Movistar vs el resto: el mejor 9 de la historia Abarca vs el pelotón Imagina un estadio vacío al anochecer. No hay gradas, no hay focos encendidos, no hay himno. Solo un área dibujada en el suelo y, dentro, un nueve veterano que no se mueve demasiado, que ya no corre como antes, pero que siempre, siempre, está en el sitio exacto cuando llega el centro. A su alrededor, los equipos cambian de camiseta, de escudo y de patrocinador como quien cambia de botas.
Él no. Él permanece. Si cambias esas líneas de cal por cunetas, rotondas y puertos, si cambias el balón por una bicicleta azul, ese nueve se llama Abarca Sports. Si el ciclismo fuera una liga con ascensos y descensos, con clubes que nacen al calor de un banco, de una marca de coches o de una web de apuestas y desaparecen en cuanto cambia el director de marketing, la estructura Reynolds–Banesto–Illes Balears–Caisse d’Epargne–Movistar sería ese club que nunca cae, que siempre está en Primera.
Hay años de Champions, años de sufrir para entrar en Europa y años de debates alrededor del banquillo, pero el equipo no falta a ninguna temporada. Da igual que el patrocinador se lea en inglés, en francés o con una M gigante de telefonía: el corazón es el mismo y viste de azul. La película empieza en 1980, cuando el aluminio aún manda en los cuadros y las piernas se curan con árnica y agua fría. La Vuelta a España transcurre por carreteras que hoy parecerían una clásica de adoquines mal asfaltados, y un francés delgado, Jean-René Bernaudeau, levanta los brazos en una meta de pueblo con vallas de madera.
Esa victoria, una etapa sin glamour televisivo, inaugura el casillero de Reynolds. El número uno de una cuenta que nadie en aquel momento se toma demasiado en serio. Un equipo español con respaldo industrial, un director joven llamado Eusebio Unzué y un grupo de corredores que aún no saben que están fundando una dinastía. Mientras otros proyectos se apagan al ritmo de las crisis de sus patrocinadores, Reynolds resiste.
El maillot cambia de escudo, pero la estructura se mantiene. Llega Banesto y con él una época en la que España se descubre a sí misma como potencia de grandes vueltas; después, Illes Balears y Caisse d’Epargne aportan colores diferentes al mismo cuerpo técnico y al mismo modo de entender el oficio. En el libro ‘Nuestro ciclismo, por un equipo’, editado en 2014 y presentado casi como un álbum familiar, la propia casa se miraba al espejo y recitaba cifras que parecían exageradas: más de 800 victorias, siete Tours, cuatro Vueltas y tres Giros acumulados bajo ese tronco común. Cinco escudos, un solo vestuario.
Al aficionado le llegan antes los nombres que los números. Recuerda que Ángel Arroyo ganó la Vuelta de 1982 a golpe de crono, pero quizá no sabe que aquella fue la victoria número cien del proyecto. No piensa que el día en que Miguel Indurain arrasó en Luxemburgo con el maillot amarillo de Banesto, estaba dando otra vuelta de tuerca a una estadística que crecía sin estridencias. Tampoco que, cuando Alejandro Valverde levantó los brazos en el Tour de Francia de 2012 con el maillot verde y azul de Movistar en la cima de Peyragudes, el equipo acababa de alcanzar su triunfo número 800.
El niño que mira la televisión o la pantalla del móvil solo ve a un corredor escapado, no un contador que se dispara. Por eso fue tan llamativo que en 2018 el propio Movistar Team decidiera ponerle un número redondo a su historia. Carlos Barbero gana una etapa en la Vuelta a la Comunidad de Madrid, cruza la meta en la capital con el gesto contenido del sprinter que sabe que ha salido bien el lanzamiento, y alrededor hay algo más que un simple triunfo de calendario. La estructura celebra su victoria número 900, lo cuenta en su web como quien repasa un álbum de cromos: la primera en 1980 con Bernaudeau, la número 100 con Arroyo en la Vuelta del 82, la 800 con Valverde en el Tour y ahora esta 900, otra vez en casa, otra vez en terreno conocido.
Tomado así, el palmarés parece la partida de un videojuego en modo fácil, una liga en la que el nueve nunca deja de marcar. Un año más tarde, el documental por los 40 años de vida eleva la cifra hasta las 930 victorias y coloca en la mesa un recuento que impresiona incluso al espectador acostumbrado a las estadísticas: cinco Tours, cuatro Vueltas y dos Giros bajo distintas denominaciones, más mundiales, clásicas y vueltas de una semana que se van enumerando casi con pudor. Ciclismo a Fondo se hace eco de ese resumen, mientras la Vuelta repasa, en sus dosieres oficiales, las generales ganadas por la estructura con Delgado, Olano, Valverde o Quintana. La relación entre el equipo y la carrera española se vuelve casi sentimental, como la de un club que no siempre gana la Liga pero siempre está en los momentos importantes.
Pero para entender por qué este nueve sigue en el área después de tantos cambios de reglamento, hay que mirar al modelo, no solo al marcador. Durante décadas, el equipo construido por Unzué y su gente se apoya en una base nacional muy sólida, casi de club de barrio con cantera propia. Corredores españoles que saltan del campo amateur al profesional dentro de la misma casa, un calendario centrado en las pruebas del país, una identidad que se alimenta de victorias en Vuelta, País Vasco, Volta a Catalunya, Andalucía. A ese núcleo se le van sumando extranjeros puntuales, piezas elegidas con lupa: un colombiano aquí, un francés allí, un contrarrelojista suelto que sabe cerrar huecos cuando sopla el viento.
En los noventa, la apuesta se desplaza. Con Pedro Delgado primero y con Miguel Indurain después, Banesto aprende a hacer algo que pocos equipos dominan: controlar tres semanas de carrera como si fueran 38 jornadas de una liga exigente. El nueve deja de ser un goleador de rachas y se convierte en un delantero tanque que domina el área durante años. Los gregarios saben exactamente a qué ritmo deben subir los puertos, cuánto hay que apretar en cada repecho, dónde se coloca el líder para no gastar un gramo más de energía de la cuenta.
Armand de las Cuevas, Jean-François Bernard, los escaladores españoles que se multiplican en la montaña… todos forman alrededor de Indurain una muralla que aguanta ataques, crisis, cambios de velocidad. No se trata solo de que el navarro gane cinco Tours consecutivos; es que el equipo aprende un oficio que luego transmitirá a sus herederos. Ese saber hacer salta de generación en generación. Del Banesto de Indurain al Illes Balears de los primeros años de Valverde hay un hilo que no se rompe.
El murciano llega como talento precoz, gana clásicas, vueltas de una semana, se adapta a todo. Más adelante, con Caisse d’Epargne y ya con el maillot Movistar, el bloque se reconfigura alrededor de nuevos jefes de filas: Quintana, Landa, Carapaz. Pero el guion se reconoce. Hay gregarios de toda la vida, como Chente García Acosta primero o Imanol Erviti después, capaces de comerse horas de viento frontal sin pestañear.
Hay escaladores que pasan de promesas a actores principales. Hay directores que miran la carrera como si vieran un partido desde el banquillo, con un ojo en la televisión y otro en la pizarra. El salto a Movistar en 2011 no es un cambio de identidad, sino una mutación de contexto. La telefónica desembarca con la idea de usar el equipo como altavoz tecnológico y emocional, de asociar la M azul a la épica de las cumbres.
Hereda la plaza de Caisse d’Epargne en el UCI WorldTour, mantiene a los mismos responsables deportivos, pero entra de lleno en otra era. Las webs se vuelven sofisticadas, las redes sociales empiezan a contar la vida cotidiana del equipo, se abren las puertas del autobús a las cámaras, se produce un documental para celebrar los 40 años de historia, se negocia con plataformas como Netflix para mostrar al mundo lo que antes solo se susurraba en los corrillos de periodistas. En paralelo, la plantilla se internacionaliza de verdad. La base española sigue ahí, pero los colores se mezclan.
Llegan colombianos que venían de volar en altitud, ecuatorianos con un punto de rebeldía, portugueses fiables, algún británico. Y, sobre todo, aparece en 2018 el proyecto femenino, que desde su debut deja claro que no ha venido a rellenar un par de fotos institucionales. Ese primer año, las ciclistas del Movistar Team Women suman 15 de las 42 victorias UCI de la casa. Casi una de cada tres.
Zikloland lo resume entonces como un botín notable: podios en Giro y Tour por parte de los hombres, el maillot arcoíris de Valverde en Innsbruck, generales en vueltas de una semana, y un equipo de mujeres que gana desde el primer curso. Si te asomas a esa temporada como si fuera una partida de videojuego, ves un equipo que lo tiene casi todo. Un líder veterano que todavía marca diferencias, Alejandro Valverde, que se viste de arcoíris en Austria y firma la victoria más simbólica de su carrera. Dos jefes de fila para las grandes vueltas, Quintana y Landa, que se reparten ambiciones y días de gloria.
Una nómina larga de corredores en segundo plano capaces de ganar etapas, de meterse en fugas, de sostener el bloque en las clasificaciones por equipos. Y un conjunto femenino que, desde la nada, se planta en la élite con naturalidad. Es el momento en que el nueve veterano parece rodeado de extremos rápidos, mediapuntas creativos y laterales incansables. Pero el fútbol, como el ciclismo, no se resume en las estadísticas.
Dentro de esa misma temporada perfecta, empiezan a aflorar las dudas tácticas. Los días de montaña con ataques cruzados, las etapas en las que parece que el equipo persigue sus propias fugas, las jornadas en las que nadie tiene claro quién es el líder. La exposición mediática, amplificada por las cámaras que se cuelan en el autobús y por las redes sociales, convierte esas dudas en debate público. Lo que antes se resolvía con una bronca a puerta cerrada ahora se comenta en tertulias y foros, con todo el mundo dispuesto a opinar sobre la pizarra de Movistar.
Cualquier discusión sobre quién es el mejor nueve de la historia de Abarca acaba derivando en la misma pregunta: cuántos goles ha marcado cada uno. Las estadísticas internas de 2018 situaban a Valverde con 99 victorias con la estructura, por delante de las 97 de Indurain, con Nairo Quintana muy por encima de la treintena. Es fácil imaginar a los tres alrededor de una mesa, con una cerveza y un plato de jamón, comparando sus maneras de llegar al gol. Valverde es un delantero total: juega de mediapunta, de extremo, de interior, pero siempre acaba apareciendo en el lugar preciso para rematar.
Puede ganar un sprint reducido en una Vuelta a Murcia y, al mismo tiempo, subir con los mejores al Angliru o a la Gallina. Indurain es otra cosa: un ariete que domina las cronos como si fueran penaltis y gestiona la montaña con la frialdad del que sabe que lleva ventaja en el marcador. Quintana representa el goleador de alta montaña moderno: ligero, silencioso, capaz de destrozar a todos en un puerto mítico bajo la nieve. Alrededor de ellos, la lista de jugadores necesarios para que el nueve siga marcando es larga.
Están los gregarios que se sacrifican sin que nadie recuerde su palmarés: Chente, que se pasa media vida tirando del grupo en la tele en blanco y negro y a color; Erviti, que se cuela en fugas imposibles y abre camino para los demás; corredores de trabajo que se adelantan a las crisis antes de que lleguen. Están los talentos puntuales que pasan por la casa buscando su espacio, como Landa o Carapaz, que llegan con la etiqueta de jefes de filas y comparten galones en un autobús lleno de estrellas. Están velocistas y rematadores como Barbero o, más tarde, Fernando Gaviria, capaces de convertir un día llano de carreras de pueblo en una tarde grande para las oficinas del patrocinador. Si uno se atreve a dibujar un once ficticio, sale un equipo coral pero reconocible: Valverde flotando entre líneas, Indurain como referencia brutal en el centro, Quintana cayendo a la banda de la alta montaña, un puñado de gregarios que no lucen en las portadas pero sostienen el sistema.
Y detrás, en el banquillo, una serie de directores que han visto pasar todas las modas tácticas del pelotón internacional sin renunciar del todo a su manera de entender el juego. Para medir a este nueve con justicia, hace falta compararlo con otras dinastías. US Postal primero y Discovery después construyeron una tiranía alrededor de un solo hombre, con un grupo de corredores subordinados a un objetivo único: el Tour. Sky, luego Ineos, perfeccionó esa idea con un modelo casi de laboratorio, basado en la ciencia de los vatios y en trenes de montaña que asfixiaban a los rivales antes de que pensaran en atacar.
Jumbo-Visma ha logrado algo todavía más raro: encadenar Giro, Tour y Vuelta en un mismo año, un triplete que parece sacado de una ucronía. UAE ha armado una plantilla que gira alrededor del talento casi sobrenatural de Tadej Pogacar, capaz de competir en primavera y en julio como si nada. Abarca no ha tenido una tiranía tan concentrada. No ha dominado una década completa con la misma violencia que Sky o Jumbo.
Pero cuando se mira la película entera, el resultado es distinto. Según recordaba Cyclingnews al presentar la plantilla de 2026, Movistar se prepara para su temporada número 47 como estructura, el equipo más longevo del pelotón masculino. Cuarenta y siete temporadas sin desaparecer, sin caer en el anonimato, sin entrar en un letargo oscuro entre patrocinadores de segunda. La estadística de sus grandes vueltas no es tan aplastante como la de las dinastías cortas, pero el goteo constante de generales, podios, clásicas y vueltas de una semana acaba pesando tanto o más que un periodo breve de dominio absoluto.
La continuidad tiene un precio. En los noventa y los primeros dos mil, el equipo vive, como casi todos, bajo la sombra del dopaje. La cultura de la época era otra, y ni Banesto ni sus herederos pudieron escapar a las dudas, a los interrogatorios, a los titulares incómodos. La transición hacia un ciclismo más vigilado, más controlado biológicamente, fue una travesía dura para todo el pelotón y dejó cicatrices deportivas y morales.
Abarca sobrevivió a ese cambio de era, ajustó sus métodos, aceptó controles, cambió discursos, pero el recuerdo sigue ahí, como un expediente que nunca se cierra del todo. En la fase Movistar, las críticas se han desplazado hacia la pizarra más que hacia el laboratorio. Cada decisión táctica se examina al detalle. Las cámaras de los documentales captan discusiones en plena etapa, dudas sobre quién debe atacar, órdenes que se contradicen.
Lo que para otros equipos sigue siendo una caja negra, aquí se muestra con crudeza. El aficionado ve en su sofá cómo un director ordena tirar para cazar a una fuga en la que también va un corredor azul, o cómo dos líderes se miran sin saber quién debe gastar la bala final. Esa transparencia tiene un mérito evidente, pero también desgasta. De repente, el nueve que llevaba décadas en el área sin que nadie cuestionara sus movimientos tiene millones de entrenadores virtuales analizando cada desmarque.
Y, sin embargo, el equipo sigue ahí. Sigue sumando victorias que ya nadie cuenta con la misma fascinación que antes, porque el listón de lo asombroso sube cada año. Sigue llevando el peso de representar a un país ciclista con tradición, pero sin los recursos casi ilimitados de las grandes potencias modernas. Mientras Sky/Ineos, Jumbo o UAE han contado en distintos momentos con presupuestos gigantescos, Movistar ha tenido que jugar muchas veces al encaje de bolillos: apostar por jóvenes de la cantera española, atraer talentos de América Latina con margen de crecimiento, fichar con precisión quirúrgica en lugar de arrasar en el mercado.
Para el aficionado, si quiere entender por qué España sigue en la élite después de tantas crisis, basta con trazar una línea mental de Reynolds a Movistar y colocar encima algunos nombres. Delgado levantando a la gente del sofá con sus ataques imprevisibles. Indurain ganando Tours con una frialdad mecánica. Valverde reinventándose desde joven prodigio hasta veterano de casi cuarenta años.
Quintana volando en los puertos que antes eran patrimonio francés o italiano. Al fondo, Victories de Arroyo, de Olano, de Pereiro, de tantos corredores que encontraron en esa estructura un lugar donde desarrollarse. Para un director deportivo imaginario, la lección es otra. Un proyecto que sobrevive a los cambios de patrocinador, a las crisis económicas y a las revoluciones tácticas acaba acumulando un patrimonio difícil de igualar.
No solo en forma de trofeos, también en conocimientos, en relaciones, en cultura interna. Abarca ha demostrado que se puede sostener un equipo de primer nivel durante casi medio siglo sin caer en la tentación de desmontarlo todo cada cinco años. Que se puede pasar de la televisión analógica a las plataformas de streaming, del aluminio a la fibra de carbono, del pelotón lleno de incógnitas médicas a los pasaportes biológicos, manteniendo un hilo conductor. Queda entonces la pregunta que da pie a debates de barra de bar y de sobremesa: ¿es Movistar, es Abarca, el mejor nueve de la historia del pelotón?
Si el partido se jugara en una sola década, la respuesta tendría matices. Sky/Ineos o Jumbo podrían enseñar cifras más contundentes, temporadas con más maillots amarillos o rojizos en la vitrina, un dominio casi sofocante de las grandes vueltas. Pero la liga de Abarca no dura diez años; dura más de cuarenta. En ese intervalo, con cambios de reglamento, de economía y de cultura ciclista, el maillot azul ha estado siempre en zona de remate.
A veces ha fallado ocasiones claras, otras ha marcado goles imposibles en el último minuto. La verdadera diferencia no está solo en lo que el equipo ha ganado, sino en que nunca se ha ido del campo. Mientras grandes proyectos han explotado como supernovas y se han desvanecido con la misma rapidez, la estructura de Unzué y los suyos ha seguido apareciendo año tras año en las grandes citas. En julio, cuando el helicóptero enfoca la cabeza del grupo en un puerto alpino, suele haber un punto azul entre los primeros diez.
A veces es un líder, a veces un gregario que prepara el desenlace, pero ahí está, como el nueve veterano que no acepta volver al banquillo. Quizá por eso, cuando alguien pregunte quién es el mejor nueve de la historia, en vez de recitar nombres individuales se pueda responder de otra manera. El mejor nueve no es un hombre, es una camiseta que ha conseguido resistir el paso del tiempo, sumar casi mil victorias y seguir esperando el centro bueno, año tras año, en el mismo lugar del área. Y en el pelotón, ese nueve lleva más de cuatro décadas llamándose Abarca, con el azul por bandera y la cabeza siempre levantada, atento a la próxima jugada.