La transición iBanesto: el equipo tras Indurain El autobús aparca en una rotonda cualquiera de provincia y, durante unos segundos, el tiempo se mezcla. Por fuera, el vinilo luce un azul intenso y un punto futurista: iBanesto.com, letras minúsculas y ese prefijo que promete un siglo nuevo. Por dentro, el ambiente es de siempre: olor a linimento, chistes con acento navarro, directores que se mueven por el pasillo como si aquello fuera el comedor de casa. En la televisión del bar de enfrente, sin embargo, el comentarista resiste al cambio y anuncia la etapa “del Banesto”.

Es principios de los 2000, Indurain hace años que se bajó de la bici, pero la gente sigue llamando Banesto a un equipo que se empeña en seguir arriba mientras el maillot cambia de logo. Un equipo que, sin su sol, aprende a vivir con muchas pequeñas luces. Para entender por qué aquel autobús sigue lleno, hay que viajar aún más atrás, a las carreteras estrechas donde el viento se cuela desde los campos de cereal. Mucho antes del banco, fue Reynolds: nombre de fábrica cercana, industria de casa, sponsor que se cruzaba en la calle.

El proyecto nace como suelen nacer las cosas duraderas en el ciclismo: poco glamour, mucha carretera, una oficina en Navarra donde las decisiones se toman mirando el mapa de la región más que los informes de un despacho en Madrid. En torno a esa base se irá construyendo Abarca Sports, la estructura que lo vertebra todo: directores navarros, auxiliares que han crecido viendo pasar la Vuelta por la puerta, una forma de fichar que pasa por vigilar quién aprieta el culo en las subidas del País Vasco y menos por lo que diga un power point. Cuando Banesto entra como patrocinador en 1990, el traje cambia de golpe. El maillot se vuelve blanco y azul, el presupuesto crece, los coches del equipo llevan el logo de un banco que simboliza modernidad económica.

Pero, debajo, sigue ese olor a ciclismo de pueblo grande: concentración en pequeños hoteles de montaña, charlas largas después de cenar, decisiones que pasan por el mismo puñado de apellidos. Con ese uniforme nuevo, Miguel Indurain convierte al equipo en una máquina imperial: cinco Tours consecutivos, dos Giros, triunfos en vueltas que a cualquier otro le habrían bastado para llenar una carrera entera. Para el mundo exterior, Banesto es el gigante silencioso de Villava devorando contrarrelojes. Para dentro, es la confirmación de que aquella estructura local soporta sin temblores el peso del maillot amarillo de París.

Toda dinastía tiene un día en el que la magia se agota. Para el Banesto de Indurain, esa fecha tiene carretera y meta: 1996, Les Arcs. Camino de aquella estación de esquí francesa, el extraterrestre descubre que también él puede ir vacío. El rostro habitualmente impasible se vuelve opaco, el pedaleo pierde esa cadencia hipnótica, el reloj empieza a contar minutos al revés.

Para el aficionado fue un mazazo sentimental; para el equipo, un terremoto estructural. No se trataba solo de perder al líder, sino de asumir que desaparecía el hombre que te garantizaba julio, que te daba identidad en el calendario y te definía delante del gran público. El día después de Miguel fue, más que una fecha, una sensación. A nivel deportivo, Abraham Olano llegó con medallas, palmarés y respeto del pelotón, pero sin esa aura de inevitabilidad que rodeaba a Indurain.

Ganaba, pero no arrastraba el relato hacia sí. En paralelo, José María “Chava” Jiménez se convirtió en el ídolo de las cimas y de las redacciones: ataques imposibles, tardes de montaña en las que parecía bajar un punto al resto del mundo, un carisma que mezclaba ternura y caos. Cada victoria suya era un regalo, pero también una montaña rusa emocional, sabiendo cómo terminaría aquella historia. Alrededor, una guardia pretoriana que, vista desde hoy, parece un borrador del staff actual: Arrieta interminable, Chente García Acosta siempre en primera fila del trabajo sucio, Pablo Lastras aprendiendo a ganar y a leer carrera.

Hombres que quizá no llenaban portadas, pero que iban apuntalando una idea: el equipo podía sobrevivir a su estrella. Mientras el banquillo se recomponía, el patrocinador decidía que el mundo había cambiado. Finales de los 90: Internet se convierte en palabra mágica, los bancos descubren que hay que asociarla a su marca. Banesto lanza su plataforma digital y bautiza al equipo como iBanesto.com.

El maillot se oscurece, aparecen logos más redondeados, el prefijo “i” se cuela en las pancartas de meta. Desde fuera parece un giro radical, pero basta subir al autobús para comprobar que casi todo sigue igual: los mismos mecánicos, las mismas bromas, los mismos directores repartiendo dorsales. En la tele todavía hay quien habla “del Banesto” mientras la grafía oficial insiste en el punto com. En lo deportivo, la metáfora es perfecta: el equipo quiere sonar moderno y adaptado al nuevo ciclismo global, pero la base sigue siendo aquel bloque compacto construido en los ochenta.

Sin Indurain, aquellas temporadas se vuelven menos fotogénicas pero muy densas. IBanesto.com aprende a vivir del grupo, a repartir las responsabilidades, a asumir que no habrá un solo nombre que monopolice julio. Funciona. La mejor radiografía es 2002, un año que el propio archivo histórico del equipo recuerda como uno de los más fructíferos de esa época.

Veintiséis victorias a lo largo de la temporada, una cifra que hoy en día muchos equipos WorldTour firmarían sin pestañear. No hubo dominador de grandes vueltas, pero sí un mosaico de corredores capaces de ganar en casi cualquier terreno. Aitor Osa pone la firma más visible al conquistar la Itzulia, esa Vuelta al País Vasco que el equipo no levantaba desde los tiempos de Gorospe. Un triunfo con aroma local, ganado en carreteras que los técnicos conocían curva a curva.

De propina, Osa se lleva el maillot de la montaña en la Vuelta a España, otro guiño a esa tradición de escaladores que tanto ha marcado la historia de la escuadra. Así lo recuerda el Movistar Team en su crónica de aquel año: un corredor de casa rematando la primavera y el otoño con símbolos de prestigio. La Vuelta de 2002 deja además un botín de cuatro etapas que explican muy bien el estilo iBanesto. Dos victorias de Pablo Lastras, maestro de la fuga bien elegida, ese ciclista que parece saber siempre cuál es el corte bueno.

Una de Santi Blanco, otro escalador que mezclaba talento y carácter en dosis a veces indescifrables. Y otra de Chente García Acosta, que celebraba su segundo triunfo en la ronda española. Ninguna de ellas responde al guion clásico de un sprint masivo controlado de principio a fin; son victorias de carretera larga, de ataques lejanos, de ciclistas que saben que, sin un patrón que lo ordene todo, la gloria pasa por colarse en el movimiento que el pelotón subestima. Más allá de la Vuelta, el calendario de aquel 2002 se salpica de generales en pruebas de una semana —Setmana Catalana, Asturias, Aragón, Burgos, Castilla y León— y de triunfos en clásicas como el GP Llodio, además de etapas en carreras como el Dauphiné o la Volta a Portugal.

Nombres como Dariusz Baranowski, Juan Miguel Mercado, Leonardo Piepoli, Francisco Mancebo, Rubén Plaza, Iván Gutiérrez o el propio Aitor Osa se reparten esas victorias. Escaladores puros, rodadores para contrarreloj, ciclistas de terreno quebrado: un catálogo de perfiles que convertía al iBanesto en una formación quizá poco reconocible para el aficionado ocasional, pero muy incómoda para cualquiera que pretendiera controlar la temporada de enero a octubre. En 2003, esa lógica coral se mantiene, pero hay tres focos que resumen la temporada. El primero tiene acento ruso y cara de timidez: Denis Menchov.

Aterriza en Navarra como una apuesta valiente, y confirma las expectativas llevándose el maillot blanco de mejor joven en el Tour de Francia. No es el amarillo de otros tiempos, pero sí un símbolo con peso: la vieja estructura de Banesto, la que se acostumbró a dominar generales con Indurain, demuestra que sigue sabiendo pulir talento para las tres semanas. El blanco de Menchov en París es una señal de que la fábrica funciona. El segundo foco vuelve a ser Pablo Lastras.

A esas alturas ya ha levantado los brazos en Giro y Vuelta, y en ese ciclo termina de completar la colección ganando también en el Tour con el maillot de la casa. Lo suyo no es la potencia explosiva del sprinter ni la superioridad sostenida del escalador; es el oficio. Un ciclista que entiende las fugas como un idioma, que sabe cuándo gastar y cuándo guardar, que remata desde la inteligencia tanto como desde las piernas. Es, en cierto modo, la encarnación perfecta del ciclista de transición: el que mantiene el prestigio del equipo cuando ya no hay un tótem al que todos miran.

El tercer elemento es colectivo y menos televisivo: la clasificación por equipos en la Vuelta a España. Un trofeo que rara vez se usa en anuncios, pero que habla mucho del fondo de armario. Que iBanesto.com se lleve esa general dice que el bloque es profundo, que hay varios hombres capaces de aguantar en la parte alta de la clasificación durante tres semanas. El propio Movistar Team, cuando repasa su historia, subraya ese logro como prueba de que la transición no fue un simple aguantar el tipo, sino una forma consciente de construir un equipo ancho.

Y, cuando la dinámica parece asentada, otro giro de patrocinador obliga a cambiar el maillot. A finales de 2003 irrumpe Illes Balears como nuevo nombre en el pecho. El blanco vuelve a ganar terreno, un mapa de las islas ocupa el centro de la camiseta, el logo de Banesto pasa a segundo plano. Pero, igual que ocurrió con el punto com, el decorado visual no altera lo esencial.

En la oficina de Navarra siguen mandando José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué, en el coche aparecen Jaimerena y Galilea marcando planes de carrera, y en la carretera continúan Arrieta, Chente y compañía vigilando a los jóvenes. IBanesto.com ha cumplido su función: servir de puente entre el ocaso de Indurain y la búsqueda de una nueva estrella. Esa nueva cara llegará poco después con otro cambio de patrocinador. Illes Balears abre el equipo al turismo y a una estética más internacional; Caisse d’Epargne, banco francés, termina de darle esa pátina de globalidad.

Es en esos años cuando aparece Alejandro Valverde, fichado en 2005, listo para asumir el rol de líder que faltaba. Desde el primer día, el murciano convierte su talento en resultados: clásicas de prestigio, vueltas de una semana, podios y victorias en grandes vueltas. A su alrededor, la escuadra se internacionaliza de verdad: llegan franceses, latinoamericanos, fichajes casi de cualquier lugar donde haya alguien capaz de ganar. La llegada de Movistar en 2011 cierra el círculo del rebranding permanente.

Otra gran compañía, esta vez de telecomunicaciones, pinta de azul oscuro y verde flúor una estructura que sigue siendo, en lo esencial, la misma que arrancó como Reynolds y se consagró como Banesto. Desde ahí llegarán los años de Nairo Quintana, con su Giro, su Vuelta y sus podios en el Tour; los de un Mikel Landa eternamente cerca de la diana; los de Richard Carapaz, Enric Mas, Marc Soler, los latinoamericanos que convierten aquel equipo navarro en una plataforma mundial. El hilo no se rompe: cambian los sponsors, se moderniza el material, se globaliza la plantilla, pero en el autobús sigue sonando el mismo acento. Mientras su viejo equipo supera pantallas —Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar—, Miguel Indurain rehace su vida deportiva a su manera, sin ruido.

Sigue pedaleando porque forma parte de su forma de estar en el mundo, pero ya sin la obsesión por el peso, la postura perfecta o los vatios. Se le ve en marchas cicloturistas por media Europa y América, preside su propia prueba en Villava, aparece en actos promocionales que mezclan, de nuevo, banco y bicicleta. En una de esas acciones, la Vuelta123 del Banco Santander, recorre de Santander a Madrid en cuatro días sin usar efectivo, solo pagos electrónicos. Lo contó a Ciclismo a Fondo entre tormentas, puertos y cafés pagados con el reloj: hablaba entonces de un ciclismo más global y espectacular, pero confesaba echar de menos la cercanía de aquellas vueltas regionales en las que el pelotón pasaba por casi todos los pueblos del mapa.

Cuando le preguntan por la tecnología, Indurain deja una frase que condensa la distancia entre su época y la de los potenciómetros. Recordaba que, treinta años atrás, el gran objetivo en carrera era no olvidarse de comerse un bocadillo, porque el hambre era el límite real más que el número de vatios. Hoy, en el mismo equipo que ayudó a hacer gigante, los jóvenes suben los puertos con los ojos en la pantalla del manillar. En parte ahí está la grandeza de ese proyecto: ha sobrevivido al salto de los bocadillos a los algoritmos sin desnaturalizarse.

Lejos de quedarse en la nostalgia del sillón, Miguel sigue poniéndose dorsales donde menos se espera. En 2023 se atreve con la Titan Desert de Marruecos; su imagen pedaleando entre dunas, con el dorsal fijado sobre un maillot de bike-marathon, resume el contraste entre aquel coloso que destrozaba contrarrelojes en el Tour y este cincuentón que sufre, sonríe y llega al campamento al anochecer. Lo pasa tan mal como bien, admite, y por eso repite en 2024 con el equipo Kosner-Saltoki Home, rodeado de viejos conocidos como Óscar Pereiro, Luis León Sánchez, su hermano Pruden o Sylvain Chavanel. Entre pistas de arena interminables y noches de tienda, el navarro insiste en que el reto está en llegar cada día, no en batir a nadie.

Lo contaba de nuevo Ciclismo a Fondo: un Indurain humano, casi anónimo, disfrutando del sufrimiento lejos de los helicópteros. Si hay una constante que atraviesa todo este relato, es la huella del ciclismo navarro y vasco. Es algo más que una estadística de licencias federativas; es un tipo de carácter y de educación deportiva. No es casual que, en 2023, a una semana de que el Tour parta de Bilbao, se organice en Erandio un homenaje que junta en el mismo escenario a Indurain, Joane Somarriba, Marino Lejarreta y una larga lista de corredores vascos y navarros que brillaron en la ronda francesa.

Entre ellos, un tal Txente García Acosta, aquel gregario incansable de iBanesto que hoy maneja el volante de uno de los coches del Movistar Team. La escena, recogida por los medios especializados, funciona casi como una foto de familia: generaciones distintas, maillots distintos, el mismo origen geográfico. Ese acto simboliza que el hilo que va de Reynolds a iBanesto y de ahí a Movistar es, ante todo, un hilo territorial. La estructura ha fichado rusos, franceses, colombianos, ecuatorianos, pero su identidad se ha construido sobre una cantera y una cultura muy concretas.

Es la misma tierra que vio crecer a Indurain y que luego alimentó a todos esos gregarios que hoy, reciclados, dan órdenes desde el coche. Esa continuidad explica que un cambio de sponsor no se viva nunca como un corte radical, sino como una capa más de pintura sobre unos cimientos que no se mueven. Visto con la perspectiva que da el tiempo, la etapa iBanesto ofrece varias lecciones. La primera es casi de manual de gestión deportiva: una estructura puede sobrevivir a la marcha de su súper estrella si la base es robusta.

Sin Indurain, el equipo no se derrumbó en una nostalgia paralizante, ni se lanzó a una huida hacia adelante fichando a cualquier estrella disponible. Apostó por diversificar liderazgos, por construir un bloque amplio, por darle valor al calendario de enero a octubre más allá de los tres domingos de París, Milán o Madrid. Los años de iBanesto demostraron que se puede sostener el nivel WorldTour —cuando esa etiqueta aún no existía como tal— sumando muchas victorias medianas y pocas gigantes. La segunda lección tiene que ver con el relato.

Aquellas temporadas no tuvieron la épica cinematográfica de los noventa ni la sensación de seguridad permanente que llegó después con Valverde vestido de Caisse d’Epargne o de Movistar. Los ciclistas convivían con una comparación constante con el recuerdo de Indurain, y lo hacían además en medio de un ciclismo convulso, sacudido por escándalos, cambios de normativa, sospechas generalizadas sobre el rendimiento. Para una escuadra española, vivir en el ojo de esa tormenta, sostener patrocinadores y seguir produciendo resultados fue un reto que excedía lo meramente deportivo. En términos de recursos humanos, aquella transición también dejó una hoja de ruta clara.

Abarca entendió que los gregarios de hoy podían ser los técnicos de mañana. Chente, Lastras y otros nombres de aquella guardia pretoriana han acabado dirigiendo en el coche a chavales que podrían ser sus hermanos pequeños. Esa transformación interna permitió que el conocimiento acumulado no se perdiera con la retirada, sino que se reinyectara en la estructura. Es una forma inteligente de blindarse frente a las marchas traumáticas: si el líder se va, pero el andamiaje de gente que sabe cómo funciona la casa se queda, el golpe duele menos.

La tercera enseñanza tiene que ver con el territorio. En un ciclismo que se ha globalizado hasta extremos impensables, el equipo de Echávarri y Unzué se ha mantenido ligado a Navarra y al norte peninsular. No por romanticismo rancio, sino por convicción estratégica: mantener un vínculo fuerte con su entorno le ha permitido seguir captando talento local y conservar una identidad reconocible mientras a su alrededor cambiaban los logos, las reglas, los circuitos y hasta las maneras de correr. Quizá por eso, cuando hoy uno intenta explicar que el Movistar de Enric Mas y Fernando Gaviria es, en realidad, el mismo equipo que el Reynolds de los ochenta o el Banesto de Indurain, la afirmación, por extraña que suene, es verdadera.

El truco está escondido en años como los de iBanesto: temporadas sin titulares gigantescos, pero con un goteo constante de victorias, una fe obstinada en la estructura y una decisión firme de adaptarse al contexto sin traicionar el acento. Al final, la transición iBanesto cuenta la historia de un equipo que, tras ver marcharse a su extraterrestre, eligió seguir siendo equipo. Asumió que nunca volvería a tener otro Miguel, al menos no uno igual, pero que podía seguir llenando de azul las clasificaciones de media Europa. Cambió de logo varias veces sin cambiar el alma, recicló gregarios en directores y convirtió una base local en una plataforma global.

Mientras tanto, en paralelo, aquel gigante tranquilo de Villava se reinventaba como embajador del ciclismo, dejándose ver en marchas, desiertos y actos promocionales, recordándole al pelotón que detrás de cada era gloriosa siempre llega un día después, y que la verdadera grandeza quizá no esté en conquistar París, sino en saber qué hacer cuando se acaba el Tour.