Dream Team para las clásicas con ciclistas de todas las eras La cámara enfoca una camilla blanca, un gesto torcido de Enric Mas, una sonrisa de Valverde que en realidad es una coartada para no hablar del miedo. En la televisión del fondo, el bar entero se baña en el azul de un coche que avanza por una carretera estrecha. Es una tarde fría, huele a café recalentado y a ropa de invierno secándose a medias. El camarero sube un punto el volumen justo cuando suena la sintonía de El Día Menos Pensado, esa serie que ha acabado siendo, casi sin querer, el hilo sonoro de la saga Abarca.

En una mesa cercana a la puerta, entre cañas y vasos de agua con gas, alguien deja caer una pregunta que corta las conversaciones como un ataque en el último repecho: “Oye, y si Unzué pudiera fichar a cualquiera de cualquier época, solo para las clásicas, ¿cómo sería el Dream Team de Movistar?”. El murmullo se transforma en debate. Uno piensa en Flandes, otro recuerda un tramo de Roubaix en el que un azul pasó por allí casi de incógnito. La pregunta es imposible, pero tiene la virtud de abrir un pasillo secreto en la memoria: para responderla hay que revisar qué ha sido Abarca, qué ha querido ser y qué podría llegar a ser si una primavera, solo una, decidiera tomarse en serio el barro, el viento y las cotas flamencas como si fueran el Tour.

Para entender el desafío, conviene mirar hacia atrás. A principios de los años ochenta, un patrocinador de pinturas se atrevió a poner su nombre en un proyecto que olía a largo plazo. Reynolds apareció en el calendario español con una idea fija: construir un bloque capaz de sobrevivir tres semanas enteras, con escaladores elegantes, buenos croners y gregarios que supieran leer la montaña como quien descifra un mapa del tesoro. Por allí pasaron Ángel Arroyo, Pedro Delgado, un joven navarro llamado Miguel Induráin.

El molde quedó definido: julio como norte, las grandes vueltas como unidad de medida. Cuando Banesto tomó el testigo, el guion se sofisticó. Las imágenes que se quedaron pegadas a la retina colectiva no fueron de adoquines ni de granjas flamencas, sino de estaciones de esquí, parisinos agitando banderas, descensos alpinos bajo la niebla. La estructura se acostumbró a llegar al Tour con los deberes hechos y a juzgar la temporada en minutos de ventaja, no en piedras sorteadas.

Más tarde, con las pieles de Illes Balears, Caisse d’Epargne y Movistar, la familia mantuvo el tono: vueltas de tres semanas, vueltas de una, calendario español, algunas excursiones a las Ardenas de la mano de un murciano con cara de no romper un plato. En esa ortodoxia de grandes vueltas hubo, sin embargo, fugas hacia el territorio de las clásicas. El nombre que brilla por encima de los demás es obvio: Alejandro Valverde. Su manera de correr Flecha Valona y Lieja confundió a más de uno: parecía que estuviera disputando una etapa de alta montaña comprimida en 200 kilómetros.

Espera, calcula, se resguarda, aguanta ataques y, en los últimos metros, acelera con esa mezcla de frialdad y rabia contenida que desmoraliza a cualquiera. Ganó en Huy, en Ans, en San Sebastián. No es un flandrien, pero encarna como pocos esa jornada única con desnivel acumulado, lluvia fina y final explosivo. Hubo otras aventuras: sprinters que asomaban por semiclásicas, rodadores que probaban suerte en un Flandes ventoso, escapadas que rozaron la gesta.

Pero el coche azul rara vez salió del hotel con los mapas de pavé subrayados en rojo como objetivo de temporada. Mientras estructuras belgas u holandesas construían su identidad alrededor de marzo y abril, Abarca seguía mirando a julio. No por desprecio a las piedras, sino por una elección de idioma: preferían expresarse en puertos encadenados, no en muros de 800 metros. Y sin embargo, algo empezó a crujir en Valencia.

En la puesta de largo de 2026, en el escenario futurista del Palau de Les Arts, la foto de familia ya no era una sola, sino tres: el WorldTour masculino, el femenino y una flamante Movistar Team Academy que se estrenará en categoría Continental. Ciclismo a Fondo recogía aquella ceremonia como una especie de declaración de intenciones: no solo se presentaba una plantilla, se dibujaba una pirámide pensada para moldear a los chavales desde junior, para enseñarles a correr antes incluso de que aprendan a hacer la maleta sin que se les olviden los manguitos. En esa plantilla masculina, más allá de nombres evidentes como Enric Mas o el recién llegado Cian Uijtdebroeks, llamados a repartirse Giro, Tour y Vuelta si todo sale como sueñan en Navarra, aparecían tres figuras que, vistas desde la óptica de las clásicas, parecían mensajes en una botella lanzada al mar del pavé. La primera, Davide Formolo.

Italiano, seis victorias profesionales que pesan mucho más que muchas listas más abultadas: una etapa en el Giro, otra en la Volta a Catalunya, otra en el Dauphiné, un campeonato nacional, Coppa Agostoni y Veneto Classic en 2023, además de podio en Lieja y carreras notables en Strade Bianche. Un escalador, sí, pero de los que se crecen cuando el día es largo, hace frío y la carrera se rompe en repechos encadenados. La segunda pieza, Carlos Canal, parece sacada del prototipo del ciclista moderno. Formado en el barro y el polvo del ciclocross y el BTT, doble campeón de España junior en ambas especialidades, pasó luego a la ruta con Burgos-BH, se curtió en Euskaltel y aterrizó en Movistar en 2024.

Al año siguiente regaló un catálogo sugerente: segundo en la Coppa Agostoni, tercero en la general de los 4 Días de Dunkerque, cuarto en el Tour de Valonia, top-20 en un Mundial exigente en Ruanda y también en Il Lombardia. En una conversación con Luis Pasamontes, confesaba que su obsesión son las clásicas, sobre todo las de cotas, desde Flandes hasta las Ardenas. Si hay un corredor que parece haber nacido para pasar de un circuito de ciclocross a un tramo de pavé mojado, es él. El tercer elemento de esta ecuación se llama Filip Maciejuk.

Polaco, 26 años, doble campeón nacional contrarreloj en 2024 y 2025, sale de Bahrain Victorious y de la estructura Red Bull–BORA–hansgrohe para enfundarse el azul. Lo suyo es esa potencia casi obscena que hace que los demás miren de reojo el cuentakilómetros: un rodador capaz de marcar ritmo en rectas interminables, acostumbrado a lidiar con abanicos, tensión de pelotón y días en los que el viento convierte cada curva en una trampa. El tipo de corredor que no se asusta cuando la velocidad supera los 55 por hora camino de Roubaix. En la otra mitad del escenario, el equipo femenino recordaba que, en pruebas de un día, Movistar ya ha aprendido a hablar otro dialecto.

Liane Lippert, Sheyla Gutiérrez, Francesca Barale, la ascensión al primer equipo de Paula Ostiz, campeona del mundo junior, y, sobre todo, la figura de Marlen Reusser, campeona del mundo de contrarreloj, componían un bloque con experiencia real en Lieja, Flandes o Roubaix. Las victorias y podios de Annemiek van Vleuten con el maillot azul en carreras de un día demostraron que, cuando el proyecto se lo propone, es capaz de dominar también esas batallas concentradas. Con ese panorama, la pregunta del bar dejaba de ser un simple pasatiempo. Imaginemos, decía uno, un Movistar que durante una primavera se olvida de las generales y se obsesiona con las clásicas.

Imaginemos que puede fichar a cualquiera de cualquier época. ¿Cómo sería ese Dream Team? El término, inevitablemente, arrastra otras imágenes: el baloncesto en Barcelona 92, la colección de dioses de la NBA bajando al parquet olímpico. Aquel equipo de Estados Unidos no solo ganó el oro, cambió la forma de entender las selecciones de estrellas.

Años después, programas como Conexión Vintage recrearon su gesta con mirada de antropólogo: Jordan, Magic, Bird, Barkley compartiendo vestuario fue una exhibición deportiva y, a la vez, un experimento cultural. La expresión se escapó del basket y se volvió comodín. Se habla de Dream Team cuando un conjunto reúne a varias estrellas de grandes vueltas, cuando una selección presenta un relevo mixto que acumula campeones del mundo, cuando un equipo femenino alinea a tres maillots arcoíris el mismo año. Incluso el videojuego se apropió del concepto: Mario & Luigi: Dream Team propuso a los hermanos italianos viajando entre el mundo real y los sueños de Luigi, jugando con esa dualidad entre lo tangible y lo imaginado.

Los creadores japoneses explicaban que la clave estaba en moverse continuamente entre esos dos planos, aprovechando que en el sueño las reglas se relajan. Algo parecido nos pasa cuando fantaseamos con equipos imposibles: abrimos la puerta de la vigilia, dejamos que entren los fantasmas de la historia y los sentamos en el mismo autobús que los chavales que están empezando. Si el objetivo es conquistar las grandes clásicas de un día, la arquitectura del Dream Team azul tiene que responder a esa exigencia. No sirve el modelo de un jefe de filas rodeado de gregarios obedientes.

En primavera, la gloria se reparte distinto: hacen falta varios líderes capaces de rematar, gregarios con talento suficiente para ganar si el guion cambia, corredores que acepten que un día trabajan para Boonen y al siguiente para Valverde porque el viento, el pavé o la forma dicen que debe ser así. Para Flandes y Roubaix, la columna vertebral resulta inevitable: Tom Boonen y Fabian Cancellara. Imagina el autobús azul aparcado en Oudenaarde con esos dos repasando el rutómetro. Boonen, dueño de los adoquines, sabiendo de memoria la longitud de cada sector, el punto exacto en el que la carrera se parte en el Carrefour de l’Arbre, el lado por el que conviene entrar a Mons-en-Pévèle aunque cueste bronca con medio pelotón.

Cancellara, al otro lado del pasillo, es la personificación de la brutalidad controlada: esos ataques largos, casi obscenos, en el Kwaremont o en el Grabenstraat, esa manera de ir sentado cuando todos se levantan, como si la bicicleta fuese una extensión de la carretera. Alrededor de ellos, un Sean Kelly que acepta, en esta realidad alternativa, renunciar a parte de su palmarés para ser el capitán de ruta perfecto. Kelly, vigilando que ningún azul se despiste antes de un sector, corrigiendo colocaciones, enfriando los ánimos cuando el lenguaje del pelotón se vuelve histérico. Y, doblando el tiempo, dos fenómenos contemporáneos como Wout van Aert y Mathieu van der Poel, enfundados de azul no por dinero, sino por capricho de la imaginación: capaces de ganar al sprint, desde lejos, en un repecho de tierra o en un circuito urbano iluminado por focos, dan a la escuadra esa sensación de omnipresencia que hoy lucen otros colores.

Es en ese corazón de piedra donde los Movistar reales se ganan su sitio. Maciejuk sería el motor que pone al equipo en cabeza antes de cada sector: kilómetros y kilómetros de trabajo invisible, siempre a 60 por hora, aguantando el manillar con fuerza cuando el pavé intenta arrancarle la bicicleta de las manos. Canal, con su pasado de ciclocrossman, leería cada tramo como un circuito encadenado: conoce el lenguaje del barro, sabe elegir la trazada menos mala, intuye dónde aparecerá el bache traicionero. A su lado, alguien como Iván García Cortina aportaría esa mezcla de velocidad y descaro que hace falta cuando la carrera se decide en un sprint reducido a quince supervivientes.

En las clásicas de cotas, la silueta del Dream Team cambia, pero la filosofía permanece. La Amstel Gold Race, Flecha Valona, Lieja-Bastoña-Lieja exigen otra clase de talento: puncheurs, fondistas capaces de soportar 250 kilómetros de sube y baja, hombres que entiendan que la carrera empieza de verdad cuando las piernas ya han gastado medio depósito. El liderazgo se repartiría entre un Valverde en plenitud, un Philippe Gilbert de sus mejores años —ese que parecía fabricado a medida para ganar en Cauberg o en el barrio de Ans— y un Formolo maduro, convertido en artesano de los encadenados de cotas. La táctica sería conocida, pero no por ello menos efectiva: fatigar a los rivales lejos de meta, endurecer cada paso por los muros clave, llegar a Huy, al Cauberg o a la Roche-aux-Faucons con el equipo reducido, sí, pero aún peligroso.

En ese tablero, Canal volvería a ser comodín. Suficiente fondo para aguantar todo el día, habilidad para manejarse con lluvia, carreteras estrechas y descensos nerviosos, y una punta de velocidad que lo convierte en amenaza real en grupos de diez o doce. En paralelo, la plantilla femenina del Dream Team azul completaría la obra: una Annemiek van Vleuten todavía en modo apisonadora, una Marianne Vos que se las sabe todas, una Lotte Kopecky que domina el pavé y las cotas como si llevara toda la vida recorriendo las carreteras flamencas, una Elisa Longo Borghini que encarna la dureza en estado puro. Rodeándolas, Reusser, Lippert, Gutiérrez, Barale, Ostiz… nombres que ya han vestido de azul o han peleado contra él en la vida real, ahora llamados a compartir liderazgo, fugas, ataques lejanos.

Sobre el papel, las ventajas de un equipo así parecen evidentes. Puedes lanzar ataques en cadena sin miedo a quedarte sin referencia, dividir la responsabilidad táctica entre varios líderes, jugar con los marcajes cruzados que tanto desesperan a los rivales. Si se fijan en Boonen, se les cuela Cancellara. Si todos miran a Valverde, aparece Gilbert.

Si controlan a Van der Poel en el último muro, un Canal desatado se aprovecha del desconcierto. La sola presencia de tantos nombres en la hoja de salida cambiaría la forma en que el resto del pelotón imaginaría la carrera incluso antes de tomar la salida. Hay beneficios menos visibles. Un joven como Canal aprendería en una primavera al lado de esos tótems más que en varias temporadas repartiendo esfuerzos entre vueltas modestas.

La cultura del equipo se contaminaría, en el buen sentido, de otra visión del sufrimiento: ya no solo puertos de veinte minutos, sino cotas explosivas, sectores de pavé, curvas donde perder una rueda significa despedirse de la carrera. El conocimiento acumulado en el equipo femenino sobre colocación, lectura del viento o elección de neumáticos podría trasladarse a los hombres sin complejos, en un intercambio que enriquecería a todos. Pero ningún Dream Team es inocente. El primer escollo son los egos.

Convencer a un campeón de Roubaix para que trabaje para otro campeón de Roubaix no es sencillo. Las decisiones de coche se convierten en cuchillos: elegir quién es el protegido en el Carrefour de l’Arbre, para quién se trabaja en el Cauberg, a quién se permite atacar a 60 kilómetros de meta y a quién se frena porque el director cree que debe esperar al sprint. Los rencores internos viajan más deprisa que las bicicletas. El segundo riesgo tiene que ver con la identidad.

Abarca lleva décadas siendo reconocida como una fábrica de escaladores y aspirantes a la general. Volcarse en las clásicas implicaría reorganizar recursos, calendarios, prioridades. Supondría aceptar que un ciclista importante renuncie a disputar una gran vuelta para llegar fresco a la primavera siguiente, o que el equipo dedique concentraciones enteras a reconocer Flandes, Roubaix, Amstel, como ya hacen otras estructuras. Es un giro profundo, no solo deportivo, también emocional.

El juego del bar, sin embargo, sirve para algo más que para rellenar silencios. De ese Dream Team imaginario pueden extraerse lecciones muy reales. La primera, la importancia de la diversidad de perfiles. Movistar ya empieza a buscarla: con Formolo y Maciejuk gana fondo para días largos y ventosos; con Canal incorpora técnica sobre barro y pavé; con la Academy abre una vía para detectar desde abajo talentos que piensen en muros y adoquines, no solo en puertos y cronos.

Cuanto más variado sea el catálogo, más flexibles serán las estrategias. La segunda es la necesidad de una planificación de primavera hecha a medida. No basta con enviar a Flandes a los mismos hombres que preparan la general del Tour para que acumulen días de competición. Hay que trabajar la colocación, estudiar la dirección del viento, ensayar entradas a los sectores de pavé en tercera o cuarta posición, aprender a perder el miedo a los frenazos en cadena.

El conocimiento está ahí: basta con mirar cómo los equipos especialistas preparan cada carrera casi como una obra de teatro, con pases específicos para cada tramo. La tercera lección tiene que ver con la forma de contar la propia historia. La saga Abarca ha edificado su mito alrededor de París, de Lausana, de los Campos Elíseos, de maillots de líder que se defienden durante semanas. Abrirse a las clásicas exige narrativas distintas: la del gregario que se convierte en héroe un domingo de abril, la de una especialista femenina que levanta los brazos en el velódromo de Roubaix, la de un chaval del Academy que se cuela en la fuga buena de Flandes y acaba octavo, pero con el barro pegado a la cara como una condecoración improvisada.

El regreso de El Día Menos Pensado en 2026, otra vez en Movistar Plus+, ofrece un escaparate perfecto para esa transición: cámaras dentro del autobús azul mientras los mecánicos colocan ruedas de 28 milímetros, directores que discuten si hay que arriesgar en el pavé o guardar fuerzas para el Cauberg. De vuelta al bar, la noche envejece. La tele sigue escupiendo imágenes de temporadas pasadas, el camarero apila sillas encima de las mesas, las luces se atenúan un poco. La conversación ha derivado hacia discusiones mínimas: quién debería mandar en el Carrefour de l’Arbre, cómo mezclarías a Boonen y Cancellara con Canal y Maciejuk, si Valverde habría sumado aún más victorias en las Ardenas con un bloque de clasicómanos a su servicio.

Nadie se pone de acuerdo y, en el fondo, tampoco hace falta. Lo que queda es la sensación de que este juego, este Mario & Luigi: Dream Team aplicado al autobús azul, permite mirar de otra manera a una estructura que muchos daban por encasillada. El Movistar de carne y hueso no va a contratar a los fantasmas del pasado, pero sí puede seguir tomando decisiones que lo acerquen a ese ideal: formar a sus propios especialistas, reforzar la cultura de las clásicas, aprender de su equipo femenino, aceptar que, a veces, cambiar una general por un domingo de barro también construye legado. El Dream Team de las clásicas, con ciclistas de todas las eras vestidos de azul, seguirá siendo un ejercicio de imaginación.

Y sin embargo, como en los mejores sueños, siempre hay un momento en el que algo se filtra a la vigilia: una rueda azul entrando entre los primeros en el pavé, un joven que se atreve a atacar en el último muro, una cámara que gira dentro del coche y enfoca a un director que, por primera vez, sonríe pensando en abril, no en julio.