La era Quintana en Movistar En la carretera que une Sabiñánigo con Formigal, aquella mañana corta y eléctrica de septiembre de 2016, el azul de Movistar ocupaba todo el encuadre. No eran los Alpes, no era una jornada de esas con puertos que se recitan de memoria; apenas 118 kilómetros, tres cimas y una idea: incendiar la Vuelta antes de que Chris Froome tuviera tiempo de sacar la calculadora. A los ocho kilómetros de la salida, cuando todavía hay espectadores cruzando despistados y coches mal aparcados en las cunetas, un grupo se marcha hacia adelante con una violencia que suena a experimento loco. Allí van un colombiano menudo con el dorsal de líder, Nairo Quintana, un Contador herido en su orgullo y una avanzadilla celeste con Castroviejo y Rubén Fernández tirando como si se acabara el mundo.

Detrás, el Sky se descompone a base de acelerones y malas caras. Del coche de Movistar sale una orden simple: a fondo. Si hay un día que resume la era Quintana en Movistar es ese. La victoria no es suya, porque la etapa la firma Brambilla, pero la general sí cambia de manos para siempre.

Froome se queda aislado, Valverde incomoda, frena, cruza miradas, hace lo que tiene que hacer un veterano cuando su líder va por delante. Y Quintana, cuentan quienes iban cerca, no deja de repetir que sigan, que nadie afloje, que Formigal es el lugar donde, por fin, la balanza se inclina. Esa tarde, en las plazas de Colombia, se celebra como si fuese un Mundial de fútbol; en las oficinas de Telefónica, como un plan estratégico que por una vez sale exactamente como estaba dibujado en la pizarra. Para entender cómo se llegó hasta ahí hay que salir de los Pirineos y viajar hacia atrás, mucho antes de que existieran las cámaras on board y los documentales de “El día menos pensado”.

Todo empieza en un lugar mucho menos glamuroso: una fábrica de aluminio en Navarra, a comienzos de los ochenta. Reynolds no era un nombre pensado para enamorar a los niños, era una marca industrial que decidió entrar en el ciclismo casi como quien patrocina el equipo de la empresa. Al frente, dos hombres que acabarían convertidos en personajes recurrentes de cualquier conversación sobre ciclismo español moderno: José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué. Desde Irurzun levantan una estructura obsesiva, casi artesanal, que juega a ser laboratorio deportivo cuando la mayoría de los equipos siguen siendo cuadrillas de carretera con un coche detrás.

Con el cambio de década llega Banesto y el proyecto deja de ser una aventura de pueblo para convertirse en un símbolo nacional. Miguel Induráin encadena cinco Tours como si fueran etapas de una misma novela, Pedro Delgado gana una Vuelta que todavía se recuerda por sus ataques a destiempo, el ‘Chava’ Jiménez convierte cada final en alto en una ruleta rusa emocional. Más tarde aparecerá en los libros el nombre de Óscar Pereiro con aquel Tour atribulado tras el positivo de Floyd Landis. Las camisetas cambian de logo y de colores —Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne— pero el corazón es el mismo: un equipo construido para dominar las grandes vueltas desde la base de Navarra, con Unzué afinando cada detalle desde el coche.

En esa vitrina, cuando arranca la década de 2010, ya hay siete Tours, cuatro Giros, cuatro Vueltas y casi un millar de triunfos. El modelo ha funcionado durante décadas: un líder español, un bloque sólido, una manera de correr que privilegia el control frente al caos. Lo que nadie imagina todavía es que el siguiente gran capítulo de esa historia no va a llevar acento navarro ni madrileño, sino boyacense. Para encontrar el origen de esa grieta en la tradición hay que subir a más de 2.800 metros, en la vereda La Concepción, jurisdicción de Cómbita, en el departamento de Boyacá.

Allí nace Nairo Alexander Quintana Rojas en 1990, en una casa donde la bicicleta es primero una herramienta para llegar a alguna parte antes que un sueño de podio en París. Su padre, Luis, sufre un accidente grave de coche cuando Nairo es niño y la familia tiene que reorganizarse: huerta, animales, chapuzas. Todos trabajan. Todos suman.

El romanticismo del campo desaparece cuando la economía se sostiene a golpe de factura pendiente. A los quince años, la bicicleta se convierte en el único medio razonable para ir y volver del colegio de Arcabuco. Por la mañana, 16 o 20 kilómetros de bajada, según la ruta, con la mochila a la espalda; por la tarde, el mismo metraje en sentido contrario, rampas del ocho por ciento, altitud, frío que se mete en los huesos. Es en esas subidas repetidas, monótonas, donde el cuerpo de Quintana empieza a dibujar lo que luego será su identidad: un motor pequeño pero profundo, una capacidad casi antinatural para sostener ritmos que a otros se les atragantan.

Empieza a alcanzar a ciclistas que entrenan con bicis ligeras, cascos relucientes, culotes caros. Él va con ropa de diario y una máquina pesada. Llega a casa contando que se pega a las ruedas buenas, que no se suelta. En una familia acostumbrada a escuchar problemas, ese entusiasmo llama la atención.

Luis decide rascar ahorros y le compra una bicicleta de acero algo más ligera. No es nada del otro mundo, pero en las carreras de pueblo se convierte en un arma. Hay una escena que recoge un diario de Cali y que hoy parece casi un cuento mitológico: una prueba local de ida y vuelta hasta el Alto de Sota, unos treinta kilómetros largos, un favorito al que llaman “Juan Pistolas”, vestido de lycra impecable, casco aerodinámico, bici de catálogo. Y al lado, un chaval flaco con camiseta remendada, sin casco, pedaleando como si no conociera el concepto del miedo.

Gana Nairo. Gana con tal superioridad que un heladero del pueblo, que había apostado por él, le regala parte de las ganancias para que compre su primer casco de verdad. No es sólo una anécdota simpática, es casi un ritual de iniciación: el momento en que el niño de Cómbita entra, aunque nadie lo sepa aún, en la carretera larga que lleva al WorldTour. Entre medias hay caídas, golpes y episodios que en cualquier otro lugar sonarían a superchería y allí forman parte de la biografía.

Un taxi que se salta un stop y lo deja en coma varios días. Un mal extraño en la infancia que en el pueblo etiquetan como “tentado de difunto” y que una curandera intenta revertir a base de infusiones y rezos. Las historias se repiten en las sobremesas familiares y terminan dibujando un perfil muy concreto: el de alguien acostumbrado a levantarse del suelo, literalmente, una y otra vez. En 2009, Quintana entra en el equipo Boyacá es Para Vivirla y se estrena en Europa con un calendario montañoso que tampoco impresiona demasiado a quienes lo han visto subir a Arcabuco cada tarde.

Un año después, bajo el maillot del 4-72/Café de Colombia, gana el Tour de l’Avenir, ese oráculo silencioso donde emergen los futuros jefes de filas de las grandes vueltas. Para los directores deportivos europeos, su nombre pasa de ser una curiosidad a un asunto serio. Movistar, que acaba de aterrizar como nuevo patrocinador de la vieja estructura navarra en 2011, se mueve rápido. En 2012 firma a ese escalador colombiano del que los preparadores comentan en voz baja que tuvieron que repetirle la prueba de esfuerzo porque los números parecían una errata.

Imaginemos la escena en la oficina de Eusebio Unzué aquel invierno: la pared cargada de fotos de Induráin en París, de Delgado en Lagos, de Valverde en rompepiernas imposibles; una plantilla sólida, con escaladores y rodadores fiables, y un regreso importante a casa, el de un Alejandro Valverde que vuelve tras sanción y sigue siendo el rostro del equipo. Falta, sin embargo, un heredero claro para las grandes vueltas. Fichar a Quintana se concibe como una apuesta a medio plazo: un joven para ir curtiendo, sin prisas. La realidad llega sin leer el guion.

En su primera temporada completa con Movistar, Nairo gana la Vuelta a Murcia, se lleva la general de la Ruta del Sur y, sobre todo, conquista la etapa reina del Critérium del Dauphiné, ese escaparate donde se intuye quién va a mandar en julio. Vence a lo suyo, sin aspavientos: arranca en el último puerto, se sienta, clava la mirada en el asfalto, reduce el gesto a lo mínimo. Para un equipo acostumbrado a liderar con figuras españolas, descubrir que el tipo que sube mejor que nadie con su maillot es un chico de Boyacá supone un pequeño cambio de paradigma. El gran salto, el que lo instala en el mapa sentimental de medio planeta, llega en el Tour de Francia de 2013.

Debuta y termina segundo en la general, por detrás de Froome, con el maillot blanco de mejor joven y el de lunares de la montaña sobre los hombros. En el podio de París hay un gesto tímido, casi incómodo, pero también una certeza: por primera vez, un corredor colombiano se asoma al Tour como candidato real a la victoria, con un bloque de primer nivel a sus órdenes. Para Movistar, ese podio es señal de algo más profundo que una buena clasificación: supone la confirmación de que han encontrado un nuevo Induráin, sólo que esta vez nació a 9.000 kilómetros de Navarra. Un año después llega el Giro de Italia de 2014, ese que se recuerda por la nieve en el Stelvio, las polémicas de radio y los descensos entre bancos de niebla.

Quintana arranca la corsa rosa con molestias, sin el golpe de pedal de sus mejores días. La carrera parece escapársele cuando la tercera semana le cae encima como una montaña de expectativas. Sin embargo, en Val Martello, en medio de un caos meteorológico que hace dudar a medio pelotón, ataca, se coloca de líder y ya no suelta la maglia rosa hasta Trieste. Con 24 años se convierte en el primer colombiano y el primer latinoamericano en ganar el Giro.

En Bogotá los horarios se adaptan a la televisión, en Boyacá las misas se interrumpen para seguir la etapa, en las oficinas de una multinacional de telecomunicaciones alguien hace números de impacto de marca y sonríe. El efecto es doble. Deportivamente, Movistar vuelve a ganar una grande casi dos décadas después de los tiempos de Banesto. Comercialmente, el equipo se convierte en objeto de deseo para la afición colombiana: el maillot azul, que antes identificabas con Valverde, pasa a ser también el uniforme de Quintana, “Nairomán”, el escarabajo actualizado y global.

Los niños de Cómbita pintan sus bicis de azul, los locutores de radio adoptan un tono híbrido cuando hablan de la escuadra navarra, mitad respeto por la tradición española, mitad orgullo nacional. A partir de ahí, todo parece conducir al Tour como destino inevitable. En 2015, Nairo regresa a Francia con el cartel de principal rival de Froome. Acaba segundo otra vez.

Y aunque objetivamente es un resultado extraordinario, se instala en el discurso la sensación de que podía haber sido algo más si el equipo hubiese corrido con menos miedo, si los ataques hubieran llegado antes, si Valverde —tercero aquel año— hubiese puesto su talento aún más al servicio del colombiano. Las tertulias ciclistas se llenan de debates sobre si Movistar es demasiado conservador, si falta audacia táctica, si ese azul se preocupa más por la clasificación por equipos que por dinamitar la carrera. En 2016, la historia se repite en la primera parte de julio: Froome superior, Quintana esperando su momento, la montaña que no acaba de ofrecer el escenario perfecto para el asalto. El colombiano termina tercero, una posición formidable que, sin embargo, suena a déjà vu.

Tal vez por eso la Vuelta de ese mismo año se convierte en una especie de ajuste moral. Allí se produce la emboscada de Formigal, ese día corto que abre este relato y que muchos ciclistas profesionales siguen señalando como una de las obras maestras tácticas de la última década. Castroviejo marcando el ritmo en los valles como si estuviera en una contrarreloj individual, Rubén Fernández exprimiéndose en las pendientes, Valverde jugando al gato y al ratón con Froome en el grupo perseguidor, Contador en plena redención personal colaborando en la locura. Nairo, delante, protegido, consciente de que ese hueco que se abre kilómetro a kilómetro es la oportunidad que le había negado el Tour.

Una semana más tarde, Madrid es una marea de banderas tricolores. La Cibeles, acostumbrada a otros festejos, se tiñe de azul y amarillo, pero sobre todo de rojo, azul y amarillo en vertical. Quintana gana la Vuelta con algo más de un minuto de ventaja sobre Froome y Esteban Chaves completa un podio inédito, casi impensable años atrás, con dos colombianos en el cajón. Movistar suma otra grande a su colección, pero esta vez el relato es distinto: el héroe no nació en Navarra ni en Castilla, sino en Boyacá, y el equipo se deja contagiar sin complejos por ese entusiasmo latino.

Luego llegan los años de gris azulado, esos en los que todo parece seguir en su sitio, pero la foto pierde nitidez. En 2017, Nairo se lanza a por un doblete que suena a desafío a la lógica: Giro y Tour en la misma temporada. Gana Tirreno–Adriático, pelea la corsa rosa hasta el final y termina segundo tras Tom Dumoulin. Llega a julio exprimido.

En Francia no tiene el brillo de antes. Aun así, suma top 10, etapas de prestigio, generales en vueltas de una semana como País Vasco, Catalunya o Valencia. Casi cualquier otro ciclista firmaría ese palmarés sin pensarlo. Pero el listón que él mismo se ha puesto es otro.

Mientras tanto, el equipo se complica por arriba. Llega Mikel Landa, todavía con la sombra de haber sido “tapado” en el Sky, y Movistar ensaya el experimento del “tres líderes” en el Tour: Valverde, Quintana, Landa, todos con galones, todos con ambición. Sobre el papel suena a lujo táctico; en la carretera, a veces, parece un pequeño motín permanente. El documental “El día menos pensado”, rodado en la temporada 2019, pone imágenes y frases a lo que muchos intuían desde fuera: reuniones de autobús tensas, miradas esquivas, confesiones a cámara.

Nairo repite que no se siente respaldado del todo, Landa se queja de la falta de libertad, Valverde trata de ser pegamento. Unzué, en medio, intenta equilibrar el deseo del patrocinador de estar en todas las fotos con la aritmética tozuda de los vatios. El equipo se marcha del Tour sin la gran victoria soñada y con una sensación de desgaste. A finales de 2019, Quintana hace las maletas rumbo al Arkéa-Samsic francés.

La despedida de Movistar es correcta, incluso emotiva en la superficie. Vídeos, homenajes, palabras grandes. Pero bajo esa capa hay algo que suena a divorcio silencioso. El niño de Cómbita que había cambiado el acento del equipo se marcha con la certeza de que necesita ser líder único, sin debates en la mesa del desayuno.

La nueva etapa arranca con promesas alentadoras. Antes de que la pandemia desfigure el calendario de 2020, Nairo gana el Tour La Provence y el Tour de los Alpes Marítimos y de Var. Se le ve agresivo en la montaña, atrevido en los descensos, con esa determinación que muchos echaban de menos en sus últimos meses de azul. En 2022 firma su mejor Tour desde 2016: sexto en la general, batallador en los finales en alto, siempre visible.

Parece que ha encontrado un equilibrio nuevo: menos presión de gran favorito, más libertad para interpretar la carrera. Entonces aparece una palabra que no estaba en los planes de nadie: tramadol. A finales de agosto, la UCI anuncia que dos muestras de sangre seca tomadas durante el Tour a Quintana contienen ese analgésico opiáceo, prohibido por el reglamento médico del organismo, aunque no figure en la lista de sustancias dopantes de la Agencia Mundial Antidopaje. La sanción es peculiar.

No hay suspensión, pero sí descalificación completa de la clasificación del Tour y una multa económica. Quintana niega haber recurrido a esa sustancia, anuncia recurso ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo, confía en limpiar su nombre. El TAS, meses después, confirma el castigo. Lo que, sobre el papel, podría haberse resuelto como un asunto administrativo se transforma en una losa deportiva.

Arkéa y Quintana rompen su contrato. El colombiano, con 32 años, se queda sin equipo WorldTour. En 2023 se acumulan los rumores: que si correrá la Vuelta a Colombia, que si un equipo sudamericano le abrirá hueco, que si alguna escuadra europea lo rescatará a última hora. La realidad es mucho más seca: pasa el año sin dorsal en la élite, entrenando, concediendo entrevistas, reclamando una oportunidad.

Mientras tanto, el ciclismo sigue, los podios se llenan de nuevos apellidos, y la sensación, para muchos aficionados, es la de estar asistiendo a un final prematuro. Y entonces, casi cuando el relato parecía cerrado, suena otra vez el teléfono de Unzué. O quizás el orden sea el contrario. Da igual.

Lo cierto es que en octubre de 2023, Movistar anuncia que Nairo Quintana volverá a vestir de azul a partir de 2024. El tono de los comunicados tiene algo de reconciliación y algo de justicia poética. Se habla de “volver a casa”, de hijos que verán a su padre con el maillot con el que construyó su carrera, de una estructura que alcanza su 45.ª temporada al máximo nivel y que decide mirar al pasado para reforzar el presente. Esta vez el papel es otro.

El líder designado para las grandes vueltas es Enric Mas, un corredor cerebral, menos explosivo en el relato que los ídolos latinoamericanos pero de una fiabilidad notable. Quintana llega como lujo táctico: escudero de montaña, posible jefe de filas en un Giro o en alguna vuelta de una semana, figura carismática para reconectar con la afición colombiana. En carrera se le ve más a menudo trabajando que atacando, colocando compañeros, cerrando huecos, abrigando a los jóvenes. Hay menos épica televisiva, pero mucho oficio.

En 2024, el brillo de sus resultados no se acerca a los días de rosa y rojo, pero la química interna parece más limpia que en el tramo final de su primera etapa. No hay tres líderes, no hay debates constantes sobre quién debe ir a qué carrera. A finales de temporada, el equipo decide renovarlo un año más. No se trata ya de perseguir el maillot amarillo, sino de aprovechar el conocimiento de alguien que ha vivido casi todo en las grandes vueltas y que guarda en la cabeza un mapa íntimo de cada puerto europeo.

Cuando uno repasa la saga de Abarca Sports como si fuera una novela, la era Quintana aparece como uno de esos capítulos que cambian el tono entero del libro. Hasta su llegada, la estructura navarra había sido, sobre todo, una fábrica de líderes españoles: Delgado, Induráin, Zülle, Valverde. Con él, el equipo se vuelve definitivamente mestizo. Sigue siendo navarro en la base, en la manera de entender la profesión, pero adopta un relato que ahora también es colombiano.

De Irurzun a Cómbita. De la Plaza del Castillo en Pamplona a la Plaza de Bolívar en Bogotá. El balance deportivo es contundente: un Giro de Italia en 2014, una Vuelta a España en 2016, tres podios en el Tour, generales en vueltas de una semana de prestigio —País Vasco, Tirreno–Adriático, Catalunya, Comunitat Valenciana— y un puñado de etapas que quedan en la memoria colectiva. También queda la sensación persistente de que el maillot amarillo estuvo más cerca de lo que dirá el palmarés dentro de cien años.

Las batallas fallidas contra Froome, las decisiones tácticas algo timoratas, los experimentos con múltiples líderes forman parte del relato tanto como las victorias. En lo simbólico, su figura convierte a Movistar en un puente entre generaciones y geografías. Une la época en la que España se miraba orgullosa en los Tours de Induráin con la irrupción de una Colombia que produce escaladores casi por generación espontánea: Chaves, Bernal, López. Quintana es la bisagra, el hombre que hace que un niño de Medellín pueda querer el mismo maillot que un chaval de Tafalla.

No es un detalle menor para una estructura que, durante décadas, vivió casi exclusivamente de la cantera y del imaginario local. Claro que la historia tiene aristas. Perdurará la duda sobre hasta qué punto el caso del tramadol fue una imprudencia médica, un error de gestión o una injusticia reglamentaria. Permanecen las cicatrices de aquellos veranos con demasiados gallos en el mismo corral.

Pero que, después de todo eso, haya sido precisamente Movistar quien haya abierto la puerta para el regreso y quien le haya dado un último gran contrato dice mucho de la relación de fondo entre el corredor y la estructura. Cierra un círculo que el ciclismo profesional, tan amigo de los finales bruscos y de los portazos, casi nunca permite. Dentro de unos años, cuando alguien se empeñe en narrar medio siglo de esta estructura que empezó llamándose Reynolds y hoy atiende por Movistar, resultará inevitable dedicar un buen tramo al chico que llegó de Cómbita con una bicicleta pesada y terminó llenando de banderas colombianas la Cibeles. Aparecerá el podio de París de 2013, con ese maillot blanco y esos lunares rojos sobre un cuerpo pequeño.

Aparecerá el Stelvio nevado. Y, sobre todo, volverá una y otra vez la imagen de Formigal: un líder tirado en el sofá del autobús, exhausto, mientras sus compañeros bromean, miran el móvil, preguntan por los tiempos; el recuerdo de un día en el que una estructura nacida en una fábrica de aluminio decidió, por una vez, abrazar el caos para regalarle a su escarabajo mayor el título que le faltaba. Al final, eso es lo que queda de la era Quintana en Movistar: la certeza de que, durante unos años, el azul se tiñó de montaña lejana y de acento nuevo, y que el equipo español más longevo se atrevió a contar una historia que, todavía hoy, sigue repitiéndose en los cafés, en las grupetas de domingo y en los bares donde la gente discute si atacó tarde, si mereció más o si, simplemente, no hacía falta nada más que verle subir para saber que estábamos viendo algo que valía la pena recordar.