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Quintana y el tramadol: la polémica del Tour 2022

2026-02-12

Introducción: un positivo que no era dopaje En el verano de 2022, cuando el Tour ya era un recuerdo con olor a crema solar y gasoil, Nairo Quintana descubrió...

Quintana y el tramadol: la polémica del Tour 2022 Imagina que el verano se ha apagado ya en Europa, que el Tour es solo un eco en la televisión del bar y en las piernas de los ciclistas, y que en algún despacho a orillas del lago Lemán suena un teléfono. Al otro lado de la línea no hay montañas ni metas en alto, sino un correo redactado en inglés jurídico, un número de expediente y dos fechas subrayadas en rojo: 8 y 13 de julio. En un hotel, quizá en Colombia, quizá en Europa, Nairo Quintana coge el móvil y descubre que el sexto puesto que había trabajado durante tres semanas en Francia acaba de dejar de existir. No ha pinchado, no se ha caído, no ha sido batido en la carretera.

Lo ha borrado un comunicado de la UCI firmado desde Aigle, sin fotos, sin altitud, sin épica. Aquella nota, publicada el 17 de agosto de 2022, tenía la fría precisión de las malas noticias oficiales. Dos muestras de sangre seca tomadas a Quintana durante el Tour, explicaba el texto, contenían tramadol y sus dos principales metabolitos. El análisis se había hecho siguiendo el protocolo del Reglamento Médico de la UCI, introducido en 2019 para erradicar el uso de ese analgésico en competición.

No se hablaba de “positivo” ni de “violación de las normas antidopaje”. Al contrario: el propio organismo subrayaba que el caso no entraba en el terreno del Código Mundial Antidopaje. Y, sin embargo, la sanción era devastadora: descalificación total del Tour 2022, retirada del sexto puesto en la general, multa económica y un asterisco que se pegaba para siempre al nombre del colombiano. Ese matiz jurídico lo cambiaba todo y, al mismo tiempo, no cambiaba nada.

Sobre el papel, Nairo no era un dopado. No cumplía los requisitos que la WADA exige para etiquetar así a un deportista. Pero en la memoria colectiva, allí donde se almacenan las sospechas y los susurros del ciclismo, quedaba fijado como “el primer gran caso de tramadol”. Un corredor que no había dado positivo según la ortodoxia del Código Mundial, pero al que se le había borrado una clasificación de la carrera más importante del año por usar un medicamento que la UCI llevaba tiempo intentando desterrar del pelotón.

Para entender por qué ese golpe resonó con tanta fuerza en determinados pasillos, hay que regresar atrás, a la relación entre Quintana y la estructura navarra de Abarca Sports. Mucho antes de lucir la M de Movistar en el pecho, aquel equipo fue Reynolds, Banesto, iBanesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne. Fue Perico Delgado ganando el Tour del 88, fue Miguel Indurain mandando cinco veranos seguidos en Francia, fue Óscar Pereiro heredando de golpe un maillot amarillo que parecía de otro. Fue, la columna vertebral del ciclismo español durante casi cuatro décadas.

En 2011, la entrada de Movistar como patrocinador principal no cambió tanto la esencia como el envoltorio. La oficina seguía en Navarra, Eusebio Unzué continuaba al timón y el equipo se concebía a sí mismo como algo más que una formación de 30 corredores: era una institución, una forma de hacer las cosas dentro y fuera de la carretera. Había sobrevivido a sustos de dopaje, a crisis de patrocinio, a cambios de estilos tácticos, y se presentaba como un proyecto a largo plazo, reconocible. En ese entorno, cuando un escalador seco y tímido de Boyacá llegó a probarse el maillot azul, la historia pareció encajar demasiado bien.

Nairo aterrizó en el WorldTour como quien entra en una casa donde todos se conocen desde hace años. En 2013, en su primer Tour, subió al podio de París detrás de Chris Froome, se llevó el maillot de lunares y el blanco de mejor joven. La imagen del colombiano pequeño, protegido por aquel tren azul que había dejado de ser el de Indurain para ser el suyo, sedujo a medio mundo. Después vinieron el Giro de 2014, la Vuelta de 2016, más podios en el Tour, una colección de ataques en paisajes imposibles.

Durante un tiempo, pareció escrito que sería el siguiente campeón de referencia en la larga saga navarra. En ese relato, Quintana no era solo un líder deportivo. Era el puente entre la tradición de Abarca y el ciclismo globalizado, el rostro de una Latinoamérica que se reconocía en sus gestas, la prueba de que una estructura nacida en un valle navarro podía ganar grandes vueltas con un chico criado en las montañas de Colombia. Por eso, cuando en 2019 se supo que se marchaba a Arkéa-Samsic, la sensación en el entorno del equipo no fue únicamente táctica.

El chico de casa se iba a un proyecto francés de ambición emergente, menos cargado de historia, pero con la promesa de construir un reino a su medida. El movimiento tenía lógica deportiva. En Movistar, el reparto de galones se había complicado con la presencia de Alejandro Valverde, la llegada de Mikel Landa, el crecimiento de Enric Mas. En Arkéa, Nairo sería el centro de gravedad de una estructura modesta pero volcada en su figura.

El equipo bretón aspiraba a consolidarse en el WorldTour y necesitaba un líder capaz de sumar puntos, focos y resultados. Durante tres temporadas, la alianza dejó destellos sin terminar de cristalizar: top ten en grandes vueltas, ofensivas en montaña, pero ninguna victoria de esas que cambian la percepción pública. El Tour 2022 estaba llamado a ser el giro de guion. Con Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard disputando una carrera aparte, el objetivo razonable para Arkéa era meter a su jefe de filas entre los diez primeros y, si se daba la oportunidad, pelear por una etapa.

Quintana se coló en ese segundo escalón del Tour: se dejó ver en jornadas clave, resistió con los mejores en puertos como el Col du Granon y terminó sexto en París, segundo en aquella etapa en la que Vingegaard desmontó el dominio del esloveno. No era el cuento de hadas del maillot amarillo, pero sí la sensación de que el colombiano había encontrado un nuevo papel en la carrera: menos aspirante al trono, más referencia fiable de un equipo valiente. La víspera de que la UCI hiciera público su comunicado sobre el tramadol, Arkéa anunció a bombo y platillo la renovación de Quintana hasta 2025. El mismo corredor que horas antes se presentaba como piedra angular del proyecto se convertía, de forma casi simultánea, en un problema del que había que alejarse.

Esa sincronía —contrato prolongado el 16 de agosto, descalificación hecha pública el 17— resume como pocas cosas el vértigo que rodeó al caso. Detrás de la palabra que protagoniza esta historia, tramadol, se esconde una sustancia incómoda. Técnicamente es un opioide sintético, desarrollado para tratar dolores moderados y severos, sobre todo crónicos. No pertenece al catálogo clandestino de los laboratorios oscuros, sino al cajón de la mesita de noche de muchos hospitales y consultas.

Se receta para pacientes con dolores lumbares, postoperatorios, lesiones persistentes. Tal vez por esa apariencia de medicamento “normal”, con receta y prospecto, su uso se extendió durante años entre ciclistas que necesitaban apagar el ruido del dolor para seguir compitiendo. Los riesgos que acompañan al tramadol, sin embargo, no son menores. Somnolencia, mareos, ralentización de los reflejos, náuseas, estreñimiento, potencial de dependencia y síndrome de abstinencia si se abandona bruscamente.

En un deporte donde una bajada a 80 por hora separa la gloria del desastre por milímetros, introducir en la ecuación un fármaco que embota levemente la respuesta del cuerpo no es un detalle. No solo está en juego la salud individual del corredor, sino la seguridad del grupo. La WADA llevaba tiempo observando el uso de tramadol en el deporte. A través de su programa de seguimiento, detectó que en 2017 un 4,4% de los análisis en competición mostraban presencia de esta sustancia, y que cerca del 70% de esas muestras correspondían al ciclismo.

Esos números, recogidos por la propia agencia mundial, dibujaban un patrón preocupante: el pelotón estaba recurriendo a un analgésico potente con una frecuencia muy superior a la de otros deportes. Pero la WADA consideró entonces que no se daban todavía las condiciones para incluirlo en la Lista de Sustancias Prohibidas. Lo mantuvo en una especie de limbo, la Lista de Vigilancia, donde se acumulan datos a la espera de decidir si algo pasa de la sospecha al veto. En ese contexto ambiguo, la UCI optó por adelantarse.

En 2018, su Comité de Gestión aprobó una modificación del Reglamento Médico para prohibir el uso de tramadol en competición a partir del 1 de marzo de 2019. El dispositivo era específico: controles mediante pequeñas muestras de sangre seca, tomadas con un pinchazo en el dedo al término de la carrera, enviadas al laboratorio de farmacología y toxicología clínica de la Universidad de Ginebra, y revisadas en el centro REDs de Lausana antes de llegar al Director Médico de la UCI. Un sistema paralelo al de los controles antidopaje clásicos, que no pasaba por la WADA y que, por tanto, no generaba “positivos” al uso, sino infracciones médicas. También las sanciones seguían una lógica propia.

Primera infracción: descalificación de la prueba y posibles multas. Segunda: suspensión temporal. Todo dentro del universo UCI, no del Código Mundial Antidopaje. Eso suponía que un corredor cazado con tramadol podía, en teoría, seguir compitiendo en otras carreras mientras ningún otro reglamento se lo impidiera.

Una especie de doble carril: el del dopaje oficial y el de las normas médicas particulares de cada federación internacional. La paradoja se acentuó unos meses después del caso Quintana. En septiembre de 2022, la WADA anunció que el tramadol entraría por fin en la Lista de Sustancias Prohibidas a partir del 1 de enero de 2024, al estimar que había indicios suficientes de que podía mejorar el rendimiento además de entrañar riesgos de dependencia y abuso. La sustancia que había sido motivo de infracción médica, pero no de dopaje, pasaba a la esfera de lo prohibido en términos absolutos.

Cuando las muestras del colombiano fueron analizadas, el tramadol estaba aún en la puerta; cuando la nueva norma entró en vigor, él ya había pagado las consecuencias de moverse en esa zona gris. Volvamos a las fechas que abren su expediente: 8 y 13 de julio de 2022. Son días de Tour, de desayunos tempranísimos, de ruedas de prensa rutinarias, de masajes largos al final de jornadas de montaña. En la carretera, lo que veíamos era a un Quintana correoso, sosteniéndose con los mejores cuando la carretera se empinaba y sufriendo más cuando el viento y los trenes de equipo marcaban la ley en el llano.

En la sombra, lo que ocurría era otra cosa: un pinchazo en el dedo, unas gotas de sangre que se secaban en tarjetas especiales, un sobre que viajaba a Suiza camino del laboratorio. Cuando la UCI hizo pública la descalificación, el relato fue conciso: presencia de tramadol en dos controles durante el Tour, aplicación del Reglamento Médico, descalificación y multa. Se ofrecía a Nairo la posibilidad de recurrir ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo. Él respondió al instante: anunció que acudiría al TAS, negó haber tomado tramadol de manera consciente, se declaró sorprendido.

Arkéa emitió un comunicado prudente, recordando que la sustancia estaba vetada por la UCI desde 2019, insistiendo en que se trataba de una infracción médica, no de dopaje según la WADA, y evitando posicionarse más allá de los hechos. En el pelotón, la noticia generó una mezcla de sorpresa y déjà vu. Sorpresa porque, por primera vez, el tramadol dejaba de ser rumor de autobús y se convertía en causa directa de la caída de un líder de Tour. Sensación de repetición porque el ciclismo sabe lo que significa cuando una sustancia que ha circulado con normalidad durante años pasa, de repente, a ser anatema.

Muchos corredores se preguntaban en voz baja cuántos compañeros habían recurrido a pastillas similares en noches de dolor. Otros celebraban que, por fin, la UCI pusiera rostro a un caso emblemático y enviara un mensaje contundente: el tiempo de los analgésicos fuertes para aguantar lo inaguantable se había acabado. El TAS escuchó a las partes y, el 3 de noviembre de 2022, dio a conocer su decisión. El recurso de Quintana quedaba desestimado; la descalificación del Tour se mantenía.

El panel de árbitros consideró probado, “con un grado de confort suficiente”, que las muestras del colombiano contenían tramadol y sus metabolitos, y avaló la competencia de la UCI para establecer esa prohibición médica y sancionar su incumplimiento con la pérdida de resultados. No había, a ojos del tribunal, vulneración del marco internacional: la federación ciclista actuaba dentro de sus atribuciones, con un procedimiento claro y comunicado a corredores y equipos desde años atrás. Desde el punto de vista jurídico, el caso quedaba casi blindado. Desde el humano, las preguntas seguían rodando.

¿Conocía Nairo exactamente qué tomaba y en qué momento? ¿Era consciente de que el tramadol, aunque no fuera dopaje para la WADA, estaba prohibido por la UCI en esas condiciones? ¿Cuántos corredores más se habían acercado al límite sin traspasarlo, ayudados por la ambigüedad de tener una sustancia en la Lista de Vigilancia pero no en la Lista Prohibida? El fallo del TAS cerraba el expediente, pero abría un debate que iba más allá del nombre propio.

Si uno miraba solo los reglamentos, Quintana podía seguir compitiendo en 2023. No estaba suspendido, no figuraba como sancionado por dopaje, ningún artículo de la WADA lo expulsaba de las carreras. La realidad fue otra. Tras confirmar su salida de Arkéa, el colombiano se encontró con un muro invisible: ningún equipo WorldTour le ofrecía un contrato.

El castigo ya no llegaba de un comité disciplinario, sino del conjunto de agentes que toman decisiones en el ciclismo profesional. El Movimiento por un Ciclismo Creíble, esa asociación de equipos que se imponen a sí mismos normas más estrictas que las oficiales, recogió el caso Quintana en su informe de 2022 como un ejemplo de la frontera que querían dibujar entre lo tolerable y lo inasumible. Elogiaron públicamente a Arkéa por cortar lazos y dejaron entender que ningún miembro del movimiento estaba dispuesto a fichar a un corredor en su situación. En paralelo, estadísticas como las que recogía Cyclingnews —29 casos de dopaje en el ciclismo en 2022, solo dos en equipos WorldTour— reforzaban la idea de un deporte que, al menos hacia fuera, quería proyectar una limpieza casi quirúrgica.

Mientras tanto, Nairo repetía su versión: no haber consumido tramadol de forma consciente, sentirse víctima de una normativa contradictoria, seguir entrenando a la espera de una oportunidad. Corrió algunas pruebas sueltas, se dejó ver en actos públicos, mantuvo viva la llama de un regreso que parecía cada vez más improbable. Su nombre se convirtió, sin que él lo buscara, en símbolo de ese terreno intermedio donde las normas dicen una cosa y la práctica, otra. No estaba castigado por los códigos, pero sí por los contratos.

El giro inesperado llegó cuando Movistar decidió abrirle de nuevo la puerta para 2024. La casa en la que se había hecho grande, esa estructura navarra que había celebrado con él Giros y Vueltas, le ofrecía una segunda etapa. Lo hacía, además, en un contexto peculiar: justo cuando el tramadol pasaba oficialmente a la Lista de Sustancias Prohibidas de la WADA a partir del 1 de enero de 2024. La sustancia que había desencadenado su caída en 2022 era ya, sin matices, dopaje para todo el deporte, al mismo tiempo que el equipo de toda su vida le daba otra oportunidad.

El Movistar al que regresaba Nairo no era el mismo que dejó en 2019. El patrocinio de Telefónica se había renovado hasta 2029, garantizando estabilidad económica a largo plazo. Enric Mas se había consolidado como jefe de filas para Tour y Vuelta, y alrededor de él crecía una generación de jóvenes a los que había que proteger y guiar. El colombiano ya no llegaba como el elegido para destronar a nadie, sino como un veterano capaz de trabajar para otros, de ejercer de referencia para los talentos latinoamericanos de la plantilla, de sumar experiencia en las grandes vueltas.

Su renovación posterior hasta 2026 confirmó que no se trataba solo de un gesto sentimental. Abarca Sports le daba peso en la planificación deportiva de los próximos años. El equipo más longevo del WorldTour, con casi medio siglo de historia, decidía que merecía la pena asumir la polémica que arrastraba su nombre para reforzar su proyecto con alguien que conocía la casa desde dentro. En un deporte que muchas veces opta por borrar a quienes aparecen en los márgenes del reglamento, la apuesta sonaba a desafío y a declaración de principios.

El caso Quintana obliga a hacerse preguntas incómodas sobre el dolor, el rendimiento y la reputación. ¿Hasta qué punto es aceptable que un corredor de élite recurra a analgésicos potentes para soportar el castigo de tres semanas de carrera? ¿Dónde se traza la línea entre el legítimo tratamiento del sufrimiento físico y la búsqueda de un rendimiento artificialmente elevado? Hay quien sostiene que fármacos como el tramadol nunca deberían tener cabida en el deporte profesional, precisamente porque distorsionan la percepción del esfuerzo y facilitan que los corredores rebasen la frontera de lo que su cuerpo aguantaría sin esa ayuda.

Otros se fijan en la asimetría normativa. Si en el momento de los hechos la WADA no había incluido el tramadol en la Lista Prohibida, ¿es justo borrar un resultado de Tour por una sustancia que, estrictamente, no era dopaje mundial? El TAS ha respondido que sí, que la UCI estaba en su derecho si lo hacía en nombre de la salud y la seguridad, con un procedimiento claro. Pero la sensación de muchos profesionales es que el colombiano pagó el precio de moverse en un terreno donde el marco internacional aún no se había decidido del todo.

La incorporación definitiva del tramadol a la Lista Prohibida en 2024 cierra esa brecha para el futuro: a partir de ahora, un caso similar será, sin matices, dopaje. Habrá suspensión, anotación oficial, consecuencias nítidas. Curiosamente, eso no reescribe el pasado. El Tour 2022 de Quintana sigue siendo un lugar extraño: un sexto puesto borrado por una norma médica específica, en una época en la que el resto del deporte todavía dudaba sobre qué hacer con esa sustancia.

Para Nairo, ese episodio marcó un antes y un después. Hasta entonces, su biografía se construía a partir de puertos, maillots, victorias. Después, llegaron los comunicados oficiales, los recursos desestimados, las negativas silenciosas de los equipos. El regreso a Movistar le permite recomponer parte del relato, pero no extirpa la cicatriz.

El Tour que perdió seguirá apareciendo en cada conversación sobre su carrera, del mismo modo que el nombre de otros campeones va inevitablemente acompañado de un caso, una sanción, un año maldito. Para Movistar y para la saga Abarca, la decisión de reincorporarlo funciona como una prueba de coherencia. Durante años, el equipo ha defendido una imagen de seriedad, de resistencia a los vaivenes del ciclismo. Fichar a Quintana de nuevo, con su equipaje de polémica, es a la vez un acto de confianza personal y una toma de posición: admitir que la historia de un corredor no se reduce a un expediente, que el ciclismo se mueve muchas veces en una escala de grises que no cabe en las tablas de una agencia internacional.

Para el deporte, la historia es advertencia y espejo. Advierte de los efectos de las zonas grises: una sustancia puede empezar en una lista de vigilancia, convertirse en prohibida para una federación concreta, destruir la clasificación de una grande y, solo años después, entrar en la Lista Prohibida global. En ese camino, alguien se convierte en ejemplo, voluntario o no. Y refleja hasta qué punto el ciclismo sigue negociando consigo mismo qué está dispuesto a tolerar en nombre del espectáculo y qué no.

Hoy, cuando Nairo se cuelga de nuevo un dorsal con el azul de Movistar, el Tour 2022 parece a la vez lejano y presente. Lejano porque aquel verano se ha ido, porque Pogacar y Vingegaard han seguido añadiendo capítulos a su rivalidad, porque el pelotón ha pasado página hacia nuevas batallas. Presente porque, cada vez que se menciona su nombre, la palabra tramadol sigue apareciendo como una sombra pegada al maillot. Quizá dentro de unos años, cuando se repase con calma la carrera del colombiano, el relato vuelva a centrarse en los puertos, los maillots, las tardes de gloria en el Giro y la Vuelta.

Quizá el sexto puesto perdido en el Tour se lea como una consecuencia amarga de una transición normativa mal gestionada. O quizá no. Lo único seguro es que, aquel 17 de agosto de 2022, un correo salido de un despacho de la UCI transformó en un instante la manera en que miramos a uno de los grandes escaladores de su generación. La bicicleta sigue rodando, el equipo que lo vio nacer deportivamente ha vuelto a abrirle la puerta, pero en su palmarés hay una línea invisible tachada que nadie puede ver en las estadísticas, aunque todos sepan que está ahí.