liderar una grande desde el kilómetro uno con aspiraciones reales de podio. Tal vez sí, si alguna Vuelta se presenta propicia y el equipo considera que merece la pena diseñar un plan alrededor de su regularidad. Tal vez no, porque lo que le ha dado identidad en estos años ha sido precisamente lo contrario: la capacidad para elegir sus días, para aceptar que no va a dominar tres semanas completas pero sí puede decidir dos o tres jornadas que queden grabadas en la memoria del aficionado.
Imagínate que, unos años más adelante, alguien vuelve a sacar el móvil en ese mismo bar del principio. Ya no pone solo la imagen de Andorra 2019. Pasa también por Lagos de Covadonga vestido de UAE, por la llegada en Oviedo con la Vuelta a Asturias en el bolsillo, por la Farrapona con el coche de su propio equipo animándole a seguir mientras los favoritos se miran entre sí. Cuando alguien repita la pregunta —“¿Qué fue de Soler después de Movistar?”—, la respuesta ya no cabrá en un gesto de enfado ni en una rueda de prensa de perdón.
Será la suma de todos esos días en los que decidió que la carretera iba a correr a su ritmo y no al de la radio del coche. Y esa, para un ciclista que nació señalado como heredero incómodo, quizá sea la victoria más difícil de todas.