Caisse d'Epargne: reinventarse o morir Si aquel enero de 2006 hubieras empujado la puerta giratoria del hotel de la rue de la Paix, en pleno París caro y silencioso, te habría recibido un choque extraño. Alfombras gruesas, lámparas doradas, camareros con bandeja de plata… y, sobre todo, un logo inmenso de una caja de ahorros francesa ocupando las paredes como si fuese el dueño del ciclismo español. En una esquina, casi camuflados entre trajes oscuros, los navarros de siempre: Echávarri, Unzué, mecánicos y masajistas que llevaban un cuarto de siglo cruzando Europa en furgoneta, ahora metidos en un decorado que olía más a banca que a linimento. José Miguel Echávarri, que ha hecho de todo en este deporte menos ponerse un dorsal en el Tour, se encargó de verbalizar la paradoja.
Aquello seguía siendo el equipo navarro de toda la vida, aunque ahora se presentara en París con nombre francés y corbata, contaba a El País. La escena resumía una tensión que acompañará a la estructura durante décadas: la raíz local frente a la necesidad de venderse al mundo para seguir existiendo. Caisse d’Epargne no era solo un nuevo sponsor, era un examen: ¿podía un equipo nacido a la sombra de una fábrica de aluminio en Navarra jugar en la liga de las grandes marcas internacionales sin perder el alma por el camino? Para entender esa mañana parisina hay que retroceder a finales de los setenta, cuando todo era infinitamente más pequeño.
Reynolds, fabricante de aluminio con presencia fuerte en Navarra, decide que el ciclismo puede ser una buena carta de presentación industrial. No hay powerpoints ni agencias de branding; hay gente que monta en bici y directivos que creen que poner el nombre de la empresa en un maillot puede ayudar a vender más perfiles de aluminio. Echávarri lidera la parte técnica, poco después se suma un joven Eusebio Unzué, y en 1980 nace el equipo Reynolds con más ilusión que certezas. Son años de furgonetas viejas, carreteras secundarias y hoteles discretos.
El equipo se foguea en la Vuelta, asoma tímidamente al Tour, aprende la liturgia de una grande: horarios, controles, jerarquías. Pero, sobre todo, construye algo menos visible y más determinante que cualquier victoria suelta: una cultura. Un modo de hacer las cosas que mezcla prudencia y ambición, obsesión casi artesanal por el detalle, un respeto reverencial por el esfuerzo de los corredores y una sensación muy navarra de que lo importante es que la casa aguante muchos inviernos. El salto simbólico llega con Banesto.
A partir de 1990, el banco decide convertir al equipo en uno de sus grandes escaparates de imagen. El maillot cambia de aluminio a azul bancario y, entre 1991 y 1995, Miguel Indurain convierte esa tela en icono pop: cinco Tours consecutivos, dos Giros, una colección de imágenes que todavía hoy ocupan salones y bares. El equipo deja de ser solo una estructura navarra para convertirse en algo que representa a un país entero, un objeto de orgullo nacional, un anuncio rodante de que España puede dominar la carrera más importante del año. El precio de aquel brillo se paga en dependencia.
La estructura, que sigue teniendo sede, acento y maneras navarras, queda atada a la buena salud de un banco que pronto empezará a acumular problemas. Cuando Banesto entra en crisis y acaba absorbido, el conjunto vive varios años como quien mira de reojo el extracto bancario a final de mes, consciente de que cualquier decisión en un consejo de administración lejano puede dejarlo sin suelo bajo los pies. Antes de caer del todo, el proyecto pasa por una fase casi digital: iBanesto.com. El nombre intenta subirse a la ola puntocom, la camiseta se llena de azul eléctrico y direcciones de internet, pero lo que queda en la memoria es el jersey, no el negocio.
Después llega el interludio Illes Balears, con el Gobierno balear comprando pecho y espalda del equipo para promocionar sol, playa y aeropuertos. Son años 2004 y 2005, campañas de turismo estampadas en el maillot, el mismo staff, casi los mismos corredores, pero un equilibrio económico mucho más delicado. El ciclismo carga todavía con la resaca del caso Festina 98 y se prepara, sin saberlo, para el siguiente terremoto: Operación Puerto. La televisión española recorta horas de retransmisión, los informativos empiezan a tratar el ciclismo como un problema más que como un orgullo.
La entrada de Wikipedia en chino, siempre seca, lo resume sin anestesia: los escándalos de dopaje y la reducción de presencia en televisión influirán en la decisión del Gobierno balear de retirarse del patrocinio. Traducido al idioma de Egüés: la estructura queda otra vez ante el abismo, con la sensación de que, dentro de España, el ciclismo empieza a oler a lío político. En paralelo a ese baile de logos, el equipo se convierte formalmente en empresa. Abarca Sports, con sede en el valle de Egüés, sostiene la licencia UCI, contrata corredores y staff, negocia con sponsors, maneja números que ya empiezan a parecerse a los de una pyme mediana.
El modelo es tan sencillo como cruel: la empresa asume el riesgo deportivo, pero depende casi por completo de que uno o dos grandes patrocinadores paguen la fiesta. Cada cambio de maillot es, en realidad, una cuestión de supervivencia. No se trata de si un diseño es bonito o feo, sino de si habrá dinero para seguir llenando el camión de bidones en marzo. Ahí entra Caisse d’Epargne.
Mientras muchas marcas huyen del ciclismo por miedo al dopaje, un grupo cooperativo francés gigantesco decide asomarse a ese deporte desprestigiado. La propia documentación del banco recuerda que, en 2005, ocupaba el puesto 11 en el ranking mundial de mutuas y cooperativas: un mastodonte financiero, con cultura propia, que ve en el ciclismo una plataforma interesante. Primero lo hace de forma prudente, como copatrocinador del Illes Balears; en 2006 da el paso definitivo y se queda con el puesto de sponsor principal. Illes Balears pasa a un segundo plano, el rojo y negro invade el maillot.
La presentación en París es casi un acto de diplomacia cultural. Echávarri insiste en que siguen siendo el equipo navarro de siempre, ahora con un socio francés que aporta estabilidad y, según los cálculos de la prensa de la época, alrededor de 11 millones de euros anuales. El maillot negro y rojo, con detalles blancos y una sombra casi nostálgica del antiguo logo balear, es la traducción visual de ese pacto. Abarca pone el oficio, los coches, la logística, las carreteras conocidas de febrero en Murcia y Castilla.
Caisse pone los millones y una exigencia de seriedad que encaja bien con una estructura acostumbrada a sobrevivir en crisis. En la carretera, el proyecto arranca a lo grande. La temporada 2006 es un manifiesto deportivo vestido de negro y rojo. Alejandro Valverde, murciano de acento arrastrado y piernas descomunales, convierte el calendario de primavera en algo parecido a un videojuego completado al cien por cien.
Gana la Vuelta al País Vasco, se lleva la Flecha Valona y cinco días después conquista Lieja-Bastoña-Lieja. Nadie había logrado ese doblete vistiendo un maillot español. Termina el año como rey del UCI ProTour, con 285 puntos, líder indiscutible del circuito, como recordaba Eurosport. Pero no es solo Valverde.
El equipo termina segundo en la clasificación por escuadras del ProTour, solo por detrás del CSC de Basso y Cancellara. Óscar Pereiro, fichado desde Phonak, se cuela en fugas imposibles en el Tour y acaba ganando la general de 2006 tras la descalificación de Floyd Landis. Joaquim Rodríguez se destapa como clasicómano fino, José Iván Gutiérrez colecciona vueltas menores y prólogos, Karpets aguanta con los mejores en las montañas de las grandes vueltas. Desde la perspectiva del sponsor, el balance es perfecto: victorias, podios, presencia constante en televisión, el logo francés siempre cerca del podio.
La historia de Pereiro merece una pausa. Gallego, agricultor de carácter directo, llega a Caisse d’Epargne buscando estabilidad tras su etapa en Phonak. En el Tour 2006 se mete en una escapada casi suicida, recupera minutos que parecían irrecuperables y, tras semanas de polémica por el positivo de Landis, acaba con el amarillo en París. Oficialmente la victoria aparece asociada a los colores de su antiguo equipo, pero para el espectador medio el recuerdo visual es otro: el gallego que sube al podio, sonríe con timidez y acaba unido para siempre al banco francés que patrocinaba a su nueva casa.
En el palmarés sentimental de Caisse, aquel Tour pesa tanto como una sucursal en los Campos Elíseos. Mientras los focos señalan a Valverde y Pereiro, hay biografías menos visibles que explican por qué el encaje entre banco francés y estructura navarra funciona tan bien. Francis Lafargue es un ejemplo perfecto. Francés de Biarritz, ciclista en su juventud, llega al equipo casi por accidente en 1983.
Reynolds necesita un traductor para su primera aventura seria en el Tour, alguien que entienda el idioma y el país. Lafargue entra en un hotel como aficionado y sale con un billete al Tour y un puesto en el staff, contaba él mismo. A partir de ahí, su vida se funde con la de la estructura. Durante casi treinta años ejerce de relaciones públicas, traductor, confidente de corredores como Delgado, Indurain o Valverde.
En la etapa Caisse su papel se vuelve decisivo: traduce idiomas, pero también mentalidades. Es el hombre que explica a los ejecutivos franceses por qué ese director algo hosco que responde con monosílabos en las reuniones es, en realidad, una garantía de seriedad; el que suaviza broncas, el que convierte un almuerzo tenso en una sobremesa digerible. Cuando fallece en 2023, Movistar lo despide como alguien de casa. Estuvo allí en Reynolds, Banesto, Illes Balears y Caisse.
Su vida podría contarse como un resumen humano de la saga. Luis Pasamontes aporta otra mirada, la del gregario que se juega la clavícula para que el líder llegue delante. En una columna sobre París-Roubaix, recuerda su debut en la carrera con Unibet y cómo luego volvió a sufrirla con Caisse d’Epargne y, más tarde, con Movistar. Describe el bosque de Arenberg como un túnel de ruido y miedo, habla de piedras que parecen cuchillos, de bicicletas que botaban tanto que se perdía la trazada, del silencio raro que precede al primer tramo de pavé.
En sus recuerdos se ve una cadena de sacrificio que une a los gregarios de Reynolds con los de hoy, una conciencia de oficio que sobrevive al cambio de colores. También se cruza el nombre de Marlon Alirio Pérez, colombiano, campeón mundial juvenil de puntuación en 1994, hombre de pista que salta a la carretera europea. En 2008 y 2009 viste el maillot negro y rojo de Caisse d’Epargne. No es una estrella, pero su papel va más allá de los resultados: comparte autobús con Valverde, Pereiro, Urán o Luis León Sánchez y actúa como puente informal entre el pelotón colombiano y la estructura navarra.
Años después, muchos compatriotas recordarán que fue él quien abrió puertas, quien explicó cómo funcionaban esos equipos europeos que parecían inaccesibles. En octubre de 2024, su nombre vuelve a los titulares por la peor razón: muere apuñalado en una pelea en un bar del Carmen de Viboral, en Antioquia. El ciclismo colombiano y europeo se conmocionan. En Egüés, más de uno revisa fotos antiguas y ve a Marlon sonriendo en el autobús, sentado en la fila de atrás, casco en la mano.
Es el recordatorio brutal de que, detrás de cada patrocinio internacional y cada logo bancario, hay historias personales frágiles, carreras que pueden acabar en una curva o en una madrugada cualquiera. El peso específico de Caisse d’Epargne en el pelotón se mide también por las tentaciones que provoca. En 2009, con Astana en guerra interna y Alberto Contador buscando salida, se filtra que el equipo navarro es una de las opciones serias para su futuro. El madrileño lo reconoce en una entrevista en Ciclismo a Fondo: habla de la oferta de Caisse como una de las más atractivas y subraya que la estructura dirigida por Unzué sabe, como pocas, lo que significa trabajar para un líder.
Que el mejor vueltómano del momento contemple dejarlo todo para vestir de negro y rojo dice tanto del prestigio del equipo como cualquier clasificación general. Pero mientras el proyecto deportivo funciona, la sombra de Operación Puerto se alarga. La investigación en torno al doctor Eufemiano Fuentes, las bolsas de sangre incautadas en Madrid, las listas de números y nombres en clave convierten al ciclismo en una novela policiaca. Valverde consigue esquivar las primeras embestidas legales, pero la carrera judicial sigue su curso.
En 2010, tras años de recursos y procedimientos, el Tribunal de Arbitraje Deportivo impone una sanción global de dos años, efectiva desde el 1 de enero. Sus resultados de 2010 se anulan, el líder carismático del equipo se queda sin competir en plena madurez deportiva. Abarca Sports emite un comunicado en el que acata el fallo pero lo califica de injusto e incoherente, subrayando que los hechos que se atribuyen al ciclista son anteriores a su relación contractual con la estructura y que el propio laudo admite que no hay prueba directa de que sus victorias hasta 2009 sean consecuencia del dopaje. Es un matiz jurídico importante, pero la percepción pública no entiende de detalles.
Para muchos, Caisse d’Epargne es el equipo del líder castigado por Operación Puerto. En los despachos de París, esa asociación empieza a pesar. Al mismo tiempo, el banco vive sus propios sobresaltos. Pierde dinero en operaciones con derivados, la crisis financiera global sacude su balance, se abre el camino de la fusión con Banque Populaire.
En ese contexto, el ciclismo pasa de ser una inversión estratégica a convertirse en una línea prescindible. François Pérol, máximo responsable del grupo, anuncia en enero de 2010 que no renovarán el patrocinio más allá de esa temporada. Los medios franceses lo recogen primero; enseguida, periódicos españoles como Público o As explican que la entidad quiere concentrar recursos en su apuesta olímpica: Vancouver 2010, Londres 2012, la candidatura de Annecy para 2018. En términos de hoja de cálculo, el mensaje es sencillo: el equipo que lidera Valverde se queda sin patrocinador principal a final de año.
En términos humanos, suena a cuenta atrás. Unzué y sus socios, que ya intuían la decisión semanas antes, activan un plan de emergencia. Hay que encontrar en cuestión de meses una empresa dispuesta a poner alrededor de 12 millones de euros anuales en un deporte que la opinión pública mira con recelo. Hay que convencer a directivos de que las imágenes de dopaje pertenecen a otro tiempo, que los controles se han endurecido, que la marca no se quemará por asociarse a un pelotón todavía sospechoso.
La salida de Caisse d’Epargne podría haber sido el final de la historia. Pero, de nuevo, la estructura decide reinventarse. Telefónica detecta una ocasión. A través de Movistar, busca una presencia deportiva que la acerque a los hogares con algo más cálido que una factura.
Comprar el equipo navarro no es solo adquirir un bloque de corredores, es hacerse con un relato: la saga Reynolds–Banesto–Illes Balears–Caisse que el propio equipo resume con orgullo en su web, apenas cinco grandes patrocinadores en casi medio siglo. En 2011, el conjunto se inscribe como Movistar Team. El azul eléctrico sustituye al negro sobrio, el logo de la teleco ocupa pechos y mangas, las bicis cambian de decoración, pero el motor interno sigue siendo el mismo. Continúan Unzué y su staff, vuelve Valverde tras cumplir su sanción, irrumpe una nueva generación que llevará el proyecto hacia otros territorios: Quintana y su Tour blanco y Giro rosa, Carapaz conquistando el Giro, la creación del equipo femenino en 2018, la expansión hacia el gravel cuando el ciclismo explora nuevos formatos.
Las lecciones de la etapa Caisse no caen en saco roto. Abarca Sports toma conciencia de la fragilidad de depender de un único patrocinador y, años después, abre su capital a Quantum Pacific, que entra con un 43 % de las acciones y aporta músculo financiero a cambio de visibilidad y presencia en otro gran escaparate deportivo. Telefónica, renueva su compromiso al menos hasta 2029, un pacto inusualmente largo que da estabilidad a los proyectos masculino y femenino. Paralelamente se anuncia la Movistar Team Academy, una escuadra filial pensada para retener jóvenes talentos y replicar, en versión actualizada, la cantera que un día alumbró a Delgado e Indurain.
Si uno deja a un lado la nostalgia y mira la etapa Caisse d’Epargne con frialdad, la balanza resulta elocuente. El patrocinio del banco francés permitió a la estructura mantenerse en la máxima categoría en el periodo más convulso de la historia reciente del ciclismo. Sin ese dinero, cuesta imaginar a Valverde encadenando monumentos y Vueltas con ese escudo en el pecho, o a Pereiro levantando los brazos en un Tour que parecía patrimonio exclusivo de superpotencias extranjeras. Abarca ganó tiempo, prestigio y una etiqueta de seriedad que resultaría valiosa después.
A cambio, asumió riesgos que todavía se notan. El maillot negro y rojo quedó asociado, para muchos, al caso Valverde y a la sombra interminable de Operación Puerto. La retirada de Caisse, por muy envuelta que estuviera en argumentos olímpicos y financieros, se leyó como una huida discreta de un deporte incómodo. Y la dependencia de un gran sponsor extranjero dejó una moraleja incómoda: cuando el consejo de administración decide que el ciclismo ya no encaja en su discurso, toda la estructura se asoma al precipicio sin red.
La saga que arranca con Reynolds y llega a Movistar condensa un manual de supervivencia que vale para cualquier proyecto deportivo en un entorno hostil. Cambian los colores, cambian los logos, cambian los protagonistas, pero permanece un núcleo duro de gente que se levanta a las seis de la mañana para cargar bicicletas en un camión, que negocia contratos sabiendo que el margen de error es mínimo, que aprende a hablar francés, inglés y, si hace falta, mandarín con tal de mantener viva la estructura. Caisse d’Epargne fue una mutación necesaria, quizá la más delicada, porque coincidió con un ciclismo en crisis reputacional y una economía tambaleante. Cuando en 2020 el propio equipo organizó una votación entre aficionados para elegir el maillot más bello de su historia, el negro y rojo de Caisse se coló en las semifinales junto al Reynolds del 83 y el Banesto del 2000.
El dato es pequeño y, sin embargo, dice mucho. Habla de una generación que creció viendo a Valverde levantar los brazos con esa camiseta, de un público que asocia esos colores a tardes de primavera en la tele, a Tours disputados, a Vueltas peleadas hasta el último puerto. Habla también de la capacidad de una estructura para convertir un paréntesis francés en parte esencial de su memoria colectiva. Hoy, camino de 2029, con accionistas nuevos, una academia de jóvenes que sueñan con estrenarse en la Itzulia y un director navarro que sigue cerrando la puerta del coche en la salida neutralizada como lo hacía en tiempos de Reynolds, el maillot Caisse d’Epargne permanece en las fotos como una estación de paso decisiva.
Fue el traje de gala de un equipo que entendió que, para no desaparecer, tenía que cambiar de idioma sin renunciar al acento. Reinventarse o morir. Y eligió reinventarse, aunque para ello hubiera que presentar un proyecto navarro en un hotel parisino bajo un logo francés tan grande que casi tapaba las raíces que lo sostenían.