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Historia

Zülle y los gregarios suizos de Banesto

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De Reynolds a Banesto y a Movistar Si te sientas con un viejo aficionado navarro y le preguntas por el Movistar, casi siempre te contesta lo mismo: «Esto emp...

El viejo del bar levanta la vista justo cuando la cámara enfoca a un corredor que pedalea en solitario hacia meta. Maillot blanco y azul, gafas amarillas, pedaleo algo rígido, la boca abierta buscando oxígeno en el aire fino de los Pirineos. «Mira, Zülle», dice, como si hablara de un vecino del quinto y no de un bicampeón de la Vuelta. A su alrededor, los habituales de la peña ciclista menean la cabeza, rescatan nombres de memoria: Perico, Indurain, el Chava, Valverde.

Nombres de casa. Pero el veterano insiste, casi con cariño: «Este también nos dio tardes buenas, aunque fuera suizo». Ahí, en la mezcla de orgullo local y respeto por el extranjero, se esconde una parte de la historia del equipo navarro que hoy corre como Movistar Team. Si rebobinas un poco la cinta, el maillot que lleva Alex Zülle en esa imagen no nació para él.

Nació en 1980, cuando una empresa de aluminio de Navarra, INASA, decidió que Reynolds era un buen nombre para estampar en el pecho de unos cuantos profesionales dirigidos por José Miguel Echavarri. Aquel equipo, todavía pequeño, fue creciendo alrededor de Ángel Arroyo primero y de Pedro Delgado después, hasta que a finales de los ochenta un patrocinador mucho más grande, Banesto, aterrizó con la intención de asociar su logo a la nueva pasión del país. En 1990 el banco se queda con todo el invento, la estructura se refuerza, el objetivo ya no es sobrevivir en las carreteras francesas sino ganar el Tour. Llegan entonces los años del tren azul.

Entre 1991 y 1995, Miguel Indurain enlaza cinco Tours, añade dos Giros de Italia y convierte a Banesto en sinónimo de dominio frío y silencioso: un grupo de hombres vestidos de blanco y azul ocupando la cabeza de carrera durante horas, marcando un ritmo que asfixia a los rivales y deja al líder el trabajo más agradecido, rematar en las últimas rampas. Aquello no se construye solo con campeones mediáticos. Hay una constelación de compañeros que van entrando y saliendo, discretos la mayoría, esenciales casi todos. Y, en medio, un detalle que no suele salir en las conversaciones de bar: entre tanto navarro, manchego y vasco, también hubo costuras suizas en ese maillot.

Antes de que nadie hablara de Zülle, el primer suizo que se coló en esa fotografía se llamaba Fabian Fuchs. Tenía 29 años cuando firmó por Banesto en 1991, ya pasado el umbral en el que los equipos apuestan por promesas, con un palmarés digno en su país, buenas actuaciones en la Tour de Suisse, experiencia en Tour y Giro y poco ruido mediático. En los fríos registros de la Wikipedia se le dedica apenas una línea: durante los dos últimos años de su carrera fue compañero de Indurain y le ayudó en la victoria del Giro de 1992. Detrás de esa frase de autopista hay muchas horas de trabajos minúsculos: tirando del grupo en el llano camino de un puerto italiano, entrando a relevos en una escapada diseñada para obligar a otros a gastar fuerzas, soportando lluvia de costado mientras el jefe se protege pegado a la cuneta.

Imagínate esa escena en una etapa larga del Giro: el cielo encapotado, la carretera estrecha, la moto de televisión buscando un hueco entre coches y ciclistas. Al frente, un corredor alto, el dorsal de Banesto pegado a un chubasquero blanco, pedalea sin levantar la cabeza. No va a ganar nada ese día. Sabe que su trabajo se termina varios kilómetros antes de meta, justo cuando la carretera se empina de verdad y empiezan los ataques que saldrán en las portadas.

Pero hasta ese punto, el suizo es el encargado de sostener el sueño rosa de Indurain. Fabian Fuchs, nombre breve en las plantillas históricas del equipo, fue la primera pista de que aquella estructura tan navarra sabía integrar a gente de muy lejos para un objetivo común. El oficio que ejercía Fuchs no era nuevo. Ya en 1959, cuando Federico Martín Bahamontes se convirtió en el primer español en ganar el Tour, los cronistas hablaban de un “equipo a su servicio”, de compañeros que se sacrificaban para que el Águila de Toledo llevara sus plumas a salvo hasta el último puerto.

El gregario nació como una figura secundaria en la foto, pero central en el resultado. Se encarga de que al líder no le falte nada: ni un bidón en el kilómetro 180, ni un chubasquero en mitad de un tormentón, ni un hueco que cerrar cuando el abanico amenaza con romper la carrera. Es el muñeco que baja una y otra vez al coche mientras otros miran el paisaje. El antihéroe perfecto: si todo sale bien, su nombre no aparece en el titular.

Tanto ha calado esa figura que, décadas después, Luis Pasamontes decidió bautizar con ella un proyecto empresarial. The League of Gregarious organiza salidas en bici, charlas y galas donde se mezclan empresarios, exprofesionales y aficionados, con la idea de trasladar los valores del gregario —trabajar para otros, saber cuándo tirar y cuándo dejarse ayudar— al mundo de las empresas. Por sus encuentros han pasado Indurain, Heras, Freire, Valverde, y en sus premios han sido reconocidos hombres de equipo del ciclismo moderno como Sepp Kuss, Jose Joaquín Rojas, Imanol Erviti, Jonathan Castroviejo o Carlos Verona. Lo que para Bahamontes era un compañero anónimo en 1959 es hoy una metáfora de liderazgo compartido.

En otra esquina del mapa, mientras Fuchs se dejaba la vida para que Indurain volara, un chico de Wil, en el noreste de Suiza, llamaba la atención a base de ataques en pruebas menores y cronos descomunales. Se llamaba Alex Zülle y en 1991 firmó por ONCE, el equipo de Manolo Saiz. Muy pronto empezó a ganar vueltas por etapas: París–Niza, Vuelta al País Vasco, Burgos. Tenía esa mezcla de escalador y contrarrelojista que huele a general desde lejos.

La Vuelta a España se convirtió en su terreno preferido: la ganó en 1996 y 1997, se vistió de oro una y otra vez, protagonizó duelos que todavía hoy se repasan en tertulias de bar. Álvaro Calleja, en su libro “Historias de la Vuelta”, lo coloca junto a Tony Rominger en la nómina de extranjeros que hicieron suya la ronda, al lado de nombres tan grandes como Merckx, Hinault o Froome. Durante unos años pareció que el relato estaba escrito: Rominger y Zülle se repartían Vueltas, ONCE marcaba el ritmo con su mítico tren amarillo, los aficionados españoles aceptaban a aquellos suizos como hombres propios. El sueño se rompió en 1998, en una frontera francesa.

El caso Festina estalló cuando la policía encontró en el coche del masajista del equipo un arsenal de sustancias dopantes, entre ellas EPO. La investigación destapó un sistema de dopaje organizado, arrasó la reputación de la escuadra y arrastró a sus líderes. Zülle reconoció haber usado EPO, fue sancionado y pasó, en cuestión de semanas, de aspirante a ganador del Tour a símbolo de una época manchada. Con la sanción a cuestas, tocaba empezar de cero.

Festina, golpeada por el escándalo, anunció recortes salariales y ofreció a varios corredores la posibilidad de negociar con otros equipos. Zülle, que ya no podía aspirar a los contratos millonarios de antes, buscaba algo más sencillo: un lugar donde correr, un maillot que lo acogiera pese al estigma. En octubre de 1998, El País informó de que había llegado a un acuerdo por dos temporadas con Banesto. El contrato incluía una cláusula evidente: no podría competir hasta el 1 de mayo de 1999, cuando concluyera su castigo.

Para el equipo navarro, la operación tenía doble filo. Deportivamente, significaba fichar a un corredor capaz de ganar grandes vueltas en un momento en que Indurain ya se había retirado y el equipo buscaba una nueva referencia. Desde el punto de vista de la imagen, suponía abrirle la puerta a un ciclista sancionado justo después del terremoto Festina. No era una decisión sencilla.

Muchas miradas se fijaron entonces en la estructura dirigida por Echavarri y Eusebio Unzué, que llevaba casi dos décadas peleando por las mejores carreras y que, como recuerdan webs especializadas en dopaje, acumulaba ya casos ligados a sus distintos nombres: Reynolds, Banesto, Caisse d’Épargne, Movistar. El ciclismo de los noventa era un territorio lleno de zonas grises, y el fichaje de Zülle lo recordaba. Y sin embargo, en la carretera, las cosas se parecen mucho más. Si uno se asoma a la plantilla de Banesto en 1999, tal y como recoge la propia historia oficial del equipo, se encuentra una base muy reconocible: Arrieta, Beltrán, el Chava Jiménez, Francisco Mancebo, los hermanos Osa, Lastras, Garmendia, además de extranjeros ya integrados como Leonardo Piepoli o el portugués Cândido Barbosa.

Entre tantos españoles y algún italiano aparece, aislado, un nombre diferente: “Zülle, Alex (CH)”. Un suizo en la casa navarra. Su papel está claro desde el primer día: jefe de filas para el Tour y, sobre todo, para la Vuelta. Su trabajo depende de que un grupo de hombres que han crecido en el filial, que comparten acento, bromas y códigos internos, decida vaciarse por él.

La Vuelta de 1999 ofrece una escena casi perfecta para entender el experimento. Etapa 13, Andorra–Castellar del Riu. Montaña pura, terreno para que la general tiemble y los favoritos se miren de reojo. Zülle se mete en una escapada buena junto a un compañero de equipo, Jon Odriozola, vasco, corredor de aire serio, perfecto para tirar cuando el líder lo ordena.

Los dos trabajan de forma coordinada: Odriozola marca un ritmo duro en los puertos, selecciona la fuga, desgasta piernas enemigas. A falta de ocho kilómetros para meta, el cuerpo dice basta. El vasco se abre, mira un segundo al suizo y lo deja solo. Zülle remata, levanta los brazos, vuelve al primer plano mediático.

Detrás, Jan Ullrich controla la general sin sobresaltos, pero la imagen que queda es la de un líder extranjero sostenido por un bloque local que conoce al dedillo el oficio de gregario. El año 2000 sirve para afinar esa dinámica. Banesto se pasa la temporada sumando triunfos en vueltas de una semana: Catalunya, Aragón, Castilla y León, Burgos, Algarve, la Route du Sud. Mancebo, el Chava, Piepoli y otros se reparten las victorias.

Zülle encuentra su dosis de confianza en la Volta ao Algarve, donde gana la contrarreloj larga y firma la primera victoria del año para el equipo. Más tarde, en la Vuelta, se impone en el prólogo y en una etapa con final en Zaragoza, lo que le permite vestir de oro durante ocho días. Los registros oficiales del equipo recuerdan aquel breve renacer de un campeón que había conocido el purgatorio. Al mismo tiempo, en el Tour, las cosas no salen como se esperaba y la esperanza de repetir el milagro de los años de Indurain se diluye.

Cuando aquello termina, la relación está tocada. Banesto ofrece a Zülle una renovación de solo un año, rebajando expectativas. El suizo la rechaza. Tiene 32 años, el cuerpo acusa las palizas de una década en la élite, la etiqueta de dopado sigue pesando.

Decide cambiar de escenario. Firma por el modesto Team Coast Wattenscheid, un conjunto alemán que aspira a crecer desde la segunda división. Swissinfo cuenta aquellos movimientos como un regreso a casa por la vía indirecta: en Coast se reúne con otros dos suizos procedentes de equipos de máximo nivel, Roland Meier (llegado de Cofidis) y Niki Aebersold (procedente de Rabobank). De repente, el hombre que había sido el extranjero solitario en Navarra se encuentra rodeado de compatriotas.

Ahí aparece la otra cara de los “gregarios suizos de Banesto”. El maillot ya no es blanco y azul, pero la lógica de la carretera es la misma. Meier y Aebersold, que en sus equipos anteriores alternaban jornadas de apoyo con alguna oportunidad propia, asumen en Coast un papel muy claro: trabajar para que Zülle vuelva a parecer el de antes. Son ellos quienes tiran en el llano, quienes persiguen fugas incómodas, quienes lo acompañan en la montaña hasta donde les llegan las fuerzas.

El líder suizo ha pasado de apoyarse en navarros y vascos que le llamaban “Álex” con acento del norte a rodearse de paisanos que comparten idioma, referencias y rutina. El gregario suizo que Banesto nunca tuvo en plantilla se construye, curiosamente, fuera del equipo. Si uno pone en paralelo a Fabian Fuchs, perdido entre las columnas de resultados de principios de los noventa, y a esta pequeña guardia suiza que arropa a Zülle en Coast, entiende que el pasaporte importa menos de lo que parece. Fuchs llegó a una estructura muy jerárquica, en la que el objetivo era clarísimo: proteger a Indurain y acumular grandes vueltas.

Tenía poco margen para aventuras personales. Su trabajo consistía en aceptar ese rol y sumar discreción al engranaje. Meier y Aebersold, en cambio, entran en un equipo de segunda línea que necesita desesperadamente los resultados de Zülle para conseguir invitaciones, crecer, hacerse un nombre. Lo que cambia es el contexto: el lugar de salida, la categoría, el foco mediático.

Lo que permanece es el lenguaje común del gregario: tirar cuando el jefe lo pide, renunciar al propio brillo si hace falta. Mientras tanto, la estructura navarra no dejó de evolucionar. Tras los años de Banesto llegaron iBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Épargne, y desde 2011, Movistar Team. Cambian los colores, cambian los patrocinadores, pero los hombres del coche siguen siendo los mismos: Echavarri primero, Unzué después, toda una familia deportiva que ha vivido el ciclismo profesional desde la época de los maillots de lana hasta las bicicletas de carbono y los potenciómetros.

El equipo ha tenido líderes de todos los acentos: Indurain, Olano, Valverde, Quintana, Mas. Junto a ellos, una clase media de corredores que han hecho del trabajo en la sombra un modo de vida. Ahí se puede trazar una línea directa con el legado de aquellos años noventa. José Vicente “Chente” García Acosta y Pablo Lastras pasaron media vida bajando bidones, perseguido fugas y cerrando cortes antes de cruzar al asiento del copiloto.

Imanol Erviti ha sido durante casi dos décadas el hombre de confianza en cualquier terreno: capaz de guiar a Quintana bajo la lluvia en la Roubaix del Tour o de meterse en fugas eternas en los Mundiales. Castroviejo, Rojas, Verona… La lista es larga. Algunos han recibido ya el reconocimiento simbólico de The League of Gregarious, que premia precisamente ese trabajo que no sale en los highlights. Otros aparecen cada año en vídeos de Ciclismo a Fondo dedicados a los mejores momentos de los gregarios: un lanzador que deja al sprinter a falta de 150 metros, un rodador que se funde tirando en persecución suicida, un escalador que vacía la cuneta antes de abrirse a un lado.

Mirar hacia atrás obliga también a no maquillar la foto. El nombre de Alex Zülle sigue asociado para siempre al caso Festina. La propia trayectoria de la estructura Reynolds–Banesto–Caisse–Movistar aparece en los listados de equipos con más casos de dopaje acumulados, algo que se explica, en parte, por su longevidad y su presencia constante en la primera línea. Pero el dato está ahí.

En los noventa, cuando se construyen equipos alrededor de grandes líderes, se genera una presión enorme sobre todos los eslabones de la cadena. El gregario, que vive de renovar contrato año a año, corre el riesgo de aceptar lo que toque con tal de seguir en la foto. El líder, que concentra el foco, siente la obligación de responder a las expectativas. Muchos de aquellos corredores pagaron después una factura física y emocional muy alta.

Con el tiempo, el ciclismo ha ido ajustando cuentas con esa etapa, revisando victorias, reescribiendo relatos, imponiendo controles más estrictos. Pero hay algo que no cambia: la conciencia de que nadie gana solo. Si hoy los libros recuperan la historia de Fabian Fuchs empujando a Indurain en el Giro 92, o las imágenes de Odriozola vaciándose para que Zülle ganara en Castellar del Riu, o las de Erviti y Castroviejo tirando para que Valverde o Quintana pelearan por un podio, no es por nostalgia gratuita. Es porque en esas escenas se condensa una forma de entender este deporte.

Quizá por eso, cuando el viejo del bar vuelve a mirar la pantalla y ve al suizo del maillot blanco y azul levantar los brazos en una meta perdida de los Pirineos, no se queda solo con el nombre del ganador. Señala el grupo que llega muchos minutos después, comenta el trabajo de Odriozola, recuerda a Fuchs, menciona a los gregarios de hoy, los de Movistar, esos que se pasan el año tirando sin preguntar por la foto. Entre cañas y bocadillos de tortilla, cuenta que hubo un tiempo en que un suizo buscó redención en Navarra, otro en que dos compatriotas suyos se dejaron la piel por él en un equipo alemán, y que al final todo se resume en lo mismo: gente que tira para que otro llegue. Los líderes cambian, los patrocinadores van y vienen, las camisetas pasan de Reynolds a Movistar, pero las costuras suizas que un día se cosieron en aquel maillot siguen sosteniendo, sin hacer ruido, la historia entera.