Movistero
Equipos ficticios

El equipo de los descartados: ciclistas que no deberían haber salido

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INTRODUCCIÓN: UN EQUIPO QUE NO EXISTE PERO CUENTA UNA ÉPOCA Imagina una mesa de bar, dos cañas, la tele de fondo con una etapa de la Vuelta y la misma discus...

La tarde se ha quedado triste y corta, con la lluvia resbalando por los cristales y un zapping cansino de canales deportivos hasta que alguien decide dejar puesta la repetición de la última grande. En la pantalla aparece un viejo conocido atacando en un puerto italiano o francés con un maillot que ya no es azul; en la barra, uno levanta la ceja y suelta el comentario que abre tantas discusiones: «Este también estuvo en la casa, ¿te acuerdas? Y lo dejaron ir». El murmullo crece, la conversación se calienta, y al final siempre hay un tipo que pide una servilleta, coge el bolígrafo y empieza a escribir nombres.

Un siete ideal de ex, un equipo entero levantado solo con ciclistas que tocaron la estructura de Reynolds, Banesto, iBanesto, Caisse d’Epargne o Movistar y que, un día cualquiera, se vieron haciendo las maletas. El equipo de los descartados. La pizarra improvisada en la barra es una forma de ajustar cuentas con el tiempo. No se trata solo de ciclistas que cambian de maillot, sino de un país que pasó de desayunar con el amarillo de Miguel Indurain a revisar sumarios judiciales sobre dopaje en los informativos.

En esa servilleta se condensan cuatro décadas de decisiones, aciertos y errores de una estructura, Abarca Sports, que ha sobrevivido mientras alrededor se caían proyectos enteros. Ahí están los nombres de los que se fueron y luego ganaron un Giro, subieron a un podio del Tour, reinaron en una Vuelta. Y detrás de cada trazo, una pregunta: ¿quién se equivocó? ¿el que se marchó o el que le abrió la puerta?

Para entender esa lista mental que se repite en bares de Pamplona a Almería conviene viajar a una época en la que todavía no existía el azul corporativo. Antes hubo un verde áspero, el de Reynolds, y un proyecto casi artesanal levantado desde Navarra. Eusebio Unzué y compañía recorrían media España en coche buscando talento, fiándose del ojo, de las recomendaciones de federativos comarcales, de lo que se veía en las vueltas a Navarra, al Bidasoa o a Palencia. En esas carreteras se hizo ciclista un segoviano descarado llamado Pedro Delgado.

En esas cunetas, un chaval tímido de Villava aprendió que la contrarreloj podía ser tan cruel como un puerto de categoría especial. El equipo no era una multinacional, era una cuadrilla agrandada: mecánicos, masajistas, auxiliares que conocían a los corredores casi desde juveniles. La llegada de Banesto en los noventa fue un choque de mundos. De la artesanía al banco de la esquina, sólido, omnipresente, con oficinas en cada barrio.

España entraba en los Juegos de Barcelona, Expo de Sevilla, inflación de orgullo. Les daban a los niños una hucha con forma de casita azul y blanca, y en la tele, cada julio, esa misma marca aparecía en el maillot amarillo del Tour. Cinco años seguidos. Indurain desayunando con millones de españoles, el logo del banco pegado a la pantalla del televisor.

El equipo crece, la nómina se estira, entran corredores extranjeros, se multiplican las concentraciones en altura y los viajes. También se multiplica, inevitablemente, la lista de los que pasan, aprenden, ayudan… y se marchan sin haber sido nunca portada. Pero los bancos también quiebran. Banesto se derrumba, se rescata, se reconvierte.

El ciclismo, que es un lujo prescindible en las cuentas de una entidad financiera, pasa a ser una herencia incómoda. Para sostener la estructura hay que inventarse identidades nuevas: iBanesto.com, un intento de surfear la ola de internet; Illes Balears, con un gobierno autonómico que ve en el ciclismo un folleto turístico rodante; Caisse d’Epargne, banco francés que entra con dinero fresco y vocación internacional. Cada cambio de maillot trae un brief distinto: ahora interesa la imagen de modernidad, ahora el turismo de sol y playa, ahora el cliente francófono. Abarca aprende a malabarear logotipos sin soltar el volante.

En ese periodo intermedio el equipo se convierte en un cruce de caminos. Llegan veteranos que han agotado sus ciclos en otras estructuras y buscan un último contrato de prestigio. Suben jóvenes de la cantera navarra con sueños de grandeza y acento de pueblo. Se ficha talento colombiano, francés, italiano, siempre con la idea de que la columna vertebral siga siendo española pero la plantilla, global.

Entre el corredor que entra y el que sale media un sinfín de detalles: resultados, sensaciones, compatibilidad con los líderes, impresiones de los técnicos, un problema de rodilla en febrero que nadie recuerda cuando llegan las renovaciones en octubre. El gran salto simbólico llega con Movistar. Telefónica no quiere solo un patrocinio: quiere un relato. Tecnología, innovación, transversalidad.

A partir de 2011 el maillot azul no es solo la última mutación de Reynolds y Banesto, es un producto audiovisual. Hay serie documental en plataformas, presencia cuidada en redes, cámaras que suben al autobús y se cuelan en las reuniones técnicas, conversaciones que antes se quedaban en el pasillo y ahora pueden hacerse virales en cuestión de minutos. Cada decisión se amplifica. Cada gesto de un líder, cada mirada torva en una reunión de hotel, cada ciclista que se queda fuera de una convocatoria importante.

Y, por supuesto, cada descarte. Mientras la estructura navarra aprende a convivir con esa lupa permanente, el ciclismo español se rompe por otros lados. En mayo de 2006, una noticia que parece sacada de una novela criminal ocupa los titulares: la Guardia Civil detiene en Madrid al director del equipo Liberty Seguros, Manuel Saiz, y al médico canario Eufemiano Fuentes en el marco de una operación antidopaje bautizada como Puerto. En pisos discretos del centro aparecen neveras llenas de bolsas de sangre etiquetadas con claves, sustancias prohibidas, máquinas para centrifugar y congelar.

La autotransfusión, de la que se hablaba en susurros desde hacía años, se materializa en imágenes de laboratorio que saltan a los telediarios. El País relata el hallazgo de un centenar largo de bolsas preparadas para ser reinfundidas antes de las grandes citas, como si los ciclistas guardaran fuerzas en un arcón congelador. El impacto es devastador. A los dos días, Liberty Seguros emite un comunicado y se baja del barco.

La compañía recuerda que había endurecido sus cláusulas antidopaje, declara que su marca no puede seguir asociada a ese escándalo y garantiza que pagará lo que debe, pero se va. El equipo, descabezado, deriva hacia una transición extraña con nuevo patrocinio kazajo y cambio de nombre, Astana, mientras la empresa matriz, Active Bay, acaba viendo cómo la UCI le retira la licencia ProTour. De un año a otro, un conjunto que peleaba generales de grandes vueltas desaparece de la primera línea. De la noche a la mañana, una plantilla entera se convierte en grupo de descartados institucionales, lanzados al mercado en busca de huecos donde quepa su historial clínico.

La fragilidad no es solo cosa de Liberty. A principios de siglo, ONCE, la gran referencia española de los noventa, se ve obligada a buscar un segundo patrocinador para sostener un presupuesto acorde con un equipo repleto de figuras. Encuentra a Eroski, un hipermercado en expansión que entra con fuerza. Las crónicas de entonces hablan de más de mil millones de pesetas dedicados al ciclismo: nóminas, material, viajes, concentraciones.

Es un castillo levantado sobre contratos que pueden romperse con una firma y un escándalo. Cuando esos hilos se cortan, los descartes dejan de ser individuos que no renovaban su contrato para convertirse en pelotones enteros en el paro, caravanas desmontadas, camiones vendidos. Los directores tampoco escapan a la criba. En la Vuelta de 2003, las cámaras de TVE captan una escena que roza el esperpento: Manolo Saiz acelera con el coche de equipo, persigue a una moto de la televisión que estorba, según él, la progresión de su líder, la arrincona y se encara a gritos.

Los insultos se cuelan en la retransmisión en directo. La organización decide expulsarle de la carrera y la UCI abre expediente, como explicó El Mundo. No hay dopaje de por medio, pero sí una sensación de descontrol, de técnico que se cree por encima del decorado. Otro tipo de descarte: el del dirigente que confunde la tensión competitiva con el derecho al atropello.

Por detrás de esos titulares late una historia más antigua. La de Luis Ocaña, por ejemplo. Un conquense criado en el sur de Francia, el único capaz de poner contra las cuerdas al caníbal Eddy Merckx. Ganó el Tour de 1973 con una superioridad insultante, seis etapas y casi dieciséis minutos sobre el segundo, y sin embargo arrastró una cadena de caídas, operaciones y desgracias que le llevaron a la depresión y al suicidio en Mont-de-Marsan en 1994.

Biografías y Vidas recoge aquel final agridulce, una mezcla de laureles y cuentas pendientes que sobrevuela todavía cada vez que se habla de cómo trata el ciclismo español a sus genios. Ocaña no fue un descartado en sentido contractual, pero sí un ejemplo extremo de cómo un campeón puede quedarse sin red. Con ese telón de fondo, la supervivencia de la saga Reynolds–Banesto–Movistar adquiere otro significado. Abarca no solo ha resistido a crisis bancarias, mutaciones de patrocinio y operaciones policiales: ha sobrevivido lo suficiente como para tener que decidir, año tras año, a quién renueva y a quién deja fuera.

Sus descartes no responden al caos de un patrocinio que huye, sino a mecanismos internos: planificaciones deportivas, presupuestos, intuiciones, equilibrio de egos. Es un laboratorio de decisiones que se puede juzgar, con la cerveza en la mano, repasando esa servilleta llena de nombres. Arriba del todo, en esa alineación imaginaria, suelen aparecer escaladores que llegaron jóvenes, desgarbados, al bus azul. Les tocó aprender el oficio en las cunetas de Burgos, en los abanicos de La Mancha, en las heladas de Romandía.

Un día, de repente, se vieron capaces de soltar a casi todos en un puerto de tercera semana. Los vimos ganar una grande o acariciarla. Los vimos subir a podios del Tour, vestirse de rojo en la Vuelta o teñir de rosa el mes de mayo. Y un día, cuando pidieron las llaves del equipo, la condición de jefe único, se encontraron con un pasillo lleno de dudas.

Había otros líderes consolidados, otros intereses comerciales, otros equilibrios de vestuario. La negociación se enredó, llegó la oferta rival con estructura hecha a su medida, y el chaval que se había criado en el navarro salió por la puerta lateral, sin portazo, con una mezcla de gratitud y espina clavada. Luego está la segunda línea de lujo, esos corredores que en la estructura navarra vivieron años de gregario deluxe, subiendo puertos a ritmo, preparando sprints para otros, tirando del pelotón durante horas sin que la cámara se acordara de ellos. Croners que supieron aligerarse hasta pasar medianamente bien la montaña.

Escaladores de segunda fila con motor para ganar una semana por etapas si les daban libertad. Muchos de ellos descubrieron lo que eran capaces de hacer cuando, por necesidad, cambiaron de aires. En equipos más modestos o en proyectos extranjeros se vieron empujados al liderazgo y, para sorpresa de más de uno, respondieron. De pronto, aquel corredor que en Movistar parecía destinado a ser eterno gregario se subía a generales, levantaba brazos en grandes vueltas, se convertía en referencia de otra afición.

En el equipo ficticio caben también los veteranos que, tras una década de servicio, recibieron la noticia más difícil: no hay renovación. Corredores que habían llevado el maillot en todos los escenarios, que conocían al conductor del autobús mejor que a algunos compañeros, que habían dormido en tantas camas de hotel que habían perdido la cuenta. Ellos, más que un contrato, pedían un final a medida: un último año sin tanta presión, una Vuelta de despedida, una foto con la plantilla entera. En ocasiones lo tuvieron; en otras, la lógica fría de la planificación, la necesidad de rejuvenecer la plantilla, se impuso.

Algunos encontraron refugio en equipos continentales o profesionales más pequeños. Otros colgaron la bicicleta con la sensación íntima de que un último abrazo en la casa de siempre habría cerrado mejor la historia. ¿Cómo se fabrica un descarte en una estructura que presume de estabilidad? Primero, con números.

Movistar es un patrocinador fuerte, pero no infinito. Los grandes líderes se llevan una parte importante del presupuesto. Cuando uno de ellos se revaloriza tras un pódium o una general, su nuevo caché se compara con lo que costaría reforzar el tren de montaña, fichar un sprinter que te asegure victorias cada temporada o apostar por un joven que viene de abajo pidiendo paso. A veces la elección se hace con la calculadora en la mano: dejar marchar a quien ha ganado mucho porque se sospecha que su curva de rendimiento ya baja, aunque todavía tenga gasolina para triunfar con otro maillot.

Después está la cultura interna, heredada de los tiempos de Reynolds. Un equipo trabajado durante décadas sobre la base de la lealtad, la paciencia, la confianza en procesos largos. Se protege al que estuvo cuando las cosas iban mal, se tiende a premiar la fidelidad, a mantener alrededor un núcleo duro de veteranos que hacen de pegamento humano. Ese clima de familia puede ser un refugio, pero también un cuello de botella.

El joven que llega con piernas para desordenarlo todo puede pasarse años esperando su turno detrás de apellidos que pesan. Cuando otro equipo le pone sobre la mesa la posibilidad de liderar ya, sin esperas, la decisión se vuelve casi existencial. El sistema de puntos de la UCI ha añadido otra capa. Las licencias y el estatus dependen del acumulado de resultados, y no siempre se premia igual un destello que una regularidad gris pero eficaz.

Un cuarto puesto en una general de una vuelta de una semana suma más de lo que parece; un ataque kamikaze que acaba en victoria de etapa pero sin puntos apenas modifica la clasificación. En ese contexto, los corredores más explosivos pero irregulares, esos que incendian la televisión, pueden parecer menos rentables que los que garantizan posiciones discretas pero constantes. Visto con la lupa del bar, algunos descartes de la casa azul responden más a la lógica del algoritmo que a la intuición del aficionado. Hay, por último, una cuestión de relato.

Movistar, como marca, necesita rostros reconocibles, historias que duren más de una temporada, líderes sobre los que construir campañas, series, anuncios. Cambiar de jerarquía cada año desorienta al público general. Eso reduce el margen para revoluciones internas. Aunque la carretera sugiera que un nuevo nombre está empujando con fuerza desde abajo, el riesgo de descolocar la imagen puede frenar decisiones valientes.

Y así se llega a situaciones en las que el que acaba siendo jefe en otra estructura nunca llegó a serlo del todo en la navarra, aunque los números dijeran que quizá lo merecía. Lo paradójico es que el mismo modelo que genera ese equipo imaginario de descartados es el que ha permitido a Abarca seguir viva cuando otros proyectos con más brillo puntual han desaparecido. La continuidad tiene ventajas evidentes. Hay una línea directa que conecta al chaval que hoy firma su primer contrato profesional con las fotos amarillentas de Indurain en los pasillos de la oficina.

Muchos auxiliares y técnicos han atravesado varias eras, de Reynolds al azul Movistar, acumulando un conocimiento que no se compra en el mercado. La casa ha sobrevivido a Operación Puerto sin aparecer en los sumarios, ha sorteado crisis económicas, ha mantenido un mínimo de presencia española en la élite cuando otros escudos de los noventa y dos mil bajaban la persiana. Pero la estabilidad, cuando se vuelve costumbre, puede derivar en un conservadurismo que exaspera al aficionado. Esa sensación de que el equipo llega tarde a los cambios, de que sostiene ciclos un año más de lo que dicte la carretera, de que confía en que la veteranía sacará de la chistera una última exhibición.

Mientras tanto, el equipo de los descartados va engordando. Desde el sofá se ve a ex corredores de la casa alzar los brazos en la cima de un puerto alpino o en la rampa final de una grande. Cada victoria ajena alimenta la discusión en el bar: «Este también era de los nuestros». El dolor de ver triunfar a un ex dice mucho de la implicación sentimental de la afición con la saga navarra, pero también subraya los costes de ciertos errores de cálculo.

Quizá la principal lección de esa pizarra imaginaria sea que, en un ciclismo donde los márgenes se han estrechado hasta el extremo, dejar marchar talento por cuestiones de timing, de orgullo o de relato es un lujo carísimo. No se trata de encadenar contratos eternos ni de retener a toda costa a quien ya sueña con otro proyecto. Se trata de calibrar con más precisión ese punto en el que un corredor deja de crecer de verdad y empieza a vivir de los réditos de lo que fue. Y, sobre todo, de institucionalizar una autocrítica que vaya más allá de la rueda de prensa de final de temporada: revisar qué patrones se repiten en los que se van y luego ganan más, preguntarse qué señales se pasaron por alto.

También cuenta la forma de despedir. Tras Operación Puerto, con el ciclismo español bajo sospecha y las conversaciones de sobremesa llenas de nombres propios y hematocritos, la reputación de un equipo se construye tanto con las victorias como con la manera de tratar a quienes ya no siguen. Cómo se comunica un no, qué se dice en privado, qué se filtra a la prensa, qué versión recibe el aficionado. El boca a boca entre ciclistas crea una cartografía emocional: hay equipos que se perciben como casas y otros como empresas de paso.

La saga navarra, con su tradición de trato cercano, juega ahí con ventaja, pero incluso en ese terreno los errores dejan cicatriz. Vuelto al presente, la figura de Luis Ocaña parece vigilarlo todo desde el retrovisor de la historia. El hombre que hizo temblar al mejor Merckx y acabó solo en una casa rural, rodeado de viñedos, sintiéndose más un recuerdo que un héroe. Entre aquel Tour de 1973 y las bolsas de sangre incautadas en 2006, entre el blanco y azul de Banesto y el azul intenso de Movistar visto en una pantalla de alta definición, el ciclismo español ha producido campeones que no siempre supo cuidar.

Algunos se perdieron por el camino, otros encontraron refugio fuera, unos pocos lograron cerrar el círculo donde lo empezaron. El equipo de los descartados de Abarca no existe más que en servilletas, foros y discusiones de sobremesa. No lleva dorsal, no se concentra en Benidorm ni hace recon en los Alpes. Pero funciona como espejo.

En cada nombre tachado y reescrito hay más que una negociación fallida: hay un sistema de valores, una jerarquía emocional, una idea de qué se protege y qué se sacrifica cuando se construye una plantilla. Imaginárselo alineado en la salida de una gran vuelta es un ejercicio de nostalgia, sí, pero también un recordatorio incómodo de todo aquello que un equipo estable puede perder por el camino. En la barra del bar, el partido en la tele ya ha cambiado; ahora retransmiten una clásica de primavera llena de lluvia y nervios. El tipo de la servilleta añade un nombre nuevo al once de los que no deberían haber salido.

Otro, más joven, le borra uno y lo sustituye por el último talento que ha decidido irse. La plantilla de ese equipo imposible se renueva sola, año tras año, a golpe de fichajes ajenos. Alguien se encoge de hombros y pide otra ronda. En el fondo, que exista esa conversación es la mejor prueba de que la saga Abarca sigue viva: lo bastante viva como para seguir tomando decisiones, equivocándose, acertando, y dejando siempre a un puñado de ciclistas al otro lado de la puerta, convencidos de que, en alguna pizarra imaginaria, todavía forman parte del siete ideal.