Orígenes Reynolds: aluminio navarro, acero y maillots sencillos Si uno entra hoy en la nave de Abarca Sports en Egüés y mira hacia la pared de los cuadros hi...
La evolución del equipamiento ciclista en el equipo La nave de Abarca, en las afueras de Pamplona, huele a cosas que no salen en las fichas técnicas: grasa vieja, café recalentado, humedad de invierno. En una pared, perfectamente alineadas, cuelgan bicicletas que podrían contar solas cuarenta años de ciclismo. Una Razesa de acero con cables por fuera y manillar estrecho. Una Pinarello blanca con los colores de Banesto todavía vivos.
Varias Canyon azules y blancas que casi parecen venir del futuro. Alejandro Valverde, cuando hace de guía en esa especie de pequeño museo doméstico, señala una por una y se ríe al reconocer, por la talla del cuadro, cuál podría haber sido de Perico. Da igual que sea diciembre o marzo: ahí, colgadas, todas esas bicis se siguen mirando entre ellas como si estuvieran en línea de salida. El relato que hoy se llama Movistar Team empieza muy lejos del carbono brillante y de los potenciómetros, pero sorprende lo poco que se ha movido físicamente.
Finales de los setenta, Navarra, una nave industrial discreta donde unos cuantos obsesos discuten de desarrollos y horquillas mientras montan bicicletas para juveniles. De ahí sale, casi a escondidas, el Reynolds profesional de 1980, patrocinado por INASA, dirigido por José Miguel Echávarri y con un joven Eusebio Unzué aprendiendo a ordenar coches en una caravana que aún no sabe que llegará al WorldTour. Misma tierra, mismo acento, otra pegatina en el tubo diagonal. Si uno imaginara aquella primera bici del equipo sobre un fondo blanco, vería un catálogo condensado de lo que era entonces el ciclismo de carretera: cuadro de acero con tubos Reynolds, ángulos tranquilos, dirección alta, potencia larga, manillar estrecho, frenos de zapata con puentes que todavía no han descubierto todo su mordiente, ruedas con 32 o 36 radios, llantas de perfil bajo y tubulares cosidos a mano.
El cambio baja al cuadro, se maneja con palancas sin indexado, afinado a base de oído y paciencia. El ciclista viste un maillot de lana fina o de mezclas tímidas con poliéster, bolsillos traseros que se deforman en un solo día de montaña, culote que cede donde no debe. Todo parece rudimentario, pero ya entonces el material decide carreras. Basta revisar el Tour de 1988 y la Vuelta de 1989 de Pedro Delgado, aquellas victorias que aún se asocian al azul Reynolds, para entender que, incluso en esa etapa aparentemente artesanal, la tecnología ya está empujando desde abajo.
Elegir el desarrollo justo para un puerto, ajustar el reglaje de los frenos antes de un descenso bajo la lluvia, pelear gramo a gramo en una crono larga eran decisiones tan importantes como un ataque bien lanzado. Lo que no existía todavía era un discurso alrededor de todo eso. El material importaba, claro, pero se hablaba poco de él. Era casi un secreto compartido entre mecánico y líder.
La estructura, sin embargo, empezó a envejecer bien desde muy pronto. Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar: si se leen de corrido, los nombres suenan a equipos distintos, a épocas cortadas por contratos y ruedas de prensa. Lo que no cambia es el esqueleto que sostiene la camiseta. Un grupo navarro de mecánicos, auxiliares y directores que va sumando años y cicatrices, pero permanece.
Esa continuidad, que la propia escuadra reivindica cuando presume de más de cuatro décadas de historia ininterrumpida, explica buena parte de la evolución del equipamiento: no se trata de empezar de cero cada vez, sino de apilar capas de experiencia sobre la misma base humana. El gran salto de material y de estilo llega con la entrada de Banesto a finales de los ochenta. No es solo una cuestión de presupuesto, aunque el dinero del banco permite mirar a las grandes vueltas con otra ambición. Es, sobre todo, una revolución estética.
El azul algo discreto de Reynolds deja paso a un blanco radiante cruzado por franjas azul, roja y amarilla, que Etxeondo traduce en maillots ajustados para su tiempo, elegantes y perfectamente reconocibles. Aquel maillot, hoy pieza de museo, convierte la ropa en algo más que un uniforme: es una bandera. El dorsal viene después. Detrás de la foto de Indurain entrando en París con aquel blanco impecable hay un pequeño culebrón de chapas y adhesivos.
En 1990 y 1991, la casa se debate entre Razesa, fabricante navarro de toda la vida, y Pinarello, marca italiana que ya quiere jugar en las grandes ligas de la carretera. El choque no es solo técnico; es también de orgullo. Pinarello se resiste a tapar sus colores bajo el blanco absoluto que pide el banco, y en los talleres de Razesa se multiplican los cuadros pintados con el logo de Banesto sobre tubos Reynolds y grupos italianos. Con esas bicis, más clásicas que futuristas, Perico cierra su etapa en la élite e Indurain afila su salto definitivo.
Para las jornadas de fuego en la montaña, el equipo se atreve con algo que, visto desde hoy, parece casi experimental: cuadros de carbono TVT, ligeros y algo menos dóciles en las bajadas. Se montan para días señalados, como si fueran una arma secreta que no conviene usar demasiado. Esa dualidad —una bici de acero robusta para el día a día, otra de carbono para momentos escogidos— resume la manera en que el equipo empieza a relacionarse con la tecnología: curiosidad, prudencia y cierto respeto a lo desconocido. El conflicto inicial se resuelve a partir de 1992.
Banesto y Pinarello encajan sus intereses y el matrimonio entra en una edad de oro que coincide con los Tours de Indurain. El Banesto Line, como se bautiza a aquel modelo fetiche, aprovecha las lecciones aprendidas por la marca de Treviso en proyectos como la hora de Battaglin: cuadros de acero soldados con TIG, tubos perfilados Oria, geometrías algo más compactas, primeros intentos serios de esconder mejor los cables. En las fotos, parecen bicis clásicas; en la mano, ya se nota que hay algo distinto. El símbolo extremo de esa etapa es La Espada, el cuadro de carbono curvo con el que Indurain bate el récord de la hora y gana cronos que hoy seguirían siendo temibles.
La aerodinámica, que hasta entonces era sobre todo intuición —bajar la cabeza, cerrar los codos, pegarse a la moto—, se convierte en obsesión de ingenieros y directores deportivos. Campagnolo marca la pauta en la transmisión con sus grupos C-Record y Record, luego con las primeras manetas Ergo que permiten cambiar sin soltar las manos del manillar. Mavic afina las ruedas con llantas cerámicas y perfiles algo más altos. Selle Italia aporta sillines que ya piensan en el reparto de presiones.
El conjunto, visto hoy, es un paquete coherente de alto rendimiento, una forma de entender la bici como un sistema cerrado diseñado para exprimirse al límite. Al mismo tiempo, la ropa empieza a construir su propia leyenda. El maillot Banesto que se conserva en el Museo San Telmo, con sus mangas algo holgadas, cremallera frontal corta y tres bolsillos traseros, parece casi tímido comparado con un Gobik actual. Pero en aquella España que se sentaba frente al televisor en julio, ese blanco con azul, rojo y amarillo acabó siendo sinónimo de dominio en el Tour.
No sorprende que, cuando Movistar decidió preguntar a sus aficionados por el maillot más bonito de la historia de la casa, el Banesto del año 2000 —última evolución de ese diseño— arrasara cómodamente en las votaciones por delante de Reynolds, Caisse d’Epargne o del propio Movistar de 2020. El recuerdo estético pesa tanto como las clasificaciones. Llega luego la etapa menos recordada en álbumes familiares, pero decisiva en la transición hacia la modernidad. Principios de los 2000, fiebre de internet: el equipo se llama iBanesto.com, el maillot incorpora la dirección web en grande, la bici ya no entiende la vida sin carbono.
Pinarello sigue al frente del cuadro, pero las horquillas pasan a ser monocoque, las geometrías se vuelven menos conservadoras, aparecen las direcciones integradas y los manillares de carbono. El azul y el blanco conviven con toques discretos de rojo. Si uno ve una fotografía de aquella época, reconoce por primera vez algo parecido a la bici moderna: más limpia, más angulosa, con ruedas de perfil más alto que empiezan a imponer su presencia. La llegada de Illes Balears como patrocinador principal rompe con el blanco de Banesto de una forma casi agresiva.
El maillot se oscurece, pasa a ser mayoritariamente negro, salpicado por gradientes que evocan puestas de sol mediterráneas y campañas de turismo. Debajo de esa piel veraniega, los cuadros Pinarello siguen mutando hacia el carbono total. Poco después, el desembarco de Caisse d’Epargne consolida el negro como color de identidad: equipación casi íntegramente negra, detalles rojos y grises, estética sobria y reconocible. En la bici, ese periodo coincide con el auge del Pinarello Dogma 60.1, cuadro de carbono de formas sinuosas, preparado para grupos electrónicos de Campagnolo, que comparte generación con las máquinas que luego asociaríamos a Wiggins o Froome.
Crónicas técnicas de aquellos años recordaban que la marca italiana, mientras preparaba su gran salto con el proyecto británico, mantenía un contrato sólido con la casa navarra. Los corredores españoles rodaban ya con el tipo de cuadro, ruedas y posiciones que poco después fascinarían a medio mundo cuando el ciclismo británico encadenó Tours. El siguiente cambio de piel llega en 2011, aunque el anuncio decisivo se hace en verano de 2010. Telefónica entra como patrocinador, el equipo se rebautiza como Movistar Team y, de inmediato, el imaginario se tiñe de azul corporativo con una M verde en el pecho.
No se habla de bicis en el titular, pero todos entienden que el material va a cambiar de idioma. De repente, una estructura que hasta entonces vivía entre bancos y gobiernos autonómicos se coloca en el centro de una multinacional tecnológica. Más presencia de marca, más activaciones con clientes, más peso de la imagen en cada presentación. Los primeros años de Movistar respetan la inercia heredada: cuadros Pinarello Dogma, grupos Campagnolo, ruedas italianas, un maillot azul que todavía guarda algo del negro de Caisse en su patrón.
La ruptura real llega en 2014, cuando se anuncia el acuerdo con Canyon. La firma alemana, que ha construido su identidad sobre la venta directa y un discurso casi de laboratorio, desembarca con tres modelos tope de gama personalizados con los colores del equipo: Ultimate para la escalada y el uso general, Aeroad para las etapas más rápidas, Speedmax para las cronos. La marca subraya que trabajará de la mano del staff de Unzué para ajustar geometrías, rigideces y montajes al gusto del equipo. Desde entonces, Canyon ha utilizado la nave de Abarca como banco de pruebas real.
Lo cuentan con cierto orgullo en su propio relato: allí se han validado evoluciones de carbono, soluciones de cableado interno, nuevas secciones de tubos, pasos de rueda adaptados a neumáticos más anchos, potencias y tijas específicas. Lo que el público ve como una bici bonita es, por dentro, un conjunto de decisiones tomadas en concentraciones de altura y test con viento de costado. Milímetros de potencia, cambios de una talla de casco, un tejido distinto en las mangas de un mono de crono: detalles que se discuten con la misma vehemencia que antes se discutía una estrategia de abanicos. En esa pared de bicis que enseñaba Valverde a las cámaras de RTVE conviven, sin orden aparente, Razesa, Pinarello y Canyon.
El murciano recuerda sus primeros cuadros de acero como aficionado, señala una Pinarello de los últimos Banesto, acaricia una Canyon personalizada por sus cien victorias, la famosa Bala 100, y reconoce al vuelo un cuadro antiguo que, por proporciones, podría haber llevado Delgado. Es difícil imaginar una metáfora mejor de la evolución del equipamiento del equipo: todas las épocas en el mismo lugar, sin más cronología que el orden en que alguien colgó las bicis un día cualquiera. Si se mira solo la foto de 2026, el conjunto de material del Movistar Team impresiona por coherente. Las guías técnicas de medios especializados coinciden al describir un paquete muy estable: Canyon Aeroad CFR y Ultimate CFR para la ruta, Speedmax CFR para las cronos, grupos SRAM Red AXS inalámbricos, ruedas Zipp 303 y 404 Firecrest, neumáticos Continental GP5000 S TR tubeless, sillines Fizik, manillares y potencias de la propia Canyon, ciclocomputadores Garmin, ropa Gobik.
Todo encaja como un puzzle pensado de arriba abajo para un mismo propósito. Ese cuadro no se entiende sin el contexto del resto de equipos. Análisis recientes señalan que Shimano ha visto reducido su dominio, de más de una decena de formaciones a unas cuantas menos, mientras SRAM se ha consolidado en varios conjuntos y Campagnolo ha desaparecido del máximo nivel masculino tras la caída de Cofidis. Movistar ha vivido esa transición en primera persona: de asociar su imaginario casi exclusivamente a Campagnolo, a convivir con años de Shimano, hasta el presente en el que el SRAM Red AXS, con su cambio inalámbrico, potenciómetro integrado y frenos de disco, se ha convertido en herramienta diaria.
La forma de pensar el material también ha cambiado. El ciclismo de pista, aparentemente lejano, ha funcionado como laboratorio a cielo cerrado. Ed Clancy, triple campeón olímpico, ha explicado en más de una ocasión cómo evolucionó el equipamiento de la selección británica entre 2008 y 2024: monos desarrollados con Adidas y UK Sport que eran varios segundos más rápidos y terminaron prohibidos, cascos y posiciones cada vez más extremos, ruedas de carbono que los rivales bautizaron como mágicas, y un aprendizaje fundamental: no se trata solo de ir muy aero, sino de mantener una postura que permita producir potencia durante minutos sin destrozar la espalda ni la cadera. Esa lógica se ha filtrado a la carretera.
Reportajes sobre el trabajo conjunto de equipos como DSM con fabricantes como Shimano muestran mecánicos veteranos y técnicos de I+D probando prototipos de grupos, desarrollando guías específicas para cada etapa con presiones de neumáticos, elección de ruedas, cascos y ropa según el recorrido, validando todo en túneles de viento, velódromos y carreteras abiertas con sondas que miden la presión del aire. Abarca Sports no aparece en esas historias, pero se mueve en parámetros muy similares: colaboración estrecha con Canyon, Gobik, Continental o SRAM, test específicos en la altura, decisiones que pasan de la intuición al dato sin perder la voz del corredor que dice dónde le duele. Si hay un terreno donde se ve con claridad el cruce entre rendimiento, estilo y relato es la ropa. En los noventa, los maillots de Etxeondo para Banesto eran, ante todo, funcionales.
Buen compromiso entre ajuste, transpiración y durabilidad, una paleta de colores subordinada al patrocinador, tejidos robustos que aguantaban jornadas épicas. El Banesto de manga larga expuesto en San Telmo, con sus franjas azul, roja y amarilla sobre blanco, condensa esa era: densidad justa para el frío del Pirineo, logos legibles a distancia, cierta sobriedad que hoy casi enternece. Ya en la era Movistar, el maillot se vuelve más técnico y, también, más discursivo. En 2020, el llamado Maillot Solidario, diseñado por Loris Gobbi y producido por Alé, estrenado en Strade Bianche, demostró que una equipación puede servir de altavoz para algo más que una marca.
Patrón multicolor, casco Abus a juego, subastas cuyos beneficios se destinan a Cruz Roja para apoyar a los afectados por la COVID-19. El ciclista viste un mensaje, además de un tejido. En 2023, la colección Iceberg de Gobik marca un triple salto. Vuelve al blanco, guiño evidente a las memorias Banesto.
Introduce una apuesta fuerte por la sostenibilidad, con al menos un 60 por ciento de fibras recicladas en los tejidos. Añade, además, una función térmica explícita: reflejar mejor el calor, mejorar la protección frente a la radiación solar, aumentar la visibilidad en carretera. Telefónica y el equipo presentan esa equipación como la más sostenible jamás usada por la escuadra en el Tour y la sitúan dentro del proyecto Ride to Cut, con el que se busca reducir el impacto climático de la estructura. Un año más tarde, Gobik se inspira en un cierto brutalismo digital para rediseñar el maillot del equipo.
Collage de tipografías, bloques de color vivos, ruptura clara con el azul continuo que había definido a Movistar. Medios especializados hablan de filtraciones donde se ve un diseño mayoritariamente blanco, salpicado por gamas de azul que recuerdan inevitablemente a los días gloriosos de Banesto. Exactamente cuando el equipo busca relanzar su imagen tras temporadas irregulares, la camiseta mira hacia atrás para encontrar un lenguaje nuevo. Para 2026, la estética da un salto casi futurista.
Gobik presenta un maillot Nexflow específico para el equipo, con estructura aerodinámica minimalista, mangas confeccionadas con un tejido que optimiza el flujo del aire, acabados sin costuras gracias a técnicas de bonding y gráficos iridiscentes sobre base blanca que parecen sacados de una interfaz digital. La nota de presentación habla de texturas tecnológicas y espíritu vanguardista, y coloca el kit en el mismo plano simbólico que la vuelta de la serie documental El día menos pensado o el acuerdo con Cupra como proveedor de vehículos. La equipación se convierte en parte del relato global de la marca Movistar, tanto como un spot o una campaña en redes. Mientras tanto, el resto del pelotón avanza en paralelo.
Las guías de material del Tour y del WorldTour de 2024 y 2025 muestran un consenso casi absoluto: cuadros de carbono de última generación, frenos de disco, ruedas de perfil medio o alto, neumáticos tubeless de 28 milímetros o más, presiones considerablemente más bajas que hace apenas diez años. El Tour se ha consolidado como escaparate tecnológico donde Canyon, Specialized, Trek, Colnago y compañía muestran sus cuadros más avanzados; donde Shimano, SRAM y las pocas casas que resisten se disputan el honor de colocar prototipos de grupos y ruedas; donde los equipos juegan con pinturas que cambian con la luz, integraciones extremas en el cockpit y pequeños detalles de ergonomía que buscan sumar segundos invisibles. La seguridad, por fin, ha dejado de ser un apéndice. El caso de Soudal Quick-Step con Castelli es ilustrativo: su kit de 2026 añade detalles en lima eléctrico y convierte en fluorescentes chaquetas y chalecos para entrenar y competir cuando la visibilidad se complica, como prolongación de la campaña Shine for Safety.
El mensaje es sencillo: si pasas miles de horas en carretera, ser visto importa tanto como cortar bien el aire. Movistar no ha dado un salto cromático tan radical, pero sus kits blancos para el Tour y los paneles de alto contraste en ciertas prendas responden a la misma lógica. ¿Qué queda de toda esta historia para un ciclista de a pie, ese que lee estas líneas con su bici apoyada en el pasillo de casa? Quizá lo más evidente: la tecnología desciende.
Lo que hoy ves en la Canyon Aeroad CFR de un profesional —frenos de disco, tubeless, cockpit integrado, mono aerodinámico de tejido texturizado— acabará, con matices, en tu tienda de barrio o en el mercado de segunda mano. Los potenciómetros que parecían ciencia ficción son ahora tan comunes como un cuentakilómetros hace veinte años. El carbono ya no es palabra mágica, es casi norma. Pero también hay una advertencia útil.
No todo lo que funciona en el WorldTour tiene sentido para ti. Las geometrías extremas, los manillares excesivamente estrechos, las presiones de neumático dramáticamente bajas se afinan para corredores que viven entre masajes, fisioterapeutas y camas de hotel. Para la grupeta de domingo quizá sea más inteligente una bici un poco más pesada pero más estable, un manillar un centímetro más ancho que deje respirar mejor, cubiertas de 30 milímetros que perdonen un bache mal visto, un maillot que anteponga bolsillos útiles, visibilidad y comodidad a la última moda gráfica. La historia de Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne y Movistar demuestra, sobre todo, que el material es una herramienta, no un fin.
La estructura navarra ha ganado y perdido con todos los sabores posibles: Razesa de acero, Pinarello aero, Canyon integradas, grupos Campagnolo, Shimano y SRAM, maillots blancos, negros, azules y multicolor. Lo que se mantiene es la obsesión por ajustar la posición, la capacidad para escuchar al corredor que pide un diente más o menos en el piñón, el cuidado casi maniático por un detalle mecánico antes de una etapa nerviosa, la convivencia entre el mecánico veterano que reconoce un crujido a diez metros y el ingeniero joven que mira primero la gráfica de vatios. Si uno vuelve mentalmente a esa nave de Abarca y se planta bajo la pared de bicis, entiende que el equipamiento perfecto no existe. Hay combinaciones afortunadas, parejas cuadro–corredor que parecen hechas a medida del destino, épocas en las que todo encaja y otras en las que ni la mejor máquina evita una mala racha.
Lo que sí existe, y ahí está la verdadera evolución, es una relación cada vez más consciente entre ciclista y máquina. Antes se asumía la bici casi como venía, se cambiaba lo justo; hoy se discute, se razona, se pide a un cuadro que explique sus gramos y a un casco que justifique su forma. Al final, lo que une a la Razesa de Perico, a la Pinarello de Indurain, a la Canyon de Valverde y a la última Aeroad de un neoprofesional de 22 años no es el material concreto, sino la alianza que se crea entre quien pedalea y el objeto que lleva bajo las manos. Una alianza que se cuida, se ajusta y se discute, que vive en esa nave navarra pero también en cada garaje doméstico donde alguien comprueba la presión de sus cubiertas antes de salir a rodar.
Todo lo demás, por muy brillante que luzca bajo los focos, son solo formas distintas de perseguir la misma vieja obsesión: ir un poco más rápido mañana con la bici que hoy, al colgarla, todavía tiene el polvo de la etapa en el cuadro.