Movistero
Material y estilo

Los maillots más bonitos y los más feos de la saga

· 15 min · 3221 palabras

INTRODUCCIÓN: UNA SAGA A TRAVÉS DEL MAILLOT Si quieres medir la memoria sentimental del ciclismo español, no mires los palmarés, mira los maillots.

Los sábados por la mañana tienen un brillo raro en los bares de carretera. Tele pequeña colgada en una esquina, café con leche servido en vaso de duralex, tostadas que han pasado por la misma plancha donde hace media hora murieron dos pancetas. En la pantalla, una etapa de La Vuelta que serpentea entre cunetas amarillas. El locutor dice “Movistar” y, de repente, el azul de ese bloque compacto abre un túnel en la cabeza: Indurain en blanco inmaculado, Perico vestido con aquel rosa chillón de Reynolds, Valverde en negro Caisse d’Epargne, los azules eléctricos de la era Gobik.

En un segundo, una vida entera de ciclismo comprimida en un trozo de tela de ciento y pocos gramos. La estructura que hoy atiende por Movistar Team, la de Eusebio Unzué, ha cambiado de segunda piel tantas veces que podría tener un museo solo con sus maillots colgados en perchas numeradas. Pero por debajo de los colores, de las ondas, de las “M” gigantes, hay algo que no ha variado: la sensación de que esa camiseta es una especie de documento de identidad rodante. El dorsal cambia, el patrocinador rota, la moda va y viene; la estructura, en cambio, permanece.

Y su camiseta, para bien o para mal, también. Si uno rebobina hasta 1980, el primer fotograma serio tiene acento navarro y huele a aluminio. Reynolds decide entrar en el ciclismo con la lógica de quien se sabe recién llegado: hay que hacerse ver. Sobre el papel, el plan es sencillo: un maillot que no pase desapercibido en un pelotón aún dominado por equipos semi amateurs y patrocinadores que apenas caben en una fachada de polígono.

En la práctica, el resultado es un rosa intenso difícil de domesticar, bloques de color casi naíf, tipografías enormes que se leen sin esfuerzo en televisores de tubo donde la definición es un acto de fe. Comparados con la sofisticación actual, aquellos maillots parecían hechos a mano en una mercería de barrio. Tejidos pesados, transpiración limitada, costuras que se clavaban en los hombros, cremalleras que apenas bajaban a mitad de pecho y bolsillos que, cargados de barritas, deformaban la espalda hasta el absurdo. Sin embargo, había algo sorprendentemente moderno en la idea de fondo: usar el color como carta de presentación, como bandera reconocible desde la cuneta y desde el sofá.

En un ciclismo donde muchos equipos vestían casi de compromiso, Reynolds entendió pronto que un maillot podía ser un logo en movimiento. Con el tiempo, la estética de Reynolds se fue afinando. Llegó Perico Delgado, asomó un joven Indurain, la estructura ganó peso y el maillot empezó a buscar un equilibrio entre visibilidad y cierta elegancia. Ningún coleccionista lo pondrá en el podio de los más bonitos de la saga, pero aquel rosa algo tosco tuvo un mérito que sólo se aprecia con la perspectiva de las décadas: inauguró la idea de que esa camiseta iba a durar, que no era un uniforme de quita y pon, sino la primera página de algo que iba a seguir rodando durante generaciones.

A principios de los noventa entró Banesto y, con el banco, llegó el maquetaje perfecto de la época dorada. De golpe, la estructura abrazó el blanco como color de base, un blanco que iba a quedar pegado para siempre a los cinco Tours consecutivos de Indurain. Sobre ese lienzo inmaculado se dibujaron las ondas azules, rojas y amarillas que cualquier aficionado puede trazar de memoria sin necesidad de foto delante. El diseño se adelantó a su tiempo: una paleta limitada pero potente, formas fluidas que sugerían velocidad sin caer en la estridencia, logotipos integrados con naturalidad y una silueta reconocible a cien metros aunque el plano de televisión fuese malo.

Desde el punto de vista del diseño gráfico, el Banesto noventero es el primer maillot objetivamente bonito de la saga Abarca. Todo está ordenado: primero ves el blanco, luego las ondas, después el logotipo del banco, finalmente los secundarios. No hay pelea entre elementos, no hay ruido. Incluso cuando se colaron detalles curiosos, como la pequeña figura de Pelegrín, la mascota del Año Santo Compostelano de 1993, bajo el logo principal, todo seguía cuadrando.

Ese toque casi juguetón añadía personalidad sin reventar el equilibrio. En paralelo, el material daba un salto. El poliéster técnico se consolidaba, las telas se aligeraban, comenzaban a aparecer paneles pensados expresamente para cortar mejor el aire. Las costuras se movían de sitio para no rozar, las cremalleras ganaban recorrido hasta el esternón, los bolsillos traseros aprendían a convivir con bidones extra y chubasqueros enrollados sin deformar la figura.

El maillot bonito ya no era sólo el que se veía bien en la foto de podio; era el que permitía a un gigante de casi ochenta kilos acoplarse durante horas sin sentir que empujaba un paracaídas. Luego llegó la resaca del cambio de siglo y con ella el vértigo de las nuevas palabras: internet, digital, punto com. Banesto rebautizó su apuesta como iBanesto.com, y de pronto la camiseta se convirtió en un escaparate de esa fiebre. Tipografía estilizada con sabor a web de primera generación, barras azules intensas, degradados, brillos incipientes, una sensación casi adolescente de estar jugando a ser futurista.

Era como si alguien hubiera descubierto las posibilidades del nuevo software de diseño y hubiese decidido usarlas todas en el mismo documento. Visto con los ojos de hoy, el maillot de iBanesto tiene encanto y un punto cómico a partes iguales. Es entrañable porque resume como pocos la estética de finales de los noventa, aquella manía de añadir curvas y reflejos a todo lo que quisiera parecer moderno. Pero al mismo tiempo es un aviso de lo que pasa cuando un diseño se casa demasiado con una moda concreta: envejece de golpe.

Lo que en su momento parecía rompedor, un fogonazo de modernidad bancaria sobre ruedas, se ha quedado anclado en un tiempo que ya sólo visitamos con nostalgia irónica. Para muchos aficionados, es el primer gran maillot claramente feo de la saga, un feo cariñoso, sí, pero feo. Cuando el apellido Banesto desapareció, la estructura aterrizó en Illes Balears y, después, encontró refugio estable en la banca francesa. Los maillots de Illes Balears funcionaron como puente: más negros, más rojos, una paleta que empezaba a alejarse de la alegría cromática de los noventa para acercarse a algo más sobrio.

Era como si el equipo se dispusiera a ponerse traje después de años de vaqueros y camisetas. Con la llegada definitiva de Caisse d’Epargne, el traje se cerró hasta arriba. Negro casi absoluto, detalles rojos y blancos, una presencia en carrera que imponía sin necesidad de gritar. En un pelotón todavía poblado de diseños saturados, con espirales y explosiones de color, el maillot Caisse se hizo fuerte justo por lo contrario: minimalismo, líneas claras, una estética corporativa trasladada a la carretera.

Para muchos, sigue siendo uno de los maillots más elegantes que ha llevado la estructura: agresivo sin ser chabacano, moderno sin perseguir tendencias estridentes. El material, ya en plena era del carbono y de los potenciómetros, jugaba otro partido. Tejidos ligerísimos, patrones ajustados que empezaban a insinuar la idea de que el maillot podía ser casi una pieza aero, paneles más rugosos en hombros para gestionar el flujo del aire, zonas de malla en flancos y axilas. El negro, que dos décadas atrás habría sido un horno seguro en pleno julio, se hizo viable gracias a tejidos capaces de evacuar el calor y el sudor a velocidad insospechada.

En 2011 apareció Movistar y con ella un nuevo dogma cromático: el azul de Telefónica y la M mayúscula como tótem. El debut fue prudente. Azul marino de fondo, logotipo enorme ocupando el pecho y la espalda, leves toques verdes como guiño a la identidad corporativa. Era un maillot que funcionaba en televisión, que identificaba al equipo al instante y que, sin enamorar, tampoco provocaba rechazo.

La palabra para describirlo, si se le quiere buscar un defecto, sería quizá correcta. Bonito a medias, feo nunca, pero lejos del flechazo que había conseguido el Banesto blanco o el Caisse negro. Con el paso de las temporadas, la historia se fue volviendo más compleja. La marca quería evolucionar, diferenciarse, parecer moderna en un pelotón donde cada vez más equipos recurrían a estudios de diseño profesionales.

Las versiones se sucedieron: azules más eléctricos, degradados suaves en el torso, mangas con toques flúor, experimentos con la intensidad del color en función de las zonas del cuerpo. Algunos años salieron equipaciones limpias y equilibradas; otros, el conjunto se acercó peligrosamente a la categoría de maillot recargado, con demasiadas cosas sucediendo al mismo tiempo alrededor de una “M” omnipresente. El fichaje de Gobik como proveedor técnico supuso un cambio de capítulo. La marca murciana, que ya vestía a equipos como INEOS y que había inundado las grupetas del país con sus colecciones llamativas, llevó al extremo la idea de segunda piel tecnológica aplicada a Movistar.

El kit de 2024, presentado con un relato que hablaba de conexiones neuronales y de la fibra óptica de las redes de Telefónica, dibujaba sobre el azul clásico una trama sutil de líneas y puntos, casi un circuito impreso sobre el pecho. Las costuras se hicieron más discretas, las mangas se alargaron hasta rozar el codo, la tela se pegó al cuerpo como si quisiera desaparecer. Para La Vuelta de ese mismo año, el llamado Century kit fue un golpe directo al archivo sentimental. Base casi blanca, cruzada por trazos azules que evocaban la silueta del edificio de Telefónica en la Gran Vía madrileña; tecnología Gobik en cada panel, reverencia clara al pasado de Banesto y, al mismo tiempo, guiño al centenario de la empresa.

La vieja imagen de Indurain vestido de blanco volvía a asomar en un pelotón completamente distinto, con potenciómetros, pinganillos y cámaras 4K, pero la sensación era similar: ese blanco, bien tratado, sigue funcionando como pocos. En los últimos años, el experimento se ha radicalizado. Han aparecido propuestas que juegan con lo que algunos llaman brutalismo digital: collages tipográficos, bloques de texto superpuestos, zonas casi vacías junto a otras saturadas, maillots que desde lejos parecen blancos pero que, de cerca, muestran texturas futuristas e iridiscencias pensadas para que el conjunto cambie según la luz del día o el tipo de plano televisivo. Es evidente que algunas de estas apuestas acaban directamente en el debate de los más bonitos o los más feos del catálogo.

Lo que está claro es que no están pensadas para pasar desapercibidas. Llegados a este punto, cabe preguntarse qué hace que un diseño funcione y otro genere chistes crueles en la barra del bar. El color importa, sí, pero no es lo único. Los maillots que casi todos señalamos como bonitos dentro de la saga Abarca comparten una cualidad: la claridad.

Hay un color principal, una forma protagonista (las ondas, la M, un bloque lateral), y a partir de ahí una jerarquía comprensible. Los ojos del espectador saben dónde mirar primero y qué viene después. En cambio, los maillots que tendemos a catalogar como feos parecen no respetar turno de palabra: degradados que pelean con logos, frases publicitarias que se comen a los colores, pequeñas bandas que no se entienden desde lejos. Hay también una dimensión temporal.

El Banesto noventero dialogaba con el diseño gráfico de su época, pero no se abrazaba a una moda efímera concreta; el iBanesto se subió a la ola punto com con tanta intensidad que, al retirarse la marea, quedó varado en la playa como un recuerdo demasiado específico. Algo parecido podría ocurrir con ciertas tendencias actuales: el collage brutalista, las tipografías gigantes, las texturas iridiscentes pueden parecer hoy lo más avanzado del catálogo, pero habrá que ver qué cara ponemos dentro de quince o veinte años cuando revisemos las fotos. La tercera capa es sentimental y ahí ya no manda el diseñador, sino la memoria del aficionado. Un maillot objetivamente discutible puede convertirse en fetiche si lo asociamos a una gesta, mientras que uno impecable puede dejarnos fríos si lo vimos sólo en temporadas planas.

El negro de Caisse d’Epargne gana enteros porque lo recordamos atacando en puertos míticos, pegado al cuerpo de Valverde o de Pereiro en días de fuego cruzado. Algunos azules Movistar arrastran el peso de años complicados que series como El Día Menos Pensado han colocado delante de nuestras narices con crudeza. La estética nunca viaja sola; siempre se engancha a un relato. Todo esto se mezcla, además, con una revolución silenciosa: la de los materiales.

El maillot Reynolds que sudaba Perico en un puerto francés era una prenda limitada por la física de la época. No se podían estirar las mangas demasiado porque la tela pesaba, los colores oscuros convertían cualquier etapa al sol en una sauna portátil, las cremalleras cortas impedían ventilar bien, los bolsillos llenos deformaban la parte baja hasta que parecían mochilas improvisadas. Hoy, en cambio, los maillots super light de marcas como rh+ se pavonean en los catálogos pesando menos de 100 gramos, con tejidos que se secan en minutos y patrones que se ajustan al cuerpo como si fueran casi pintura. Sportful vende colecciones de verano donde el estampado parece sacado de una rave psicodélica: glitch, glow, colores que se funden unos con otros, paneles microperforados en los costados, mangas cortadas a láser que no necesitan dobladillo.

Gobik lleva años experimentando con combinaciones similares para aficionados y profesionales, con bolsillos reforzados que no ceden por mucho que se llenen de geles y chubasqueros. Todo ese laboratorio comercial acaba aterrizando en los equipos WorldTour, incluida la saga Abarca, que recibe cada temporada un nuevo traje ajustado a la última moda técnica. La estética, en ese contexto, ya no puede separarse de la ingeniería. Un maillot actual de Movistar no se diseña únicamente pensando en la foto de la presentación de enero.

Hay hojas de cálculo que miden vatios ahorrados en cronos y etapas llanas, se estudia la gestión del sudor y de la temperatura, se valoran elementos reflectantes para mejorar la visibilidad en traslados o entrenamientos, se incorpora el discurso de la sostenibilidad. La alianza del Tour de Francia con Santini para producir maillots de líder con tejidos reciclados no es un gesto aislado: es el síntoma de que la tela también tiene algo que contar. Hay, además, un juego de capas que en la historia de Abarca es especialmente jugoso. Algunos maillots de equipo se recuerdan tanto o más por lo que llevaban encima que por sí mismos.

El blanco Banesto asomando tímido bajo el amarillo del Tour, el negro Caisse coronado por el rojo de La Vuelta, el azul Movistar casi escondido bajo el arco iris de campeón del mundo sobre los hombros de Valverde. Esos maillots de líder son símbolos por derecho propio, pero su impacto visual depende de la base con la que se combinan. Las marcas que los fabrican, como Santini, lo saben bien: diseñan prendas que deben funcionar solas sobre un maniquí, pero también mezcladas con una selva de equipaciones diferentes. El mismo color amarillo puede parecer solemne o estridente según con qué se junte; el rojo puede imponerse o desaparecer dependiendo de si abajo hay negro, blanco o azul oscuro.

Para el espectador, esa superposición crea imágenes imborrables. A veces no hace falta recordar la etapa entera; basta con cerrar los ojos y ver un maillot concreto asomando por debajo de otro para que vuelva entera una tarde de julio o de septiembre. Todo este viaje tiene un riesgo particular cuando lo protagoniza una estructura con casi medio siglo de vida. Cada cambio de maillot es un arma de doble filo.

Una apuesta demasiado rupturista puede cortar el hilo de continuidad que hace reconocible al equipo de un vistazo; un conservadurismo excesivo puede transmitir sensación de rutina, de falta de ideas. Abarca ha rozado ambos extremos: ha firmado maillots que ya son patrimonio sentimental del ciclismo y ha cometido experimentos cromáticos que se citan siempre que alguien quiere ilustrar qué no hay que hacer. Para los diseñadores que cada invierno se sientan ante el lienzo en blanco, el encargo se parece mucho al de un club de fútbol con camiseta histórica. Hay colores que no se pueden traicionar del todo, símbolos que deben mantenerse vivos, proporciones que conviene respetar.

A la vez, existe la obligación de proponer algo nuevo, de no vivir eternamente de las ondas de Banesto ni del negro Caisse ni del primer azul Movistar. En términos de material y estilo, eso se traduce en decisiones muy concretas: qué zonas del torso se reservan al color principal, cuánta libertad se concede en las mangas, dónde se encajan patrocinadores adicionales, hasta qué punto se arriesga en las ediciones especiales de Vuelta o Tour. Si uno vuelve a ese bar de carretera del principio y afina el oído, comprobará que, detrás del murmullo, hay una conversación que se repite cada temporada cuando llegan las primeras fotos del nuevo maillot. A un lado de la barra, quien defiende que lo bonito es la sobriedad de Caisse o la limpieza del Banesto blanco.

Al otro, quien se ilusiona con los collages futuristas y los azules eléctricos de Gobik, convencido de que el ciclismo también tiene derecho a jugar con lo estridente. En medio, quienes miran las fotos en el móvil y sentencian con naturalidad: este año se han pasado, o este año les ha quedado redondo. Mirar la saga de maillots de la estructura de Unzué es, en realidad, una forma de leer la historia reciente del propio deporte. Los ochenta olían a lana mojada y a colores planos; los noventa trajeron la globalización por televisión y la necesidad de convertirse en icono al instante; los dos mil dejaron en la retina degradados y logos que presumían de su apostilla tecnológica; la última década ha estado dominada por la obsesión aero, por los gramos ahorrados, por los tejidos reciclados y por un grafismo que a veces parece más propio de una portada de disco electrónico que de una prenda de trabajo.

En medio de esa evolución, Abarca ha dejado en la carretera algunos de los maillots más bonitos que se recuerdan y también varios de los más discutidos. Lo fascinante es que, cada vez que nos enzarzamos a hablar de ellos en la barra de un bar, en un foro o en una grupeta de domingo, no sólo estamos opinando sobre colores y estampados. Estamos discutiendo qué entendemos por elegancia cuando alguien sufre sobre una bicicleta, cuánto pesa la memoria de los días gloriosos y dónde está la frontera entre la innovación valiente y el ruido gratuito. Tal vez dentro de veinte años veamos las texturas iridiscentes y los collages tipográficos de estos años con la misma mezcla de ternura y rechazo con que hoy miramos el iBanesto.

O quizá, como ha ocurrido con las ondas blancas y azules de Banesto, acaben convertidos en iconos que los aficionados se peleen en eBay. Lo único seguro es que, mientras la estructura de Abarca siga en la carretera, cada invierno habrá un nuevo maillot que esperar, criticar, defender y, al final, incorporar al álbum personal. Bonito o feo, da igual: lo importante es que, cuando el locutor diga Movistar y la cámara enfoque al grupo azul, algo dentro de ti vuelva a hacer ese viaje instantáneo por la historia. Y que, al menos una vez más, sientas que ese trozo de tela te pertenece un poco.