Los 10 momentos más emocionantes del equipo
Introducción Si te gusta el ciclismo, la saga Reynolds–Banesto–Illes Balears–Caisse d’Epargne–Movistar no es solo un equipo: es la banda sonora de medio sigl...
Hay tardes en las que el ciclismo se ve mejor desde un bar de montaña que desde la cuneta. Afuera, las bicis de la grupeta apoyadas contra la pared; dentro, la televisión colgada en alto, el volumen justo para tapar los cubiertos, y esa mezcla de café solo y cerveza fría que huele a domingo de etapa reina. En la pantalla, un maillot azul peleando en un puerto cualquiera; en las mesas, la discusión eterna: cuáles han sido, de verdad, los días que nos han hecho saltar de la silla con este equipo, desde que se llamaba Reynolds hasta el actual Movistar Team. A poco que uno repase, descubre que no está hablando solo de carreras, sino de una educación sentimental.
Son ya 47 temporadas consecutivas en la élite, una línea casi ininterrumpida que une a un patrocinador de aluminio, a un banco, a una caja de ahorros, a una marca de telefonía y a un club que hoy corre por todo el mundo. Más de mil victorias, ocho Tours, seis Giros, cinco Vueltas, once títulos mundiales entre hombres y mujeres. Detrás de esos números se esconde algo más sencillo y al mismo tiempo más difícil de contar: unos cuantos días concretos en los que la estructura navarra de Echávarri y Unzué logró que medio país contuviera la respiración durante unos minutos. Si uno se pone serio y decide hacer un ranking, descubre pronto que el palmarés no basta.
Hay victorias que se olvidan a las semanas y derrotas que siguen escociendo treinta años después. Así que la lista se ordena por otra medida: momentos que cambiaron la forma en que el resto del pelotón miraba a la banda navarra, que quedaron grabados en la memoria colectiva de la afición y que concentraron, en unas pocas horas, todo lo que esta casa ha sabido hacer bien… y lo que a veces ha hecho rematadamente mal. Una tier list de barra de bar, con días de categoría S que se cuentan entre los hitos del deporte español, otros de nivel A que explican mejor que ningún discurso la cultura del equipo, y algún recuerdo gris que conviene no esconder debajo de la alfombra. Para encontrar el primero de esos días hay que volver a la televisión de tubo, a la moqueta del salón y a los sofás de escay.
Mediados de los ochenta. El ciclismo español, acostumbrado a vivir de escapadas heroicas y clasificaciones de la montaña, empieza a descubrir que también puede pelear por las generales. De golpe irrumpe un segoviano delgado, con rizos indomables y gesto nervioso, que sube los puertos a tirones y baja como si estuviera huyendo de algo: Pedro Delgado. Reynolds pone el dinero; una cuadrilla navarra aporta método y estructura; Perico llega con el caos bajo el maillot.
La Vuelta a España de 1985 es el primer terremoto. Más allá del resultado final, lo que impresiona es la manera: ataques lejanos, días de pájara, remontadas que parecen imposibles, una forma de correr que rompe con cierta solemnidad centroeuropea. Tres años después, el segoviano gana el Tour de Francia vestido de blanco y azul, en una edición marcada por el famoso positivo por probenecid y por un reglamento sobre sustancias tan lleno de agujeros como las carreteras pirenaicas. Aquel contexto, con listas distintas entre organismos y controles más laxos que hoy, añade un matiz incómodo: la emoción que desata el corredor convive con sospechas, debates, recelos.
A muchos aficionados, sin embargo, les importa otra cosa: por fin hay un equipo español que sabe ganar grandes vueltas desde el coche y desde la carretera. Cuando Banesto toma el relevo como patrocinador, la sensación es que la música sigue siendo la misma, pero el volumen sube de golpe. La estructura deja de ser un outsider brillante para convertirse en potencia hegemónica. Miguel Indurain, el navarro gigantesco que empezó como gregario de lujo, pasa a ser la figura que lo ordena todo.
Entre 1991 y 1995 encadena cinco Tours de Francia y dos Giros de Italia, un dominio que todavía hoy cuesta explicar sin recurrir a palabras grandilocuentes. No hace falta. Basta recordar aquellas cronos eternas en las que el reloj parecía jugar a su favor, o esas imágenes subiendo Sestriere y el Mortirolo con gesto imperturbable mientras alrededor todo se descompone. El secreto de aquel Banesto va mucho más allá de las piernas de su líder.
Hay una cultura organizativa que empieza a mirar el rendimiento con ojos casi científicos: concentraciones en altura preparadas al milímetro, reconocimiento de etapas, trabajo obsesivo en la posición sobre la bicicleta, pulsómetros que registran esfuerzos y, poco después, medidores de potencia que abren una ventana nueva a lo que pasa dentro del cuerpo. Cada contrarreloj es un laboratorio rodante. El doblete Giro–Tour de 1993 y 1994 cristaliza esa filosofía: Miguel gestiona los puertos largos como si estuviera haciendo series programadas y remata después contra el crono, donde exprime vatios como quien exprime un limón. Y aun así, puede que la imagen más pura de ese dominio no llegue en una gran vuelta, sino en un velódromo cubierto de Burdeos, en septiembre de 1994.
Indurain se sube por primera vez a una pista seria para intentar el récord de la hora. Una bicicleta futurista, un casco afilado, el cuerpo doblado hasta el límite para reducir el aire a la mínima expresión. Sesenta minutos después ha recorrido 53,040 kilómetros, 327 metros más que la marca de Graeme Obree. Por primera vez un hombre pasa de la barrera de los 53 kilómetros.
La gesta tiene algo de manifiesto: así entiende Banesto el rendimiento, como una combinación de cálculo frío, tecnología al límite y una capacidad de sufrimiento silenciosa, vuelta tras vuelta, mientras el corazón martillea dentro del pecho. La época, sin embargo, está atravesada por sombras que hoy nadie se salta. Los casos de dopaje se suceden, el propio Indurain ve su nombre asociado a un positivo por salbutamol que se resuelve conforme a las normas de la época pero genera controversia, y el aficionado actual tiende a mirar aquellos años con una mezcla de fascinación y escepticismo. Aun con todo, la sensación general en España es la de una dinastía que roza lo mítico.
Y esa imagen de imperio ciclista marcará para siempre las expectativas que se proyectan sobre cualquier maillot azul que aparezca en una gran vuelta. Después del navarro gigante, la estructura no se desploma; muta. Con Illes Balears primero y Caisse d’Epargne después, la banda de Unzué se reinventa como equipo coral, menos dominador en las generales, más presente en sprints, clásicas y cazas de etapa. El momento más surrealista de esa fase llega en 2006, en un Tour de Francia que nadie vio ganar a un corredor del equipo hasta muchos meses después.
Óscar Pereiro se cuela en una escapada monumental, gana una etapa, se mete de lleno en la general y, tras la descalificación de Floyd Landis por un control de testosterona, acaba coronado como vencedor de la ronda francesa desde un despacho. No hay podio improvisado en París, pero sí un reguero de titulares tardíos, homenajes en diferido y la sensación extraña de que un corredor de la casa ha ganado el Tour por correo certificado. Ese Tour fantasma tiene menos épica televisiva que otras jornadas, pero recuerda dos cosas importantes. La primera, que incluso en años de transición, con presupuestos menores que los de las nuevas potencias anglosajonas, la estructura sigue produciendo corredores capaces de llegar hasta lo más alto, aunque el acta oficial tarde en reflejarlo.
La segunda, que el ciclismo profesional es un deporte atravesado por laboratorios y reglamentos, y que un mismo día puede pasar a la historia por un ataque en un puerto o por un análisis de orina en un hospital. La llegada de Telefónica en 2011 y el nacimiento formal del Movistar Team cambian la fachada, pero no las raíces. De pronto el equipo presenta maillot nuevo, recursos reforzados, comunicación moderna, redes sociales, presencia global. A la vez, en el coche siguen los mismos acentos navarros y gallegos que en tiempos de Reynolds y Banesto.
El bloque se abre al talento de media Europa y de Latinoamérica, pero conserva sus gregarios de siempre, sus mecánicos veteranos, ese aire de familia que tanto atrae como irrita según el día. También se moderniza la forma de entrenar. De la escala de esfuerzo de los ochenta, del famoso voy bien o voy reventado que se comentaba al director, se pasa a una jerga en la que la palabra umbral se repite más que los buenos días. Psicólogos y preparadores físicos segmentan el rendimiento en zonas: umbral aeróbico, umbral anaeróbico, potencia funcional.
La Federación Española ha dedicado artículos enteros a explicar estos conceptos y cómo se trasladan al día a día: pruebas de esfuerzo en laboratorio para identificar el punto exacto en el que el cuerpo comienza a acumular lactato sin retorno, test de veinte minutos para estimar ese umbral funcional de potencia al que se resta un porcentaje, planificación minuciosa de cuántos minutos pasará un corredor en cada franja durante un microciclo. En una concentración en Sierra Nevada, por ejemplo, puede decidirse que un escalador ligero haga tres bloques de quince minutos en zona cuatro, o que una líder del equipo femenino encadene repeticiones cortas en zona cinco para afilar su consumo de oxígeno máximo. Todo queda registrado en archivos que luego se descargan, se analizan, se comparan con temporadas anteriores. El riesgo está claro: enamorarse tanto de los números que se apague el instinto de carrera.
Una de las marcas de la casa Abarca es intentar que eso no ocurra, que el potenciómetro que susurra prudencia conviva con el director que recuerda Formigal y se atreve a mandar un ataque cuando la lógica dictaría quedarse a rueda. El primer gran aviso de que el Movistar moderno puede ganar como los Banesto de antaño, pero con rostro latinoamericano, llega en el Giro de 2014. Nairo Quintana, pequeño, silencioso ante los micrófonos, criado entre el frío del altiplano de Boyacá y las primeras carreras europeas de la mano de la estructura navarra, aterriza en Italia como uno de los favoritos. La edición es un caos meteorológico: lluvia, nieve, carreteras medio tapadas, decisiones discutibles de los organizadores.
La etapa de Val Martello, con el Gavia y el Stelvio rodeados de nieve, condensa todo lo bueno y lo polémico de aquel Giro. En el descenso del Stelvio, las banderas de neutralización confunden a medio pelotón. Quintana entiende que la carrera sigue abierta, se lanza cuesta abajo bajo la niebla y abre una brecha decisiva. Luego remata en la interminable subida final, vestido de azul, camino de la maglia rosa.
Días más tarde, en la cronoescalada del Monte Grappa, el colombiano da una lección de cómo mezclar potencia medida y corazón. Sabe exactamente qué ritmo puede sostener gracias a los datos, pero también escucha a las piernas y al público. No vacila. Gana la etapa y se asegura un Giro que no solo corona al corredor, sino a un modelo: el de un equipo europeo que abraza a un líder sudamericano, reparte responsabilidades con un Valverde que ya ejerce de veterano generoso y conecta, gracias a la televisión, dos aficiones separadas por un océano.
Desde entonces, la bandera azul ondea con fuerza en las cunetas colombianas. Si el Giro de Quintana es un monumento a la resistencia, la etapa de Formigal en la Vuelta 2016 es un tratado de agresividad calculada. Un domingo que parecía de transición, con apenas 118 kilómetros entre Sabiñánigo y el Alto de Formigal, se convierte en una emboscada que todavía hoy se repite en grupos de WhatsApp cada vez que sopla el viento lateral. Movistar detecta que el Sky de Chris Froome está mal colocado.
Contador, que viste de Tinkoff pero comparte objetivo, huele la sangre. Desde el kilómetro cero se desata el caos: abanicos, pequeños cortes que se convierten en un grupo de favoritos por delante y un líder del Tour atrapado detrás, sin compañeros, viendo cómo el reloj se desangra en su contra. Durante horas, Quintana y Contador, con gregarios de ambos equipos, colaboran en una fuga que nadie habría pronosticado en la salida. Brambilla se lleva la etapa, pero la historia está unos metros más atrás: el colombiano mete más de dos minutos a Froome, consolida un liderato que ya no soltará y deja una lección táctica que se seguirá estudiando mucho tiempo.
Ese día, la vieja acusación de que el equipo navarro corre siempre a la defensiva queda, por unas horas, en silencio. Arriesgar, aunque duela, también forma parte del ADN de la casa. En paralelo a estas explosiones de audacia, hay una historia que se cuece a fuego más lento y que explota, por fin, en Innsbruck 2018. Alejandro Valverde es, quizá, el personaje más complejo de esta saga.
Brilló de joven en Kelme, se convirtió en rematador implacable de finales en ligera subida, vio su nombre asociado a la Operación Puerto, cumplió una sanción y regresó con la misma voracidad que antes, dispuesto a ganar desde febrero hasta octubre. Su relación con los Mundiales había sido una colección de casi: dos platas, cuatro bronces, siempre en el corte bueno, nunca con el maillot arcoíris sobre los hombros. El circuito tirolés parece diseñado a su medida y a la vez a su límite. Rampas brutales, un muro final, un último kilometraje donde cualquier flaqueza te deja clavado.
Valverde se mete en el corte decisivo, se retuerce en el Höttinger Höll, ese paredón que deforma los rostros, y se lanza al descenso final con Bardet, Woods y Dumoulin. En la recta de meta, en lugar de guardar, decide anticiparse: lanza el sprint de lejos, mantiene la línea, aguanta el regreso de sus rivales y cruza primero con 38 años sobre las piernas. Segundo campeón mundial más veterano de la historia masculina. No hace falta más adorno.
Aunque ese triunfo luce el maillot de la selección española, todo huele a Movistar: Unzué en el coche, buena parte del staff habitual alrededor, compañeros que al día siguiente compartirán hotel y calendario. En las imágenes captadas desde el interior del bus azul se ve a un grupo de profesionales duros, acostumbrados a ganar y a perder, deshechos en lágrimas alrededor de su líder. No es solo una redención personal tras años de sospechas y sanciones. Es también una especie de cierre de círculo para la estructura, que suma un arcoíris más a su colección mundialista y demuestra que la longevidad, si se gestiona bien, puede convertirse en una virtud casi estética.
El turno de Richard Carapaz llega un año más tarde para recordar otra lección: a veces el líder no es quien figura en la primera diapositiva de la presentación de temporada, sino quien responde mejor cuando la carretera se pone cuesta arriba. El ecuatoriano, nacido en Tulcán, se formó compitiendo entre Colombia y Europa antes de que la estructura navarra le abriera la puerta. En el Giro de 2019 parte teóricamente como segunda espada, con Mikel Landa como jefe de filas principal. Pero en la etapa 14, bajo la lluvia, en el Colle San Carlo, Carapaz ataca con esa mezcla de decisión y calma que distingue a los campeones.
Abre hueco, gana la etapa y se viste de rosa. A partir de ese día, el guion cambia: Landa acepta el papel de escudero de lujo, el equipo controla sin fuegos artificiales, cada corredor sabe perfectamente dónde tiene que gastar y dónde ahorrar. En Verona, con el maillot rosa sobre los hombros, Carapaz levanta los brazos como primer ganador ecuatoriano de una grande. En su país, miles de personas siguen la carrera en pantallas gigantes, sus padres viajan por primera vez a Europa para verle en el podio y el ciclismo se instala por fin como deporte de referencia.
Para Movistar, el mensaje interno es igual de potente: cuando se confía en lo que dicta la carretera y no solo en jerarquías previas, la estructura vuelve a producir días que recuerdan a la era grande. Durante décadas, todo este relato podía contarse en masculino sin que nadie levantara demasiado la voz. Eso cambió cuando Movistar puso en marcha su proyecto femenino en 2018 y, sobre todo, cuando fichó a Annemiek van Vleuten. Pocas corredoras han representado mejor la combinación de ciencia y locura ofensiva que tanto gusta en la casa.
El Tour de France Femmes 2022, renacido bajo el paraguas de la organización de la carrera masculina, ofrecía el escenario perfecto. Lo que no estaba en el guion era que Van Vleuten empezara la semana enferma, con problemas estomacales que la dejaban al borde de abandonar en los primeros días. Aguanta como puede, pierde tiempo, ve cómo sus rivales se afianzan en la general. Hasta que llega la montaña y, con ella, la mutación.
En la séptima etapa, en los Vosgos, lanza un ataque a más de 70 kilómetros de meta. No es una ofensiva táctica ajustada al milímetro; es una declaración de intenciones respaldada por años de trabajo de base. Se va sola, destroza el grupo de favoritas, se viste de amarillo. Al día siguiente, en la Super Planche des Belles Filles, remata con otra exhibición en solitario.
Gana el primer Tour de France Femmes de la era moderna con varios minutos de ventaja y completa el doblete Giro–Tour en el mismo año. En las fotos de podio, el amarillo del maillot combina con el azul Movistar y con una idea que ya nadie puede discutir: la historia de la casa Abarca también se escribe, y mucho, en femenino. Si se mira hacia el futuro, el momento clave quizá no se haya televisado todavía. Está en una nota de prensa, en una reunión de patrocinadores, en un puñado de contratos firmados lejos de las cámaras.
En 2025, la estructura anuncia la creación de la Movistar Academy, un equipo filial orientado a frenar la fuga de talento joven hacia proyectos extranjeros con más músculo económico. Bajo la batuta de Sebastián Unzué y Manuel Mateo, con un presupuesto que ronda el millón largo de euros, nace un bloque sub-23 mayoritariamente español, salpicado de promesas colombianas, costarricenses e italianas. Correrán el Giro Next Gen, otras pruebas por etapas de alto nivel y carreras profesionales donde el primer equipo no esté. Tendrán el mismo material, la misma metodología, el mismo idioma táctico.
En la práctica, la Academy pretende reconstruir la pirámide completa: base formativa, equipo de desarrollo y estructuras WorldTour masculina y femenina. Nadie puede garantizar que de ahí saldrá el próximo Indurain, Quintana, Carapaz o Van Vleuten. Pero si dentro de diez años un chaval o una chavala levanta los brazos en París o en Madrid con el maillot azul, esa foto tendrá su semilla en este proyecto. Y ese día, cuando en el bar alguien diga que habría que meter esa victoria en la tier list del equipo, habrá que recordar que la emoción no nace solo en los grandes puertos, sino también en los despachos que se atreven a invertir en futuro.
Una lista honesta, por emotiva que sea, no puede dar la espalda a las zonas oscuras del relato. La estructura ha convivido con épocas de dopaje generalizado, con casos que afectaron a figuras clave, con sanciones que dejaron cicatrices en la memoria de los aficionados. También con críticas persistentes por una cierta tendencia al conservadurismo táctico, sobre todo en algunos Tours donde, contando con varios líderes de nivel mundial, el equipo pareció correr más por asegurar un podio que por asaltar el amarillo. La gestión de jerarquías múltiples —Quintana y Valverde compartiendo jefatura, Landa reclamando su espacio, Carapaz emergiendo desde un papel secundario— ha generado conflictos internos que se han filtrado a los medios, alimentando la percepción de que, a veces, el enemigo está más cerca que el rival de otro equipo.
Y, sin embargo, quizá sea precisamente esa mezcla de luces y sombras la que hace que el maillot azul siga provocando discusiones encendidas en bares y sobremesas. Si hubiera que poner etiquetas, uno se atrevería a colocar en lo más alto de la tier list días como el récord de la hora de Indurain, la emboscada de Formigal, el arcoíris de Valverde en Innsbruck, el rosa inesperado de Carapaz en Verona, el doblete montañoso de Van Vleuten en el Tour femenino o, en un plano menos televisivo pero igualmente decisivo, el nacimiento de la Movistar Academy. Un peldaño por debajo entrarían la Vuelta de Perico y el Tour fantasma de Pereiro, que explican como pocos la transición entre eras. Y por debajo, como un murmullo constante, una infinidad de ataques suicidas, defensas numantinas del maillot de líder, victorias de etapa en llegadas cuesta arriba que solo recuerdan los muy cafeteros.
Para el aficionado curioso, esta clasificación sentimental tiene una utilidad muy simple. Permite volver a mirar esas jornadas con otros ojos. Ir a buscar en la memoria —o en los archivos televisivos— la etapa de Val Martello del Giro 2014, la de Formigal de la Vuelta 2016, la llegada en Verona del Giro 2019, el sprint de Innsbruck 2018 o los dos días finales del Tour de France Femmes 2022. Fijarse en los detalles: cómo se forman los abanicos, qué hace un gregario cuando su líder duda, cuándo un equipo decide correr por la gloria y cuándo se guarda para preservar el podio.
Y entender algo sencillo: que detrás de cada ataque hay meses de entrenamiento por umbrales y zonas, pero también una intuición que nadie ha conseguido programar todavía. Volvamos al bar de montaña. El camarero recoge tazas vacías, alguien consulta los parciales en el móvil, en la pantalla asoma otra vez un maillot azul, quizá en fuga, quizá arropando a un líder joven cuyo nombre todavía no se ha convertido en pegatina para la bici del niño de la mesa de al lado. En ese momento, mientras alguien repasa por enésima vez los días de Perico, de Miguel, de Nairo, de Valverde, de Carapaz o de Van Vleuten, se entiende que la saga Abarca no vive solo de victorias, sino de instantes concretos en los que el tiempo parece detenerse.
Tal vez por eso seguimos haciendo rankings y tier lists improvisadas cada julio o cada septiembre, buscando el próximo día que merezca subir al S de nuestra clasificación íntima. Mientras haya una carretera cuesta arriba, un coche de equipo con acento navarro en la radio y un maillot azul dispuesto a cambiar la lógica de la carrera durante unos cuantos kilómetros, seguirá habiendo motivo para levantarse de la silla delante de la tele y gritar como la primera vez.