Qué fue de Imanol Erviti
QUÉ FUE DE IMANOL ERVITI UN GREGARIO DE CULTO EN LA CASA AZUL Si tienes cierta edad ciclista, sabes que hubo una época en la que ponías la tele para ver a Va...
El bar huele a café recalentado y a tortilla de patata de ayer. Es domingo de julio, fuera cae una luz blanca y cansada, dentro la tele escupe repeticiones del Tour. Tu amigo solo levanta la vista cuando aparece la general: Pogacar, Vingegaard, nombres grandes en rótulos amarillos, planos a cámara lenta del ganador levantando los brazos. Tú, sin embargo, te fijas en otra cosa.
Rebobinas mentalmente la etapa que acabas de ver y recuerdas a un tipo alto, cráneo afeitado, maillot azul pegado al cuerpo, tirando en cabeza del grupo a falta de cien kilómetros, cuando nadie en el bar miraba todavía. Ese, le dices a tu amigo, era Imanol Erviti. No va a salir en el podio de París, no va a acaparar portadas, pero sin sus kilómetros anónimos muchas de las victorias que recuerdas de Valverde, de Nairo, de Landa, habrían quedado en intento. La paradoja de su carrera está ahí, en esa diferencia entre lo que la televisión ofrece y lo que realmente sostiene una vuelta de tres semanas.
El aficionado que solo mira la clasificación general ve un nombre discreto, pocas victorias, casi ninguna entrevista en horario de máxima audiencia. El que se fija en los detalles, en los cortes por viento, en la manera en que un líder aparece mágicamente colocado en la rotonda exacta, en el momento exacto, sabe que debajo de esa discreción hay oficio, lealtad y una resistencia casi obstinada a desaparecer cuando la carrera se vuelve más dura. Eso ha sido Erviti para el Movistar Team y para toda la saga que lo precedió: un hilo resistente, discreto, cosiendo eras distintas de un mismo equipo. Ese hilo empieza en Pamplona en 1983, cuando nace Imanol Erviti Ollo en una ciudad donde las cunetas se llenan de bicicletas desde categorías cadetes.
El niño que mira la televisión en San Fermín, que ve a Indurain convertir los veranos en un asunto navarro, encuentra pronto su sitio en el club Ermitagaña. Crece compitiendo por las mismas avenidas por las que más tarde irá a clase, aprende a leer el viento en rotondas que podría dibujar de memoria. En juveniles gana, destaca lo justo para que se le tome en serio. En Iberdrola/Bideki pule el gesto, endurece las piernas, y en 2004 firma una pequeña escena de película: etapa de la Vuelta a Navarra, llegada en Pamplona, sprint en una avenida que conoce como quien vuelve del instituto a casa.
Levanta los brazos casi donde un año antes esperaba el autobús. El ciclismo, a veces, tiene estos guiños para los que llevan toda la vida dando vueltas por las mismas calles. A finales de ese 2004 suena el teléfono y del otro lado está la continuación de una dinastía. El equipo Illes Balears, heredero directo de aquella Reynolds que se convirtió en Banesto y luego en iBanesto, busca savia nueva.
La estructura es la misma que llevó a Indurain a ganar cinco Tours, los coches siguen saliendo de Navarra, los mismos pasillos, las mismas paredes adornadas con fotos antiguas. Abarca Sports, la empresa que sostiene esa estirpe, le ofrece un contrato profesional. Lo que nadie imagina ese día es que ese chico que entra casi a escondidas por la puerta trasera va a estar allí casi dos décadas, uniendo con su presencia los tiempos de Valverde con los de Enric Mas, el último gramo de banestismo con la era Movistar. Cuando debutó en 2005, Indurain era recuerdo y mito, y el equipo andaba en esa transición delicada en la que un gigante busca otra identidad.
Llega Valverde, se prueban diferentes apuestas para la general en la Vuelta, se experimenta con fichajes, se cambia de patrocinador y de color de maillot, pero la base permanece: la estructura navarra, la manera de entender el oficio de correr. Erviti se acomoda en ese lugar y ya no lo abandona: de Illes Balears pasará a Caisse d’Epargne y finalmente a Movistar sin cambiar de casa, hasta completar diecinueve temporadas dentro del mismo proyecto, algo casi exótico en un ciclismo de contratos cortos y movimientos de mercado constantes. Quedarse siempre en el mismo sitio tiene premio y precio. El premio es la estabilidad: el médico conoce tus análisis de memoria, el director sabe cuándo realmente estás mal y cuándo estás escondiendo un buen día, el masajista te identifica por el sonido de tus pasos en el pasillo del hotel.
El precio son las renuncias: dices que no a ofertas de fuera, asumes que tu espacio es el de hombre de la casa, primera línea cuando toca proteger a los jefes, última fila cuando hay que tomar decisiones de jerarquía. En su caso, la balanza se decanta del lado positivo: esa fidelidad le permite encadenar quince Vueltas, trece Tours y una colección de primaveras flamencas y roubaixianas que ningún otro español ha repetido con esa constancia. Quien hojee fríamente su palmarés quizá tuerza la boca. Pocas victorias para tanto tiempo en la élite, pensará.
Pero esa lista de resultados no cuenta el tipo de trabajo que él hacía a diario. Ser gregario de alto nivel no es empujar sin más. Es decidir, en fracciones de segundo, si tu líder va bien colocado cuando se abre un abanico, si hace falta gastar una bala para cerrarle un hueco o es mejor guardar fuerzas para el puerto siguiente. Es bajar al coche a por botellines cuando el ritmo ya es incómodo, repartir chubasqueros, escuchar por radio el tono de voz de un jefe que no quiere reconocer que va al límite.
Es poner vatios en los kilómetros que nadie recordará, aquellos en los que todavía no hay cámaras en helicóptero pero la carrera ya se está decidiendo. Su madre lo contaba con una mezcla de orgullo y resignación en un reportaje de El País durante el Tour de 2021: para ver trabajar a su hijo, había que poner la etapa desde la salida, porque cuando llegaba la parte “bonita”, la de los ataques y las cámaras, él ya se había vaciado. Ahí se esconde la esencia de su oficio. Durante horas, Erviti desaparece detrás de las motos, trabajando para que otros brillen.
De vez en cuando, sin embargo, el guion se dobla un poco a su favor y el equipo le concede ese lujo tan extraño en un gregario veterano: “hoy, si se da, prueba tú”. Son pocas tardes, pero se recuerdan bien. En 2008, por ejemplo, la Vuelta a España llega a Las Rozas en su etapa 18. Día largo, fuga numerosa, nombres ilustres metidos en el corte: Paolo Bettini, Juan Antonio Flecha, un García Acosta que comparte maillot con él.
La televisión enfoca aquella escapada con curiosidad, porque ahí viaja medio relato del ciclismo de la época. Al final, cuando las fuerzas flojean y la meta se acerca, el navarro se maneja con una tranquilidad inesperada, elige su rueda, salta en el momento justo y levanta los brazos en un polígono madrileño sin glamour pero con un valor sentimental enorme. Dos años más tarde, en Vilanova i la Geltrú, repite con un número distinto: se va solo, se empeña en mantener unos segundos que parecen siempre a punto de evaporarse y demuestra que, cuando se trata de sufrir contra el viento, su paciencia es casi una forma de talento. En 2011, ya vestido de Movistar, remata la Vuelta a La Rioja para completar un triplete del equipo en meta, premio colectivo y señal de que, si le das carta blanca, sabe cómo cerrar la faena.
Y aun así, lo que más fascina de su trayectoria no son esas líneas sueltas de gloria, sino la terquedad con la que se enamora de unas carreras que nunca estuvieron pensadas para un español: las clásicas de pavé. Flandes y Roubaix, esos monumentos que en abril convierten Bélgica y el norte de Francia en un santuario de barro, cerveza y banderas de León de Flandes, se cuelan en su cabeza como una obsesión silenciosa. Durante años viaja allí casi para acumular cicatrices: alergias primaverales que le cierran el pecho, pinchazos en el momento en que el grupo bueno se escapa, cortes en Oude Kwaremont o en el Carrefour de l’Arbre cuando parece que por fin va bien colocado. Sale de aquellas carreteras empedradas con la piel arañada, la moral tocada y la sensación de que algo se le resiste, pero regresa cada primavera como quien vuelve a un examen que jamás termina de aprobar.
Hasta que un día la ruleta se detiene en su número. Es 2016 y el Tour de Flandes amanece gris, con ese aire húmedo que hace que los adoquines brillen un poco más. Erviti se mete en la fuga buena, esa de la que los expertos dicen que no llegará, porque “los favoritos controlan”. Sobrevive a los muros, no se descuelga cuando desde atrás aceleran los capos, resiste en un grupo que poco a poco va perdiendo unidades.
Lo normal habría sido verlo caer por la pendiente de la lógica, pero ese día se agarra a la carrera como si llevara toda la vida esperando esa oportunidad. Llega séptimo a meta, resultado que ningún corredor de su equipo había conseguido antes allí. Ciclismo a fondo recoge sus palabras después, cuando insiste en que lo de Flandes no ha sido casualidad. En realidad, no lo era: había tardado doce años en reunir todas las piezas del rompecabezas.
Una semana más tarde, en Roubaix, confirma la intuición. Otra vez delante, otra vez metido en la zona noble cuando el infierno de piedra empieza a seleccionar sin piedad. Entra noveno en el velódromo de Roubaix, mezcla de alivio y de incredulidad. Dos top‑10 en los dos grandes monumentos del pavé en una misma primavera, algo inédito para un español.
Los titulares hablan de aventuras, de epopeya, de un navarro que se ha empeñado en discutir el dominio flamenco en su propia liturgia. Para él, más allá de la anécdota estadística, ese doble resultado es una reconciliación íntima con todas las veces que había regresado a casa lleno de raspones y dudas. Por cada día así, sin embargo, hay otros que se inclinan hacia el lado amargo. En el Tour de 2012, una montonera le lanza contra el asfalto y le destroza el costado derecho.
Termina en el hospital, con heridas serias que le obligan a abandonar. El ciclista que tantas veces ha protegido a otros frente al riesgo no puede esquivar el suyo. Aquel golpe deja cicatrices físicas y una certeza: esto va a seguir, pero el cuerpo empieza a enviar avisos. En las siguientes ediciones de la carrera francesa, su nombre se camufla en la lista de gregarios que tiran en la montaña previa a los ataques de sus líderes.
Las cámaras apenas lo enfocan, pero si uno se fija en el momento exacto anterior a un demarraje de Valverde o a un cambio de ritmo de Nairo Quintana, es fácil encontrar a Erviti, levantado sobre la bici, exhalando el último esfuerzo antes de apartarse a un lado. El recuerdo más reciente y televisivo de su hambre competitiva, para muchos, es la etapa 12 del Tour 2021, entre Saint-Paul-Trois-Châteaux y Nîmes. Día de viento, calor pegajoso, esa tensión sorda que anuncia abanicos. Se forma una escapada grande y dentro van nombres ilustres: Nils Politt, Stefan Küng, Harry Sweeny… y el navarro, en medio, con la misma expresión concentrada de siempre.
El País bautizaría aquella jornada como “atómica”, empujada por el aire y por la sensación de renacimiento social tras las vacunaciones masivas. A falta de quince kilómetros, Politt ataca, abre hueco, y Erviti se convierte en el hombre que intenta cerrarlo una y otra vez, hasta que la gasolina se agota. Entra segundo en meta. Para la clasificación, otro podio sin victoria.
Para él, una de esas oportunidades que se escapan por centímetros y que, sin embargo, confirman que el motor todavía tiene chispas de lujo. Ese mismo año, el azar le prepara otra emboscada. La París‑Roubaix, desplazada a octubre por la pandemia, se disputa bajo el agua, barro líquido en los tramos de pavé, bicicletas convertidas en herramientas de equilibrista. Erviti entra en la escapada, pisa el primer sector empedrado y, en un segundo, todo se desordena: caída, golpe seco, manos que buscan el manillar y no lo encuentran con firmeza.
Dos metacarpos rotos en la mano izquierda, operación en Pamplona y punto final abrupto a la temporada. El riesgo forma parte del contrato que firmó años atrás, pero cada vez cuesta más negociar con él. Sus mejores días suele vivirlos cuando se le permite atacar, pero esa misma vocación ofensiva le expone de manera cruel a la otra cara del deporte: la de las vendas, las radiografías y las recuperaciones en silencio. Mirar el ciclismo desde sus ojos es también observar la transición de una época a otra.
En las entrevistas que concede ya cerca de los cuarenta, especialmente en una conversación larga con El País en 2023, contrasta los años en los que mandaba la prudencia con este tiempo en el que jóvenes como Tadej Pogacar, Mathieu van der Poel o Wout van Aert han dinamitado cualquier manual previo. Antes se corría con calculadora: se guardaba hasta el último puerto, se controlaba el daño, se dejaba para el final el espectáculo. Ahora las grandes figuras atacan desde lejos, se encadenan puertos a cuarenta y siete por hora de media, las etapas se deciden mucho antes de lo que marcaban los viejos esquemas. Para un gregario veterano, la obligación ha sido aprender a ser más eficiente, elegir mejor cuándo gastar ese último acelerón, aceptar que el margen de error es cada vez más estrecho.
Le preocupa, especialmente, la forma en que el nuevo contexto trata a los jóvenes. Describe un sistema en el que un corredor de 23 años que no gana, que no enseña números descomunales en TrainingPeaks o en el potenciómetro, corre el riesgo de quedarse sin la paciencia que él sí disfrutó. Reconoce que hay fenómenos precoces que rompen cualquier patrón, pero recuerda que la inmensa mayoría del pelotón necesita tres o cuatro años para aprender recorridos, leer el viento, entender cuándo arriesgar y cuándo conviene levantar la mano. Todo eso, repite, no aparece en ninguna gráfica.
Y ahí ve un hueco para su próximo papel: transmitir esa experiencia, esa serenidad, esa calma que tantas veces sostuvo a otros desde dentro del grupo. Su despedida como ciclista activo encaja casi demasiado bien con su perfil. No hay rueda de prensa con focos y lágrimas, no hay anuncio teatral de “hasta aquí hemos llegado”. Simplemente, la vida y el cuerpo van marcando el ritmo.
El contrato se acerca a su término, la recuperación tras las carreras se alarga, la ilusión sigue viva pero empieza a dibujarse de otra manera. Mientras aún compite, se apunta al curso de director deportivo, viaja a Suiza, supera el examen, se asegura la licencia UCI que le permitirá ponerse al otro lado del pinganillo. Más que una ruptura, es una transición: del maillot a la pizarra. A finales de 2023, Ineos Grenadiers anuncia su fichaje como director deportivo a partir de 2024.
Para muchos, su llegada se lee como un traspaso invernal de esos que cambian vestuarios sin hacer ruido: un hombre con casi veinte años de experiencia WorldTour, experto en pavé y en grandes vueltas, que se incorpora a una estructura británica marcada por la cultura del control, los datos y la planificación milimétrica. En la web del equipo aparece como “sport director” dentro de un staff que mezcla nombres históricos de la época Sky con caras nuevas. En el programa El Corte Bueno, ya con el chándal negro de Ineos, resume su objetivo con una frase sencilla: ser capaz de encontrar las palabras que un corredor necesita oír para rendir un uno por ciento más, porque él mismo sintió muchas veces lo que una voz acertada desde el coche puede hacer en una jornada límite. El trabajo en el asiento delantero tiene sus propias reglas.
Ya no se trata de apretar pedales, sino de leer la carrera a través del parabrisas y de una pantalla llena de datos, decidir cuándo lanzar a los gregarios, cuándo frenar una persecución, cómo repartir fuerzas en una grande para que el equipo llegue vivo a la tercera semana. En un conjunto como Ineos, heredero de la filosofía Sky, la obsesión por el detalle convive con la necesidad de renovarse después de años de dominio. En entrevistas recientes, recogidas por medios como Cyclingnews, se le escucha valorar el regreso de Dave Brailsford a un papel más visible, celebrar el buen arranque de algunas temporadas y subrayar la necesidad de modernizar sin perder el ADN original del proyecto. En ese equilibrio, su experiencia en una estructura más intuitiva y emocional como Movistar añade un matiz distinto al laboratorio británico.
Para Erviti, este nuevo oficio tiene ventajas claras: prolonga su vida en el ciclismo sin seguir castigando el cuerpo, mantiene un horizonte laboral reconocible, puede seguir sintiéndose útil. Pero también lo coloca en una zona donde los resultados pesan tanto como antes, solo que de otra manera. Los directores deben justificar decisiones, adaptarse a tecnologías cambiantes, gestionar grupos humanos cada vez más internacionales y complejos. Él llega con un arma que no se enseña en ningún curso: habla el idioma del gregario.
Sabe exactamente qué siente un corredor cuando, a las seis de la tarde, tras cinco horas de lluvia, escucha por radio que aún hace falta “un esfuerzo más”. Entiende la tentación de bajar la cabeza y también lo que se puede despertar con una palabra adecuada. Para el Movistar Team, su marcha deja el hueco simbólico de un capitán silencioso. Durante años fue el hombre que abría camino en los abanicos de Castilla-La Mancha, el que tiraba en cabeza cuando la carrera olía a emboscada, el que asumía la responsabilidad en etapas que daban pereza a casi todos.
No se fue con fuegos artificiales, pero se fue con el respeto intacto de compañeros, rivales y directores. Para Ineos, es una pieza más en un tablero complejo, pero una pieza con una particularidad decisiva: entiende igual de bien un tramo de pavé empapado en el norte de Francia que una recta interminable camino de Albacete donde el viento lateral puede destrozar cualquier favorito. Si volvemos al bar de aquel domingo de julio, quizá la historia de Erviti sirva como pequeña vacuna contra la obsesión por los focos. Recuerda que una gran vuelta puede estar marcada por alguien cuyo nombre no aparece en la portada al día siguiente, que la paciencia sigue siendo una virtud en un deporte acelerado, que adaptarse a los cambios genera carreras más largas que la moda del momento.
Enseña cómo se puede convivir con el rol de gregario sin resignarse, aceptando las propias limitaciones pero dejando una rendija abierta para la ambición cada vez que el director pronuncia esas palabras mágicas: hoy puedes intentarlo. Responder a la pregunta de qué fue de Imanol Erviti es hablar de continuidad más que de desaparición. No se esfumó cuando dejó de vestir de azul en 2023; simplemente cambió la vista. Sigue viajando de hotel en hotel, sigue reconociendo carreteras desde el coche, sigue apretando los dientes cuando un ataque rival desmonta el plan que ha trazado esa misma mañana en la reunión.
Solo que ahora el sudor es de otros y la responsabilidad de que no se pierdan en un abanico, también. Para el aficionado que mira la tele distraído, será un nombre pequeño en el rótulo de “staff”. Para quien haya aprendido a mirar un poco más allá de los maillots en el podio, seguirá siendo ese niño de Pamplona que se enamoró del ciclismo por la pantalla, encontró su lugar en la zona menos fotogénica de este deporte y hoy, desde el asiento delantero, ayuda a otros a escribir sus propias primaveras de Flandes y sus Roubaix necesariamente imperfectas, mientras el viento sopla y alguien, en algún bar, vuelve a preguntarse quién es ese tipo que tira delante cuando todavía falta un mundo para la meta.