Si uno llega a Irurtzun una mañana fría de enero, con las Dos Hermanas levantadas como muralla y ese olor mezcla de lluvia, humo de leña y aluminio que se pega a la ropa, cuesta imaginar que aquí empezó una dinastía. Las furgonetas pasan camino de Pamplona, los camiones entran y salen de la fábrica, el bar de la esquina sirve cafés con leche espumosos. En la pared, por encima de la máquina tragaperras, cuelga una foto amarillenta: un grupo de chavales flacos con maillot azul y plata, el nombre de una empresa de aluminio en el pecho y un presidente con gafas de pasta que sonríe como quien se ha metido en un lío que no sabe aún cómo va a pagar. En Irurtzun, esa foto no es decoración; es el acta fundacional de algo que todavía hoy se sigue moviendo bajo el azul de Movistar.

Antes de que existieran los autobuses forrados con logos, las cocinas móviles y los rodillos inteligentes, en Irurtzun lo que había era un club y un puñado de adolescentes que querían parecerse a Eddy Merckx y a Luis Ocaña. A principios de los setenta, el CC Irurzungo nace como nacen los clubes en los pueblos: cuotas apretadas, rifas los domingos, madres cosiendo dorsales, padres que se turnan para conducir una furgoneta atestada de bicis. Entre esos chicos aparece un tal Eusebio Unzué, dieciocho años, piernas buenas, cabeza mejor. Durante un tiempo sueña con ganar carreras, como todos.

Luego descubre que ve más lejos desde la cuneta y, sobre todo, desde el asiento del copiloto, leyendo vientos, ritmos, gestos, como si estuviera adelantando en la mente los movimientos del pelotón. Sin saberlo, está ensayando el oficio que le ocupará la vida. Para que ese club de chavales no se quede encerrado en las carreteras navarras, hace falta algo más que ganas. Hace falta dinero.

Y en Irurtzun, el dinero grande tiene nombre de fábrica: INASA, Industria Navarra de Aluminio. En algún momento de 1972 o 1973, alguien del Irurzungo llama a esa puerta. No hay presentación en PowerPoint ni consultores de marketing; hay una carpeta con recortes, un par de maillots doblados sobre la mesa y la convicción de que la palabra Reynolds, registrada por la empresa para sus productos, puede viajar mejor por España si se ata al ciclismo. Reynolds en el pecho, gasolina y ruedas pagadas.

A cambio, kilómetros, presencia, una forma humilde de hacerse ver. Es el primer latido de una alianza que cambiará para siempre la vida del club. El acuerdo juvenil funciona y el equipo empieza a asomar la cabeza fuera de Navarra. El Confidencial sitúa ya en 1974 el patrocinio fijo de Reynolds al conjunto juvenil; ABC recordará después cómo, en 1976, el proyecto da el salto al campo amateur con esa misma marca.

Pero si hay una figura que termina de engrasar el mecanismo, esa es la de José Antonio Martínez, al que todos llaman El Chapas. Martínez llega a la presidencia del CC Irurzungo en 1976 y empuja el proyecto con una mezcla de terquedad, optimismo y inconsciencia económica que solo se entiende en los que creen de verdad en algo. Junto a los hermanos Legarra y a Pedro Mari Alzueta, impulsa primero un equipo aficionado llamado Nuevo Legarra. De ahí saldrá el Reynolds amateur.

Y de ahí, el sueño –casi la temeridad– de crear, desde un pueblo entre montañas, un equipo profesional de carretera. Imagínate aquellas reuniones: un club de pueblo con un puñado de ciclistas buenos, un patrocinador dispuesto a ir subiendo la apuesta y una gente, Echavarri y Unzué, que empiezan a hablar de inscribirse en carreras profesionales como quien propone ir a la luna con una furgoneta diésel. Para que ese salto tenga forma legal, nace Abarca, la sociedad que servirá de cascarón jurídico al proyecto. No es aún una empresa con departamentos, organigramas y manuales de marca; es más bien una coartada administrativa para poder firmar contratos, cobrar patrocinios, pagar nóminas.

Pero el nombre se quedará. Abarca Sports será, décadas después, la denominación que sostenga Movistar Team. Todo arranca ahí, en la intuición de que ya no basta con ser un club: hay que convertirse en estructura. El relato de aquel contrato fundacional siempre se cuenta con sonrisa.

Echavarri y Unzué acuden a la dirección de INASA con un presupuesto de diez millones de pesetas. La cifra, para un club acostumbrado a calcularlo todo en rifas y sorteos de cestas de Navidad, parece desorbitada. Juan García Barberena, director general de la empresa, escucha, hace números mentalmente y responde con una frase que se ha convertido en mito de origen: diez millones, decís; tomad quince, que si no no vais a tener ni para ruedas. Más allá del chascarrillo, esa escena resume el pacto: la industria pone el colchón; el equipo pone el sudor, la exposición y la promesa de honrar un apellido que no es el suyo.

El paso de juveniles a profesionales no se produce de golpe. Hay escalones intermedios, noches de viaje por carreteras secundarias, coches cargados hasta el techo, hoteles de tercera. En 1976, el CC Irurzungo ya compite en amateurs con respaldo de Reynolds. El club se convierte en vivero para todo el ciclismo navarro: por sus filas pasan chavales de Estella, de Tafalla, de pueblos pequeños donde el ciclismo es sobre todo una forma de salir de casa y ver mundo.

La idea es sencilla y poderosa: crear una cadena completa. Juveniles, luego amateurs, luego profesionales. Un jugador puede entrar con dieciséis años y, si cumple, ir subiendo escalones sin salir de la misma casa. Abarca controla el ciclo entero; en lugar de fichar media plantilla de golpe, acompaña a los suyos.

En 1980, esa cadena desemboca en el primer equipo profesional navarro de carretera: el Reynolds. La foto de presentación no tiene nada que ver con los fastos actuales. Maillots azul y plata, las letras de la marca bien grandes, unos cuantos corredores navarros encabezados por Miguel Acha, nacido en Almandoz, como jefe de filas, y alguna cara exótica. El danés Gert Frank, especialista en pruebas de seis días en pista; el finlandés Kari Myyryläinen, hombre de ciclocross que aprenderá a moverse en las vueltas por etapas; un grupo de técnicos que todavía compaginan su trabajo con otras ocupaciones.

En la parte delantera del coche, Echavarri; a su lado, Unzué, que empieza oficialmente como segundo director, aunque en realidad ya es el hombre de confianza al que le cae todo: logística, material, llamadas a última hora, selección de carreras. La Vuelta a España de 1980 es la primera inmersión seria de Reynolds en el gran escenario. El pelotón de aquellos años está dominado por escuadras italianas y francesas con presupuestos bastante más generosos, estructuras sólidas, costumbre de ganar. El objetivo del debutante navarro no es armar una revolución, sino sobrevivir, aprender, tomar notas.

Miguel Acha se convierte en la referencia del equipo, el primero en aparecer en televisión con el maillot azul y plata. Los resultados son discretos, pero lo que queda en la memoria de los protagonistas tiene más que ver con la escuela acelerada que supone vivir tres semanas de gran vuelta: desayunos a oscuras, salidas bajo la lluvia, cambios de hotel cada día, mecánicos que se acuestan a las dos de la mañana después de repasar todas las bicis. Es la Universidad del ciclismo asumida a base de golpes. A partir de esa primera Vuelta, el equipo se asienta.

Llegan victorias en pruebas menores, clasificaciones por equipos en vueltas nacionales, escapadas televisadas que empiezan a familiarizar al aficionado con el maillot navarro. Muy pronto, Reynolds encuentra su especialidad: las clasificaciones de la montaña, las fugas de largo recorrido, las metas volantes. José Luis Laguía se convierte en el símbolo de esa estrategia. Ligero, combativo, se cuela una y otra vez en las escapadas de la Vuelta, acumula puntos en los puertos, se enfunda varios maillots de lunares.

En una jerarquía en la que los equipos españoles apenas pueden disputar las grandes generales, ese modo de correr –sin complejos, buscando el golpe de mano, atacando cuando el pelotón se relaja– es una forma de hacerse un nombre. El salto definitivo al gran escaparate llega en 1983, cuando Reynolds debuta en el Tour de Francia. No es solo un cambio de país: es un cambio de dimensión. La carrera francesa tiene otra presión mediática, otro protocolo, otra liturgia.

El equipo navarro se planta allí con el respeto tímido del recién llegado y una mezcla de ilusión y miedo a hacer el ridículo. La historia dirá que no solo no lo hacen, sino que salen con una de esas fotos que se clavan para siempre en la retina de un proyecto. Ese año, Ángel Arroyo gana la cronoescalada al Puy de Dôme con el maillot de Reynolds. En la cuneta, el propio El Chapas aparece en una imagen recuperada por Movistar junto al corredor abulense y el mecánico Vicente Iza, ambos exhaustos, abrazados a una bicicleta aún cubierta de sudor y polvo volcánico.

Ese día, en la ladera de un volcán francés, un equipo de un pueblo navarro se convence de que no ha ido allí solo a aprender: puede ganar. Mientras tanto, en la parte trasera de todo ese relato deportivo, se consolida una forma de trabajar. Echavarri es el estratega obsesivo que estudia los recorridos al detalle, que decide qué carreras correr y cuáles no, que calcula picos de forma anual con una precisión poco habitual en la España de la época. Unzué es la extensión práctica de ese cerebro: organiza los viajes, mantiene la moral de la tropa, discute con los corredores, negocia con los organizadores.

La continuidad en la dirección técnica, subrayada años más tarde por muchos perfiles de prensa, es una de las claves de la supervivencia de la estructura. No hay saltos al vacío ni cambios de rumbo caprichosos: hay una línea maestra que se va adaptando a los tiempos, pero que conserva una identidad clara. El modelo se refuerza con la entrada constante de talentos propios. Reynolds controla la base y puede elegir qué chavales suben al equipo profesional.

Algunos se quedarán años; otros, como Melcior Mauri, tendrán pasos más breves antes de brillar en otras casas y, a veces, regresar. El proyecto no es solo un conjunto de ciclistas; es un taller de técnicos, auxiliares, mecánicos, futuros directores. Basta revisar los nombres de aquel primer Reynolds y cruzarlos con las plantillas de Banesto, iBanesto, Illes Balears o Movistar para comprobar cuántos regresan tiempo después con otras funciones: Jaimerena en el coche, Patxi Vila en el área de rendimiento, antiguos corredores en la enfermería o en los masajes. La estructura se alimenta de su propia memoria.

En mitad de los ochenta, cuando la maquinaria ya está rodada, aparece una figura destinada a cambiar la escala del proyecto: Pedro Delgado. Segoviano, sanguíneo, con ese punto imprevisible que divide a los directores entre el miedo y la fascinación, Perico no es hijo directo de la cantera navarra, pero encaja en el carácter del equipo como un guante. Le gustan las ofensivas de lejos, los ataques en puertos encadenados, los riesgos tácticos que hacen sudar a los hombres del coche. En Reynolds encuentra un entorno que sabe interpretar ese estilo.

Su Tour de 1988, ganado con el maillot azul y plata, y la Vuelta de 1989, ya casi en el límite cronológico de la etapa del aluminio, son algo más que victorias individuales. Son la confirmación de que aquel experimento nacido en Irurtzun puede producir campeones de grandes vueltas. Para el patrocinador, ese éxito tiene un valor incalculable. El nombre Reynolds aparece una y otra vez en los resúmenes de televisión, en las portadas de los periódicos, en las crónicas de verano.

La inversión inicial de aquel director que añadió cinco millones a la cifra prevista se revela como un golpe de intuición notable. Pero al mismo tiempo, el propio éxito del equipo empieza a evidenciar las costuras económicas. Ganar un Tour no cuesta lo mismo que disputar fugas en vueltas menores. Los salarios de los líderes suben, la exigencia de material aumenta, las temporadas se alargan.

El ciclismo entra en una fase de profesionalización acelerada, con más carreras, más días de competición, más presión mediática, y un fabricante de aluminio navarro tiene límites claros para seguir el ritmo. Ahí aparecen también las sombras y las fragilidades del modelo Reynolds. La dependencia de un único mecenas industrial coloca a la estructura en una posición delicada: si el sponsor decide retirarse, el proyecto entero tiembla. A finales de los ochenta, cuando Reynolds se repliega, el equipo vive una especie de nudo en la garganta.

Por un lado, la melancolía de ver cómo desaparece del maillot el nombre que les ha acompañado desde juveniles. Por otro, la necesidad urgente de encontrar un nuevo aliado que sostenga un conjunto que ya no es un club grande, sino una referencia capaz de ganar las carreras más importantes del calendario. El relevo llega con Banesto en 1990. El banco entra con un presupuesto acorde a un equipo de primera fila y el proyecto cambia de nombre sin cambiar de alma.

Wikipedia lo resume de forma seca: el equipo Banesto nace en 1980, inicialmente como Reynolds, y asume después el patrocinio de la entidad financiera. La genealogía posterior –iBanesto.com, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar– no hace sino prolongar ese hilo. La columna vertebral sigue siendo navarra, la sociedad que lo sostiene se llama Abarca Sports y, en los bares de Irurtzun, las fotos que cuelgan de las paredes siguen siendo, sobre todo, azules y plata. Años después, en una entrevista conjunta en El País, Echavarri y Unzué explicaban con cierta nostalgia la inversión del modelo sentimental con el que ellos mismos habían empezado.

En los ochenta, decían, la secuencia era tener corredores y luego buscar sponsor; hoy lo habitual es conseguir primero una gran marca y, a partir de ahí, armar la plantilla. Esa revolución silenciosa –más dinero, más control, más ciencia, también más presión y más conflictos– la han vivido desde dentro. Han tenido que profesionalizar procesos, crear departamentos, asumir códigos éticos, sobrevivir a la explosión y al descrédito de la era del dopaje, adaptarse a la globalización del pelotón, a la llegada de patrocinadores de telecomunicaciones, bancos, gobiernos regionales. Pero debajo de todas esas capas, quienes han seguido de cerca la historia reconocen una matriz que viene de Irurtzun.

Quizá por eso, cuando Movistar presentó en Pamplona el documental 40 años de ciclismo, 1980-2019, la película no empezaba en Telefónica ni en Banesto, sino en los primeros maillots de Reynolds. Las cifras de cierre –930 victorias en cuatro décadas, siete Tours entre Delgado, Indurain y Pereiro, decenas de Vueltas y Giros, monumentos y clásicas– impresionan. Pero lo que da sentido a esa lista de éxitos es el origen: un club juvenil en 1972, una fábrica de aluminio que decide poner su marca en un maillot, un presidente apodado El Chapas que se juega su prestigio personal por unos chavales de piernas flacas, dos directores que empiezan haciendo cuentas en pesetas para pagar ruedas y acaban gestionando presupuestos globales. En 2025, cuando algún titular recuerda que Movistar Team y Eusebio Unzué son ya los más longevos del pelotón mundial, lo que en realidad se está celebrando es la resistencia de un modelo.

Pocos equipos han sobrevivido a tantos cambios de patrocinador, a tantos giros del ciclismo, a tantas crisis internas y externas. La estructura que hoy viste de azul Movistar, que alinea un equipo masculino, uno femenino, una formación de eSports y un proyecto de gravel, sigue firmando sus comunicados como Movistar Team / Abarca Sports. Y cuando marca su cronología, lo hace con una cifra que no deja lugar a dudas: 1980–2025. Cada vez que se escribe ese rango, se menciona sin nombrarla la vieja camiseta de Reynolds.

Volvamos un momento al bar de Irurtzun. Han pasado más de cuarenta años desde que aquellos maillots azul y plata rodaran por primera vez en la Vuelta. La foto de la pared sigue ahí, algo más torcida, con las esquinas vencidas por el sol. Un abuelo le señala a un niño uno de los rostros de la imagen y le dice: ese de ahí era El Chapas; esos otros acabaron en la tele; ese de la derecha se metió en una escapada en el Tour.

El niño escucha a medias, fascinado y distraído, mientras bebe un refresco. Le quedan por delante muchas etapas, muchos veranos, quizá alguna madrugada de rodillo siguiendo en la tablet a los ciclistas de azul. Tal vez no sepa aún que el equipo que ve hoy, con sus redes sociales, sus autobuses aerodinámicos y sus patrocinadores globales, viene de esa misma foto, de ese mismo pueblo, de esa misma fábrica cuyo humo sigue mezclándose con la niebla. Que antes de Movistar hubo Caisse d’Epargne, Illes Balears, iBanesto, Banesto, Reynolds.

Que antes de Indurain hubo Acha y Laguía; que antes de Valverde hubo Arroyo y Perico. Que antes de todo eso hubo un club llamado Irurzungo, un presidente testarudo, un director que prefería la cuneta al sillín y un mecenas que puso cinco millones de pesetas más para que no faltaran ruedas. Cuando en algún futuro alguien vuelva a montar un documental sobre la saga Abarca Sports, es fácil imaginar la escena elegida para abrir o cerrar la historia. Puede ser la cronoescalada al Puy de Dôme en 1983, con el maillot azul y plata dibujándose contra la pendiente mientras El Chapas grita desde la cuneta.

Puede ser una reunión en un despacho modesto de INASA, con García Barberena empujando el contrato hacia el otro lado de la mesa. Puede ser, simplemente, la imagen de un chaval de Irurtzun abrochándose un maillot en el que, bajo el logo de Movistar, todavía late, aunque no se vea, el viejo nombre de Reynolds. Porque ese sueño de convertir un club de pueblo en algo que sobreviviera a una generación no se quedó colgado en la pared: sigue pedaleando.