Movistero
Historia

Landa y la polémica del doble líder

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Introducción Si te digo 'Landa' y 'doble líder', tú piensas en Mikel, en el maillot azul de Movistar y en tantas tardes gritando a la tele que le dejaran irs...

En la tele del bar hay una etapa antigua del Giro, imagen granulada, maillots que ya no existen. En una de las mesas, entre cañas y cafés, alguien lanza dos palabras que activan todas las conversaciones posibles: “Landa” y “doble líder”. No hace falta buscar nada en el móvil. Ni tablas de datos ni archivos de resultados.

Bastan unas cuantas escenas que todo aficionado lleva tatuadas en la memoria: el vasco soltando latigazos en el Mortirolo vestido con el rosa de otro, apretando los dientes mientras tira de Froome camino de los Alpes, discutiendo con Quintana en un autobús azul donde las jerarquías son más frágiles de lo que parecen. A su alrededor, una estructura, Abarca Sports, que lleva casi medio siglo jugando la misma partida con distintas piezas: mejor dos jefes de filas que uno. Mejor tres que dos. Y que salga el sol por donde quiera.

Ese choque entre el corredor que pide un proyecto propio y el equipo que prefiere repartir el riesgo concentra muchas de las obsesiones del ciclismo contemporáneo: el control milimétrico, la necesidad de justificar cada euro de presupuesto, el valor simbólico de un líder único frente a la frialdad de la estadística. El landismo, más que una afición, funciona como religión laica: celebra derrotas dignas, colecciona segundos perdidos como reliquias, se alimenta de la sensación permanente de que “si le hubieran dejado…”. Enfrente, las hojas de cálculo de Abarca: podios, premios por equipos, minutos de televisión. Dos maneras de entender el éxito que, durante unos años, convivieron en el mismo vestuario.

Para entender por qué ese conflicto fue tan intenso hay que mirar más allá de un par de Tours y un Giro. Abarca Sports, la empresa navarra que gestiona el actual Movistar Team, no es un equipo más. Nació como Reynolds, se transformó en Banesto, pasó por Illes Balears y Caisse d’Epargne antes de vestirse de azul Movistar. Suma 47 temporadas consecutivas en la élite, solo cinco patrocinadores principales desde 1980, ocho Tours, seis Giros, cinco Vueltas, once mundiales y más de mil victorias.

Con ese pedigrí, los riesgos se calculan distinto. No se improvisa, se planifica a largo plazo. Durante la era Banesto, el modelo era casi feudal: un rey absoluto, Miguel Indurain, y alrededor suyo un ejército de gregarios dispuestos a dejarse la vida en cada puerto. El reparto de papeles resultaba sencillo: todos tiraban para que el navarro llegara de amarillo a París.

El tiempo, sin embargo, fue erosionando esa idea romántica del líder único. Cambiaron las normas económicas, entraron en juego los límites presupuestarios, la globalización trajo talentos de todas partes, la presión de los patrocinadores aumentó. Había que mantener el prestigio sin apostar todo a una sola carta. La respuesta de la casa Unzué fue pragmática: pasar de la monarquía al consejo de príncipes.

Ya con Caisse d’Epargne y, más tarde, con Movistar, se normalizó la fórmula de las grandes vueltas con dos jefes teóricos, a menudo con un tercero rondando. Valverde y Quintana compartieron responsabilidades en el Tour y la Vuelta, a veces con otro nombre añadido para ciertas etapas o cronos. El resultado, visto desde la oficina, era impecable: podios en varias grandes, maillots por equipos, victorias de etapa, presencia constante en pantalla. Si uno fallaba, el otro salvaba los muebles.

El problema es que las carreras no se viven en un Excel. Dentro del autobús, repartir galones exige una diplomacia fina: quién manda el primer día de montaña, quién tiene prioridad en la contrarreloj, quién se sacrifica si las cosas van mal. Fuera, el aficionado necesita un rostro concreto para proyectar sus emociones. Y cuando ese rostro se llama Mikel Landa, viene de ser gregario de lujo en estructuras extranjeras y tiene detrás una hinchada que ha levantado una religión alrededor de su pedalada, el choque estaba escrito mucho antes de que se firmara el contrato.

Landa nació en Murguía, Álava, en 1989. Se hizo profesional en 2009 y pasó por Orbea y Euskaltel, esa universidad sentimental del ciclismo vasco, antes de que Astana abriera la puerta de las grandes vueltas de verdad. El Giro de 2015 fue su gran irrupción: dos etapas en alta montaña, ataques de lejos, cara desencajada, y un tercer puesto final tras Alberto Contador y Fabio Aru. De un día para otro dejó de ser “un buen escalador” para convertirse en “uno de los mejores escaladores de su generación”.

La etiqueta pesa, pero también alimenta. Ahí germinó el landismo. No solo por las piernas, también por el estilo. En aquella Corsa Rosa, Landa corría con una mezcla de valentía suicida y sensibilidad táctica que lo alejaba del corredor que solo espera el último kilómetro para moverse.

Atacaba lejos de meta, aceleraba donde no tocaba, se dejaba ir cuando las piernas no daban más. Y todo con un gesto que parecía decir: “si hoy me hundo, me hundo de frente”. Astana, sin embargo, tenía otro plan. Fabio Aru era italiano, joven, carismático, una apuesta natural para el gran público local.

El liderazgo se compartió, pero en los momentos decisivos las órdenes fueron claras. El relato del “si no hubiera tenido que esperar” empezó a escribirse allí. Su fichaje por Sky en 2016 añadió una capa extra de ironía. El mejor escalador vasco de su generación aterrizaba en la estructura más poderosa del momento, la que tenía más recursos, el dominio casi absoluto de las grandes vueltas, el entorno en el que, sobre el papel, podía convertirse por fin en jefe de filas de una grande.

En la práctica, acabó integrado en la maquinaria de Chris Froome. En el Tour de 2017 terminó cuarto, a un solo segundo del podio de Romain Bardet. Un segundo. El tipo de detalle que alimenta una biografía entera.

Años después se supo que, en el Izoard, había frenado su propia ambición para cumplir con las órdenes del coche: ayudar a Froome, controlar a los rivales, no dinamitar la carrera si no era estrictamente necesario. Él mismo reconocería que le quedó una rabia sorda por haber sacrificado su opción de entrar en la foto de París. El molde del landismo quedó fijado ahí: un corredor con talento de ganador, incrustado en estructuras que, por lógica interna, siempre situaban a alguien por encima de él en la jerarquía. Cuando se hizo oficial su fichaje por Movistar para 2018, el landismo respiró como si le hubieran abierto la ventana después de un invierno largo.

Por fin, pensaban muchos, un equipo español pensado para que un escalador español intentara ganar el Tour con todo a su alrededor. Lo que no siempre se decía en voz alta es que Movistar no era un lienzo en blanco, sino una casa con costumbres muy arraigadas y dos figuras ya consolidadas: Nairo Quintana y Alejandro Valverde. El anuncio fue contundente: el Tour de 2018 se afrontaría con un tridente de lujo formado por Quintana, Valverde y Landa. La presentación oficial de la alineación hablaba de “tres grandes referentes” al frente de un bloque experimentado, con calidad y ambición máxima hacia París.

Quintana llegaba con dos podios en el Tour, un Giro y una Vuelta en su palmarés. Valverde, con una colección de clásicas, vueltas de una semana y top‑10 en casi todo lo que corría. Landa aportaba la carta de la escalada pura, el hombre que podía hacer saltar por los aires un puerto a cinco kilómetros de meta. La versión pública de Eusebio Unzué y su equipo se resumía en una idea: la pluralidad de líderes no era un problema, sino una ventaja.

Tres opciones, tres maneras distintas de ganar, más recursos tácticos en carrera. “La carretera decidirá”, repetían. En los despachos, el reto era otro: repartir kilómetros de televisión y sueños de amarillo entre tres corredores acostumbrados a mandar. Ninguno estaba dispuesto a reducirse alegremente a escudero del otro.

El preludio de aquel Tour tuvo algo de película. En abril, Valverde, Quintana y Landa viajaron a Roubaix para reconocer los casi 22 kilómetros de pavés de la novena etapa. Las fotografías mostraban a los tres líderes rodando sobre los adoquines, con Marc Soler e Imanol Erviti como guías de lujo. Era una imagen poderosa: tres aspirantes al amarillo, hombro con hombro, adentrándose en un terreno que no era el suyo para intentar borrar debilidades antes de que llegara julio.

Luego la carrera, como casi siempre, se encargó de desordenar el guion. Landa se fue al suelo en los primeros días y se dañó la espalda. Quintana perdió tiempo en un abanico. Valverde salvó etapas con esa mezcla de inteligencia y experiencia que lo caracteriza.

En la montaña, Movistar alternó momentos brillantes con decisiones discutibles: ataques que parecían de exhibición más que de remate, persecuciones a ritmo alto cuando otro equipo ya estaba haciendo el trabajo, una sensación de abundancia mal coordinada. El momento más simbólico llegó en los Pirineos. Landa probó fortuna con un movimiento lejano rumbo al Tourmalet, enlazó con un grupo de hombres importantes, rozó durante un rato la posibilidad de pelear por la etapa y de acercarse al podio. Acabó pagando la osadía en el tramo final.

Quintana, en cambio, clavó ese día su ataque en el Col du Portet y se llevó una victoria de prestigio, una de esas etapas que quedan en la memoria colectiva. A nivel de general, sin embargo, ningún líder de Movistar salió del Tour con la sensación de haber jugado la última carta. Al final, Geraint Thomas se llevó el amarillo, Froome subió al tercer peldaño del podio y Movistar colocó a Landa sexto y a Quintana décimo, con Valverde algo más lejos. El equipo ganó la clasificación por escuadras, un maillot que gusta a los directores, pero la afición llevaba años soñando con otra cosa.

Para muchos landistas, el balance resultaba evidente: demasiada energía empleada en sostener tres liderazgos en vez de apostar, de verdad, por uno solo. La resaca del Tour trajo rumores que parecían escritos a medida. Desde Francia se filtró que Astana, el equipo donde Landa había explotado en 2015, habría tanteado la posibilidad de recuperarlo como líder único para las grandes vueltas. Agencias y medios recogieron además el supuesto deterioro de la relación con Quintana y la posibilidad de que el vasco no siguiera en Movistar si su rol no cambiaba.

Era el guion perfecto para quienes llevaban años soñando con un proyecto entero alrededor de su figura. En Abarca Sports, sin embargo, existían otras prioridades. Cuestionar el modelo de líderes compartidos significaba renunciar a una filosofía que había permitido mantenerse en la pelea general en casi todas las grandes citas. El dilema se resolvió a la manera navarra: sin grandes declaraciones, pero con hechos.

El Giro de 2019 fue el laboratorio definitivo. Para esa edición, Movistar anunció un equipo en el que Landa figuraba como jefe de filas y Richard Carapaz como segundo hombre fuerte. El ecuatoriano venía de ser cuarto en el Giro anterior con una etapa en el bolsillo, pero el orden de salida estaba claro. La carrera se encargó de trastocar las jerarquías con una rapidez casi cruel.

Carapaz se coló en una escapada buena, ganó una etapa y, cuando el resto quiso darse cuenta, ya vestía la maglia rosa. Landa, penalizado por las cronos, fue avanzando en la general a su ritmo, siempre cerca, nunca por delante. Desde ese momento, el Giro se convirtió en una coreografía delicada: el maillot rosa mandaba, Carapaz era la prioridad absoluta, pero Landa mantenía libertad condicionada para buscar etapa y mejorar clasificación. Los directores deportivos explicaron después que el liderazgo había cambiado “suavemente”, etapa a etapa, conforme el ecuatoriano confirmaba que estaba en disposición de ganar la carrera.

En el papel, una transición ejemplar. En la cabeza de un corredor que llevaba años soñando con ser número uno de salida, la historia sonaba distinta. El resultado fue rotundo: Carapaz conquistó el Giro, primer ecuatoriano de la historia en hacerlo, y dio a Movistar uno de los trofeos más codiciados. Landa terminó cuarto, repitiendo una especie de maldición personal: perdió el podio por ocho segundos en la contrarreloj final frente a Primož Roglič.

Otra vez los segundos como puñales, otra vez la sensación de quedarse a las puertas de la foto grande mientras el co‑líder levantaba el brazo. Para la estructura navarra, aquella carrera reforzó su tesis: dos líderes bien gestionados pueden regalar una grande incluso cuando la jerarquía inicial se invierte. Para el landismo, fue una confirmación dolorosa: cuando por fin tenía el número uno inscrito en la hoja de ruta, el liderato se le escapó entre los dedos y acabó en los hombros de otro. Al final de 2019, Landa puso punto y aparte a su etapa en Movistar y firmó por Bahrain.

Por primera vez en mucho tiempo, se presentó a un Giro como líder indiscutible de una gran vuelta. El tercer puesto de 2022, por detrás de Jai Hindley y del propio Carapaz ya vestido con otros colores, tuvo sabor a reivindicación tardía. No era el título soñado, pero sí un podio sólido conseguido sin compartir jefatura con nadie, algo que muchos de sus seguidores llevaban una década reclamando. Con el paso de los años, también su discurso cambió.

Empezó a hablar menos de “ser líder único” y más de disfrutar el papel de escudero de lujo cuando la situación lo pedía. Su fichaje por Soudal Quick‑Step encajó en esa versión madura: llegaba como apoyo clave para Remco Evenepoel en las grandes vueltas, alguien capaz de leer la carrera, bloquear ataques y gestionar la alta montaña con oficio. El destino, siempre caprichoso, le golpeó con dureza en 2025. En la primera etapa del Giro sufrió una caída grave, se fracturó una vértebra y tuvo que abandonar.

Se esfumó el objetivo de repetir podio en la carrera que más ha marcado su trayectoria. Semanas después, ya en reposo, admitía que se le hacía cuesta arriba ver por televisión una carrera que sentía como propia, pero insistía en que su horizonte era volver a la Vuelta y ser de nuevo protagonista. Las imágenes de septiembre dieron cierto consuelo a esa promesa. En una edición marcada por las protestas contra Israel‑Premier Tech, Landa se filtró en la escapada buena camino del mirador de Castro de Herville y solo cedió ante un Egan Bernal renacido en un final recortado por motivos de seguridad.

Días después, en la previa de la etapa de la Bola del Mundo, contaba con media sonrisa que las piernas respondían y la espalda ya no dolía tanto. Se marcaba un objetivo sencillo: “salir a liarla”. El hombre que durante años reclamó equipos en exclusiva para asaltar generales empezaba a saborear las victorias parciales como metas suficientes. Mientras tanto, en los libros de historia, otro Landa lleva siglos generando controversias.

Fray Diego de Landa, obispo de Yucatán en el siglo XVI, pasó a la posteridad por dos gestos aparentemente irreconciliables. En 1562 ordenó la quema de códices y objetos rituales mayas en un intento feroz por extirpar la idolatría. Años después redactó la Relación de las cosas de Yucatán, un manuscrito en el que describía la religión, la organización social y hasta un supuesto alfabeto maya que, con el tiempo, resultaría crucial para descifrar muchos jeroglíficos. El manuscrito original se perdió, pero una copia apareció en el siglo XIX y terminó convertida en fuente imprescindible para entender la civilización que él mismo había ayudado a destruir.

Desde entonces, Diego de Landa representa ese papel incómodo de verdugo y cronista a la vez: borra y documenta, censura y salva. La comparación con el caso ciclista es, claro, metafórica, pero tiene su gracia. Abarca Sports ha limitado muchas veces las aspiraciones individuales de corredores como Mikel Landa sometiéndolas al bien colectivo y, al mismo tiempo, ha sido la estructura que mejor ha amplificado sus gestas, la que ha dado contexto y peso histórico a sus ataques a través de sus propias crónicas y de su longevidad en la élite. En el plano táctico, el modelo del doble líder tiene argumentos difíciles de refutar sobre el papel.

Con plantillas reducidas a ocho corredores en las grandes vueltas y un calendario que exprime a los mejores desde febrero hasta octubre, apostar por dos jefes aumenta la resistencia a la mala suerte: si uno se cae, enferma o tiene un día negro en la crono, el otro mantiene viva la opción de general. Además, obliga a los rivales a dividir recursos. Un equipo con un solo líder se sabe dónde va a atacar; uno con dos puede jugar a la ambigüedad, lanzar uno por delante mientras el otro aguarda y exigir decisiones dolorosas al resto. También hay un cálculo de negocio en esa fórmula.

Dos nombres fuertes en la general significan más minutos de televisión, más posibilidades de etapas, maillots secundarios y premios colectivos. Para un patrocinador global como Movistar, el retorno se mide tanto en victorias como en presencia continua en la pantalla. Desde esa perspectiva, los años del tridente y del doble líder ofrecieron resultados razonables: Giro con Carapaz, Vuelta con Quintana, podios repartidos, relevancia constante. El coste se paga en la mente de los corredores.

Un líder vive de la sensación de que todo el equipo está a su servicio cuando llega el momento de la verdad. Si sabe que el compañero de al lado aspira a lo mismo, cada orden puede interpretarse como un menosprecio. Pedir a Landa que espere en el Izoard o que modere un ataque en el Giro cuando huele sangre no es solo una decisión táctica; es una cicatriz en la memoria de quien se siente capaz de más. Es lógico que el landismo haya explotado esos momentos para reforzar la narrativa del genio incomprendido.

En las sobremesas, la discusión se formula con preguntas sencillas: ¿habría ganado más Landa con un equipo construido únicamente alrededor de él? ¿Habría ganado más Movistar renunciando a parte de su seguridad para apostar por un líder único? No hay respuesta demostrable, solo versiones. Lo curioso es que ambas partes pueden reivindicar coherencia.

El corredor defendiendo su ambición, el equipo defendiendo su modelo. En paralelo, el ciclismo español vivía una transición incierta. La generación de Indurain, Olano y compañía era ya recuerdo lejano, Valverde se acercaba a los 40, Quintana entraba en una fase de altibajos y los jóvenes talentos empezaban a mirar con naturalidad hacia estructuras extranjeras. Movistar seguía siendo el gran referente nacional, pero ya no era la única puerta hacia los grandes sueños.

En ese contexto, la polémica del doble líder con Landa, Quintana, Valverde y luego Carapaz funcionó casi como el último gran culebrón de una época en la que el gran escalador español parecía estar destinado, por tradición, a vestir de azul. La entrada de nuevos socios en el accionariado de Abarca, como Quantum Pacific con un 43 % de las acciones en 2025, apuntó hacia un futuro diferente: más músculo económico, más capacidad para fichar, pero también más presión por justificar cada inversión con resultados. En ese escenario, la gestión de los liderazgos se vuelve aún más delicada. Cada apuesta por un jefe único o por un doble líder no se juzga solo en clave deportiva, también en términos de retorno mediático y de imagen de marca.

Cuando dentro de unos años se repase la carrera de Mikel Landa, el palmarés dirá que fue podio en el Giro, cuarto en un Tour, top‑10 en varias grandes vueltas, ganador de etapas de montaña inolvidables. Objetivamente, números que muchos firmarían sin dudar. En la memoria de muchos aficionados, sin embargo, pesará más la sensación de que hubo más talento que resultados, más épica que trofeos. El landismo ha construido un relato donde los segundos perdidos en París o en Verona cuentan casi tanto como una victoria.

La polémica del doble líder con Movistar ocupa un lugar central en esa historia. Para los devotos del landismo siempre será la gran prueba de cargo: el equipo que podría haber apostado todo a un Tour alrededor de su escalador vasco y prefirió repartir responsabilidades entre tres estrellas. Para Abarca Sports, en cambio, será uno de sus casos de estudio favoritos: la confirmación de que su modelo les dio un Giro histórico, mantuvo la estructura en la pelea y redujo riesgos en un pelotón imprevisible. Quizá la enseñanza más interesante vaya más allá de un corredor y de un equipo.

En un deporte donde las decisiones se toman en segundos, pero se analizan durante años, la gestión del liderazgo pesa casi tanto como los vatios que marcan los potenciómetros. El caso Landa demuestra que un modelo puede ser perfectamente racional para un director deportivo y, a la vez, emocionalmente inaceptable para parte de la afición. Y que la grandeza de un corredor no siempre se mide solo por los trofeos, sino por las conversaciones que sigue generando cuando su mejor forma ya ha pasado. Imagínate, dentro de unos años, de nuevo en un bar con la tele puesta.

Alguien mencionará otra vez aquel segundo en París, los ocho segundos de Verona, el día del Tourmalet, la etapa del mirador de Castro de Herville. La discusión volverá inevitablemente a la misma pregunta: qué habría pasado si a Mikel Landa le hubieran dado, alguna vez, una gran vuelta entera solo para él. Mientras esa duda siga sin respuesta, el landismo y la polémica del doble líder seguirán vivos, como esos códices que Diego de Landa intentó borrar y que, pese a todo, encontraron la manera de seguir hablando desde las cenizas.