Movistero
Material y estilo

Las bicis de Movistar: de Pinarello a Canyon

· 19 min · 3972 palabras

INTRODUCCIÓN: UNA HISTORIA DE CUADROS, COLORES Y RELATOS Si sigues el rastro del equipo de Eusebio Unzué no hace falta abrir los libros de resultados: basta...

Imagina un bar de carretera, media tarde de verano, la tele en silencio y un grupo de ciclistas con el maillot aún marcado por el sudor. Sobre la mesa, junto a las cañas y las tapas, alguien desliza el móvil y empieza a enseñar fotos: Indurain en Hautacam, Valverde en el Mur de Huy, Enric Mas subiendo un puerto asturiano. No hace falta fijarse en los dorsales ni en el nombre del patrocinador para saber qué equipo es. Basta con mirar los tubos, el color del cuadro, el dibujo de la horquilla.

La historia de la estructura de Abarca Sports se puede leer así, de bicicleta en bicicleta, como si cada generación de material fuera un capítulo más en una novela que todavía no se ha terminado de escribir. Hay equipos que se identifican con un corredor, con una etapa concreta, con un maillot. El Reynolds–Banesto–Caisse–Movistar de Eusebio Unzué se reconoce, también, por sus monturas. De las Razesa de acero blanco y verde a las Pinarello azul Banesto, de las iBanesto punteadas por la fiebre puntocom a las Canyon azules y afiladas de hoy, la bici cuenta cómo ha ido cambiando el ciclismo, pero también cómo ha decidido el equipo relacionarse con la tecnología y con el aficionado que mira desde el sofá.

Si uno rebobina hasta los años ochenta, el primer fotograma tiene el sabor de otro tiempo. Maillot Reynolds, blanco casi inmaculado cruzado por una franja verde oscura, ruedas de perfil bajo, cables de freno colgando al aire como lianas. Razesa fabrica cuadros de acero en casa, geométrias a medida para cada corredor, soldaduras hechas con mimo más que con CFD. Aquellas bicis pesan lo que hoy puede pesar una gravel cargada con bolsas y guardabarros, y sin embargo son la herramienta con la que se disputan Tours, Vueltas y clásicas.

El carbono aparece en escena a través de TVT, con esos cuadros de tubos pegados que parecen más un experimento de laboratorio que un producto de catálogo. Nada de grandes series: intuición, ensayo y error, sensibilidad del corredor y del director deportivo como principales sensores. Con la llegada de Banesto a finales de los ochenta, el decorado se italianiza. En el frontal del maillot aparece el banco navarro, pero en el triángulo principal del cuadro empieza a leerse un apellido que acabará siendo casi sinónimo de la casa: Pinarello.

El azul Banesto se funde con la estética de Treviso: tubos afinados, cierto arqueo en las horquillas, cromados en punteras y detalles de unión que recuerdan que venimos del acero aunque el aluminio esté llamando a la puerta. Para todo un país, la bici del equipo es, sin matices, una Pinarello azul y blanca. Si alguien venía de la tienda con un cuadro de esa marca y esos colores, no decía que se había comprado una flaca nueva; decía que se había comprado “una Banesto”. Los años de Miguel Indurain en el Tour fijan esa asociación en la memoria colectiva.

Basta poner en YouTube la crono de Bergerac o la subida a La Plagne para comprobar cómo la bici tiene casi tanta personalidad como el corredor: postura baja, potencia interminable, frontal limpio, ruedas que parecen discos de vinilo apoyados en el asfalto. En montaña, la marca experimenta con el carbono apoyándose en aquellos prototipos TVT que luego acabarán en manos de coleccionistas; en contrarreloj, la Espada rompe todas las referencias, con su recorte radical, los tubos cerrados como un cuchillo y las lenticulares girando como si fueran parte de un decorado de ciencia ficción. Más que una bici, parece un objeto prestado del futuro. El futuro, sin embargo, pasa rápido.

Lo que en su momento es pura vanguardia se convierte en reliquia apenas unos años después. De vez en cuando asoma alguien que ha dedicado su vida a perseguir esos fantasmas de carbono. Hace no mucho, un coleccionista navarro enseñaba a la prensa regional su tesoro: siete bicicletas de Indurain, varias Pinarello diseñadas por Dario Pegoretti, cuadros de épocas distintas alineados en un garaje que parecía una capilla laica del ciclismo. Contaba cómo distinguía lo auténtico de lo que no lo era: una soldadura demasiado perfecta, una medida de biela que no corresponde, un paso de cable que no existía en aquella temporada.

Detalles minúsculos convertidos en claves para desentrañar una mitología. El simple hecho de que alguien dedique años a reunir y catalogar esas máquinas dice mucho de cómo se ha revalorizado aquel material. Cuando Banesto desaparece del maillot, la Pegoretti–Pinarello del equipo no se va a ninguna parte. Entran iBanesto.com, los Illes Balears, Caisse d’Epargne, cambian los colores, cambian los sponsors secundarios, pero el cuadro sigue gritando Italia.

De los blancos con pinceladas azules se pasa a combinaciones de negro, rojo y verde; de las líneas suaves se evoluciona a tubos algo más musculados; el aluminio va dejando sitio al carbono monocoque. Sin embargo, al ojo del aficionado hay continuidad: frenos de zapata finamente ajustados, ruedas de aluminio de perfil medio que soportan golpes y frenadas de un calendario que todavía abusa de carreteras rugosas, manillares que empiezan a compactarse, potencias que se alargan unos milímetros cada generación. En esos años, el carbono ha ganado la batalla. Los grupos se afinan, suben de gama, incorporan rampas de los platos mejor estudiadas, joyería industrial en forma de desviador.

Pero la sensación sigue siendo reconocible para el corredor veterano: una bici nerviosa pero noble, que frena a base de goma contra aluminio, que se ajusta con cables y fundas, que se puede desmontar casi entera con una bolsa de llaves Allen y poco más. La filosofía de Abarca se mantiene: cambiar de camiseta si hace falta, pero no de montura cada dos temporadas. Las relaciones con los proveedores son largas, casi matrimonios; hay confianza y memoria compartida. El salto a Movistar en 2011 es, sobre todo, un cambio de relato visual.

Telefónica trae el azul corporativo, el logo redondeado, un aire de modernidad tecnológica que encaja con la época de los smartphones. Durante un tiempo, sin embargo, el esqueleto sigue siendo el mismo: cuadros Pinarello pintados de azul profundo, horquillas inconfundibles, esa sensación de ver a Valverde, un corredor forjado en los noventa, sobre una bici que en realidad pertenece a las dos eras. Cuando gana, parece un canterano estrenando equipación nueva pero jugando el mismo fútbol de siempre. Ese vínculo emocional con la marca italiana no se disuelve de la noche a la mañana.

El propio Valverde lo reconoce cuando, a mediados de la década, le preguntan por el cambio de bicicleta. Habla de Pinarello como de “un maquinón”, de algo con lo que había crecido, y a la vez admite que la Canyon Ultimate que llega a su vida le ha sorprendido, que la transición ha sido menos traumática de lo que muchos suponían. En esa confesión se condensa el dilema de toda una generación: dejar atrás la bici con la que te hiciste profesional para abrazar una propuesta que promete más racionalidad, más eficiencia, menos nostalgia. La fecha exacta del giro está escrita en un comunicado de prensa: enero de 2014.

Movistar Team anuncia que, a partir de esa temporada, correrá con bicicletas Canyon. Sobre el papel, se trata del número uno del ránking UCI subido a los modelos de gama alta de una marca alemana que hasta entonces había brillado, sobre todo, en test de revistas y foros de aficionados. En la práctica, es una operación con varias capas. Hay un plano técnico evidente: cuadros avanzados en rigidez, peso y aerodinámica, diseños probados en túneles de viento y comparativas independientes.

Hay una dimensión empresarial: una teleco global se asocia con una firma que vende directamente al consumidor por internet, sin intermediarios, y que ve en el equipo un escaparate de primera. Y hay una lectura estética: del romanticismo italiano del cromado y la curva se pasa a líneas rectas, aristas limpias, integración agresiva de cables y componentes. Roman Arnold, fundador de Canyon, lleva años repitiendo una idea simple: construir la mejor bici del mundo y demostrarlo en el máximo nivel. Para Abarca, la decisión es arriesgada.

Supone despedirse de décadas de relación con fabricantes italianos, reorganizar por completo el taller, cambiar recambios, protocolos, soportes técnicos. Supone enviar a sus mecánicos a aprender otra forma de entender el cuadro y los componentes, adaptarse a una marca que puede iterar más rápido, que quiere usar al equipo como banco de pruebas rodante. A cambio, el potencial es enorme: geometrías ajustadas a los corredores, tamaños intermedios, prototipos específicos, feedback directo que se traduce en cambios en las gamas que luego se venden al público. La nueva era arranca con tres siglas que se van a repetir: Ultimate, Aeroad y Speedmax.

La Ultimate CF SLX aparece como heredera de la clásica bici de escalada, afinada hasta el límite permitido por la UCI. La Aeroad CF se presenta como la respuesta a una pregunta que el ciclismo lleva años haciéndose: ¿cuánto se puede ganar limando el aire alrededor del cuadro? La Speedmax, en contrarreloj, radicaliza esa búsqueda con extensiones ajustables, frenos escondidos, perfiles que parecen cortar el viento antes incluso de moverse. De repente, la bici de un Movistar dejan de ser una postal italiana para convertirse en un folleto de ingeniería alemana.

La convivencia entre la Ultimate y la Aeroad dentro del equipo funciona como un espejo de la propia evolución del ciclismo de carretera. La Ultimate CF SLX primero, y más tarde la Ultimate CFR, encarnan la bici total de montaña: peso por debajo del límite reglamentario incluso con frenos de disco, geometría que mezcla reactividad y estabilidad, comportamiento predecible en jornadas de frío, lluvia y viento cruzado. En las fichas de las unidades que Canyon libera años después en su outlet profesional se reconoce un estándar: cuadros ligerísimos, horquillas específicas, grupos electrónicos de doce velocidades, casetes que combinan un 10 pequeño con piñones de hasta 30 dientes, ruedas Zipp 454 o 303, neumáticos tubulares o tubeless de 25 milímetros, sillines Fizik, cockpits integrados en los que manillar y potencia son una única pieza. La Aeroad, es hija de la era aero.

Desde las primeras versiones hasta la actual Aeroad CFR, el cuadro se ha ido cerrando, afinando los ángulos de cada encuentro de tubos, integrando de forma obsesiva cableado y manillar, jugando con perfiles diseñados para cortar el aire y redirigirlo. Las monturas del equipo combinan grupo electrónico, ruedas de perfil alto como las Zipp 303 Firecrest, neumáticos de 28 milímetros pensados para rodar a presiones más bajas, cockpits ajustables en anchura para afinar la posición. La bici no se limita a avanzar; es un ala rodante. Sobre el papel, la lógica de uso es sencilla: Ultimate para grandes jornadas de montaña, puertos encadenados, etapas de desgaste; Aeroad para llanos ventosos, finales explosivos, clásicas donde cada vatio ahorrado en el lanzamiento del sprint puede significar un podio.

En la realidad, todo es más matizado. Hay escaladores que se sienten más seguros en la Aeroad por la manera en que filtra el viento lateral, rodadores que prefieren la naturalidad de la Ultimate porque les permite colocarse mejor en pelotón y bailar la bici en repechos. Los directores deportivos no solo miran el perfil en el rutómetro: estudian el estado del asfalto, la previsión de viento, el tipo de llegada, el carácter de cada corredor. El parte de bicis cada mañana se parece ya más a una hoja de ruta de ingeniería que a una simple lista de materiales.

El segundo gran terremoto llega en 2020, y esta vez no afecta al cuadro sino a las tripas de la transmisión. Tras casi cuatro décadas de continuidad con el mismo proveedor de grupos, el equipo decide abrazar el universo de SRAM para la transmisión y el frenado, Zipp para las ruedas y Quarq como referencia en potenciómetros. En una entrevista, Unzué reconoce el alcance del movimiento: no se trata de cambiar de modelo, sino de pasar página tras 37 años de una misma familia de componentes. Es casi una ruptura generacional.

El argumento técnico es contundente. El eTap AXS ofrece cambios electrónicos inalámbricos, que simplifican enormemente el cableado interno en cuadros ya muy integrados. Los frenos hidráulicos de disco traen consigo más potencia y mejor modulabilidad, especialmente en descensos mojados, donde el viejo miedo a la zapata empapada se disipa. Los casetes 10-33 abren el abanico de desarrollos: plato grande de 52 o 54 dientes con un piñón de rescate para las rampas imposibles.

Los potenciómetros Quarq, integrados en las bielas, suministran datos de potencia estables y fiables, datos que aterrizan en los ordenadores de entrenamiento del equipo y, desde allí, en las decisiones que se toman en el coche. A nivel de imagen, la transformación se ve en cualquier galería de fotos de aquel 2020: Ultimate y Aeroad CF SLX con discos, ruedas Zipp 303 y 454 en etapas de ruta, 858 y discos lenticulares en contrarreloj, mangueras hidráulicas sustituyendo a cables de acero. Los comunicados hablan de “nuevos aires” para las monturas del equipo y, por una vez, la expresión no suena hueca. La bici cambia de carácter.

Los corredores lo notan en las manos al frenar, en la respuesta del cambio bajo carga, en la tranquilidad que da saber que, si llueve, el margen de error se amplía unos milímetros. La apuesta no está exenta de riesgos. El taller se convierte en un pequeño laboratorio electrónico: hay baterías que cargar, diagnósticos que pasar, actualizaciones de firmware que respetar. Un despiste en la carga de un cambio o un potenciómetro puede arruinar una etapa clave.

Los discos imponen nuevos protocolos en los coches de equipo: ruedas específicas, discos de repuesto, atención a las temperaturas después de descensos largos. Pero el pelotón entero está girando en esa dirección, y quedarse fuera tendría un coste deportivo y de imagen difícil de asumir. Dentro de esa nueva normalidad tecnológica, la Aeroad CFR que se incorpora al arsenal del Movistar en torno a 2022 representa la destilación más pura de lo que hoy significa una bici WorldTour. En las concentraciones de pretemporada, las fotos de la montura de Emma Norsgaard parecen un catálogo comprimido: grupo SRAM Red eTap AXS HRD, ruedas Zipp 303 de gama altísima, neumáticos Continental de competición de 25 milímetros, pedales Look Kéo Blade Carbon, sillín Fizik, cinta Lizard Skins, bidones ligerísimos, potenciómetro Quarq, ciclocomputador Garmin Edge encendido en la potencia.

No es solo una suma de logos: es un sistema en el que cada pieza está pensada para comunicarse con las demás. Esa es quizá la gran diferencia con las Razesa de acero o incluso con las primeras Pinarello del Banesto. La bici ya no es un conjunto de piezas que conviven; es una red de sensores, transmisores y receptores. El potenciómetro habla con el Garmin, el grupo se puede configurar desde una aplicación, los datos de carrera vuelan al servidor del equipo para ser analizados por preparadores y analistas.

El cuadro de Canyon, con su rigidez feroz, está diseñado para que toda esa información se traduzca en velocidad sin interferencias. Si en los noventa el material era, sobre todo, músculo, ahora también es cerebro. La Ultimate CFR comparte ese ADN pero desplaza ligeramente el foco hacia la ligereza y cierta comodidad adicional sin perder ni un gramo de carácter. Combinada con ruedas de perfil algo más contenido, se convierte en el arma ideal para jornadas tipo Tourmalet o Angliru, donde no mata una arrancada puntual, sino la acumulación de horas subiendo.

Las versiones que Canyon pone a la venta como “Team” en su tienda profesional son, a efectos prácticos, las mismas que han llevado los corredores: mismo cuadro, mismo grupo, mismas ruedas, con el añadido de alguna marca de bidón o un pequeño toque en el barniz que delata su vida anterior. La decisión de ofrecer esas máquinas al público con la etiqueta de ex–pro no es un simple gesto comercial. Acerca, como nunca antes, la frontera entre lo que se ve por televisión y lo que se puede tener en el garaje. De repente, el aficionado con presupuesto suficiente puede colgar en su casa una bici con la que alguien ha disputado una etapa del Tour.

El salto de la pantalla al salón se reduce a un clic. Si en vez de fijarte en el cuadro amplías el plano a toda la escuadra, el reconocimiento sigue siendo inmediato. Imagina una foto de grupo del Movistar en la salida de una grande. Aunque recortaras a los corredores y dejaras solo lo que llevan puesto y lo que montan, seguirías sabiendo de qué equipo se trata.

Casco Abus con su ventilación característica, gafas 100% cerrando el rostro, zapatillas Fizik en colores llamativos, equipación Gobik de azul vibrante, coches CUPRA al fondo, ciclocomputadores Garmin alineados en las potencias, bidones con el sello de la marca de nutrición del equipo. Es un universo reconocible, una firma visual que salta de la pantalla. En la página de partners del conjunto, cada marca se presenta con su pequeño manifiesto. Canyon describe la Aeroad CFR como una bici más resistente, más inteligente, más adaptable, probada tanto en túnel de viento como en el máximo nivel competitivo.

Abus habla de seguridad y rendimiento, Gobik de diseño inconformista y producción responsable, SRAM de soluciones elegantes para empujar los límites físicos. El mensaje que se construye capa sobre capa es claro: el equipo quiere ser sinónimo de tecnología puntera, sí, pero también de estilo nítido, de identidad. Para la afición, esa identidad se puede reproducir casi pieza a pieza. La bici es la punta del triángulo, pero alrededor hay un casco, unas gafas, un maillot, unas zapatillas, un ciclocomputador, una cinta de manillar, incluso un coche oficial, que se pueden comprar.

Cada vez que un corredor del Movistar entra escapado en una etapa televisada, no solo vende su esfuerzo; está enseñando un catálogo entero en directo. La tentación entonces es comprensible. El espectador que ve a Mas, a Norsgaard o a un neoprofesional anónimo en pantalla piensa: “quiero esa bici”. En la etapa Canyon, esa aspiración tiene más caminos que en la época Pinarello.

La venta directa, los outlets profesionales, las series limitadas con los colores del equipo permiten, de forma puntual, hacerse con una Ultimate CF SLX Team Movistar o una Aeroad CFR prácticamente calcada a la que usa el líder de filas. Pero hay letra pequeña. Las geometrías de competición no son un capricho estético: son agresivas, alargadas, bajas. Una potencia demasiado larga, un manillar demasiado estrecho o ancho, una diferencia grande de altura entre sillín y manillar pueden ser pólvora para la espalda de un aficionado que solo sale los fines de semana.

Las ruedas de perfil alto que a un profesional le permiten cortar el viento a cincuenta y tantos por hora pueden convertirse en una vela traicionera en un día de viento lateral mal gestionado. Los desarrollos elegidos para una crono llana del WorldTour resultan absurdos si vives rodeado de repechos y sales dos días por semana. La buena noticia es que se puede copiar la lógica sin replicar la fórmula al milímetro. Elegir el tipo de cuadro según la zona por la que pedaleas, ajustar el perfil de las ruedas al viento habitual, priorizar buenos neumáticos de 25 o 28 milímetros y una presión adecuada, invertir en un estudio de posición antes de empeñarse en bajar la potencia.

Si el presupuesto lo permite, un grupo electrónico aporta suavidad y comodidad diaria; un potenciómetro solo tiene sentido si se va a entrenar con cierta disciplina. En cuanto al resto, a veces basta con regalarse un casco parecido, unas gafas, una equipación que haga ilusión. Sentirse un poco parte de la historia suma tantos vatios imaginarios como una rueda nueva. La transición de Pinarello a Canyon, y del viejo universo de grupos mecánicos a la electrónica inalámbrica de SRAM, ha tenido efectos claros en la forma en que se percibe al Movistar.

Por un lado, ha situado a la estructura en el centro de la conversación tecnológica. Cuando se habla de frenos de disco, de integración de cables, de geometrías modernas, de ruedas con perfiles variables en función de la profundidad, el equipo aparece con material que respalda el discurso. El mensaje hacia los corredores es sencillo: no habrá excusas con la bici. El mensaje hacia los patrocinadores, también: aquí se entiende que el ciclismo de élite es un escaparate de producto continuo.

Trabajar con una marca de venta directa facilita además una relación muy estrecha en desarrollo. Canyon puede iterar cuadros en diálogo con los ingenieros del equipo, jugar con flexiones específicas en vainas o tirantes para contentar a escaladores y rodadores, probar soluciones de cockpit que no verán la luz comercial hasta uno o dos años después. Lo que se aprende en la Vuelta a España acaba filtrándose, de manera más o menos evidente, a las gamas que luego aparecen en la web para cualquiera. Del otro lado de la balanza hay un coste emocional que no se mide en vatios ni en segundos.

Para buena parte de la afición, la foto mental de Indurain con las Pinarello azul y blanca, o de Delgado, o del Chava, está ligada a esa marca de una manera casi indisoluble. Cuando el equipo se sube a otra bicicleta, cuando el nombre Banesto desaparece del pecho y del tubo diagonal, se corta un puente simbólico. No es que la nueva bici sea peor; es que remueve recuerdos. Algo parecido sucede con la estética ultra integrada de las monturas actuales: potencias monolíticas, tijas específicas, piezas propietarias que dificultan la personalización extrema y encarecen el mantenimiento para quien no tiene detrás a un mecánico de equipo.

El Movistar puede permitirse talleres especializados, recambios hechos a medida, cuadros de sustitución a la carta. El aficionado que se compra una Aeroad CFR quizá no. Si se rompe una potencia integrada o una tija especial, no siempre es tan fácil ni tan barato encontrar repuesto como lo era hace treinta años para un manillar y una potencia de aluminio estándar. Elegir esa bici implica aceptar que se entra en una arquitectura muy sofisticada, con sus ventajas y sus servidumbres.

Y sin embargo, cuando uno coloca en fila la Espada de Indurain, una Pinarello Banesto de 1992, una Canyon Ultimate CF SLX de 2014 y una Aeroad CFR actual del Movistar, el hilo no se rompe. Casi parece que se estén mirando entre sí. Los pesos, las geometrías, los frenos, las ruedas, la forma de entender el aire y el asfalto han cambiado hasta resultar irreconocibles, pero la idea de fondo es la misma: la bici como pieza central de la identidad del equipo, como espejo tecnológico de cada época. Abarca Sports ha sabido deslizarse por esa pendiente sin caerse.

Ha pasado de la artesanía de Razesa y Pegoretti a la ingeniería de Canyon, de los grupos mecánicos italianos a la electrónica inalámbrica, de los neumáticos estrechos e hiperinflados de los noventa a los tubeless de 28 milímetros pensados para volar a cuarenta y cinco por hora con algo más de control. Por el camino, ha mantenido una forma de competir reconocible: pasión por la montaña, confianza en corredores completos, ambición en las grandes vueltas. Hoy, cuando ves una Aeroad CFR azul con logos de Movistar y ruedas Zipp tirando del pelotón en una etapa del WorldTour, estás viendo mucho más que un objeto de carbono. Estás viendo la última página, por ahora, de una historia que empezó con un maillot blanco y verde, siguió con la Espada partiendo en dos el tiempo del Tour y continúa con Valverde, Mas y quienes vengan después.

Las bicis han cambiado de apellido, de color y de acento, pero siguen siendo el idioma en el que el equipo se explica al mundo: de Pinarello a Canyon, de la barra de un bar a la pantalla del televisor, una misma historia contada a través de tubos, cables invisibles y latidos a ciento ochenta por minuto.