Eusebio Unzué: el director más longevo del pelotón Si rebobinas cualquier VHS de ciclismo de los ochenta, si paras un segundo cualquier retransmisión de los noventa o le das al play a una etapa en streaming de hoy, hay un plano que se repite como si el tiempo fuera un círculo: un coche de equipo pegado a la cola del grupo, una ventanilla bajada, un hombre asomado con el brazo apoyado en la puerta y la mirada clavada en las bicicletas. Antes el coche era blanco y azul de Banesto, luego rojo y negro de Caisse d’Epargne, más tarde el azul intenso de Movistar, ahora un blanco casi quirúrgico con pinceladas verdes y el logo de una naviera en el bajo del maillot. El gesto, en cambio, no se mueve. El mismo rictus, la misma calma, la misma forma de escuchar por la radio el jadeo de los corredores.

Es Eusebio Unzué Labiano, el hombre que ha pasado la vida sentado ahí, en el asiento que separa el volante y el ciclismo profesional. Imagina una etapa de alta montaña cualquiera. El helicóptero rugiendo encima, el zumbido de las motos de fotógrafos, el público pegado a las cunetas con banderas de medio mundo. Las cámaras buscan a los favoritos, los nuevos talentos, las estrellas que juegan a derribarse en pleno puerto.

Pero si bajas un poco el plano y te detienes en la caravana, verás a ese navarro de setenta años, con el pelo plateado, casi siempre con camisa y chaleco, agarrando un papel arrugado donde se mezclan nombres, tiempos intermedios y notas de última hora. Otra subida, otro día detrás del cristal, otra jornada en ese trabajo extraño que consiste en dirigir una carrera sin dar una sola pedalada. Para entender cómo llega alguien a ocupar ese asiento durante medio siglo hay que alejarse de los puertos alpinos y volver a un lugar mucho menos glamuroso: el polígono de Ipertegui, en Orcoyen. Allí, entre naves bajas y silos de grano, la familia levantó Piensos Unzué en 1955, la empresa con la que Eusebio creció viendo camiones entrar y salir, escuchando a ganaderos hablar de precios, margas y sequías.

El negocio era sencillo en apariencia: fabricar alimento para animales de manera fiable, entregar a tiempo, conocer a cada cliente por su nombre. Una cadena de esfuerzo silencioso, sin focos, donde un fallo podía arruinar la temporada de una granja. Esa cultura de perseverancia y servicio explica mejor que cualquier teoría por qué el navarro nunca concibió su equipo como un simple soporte publicitario. En las paredes de la oficina del pienso irían apareciendo fotos de Indurain, de Valverde, de Quintana, pero el lenguaje del lugar seguía siendo el de los albaranes y las rutas de reparto.

Lo más parecido a una concentración ciclista era una reunión con proveedores. Y, sin embargo, ahí se forjó una idea que luego trasladaría a la carretera: los proyectos duran cuando hay estructura, cuando la marca puede cambiar pero el esqueleto permanece. De niño, a Eusebio le fascinaban más las bicicletas que los camiones. No era el típico talento destinado a arrasar en juveniles, pero sí el chaval que se quedaba mirando cómo se leía una carrera.

Entró como corredor en el Irurtzungo Nuevo Legarra entre 1970 y 1972, un equipo de la zona donde la dureza la ponían tanto los puertos como las carreteras estrechas y las noches en hostales de colchones hundidos. Mientras algunos compañeros soñaban con fichar por un gran equipo, él se descubría pendiente de otros detalles: dónde se colocaba cada uno antes de un abanico, cómo se descomponía un grupo en una cuneta, qué cara ponía el rival cuando le faltaba un punto de fuerza. No era el más fuerte, pero veía cosas. Y lo veía todo.

Por eso, cuando apareció la oportunidad de cambiar de lado y probar como director, no le costó. Entre 1973 y 1984 se convirtió en el jefe de carretera del Reynolds amateur, la cantera que recorría España de norte a sur con una furgoneta cargada de bicis, maletas, bidones y sueños. Fueron años de aprendizaje brutal: madrugones interminables, dietas improvisadas en bares de polígonos, negociaciones a última hora con organizadores que prometían hoteles que después no existían. Allí entendió que una buena táctica se cocina la noche antes, en la sobremesa, escuchando a los corredores, y no solo en el briefing solemne del desayuno.

Eran tiempos de papel y bolígrafo, de tiempos apuntados a mano con el pulso alterado, de cambios de rueda hechos a la carrera sin pensar en cámaras a bordo ni en repeticiones en alta definición. También eran tiempos de intuición. El director joven de Reynolds aprendió a decidir con cuatro datos y un presentimiento: el viento que giraba, una nube que tapaba el sol, la forma en que un rival se levantaba del sillín. Ese olfato, afinado durante miles de kilómetros de furgoneta, sería su única constante en un deporte que después se llenaría de potenciómetros, algoritmos y pizarras electrónicas.

La década de los ochenta abrió una puerta inesperada. INASA-Reynolds, la empresa navarra de aluminio que había acompañado a los amateurs, decidió dar el salto al profesionalismo en 1980. Lo lógico habría sido fichar a un director de renombre, alguien con pedigrí internacional. Pero en Navarra optaron por otra cosa: confiar en lo que tenían en casa.

José Miguel Echávarri, ex ciclista y tipo de ideas claras, tomó el papel de arquitecto general. A su lado, como puente con los corredores y hombre de coche, se colocó Eusebio, que apenas rondaba los 25 años y aún conservaba la timidez de quien siente que todo esto le viene un poco grande. Aquel dúo resultó explosivo en su discreción. Echávarri miraba el bosque: patrocinadores, calendario, evolución del ciclismo, relaciones políticas.

Unzué se centraba en los árboles: los corredores, el masajista enfadado porque faltaban camillas, el mecánico al que había que escuchar cuando decía que una rueda no giraba fina, el joven que necesitaba media hora de charla en el pasillo del hotel para creer que podía entrar en la escapada al día siguiente. Entre ambos fueron levantando un proyecto extraño para la época: un equipo que no se concibiera como algo coyuntural, destinado a desaparecer cuando el patrocinador se cansara, sino como una estructura con vida propia. Reynolds empezó como un invitado agradecido a las grandes carreras y terminó por colarse en sus finales. Por esa camiseta pasaron Ángel Arroyo, segundo en el Tour de 1983, y un chico de Segovia que al principio parecía más inconformista que ganador, Pedro Delgado.

El equipo aprendía deprisa a manejar la presión de las grandes rondas. Seguía siendo una formación de provincia, pero cada vez que un corredor suyo se metía en una escapada de montaña, en el coche de detrás había un director que tomaba nota mental de todos los errores, por si alguna vez le tocaba jugar la general de verdad. Esa vez llegó con un cambio de logo. En 1990 Banesto decidió que el ciclismo era el escaparate perfecto para su imagen de modernidad financiera y se subió al proyecto navarro.

Cambiaron los colores, cambió el nombre, llegaron más recursos, pero la esencia siguió en Egüés y en Orcoyen. El nuevo maillot blanco y azul ocultaba la misma base de siempre. Banesto traía ambición y dinero; la estructura aportaba oficio y memoria. No eran un matrimonio perfecto, pero sí una alianza deseada.

Por entonces, Pedro Delgado ya era un campeón consagrado, ídolo de una generación que se había enamorado del ciclismo con su Vuelta y su Tour. Y, al fondo, aparecía un gigante silencioso de Villava, Miguel Indurain, que generaba más dudas que certezas: demasiado alto, demasiado frío en apariencia, demasiado tranquilo para la leyenda. Pocos imaginaban que aquel rodador parsimonioso iba a arrasar el Tour desde la contrarreloj. En el coche, sin embargo, Echávarri y Unzué empezaban a ver otra cosa: un motor inagotable si se le rodeaba bien.

Eligieron una apuesta radical. Construyeron un equipo a medida de Indurain. Gregarios que sabían exactamente dónde colocarle en los abanicos, rodadores capaces de reventar la carrera desde el llano, escaladores que imponían un ritmo mortífero para enfriar cualquier intento de ataque. Renunciaron a parte del calendario de clásicas para volcar energías en el Tour y el Giro.

Entendieron que la temporada se podía sacrificar a una doble o triple apuesta de tres semanas. A muchos les costó aceptarlo; para ellos era casi una cuestión de fe. El resultado fue una dinastía: cinco Tours consecutivos entre 1991 y 1995, dos Giros, una Vuelta, millares de aficionados pegados a una televisión que convertía cada crono en un ritual. La mano de Unzué estaba en cada detalle.

No era el genio que improvisa movimientos geniales, sino el relojero que prefiere evitar el caos. El plan era simple y devastador: dominar en las contrarrelojes, controlar en la montaña, forzar a los rivales a ataques lejanos que parecían heroicos pero eran, a menudo, suicidas. Ese estilo de entender las grandes vueltas, eficiente hasta la exasperación, marcó a fuego la imagen del equipo. Durante años, cada vez que alguien acusaba a Banesto —y luego a Movistar— de correr “a la defensiva”, en el fondo estaba hablando de la sombra alargada de aquellos años de Indurain.

Banesto no fue solo Miguel. Con la misma estructura ganaron la Vuelta con Delgado, dieron rienda suelta a la montaña desatada de Chava Jiménez, sostuvieron la carrera de Abraham Olano, cuidaron a ciclistas de largo recorrido como Melcior Mauri o Armand de las Cuevas. Visto desde hoy, el palmarés abruma: ocho Tours, seis Giros, cinco Vueltas, más de mil victorias profesionales entre todas las denominaciones del equipo masculino. En esa lista aparecen nombres de patrocinadores que fueron cambiando, pero un observador atento puede trazar una línea continua desde la primera victoria de Reynolds hasta la última etapa de Movistar.

En prácticamente todas, en algún momento del día, hubo un coche con Eusebio dando una instrucción, conteniendo un arrebato o poniendo calma tras una bronca. Luego llegó la resaca. Banesto se fue del ciclismo en 2003 envuelto en sus propios problemas internos y dejó a la escuadra en el aire. Podía haber sido el final.

En lugar de eso, la respuesta fue jurídica y casi emocional: en diciembre de ese año nació Abarca Sports, con Echávarri, Unzué y el abogado Francisco Fernández Maestre como socios. Se trataba de blindar la estructura, darle soporte legal y patrimonial propio, reducir la dependencia del patrocinador de turno. El equipo pasaba a tener una casa con escrituras, no solo una marca estampada en la camiseta. Los años siguientes fueron raros y turbulentos.

Bajo nombres como iBanesto.com, Illes Balears o Caisse d’Epargne, la escuadra seguía ganando, pero el ciclismo entero vivía sumido en la sospecha. El caso Landis explotó en el Tour 2006 y convirtió a Óscar Pereiro, corredor de Illes Balears–Caisse d’Epargne, en ganador por sustitución un año después, en una ceremonia fría en Madrid que tuvo más de trámite burocrático que de fiesta. Aquella imagen de Pereiro recibiendo por fin el maillot amarillo resumía bien la época: victorias que daban casi tanto trabajo en términos de reputación como satisfacción deportiva. La tormenta se intensificó con la Operación Puerto.

Alejandro Valverde, llamado a ser el gran líder de la estructura y de todo el ciclismo español, acabó sancionado dos años tras el dictamen del Tribunal de Arbitraje Deportivo que vinculó su sangre a las bolsas de la trama de dopaje. De repente, el equipo se quedó sin su figura central. Valverde era la apuesta deportiva y la cara del patrocinador; perderlo significaba rehacer planes, justificar ante Caisse d’Epargne que el proyecto seguía vivo y soportar titulares que ponían en duda a todos por defecto. En esos años de plomo, la figura de Unzué dejó menos titulares pero mantuvo su peso específico.

Su trabajo consistía menos en diseñar ataques y más en hacer pedagogía: convencer a los patrocinadores de que el ciclismo podía regenerarse, persuadir a los corredores de que seguir merecía la pena, proteger al personal del desgaste moral de ser tratados como sospechosos permanentes. Aguantar, más que ganar. No es un verbo brillante, pero sin esa capacidad de resistencia, la historia se habría detenido ahí. La reinvención tomó forma en 2011.

Caisse d’Epargne decidió bajarse del proyecto y, cuando la incertidumbre asomaba otra vez, apareció Telefónica. El equipo pasó a llamarse Movistar Team y entró de lleno en otra dimensión. Ya no se trataba solo de un patrocinador potente; era una multinacional con intereses en Latinoamérica, obsesionada con la imagen, el contenido digital, las historias que pueden contarse más allá del resultado de una etapa. Las presentaciones salieron de los pequeños teatros para instalarse en auditorios de alta tecnología, el maillot se convirtió en icono reconocible en medio planeta, la comunicación dejó de ser una nota de prensa y una llamada al diario de cabecera.

El salto quedó cristalizado en 2020 con el estreno del documental “El día menos pensado”, producido por la propia Movistar y emitido en grandes plataformas. De repente, las cámaras entraron en el santuario: el bus, las habitaciones, el coche de dirección. Se escucharon las discusiones que antes imaginábamos, se vieron miradas que hasta entonces solo conocían los integrantes del equipo. La barriga del monstruo, abierta de par en par.

Para las nuevas generaciones, que conocieron el ciclismo tanto por Netflix como por las retransmisiones tradicionales, Unzué dejó de ser un nombre de rótulo para convertirse en un personaje: el veterano que intenta contener el fuego cruzado entre líderes, el hombre de pocas palabras que, cuando habla, lo hace para recordar que ese proyecto ha atravesado ilusiones, escándalos y eras distintas. La era Movistar, comparada con la de Banesto, ha sido menos hegemónica, pero no menos relevante. Desde el coche azul, Unzué vio desfilar una nueva ola de líderes. Nairo Quintana convirtió en realidad el sueño de medio país al ganar el Giro de 2014, primera maglia rosa para Colombia, y la Vuelta de 2016, además de firmar varios podios en el Tour.

Richard Carapaz sorprendió al mundo en 2019 al ganar el Giro con un ataque tan silencioso como su carácter, primer ecuatoriano en conquistar una gran vuelta. La escena de Carapaz ofreciendo la maglia rosa en la sede de Telefónica, con toda la cúpula de traje y él todavía con la piel tostada del sol italiano, contaba mejor que cualquier nota de prensa lo que se había conseguido: un equipo navarro y una teleco española sirviendo de altavoz de orgullo nacional para un país andino. No todo fueron celebraciones. La convivencia de líderes generó tensiones visibles.

El famoso tridente Quintana–Landa–Valverde en el Tour 2019 se convirtió en tema de debate diario en tertulias y redes. Las órdenes por radio que frenaban a Marc Soler cuando iba en cabeza para esperar a un jefe de filas, los ataques descoordinados en la Vuelta, los gestos de frustración captados por las cámaras, todo alimentaba la percepción de un equipo que se enredaba en sus propias jerarquías. Las críticas señalaban siempre al mismo despacho: el del director que, decían, pensaba más en proteger que en arriesgar. Unzué nunca se defendió con grandes discursos.

Siempre pareció más cómodo asumiendo el desgaste que buscando disculpas públicas. Desde dentro, la ecuación era otra: un patrocinador que quería presencia en carrera y resultados, varios campeones que aspiraban a liderar y una estructura humana que había que preservar más allá de un mal Tour. Encontrar el equilibrio en esa cuerda floja explica parte de sus decisiones. Desde fuera, por supuesto, es más sencillo pedir ataques suicidas desde el sofá.

Mientras todo eso ocurría en la carretera, la empresa seguía mutando. Abarca Sports dejó de ser una sociedad de tres nombres en un papel para abrir su capital en 2025 a Quantum Pacific, el grupo inversor de Idan Ofer, que adquirió un 43% de las acciones. La operación, acompañada del patrocinio de Eastern Pacific Shipping, introdujo matices nuevos: un logo más en el maillot, dinero fresco, capacidad para planificar fichajes a medio plazo y, al mismo tiempo, el temor de algunos aficionados a que la identidad navarra se diluyera en un tablero global. Desde dentro, la jugada se presentó como un paso lógico.

Con casi medio siglo a sus espaldas, la estructura no podía seguir dependiendo del carisma de dos o tres dirigentes. La entrada de un socio fuerte otorgaba músculo económico y, sobre todo, ofrecía una especie de garantía de continuidad para el día en que la vieja guardia se retire. Movistar renovó su compromiso hasta 2029, EPS se añadió al maillot, y el equipo consolidó su condición de única escuadra española en la élite mientras otros proyectos desaparecían o se replegaban a categorías inferiores. La transformación institucional vino acompañada de un relevo interno.

Sebastián Unzué, hijo de Eusebio, ascendió en 2025 a máximo responsable deportivo. La nueva organización dividió la estructura en cuatro departamentos —Rendimiento, Carrera, Salud y Corredores—, con nombres propios como Iván Velasco o Xabier Muriel en el área de rendimiento, Chente García Acosta y Matthew White en la parte de carrera. Eusebio pasó a asumir un rol más presidencial, centrado en la relación con patrocinadores y la visión estratégica. Dejó de ser el director omnipresente que decidía cada movimiento para convertirse en el guardián de una cultura.

Al mismo tiempo, la historia familiar seguía entrelazada con el deporte. Juan Carlos, su hermano, se había convertido en portero profesional en clubes como Osasuna, Sevilla o Barcelona antes de reinventarse como preparador de porteros y luego entrenador. La ELA cambió su horizonte, pero también lo empujó a convertirse en altavoz de la enfermedad, reuniendo estadios llenos y dando discursos que conmovieron a un país entero. En los relatos de ambos hermanos aparece una misma idea: el deporte como oficio, como herramienta para transmitir valores, nunca como templo sagrado.

El “clan” Unzué se extendió por el equipo: directores que habían sido corredores a sus órdenes, como García Acosta, responsables que habían empezado como auxiliares y subieron escalón a escalón, gente como Juan Carlos Escámez, fisio reconvertido en director, animado por la confianza del jefe. Y, alrededor, toda una segunda línea de técnicos que bebieron de la misma escuela. En ese tejido se inscriben también el equipo femenino, nacido en 2018 y convertido en uno de los proyectos más potentes del calendario WorldTour, y la Movistar Team Academy, el filial con el que el conjunto intenta frenar la fuga de jóvenes talentos hacia estructuras extranjeras. No sólo se trataba de ganar hoy, sino de que todavía hubiera una camiseta azul —o blanca— para vestir mañana.

Mientras construía ese futuro, el veterano director seguía midiendo el presente con una mezcla de sorna y resignación. En una entrevista reciente, se definió como “víctima de Pogačar”. No era una queja: era la constatación, a medio camino entre la sonrisa y el suspiro, de que el ciclismo había cambiado tanto que un corredor podía arrasar desde febrero hasta octubre, saltándose los viejos manuales de planificación. El navarro había dirigido equipos contra LeMond, Roche, Chiappucci o Pantani; ahora se enfrentaba a un esloveno capaz de reventar carreras desde el kilómetro cien mientras el coche trataba de recalcular estrategias sobre la marcha.

Ha visto desaparecer las contrarrelojes de más de sesenta kilómetros, multiplicarse las llegadas en alto, llenarse las bicis de vatios y sensores. Ha pasado de tomar decisiones con un cronómetro de muñeca a hacerlo con pantallas llenas de datos, gráficos de potencia y mapas de situación. Y, aun así, sigue siendo reconocible el gesto, la manera de girarse para preguntar a un auxiliar por el estado de un corredor, la forma de escuchar por la radio la voz entrecortada de un líder que pide un segundo más de confianza. En las presentaciones recientes, cuando Movistar enseña un maillot cada vez más blanco y anuncia fichajes como el de Cian Uijtdebroeks para liderar el Tour, aparece en primera fila un Eusebio que ya camina despacio, más abuelo que patrón, pero continúa ocupando su sitio en la foto de familia.

Hay algo profundamente simbólico en esa imagen: al lado de las figuras emergentes que se hablan en inglés, de los directores jóvenes que manejan tabletas en el coche, aparece un hombre que empezó recorriendo España en furgoneta, apuntando tiempos en servilletas. Se le ha acusado de conservador, de frenar ataques que habrían dado espectáculo, de ser incapaz de gestionar la convivencia de grandes estrellas. El Tour de 2019 es la prueba de cargo favorita de quienes le reprochan falta de audacia. Quizá tengan parte de razón.

Pero también es cierto que, mientras otros proyectos naufragaron en luchas internas, el suyo ha soportado broncas, errores tácticos y generaciones enteras de ciclistas sin romperse. Puede que ese sea el mérito menos visible de un director: conseguir que después de cada ciclón, al año siguiente, haya de nuevo un bus en la salida con tu nombre en el dorsal. Al final, su legado no se mide sólo en Tours ganados, Giros dominados o Vueltas conquistadas. Se mide en algo mucho más básico: en la evidencia de que, durante casi cincuenta años, cualquier chaval español o latinoamericano que soñara con ser profesional sabía que existía un equipo con base en Navarra al que aspirar.

Por ese proyecto han pasado Perico, Indurain, Olano, Chava, Arroyo, Valverde, Quintana, Carapaz, Mas y muchos otros que tal vez no llenaron titulares pero sostuvieron el entramado día a día. El hilo que los une se llama Abarca Sports. Y, detrás, siempre aparece el mismo apellido. Si alguien te preguntara quién es Eusebio Unzué y sólo tuvieras un minuto para responder, quizás bastaría con decir que es el hombre que ha aprendido a vivir en el asiento trasero de un coche persiguiendo bicicletas.

Que ha visto a chavales llegar con miedo a su primera concentración y marcharse convertidos en leyendas. Que ha sufrido etapas en las que el plan saltaba por los aires en directo y noches en las que había que reconstruir confianzas heridas. Que ha negociado contratos en oficinas de bancos, en la sede de una teleco y en un despacho lleno de sacos de pienso. Su historia demuestra que, en el ciclismo, la gloria de levantar los brazos en meta dura unos segundos, pero las estructuras que permiten que esa gloria exista pueden ser casi eternas si alguien se empeña en cuidarlas.

Y que la victoria más difícil no es un Tour ni un Giro, sino lograr que, cuarenta y tantos años después, en la salida de la carrera más importante del calendario siga habiendo un equipo con tus colores alineado. Ese equipo hoy se llama Movistar, luce logos de multinacionales y de navieras, se presenta con vídeos espectaculares y series documentales. Pero si apartas un momento el ruido, si te fijas en la ventanilla del coche que circula unos metros detrás de la fuga, si miras más allá del casco de los ciclistas, todavía verás la silueta de un navarro de mirada tranquila que un día aceptó que nunca sería un gran corredor y, sin hacer demasiado ruido, se convirtió en el director más longevo del pelotón.