Valverde: el eterno capitán del equipo
Introducción: Valverde y la casa que nunca cambia Si entras en cualquier bar de Murcia un domingo de etapa reina y dices “Valverde”, nadie te pregunta “¿cuál?”.
El bar huele a café recalentado y a embutido de gasolinera. Fuera, todavía se ve una lengua de niebla pegada al arcén, como si el puerto se resistiera a soltar del todo a los ciclistas. En la tele, colgada en una esquina, la realización pincha un plano general del grupo que persigue a un fugado cualquiera con dorsal alto y ambición de minuto de gloria. Es una etapa de media montaña de una gran vuelta, Movistar pelea por defender un top‑10, el comentarista se esfuerza por vender emoción donde apenas hay margen.
En la mesa de al lado, un veterano con chaleco sin mangas resopla y suelta la frase como quien deja caer una sentencia: "Con Valverde esto no pasaba". No hay rabia, apenas una mezcla de nostalgia y reproche cariñoso, como si invocara a un familiar al que se echa en falta cuando las cosas se tuercen. Eso es Alejandro Valverde en muchos bares de carretera: el recuerdo automático de un tipo que, durante casi veinte años, aparecía en pantalla cada vez que la carrera se ponía tiesa, que siempre estaba ahí cuando la carretera se empinaba o el grupo se afilaba para el sprint en cuesta. Un ciclista que envejeció a la vista de todos mientras el maillot cambiaba de patrocinador, el logo pasaba de Reynolds a Banesto, de iBanesto a Caisse d’Epargne, de ahí al azul Movistar, y él seguía en la misma casa, mudando de papel sin abandonar nunca el guion principal.
De "Imbatido" precoz pasó a líder absoluto, luego a patriarca y, finalmente, a esa figura casi totémica que da tranquilidad solo con verla en el encabezado de la alineación. Tal vez el mejor resumen de su trayectoria no esté en una gran vuelta ni en una foto con la M gigante en el pecho, sino en una tarde fría de septiembre de 2018, en Innsbruck. Allí, a los 38 años, después de toda una vida coleccionando medallas sin oro, Valverde se viste por fin de arcoíris. Lo hace en un circuito diseñado para escaladores puros y fondistas cabezones, con rampas que invitan al desfallecimiento y a las miradas hacia el coche.
Durante años, su nombre había sido sinónimo de podio en los Mundiales: plata en Hamilton, bronces en Verona y Madrid, más metales repartidos por circuitos que parecían hechos a medida para que se le escapara siempre algo en el último momento. La Real Federación Española de Ciclismo recuerda que acumulaba siete medallas y diez presencias entre los diez primeros antes de ese día. En Austria, en cambio, todo encaja: aguanta con los mejores en la subida decisiva, controla el sprint reducido, levanta los brazos y por fin grita sin contenerse. El veterano que muchos creían en fase de despedida se convierte en campeón del mundo cuando otros ya escribían su epílogo.
Para entender cómo llega un niño de un rincón de Murcia a ese podio teñido de arcoíris hay que volver atrás, a Las Lumbreras de Monteagudo, donde las carreteras secundarias funcionan como un velódromo imperfecto. Allí nace Alejandro en 1980, en una familia donde la bici no es un hobby exótico, sino algo que se cuela en las conversaciones de sobremesa. Su padre, Juan, es aficionado al ciclismo; su madre, María Belmonte, convive con esa pasión doméstica que convierte cualquier domingo en una etapa imaginaria. No extraña que el chaval, con nueve años, se plante en una carrera en Yecla y la gane.
Tampoco sorprende que pronto empiece a encadenar triunfos en todas las categorías inferiores que pisa. En poco tiempo, en los circuitos de cadetes y juveniles del sureste español se habla de ese crío al que llaman "el Imbatido". En otros, un sobrenombre así sería una exageración prematura; en su caso apenas se queda corto. Sobre la pista suma campeonatos nacionales de velocidad y persecución; en carretera, las pruebas regionales y estatales se convierten en una sucesión de finales que pasan a formar parte de su educación sentimental.
Cada sprint, cada muro, cada recta final donde se decide todo a golpe de instinto va cincelando un tipo de corredor muy concreto: no un producto fabricado en la sala de máquinas de un gran equipo profesional, sino el resultado de años de competición casi semanal desde la infancia. A los veinte, Valverde ha vivido más finales ajustados que muchos corredores que llevan una década cobrando nómina en la élite. Ese ciclismo de club, de carretera estrecha y bolsa de viaje compartida, le da algo que luego se reconocerá en su forma de correr: una mezcla de sacrificio cotidiano y sentido de pertenencia. La bici aparece como herramienta para imaginar una vida distinta a la del barrio, pero también como la excusa perfecta para seguir ligado a la misma tierra.
De ahí nace una doble lealtad que le acompañará siempre: a Murcia, donde volverá una y otra vez para entrenar y refugiarse, y a la estructura que lo acoge en su madurez, la saga navarra que arranca como Reynolds y termina, décadas después, en Movistar. Antes de llegar a esa casa, sin embargo, hay otra camiseta que marcará su carrera: la de Kelme‑Costa Blanca. Debuta como profesional en 2002 en un equipo que condensa muchas virtudes y muchos vicios del ciclismo español de la época. Plantillas repletas de talento, presupuestos ajustados, una cultura de la épica en la montaña que convivía, con el tiempo se supo, con prácticas que acabaron convertidas en sumarios judiciales.
En ese contexto, el murciano no tarda en dejar claro que no es un neoprofesional más. En 2003, su segundo año, gana dos etapas y termina tercero en la Vuelta a España. Ese mismo curso se cuelga una plata en el Mundial de Hamilton, solo superado por Igor Astarloa. Al año siguiente, añade generales como la Vuelta a la Comunidad Valenciana o la Vuelta a Murcia, un pequeño guiño de agradecimiento a su tierra.
Mientras él despega, en Navarra otra historia va buscando protagonista. La estructura que arranca como Reynolds en los ochenta, que se convierte en Banesto durante la era Indurain y se reconvierte en iBanesto al final de ese ciclo glorioso, busca nuevo relato. El equipo que dirigen José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué ha sostenido durante años la presencia española en la élite, pero ya no tiene a Miguel para ordenar por sí solo la clasificación general de un Tour. Llegan nuevos patrocinadores: primero Illes Balears, luego Caisse d’Epargne, marcas distintas para una misma familia deportiva.
La casa cambia el rótulo de la puerta, pero dentro siguen los mismos muebles, el mismo staff, la misma manera de entender el oficio. El fichaje de Valverde en 2005 por Illes Balears‑Caisse d’Epargne une esas dos líneas que venían avanzando en paralelo: por un lado, un ciclista total que necesita una estructura robusta para pelear todo el año; por otro, un equipo histórico que necesita un rostro reconocible para encarnar la siguiente época. Desde ese momento, las trayectorias de Alejandro y de la saga Abarca quedan unidas hasta confundirse. El murciano entra por la puerta de una escuadra donde todavía resuenan las historias de Delgado e Indurain y, con el paso del tiempo, será el hilo conductor que conecte esa era legendaria con la de Quintana, Landa o Enric Mas.
El modelo de ese equipo es sencillo de explicar y complejo de ejecutar: estabilidad en la dirección, una base navarra con ramificaciones internacionales, paciencia con los corredores jóvenes y cierta predilección por ciclistas “completos” frente a especialistas extremos. Valverde encaja en ese patrón de manera casi natural. Pronto se convierte en coleccionista de vueltas de una semana: se lleva varias veces la Vuelta a Murcia, gana la Comunidad Valenciana, brilla en la Dauphiné. No se limita a sumar días de líder; señalan en rojo etapas concretas y allí aparece él, casi siempre, en la pelea.
En 2006 conquista Flecha Valona y Lieja‑Bastoña‑Lieja, el doblete de las Ardenas que marca a los elegidos. En 2008 vuelve a levantar los brazos en Lieja y añade la Clásica de San Sebastián, como si necesitara recordar que también en verano, junto al mar, sabe decidir carreras de un día. Su relación con el Tour de Francia queda en un terreno intermedio, muy lejos de la tiranía que ejerció Indurain en los noventa. El calendario, las caídas, las sanciones y los azares de cada julio contribuyen a que nunca llegue a pelear de tú a tú por el maillot amarillo en su plenitud física.
Aun así, deja momentos que quedan fijados en la memoria del aficionado: la etapa ganada a Armstrong en Courchevel en 2005; el sexto puesto en la general de 2007; el podio, ya con Movistar, en 2015, compartiendo responsabilidades con un Nairo Quintana que apuntaba al trono. Más que dominador, es un fijo en la parte noble de la clasificación, ese nombre que miras cuando te preguntas quién no se va a caer del top‑10 por mucho que sople el viento. Donde su presencia se vuelve casi obsesiva es en los Campeonatos del Mundo. Durante años, los españoles se sientan a ver la carrera en línea con una pregunta ritual: "¿Qué hará hoy Valverde?".
No se trata solo de ganar; se trata de estar. En el grupo bueno, en el corte decisivo, en el sprint reducido donde se decide todo. Y él, casi siempre, está. Plata aquí, bronce allá, un cuarto puesto que sabe a podio porque el circuito no es el ideal, una medalla que se escapa por un movimiento dudoso a 300 metros.
Así durante más de una década. De ahí que Innsbruck, con ese maillot arcoíris a los 38 años, tenga un valor casi literario: el hombre que parecía condenado a ser eterno segundón en un escenario concreto termina, con el pelo ya con canas, subido al escalón más alto y cantando el himno. Pero ninguna carrera larga en el ciclismo de las últimas décadas se libra de las sombras. La Operación Puerto corta el paso a una generación entera de aficionados que creció creyendo en héroes de montaña y se encontró con bolsas de sangre numeradas en una nevera.
En el caso de Valverde, la herida se abre de forma particular en 2009, cuando la fiscalía antidopaje italiana vincula una de esas bolsas con una muestra tomada al ciclista durante el Tour 2007. Italia decreta dos años de sanción en su territorio y, de rebote, el Tour 2009 —que atraviesa suelo italiano— se convierte en un territorio prohibido para él. El equipo Caisse d’Epargne se alinea públicamente con su líder y anuncia recursos; Valverde recurre al Tribunal de Arbitraje Deportivo. Mientras tanto, el aficionado medio oscila entre el cansancio y la desconfianza.
De puertas para fuera, él responde como ha hecho siempre: ganando. Ese año se adjudica la Volta a Catalunya, la Dauphiné y, sobre todo, la Vuelta a España, el gran objetivo que se le había resistido. En la llegada de Madrid habla de alivio, de una carga que se quita al fin de los hombros tras tantos podios sin título. El conflicto judicial, la posterior extensión de la sanción, los debates sobre su figura en tertulias y foros dejan una marca indeleble.
Su palmarés, uno de los más largos y variados del ciclismo español, convive con un asterisco que sus detractores no se cansarán de subrayar. Reducirlo todo a esa nota al pie sería injusto; obviarla, imposible. La resiliencia con la que vuelve, rinde y alarga su carrera mucho más allá de los treinta y tantos habla de una capacidad de reconstrucción poco común. También ilustra una realidad incómoda: buena parte de los grandes campeones de su generación han tenido que aprender a vivir con esa cicatriz pública.
Cuando Movistar entra en escena como patrocinador principal en 2011, el ciclismo empieza a cambiar de manera visible. Las cámaras ya no solo enfocan el esfuerzo en la carretera; se cuelan en el autobús, en las reuniones previas, en las discusiones a voz en grito. La serie "El día menos pensado" abre el telón del equipo navarro para un público nuevo, que descubre la letra pequeña de una carrera que creía conocer solo por los últimos kilómetros. Allí se ve a Valverde en otro registro: menos el finisher de siempre, más el capitán que baja al coche a discutir un movimiento, el veterano que pone paz cuando dos líderes se cruzan miradas de desconfianza, el que levanta la voz para defender a un compañero o reclama que se cambie la táctica sobre la marcha.
Ser "el eterno capitán" significa eso: ocupar un lugar central en el tablero, incluso cuando no eres tú quien firma en grande en el objetivo de la temporada. Para muchos aficionados, esa centralidad implica un peaje táctico. Hablan de "valverdismo" para referirse a una forma de correr que consideran demasiado prudente, más preocupada por asegurar un podio que por jugarse todo a una mano en busca de una victoria memorable. Desde dentro, la lectura es distinta: un corredor veterano que sabe que el ciclismo moderno castiga el error con dureza y que prefiere sumar resultados año tras año, a veces de manera discreta, antes que arriesgarlo todo en una jugada sin red.
El equilibrio entre esas dos miradas se ve en carreras concretas: en las que él decide atacar, pero también en las que, por proteger su posición, la afición siente que algo se ha quedado en el tintero. Al mismo tiempo, su presencia permite que otros crezcan a su sombra. Quintana gana un Giro y una Vuelta con Valverde como escudero de lujo y amenaza para rivales en muchos finales. Enric Mas hereda gradualmente el liderazgo para las generales mientras el murciano se reserva más para las clásicas y para trabajos específicos.
Landa disfruta de días de libertad vigilada. La sensación, desde la barra del bar, es que mientras Alejandro esté en plantilla ninguna revolución interna será total. Desde el volante del coche, la visión es otra: tener a alguien así en carrera garantiza que siempre habrá un plan B o un plan C. Llega un punto en que el dorsal deja de ser su única manera de mandar.
Tras su retirada del pelotón profesional, la pregunta no es si seguirá ligado a Movistar, sino cómo. Podría haberse quedado en un papel de embajador sonriente, de leyenda que corta cintas y posa con aficionados. Podría haberse lanzado a los micrófonos, convertido en comentarista omnipresente. Sin embargo, el movimiento que realmente cambia el tablero llega cuando la Real Federación Española de Ciclismo anuncia, en 2025, que Alejandro Valverde será el seleccionador nacional de carretera élite masculino durante cuatro años.
El comunicado lo sitúa como pieza clave de un nuevo organigrama, presidido por José Vicioso y con Félix García Casas como director deportivo. El objetivo trazado es sencillo de formular y difícil de cumplir: mantener a España entre las grandes potencias, aprovechando la experiencia de alguien que ha disputado Mundiales, Europeos y Juegos Olímpicos al máximo nivel. Él cuelga un mensaje en el que habla de una ilusión enorme por dirigir ahora desde el coche aquello que tantas veces vivió desde dentro del pelotón. Menciona el Mundial de Kigali, en Ruanda, como primera estación importante, seguido por el Campeonato de Europa en Ardèche y Drôme.
La RFEC acompaña el anuncio con un vídeo con un título elocuente: "La historia continúa". La idea está clara: el hombre que durante años fue referencia absoluta dentro de la selección, el que sabía cuándo guardar y cuándo lanzar el sprint, será ahora quien elija los nombres y reparta las funciones. Su conocimiento casi instintivo de los circuitos, del desgaste acumulado, de cómo se mueven las selecciones en carreras de un día, se convierte en recurso táctico. En paralelo, llegan reconocimientos que cristalizan su condición de figura histórica.
El Comité Olímpico Español lo premia junto a Joan Llaneras en su XVIII gala anual, subrayando el peso conjunto de dos trayectorias que han llevado el maillot nacional a podios mundiales y olímpicos. En esas fotos, con traje y sonrisa contenida, Valverde parece menos un corredor retirado que un representante de una manera de entender el deporte basada en la longevidad y la adaptación continua. En medio de todo, el apellido Valverde resuena en otros ámbitos. José María Valverde, por ejemplo, fue un poeta y ensayista fundamental del siglo XX español, profesor universitario, traductor de Rilke, Joyce o Faulkner, intelectual que llegó a dimitir de su cátedra en protesta contra el franquismo.
Xosé Filgueira Valverde, es figura central de la cultura gallega, objeto de homenajes de la Real Academia Galega y del Museo de Pontevedra, autor de obras que ayudaron a consolidar la literatura y la investigación en su lengua. No tienen nada que ver con las cunetas ni con los puertos pirenaicos, pero comparten algo con el ciclista: el modo en que un apellido acaba asociado a un territorio concreto. En un aula de filosofía, "Valverde" remite al profesor; en un acto cultural en Pontevedra, al erudito gallego. En un bar con la tele puesta en una etapa de montaña, sin embargo, si alguien dice "Valverde" nadie pregunta "¿cuál?".
La respuesta ya viene dada. Claro que una figura prolongada en el tiempo acumula también críticas más sutiles. Hay quien piensa que la presencia casi permanente de Valverde en Movistar retrasó la renovación del equipo, que su capacidad para resolver etapas y generales redujo el margen para que otros se equivocaran a lo grande y aprendieran a base de golpes. Hay quien sostiene que el ciclismo español se acostumbró demasiado a la idea de que siempre habría un corredor capaz de hacerlo todo bastante bien durante bastante tiempo, lo que desincentivó la búsqueda de perfiles extremos o apuestas tácticas más radicales.
Son discusiones que seguirán en barras de bar, foros y sobremesas mucho después de que él deje de aparecer en las alineaciones. En el otro lado de la balanza, su legado ofrece elementos muy concretos. Para los jóvenes que hoy sueñan con vivir de la bici, Valverde es la demostración de que la constancia puede alargar una carrera más allá de lo que dictan las modas, que la versatilidad es un valor en sí mismo, que se puede reinventar el papel propio dentro del grupo sin renunciar a la esencia. Para las estructuras deportivas, su relación con la saga Abarca es un manual práctico sobre lo que puede construirse cuando se apuesta por la estabilidad y por el acompañamiento de largo plazo, incluso en tiempos de crisis de patrocinio o de cambios drásticos en el ciclismo profesional.
Es también un recordatorio incómodo de que, sin cambios profundos en la cultura deportiva, las sombras del pasado reaparecen cuando menos conviene. Quizá por eso, cuando uno vuelve al bar de carretera del principio, la figura del "eterno capitán" adquiere un matiz distinto. Ahora no corre; manda desde la cuneta o desde el coche neutro de la selección, con un pinganillo en el oído y la vista fija en la pantalla de la tablet donde se dibuja el perfil del circuito. El veterano del chaleco sigue quejándose de que Movistar ya no remata como antes, pero cuando la carrera por el arcoíris entra en su tramo decisivo y la realización enfoca el coche de España, alguien comenta que ahí dentro va Valverde, que si hay una puerta mínima para colarse en la pelea él sabrá verla.
Y, de repente, la frase del inicio se transforma: mientras quede un Valverde al otro lado de la radio, da la sensación de que el ciclismo español —y, por extensión, la saga Abarca que lo vio crecer— seguirá buscando capitanes capaces de sostener durante años una misma historia, con sus luces, sus manchas y esa cabezonería murciana que hace que el apellido, más que un nombre, suene a promesa de pelea hasta el último repecho.